miércoles, 30 de septiembre de 2026

Razones para volver.

No pudo reprimirse y salió corriendo al verlo aparecer por la escalerilla. Subió corriendo y se lanzó al cuello de él, que, sorprendido, la abrazó con dulzura.

—¿Qué ocurre, mi vida? —preguntó él con dulzura.

—Te echaba mucho de menos —dijo ella con docilidad.

—Si solo llevo fuera una semana —respondió él con cautela.

—Se me ha hecho eterna el no poder besarte y acariciarte —respondió ella, haciendo pucheros. Sabía que él no se resistiría a sus encantos.

Él sintió un gran pesar, pues tendría que volver a dejarla, pero esta vez por más tiempo. Ella detectó un atisbo de tristeza, pero no preguntó; ahora estaba allí y sería suyo el tiempo que pudiera. Le daría razones para volver junto a ella.

M. D. Álvarez 

Divagaciones.

Si alguna vez visitáis Irún y veis a una chica en silla de ruedas entregada a la escritura, esa seré yo. Estoy comenzando el cuaderno XIV y espero que no sea el último. Mi corazón es inmenso, capaz de albergar a todos mis amigos. Porque un corazón grande equivale a grandes amigos.

Mis musas me acompañan, liberando mi mente de historias aún no contadas, creando mundos sin límites y tejiendo hilos hacia historias inacabadas. Además, soy una observadora de estrellas en pleno nacimiento.

M. D. Alvarez

martes, 29 de septiembre de 2026

Con o sin tarjeta.

Ey, rubia, tienes un tipazo como para darte un buen meneo. Aquello la hizo dar un respingo; nadie se había atrevido a hablarle de esa manera, y mucho menos con su novio al lado, que, muy caballerosamente, se levantó y se acercó al gañán que había hablado de aquella manera a su chica. Se agachó y, al oído, le dijo:

"Tú sabes lo que te podría hacer tan solo con la tarjeta de crédito que llevo en el bolsillo. Mejor levántate y pídele disculpas, o me veré forzado a abrirte la garganta, no con la tarjeta, sino con mis propias manos." 

Aquello dejó al patán lívido, que a duras penas logró levantarse e ir a pedir disculpas a la jovencita que permanecía cohibida por el comentario de aquel facineroso.

M. D. Álvarez 

Aunque estés gorda.

—Gordi, ¿qué tal te encuentras? —preguntó él, sentándose al lado de la cama donde ella se acurrucaba sobre su abultado vientre.

Ella lo miró con un brillo de duda en los ojos.

—¿Me seguirás queriendo cuando esté más gorda? —inquirió, tocando su vientre.

—No solo te seguiré queriendo, sino que adoraré tus curvas, y cuando el pequeño haya nacido, me seguirás volviendo loco aunque queden algunos kilos de más —respondió él, besando su vientre justo cuando el bebé se movió.

—¿Lo has notado? —dijo ella, sonriendo.

—Sí, será fuerte y adorable como su madre —dijo él, visiblemente feliz.

M. D. Álvarez

lunes, 28 de septiembre de 2026

El problema.

—¿Y qué pasa con el problema de Marcus? —preguntó Jason en un tono que pretendía ser confidencial, pero que cortó el aire como un cuchillo.

Angia, que hasta entonces ordenaba libros en la estantería, se quedó inmóvil. —¿De qué problema estás hablando? —La voz le salió un punto más aguda de lo normal. Si Marcus tenía un problema, ella debía ser la primera en saberlo; era su novia, su confidente.

Jason palideció. No había contado con sus buenos oídos. Tragó saliva, sintiendo el peso de la promesa hecha a su amigo. Se encontraba entre la espada y la pared.

—Jason, ahora mismo me dices qué le pasa —exigió ella, con cada palabra perfectamente articulada y gélida.

—Angie, por favor, no me pongas en esta situación...

—Como no me respondas, te vas a enterar.

La puerta se abrió en ese momento. Era Marcus. Su mirada fue de Jason a Angia, y en menos de un segundo lo comprendió todo. El secreto había caducado.

—Por fin llegas —dijo Angie, y una sonrisa encantadora, demasiado perfecta, se dibujó en sus labios—. Contigo quería hablar.

Aprovechando la distracción, Jason murmuró un "lo siento" casi inaudible y escapó, poniendo pies en polvorosa.

—¿Qué te ocurre, mi sol? —preguntó Angie, acercándose a Marcus y besándolo con una dulzura que ahora parecía frágil.

Marcus no respondió con palabras. La atrajo hacia sí y la abrazó con una fuerza desesperada, como si el mundo entero fuera a arrebatársela. Ella notó cómo su cuerpo se tensaba y cómo latía a toda prisa su corazón contra su pecho. No hacían falta más señales.

—Tengo que decirte algo —susurró él entonces, acercando los labios a su oído—. Pero necesito que estés tranquila. —Hizo una pausa, buscando valor—. Vengo del hospital. Me han detectado un tumor... en el tálamo.

El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier grito. Angia separó su rostro solo lo necesario para mirarlo a los ojos, buscando una rendija de duda, una esperanza de que era una broma cruel. Solo encontró la verdad, desnuda y aterradora.

—¿Por qué? —logró articular, con la voz quebrada—. ¿Por qué no me lo dijiste?

—No quería... no quiero ser tu carga —confesó él, con los ojos húmedos.

Ella apretó su mano con fuerza. —Eres mi vida, no mi carga. —Marcus esbozó una sonrisa triste—. Mañana empiezo la quimioterapia. Y voy a seguir luchando contra este monstruo. Te lo prometo, no le dejaré que me arrebate la vida.

M. D. Álvarez 

Corderos con piel de lobo.

​—Y tu amiga, la buenorra, ¿por qué no la has traído? —dijo uno de aquellos patanes, amigos suyos.

​—¿Creéis que la dejaría con vosotros? Tenéis un peligro que no veas —respondió Marcus, lanzándoles una mirada de reproche absoluto.

​—Venga, llámala; si sabes que somos unos corderitos —balaron al unísono.

​—Corderitos, sí, y yo soy el lobo feroz, no te fastidia —respondió con una sonrisa de inocencia.

​La sonrisa de Marcus era tan falsa como el brillo de la bisutería barata, pero sus amigos se rieron a carcajadas, sabiendo que detrás de esa fachada de lobo había un guardaespaldas más fiel que un perro. Tomó un sorbo de su cerveza, sintiendo la mirada persistente de uno de ellos, John, el más insistente de la manada.

​—En serio, Marcus —insistió John, apoyando los codos en la mesa—. Toda la noche hablando de esa chica y ni una foto. Es como si te hubieras inventado a la chica perfecta.

​—Y quizá la haya inventado —dijo Marcus, jugueteando con el posavasos—. O quizá es tan real que sé que, si la pongo en un radio de cinco kilómetros a la redonda de vosotros, se formaría un agujero negro de desesperación masculina del que no podríamos escapar.

​—¡Eso duele! —exclamó otro, fingiendo clavarse un puñal en el pecho.

​—Está bien —suspiró Marcus, con un brillo travieso en los ojos—. Os la enseñaré. Pero bajo vuestra propia responsabilidad.

​Todos se agolparon alrededor de su móvil cuando Marcus desbloqueó la pantalla. No era un selfie, sino una foto que él mismo le había tomado sin que ella se diera cuenta. Estaba en una librería, absorta en las páginas de un libro viejo, con un mechón de pelo cayéndole sobre la mejilla y una leve sonrisa en los labios. No era una foto de una «buenorra» en el sentido vulgar que ellos manejaban. Era una imagen de una belleza serena e inteligente que, por un instante, silenció a todo el grupo.

​—Vaya... —murmuró John, el primero en romper el hechizo.

​—Sí, «vaya» —confirmó Marcus, recuperando el teléfono con cuidado, casi con reverencia—. ¿Ahora veis por qué no la traigo? No merecéis ni su estela.

​Se hizo un silencio incómodo, seguido de unas risitas y un cambio brusco de tema. Marcus no volvió a sacar el asunto. Sabía que, por esa noche, había ganado la partida. Pero, sobre todo, había protegido su pequeño tesoro de la manada, confirmando que algunos corderos, cuando tienen hambre, pueden morder..

M. D. Álvarez 

domingo, 27 de septiembre de 2026

El pastel de manzana.

Con aquel pastel de manzana que su madre le preparaba siempre que tenía que enfrentarse a verdaderos retos de lucha, en aquel momento, un trozo de aquel pastel era lo único que le daba fuerza para seguir luchando por su madre y su hermana.

