martes, 30 de junio de 2026

La gracia de los besitos porteños.

Aquella diminuta plantita de pequeñas, delicadas y hermosas flores, con apariencia de diminutas bocas de dragón de un delicado color lila, trataba de sobrevivir en un entorno casi hostil. 

Fue observada por el señor de los campos, quien, viendo lo mucho que se esforzaba por sobresalir, la colocó en un hermoso muro, en un huequito a la sombra y con la suficiente humedad para que creciera con toda libertad. 

La hermosa plantita, en agradecimiento, ofrece hermosas y diminutas florecillas desde finales de invierno hasta otoño, dando alegría al señor de los campos por haberla colocado en un lugar prominente.


Oh, perdón si no os he dicho de qué plantita se trata. Es la cymbalaria muralis, también conocida por el nombre de besitos porteños, palomilla de muro, etc.

M. D. Álvarez

 

El álito.

Ya está aquí otra vez la corriente de aire, y detrás de ella avanzaba un coloso de roca y fuego que iba derribando montañas a su paso, allanando el camino para la llegada del titán más asombroso, el único que hizo frente a los dioses por amor. 

La corriente era parte de su esencia vivificadora, pues tras la devastación del mundo, el álito regenerativo insuflaría nueva vida al planeta destrozado por la batalla entre los dioses, que venía repitiéndose de eones en eones. 

Pero gracias a aquella corriente de aire, se renovaba tras la destrucción.

M. D. Álvarez 

lunes, 29 de junio de 2026

El oro de las anillas.

—¡Supéralo si puedes! Reto Marcus tras realizar la mejor rutina de ejercicios en anillas colgantes de la historia de las Olimpiadas. 

Su técnica impecable comenzó con la cruz en escuadra, seguido de una cruz de Malta, continuando con una plancha victoriana y, en la salida, efectuó un doble tirabuzón que clavó a la perfección.

Marcus aterrizó con una precisión que hizo
temblar a los jueces, como si la gravedad hubiera decidido cooperar con él. El silencio del pabellón se rompió en un rugido cuando levantó la vista y aceptó el desafío. 

Marcus  repetió su grito —“¡Supéralo si puedes!”— sabiendo que nadie en esa arena podría hacerlo. Y aun así, Marcus sonrió, como quien invita al mundo entero a intentarlo otra vez

M. D. Álvarez

Su olor en la brisa.

Ya está aquí otra vez la corriente de aire que lo envuelve y juega a arremolinarle su cabello largo y ondulado, pero, ¿qué esperaba allí, en lo alto? 

La brisa se acrecentó, trayendo sonidos de risas y chapoteos. Aunque también percibió el cálido aroma de su pareja; era el aliento suave transportado en aquel sereno y perfumado flujo de aire.

Descendió siguiendo al suave céfiro que lo llevó justo junto a su amada, quien, al verlo, sonrió y corrió hacia él, revolviendo su melena azabache, la misma que ondeaba mecida por el soplo de aire en la cima del risco.

M. D. Álvarez

domingo, 28 de junio de 2026

Nubecilla rosa cálida.

Ya está aquí otra vez la corriente de aire, pero no era fría como las anteriores; era cálida, algo raro para aquel tiempo invernal. 

La percibió al pasar por un callejón, iba acompañada de un aroma a fresas, dulce y delicado. Aquello hizo que se girara y acortara por el callejón, encontrándose con una adorable nubecilla de color rosa cálido que flotaba, llevada por la corriente de aire que fluía cálidamente desde las alturas.

—¡Qué delicada estampa! —pensó él, rozando la pequeña nube, que se estremeció y desapareció tras el contacto con él.  Al verla desaparecer, se sintió entristecido por su temeridad al intentar suavemente agarrarla.

M. D. Álvarez

sábado, 27 de junio de 2026

Segunda ola de calor.

—Pero, ¿tú lo ves? Ahí plantado delante del aire acondicionado, en pelotas. —bufó Clara.

—Que estoy bajando la temperatura para poder refrescar a Angie —respondió Marcus.

—Sí, refrescar, dices... Si no le da una lipotimia, será un milagro —siseó furibunda Clara..

Clara, la hermana de Marcus, negó con la cabeza mientras se abanicaba con una revista de decoración. El piso era un horno a treinta y ocho grados, y ver a su hermano en mitad del pasillo, inmóvil como una estatua griega, pero con la marca del bañador y los pelos de punta por el chorro de aire congelado, no ayudaba a bajar la temperatura.

​—Tiene lógica científica —declaró Marcus, sin abrir los ojos ni romper su pose de sacrificio humano—. Si mi temperatura corporal desciende, cuando me acueste al lado de Angie en la cama haré el efecto de un bloque de hielo de nevera portátil. Absorberé su calor por transferencia térmica. Lo he leído en un foro de física térmica.

​—O sea, que tu plan para reconquistarla después de la bronca de ayer es presentarte en la cama como un cadáver congelado —concluyó Clara, cruzándose de brazos—. Qué romántico, Marcus. Seguro que le bajan las pulsaciones del susto.

​—No fue una bronca, fue una discrepancia climática. Ella quiere dormir abrazada porque dice que si no, "ya no nos queremos", pero con este calor abrazarse es un intento de homicidio involuntario. Así que me sacrifico. Por el amor.

​En ese momento, la puerta del baño se abrió y Angie salió envuelta en una toalla, secándose el pelo. Se detuvo en seco al ver el panorama en el pasillo. Miró a Marcus de arriba abajo, fijándose en la piel de gallina que ya le cubría los brazos y en cómo le castañeteaban ligeramente los dientes.

​—Marcus —dijo Angie, parpadeando lenta y deliberadamente—. ¿Qué estás haciendo?

​Marcus intentó sonreír con naturalidad, aunque el labio inferior le temblaba.
​—Hola, mi amor. Nada, aquí... preparándome para ser tu zona de confort térmica esta noche. Siente mis bíceps, están a la temperatura ideal de la nevera.

​Angie miró a Clara buscando una explicación, pero su cuñada solo levantó las manos en señal de rendición.

​—No me mires a mí. Dice que lo ha leído en un foro.

—Ay, mi amor, tú siempre tan considerado y cortés —respondió Angie, visiblemente complacida.

M. D. Álvarez 

Atusando su pelaje.

Ya está aquí otra vez la corriente de aire tan fastidiosa, pero tan coqueta, que se cuida de no molestar al aguerrido y salvaje licántropo que dormitaba a la sombra de un gran roble. Aunque debió de presentir las intervenciones de aquella juguetona brisita, porque abrió un ojo y dijo: —Ni te atrevas a atusarme mi pelaje o te arrepentirás".

La brisa lo observó con visible devoción y dijo: —¿Qué mal podría hacer yo? Una humilde corriente de aire, a tu hermoso pelo tan negro como el vantablack, tan solo deseo colarme entre tu espesa melena para acariciar tu cabello.

M. D. Álvarez 

El niño del árbol de Júpiter.

Lo depositaron en una pequeña canastilla que colgaron de una de las ramas de un frondoso y majestuoso árbol de Júpiter. El chiquitín apenas contaba con un mes de vida, pero sobre él pesaba una gran maldición. 

Sus amados padres no tuvieron el valor de matarlo, pues sus dulces ojitos azules los miraban con amor y ternura. No conocía las causas de tal abandono, pero jamás los culpó; no emitió ningún llanto.

