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jueves, 15 de septiembre de 2016

Bajo el peñasco.

- Somos dos tíos fuertes ¿a que si? –Dijo Oto a su hermano Efialtes, infundiéndose ánimos para emprender la tarea de escalar el Olimpo.

- Y una vez arriba seremos los dueños, esclavizaremos a Zeus y a los demás dioses. Luego sumiremos a la tierra y a la humanidad entre tinieblas.  – Afirmó Efialtes.

 Lo que no sabían, ni vieron ninguno de los dos, era la gigantesca mole que se les venía encima… Perecieron espachurrados bajo el peñasco que les arrojó Heracles, el favorito de Zeus.

© M. D. Álvarez

jueves, 27 de junio de 2013

Bajo el peñasco.



- Somos dos tíos fuertes ¿a que si? –Dijo Oto a su hermano Efialtes, infundiéndose ánimos para emprender la tarea de escalar el Olimpo.

- Y una vez arriba seremos los dueños, esclavizaremos a Zeus y a los demás dioses. Luego sumiremos a la tierra y a la humanidad entre tinieblas.  – Afirmó Efialtes.

 Lo que no sabían, ni vieron ninguno de los dos, era la gigantesca mole que se les venía encima… Perecieron espachurrados bajo el peñasco que les arrojó Heracles, el favorito de Zeus.

© M. D. Álvarez

viernes, 21 de junio de 2013

Goldbach.



Desde entonces papá ya nunca juega con él. Se sentía terriblemente decepcionado.
¡Pero que esperaba! ¡Que resolviera la conjetura de Goldbach, en cinco minutos! Si tan solo tenía cuatro años y no era ni un Goldbach ni un Euler.
Pero todo se andaría. Se juró desentrañar el mayor problema matemático del mundo: el último teorema de Fermat. Para poder lograr que su padre se sintiera orgulloso de él.

M. D. Álvarez

domingo, 16 de junio de 2013

Perplejo.



La sirena cautiva vomita pulpos de siete patas en la taza del váter, mientras su captor la mira incrédulo.

Cómo iba a saber él, que ella era alérgica a los cefalópodos…

© M. D. Álvarez

Heladora.



Ordenaron colocarle una venda en los ojos para no ver su mirada petrificadora. Por fin había cazado al monstruo, a la única Gorgona mortal y le harían pagar por los pecados de sus otras dos hermanas: Esteno y Euríale, que al ser inmortales, no podían morir.

La mirada de Medusa era aterradora, pero aún mas espantoso, eran sus ofídicos cabellos que habían acabado con las vidas de los que osaron y se atrevieron a vendar los ojos a su dueña.

© M. D. Álvarez

sábado, 8 de junio de 2013

Visionaria.



No sé, murmura Manuela compungida, tras la última oleada de visiones que le acababan de llegar de golpe y porrazo. A penas las distinguía, solo veía leves fogonazos de lo que podría ocurrir.

Sus visiones no son tan claras como cuando era niña. Pero sabía que lo que acababa de ver, era de suma importancia para ella y su familia.

Lo último que recordaba era una serie de ocho números y su nombre en letras grandes: 3, 12, 28, 34, 46 …

© M. D. Álvarez

Hespérides



Esa noche la tropa cenó compota, sin saber de donde había sacado las manzanas el divino Ulises. Él fue el único que tuvo acceso al jardín de las Hespérides, donde Hera había plantado las semillas que su madre Gea le había entregado como regalo de boda. Se encontraban guardadas por el dragón Ladón, que fue vilmente engañado por el artero Ulises.

© M. D. Álvarez

Cartas y rosario.


El cabo Hopkins repartía las cartas con la izquierda, mientra que con la derecha pasaba las cuentas del rosario que, su amigo, el padre Morgan le había regalado.

Un regalo que le obligó a no mostrar a su derecha lo que hacía su izquierda. Por eso cuando apareció muerto, con la bajara en la derecha y el rosario en la izquierda, sus amigos supieron que lo habían matado.


© M. D. Álvarez

sábado, 27 de abril de 2013

Cisterna.



- ¡Calla y arregla de una vez la cisterna del váter, que gotea! –Le recriminó ella desde la cama.