—Toma, mi amor, te he preparado tu pastel de manzana favorito. Sé que te enfrentas a criaturas espantosas.

—Muchas gracias, madre. Solo el amor que pones en el cuidado de mí y de Emili es el mayor don de todos —respondió el joven guerrero, tomando un buen pedazo del pastel que tan amorosamente le había preparado su madre.

Al paladear el primer bocado, la calidez del hogar disipó las sombras del miedo que amenazaban con paralizarlo. Con la espada firme en la mano y el amor por su familia grabado en el alma, cruzó el umbral dispuesto a plantar cara a cualquier pesadilla.

M. D. Álvarez 

La regla de Polifemo.

Deja ya de jugar con la comida, vociferó el cíclope, harto de mandar a otros a cazar a incautos que llegaban a su isla. Polifemo se alzó cual gigante y selló la entrada de la cueva con una gran roca, atrapando a la tripulación que acababa de llegar a la isla. 

—"¡De aquí no vais a escapar!", bramó el cíclope, rabioso.

Fue inspeccionando meticulosamente todos los resquicios de su cueva y, a cada incauto que pillaba, se lo iba comiendo, por mucho que los otros cíclopes le increparan que dejara algo para ellos. 

—De eso nada dijo Polifemo: —"vosotros jugáis con ellos, pero yo me los como."

M. D. Álvarez 

sábado, 26 de septiembre de 2026

El cráter del licántropo. II parte.

Ella sabía que estaba allí, pero no se inmutó; prefirió ignorarlo momentáneamente. Después de inspeccionar la zona por donde descendería al valle, ató una cuerda a un gran tronco y comenzó el descenso al cráter, densamente cubierto por una capa espesa de árboles.como la caoba, el cedro, el tornillo, la lupuna, el cacao, el aguanje, el chambira, la chonta, la palma cocotera, el pongo, el bombonaje, el chuchuwasi, el caucho, la uña de gato, la sangre de grado y el tabaco. la ceiba, el higuerón, el caimito, el espavé, el hule, y el barrigón, todos ellos crecían por doquier. Al llegar a la base del cráter, ya estaba anocheciendo. 

Buscó un lugar donde poder pasar la noche; no lejos de allí, descubrió una pequeña cueva. Se dispuso a pasar la noche, preparó una pequeña fogata donde calentó una ración de supervivencia, extendió su saco de dormir y se dispuso a escribir un informe detallado de la flora observada en el descenso. 

De pronto, alzó la mirada y descubrió aquellos grandes ojos azules que la observaban con cautela desde la entrada de la cueva. Por fin, tímidamente se aproximó con precaución. Ella vio la espectacular figura de un joven licántropo de pelo negro. Olfateó el contenido de la cazuela e hizo un rictus de náusea.

—Ya sé que el olor no es agradable, pero contiene las proteínas necesarias —dijo ella ante el gesto de él—. ¿Quieres probarlo?

Él hizo un gesto de negación; ella se sorprendió, el licántropo la entendía. 

—¿Cómo te llamas? —preguntó ella.

El joven licántropo escribió sobre la arena de la playa su nombre en una caligrafía delicada: "Mi nombre es Marcus".

—Hola, Marcus, yo soy Angie.

Él se movió inquieto; había algo que lo molestaba. De pronto, alzó su garra y señaló un punto en la pared del fondo de la cueva. Ella se dirigió con su linterna y descubrió un imperceptible grabado: era una estrella de trece puntas. Ella percibió que aquella cueva encerraba un misterio. Bajo la estrella de trece puntas había una inscripción en hebreo que rezaba así:

"כאן שוכב אפרים, בן יוסף, נכדו של יעקב, ואביו של אחד מעשרת השבטים האבודים".

Le costó un poco descifrar la inscripción; cuando lo logró, percibió el motivo de su inquietud: aquella pequeña cueva era un lugar sagrado y ella lo estaba profanando..

—Lamento mucho haberte ofendido. No me percaté de que estoy en suelo sagrado —dijo ella, recogiendo todos sus bártulos y apagando la hoguera.

Él la invitó a seguirlo y la condujo a una hermosa laguna, donde la invitó a acampar desapareciendo entre la floresta regresando en diez minutos traía un codorniz de gran tamaño se la ofreció con delicadeza 

Ella acepto gustosa el ofrecimiento y desplumó a la jugosa codorniz 


Traducción de la inscripción 
"כאן שוכב אפרים, בן יוסף, נכדו של יעקב, ואביו של אחד מעשרת השבטים האבודים".
: Aquí yace Efraín, hijo de José, nieto de Jacob y padre de una de las diez tribus perdidas

M. D. Álvarez 

Noche oscura.

​Un aguerrido lobo de mar, forzado a dejar la pesca tras perder su brazo izquierdo. Su vida seguía siendo la mar, que cada noche lo llamaba con amorosa voz. Cuidaba de los pescadores desde el formidable faro anclado en el acantilado más aterrador de un mundo marino, donde la tierra era conquistada. 

Noche sí y noche también, las olas batían furiosas contra los acantilados que resistían los embates. Hubo una noche especialmente oscura en la que hasta la luna llena pugnaba por iluminar el cielo diáfano, pero algo en el mar embravecido privaba de luz a la plateada luna.

El farero subió los escalones con una pequeña lamparilla. Al llegar a la linterna, escuchó una dulce voz que lo llamaba con melodiosas palabras:

—"No te dejaré que lastimes a ningún marinero más", -rugió por encima de la tempestad que se acababa de despertar. Con un esfuerzo sobrehumano, prendió la tea que fulminó la oscuridad.

M. D. Álvarez 

viernes, 25 de septiembre de 2026

El cráter del licántropo.

¿Quién le iba a decir a ella que en aquel apartado cráter de 500 kilómetros de diámetro, ganado por una jungla impenetrable que lo cubría en toda su extensión, se encontraba el más gallardo, atrevido y salvaje de los licántropos australes?
Era el último de su especie y guardaba con celo su hogar. Ella lo descubrió cuando se disponía a internarse en la jungla impenetrable para hallar el centro del cráter y tratar de encontrar los restos del asteroide.

Un buen día, descubrió unos grandes ojos azules que la observaban curiosos tras unas grandes hojas de un gran taro gigante. Ella se acercó disimuladamente, pillando por sorpresa a tan brioso espécimen, que al verse descubierto salió como una centella en dirección al centro del cráter.

—Espera, no huyas... —gritó ella, pero ya era tarde; a la velocidad en que desapareció, no lo alcanzaría.

Al día siguiente, ella seguía inspeccionando el borde del cráter y sintió como si alguien o algo la observara, pero prefirió ignorarlo. Sabía que el primer contacto debía ser primero con los oriundos del lugar.

Continuará...

M. D. Álvarez 

El destructor de mundos.

Las olas apenas los balancean suavemente con ternura, después de bapulearlos contra los arrecifes, destrozando sus cascos de madera de sándalo. 

La naturaleza de su viaje era sagrada; debían transportar al destructor de mundos y a su augusta madre por separado a un lugar seguro. Por eso, cuando el dios del mar desató todas las tempestades, el destino de aquel niño estaba sellado. 

De pronto, un llanto resquebraja los cielos; el chiquitín había sobrevivido, protegido en un arcón de madera de ofir que era mecido con suavidad. 

M. D. Álvarez 

jueves, 24 de septiembre de 2026

Romántico melancólico.

Las olas apenas los balancean como si fueran columpios mecidos por la brisa. 

Esos mismos columpios donde él se declaró, rodilla en tierra y bajo un aguacero torrencial, ahora eran trasladados por dos transbordadores en dirección a su isla privada, donde pasarían a formar parte de su colección de momentos románticos con los que a Héctor le gustaba agasajarla. 

Ella se dejaba querer; sabía lo mucho que significaban para él los recuerdos. No tenían recuerdos felices, y ella llenó todos los vacíos, como olas trayendo la alegría a su vida.

M. D. Álvarez

El roble ancestral.

Su tronco recio y fuerte los albergaba, cobijándolos bajo sus fuertes ramas. Era el roble ancestral del bosque, testigo silencioso de sus encuentros. Su amada, con un trozo de carbón en mano, talló su nombre en su grueso tronco y el nombre de su aguerrido amante, entrelazados en un corazón imperfecto. 

El viento susurraba entre las hojas, como si aprobara su amor clandestino. Él la observaba, sus ojos brillando con la misma intensidad que las estrellas que pronto asomarían entre las copas. Sabía que bajo la protección de aquel viejo roble, su amor florecería, inmune al paso del tiempo y a las miradas ajenas. 