Fue encontrado por una gran osa a la que llamaremos  Arkoúda que, con sus aterradoras zarpas, lo descolgó con mimo. Algo en aquellos dulces ojillos azules la cautivó; había perdido a su osezno y amamantó a aquel pequeño benjamín, lo adoptó y fue la madre más protectora y amorosa de la región. Creció rápido, fuerte y agreste, pero nunca perdió su mirada de inocencia.

Cuando cumplió la mayoría de edad, la maldición se hizo presente. Arkoúda se dio cuenta de que su joven cachorro tenía un linaje licantrópico, pero su fuerza de voluntad logró dominar a su furibundo lobo. 

Él comprendió que, si no lo hubieran abandonado, no habría sobrevivido. Y deseo visitar a sus padres. Arkoúda había conservado la canastilla y la manita donde aquel dulce querubín fue envuelto; todavía conservaba el aro de su amada madre, jazmines y lavanda.

Una noche en la que cazaba junto a su madre, Arkoúda, él percibió aquel agradable aroma. Ella no trató de retenerlo; es más, le animó a seguirlo y conocer a sus padres. Sabía que su joven cachorro retornaría junto a ella, pues no conocía otro mundo que no fuera el amoroso bosque y las criaturas que en él poblaban.


M. D. Álvarez 

viernes, 26 de junio de 2026

Bienvenido a la familia.

Lo azuzó para que lo atacara y dejara su marca en su bronceado torso. El viejo licántropo adoraba a su amada hija; haría lo que fuera por ella. Por eso, cuando ella escogió al joven con el que ansiaba perder la virginidad, no tuvo más remedio que marcarlo con su aterradora garra.

Antes de que el grito pudiera formarse en sus labios, sus ojos se encontraron con los del licántropo. Ya no había humanidad en ellos, solo un fulgor amarillo de tormentosa resignación. La bestia resolló, una nube de vapor en el aire frío, y luego retrocedió, fundiéndose con las sombras del bosque como si nunca hubiera estado allí.

Quedaron solo él y la chica.

Ella se arrodilló a su lado, su vestido blanco  la oscura flor que comenzaba a florecer en su torso. No mostró sorpresa, ni miedo. En sus ojos había una satisfacción serena, un poder antiguo.

—Shhh —susurró, y sus dedos, increíblemente suaves, se posaron sobre los bordes desgarrados de la herida.

La mirada de ella estaba fija en la marca, no con horror, sino con una extraña veneración.

—Ahora —dijo, y su voz era tan sedosa y peligrosa como la promesa de la noche—, eres mío para siempre. Nadie más te tocará. Nadie más osará. Llevas el sello de mi amor y de su furia.

—¿Por qué? —logró articular, su voz un quebrado susurro.

Ella se inclinó, y sus labios, en lugar de posarse en los suyos, se acercaron a su oído.

—Porque lo que es verdaderamente valioso debe ser tallado con dolor, no acariciado con placer —respondió—. Él te ha dado la bienvenida a nuestra familia.

M. D. Álvarez 

Cual heraldo.

Ya está aquí otra vez la corriente de aire. Vocifero, aterrorizado, sabía que vendría tras ella. Una columna de fuego se alzaba tras aquel vendaval, que, cual heraldo, anunciaba su llegada. 

En cuanto la percibieron, se postraron ante ella, pero no fueron escuchados, pues tras ella se alzó un huracán de fuego y ceniza que lo asoló todo a su paso, arrasando a todo bicho viviente, incluidos los hombres.

M. D. Álvarez 

jueves, 25 de junio de 2026

Primera ola de calor

Buf, y luego dicen que no hay cambio climático. Que se lo digan a los sufridos pingüinos y osos polares, que se están quedando a la vista sin hielo y tierra a la que volver. Las altas temperaturas los están convirtiendo en pobladores de playas polares, y si ahí tienen calor, no veáis en el trópico: los huevos se fríen aún sin salir del cascarón. 

A mí antes me gustaba el verano, pero ya no. No estamos en el infierno, pero el diablo se movería con verdadera felicidad; con las altas temperaturas, danzaría de forma frenética para que la tierra se convierta en el infierno. 

Solo nosotros podemos impedirlo, pero parece que a ciertos corpúsculos no les interesa revertir este efecto tan destructivo.

M. D. Álvarez 


A un aire de la muerte.

—Ya está aquí otra vez la corriente de aire, - dijo Angie en un suspiro, tratando de protegerlo de ella. 

Su estado era tan débil que una nimia brisa lo podría matar; su sistema inmunológico había sido dañado por un virus que había terminado con sus defensas. 

Él dormitaba en su regazo; por primera vez, ella lo protegía con mimo y ternura. Su cuerpo, otrora fuerte y atlético, se encontraba visiblemente débil; su rostro apolineo demacrado. 

Ella lo miró y, por vez primera, lo vio sereno; sus impenetrables ojos azules la observaban con cariño. Alzó su débil mano y limpió una furtiva lágrima que corría por su bello rostro.

​—No llores —susurró él, y su voz, que antes solía retumbar con autoridad, era ahora apenas un roce de seda contra el silencio de la habitación.

​Angie sostuvo esa mano esquelética contra su mejilla, cerrando los ojos para memorizar el calor que aún emanaba de su piel. Era irónico cómo el destino había invertido sus papeles. Él, que siempre había sido el muro infranqueable, el hombre de decisiones frías y voluntad de hierro, ahora dependía de la protección de su adnegad aAbgie.

​—Gracias por... —empezó él, pero un acceso de tos lo interrumpió, sacudiendo su extenuado cuerpo.

Angie lo estrecho con delicadeza esperando que la tos parara y rezando para que no sucumbiera al esfuerzo cuando el acceso de tos cesó 

​—No hables —le pidió ella con dulzura, acariciándole el cabello—. Solo descansa.
El asintió por primera vez en mucho tiempo, no luchó contra el sueño. Se sentía a salvo, no porque fuera fuerte, sino porque ella finalmente había aprendido a ser su refugio.

M. D. Álvarez 

Ante una leyenda.

—Estáis ante una leyenda —dijo ella al ver emerger a su amor, un sanguinario licántropo de un color tan negro que atrapaba la luz. La bestia renacía del cuerpo del joven humano que se había interpuesto en la trayectoria de una bala destinada a ella.

—Angie, ¿estás segura de que no es peligroso? Últimamente, Marcus estaba muy irascible —dijo uno de los compañeros.

Ella lo miró furiosa y dijo: —Jamás, en su estado, bestia o humano, me hizo ningún rasguño, y si está irascible, será por vosotros.

Marcus lanzó un aterrador aullido y se acercó con delicadeza a Angie, que lo miraba con una ternura tan cálida que Marcus se postró ante ella.

—Mi sol, tú no debes postrarte; tú eres mi dulce amor—dijo ella, agachándose y colocando su delicada mano sobre la magna cabeza.

M. D. Álvarez

miércoles, 24 de junio de 2026

La octava maravilla.

Porque siete y no diez. Muy sencillo: las otras tres todavía no han aparecido. Si hubieran aparecido antes de que la humanidad estuviera preparada, como ocurrió en realidad, por la avaricia de unos pocos que ambicionaban los hielos eternos, descubrieron antes de tiempo lo que se ocultaba bajo ellos.

