sábado, 2 de mayo de 2026

Escapada

Era temperamental y atrevido, y cuando tenía tiempo, que era en raras ocasiones, se dedicaba a cuidar a su hermosa novia. La acompañaba cortésmente cuando ella quería ir de compras y se pasaba horas esperándola en el recibidor, donde ella le mostraba los modelitos más sexis de la tienda de lencería. Ella sabía cómo provocarlo; sabía cómo llevarlo dócilmente al dormitorio, donde ella se lucía con movimientos sensuales que lo iban excitando poco a poco.

A medida que ella desfilaba por delante de él con cada nuevo conjunto, sus ojos brillaban con picardía. Sabía que cada mirada, cada gesto, lo acercaba más a su deseo. Pero había algo más en su mente; un plan que había estado gestando en secreto.

—¿Te gusta este? —preguntó ella, girándose con una lencería de encaje negro que dejaba poco a la imaginación.

Él tragó saliva, incapaz de articular una respuesta. Sabía que estaba atrapado en su juego, pero no le importaba. 

—Es… impresionante —logró decir, su voz un susurro cargado de deseo.

Ella sonrió, satisfecha con su reacción, pero en el fondo sabía que tenía una sorpresa preparada para él. Esa noche era especial; no solo era un simple juego de seducción. Había estado planeando una escapada romántica para ambos, un fin de semana en una cabaña apartada en las montañas.

—¿Sabes? —dijo ella mientras se acercaba a él, deslizando sus dedos por su pecho—. He estado pensando que necesitamos algo más que estos juegos.

Él frunció el ceño, intrigado.

—¿A qué te refieres?

Con un guiño cómplice, ella sacó un pequeño folleto de su bolso y se lo mostró. Era una reserva para una cabaña encantadora rodeada de naturaleza, lejos del bullicio de la ciudad.

—He reservado este lugar para nosotros —anunció con una sonrisa traviesa—. Solo tú y yo durante todo el fin de semana.

Él no pudo evitar sonreír al escuchar eso. La idea de escapar juntos le llenó de emoción. 

—Eso suena increíble —dijo él, sintiendo cómo la adrenalina recorría su cuerpo.

Pero justo cuando el ambiente se llenaba de promesas y expectativas, el sonido del teléfono interrumpió el momento perfecto. Ella frunció el ceño al ver quién llamaba; era su jefe, y sabía que no podía ignorarlo.

—Lo siento —dijo ella con un suspiro—. Tengo que atender esto.

Mientras hablaba por teléfono, él se quedó allí parado, sintiendo cómo la energía entre ellos se desvanecía momentáneamente. Sin embargo, no podía dejar que esto arruinara sus planes. Así que decidió aprovechar ese tiempo para pensar en cómo hacerla sentir especial durante su escapada.

Cuando terminó la llamada, ella se dio cuenta de que él había estado contemplativo.

—¿Todo bien? —preguntó ella al notar su expresión seria.

Él sonrió y decidió ser directo:

—Quiero hacer algo especial para ti durante el fin de semana. Quiero que sea perfecto.

Ella lo miró sorprendida y emocionada al mismo tiempo.

—Me encanta esa idea —respondió ella con una chispa en los ojos—. Estoy segura de que será inolvidable.

Con esa promesa flotando en el aire, ambos sabían que estaban a punto de embarcarse en una aventura llena de pasión y descubrimientos mutuos.

 Y mientras él la miraba a los ojos, entendió que esta escapada podría llevar su relación a un nuevo nivel; no solo sería un juego de seducción, sino también una oportunidad para conectarse más profundamente.

M. D.  Álvarez 

viernes, 1 de mayo de 2026

Paracaidistas verdes.

—¡Seréis miedicas!, les gritó desde la rampa de saltos de aquel DC4. —Si no saltáis, os arrojo yo mismo, rugió, lanzándoles una mirada aterradora a aquel grupo de paracaidistas principiantes. 

—Tú, el de mono rojo, ven aquí, rugió el capitán. 

El aterrorizado paracaidista se acercó tembloroso hacia su capitán, que lo jaló y arrojó por la rampa sin contemplaciones. 

—Tú, el azul, o saltas o te arrojo. El del mono azul saltó aterrado. 

—Tú, el del mono amarillo, salta —dijo, fijando sus pupilas azules en él. 

Este último paracaidista se negaba a acercarse a la rampa, lo que le valió tal cantidad de improperios, y al ver que aquella fiera se le venía encima, saltó.

—Si es que cada día me los mandan más verdes, bufó el capitán, saltando tras ellos.

M. D. Álvarez