Allí, en la intimidad del bosque, eran solo ellos dos, unidos por un secreto grabado en la corteza.

M. D. Álvarez 

miércoles, 23 de septiembre de 2026

El tritón, la sirena y el kraken.

Las olas apenas los balancean, como si trataran de arrullar el sueño del noble tritón y su amada, después de una larga travesía por los siete mares.

El joven tritón, por fin, había logrado alcanzar a la hermosa sirena. Pero algo turbó su sueño: el dios del mar no consentiría que aquel magnífico tritón fuera el galán de su hija favorita y envió al aterrador kraken para separarlos.

No contaba con que ella lo amara tanto que se interpusiera entre aquel monstruo y su amado. El dios del mar tuvo que dar su brazo a torcer y aceptar que aquel apuesto tritón era el favorito de su hija.

M. D. Álvarez

El nido vacío.

—No vas a ir corriendo a refugiarte en los brazos de tu idílico licántropo, porque si lo haces, le daremos caza y de su magnífico cuerpo no quedará ni su mullido pelaje ni sus adorables ojos celestes. ¿Me has comprendido? —dijo su padre al ver la mirada de estupor de Angie. La había atrapado cuando trataba de regresar con Marcus.

Él la esperaba, como todas las mañanas, en su nidito de amor, el lugar donde se conocieron y disfrutaban de gratos momentos antes de volver a la cruda realidad de un mundo que no los quería ver felices ni contentos.

Marcus sintió que algo iba mal; ella no había aparecido en la cueva que él tanto engalanaba para su dulce Angie.

Con cautela, Marcus se encaminó a la casa que Angie compartía con sus padres. La vio por la ventana en su habitación, con la puerta cerrada. Llamó con suavidad a la ventana; ella, al verlo, se asustó por lo que su padre había dicho. Abrió la ventana y dijo: —Mi amor, no debiste venir, mi alocado y dulce bribón. Mi padre te la tiene jurada y, si te encuentra aquí, te matará.

Marcus suspiró y dijo: —Yo te quiero y no habrá nada ni nadie que me impida verte.

Angie lo abrazó y besó con dulzura. Le dijo: —Ve a nuestro lugar secreto; yo iré en cuanto me libre de la vigilancia de mi padre. Sé que mamá comprende lo que siento por ti y me ayudará a salir.

M. D. Álvarez 

martes, 22 de septiembre de 2026

​La espada por el alma

Se arrodilló ante aquella mole y alzó sobre su cabeza la espada Tsurugi, con la que había derrotado a miradas de enemigos, pero ahora tocaba rendirla ante la posibilidad de perder al amor de su vida. Su orgullo y devoción por ella lo obligaban.

No sería un verdadero caballero si permitía que la dañaran.

​La bestia, una criatura de piedra y musgo con ojos de ámbar, extendió una mano del tamaño de un carruaje. El caballero, sin dudarlo, colocó la Tsurugi, la hoja más afilada de todo el reino, en la palma de la criatura. El metal resplandeciente contrastaba con la piel áspera de la mole. Un susurro grave, más una vibración que un sonido, emergió del pecho del gigante:

—Acepto tu ofrenda, joven mortal. El camino hacia tu amada está ante ti —dijo el gigante, echándose a un lado. 

El caballero se alzó y continuó su viaje sin mirar atrás. Al final de su camino se encontraba su amada, su alma.

El sendero terminaba en una pequeña laguna ovalada de plata líquida, un espejo olvidado por la luna sobre el regazo de la tierra. Sus aguas no son transparentes, sino un sueño mercurial, donde el cielo se viste de metal y las nubes se ahogan en azogue. 

Y al otro lado, su dulce diosa, por la que había rendido su fiel Tsurugi, corrió hacia ella, que permanecía inmóvil sobre la mullida tierra. Se arrodilló a su lado, se inclinó y la besó con dulzura. Ella abrió sus verdes ojos y, al verlo a su lado, sonrió y se abrazó a él.

M. D. Álvarez 

Despedida y nuevos comienzos.

—Adiós, mamá, adiós —se despidió desde el porche antes de coger la Triumph para dirigirse a la universidad.

—No se te olvide nada —dijo su madre con una gran sonrisa.

El joven subió corriendo los escalones, abrazó y besó a su dulce madre, que le había preparado un delicioso almuerzo.

—Hasta la tarde, mamá —salió corriendo; tenía que recoger a su chico y dirigirse a la universidad.

Tardó cinco minutos en llegar a su casa. Allí lo esperaba, sentado en el balancín. Se subió a la moto y salieron disparados. Las clases transcurrieron tranquilas; entre medio se comían a besos, con calma.

M. D. Álvarez 

lunes, 21 de septiembre de 2026

​A dos minutos del Infierno.

—No tengo visual del objetivo, susurró al micrófono de su reloj que lo comunica con ella. —Aguanta, llego en dos minutos —dijo, levantándose de su situación.  

Cuando llegó, lo que vio lo horrorizó: la tenían colgada de las muñecas y la golpeaban con puños americanos.

—Eh, vosotros, ¿por qué no os metéis con uno de vuestro tamaño? —gritó furioso.

Los individuos se giraron y sonrieron. Uno de ellos, el más grande, se dirigió hacia él, mientras el otro seguía castigando el hígado de ella. Cuando aquel mastodonte llegó hasta él, levantó el brazo con el puño cerrado, pero cuando quiso golpearlo, él ya había desenfundado su kukri y le había cortado el brazo.

El gigante dio tal alarido que el segundo individuo se giró sin tiempo a percatarse de que él ya estaba a su altura, propinándole un tajo que le cercenó la cabeza.

Después, descolgó con cuidado la cabeza y la depositó en el suelo, y comprobó sus constantes vitales; estaba inconsciente. Utilizó una ampolla de flumazenil que la despabiló al instante.

—Tranquila, tranquila, soy yo. Estás a salvo —dijo él con calma.
Continuará...

M. D. Álvarez 

En galeras

Aquella inmensa galera se proveía de presos de todas partes, así que siempre coincidían enemigos ancestrales que debían lidiar con sus egos para no matarse entre ellos.

Los bancos más solicitados eran los últimos, pues los temas eran los menos gastados. Los presos más fuertes eran encadenados a las traviesas y hacían turnos de 8 horas diarias, con una comida casi siempre fría. Había un preso destacado por su envergadura y musculatura; seguramente él solo podría mover semejante embarcación. Pero si lo ponían junto a alguno de los muchos enemigos que tenía, nada lo detenía, hasta que los despanzurraba. No quedaba contento, así que lo tenían aislado en la bodega; tan solo lo sacaban cuando era estrictamente necesario, y eso era de tanto en tanto. Aquel enorme preso permanecía cabizbajo; echaba de menos a su dulce amor.

Un buen día, la gran galera arribó a un puerto que él conocía. En aquel puerto fue donde lo condenaron a servir en la galera. La trampilla se abrió.

—¡Eh, tú, sube! —oyó cómo el contramaestre lo llamaba.

El gigante subió de un salto, a pesar de las cadenas.

Uno de los grumetes se acercó con una llave, se agachó y soltó los grilletes de los pies y, después, los de las manos.

—Eres libre —dijo el capitán.

Ni corto ni perezoso, saltó por la borda y corrió alegremente hacia su granja, en la que se encontraba su amada recogiendo heno. Ella levantó la cabeza y lo vio aparecer corriendo por el campo de espigas de trigo. Hecho a correr para abrazarlo y besarlo, llevaba tiempo esperando su llegada.

—Mi vida, siento haberte dejado sola —dijo él, cogiéndola en brazos.

—No importa, mi amor, ya estás aquí —respondió ella con mimo.

Ya nunca más se separaron; cuidaron el uno del otro, el trabajo, sus tierras y ella lo cuidó con deleite.

M. D. Álvarez 

domingo, 20 de septiembre de 2026

Su arrullo.

¿Os ha pasado alguna vez que no podéis mantener los ojos abiertos por mucho que lo intentéis? A mí sí, me pasa siempre. Parece que no puedo estar despierto. Me he convertido en un adicto a la cafeína, sin la cual no puedo permanecer despierto.

Lo preocupante es que, si no me tomo mi dosis diaria de cafeína, me podría quedar dormido en cualquier lugar, incluso de pie. Recuerdo una noche en que ella se sintió romántica y, en pleno acto, me dormí con la consiguiente bronca al despertar.