Una megaestructura de dos kilómetros de alto, por otros dos de largo y dos de ancho: un cubo perfecto con glifos grabados en una lengua muerta. ¿A que no sabéis qué hicieron los muy desaprensivos? Trataron de dinamitarlo sin conseguirlo; no le hizo ningún rasguño. En vez de eso, despertó algo en su interior, algo que lanzó un aterrador rugido que les heló la sangre. El cubo comenzó a vibrar primeramente con suavidad y, después, se fue acelerando y despidiendo una luz cegadora. Cuando cesó, apareció ante ellos un titánico licántropo encadenado..

 Parecía dormido, ni mucho menos; estaba pensando si devoraría el mundo o dejaría que continuara. Aunque aquellos desalmados trataron de darle muerte, lo que lo enfureció soberanamente, abrió los ojos y su furia se desató contra aquellos que habían importunado su sueño.

Las cadenas que lo sujetaban cayeron, haciendo que los desaprensivos huyeran aterrorizados. Mientras el gigantesco licántropo se estiraba y desperezaba, salió tras ellos y los devoró uno tras otro; así aprenderían a no tocar lo que no es suyo. Tras tan drástico correctivo, el licántropo regresó a su estado de letargo, pues todavía no era tiempo de finalizar la obra. Los hielos volvieron a cubrir tan misterioso cubo hasta que la humanidad aprendiera que no era el ombligo de la creación.

M. D. Álvarez

Dormir. a pierna suelta.

Llevaba cuatro años sin dormir dos horas seguidas desde que aquel desgraciado no cesaba de despertarlo mientras estaba convaleciente, después de una operación a vida o muerte. Su nivel de estrés llegó a límites peligrosos; su ira fue creciendo cada vez que aquel hijo de su madre abría la boca. Su paciencia iba disminuyendo hasta que, una buena noche, su furia lo convirtió en una mala bestia que amordazó al paciente de la cama de al lado con su cabestrillo

A la mañana siguiente, la enfermera preguntó: —¿Qué tal ha dormido?.

—Como un bebé, respondió él.

Mientras, en la cama de al lado, el paciente permanecía silenciado por el cabestrillo.

M. D. Álvarez 

martes, 23 de junio de 2026

Bomba de relojería.

—Es una bomba de relojería" dijo su compañero, apoyándose en la barra.

Marcus ni siquiera alzó la vista del vaso que secaba. —¿A qué te refieres?

—Angie. La mención de su nombre hizo que Marcus, por fin, lo mirara. Su compañero sonrió. —Es esa joven que no sabe cómo llamar tu atención. Tiene un carácter fuerte y adora a los hombres recios, pero contigo se derrite. Y tú, como un idiota, finges no ver que está perdidamente enamorada de ti. Ella desea que seas tú quien ocupe sus pensamientos... y su cama.

—Pero yo no creí que le gustara de esa manera.., , carraspeó Marcus, incómodo.

—Pues, como no te des prisa, se te adelantará el primero que la mire como ella necesita ser mirada. Alguien que no dudará en quitártela., remató su compañero.

La idea le taladró la mente. No era un hombre de palabras, sino de actos. Por eso, esa misma noche, fue a buscarla cuando salía del bar contiguo que regentaba.

—Marcus, ¿qué haces aquí?, preguntó Angie, sorprendida al verlo plantado junto a su coche. Lo notó tenso, con la mandíbula apretada.

Él se acercó, su voz era un ronco susurro. —Angie... No sé cómo actuar contigo. Cada vez es más difícil.

Ella frunció el ceño, confundida pero expectante. —¿Qué ocurre? Dime.

—¿Por qué no me dijiste que te asaltaron la semana pasada en el parking?, soltó de golpe, cambiando de rumbo. Era la única excusa que había encontrado para justificar su presencia.

La pregunta la pilló por sorpresa. ¿Cómo lo sabía? Ella se lo había contado solo a una amiga.

—No sabía cómo decírtelo —confesó, bajando la mirada—. No quería que te preocuparas o que pensaras que no puedo cuidarme sola.

—¿Quién fue? —preguntó él con una voz que ahora era pura piedra.

Ella lo miró con una ternura que solo él le sacaba. —Llevaba la cara cubierta. No pude reconocerlo. —Era la verdad.

Marcus exhaló un suspiro profundo, toda la tensión de su cuerpo transformándose en otra cosa. —Sabes que te quiero, ¿verdad? Pase lo que pase. Eres importante para mí. Lo dijo en voz baja, como un secreto.

—Sí, lo sé —respondió ella, y dio un paso hacia él, cerrándola la distancia—. Por eso a veces desearía que lo nuestro... fuera más. Que no siempre tuvieras que proteger desde lejos.

—Y yo —admitió él, con un desasosiego que le nublaba la mirada—. Pero mi cargo, esta responsabilidad... no me deja dedicarte el tiempo que mereces.

—No te preocupes —susurró ella, alzando una mano para acariciar su rostro con una delicadeza que contrastaba con la rudeza de sus facciones—. Yo seguiré esperándote el tiempo que haga falta.

Y en ese momento, bajo la tenue luz de la farola, Marcus supo que su compañero tenía razón. No podía esperar para siempre.

M. D. Álvarez

Siempre vendré por ti.

Tras aquel vidrio blindado se encontraba la persona que más quería. Estaba encerrada tras aquel cristal de 3.5 pulgadas; era un cubo de 3 x 3 metros que se estaba llenando rápidamente de agua helada. 

Comenzó a golpear el cristal con sus puños con tal furia que empezó a mellarlo. A cada golpe, sus puños se destrozaban, pero no cesó hasta abrir un resquicio y entonces dejó salir al licántropo, que a dentelladas comenzó a abrir un hueco, liberándola. 

Cuando estuvo fuera, el licántropo se mostró protector con ella; era la pareja de su huésped. 

Gracias a él, seguía vivo en su interior, pero vivo. Al amanecer, regresó al interior de su huésped, que, con los puños destrozados, se acercó a ella, que estaba cubierta por una gruesa manta de oso. 

Dormía tranquila. Se tendió a su lado hasta que ella comenzó a moverse y girarse hacia él.

—Sabía que vendrías, dijo, besándolo con dulzura.

—Sabes que no hay nada que me detenga cuando se trata de ti —refirió, mirándola a los ojos. Ella buscó sus manos y, cuando vio que estaban destrozadas, preguntó:— ¿Qué te has hecho, mi vida? —dijo ella, sujetando sus manos con delicadeza.

—Hice lo que tenía que hacer para salvarte —respondió él, besando su frente con ternura. Ella sonrió, aliviada y agradecida, sabiendo que su amor lo superaba todo.

M. D. Álvarez 

lunes, 22 de junio de 2026

No es un buen día. II parte.

—Pero no estas muerto —susurró ella, acariciando su frente—. Y no lo estarás, mientras yo pueda sostenerte aquí.

Marcus abrió los ojos en el mundo real, jadeando. El dolor en su pecho era real, pero también lo era el calor de su mano. Ella seguía allí, en la penumbra de la habitación, con esa mirada que lo anclaba a la vida.

—¿El mastodonte? —preguntó con voz rota.

—Derrotado. Como siempre. Como todo lo que intenta separarte de mí.

Él sonrió débilmente. Sabía que ella no era solo un sueño. Era lo único real en medio de aquel laberinto de pesadillas que su mente enferma construía cada noche.

Y entonces, en la oscuridad, algo rugió de nuevo.

—No ha terminado —dijo Marcus, incorporándose con esfuerzo—. Esta vez… esta vez no huiré.