- ¡Enseguida corazón, pero antes tengo que arreglar las cañerías! – Dijo él, bajando la tapa del váter y tirando de la cisterna.

-¡Ves otra vez está goteando y no me deja dormir!. Dijo entre sueños

-Voy tesoro. Bueno ya está, a que ahora no gotea. –Respondió el, después de cerrar la llave de paso de la cisterna. Y pensando para si dijo: “Tengo que arreglarla antes de que se despierte mañana. Sino seguro que me mata.

Pero se quedó dormido y al despertar se dio cuenta de que no lo había arreglado. Y la vio a ella con los brazos en jarra y con cara de pocos amigos...


© M. D. Álvarez          
 

Scila y Caribdis.



Disfrazado de vendedora de manzanas y con un generoso escote. Así, de esa guisa tocó la puerta. Se comenzó a inquietar. Le habían dicho que no se fuera sin entregar la cesta de manzanas. Respiró aliviado cuando comenzaron a abrirse los trece cerrojos.

Desde el otro lado se escuchó una voz sensual que le decía: - Tú no eres Caribdis.

- No señora. Me dijeron que tenía que entregar este cesto de manzanas. –Dijo inocentemente.

De repente, fue succionado y tragado por un monstruoso remolino de dientes y tentáculos. Ese fue el plato fuerte, después se tragó el cesto de manzanas. Y a esperar otros 500 años.

-He de reconocer que Caribdis tiene sentido del humor. Ahora me toca a mí romperme los cuernos pensando en cómo enviarle un rollizo mozalbete que aplaque su hambre durante otros 500 años.

© M. D. Álvarez

jueves, 4 de abril de 2013

Noches de tormenta.



Que se arrime un poco más al borde de la cama. –Sugirió con paciencia al tercero, pues sabía lo que venía a continuación.

Siempre que había tormenta por la noche, terminaban todos durmiendo en su cama. Es lo que tenía ser el hermano mayor y no tener miedo a las tormentas. Menos mal que tenía una cama grande, aún cabían apretaditos los siete hermanitos, más el perro y el gato.

Aquella tormenta fue espectacular, con rayo, truenos y centellas. Pero el sabía como quitarles el miedo. Les dijo que los rayos, los truenos y las centellas son ruidos que hacen los dioses del universo cuando se enfadan y pelean entre sí. Al final siempre acababan con un aguacero que lavaba su mal humor y volvían a celebrar opíparos banquetes, hasta su siguiente bronca.

© M. D. Álvarez

domingo, 3 de marzo de 2013

El crujido.(Nueva versión)


El leve crujir de la viga de la que cuelga su padre. Todavía lo oía aún después de haberlo descolgado. 

Se sentía culpable por no llegar a tiempo, y el crujido era un rum rum constante que le martilleaba la cabeza de tal forma que no tuvo otra opción.

Cogió la misma soga que su padre y en la misma viga puso fin a sus días, pero el crujido no cesó…

M. D. Alvarez 

El crujido.


El leve crujir de la viga de la que cuelga su padre. Todavía lo oía aún después de haberlo descolgado. Se sentía culpable por no llegar a tiempo, y el crujido era un rum rum constante que le martilleaba la cabeza.

Se armó de valor, cogió el hacha y destrozó la viga, pero el crujido persistía. Así que subió a piso de arriba, llamó a la puerta y una dulce ancianita le abrió, tras ella el crujido… ¡Una mecedora!
© M. D. Álvarez

lunes, 28 de enero de 2013

¡Agachar la cabeza! ¡Nunca!

No, claro que no queremos, pero debemos hacerlo por el bien común. –Dijeron al unísono el batallón, sabiendo que no saldrían vivos de allí.

Lo que ocurrió a continuación, fue que cargaron todos a un tiempo contra un enemigo muy superior y severamente disciplinado, que acabó con todos ellos sin dejar uno vivo.

Lo que nunca supieron fue que ellos sembraron el germen de una nación que se negaría a agachar la cabeza ante la opresión y la injusticia.


M. D. Alvarez 

Demonios ocultos.



Mientras suelto las pastillas en las hierbas altas, me dirijo a buscar a mis demonios, para enfrentarme con ellos de una vez por todas. No los sometería mediante las drogas, debía vencerlos por mi mismo.


© M. D. Álvarez