Es una batalla perdida contra el sueño, que siempre, siempre, gana. Ella aún no me lo perdona, pero ¿cómo explicarle que su arrullo era más poderoso que cualquier estímulo?

M. D. Álvarez 

​La herida oculta:

Nadie lo diría, pero en su interior rugía una rabia extrema e irrefrenable. Ella la percibió oculta en la maleza.

—No te ocultes, siento tu presencia a varias millas. Sé que tienes un dolor y frustración inenarrables. Si me dejas, te puedo ayudar —dijo la joven por la que él sentía una devoción extrema.

Sus increíbles ojos azules la observaban todas las mañanas; velaba por ella. Su furia era inherente; con ella debía evitar a toda costa mostrar su lado salvaje.

—Anda, ven, que no te haré ningún daño —dijo ella, levantando la mano a modo de invitación. Él salió de la floresta; era un cachorrito de lobo gris. —Eres una ricura —dijo, agachándose y rascándose la cabezota. Él sintió por primera vez el calor de sus manos. Ella lo alzó y lo acurrucó sobre su pecho—.  “Estás helado. Ven, que te voy a calentar.” Se dirigió hacia su cabaña y lo depositó en una canastilla con una cálida manta se dirigió a la chimenea y la encendió.

—Sabes, a pesar de tu corta edad, tienes un gran dolor, furia y frustración —dijo ella, poniendo un cuenco de leche tibia frente a la canastilla.

El cachorrito la observaba como si comprendiera lo que ella decía; por primera vez, estaba en paz.

M. D. Álvarez 

sábado, 19 de septiembre de 2026

La pala de playa. 2da parte.

"¿Tú... tú eres Marcus?", repitió ella, la voz apenas un susurro, mientras sus dedos rozaban la melena suave y densa del licántropo. 

Un escalofrío le recorrió la columna vertebral, no de miedo, sino de una extraña fascinación. Él cerró los ojos un instante, saboreando el contacto, antes de abrirlos de nuevo y mirarla con una intensidad que casi le cortó la respiración. Sus grandes ojos azules, profundos como el cielo azul, la observaban con una mezcla de reconocimiento y algo más, algo primitivo y protector.

—Sí, -volvió a ronronear, y el sonido vibró en el aire, haciéndole sentir la potencia latente bajo su piel. —Soy Marcus. ¿Por qué la sorpresa, Capitana Angie?

Ella dio un respingo al escuchar su nombre, no solo por la revelación de que él la conocía y por su rango, sino por el tono, que era extrañamente… familiar. Como si siempre hubieran compartido ese secreto, esa cercanía. Retiró la mano de su pecho, sintiendo el calor que persistía en sus dedos. 

—No esperaba... esto, -admitió, señalando su imponente figura. —Mi informe decía que el soldado Marcus era un hombre. Un soldado común.

Él ladeó la cabeza, una acción que en su forma humana sería casual, pero en el licántropo tenía una gracia fiera.

 —¿Y qué es un 'soldado común', Capitana? ¿Acaso no soy capaz de cumplir mis órdenes? La zanja está excavada, ¿no es así?

Sus ojos se deslizaron hacia la inmensa trinchera que se extendía detrás de ellos, un testimonio monumental de su fuerza.

Angie se giró para contemplar la obra, sus ojos recorriendo los novecientos metros de longitud y los diez de profundidad perfectamente delineados. Era impecable, un trabajo que habría tardado semanas con un equipo de hombres y maquinaria pesada, y él lo había hecho en un periquete, como bien había dicho. Era imposible negar la evidencia.

Se volvió hacia él de nuevo, la curiosidad superando cualquier atisbo de miedo o prejuicio. —Es... impresionante, Marcus. Pero, ¿por qué no lo dijiste? ¿Por qué la pala de juguete? ¿Por qué la farsa?

Un gruñido bajo escapó de su garganta, una risa grave y resonante. —Órdenes, -dijo simplemente. —Cavar una zanja con la pala asignada. No especificaron si podía usar mis propias 'herramientas'. Sus zarpas se extendieron brevemente, sus garras reluciendo al sol antes de retraerse. —Y la pala... fue un toque de teatro. Una pequeña venganza por la absurda orden.

Angie no pudo evitar una pequeña sonrisa. Empezaba a ver al hombre detrás de la bestia, al Marcus que conocía, con su sarcasmo y su peculiar sentido del humor. 

—"¿Y ahora qué, Marcus?", preguntó, acercándose un paso más, aunque la diferencia de tamaño era abismal. "¿Vas a transformarte de nuevo? ¿Puedes controlarlo?".

—Cada día me resulta más fácil controlarlo —dijo, retornando a su estado humano.  Recogió la mochila que tenía al pie de un gran árbol y se vistió con el uniforme de faena.

M. D.  Álvarez 

Ternura.

Con la mandíbula destrozada y unos cuantos huesos rotos, todavía era capaz de sonreír. Eso hacía que su pequeño retoño riera de una forma angelical y le infundiera una furia inherente que lo llevaría a seguir peleando para que su bebito no perdiera aquella adorable sonrisa.

La misma sonrisa de su esposa, con la que lo recibía cada día cuando lo traía de la guardería, aquella tarde se cruzó con unos desaprensivos que insultaron a su bebé. No sabían la que se les venía encima; a pesar de tener la mandíbula rota y un par de costillas fracturadas, les arreó una somants de golpes que los dejó tirados en el suelo. El chiquitín reía angelicalmente a cada golpe que su padre propinaba; era la cosita más adorable. Y cuando llegó con el pequeño en su canastilla, al verlo con aquella sonrisa tan adorable, ella, con su arrebatadora sonrisa, le dijo:

—Ya te has vuelto a pelear.

—Su sonrisa bien lo merece —respondió él, suavemente.

M. D. Álvarez 

viernes, 18 de septiembre de 2026

La pala de playa.

Con aquella pala le habían ordenado cavar una zanja de 900 metros de largo por diez de profundidad. No os he dicho de qué tamaño era la pala; era una de plástico, de las que usan los niños en la playa.

Los miró como diciendo: "¿En serio? ¿Me dais una pala de juguete?" y se encaminó al lugar donde debía realizar la zanja. Arrojó la pala e hizo surgir al licántropo que llevaba dentro. Utilizó sus grandes zarpas y horadó el suelo con gran facilidad, acabando con el trabajo que le ordenaron en un periquete.

Ella lo vigilaba para comprobar que llevaba a cabo la tarea. Cuando lo vio salir de la gran trinchera, no lo reconoció. Se sorprendió al ver salir a un aterciopelado licántropo de grandes proporciones que pasó a su lado, desapareciendo en el bosque. Ella se asomó a la zanja y, al no verlo, se asustó. Lo llamó sin recibir respuesta; tan solo aquel hermoso licántropo se asomó curioso al linde del bosque, la observó con condescendencia y, al estar junto a ella, dijo con una voz gutural: —¿Por qué me llamas a gritos?

Ella no se había percatado de su cercanía y dio un respingo, pero mantuvo la compostura. —No te he llamado a ti, he llamado al soldado Marcus.

—Si, aquí estoy, -ronroneó como un gatito.

—¿Tú... tú eres Marcus?, dijo curiosa, acercando su mano al pecho de aquel imponente licántropo, que al sentir el cálido roce de sus dedos se estremeció de puro placer.

Continuará....

M. D. Álvarez

Héctor y la última crisis.

Héctor veía cómo su pequeña planta azul iba cambiando con el paso del tiempo. Los jerifaltes y tecnócratas se enriquecían sin dar nada a cambio; eso molestaba a nuestro héroe, que trataba de salvar al planeta que lo vio nacer.

En la última crisis medioambiental, Héctor estuvo a punto de perder el control y resquebrajar su hogar. Solo con autocontrol y fuerza de voluntad logró restituir la naturaleza, pero, casi agotado, decidió aislarse en una gruta del Himalaya que había sido su hogar.

Con un último suspiro de cansancio, cerró los ojos confiando en que la Tierra sabría cicatrizar sus propias heridas. 

Sin embargo, en el silencio de la montaña, sintió cómo el latido agonizante del mundo aún reclamaba el regreso de su guardián.

M. D. Álvarez 

Los hados siguen dándole vida a mi héroe favorito, Héctor, el hijo de un celestial y una humana.

jueves, 17 de septiembre de 2026

El botánico.

Su terreno era el mejor cuidado; lo segaba una vez a la semana y mimaba los tiernos brotes de las hermosas orquídeas que tenía injertadas en los huecos de las ramas de sus vetustos robles.