Ella apretó su mano y lo miró a los ojos.

—Entonces yo tampoco.

Y juntos, esperaron la siguiente oleada.

M. D.  Álvarez 

Liberación.

Desolación, destrucción y devastación era todo lo que alcanzaba a ver. No había ni rastro de sus amigos, pero su corazón le decía que estaban vivos. Sus orejas buscaron cualquier sonido; a tres kilómetros, percibió un leve crujido y se dispuso a reconocer el lugar. 

Vio una roca de unas 7 toneladas; el crujido salía de debajo de la roca. Intentó levantar tamaña roca, pero no lo logró. Se puso a escapar, estaba seguro de que el crujido venía de debajo de la piedra. Logró abrir una zanja; bajo la piedra se abría un acceso a un subterráneo. Se coló por la abertura y avanzó a oscuras. Hasta que su vista se acostumbró, al fondo del pasadizo vio tres sombras que se volvieron al escuchar palos. Una de las sombras avanzó a tientas hacia él; cuando llegó a su altura, utilizó su mano para reconocer su rostro.. 

—Eres tú, la oyó decir, —pero no estabas en coma.

—Nada me impediría acudir a rescataros —dijo él con determinación—. —Vamos, tenemos que salir de aquí —dijo mientras los guiaba a través del pasadizo. Ayudó a salir a cada uno de sus amigos, tras lo cual utilizó el teléfono vía satélite para pedir la evacuación.

M. D. Álvarez 

domingo, 21 de junio de 2026

Derribando muros.

Ella era capaz de doblar sus expectativas con su chico; lo domaba como a un potro salvaje, pero había visto algo en su mirada: su determinación y su amor por ella lo volvían impulsivo e indómito. Solo ella era capaz de doblegar su impulsividad. 

Lo descubrió en un enclave aislado donde los de su clase podían correr libres, pelearse entre ellos y gozar de las mieles de la victoria. 

En cuanto él la vio, desplegó todo tipo de saltos y enfrentamientos con los suyos. Ella había tocado su noble e indómito corazón; luchó con bravura y dedicación. Sus combates duraron semanas, pero estaba dispuesto a morir por ella.

Cuando por fin todos los pretendientes fueron vencidos, se aproximó a ella, recogió una hermosa flor que crecía en aquel enclave. Sus hermosos colores rosáceos, lilas y anaranjados la sorprendieron. Aquella flor era su forma de declararle su amor. Eran dos seres de distinta clase social, pero el amor que él le profesaba derribaría los muros sociales.

M. D. Álvarez 

Aratortas, la danza de los golpes que apagan estrellas.

Mi arameo está un poco oxidado, pero mi aratortas no, bufó lanzando una andanada de sopapos.

Los golpes, precisos y contundentes, no iban dirigidos a un erudito, sino a los grotescos tentáculos de un Nihilith que emergían de un pórtico dimensional. Cada impacto resonaba con un chasquido seco y un olor a azufre quemado.

—¡Te dije, Zath'rug! —gritó hacia la criatura—. ¡Mi arameo puede estar oxidado para sellar portales, pero para recordar los puntos de presión de un Dios Antiguo, mi memoria es impecable!

A su lado, un joven aprendiz observaba, boquiabierto, con un grimorio abierto. "Aratortas", anotó rápidamente en un margen. "En el dialecto coloquial de los últimos guardianes, significa 'la danza de los golpes que apagan estrellas'".

M. D. Álvarez 

sábado, 20 de junio de 2026

Hasta que la muerte nos separe.

Le había inutilizado los frenos, pero ella también pensó en lo mismo. Su matrimonio se suponía que iba bien, pero parece que no; él la engañaba y ella lo sabía. Su testamento le dio la idea: si él moría, heredaría todo. Él mantenía una relación con su secretaria, diez años más joven. Quería dejarla; ambos creían que se harían ricos heredando.

—Te veo después del trabajo —dijo él.

—Aquí estaré —respondió ella, lanzando una furtiva mirada a la mancha del líquido de frenos que comenzaba a salir de debajo del coche de él.

Ambos montaron en sus respectivos vehículos, pero ninguno de los dos volvió.

M. D. Álvarez

No es un buen día.

No es un buen día para ser un osito adorable —dijo ella, viendo el mastodonte con el que su adorado Marcus debía luchar por salir de aquel laberinto de aterradoras creaciones oníricas. Ella lo reconfortaba; sabía que en sus sueños Marcus era invulnerable. Lo único que podía dañarlo era su estado, y en aquel momento Marcus sufría tremendos dolores, pero no se arredró. Luchó con todas sus fuerzas contra aquel animal.

Ella posó su cálida mano sobre el pecho de Marcus, que sintió en su estado onírico la calidad de su estado. Aquello le dio fuerzas, pues aquel brutal monstruo lo estaba vapuleando. Con un último esfuerzo, logró zafarse del ataque de aquel ser y, con un aterrador golpe, asustado, con su poderosa garra desgarró el cuello del animal, que al verse herido mortalmente se retiró, dejando a Marcus exhausto y medio muerto. Si ella no lo hubiera llamado, seguramente estaría muerto.

Continuará...

M. D. Álvarez 

viernes, 19 de junio de 2026

Aullido lastimero.

Lo que vio lo horrorizó de tal forma que no pudo controlar los hechos que acaecieron a continuación. 

Se lanzó en una vorágine de furia y desesperación colina abajo, donde ella yacía envuelta en un charco de sangre. La rodeaban criaturas aberrantes y burlonas que no supieron lo que se les venía encima.

Con un rugido atronador, decapitó a cuatro de los seis que la rodeaban; a los otros dos los despedazó rabioso, tras lo cual se agachó a su lado y tomó su mano, depositándola sobre su cabeza, como acostumbraba a hacer cada vez que él acudía a saludarla. Pero aquella vez, la mano resbaló, inerte, perdiéndose entre sus cabellos. 

Él, desconsolado, aulló lastimosamente; aquello alentó a su manada, que acudió a su llamada de dolor, rodearon al joven líder y se unieron a él en su dolor.

M. D. Álvarez 

La pesadilla no duerme.

Lo suyo no fue un simple encontronazo con la muerte; fue algo más intenso y aterrador. Los vio morir a todos; solo podía luchar con todas sus fuerzas contra aquella dantesca pesadilla que lo torturaba, mostrándole las muertes tan atroces.

Cada noche, al cerrar los ojos, el silbido del viento se convertía en el mismo grito desgarrador de Marcus. La oscuridad de su habitación se poblaba de los destellos cegadores de aquellas explosiones, y el tacto de las sábanas se transformaba en el agarre febril de Angie, cuyo último suspiro aún sentía arder en su mejilla. No dormía; sobrevivía a turnos de guardia en su propia mente, un campo de batalla donde la trinchera era su cama y el enemigo, su memoria.

Una noche, se sorprendió al sentir una cálida mano sobre su frente. Abrió los ojos y ella estaba allí, mirándolo con preocupación; la había visto morir, igual que al resto de sus amigos.

—¿Estás bien? —preguntó ella al percatarse de la cara de estupor.

—¿Angie, eres tú? —logró balbucir.

—Claro que soy yo, ¿a quién esperabas? —preguntó con preocupación.

—No puede ser, te vi morir —dijo, sobrecogido por el dolor.

