A veces, cuando el silencio de la madrugada se vuelve denso, siento la presencia de la historia misma inclinándose sobre mi hombro. Es una melodía antigua y poderosa, un coro de voces ancestrales que me exige no olvidar. Ellos colocan el peso de su memoria en mis manos y yo, como una humilde guardiana del tiempo, transformo su aliento en papel. Cada palabra es un tributo; cada relato, un puente entre el mito y la carne. Mientras me quede un hálito de vida, sus verdades jamás se perderán en el olvido.
M. D. Álvarez
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