Había una que requería un cuidado especial por parte de él; aquella hermosa orquídea se la regaló su prometida antes de consumar su relación. Para ella, los mejores cuidados eran cuidadosamente dispensados.

Por ello, cortó la larga manguera y vertió un delicado chorrito sobre las raíces hasta que tomaron el delicado verdor de las esmeraldas.

Tal era la pasión del jardinero que ni dormía por miedo a que sus hermosos brotes se secaran o sufrieran algún mal.

—Sabes, estoy celosa de los mimos que dispensas a tus hermosas orquídeas —le dijo su novia.

—No tienes por qué; tú eres la razón de mi amor por ellas —respondió él, mirándola con tal dulzura.

M. D. Álvarez 

La cuenta pendiente

Cuando me vas a pagar lo que me debes, preguntó Angie furiosa por el hecho de que él siempre se escaqueaba de pagar la cuenta.

Él se quedó paralizado ante el tono brusco de ella.

—Angie, ¿sabes cuántos chavos llevo en el bolsillo? —preguntó Marcus, tratando de suavizar el nuevo escaqueo.

—Marcus, tú eres el único que cobra un salario, no me vengas con adivinanzas.

Marcus sintió todas las miradas clavadas en él, así que se giró, sacó la billetera y un fajo de billetes de ella. 

—¿Cuánto es la cuenta? —preguntó en voz baja.

—50 dólares —respondió sorprendida Angie ante el repentino cambio de actitud de Marcus.

—Toma, quédate con la vuelta —dijo Marcus, poniendo un billete de 100 dólares sobre el mostrador. 

—Te veo esta noche —rezongó, triste.

Continuará...

M. D. Álvarez 

miércoles, 16 de septiembre de 2026

La venganza de Eris.

¿Cuándo dio comienzo la célebre guerra de Troya? Es interesante la pregunta.
Voy a tratar de responderosla. 

Todo comenzó cuando la vengativa diosa Eris arrojó sobre la mesa nupcial de Zeus y Hera una manzana de oro diciendo: "Para la más bella".

A todo esto, a ella no la habían invitado al enlace y al ser ella la diosa de la venganza sembró la discordia entre los dioses.

Tres diosas se abalanzaron sobre la manzana: Hera, Atenea y Afrodita.

Las tres se consideraban la más bella, pero solo una podía tener el rango de la más bella.
Las tres recurrieron a Zeus, que ni cortó ni perezoso, ordenó un juicio, pero sabiendo que no podía ser imparcial, llamó a Paris, el hijo de Príamo y Hécuba, para que fuera el juez.

El problema vino de las tres promesas que hicieron las tres diosas.Paris tenía casi de todo, menos amor, y la única diosa que le dio lo que pedía fue Afrodita, que le prometió el amor de la mujer mortal más bella... Helena, esposa de Menelao. Era la única que no le convenía, y lo digo porque fue justo ahí donde dio comienzo la guerra de Troya.

M. D. Álvarez

Con dos palmos de narices.

—Deja ya de jugar con la comida, dijo, visiblemente disgustado por el cariz que estaba tomando aquella situación. Su amigo llevaba horas intentando dominar a aquella encantadora hada de ojos verdes que, insumisa, no dejaba que le hincara el diente.

Él se acercó y no vio terror en su mirada, solo indiferencia. La habían perseguido por multitud de razones, pero ninguna tan estrafalaria como la de ser comida, y no lo harían hoy tampoco. Salió rauda, cual centella, dejándolos con dos palmos de narices.

M. D. Álvarez 

martes, 15 de septiembre de 2026

El mejor olfato. IIparte.

​​El pitido rítmico del monitor cardíaco era la única música que el rastreador soportaba. Para sus oídos, acostumbrados al crujir de las hojas y al susurro del viento en los roquedales, el hospital era un caos de olores químicos y ruidos metálicos. Se mantenía en el rincón más oscuro de la habitación, con los músculos todavía tensos, sintiendo cómo el vello de sus brazos se erizaba ante cada paso de las enfermeras por el pasillo.

​Cuando ella finalmente abrió los ojos, el azul de las pupilas de él brilló con una intensidad eléctrica.

​—¿Dónde...? —susurró ella, intentando llevarse la mano a la sien vendada.

​Él no se acercó de inmediato. Sabía que su presencia, todavía cargada con la energía de la "bestia", podía resultar abrumadora. El olor rancio de la cueva aún persistía en su memoria olfativa, mezclado con algo más... un rastro que no era de ella, ni de la tierra, ni de él. Era un aroma metálico y frío que no pertenecía a ningún animal conocido.

​—Estás a salvo —dijo él, con una voz que rascaba el aire como grava—. La grieta se cerró tras nosotros, pero el peligro no se quedó en la cueva.

​Ella lo miró fijamente, y por un segundo, él temió que recordara las garras ensanchando la piedra o la fuerza inhumana con la que la había cargado. Sin embargo, ella solo extendió una mano temblorosa hacia la oscuridad del rincón.

​—No fuiste solo tú quien me encontró, ¿verdad? —preguntó ella con un hilo de voz—. Había algo más en esa oscuridad. Algo que me dejó allí para que tú me buscaras.

​El rastreador se tensó. Su olfato, ese que nunca fallaba, detectó de repente un cambio en el aire de la habitación. Un rastro acre, idéntico al de la cueva, comenzaba a filtrarse por la rejilla de ventilación 

M. D. Álvarez 

Llamas contenidas.

Aquellas llamas recorrían su cuerpo como lenguas abrasadoras, pero su cuerpo no sentía la quemazón; permanecía imperturbable. Esa furia solo surgía cuando alguien atacaba sin previo aviso y con alevosía a su equipo.

Su instinto se afiló como una hoja recién templada, guiándolo con una precisión casi animal. Cada movimiento era una advertencia silenciosa de que nadie tocaba a los suyos sin pagar un precio. 

La tierra vibró bajo sus pasos cuando liberó la totalidad de su poder contenido. Y en ese estallido, quedó claro que protegerlos no era una misión, sino su naturaleza.

M. D. Álvarez 

lunes, 14 de septiembre de 2026

El mejor olfato.

Su olfato era de lo más fino y eficiente; por eso, cuando ella desapareció, su instinto de rastreador afloró de forma eficaz. Cogió el suéter que ella llevaba la noche anterior y olfateó con delicadeza. Enseguida percibió su rastro y salió disparado; el olor lo guiaba. Recorrió sendas, caminos y roquedales. Su olor lo llevó hasta una pequeña cueva; allí, su olor se volvió rancio y acre.

Aquello lo preparó para lo que se iba a encontrar. Se introdujo con dificultad por la grieta; sus ojos azules se adaptaron fácilmente a la oscuridad. Al sortear la grieta, se halló en una cueva ancha y, en medio de ella, un cuerpo. Supo de inmediato que era ella, corrió desesperado hasta su lado y la recogió con delicadeza. 

Su parte humana volvió en sí y colocó sus dedos corazón e índice sobre la carótida; tenía pulso, pero también un golpe en la cabeza. La cogió con ternura y se acercó a la grieta; la depositó en el suelo, apoyada en una estalagmita. Su bestia volvió y utilizó sus garras para ensanchar la grieta. Cuando lo logró, la recogió con suavidad, salió con ella en brazos, la trasladó a un hospital cercano y se quedó junto a ella hasta que ella se despertó.

Continuará...

M. D. Álvarez 

Sempiterno.

Su sempiterna forma siempre se había manifestado sin cambiar un ápice de su gloria, y aquellos que no daban crédito a lo que veían eran pulverizados por su magnitud.

Los cielos parecían encogerse ante su presencia, mientras la tierra temblaba bajo cada una de sus sombras. Nadie osaba alzar la mirada, pues bastaba un instante de contemplación para que la cordura abandonara incluso a los más valientes. 

Y así, eterno e implacable, permanecía allí, como un dios olvidado que hubiera regresado para reclamar el mundo que una vez le perteneció.

Aunque en su corazón él solo ansiaba proteger a su amada de los peligros que la acechaban.

M. D. Álvarez 

domingo, 13 de septiembre de 2026

La bestia y la flor.

Su espiritualidad era inmensa, su corazón noble y su apostura la de un agresivo licántropo, pero su único deseo era proteger a su dulce compañera humana. Ella lo quería y adoraba; había recibido varios impactos de bala que iban dirigidos a ella. Todas las noches, la esperaba fuera del local que regentaba por si tenía algún problema con los clientes. Cuando llegaban a casa, ella se entretenía cepillando su agresiva melena para el disfrute de él, que, como un buen perrito, agradece los mimos y cuidados de ella.