—Amor, estoy aquí. Mi vida no ha sido más que una pesadilla —respondió ella, colmándolo de besos.

M. D. Álvarez

jueves, 18 de junio de 2026

Sin remisión.

Corazón grande, noble, apasionado y terco, como una mula. Así lo describió su chica antes de conocerlo.

Cuando supo de sus intenciones para con ella, se abalanzó a su cuello y no paró de besarlo con ternura. Era el chico más encantador y reunía los requisitos y valores que ella deseaba.

Metió sus delicados dedos en su melena larga y ondulada, haciendo que él sueltara un suspiro y sonriera.

La miró a los ojos y disfrutó de una cálida mirada de color verde que hizo que se perdiera en ellos, siendo atrapado por ella sin remisión; sería suyo de por vida.

M. D. Álvarez 

Cicatrices del pasado.

Lo habían localizado por un error que ella cometió sin darse cuenta. Le había tomado una muestra de cabello y no comprendía por qué era tan esquivo con su familia. Mandó analizar su ADN; necesitaba conocer sus orígenes. Lo amaba demasiado y quería conocer a su familia. No comprendía por qué no hablaba nunca de sus orígenes. 

En cuanto  él vio a aquel hombre recio y espigado, supo lo que había ocurrido. 

—Ya te puedes ir por donde has venido —le espetó. 

—Hijo, no seguirás dolido por aquello. 

Ella asintió ante el dolor que le produjo aquella visita; el rencor seguía enraizado en su corazón. 

—Lárgate antes de que pierda la poca cordura que me queda —dijo entre dientes. 

Su padre se dio la vuelta y desapareció. 

Ella le pidió perdón; solo quería conocer sus orígenes..

¿Sabes por qué no te he dicho nada de mi familia? —dijo, recuperando el control—. Cuando era tan solo un crío, me obligaron a enfrentarme con un aterrador monstruo —dijo, visiblemente alterado—. ¿Sabes por qué no me quito la camiseta en público? Ni tú has visto mi piel —dijo él, quitándose la camiseta—. Dejó a la vista aterradoras cicatrices que cubrían tanto su espalda como su pecho. Ella supo todo el dolor que debió sufrir de niño.

Se sintió apesadumbrada y triste. Él se dio cuenta de que ella se sentía culpable y, cogiendo sus manos entre las suyas y con todo el amor que pudo imprimir a su voz, le dijo: 

"Tú no has tenido la culpa, tan solo tenías curiosidad y yo he sido demasiado reservado en lo que atañe a mi familia."

M. D.  Álvarez 

miércoles, 17 de junio de 2026

Mazmorra.

Siguían tratando de someterlo, pero ni el dolor más atroz conseguiría quebrarlo. La sala de torturas era el rincón favorito del verdugo, que continuaba despellejándole, pero él no emitía ningún grito; no iba a darles el gustazo de asustar a los demás prisioneros. 

El verdugo era paciente, se tomaba su trabajo a conciencia, y cuando terminó de torturarlo, lo echó a la celda donde estaban los demás prisioneros. Él, con las pocas fuerzas que le quedaban, se arrastró a la zona más oscura; no quería que los allí presentes sufrieran por el horror de sus cicatrices. Solo hubo un prisionero que se apiadó de él; era una rehén a la que habían secuestrado para pedir un rescate. 

Cuando vio sus heridas, no pudo reprimir un ahogado grito. Se sentó a su lado y le preguntó: "¿Por qué dejas que te torture? Eres demasiado joven para sentir semejante dolor".

—Lo hago por todos los que están en esta celda. ¿Crees que alguno de ellos soportaría tal dolor sin irse de la lengua? —respondió él, esbozando una desdibujada sonrisa.

—¿Pero cuánto más crees que podrás mantenerte sin romperte?

—Hasta que lleguen los refuerzos —respondió él en un tono casi inaudible.

De allí a un rato, un gran estruendo resonó en las celdas para dar paso a un batallón liderado por una hermosa licántropa que supo de inmediato la gravedad de las heridas de su aguerrido compañero. Desgajó los barrotes de la celda y lo vio.

—¡Serás desgraciado! Voy a matar a ese verdugo —bramó furiosa mientras lo recogía con delicadeza y lo sacaba de allí, mientras el resto del batallón liberaba a los prisioneros. La joven rehén trató de seguir a la licántropa, pero en cuanto esta se dio cuenta de que la seguían, se giró y le dijo: —No te inquietes, es mi marido. Voy a cuidar de él. Lo sacó de aquella mazmorra y lo subió a la gran nave donde disponían de cámaras de regeneración en las que podrían recuperarlo.

Ella volvió a la mazmorra a buscar al salvaje verdugo que había torturado tan cruelmente a su amado. Lo encontró escondido y muerto de miedo, pero no tuvo compasión de él; lo evisceró y desmembró como advertencia de que si alguien volvía a ponerle las manos encima a su marido, sería cruelmente castigado.

M. D. Álvarez 

La mejor pizza.

Añoro ese sabor tan delicioso a perejil y a ajo bien picado, espolvoreado sobre la masa fina de la mejor pizza que probé en aquella pequeña pero coqueta trattoria, regentada por una linda joven.

Hoy he vuelto a entrar y pedí una margarita. Tras disfrutarla, me acerqué al mostrador y pregunté: —¿cuál es tu secreto? Es la mejor pizza que he probado.

Ella, con una adorable sonrisa, dijo: —Mucho amor y el ingrediente secreto".  

—¿Y cuál es el ingrediente secreto? —pregunté con una sonrisa de agradecimiento.

—​—Eso, señor mío, es un secreto familiar —dijo ella—; ha pasado de madres a hijas.desde mi tatarabuela.

—Señorita... ha conseguido trasladarme a la niñez. Gracias de corazón —dije sonriendo.

M. D. Álvarez 

martes, 16 de junio de 2026

El secreto estaba en sus manos.

Añoro ese sabor tan delicioso a perejil y a ajo bien picado. Era el alma de la cocina de mi abuela, un perfume verde y punzante que anunciaba el banquete mucho antes de que los platos llegaran a la mesa. 

Recuerdo verla picar las hierbas con un ritmo hipnótico sobre la tabla de madera gastada. Aquel aliño sencillo transformaba el pan humilde en un manjar de reyes. 

Hoy, aunque sigo su receta al pie de la letra, el aire no vibra igual. Quizás el ingrediente secreto no era la proporción, sino sus manos cansadas y llenas de amor

M. D. Álvarez 

lunes, 15 de junio de 2026

A la sombra de ella.

Añoro ese sabor tan delicioso a perejil y a ajo bien picado que elaboraba mi madre para sus guisos. Platos que intenté repetir cuando nos dejó, pero sin conseguirlo.

Logro elaborarlos, pero no tienen su esencia. Creo que me falta su amor por la familia y buena mano para la preparación de platos culinarios de renombre.

Es posible que me ocultara algún secreto o, más bien, que yo no tenga su mano para la cocina.

​Tan solo soy una sombra de ella y quizás no le llegue a la suela de sus zapatos; pero sigo intentando mejorar sus recetas, ya de por sí inmejorables. Sigo, simplemente, por ella

M. D. Álvarez 

domingo, 14 de junio de 2026

Los consejos de la abuela..

Añoro ese sabor tan delicioso a perejil y ajo bien picado. No sabía que aquello me salvaría la vida.

Al ver cómo se acercaba aquella criatura que me miraba con desdén y supremacía animal, con el único propósito de morderme el cuello, sentía una parálisis opresiva.

