—¿Qué ocurre, mi vida? —preguntó él con dulzura.
—Te echaba mucho de menos —dijo ella con docilidad.
—Si solo llevo fuera una semana —respondió él con cautela.
—Se me ha hecho eterna el no poder besarte y acariciarte —respondió ella, haciendo pucheros. Sabía que él no se resistiría a sus encantos.
Él sintió un gran pesar, pues tendría que volver a dejarla, pero esta vez por más tiempo. Ella detectó un atisbo de tristeza, pero no preguntó; ahora estaba allí y sería suyo el tiempo que pudiera. Le daría razones para volver junto a ella.
M. D. Álvarez
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