Una noche, la oscuridad que envolvía el lugar parecía más densa de lo habitual. Él la esperaba, apoyado en la farola de siempre, con sus penetrantes ojos escrutando cada rostro que salía del local. Ella apareció, su sonrisa habitual iluminando la calle tenuemente alumbrada. Pero esta noche, había una sombra en sus ojos, una inquietud que él percibió al instante.

"¿Todo bien, mi dulce flor?" preguntó él, su voz, habitualmente un gruñido bajo, se suavizó con una ternura sorprendente.

Ella asintió, aunque su agarre en su brazo era más fuerte de lo normal. "Un cliente... fue un poco insistente. Nada que no pudiera manejar, pero..."

Él sintió un rugido silencioso crecer en su pecho. Su instinto licántropo se agitó, la necesidad de protegerla se encendió como una llama. Pero por ella, por su tranquilidad, se contuvo.

Al llegar a casa, el ambiente seguía tenso. Ella se sentó en su sillón favorito, suspirando levemente. Él se acercó, su imponente figura llenando el espacio, pero sus movimientos eran suaves, casi reverentes. 

Ella alzó la mirada y le ofreció una pequeña sonrisa.
"¿Me harías el honor, mi hermoso lobo guardián?"

Él se arrodilló a sus pies, ofreciéndole su cabeza. El tacto de sus delicados dedos en su áspera melena siempre lo calmaba, lo devolvía a la cordura después de la tensión de la noche. 

Cada pasada del cepillo era un bálsamo, un recordatorio del lazo invisible pero indestructible que los unía. En ese momento, bajo la suave caricia, el agresivo licántropo se transformaba en un manso compañero, agradecido por el amor y la protección que ambos compartían.

M. D. Álvarez 

Esto es solo para ti

Con su estructura ósea, debía ser fuerte para soportar su musculatura. Era un ejemplar fuerte y poderoso; su naturaleza híbrida le daba la capacidad de superarse a sí mismo en todo tipo de pruebas. Pero él tan solo quería amar a su protegida.

Era una delicia ver cómo ella salía disparada cuando lo veía volver; se lanzaba a abrazarlo y besarlo con desesperación.

—Ey, ey, ey, ¿qué pasó? Si tan solo he ido a por un vaso de agua —dijo él, cogiéndola por la cintura y alzándose para besarla con ternura..

—Es que te echa de menos, refirió ella con su dulce mirada.

—Creo que vamos a tener un grave problema cuando tenga que ausentarme durante las batallas, respondió él, dejándola con mimo en el suelo.

—Entonces iré contigo, mi aguerrido licántropo, -sentenció ella con suficiencia, adoptando una pose de ataque.

Él la miró divertido y soltó una sonora carcajada. —Sabes, creo que si te presentas así en el campo de batalla, nokearás a algún enemigo, -dijo, observándola con visible deleite.

Ella se dio cuenta de que tan solo llevaba puesta la ropa interior que a él tanto le gustaba y dijo: —"Esto es solo para ti, mi guapetón."

M. D. Álvarez 

sábado, 12 de septiembre de 2026

Historia de una familia dispar. XVII parte.

Marcus, viendo que no había salvación, miró a Angie, a Devastación y a Esperanza, y les dijo: "Todo va a salir bien", justo cuando la luna empezaba a despuntar y la bestia interior surgió. Los abrazó con ternura y resistió a las oleadas de criaturas de la noche que, ávidas de la luz que desprendían, ansiaban devorarlos.

Marcus aguantó hasta el amanecer, cuando los primeros rayos del sol rompieron la oscuridad, borrando de un plumazo a las centenares de criaturas que trataban de despedazar a Marcus, que seguía protegiendo a su familia.

El silencio que siguió al amanecer era absoluto, roto solo por la respiración entrecortada de Marcus. Sus ropas estaban hechas jirones y su piel, marcada por las huellas de una batalla que nadie más podría haber sobrevivido, aún vibraba con la energía residual de la metamorfosis que lo había mantenido en pie.

​Angie, con los ojos empañados, fue la primera en moverse. Se soltó lentamente del abrazo, sus manos temblorosas buscando el rostro de Marcus, asegurándose de que esa presencia cálida y humana estuviera realmente ahí, de vuelta. Debastación y Esperanza, aún pequeños pero con una sabiduría antigua grabada en sus miradas, permanecían pegados a su padre, como si temieran que, si se alejaban, el mundo exterior volviera a reclamar su cuota de dolor.

​—Ya pasó —susurró Marcus, aunque su voz sonaba como un crujido de piedras milenarias—. La noche ya no tiene poder aquí.
​
Marcus sintió que el calor del sol no solo quemaba a las criaturas, sino que también consumía lo que quedaba de su propia esencia oscura. La "bestia" que lo había salvado durante la noche se desvanecía, y con ella, sus fuerzas. Cayó de rodillas, aún manteniendo el círculo protector con sus brazos alrededor de Angie, Debastación y Esperanza.
​
—Mirad... —susurró Marcus, señalando el horizonte donde el sol terminaba de alzarse

Las criaturas, reducidas a cenizas, se convirtieron en un polvo brillante que el viento empezó a esparcir. Donde ese polvo caía, la tierra muerta por la oscuridad comenzaba a florecer instantáneamente. El sacrificio de Marcus no solo los había protegido, sino que había purificado el mundo a su alrededor.
​
Angie tomó su mano, sintiendo que la piel de Marcus ya no estaba fría como la de un monstruo, sino cálida como la de un hombre.
​
Esperanza se acercó y puso una pequeña flor silvestre, nacida de las cenizas, en el pecho de su padre.

​Devastación, cuyo nombre siempre había sido una carga, sonrió por primera vez, comprendiendo que el ciclo de destrucción había terminado.

Marcus cerró los ojos. Ya no escuchaba los gruñidos de la noche, solo el canto de los pájaros y el latido tranquilo de los corazones de su familia. No había salvación para su cuerpo, agotado por una lucha sobrenatural, pero su alma finalmente estaba en paz...

M. D. Álvarez 

Amor por ella

Terrorífico y demencial era el dantesco pasaje que se presentaba ante su grupo de colaboradores, que asistían imperterritos mientras él trataba de frenar la agresión que estaba sufriendo en aquel descampado desolador. Lo tenían atado e inmovilizado; su lucha pudo costarle la vida, pero no podía dejar que ella sufriera por sus errores.

Su furia estaba a punto de desatarse cuando la blanca Selene surgió en el firmamento. Un aullido ahogado surgió desde el suelo; con la mejilla aplastada contra la tierra fría, pudo verla.

Ella dijo: —¡Soltadlo!— y se acercó con cuidado. Sabía que, en plena transformación, estaba ciego y furioso. —Marcus, mi amor, estoy aquí. No te preocupes, estoy bien. Dejad que se vaya —pidió Angie.

El grupo de colaboradores abrió paso. Marcus, ya transformado en licántropo, huyó al bosque.

Jhon, el cabecilla de los que habían tratado de someterlo, se acercó a Angie y dijo: —¿Desde cuándo conoces que es un monstruo?

Ella lo fulminó con la mirada y respondió: —Aquí el único monstruo que hay eres tú y tus acólitos. Se fue tras Marcus, que aullaba melancólico.

M. D. Álvarez 

viernes, 11 de septiembre de 2026

Historia de una familia dispar. XVI parte.

Era el día de los talentos y Esperanza, aún a su corta edad, se movía con ligereza y ritmo. Por eso, se apuntó al concurso de baile con un progenitor; Marcus era su elección. 

Su padre sabía moverse con soltura, así que llegó el día del concurso y Marcus dio al play. Comenzó a sonar el tema de Taio Cruz, "Hangover". 

Los dos, al unísono, comenzaron a moverse con soltura, a ritmo, saltando de forma grácil. Hasta el último compás, Esperanza se lanzó de un grácil salto a los brazos de su padre, que, ejecutando un atlético salto, la cogió alzándola sobre su cabeza. Aquello hizo estallar en vítores y aplausos de todo el auditorio. 

Angie y Devastación los observaban con orgullo entre bambalinas. Cuando cayó el telón, se lanzaron a abrazarlos y besarlos.

Continuará....

M. D. Álvarez 

11 de septiembre, cuando todo cambió..

El cielo sobre Manhattan amaneció con un azul tan limpio y transparente que parecía imposible que en él cupiera la tragedia. 