Y cuando noté que me mordía, percibí un cambio en aquel ser; su cara de asco y perturbación me dio fuerzas para clavarle la estaca en el corazón.

Menos mal que seguí los consejos de mi abuela, por muy estrafalarios que fueran. Si quieres dejar descolocado a un vampiro, no tienes más que rociarte con el dulce aroma del ajo y el perejil.

M. D. Álvarez 

sábado, 13 de junio de 2026

Exquisiteces.

Añoro ese sabor tan delicioso a perejil y a ajo bien picado con el que ella sazonaba la comida de su churri.

Él era su chico buenorro y atractivo, que se comía todo lo que le preparaba. Una noche, fue asaltada por un grupo de maleantes que tiraron por tierra el tupper donde llevaba la cena para él.

—¡Os vais a enterar de lo que vale mi chico! ¡Le habéis dejado sin cenar! —vociferó furiosa.

Tras el grupo, apareció un joven de pelo largo, ondulado y ojos azules que los estampó contra el suelo.

—Lo siento, mi amor. Vamos, te voy a preparar unas exquisiteces —dijo ella, besándolo con ternura.

M. D. Álvarez

viernes, 12 de junio de 2026

La pieza.

Añoro ese sabor tan delicioso a perejil y a ajo bien picado, sazonado sobre su áurea piel, que le daba un aspecto apetecible.

Aunque no se me permitía hincarle el diente a su tierna carne, no hasta que los mayores hubieran degustado su dulce pieza; y solo entonces se me permitiría saciar mi hambre con las pocas migajas que aquellos vejestorios se dignaran a dejarme.

Menos mal que mi augusta madre se valía de su rango y separaba una porción de su más que suculento cuerpo.

Aquella gacela había sido preparada para la manada.

M. D. Álvarez

jueves, 11 de junio de 2026

La ofrenda.

Añoro ese sabor tan delicioso a perejil y a ajo bien picado, sazonado con mimo sobre la comida ofrecida como dádiva a los dioses. Pero aquella ofrenda de paz estaba destinada a un aterciopelado licántropo; esa carne, sazonada con ese aliño, lo volvía loco y dócil. 

Los mismos dioses perdían la compostura por las ofrendas de aquella devota, que tenía como guardián a aquel lindo y atlético licántropo.

​—Este es tu plato; siempre será más grande que el de ellos porque tú eres mi amado y dulce guardián —dijo ella acariciando su denso pelaje.

Los dioses se sintieron ninguneados y trataron de arrebatarle su plato, pero sufrieron el ataque furioso.

M. D. Álvarez 

miércoles, 10 de junio de 2026

Bolita de pelo. 2da parte.

Pasaron quince inviernos. Yo ya no era aquella bolita de algodón que tiritaba en el hueco de un árbol; ahora mi sombra era larga, mis hombros anchos y mis pasos hacían callar al bosque. Me había convertido en el guardián de las sombras, en aquel al que los aldeanos temían sin conocer, pero mi corazón seguía anclado a aquel linde donde te vi desaparecer de la mano de tus padres.

Nunca me fui del todo. Te observé desde la espesura crecer, tropezar y hacerte fuerte. Sabía que habías vuelto cuando el aroma a jazmín y tierra mojada, ese que solo tú desprendías, inundó el aire del valle.
Te encontré en el mismo claro, sentada sobre una roca, mirando hacia la penumbra de los árboles. Ya no eras la niña de manos regordetas, sino una mujer de ojos verdes que parecían buscar algo perdido. Me acerqué con cautela, ocultando mis garras bajo el musgo, temiendo que esta vez el hombre que habita en mí, o la bestia que lo protege, te asustara.

Pero cuando una rama crujió bajo mi peso, no gritaste. Te levantaste despacio.

—Sabía que seguías aquí —susurraste, y tu voz era la melodía que me había mantenido cuerdo en las noches de luna llena.

Me quedé paralizado en la frontera entre la luz del sol y la oscuridad de los pinos. Mis ojos azules se encontraron con los tuyos. Por un instante, volví a sentirme aquel cachorro indefenso ante tu bondad. Diste un paso hacia mí, sin miedo al monstruo del que todos hablaban, extendiendo tu mano como lo hiciste aquella noche en el árbol.

—Todavía tiritas —dijiste con una sonrisa triste, notando el leve temblor de mi respiración contenida.

En ese momento comprendí que, aunque el mundo nos viera como la bella y la bestia, para nosotros el tiempo no había pasado. Yo seguía siendo tu protector, y tú seguías siendo mi hogar.

M. D. Álvarez 

martes, 9 de junio de 2026

Bolita de pelo.

Cuando contabas con dos añitos, eras muy lanzada. Te fuiste al bosque a pesar de que tus padres te habían advertido de que había un monstruo. Te encontré dormidita en un huequito de un árbol. Eras adorable, estabas tiritando y me tendí cerquita de ti para darte calor. Todavía tiritas y me acerqué otro poquito más a ti, tu pequeño cuerpecito; debiste de sentir el calorcito de mi cuerpo. 

Abriste los ojillos, que eran verdes, y me miraste extrañada en vez de asustada. Era una pequeña bolita de pelo suave y algodónoso. Abrí los ojos y te vi mirarme con visible alegría. Tus regordetas manitas juguetearon con mis diminutas orejillas.. 

Te debí de parecer achuchable, pues me agarraste con determinación de no soltarme. A pesar de ser tan chiquitín, podía ver tu bondad y, aunque notabas que no te quería hacer daño, permaneciste agarradita a mí y no querías soltarme. 

Al amanecer, escuché un leve crujido en la maleza y me levanté justo a tiempo; era un oso aterrador, pero no me moví de tu lado. Aún con mi aspecto de tierno peluche, enseñé mis colmillos; aquello no pareció amedrentar a tan fiero oso. Así que me alcé sobre mis dos patitas traseras y gruñí. No sé si por desidia o porque vio algo en mis ojos, el oso se alejó. Volví a tu lado; seguías durmiendo. Con los primeros rayos del sol, abriste tus adorables ojillos. Me tenías sujeto con suavidad, pero seguía despierto observándote.

El bosque despertaba. Los pajaritos trinaban a lo lejos y se oían voces que llamaban. Tú reconociste la voz de tus padres y, a pesar de tu corta edad, te levantaste. Te ofrecí mi lomo para que te apoyaras y te acompañé al linde del bosque. Dócilmente, te di un pequeño empujoncito con mi hocico y me adentré en el bosque. Me volví a mirar y te vi abrazando a tus padres; a la vez, tenías tus preciosos ojillos mirándome y sonriendo.

Aquella fue la primera vez que supe que te quería.

Continuará...

M. D. Álvarez 

lunes, 8 de junio de 2026

Heterocromía.

Sus ojos de dos colores, uno azul y otro verde, le conferían un don: era capaz de ver con su ojo azul mundos etéreos y con su ojo verde veía la vida en la que se encontraba su preciosa pareja. Su heterocromía la atraía como si no pudiera apartar sus ojos de los de él. Su talento le confería una visión amplia de ambos mundos y, en ambos espectros, ella era su pareja. 

Cada vez que la veía, sentía la irrefrenable necesidad de besarla con una pasión inusitada. Sus compañeros conocían su don y obedecían sus órdenes, pues era capaz de vislumbrar los ataques antes de que ocurrieran.