Era un martes cualquiera de finales de verano; el olor a café fresco inundaba las esquinas, las cafeterías bullían de conversaciones cotidianas y miles de almas se apresuraban a cruzar los torniquetes del metro para sumergirse en la rutina del Bajo Manhattan. 

En las Torres Gemelas, la jornada apenas comenzaba entre el tecleo de ordenadores, el rumor de los ascensores y las vistas panorámicas de una ciudad que se sentía invencible.

​A las 8:46 de la mañana, la realidad se fracturó en mil pedazos.
​Un rugido ensordecedor cruzó el aire despejado, seguido de una sacudida telúrica que hizo temblar los cimientos del suelo y del alma. 

El primer impacto contra la Torre Norte no solo rasgó el acero y el cristal; rasgó la ilusión de seguridad de toda una generación.

Quienes miraron hacia arriba vieron una vorágine de fuego y humo denso contra el cielo perfecto, incapaces todavía de asimilar lo que sus ojos presenciaban. La confusión inicial duró apenas unos minutos, amortiguada por la incredulidad, hasta que el segundo avión atravesó el aire e impactó contra la Torre Sur.

​En ese instante exacto, la duda se disipó para dar paso al terror más puro. El mundo, tal como se conocía, acababa de desplomarse.

​Las calles se llenaron de una masa humana envuelta en una lluvia de papeles incinerados, vidrios y un polvo ceniciento que todo lo cubría, despojando a la metrópoli de sus colores. 

No había desconocidos en las aceras, solo miradas aterrorizadas que se buscaban, manos que se estrechaban en medio del caos y sombras humanas que emergían del abismo de la niebla gris. El eco de las sirenas cortaba el aire mientras las estructuras colapsaban una tras otra, convirtiendo la grandeza de la arquitectura moderna en un silencio sepulcral, interrumpido solo por el llanto y las llamadas desesperadas a través de líneas telefónicas colapsadas.

​Aquel día, el sol no se puso sobre la misma tierra. Se apagó sobre un planeta que había perdido la inocencia en cuestión de horas. La ceniza tardó días en posarse, pero la certeza de que nada volvería a ser igual se instaló de inmediato y para siempre en el corazón de la humanidad.

M. D. Álvarez 

Fenrir contra el océano.

Haciendo frente a las embestidas y embates de aquel fiero mar encrespado, rugía y lanzaba dentelladas a cada ola que rompía en su roca, allí donde había depositado a su amor. Ella lo miraba, divertida; conocía la determinación y el temple de su chico cuando se trataba de defenderla. No había nadie igual. Consiguió frenar el embate de las olas que caían contra su escollo con la intención de empaparla, pero lo único que conseguían eran las dentelladas de aquel atrevido licántropo que seguía evitando que las olas la arrastraran lejos de él.

Las olas retrocedieron por un instante, como si el propio mar reconociera la ferocidad de aquel guardián de fauces plateadas. Pero él no bajó la guardia. Entre jadeos, sus garras se clavaron en la roca, y su pelaje, empapado de sal y espuma, brillaba bajo la luz menguante del atardecer.  

—Basta —susurró ella, extendiendo una mano hacia su rostro aún deformado por la bestia—. No pelees contra lo inevitable.  

Un gruñido escapó de su garganta, pero esta vez no era un desafío al mar, sino un lamento. ¿Cómo no luchar si el océano quería robársela? Ella, la que había visto más allá de sus colmillos, la que reía cuando otros huían.  

La siguiente ola fue diferente No llegó con violencia, sino rodeando la roca como un abrazo líquido, arrastrando consigo un murmullo ancestral: —Ella no te pertenece… pertenece a la marea.  

Él alzó la cabeza, sorprendido. Por primera vez, había palabras en el rugido del mar. Y entonces lo entendió: no era el agua lo que intentaba separarlos, sino el destino.  

Ella, sin embargo, solo sonrió. Con un gesto sereno, se levantó y caminó al borde del escollo.  

—Si es la marea quien me reclama —dijo, mirando el abismo—, entonces que sea ella quien decida.  

Antes de que él pudiera reaccionar, saltó.  

El licántropo lanzó un aullido que rajó el cielo, pero al seguir su caída, vio algo imposible: donde debía golpear el agua, ahora brillaban escamas. Dos brazos surgieron de las olas para recibirla, y cuando emergió de nuevo, su piel reflejaba la luz de la luna. Era parte del mar… y sin embargo, aún lo miraba a él.  

Desde el fondo del mar se alzó una figura oscura, coronada con un tridente de huesos y con una mirada que petrificaba a cualquiera. Pero él no se arredró y saltó sobre aquel titán que había surgido de las profundidades. No se esperaba aquella reacción de un ser lunar que, con un poderoso aullido, se encaramó sobre el señor del mar. Ella lo vio saltar y enfrentarse de forma endiablada, con tal furia que hizo huir al amo de la marea. El joven licántropo cayó al mar; ella no lo vio salir y se sumergió en su busca. Lo encontró inconsciente y lo sacó a la superficie. 

Allí, sobre la arena, le dijo: —"Mi lobo loco, solo a ti se te ocurre atacar al señor de los siete mares."

M. D. Álvarez 

jueves, 10 de septiembre de 2026

Ares Arcángel.

De un salto acrobático, se plantó donde suponía que estaría su compañero, pero tan solo vislumbró en la oscuridad más negra unos aterradores ojos rojos que destilaban un odio salvaje. No pudo distinguir el cuerpo, pero empezó a preocuparse por su compañero; aquella era la ubicación exacta donde debería estar su líder. Algo andaba mal; era como si Ares, el Arcángel, se hubiera volatilizado.

Pero aquellos ojos rabiosos destilaban algo más que rabia; en ellos también había preocupación. Ella se dio cuenta de que aquellos ojos avanzaban hacia ella y retrocedió de forma instintiva. A medida que avanzaban, los rasgos de aquella criatura se fueron perfilando: era Ares, pero en su pecho llevaba clavado un dardo rojo.

—¿Ares, qué te ha pasado? —preguntó, tratando de no mostrar miedo.

Ares no respondió, sino que siguió avanzando hacia ella con su mano extendida, pero ahora no parecía su mano; parecía una garra salvaje que trataba de agarrarla.

Con su daga en la mano, se preparó para un enfrentamiento que nunca quiso tener. Esquivó un golpe brutal de la garra de Ares, sintiendo el silbido del aire cerca de su rostro. Sus movimientos eran los de una cazadora, rápidos y precisos, mientras que los de su compañero eran puramente instintivos y caóticos. Él no buscaba un combate, solo la destrucción, pero a la vez, en aquel brillo caótico, pudo vislumbrar un atisbo de cordura que trataba de imponerse al odio visceral.


—¡Ares, soy yo, Agnes! ¡Reacciona! —gritó, su voz se quebraba con desesperación. Pero sus palabras eran inútiles. Los ojos rojos de Ares la miraban con un odio que no le pertenecía. A pesar de que en su interior libraba un combate sin igual, parecía ir perdiendo la razón a cada golpe que lanzaba contra Agnes.

El dardo en su pecho brillaba con una luz enfermiza. Agnes notó que, a cada latido, la luz se intensificaba y las venas de Ares se volvían más oscuras, como si una plaga se estuviera extendiendo por su cuerpo. La única manera de salvarlo era romper el dardo. Pero, ¿cómo? Tenía que acercarse lo suficiente para sacárselo. Y en su estado, él no la dejaría acercarse.

Vio una oportunidad; de pronto, Ares, bajo sus defensas, percibió un cambio en su mirada: aquel brillo diabólico había desaparecido. Momentáneamente, se abalanzó con un movimiento rápido y arrancó el dardo rojo de su pecho. Ares cayó inconsciente. Agnes logró asirlo y depositarlo con mimo, recostándolo en el césped.

—Ares, mi vida, no dejaré que te ocurra nada malo —dijo Agnes, aplicando un apósito sobre la herida que no paraba de supurar aquel líquido viscoso. Sigue luchando, mi amor, tú eres más fuerte —dijo, besándolo con delicadeza.

M. D. Álvarez 

Historia de una familia dispar. XV parte.

Faltaban dos semanas para la luna llena. Marcus se sentía cada vez más fuerte; se entrenaba ejercitando su brazo y su pierna nuevos. No conocía los efectos que ejercerían las prótesis bajo el influjo de la luna. Angie lo miraba con preocupación; no podía saber cómo reaccionaría la bestia que llevaba en su interior ante la falta de su brazo y su pierna. No sabía si sus prótesis se adaptarían al licántropo.

Mientras estuvo inconsciente, Selene no le afectó, pero ahora que se estaba recuperando, no sabían cómo afectarían los cambios biónicos. Angie estaba preocupada; no había tenido en cuenta el cambio que sufría Marcus una vez al mes.

La noche antes de la luna llena, Angie llevó a los mellizos con su abuela y regresó con Marcus. Estaba segura de que, con unos leves cambios en la bioquímica, lograría fusionar las prótesis simbólicamente, tanto con Marcus en su forma humana como en la bestial. Inyectó el suero en el que había trabajado y se quedó junto a él, como había hecho siempre.

Cuidó de él en su transformación; cada convulsión y pulsión era atendida con mimo hasta que su piel se resquebrajó y sus huesos crujieron, dejando salir al licántropo regius de ojos azules, sorprendido por su brazo y su pierna.  

—Angie, lo has conseguido. Has logrado dotarme de un brazo y una pierna fabulosos —dijo Marcus con un susurro amoroso.

Continuará...

M. D. Álvarez 

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Nunca fui tuya.

Nunca fui tuya y quiero que lo sepas: mi corazón pertenece a otro que me trata con amor incondicional. Tú disfrutaste de mi cuerpo aunque yo no quería, pero ahora tengo a alguien que me ama por lo que soy. Me complace en la intimidad de mi habitación y es capaz de pelear por mí, dejándose la piel en ello.

No como tú, que en cuanto me usaste te volviste bruto e inmaduro; exigías mi cuerpo cuando te apetecía, pero ya se acabó. Si vuelves a intentar poseerme, no vivirás lo suficiente, ya que tengo a quien me protege. Ahora, lárgate, o te arrepentirás.

M. D. Álvarez

Historia de una familia dispar. XIV parte.

​La cirugía reconstructiva duró muchas horas. Marcus despertó en una habitación privada, sintiendo un peso inusual y una extraña frialdad en su lado izquierdo y derecho. Su primer instinto fue intentar incorporarse, pero un dolor sordo en los puntos de sutura lo detuvo.

​"Estás despierto," susurró Angie, que había estado velando junto a él. Sus ojos, enrojecidos por el cansancio, se iluminaron al verlo consciente. "Todo ha salido bien, mi amor. Son... perfectos."

​Marcus miró. Donde antes había un vacío ahora había un brazo cibernético de un titanio blanco nacarado que se fundía perfectamente con su piel. Las articulaciones eran casi invisibles, y en la palma de la mano brillaba una sutil luz azul que se atenuaba con su pulso. Su nueva pierna derecha era igualmente impresionante: elegante y fuerte.
​Intentó mover los dedos. Al principio fue una sensación extraña, como si la orden viajara más lenta de lo habitual, pero luego, el puño de titanio se cerró con una suavidad asombrosa.

​"¿Qué tal se siente?" preguntó Angie, sosteniendo su mano buena.

​"Pesado... y a la vez, increíblemente ligero," respondió Marcus, girando el brazo. Luego miró a su esposa con una sonrisa, aunque sus ojos reflejaban la preocupación. "¿Y los niños? ¿Dónde están?"

​"Están con la abuela por hoy. Pero mira esto..."

​Angie se levantó y le mostró un pequeño chip del tamaño de una moneda.

​"Es un sistema de adaptación neuronal que he estado diseñando. En unos días, cuando te lo implanten, el brazo y la pierna se sentirán como tuyos. No solo eso, tienen sensores de presión y temperatura. Podrás distinguir el tacto de la seda, el calor de una taza de café..."

​Marcus no pudo evitar la emoción. Era más que una prótesis; era una extensión de sí mismo, diseñada con amor y genio.

​En ese momento, la puerta se abrió. No era la enfermera, sino Devastación. El pequeño se detuvo en el umbral, con sus grandes ojos fijos en el brazo de Marcus. El niño, de casi ocho meses, nunca había visto el brazo herido, solo el hueco.

​Dio un paso hacia adelante. Luego otro. Cuando estuvo junto a la cama, alzó la vista hacia el rostro de su padre y, por primera vez, una sonrisa amplia y sin reservas se dibujó en su rostro. Su pequeña mano regordeta se extendió.

​"Papi, fuerte," dijo Devastación, con voz grave y clara, posando su manita sobre el frío titanio blanco.

​Marcus sintió un nudo en la garganta. No eran las palabras que un padre esperaba (como un simple "mamá" o "agua"), pero eran las palabras perfectas. Su hijo, al verlo restaurado, lo había reconocido y había roto su silencio.

​"Sí, hijo," susurró Marcus, con lágrimas de felicidad. "Fuerte. Gracias a mami."

​Angie sonreía, limpiándose una lágrima furtiva. Ahora, con Marcus completo y Devastación hablando, sentía que su familia estaba, por fin, a salvo.

Continuará...

M. D . Álvarez 

martes, 8 de septiembre de 2026

Los Pilares Cosmicos.

Los Pilares Cosmicos eran el lugar donde un cúmulo de quásares y jóvenes galaxias se formaban, pero algo estaba pasando: los observatorios astronómicos habían detectado la disminución de galaxias, quásares, púlsares y estrellas.

Era como si tuvieran una falta de materia y energía, y si los Pilares dejaban de producir y seguir expandiendo el cosmos, este universo no tendría razón de ser y se colapsaría e implosionaría, destruyendo este universo.

Héctor surcó los espacios vacíos hasta llegar a los Pilares. Lo que debía hacer era reactivar el crisol de cúmulos estelares, preñados de estrellas.

Héctor extendió su mano hacia el núcleo de los Pilares. No era un crisol muerto, sino un útero dormido. 

Concentró su esencia, no para crear, sino para recordar: cada explosión de supernova, cada susurro de hidrógeno, cada latido de púlsar. 

Su memoria se fundió con la matriz cósmica. Los filamentos de polvo comenzaron a brillar, no con luz nueva, sino con la reverberación de lo que ya había sido. Los quásares despertaron como ecos, las galaxias jóvenes se replegaron sobre sí mismas, no para nacer, sino para soñar su propio origen. El colapso se detuvo.

Tras lo cual regresó a la pequeña joya azul que era su planeta de origen.

M. D. Álvarez 

Historia de una familia dispar. XIII parte.

—Papi, bueno, -dijo Esperanza con su recién estrenada lengua de trapo.

—Sí, mi princesita, gracias a ti, tesoro, -respondió Marcus, aún recuperándose.

Angie cogió a Esperanza y la dejó en la canastilla, y sacó a Devastación, que permanecía serio; todavía no había dicho sus primeras palabras, seguramente por el trauma de ver a su padre casi muerto.

—Ves, Devastación, papá ya está mejor, dijo Angie. El pequeño escrutó el cuerpo de su padre en busca de un punto débil, hizo un gesto con los brazos; quería que Marcus lo cogiera en brazos, pero Angie le susurró: —Todavía no, mi tesoro, todavía tiene que recuperarse, -dijo, viendo el hueco donde antes estaba su brazo izquierdo y el hueco donde antes estaba su pierna derecha.

Transcurridos un par de meses en recuperarse de las heridas, Angie, mientras tanto, trabajaba en un prototipo de brazo y pierna biónicos.

Llegó el día en que Marcus debía someterse a una operación reconstructiva, donde le fue implantado el brazo y la pierna.

Continuará...

M. D. Álvarez 

—Papi, bueno, -dijo Esperanza con su recién estrenada lengua de trapo.

—Sí, mi princesita, gracias a ti, tesoro, -respondió Marcus, aún recuperándose.

Angie cogió a Esperanza y la dejó en la canastilla, y sacó a Devastación, que permanecía serio; todavía no había dicho sus primeras palabras, seguramente por el trauma de ver a su padre casi muerto.

—Ves, Devastación, papá ya está mejor, dijo Angie. El pequeño escrutó el cuerpo de su padre en busca de un punto débil, hizo un gesto con los brazos; quería que Marcus lo cogiera en brazos, pero Angie le susurró: —Todavía no, mi tesoro, todavía tiene que recuperarse, -dijo, viendo el hueco donde antes estaba su brazo izquierdo y el hueco donde antes estaba su pierna derecha.

Transcurridos un par de meses en recuperarse de las heridas, Angie, mientras tanto, trabajaba en un prototipo de brazo y pierna biónicos.

Llegó el día en que Marcus debía someterse a una operación reconstructiva, donde le fue implantado el brazo y la pierna.

Continuará...

M. D. Álvarez