Respetaban su unión; es más, la alentaban. Sabían lo mucho que él había sufrido por su heterocromía; lo habían menospreciado hasta que ella lo encontró. No había logrado controlar su don, pero con ella su poder se centró y consiguió dominarlo.

Mientras él disfrutaba de la belleza de su mundo verde junto a ella, una sombra oscura comenzó a extenderse desde el mundo etéreo. Era un lugar que él había visto en visiones: un reino donde las criaturas se alimentaban del miedo y la desesperación, amenazando con cruzar hacia la vida real. 

Una noche, mientras contemplaba las estrellas junto a ella, sus ojos brillaron intensamente; la visión se hizo más clara. Vio cómo esa sombra buscaba infiltrarse en su mundo, arrastrando consigo el caos. La imagen era aterradora: seres alados y oscuros emergían, dispuestos a devorar todo lo que encontraran a su paso.

Con el corazón acelerado, se volvió hacia ella:

—Debo protegerte —le dijo con urgencia—. Necesito saber cómo detenerlos.

Ella lo miró fijamente, sus ojos reflejando una mezcla de preocupación y determinación.

—No puedes hacerlo solo —respondió—. Juntos hemos superado tanto; enfrentemos esto juntos.

Él usaría su don para anticipar los movimientos de los seres oscuros, mientras ella, junto a su grupo de amigos, luchaba bajo sus órdenes. En cada encuentro con esas sombras, su vínculo se reforzaba; cada victoria era un recordatorio de que juntos eran invencibles.

A medida que luchaban contra la oscuridad, descubrieron secretos ocultos sobre sí mismos y sobre el poder del amor verdadero: no solo podían luchar por su mundo, sino también por aquellos que no podían defenderse.

M. D. Álvarez 

domingo, 7 de junio de 2026

La yegua.

No sabe si será capaz de matarla. Con todo el tiempo que le había dedicado a aquella hermosa yegua, tras el accidente de su preciosa pequeña, lo único que iluminaba su angelical rostro era verla galopar libre. Hasta que una de sus patas se trabó en un hoyo y se partió. 

Aquello fue un duro golpe para su chiquilla. Probó todos los remedios, entablillando el metacarpo para no tener que sacrificar a la yegua favorita de su pequeña. Al final, el hueso soldó sin complicaciones, cosa que agradeció su dulce angelito. Su sonrisa era lo que más quería.

M. D. Álvarez 

sábado, 6 de junio de 2026

Arena roja.

No sabe si será capaz de matarla después de la titánica pelea contra ella. Exigieron que diera muerte con el pulgar hacia abajo. 

No podía ocultar los sentimientos hacia ella y se negó, siendo apartado de ella, que siguió luchando con valor y entereza, mientras a él lo ajusticiaban con una cuchillada en la cervical. 

Cuando ella finalizó la lucha, se dirigió al lugar donde él estaba tendido sin vida. 

El emperador alzó su pulgar como signo de vida, pero ella siguió abrazada a su amor, aún después de terminados los juegos. No lo dejó solo hasta que los camilleros lo sacaron de la arena.

M. D. Álvarez 

viernes, 5 de junio de 2026

Ronroneos.

Creyó perder la cordura con el leve roce de sus manos sobre su piel. La suma delicadeza con la que acariciaba su belluda piel hacía que se deshiciera de placer. Su animal acababa de surgir de forma espontánea, como llamado por las caricias que ella le propinaba. Con leves ronroneos, mostraba su estado de satisfacción; ella se fundió sobre su piel, abrazándolo y rozando con dulzura su hermosa piel dorada, llevándolo al éxtasis más apasionado. 

Al amanecer, él volvió a su ser; viéndola satisfecha, la besó cálidamente con tiempo y ternura. Ella le correspondió; había satisfecho al animal, ahora él la colmaría de caricias y besos. 

El sol se alzaba lentamente, tiñendo la habitación de un dorado suave que parecía abrazar sus cuerpos entrelazados. Ella sonrió mientras sus dedos jugaban con el cabello de él, sintiendo cómo cada hebra se deslizaba entre sus manos como si fueran hilos de luz. 

Él, aún embriagado por la experiencia de la noche anterior, se dejó llevar por el momento. La calidez de su piel contra la suya era un recordatorio palpable de lo que habían compartido. Con cada caricia, cada beso, la conexión entre ellos se hacía más fuerte, como si sus almas estuvieran entrelazadas en un eterno vals.

“¿Siempre será así?” preguntó ella en un susurro, mirando a los ojos de él con una mezcla de vulnerabilidad y deseo. 

Él sonrió y acarició su mejilla. “Siempre que estemos juntos, el animal siempre estará presente”, respondió, su voz profunda y tranquila. “Es parte de lo que soy.”

Ella se sintió reconfortada por sus palabras, pero también intrigada por lo que significaba esa dualidad en su relación. ¿Podrían mantener ese equilibrio entre lo salvaje y lo tierno? ¿Serían capaces de explorar las profundidades de su conexión sin perderse en el camino?

Decidieron levantarse y compartir el desayuno, una pequeña rutina que les traía felicidad. Mientras preparaban café y tostadas, las risas llenaron la cocina, creando un ambiente cálido y acogedor. Cada mirada cómplice y cada gesto cariñoso reafirmaban su vínculo.

A medida que el día avanzaba, ella sintió una chispa de emoción al pensar en las posibilidades que les esperaba. Quería explorar no solo el deseo físico, sino también los rincones más profundos de su ser compartido.

“¿Te gustaría salir a caminar después del desayuno?” sugirió ella con una sonrisa traviesa. “Quiero mostrarte un lugar especial.”

Él levantó una ceja, intrigado. “¿Un lugar especial? Ahora estoy aún más curioso.”

“Confía en mí”, dijo ella con una risa suave. “Te prometo que valdrá la pena.”

M. D. Álvarez 

jueves, 4 de junio de 2026

Un 4 de junio.

Mi nacimiento no fue esperado, pero aun así fui bien recibida. Os preguntaréis a qué viene esta reflexión; muy fácil: nací con un defecto físico: tenía un corazón enorme.

Los médicos dijeron que no lograría subsistir, pero aquí sigo, dando guerra. Pero a lo que íbamos, soy un ser con un poder muy especial.

Fui rescatada por mis amadas musas, que, tras perder a mis padres, se hicieron cargo de mí, arrullando mi sueño y cuidando de que mi existencia tuviera sentido. Y vaya si lo tiene: mi imaginación es desbordante y creativa, algo necesario en el mundo tan caótico que me ha tocado vivir.

Puede que en esta época, donde parece que estamos al borde de la destrucción total de nuestra existencia, sea necesario para algunos. Gracias a mis musas, he logrado acallar los gritos de dolor de un mundo agonizante y falto de imaginación.

M. D. Álvarez 

En manos de los hados.

Mi destino es escribir y escribir todo lo que puebla mi corazón. Soy heredera de los hados que me nutren con sus musas. No hay tinta suficiente para vaciar el torrente de mundos que claman por nacer bajo mis dedos, ni noche lo bastante larga para transcribir los susurros de quienes habitaron el ayer. Solo hay reinos de color y oscuridad, poblados por seres de luz y tinieblas que habitan en armonía, mientras que, como antaño, luchan por ganarse mi favor y lograr alcanzar su meta, naciendo de mi pluma.

A veces, cuando el silencio de la madrugada se vuelve denso, siento la presencia de la historia misma inclinándose sobre mi hombro. Es una melodía antigua y poderosa, un coro de voces ancestrales que me exige no olvidar. Ellos colocan el peso de su memoria en mis manos y yo, como una humilde guardiana del tiempo, transformo su aliento en papel. Cada palabra es un tributo; cada relato, un puente entre el mito y la carne. Mientras me quede un hálito de vida, sus verdades jamás se perderán en el olvido.

M. D. Álvarez 

El día de mi cumpleaños.

Una nueva vuelta al sol está comenzando hoy, y el aire de la mañana parece traer consigo una promesa silenciosa, pues era mi cumpleaños. No se trata solo de un cambio en el calendario, sino de esa extraña sensación de lienzo en blanco que nos regala el tiempo. 

Me detuve frente a la ventana, observando cómo los primeros rayos de luz teñían de ámbar las copas de los árboles, ignorantes de nuestras prisas y ambiciones.

​Atrás quedaron las tormentas del año anterior; ahora, el horizonte se extiende limpio, esperando a ser caminado. Sentí el impulso de dejar de lado los mapas viejos y las rutas conocidas. 

A veces, para avanzar, hace falta soltar el lastre de lo que "debió ser" y abrazar lo que está naciendo. Con un café entre las manos y el pulso tranquilo, di el primer paso hacia lo desconocido, dispuesto a dejar que este nuevo ciclo me sorprenda.

M. D. Álvarez 

miércoles, 3 de junio de 2026

Nadie le pone la mano encima a mi chica.

—¿ Qué ocurre, Angie? preguntó Marcus al ver el rostro asustado de ella.

—¿Has visto el tamaño de ese energúmeno? Te triplica en envergadura.

—Cuando me ha asustado el tamaño de los contendientes, ya sabes que nunca me amilano.

Angie, respirando con dificultad y mirando hacia atrás con nerviosismo, respondió:

Es más que eso, Marcus… Era enorme, sí, pero… había algo en sus ojos. Vacíos, oscuros, como pozos sin fondo. Y no hacía ruido al moverse. Ni siquiera sus pisadas sonaban en el suelo de madera.

Cuando pasó junto a mí, noté un frío… un frío que cala los huesos, como si el tiempo se hubiera detenido a su alrededor.

Marcus palideció levemente. —¿Estás diciendo que… no era humano?

—Lo dudo, susurró Angie, acercándose.  —Y ahora… ¿escuchas? Unas pisadas… lentas… arrastradas… por el pasillo.

Se hizo un silencio tenso. En la distancia, efectivamente, algo se movía con una lentitud antinatural. 

Marcus se interpuso entre Angie y la aterradora criatura nadie le pondría la mano encima a Angie 

Continuará...

M. D. Álvarez 

martes, 2 de junio de 2026

El poeta de la luna llena.

El poema que él nunca terminó lo torturaba; no tenía sosiego. Su alma estaba plasmada en aquellos versos, pero nadie debía saber para quién iban dedicados, aunque poco importaba si no lograba terminarlo. 

Ella lo embelesaba y hechizaba; cada noche de luna llena lograba sacar a relucir su naturaleza mundana, y era en esas noches cuando su genio fluía en forma de versos para su amada. 

Esa noche concluirá su prosa y lo recetará a tu amor, que desde lo alto del firmamento anhelaba sus dulces palabras.

M. D. Álvarez 

lunes, 1 de junio de 2026

Viaje de iniciación.

Su pelo caía en bucles suaves sobre sus anchos hombros. Su mirada, de un azul intenso, reflejaba la férrea determinación de salvar a sus compañeros de las garras de aquel descomunal puma de las montañas. 

Se interpuso entre ellos y aquella bestia salvaje, recibió una dentellada en su hombro derecho, pero pudo desembarazarse de la bestia, le desencajó las mandíbulas y le rompió el cuello con sus férreas manos. Su equipo, al ver sus heridas, corrió a socorrerle; la hemorragia era grave. Ella hizo fuego y puso a calentar un gran machete; cuando lo tuvo al rojo, lo aplicó sobre la herida, cauterizándola. 

El resto del viaje de iniciación lo realizaron a regañadientes; ellos querían volver, pero él insistió: el viaje era importante para el grupo, tenían que aprender a valerse por sí solos en la naturaleza. 

Él era el líder y venía de una familia de rastreadores; su naturaleza salvaje lo dotaba para moverse como un lobo por el bosque. Sin embargo, su equipo era urbanita y se perdía en un jardín.

A medida que el sol comenzaba a descender en el horizonte, el grupo encontró un claro donde establecer un campamento. El líder se sentó junto a una fogata; su herida habia dejado de molestarle despues de que ella le aplicara una pomada antibiotica se ausrnto durante tres horas en las que el equipo se mantuvo zanganeando en el claro solo ella había sido previsora y había preparado un lecho con hojas de helechos. Cuando el volvió traía un gamo y frutas silvestres que dejó cuidadosamente sobre la bandeja luego se puso a despellejar el gamo eviscerarlo y limpiarlo haciendo trozos más manejables que puso a la brasas

—"Los que han hecho algo durante el tiempo que he estado fuera comerán al resto yo les daré su razón, dijo sabiendo quien había colaborado.

Cogió el trozo más grande y otro un poco menor; el de mayor tamaño se lo quedó él y el otro se lo puso en el plato a ella. Al resto les dio 1/4 de libra a cada uno. Ellos lo miraron con hambre.  

—"Si hubierais prestado atención a mis sugerencias, os habría tocado un trozo como el de ella", rugió enojado. —"Eso será todo lo que comeréis hasta mañana."

Después de cenar, ella había preparado otro lecho cerca de ella, cubriendo las hojas de helechos con una gruesa manta de oso negro. Él le había enseñado a calentar un lecho con piedras calientes, y ella había puesto en práctica todas las lecciones que él le había enseñado. .

La primera guardia la realizó él; al terminar, se tendió sobre el suave, mullido y cálido lecho que ella había preparado para él. Al día siguiente, el grupo se puso las pilas y atendió a las explicaciones que él les daba. Les mostró cómo identificar huellas de animales y les enseñó a construir trampas simples con ramas y una cuerda. 

Su equipo se dedicó a plantar trampas, aunque tenían comida suficiente para tres semanas con el gamo que él cazó. Transcurridas dos semanas, el líder decidió levantar el campamento y dirigirse hacia el norte, a las montañas. Su hombro estaba curado gracias a los cuidados de ella. Ahora comenzaría lo duro; sabía que su equipo lo seguiría hasta el fin del mundo.

Hoy escalaremos sin cuerdas. "Atended y seguidme", dijo, dejando su pesada mochila cargada en la rama más alta y separada de un gran roble. Ella hizo lo mismo, y, por ende, el resto hizo lo propio. "Haced lo que yo haga y llegaréis arriba".

Tras cuatro horas de escalada sin cuerda, llegaron a la cima. Él había subido días atrás con arneses, cuerdas y clavos fisureros. Dejando a su grupo con caras anonadadas, la fortaleza y pericia de su líder eran extraordinarias.

—"Y ahora toca bajar", dijo, colocándose el arnés, ató la cuerda a un gran y recio árbol, comenzando el descenso. Ella lo imitó y siguió; el resto se quedó exhausto, tomando aire, y se puso en marcha, descendiendo tras ellos.

M. D. Álvarez