domingo, 31 de mayo de 2026

Concebido en un eclipse.

Su leyenda había seguido creciendo hasta cotas inimaginables. Algunos le achacaban una leyenda negra en la que no todo era oro lo que reluce, pero él se había ganado los galones a base de esfuerzo y trabajo. 

Los que decían que no se lo merecía no conocían los entresijos de su portentoso nacimiento; fue un hijo muy deseado. Sus padres lo concibieron en el eclipse más extraordinario de todos los cielos, que se oscureció durante un lapso de tres días. Al finalizar su concepción, todos los signos eran buenos augurios: sería él el elegido para traer la paz al mundo que lo vio nacer.

Pero las malas lenguas lo acusaron de ser un advenedizo que se vanagloriaba de ser el mejor guerrero. Eso lo entristeció mucho; no comprendía cómo había gente tan mezquina que lo vilipendiaba, acusándole sin motivos. 

Su querida madre le enseñó a confiar en sí mismo y a escuchar el murmullo de la madre tierra; su padre le enseñó a luchar, a servirse de los elementos del planeta, dominar su fuerza y liberar su naturaleza indómita. No debía prestar oídos a aquellos que lo querían mal; solo debía prestar oídos al dolor de su planeta.

M. D. Álvarez 

sábado, 30 de mayo de 2026

Beso de buenas noches.

Ella finge dormir, esperaba el beso de buenas noches de su papá. Cuando llegó su mamá, le dijo: "Te espera para darte las buenas noches". Sintió los pasos aproximándose a su habitación, se cubrió con la sábana y esperó. Oyó la puerta y los cuidadosos pasos de su papá que se aproximaba a la camita de su preciosa bebita, que visiblemente divertida, esperaba que levantara la sábana para descubrir a su dulce angelito con una sonrisa deslumbrante. 

—Deberías estar dormida, dijo

—Beso, papá —dijo con una dulce sonrisa.  

—Claro que sí, mi tesoro —dijo, besándola dulcemente—. Y ahora a dormir —dijo, arropándola.

M. D. Álvarez 

Las 48 versiones..

Me estaba volviendo loco o estaba en un manicomio. Había 48 versiones de mí en la habitación, y todas insistían en que yo era la copia. Yo era el único que llevaba una camisa de fuerza; los demás casi logran convencerme de que yo era la copia, pero todos se giraron al oír el clic del picaporte y corrieron a esconderse, como si fuera fácil: 48 versiones ocultándose, unos detrás de las cortinas, otros tras una lámpara de pie y otros muchos tras el sofá. El único que quedaba era yo, atado con aquella camisa de fuerza. La puerta se abrió y apareció mi ángel protector, que corrió hacia mí ante el estupor de mis 48 versiones, que gesticulaban para atraer su atención.

—¡Mi vida! ¿Pero qué te han hecho? —dijo en alto para que los médicos acudieran raudos.

—Señorita, no se le ocurra quitarle la camisa de fuerza; nos ha costado lágrimas, sudor y sangre poder enfundársela.

Ella lanzó una de sus heladoras miradas y desabrochó la primera correa, y siguió desarrollando el resto, viendo cómo aquel medicucho de tres al cuarto palidecía de terror y salía pitando.

—Ya está, mi vida, vámonos de aquí.

Yo todavía veía a mis otras versiones en aquella habitación aséptica e inmaculada de un blanco nuclear que dañaba a la vista. Le susurré al oído: —¿Estamos solos en la habitación?

Ella me miró y miró alrededor; las versiones hacían aspavientos para llamar su atención.

—Solo estamos tú y yo, mi sol.

—¿Y esos 48, quiénes son? —pregunté visiblemente nervioso, pues veía que iban acercándose con cara de pocos amigos.

—Mi dulce amor, me estás asustando. Aquí no hay nadie, salvo tú y yo —refirió nerviosa.

La primera versión se fusionó conmigo, seguida de las otras 47. Cuando todas estuvieron en mi interior, pude percibir que todas ellas eran yo. Mi personalidad multifacética había creado tal cantidad de versiones que me saturé y las expulsé, quedando casi vacío, sin recuerdos. Ahora que había resuelto el puzzle, tuve acceso a recuerdos que ni sabía que tenía. 

Incluso acudieron a mí recuerdos de vidas pasadas y siempre estaba ella como denominador común; siempre había estado allí en cada vida y momento. Ella me mantenía cuerdo y anclado a ella por los siglos de los siglos.

Calmando mi furia con su melosa voz, apaciguaba al monstruo que pugnaba por salir todas las noches de luna llena, amenazando con destrozar mi maltrecho cuerpo.

En una de mis vidas anteriores, un licántropo me hirió y su sangre se mezcló con la mía, maldiciendo mi existencia para toda la eternidad. Si no fuera por ella, no habría logrado sobrevivir, y ahora acudía de nuevo en mi auxilio al enterarse de que me habían detenido por desorden público y, tras un juicio rápido, ingresé en el psiquiátrico de Blackwell's Island.

Nos dirigimos hacia la salida; tuvimos que atravesar los tres niveles con sus celdas a ambos lados, todas ellas cerradas a cal y canto. Tan solo se escuchaban los gritos de angustia de los encarcelados. Cuando ya creíamos que esta era la salida, el facultativo se plantó en jarras con un grupo de seis recios celadores que, con porras, esperaban la orden de reducirnos. Ella los fulminó con la mirada, pero yo la aparté a un lado. Justo en ese momento, la luna llena se reflejó en el espejo de la entrada. La bestia se despertó y, ya fuera por el temor hacia ella o porque tenía sed de sangre, actuó de forma bestial, despedazando al matasanos y a los seis celadores. Visto el percal, intentaron huir, pero no hubo escapatoria.

Ella, en vez de huir presa del pánico, se acercó y susurró a mi oído: —Calma, mi dulce amado, ya está, ya somos libres. 

Se dirigió al portalón que parecía cerrado con barras de travesaños que habían sido fijadas con anclajes sellados con pernos de seguridad, pero nada lograría retenerme allí.

Me fui hacia la puerta y la desencajé sin dificultad. Una vez fuera, la cogí en brazos y emprendí una carrera desenfrenada. Las alarmas habían saltado y, en apenas diez minutos, la policía se personaría en el psiquiátrico; por eso teníamos que poner tierra de por medio.

Cuando estuvimos lo suficientemente lejos, la deposité con cuidado en el suelo. Llevaba toda la noche corriendo y el alba estaba despuntando. La bestia retrocedió, volviendo a mi terror.

Ella me miró como solo ella sabía; no necesitaba palabras. Me abrazó y el llanto llegó, un llanto desesperado, contenido hasta estar a salvo.

—¿Qué ocurre, mi vida? —pregunté, compungido.

—Creí que te había perdido en el laberinto de tu psique. No podía creer que te hubieran detenido y, mucho menos, que te encerraran en ese maldito lugar.

—Siento haberte preocupado, no fue esa mi intención —susurré, cabizbajo.

—¿Y qué ocurre con tus 48 versiones? —preguntó con suavidad.

—Ya no están, se fusionaron conmigo y ahora todo está en orden —respondí con un cierto toque de temor, ya que sabía lo de mis 48 versiones.

Ella pareció percibir mi temor y dijo: —Nuestro amor se forjó en los albores de la creación y en cada reinicio tú guardas una copia de ti con todos nuestros recuerdos. ¿Sabes cuántos reinicios de universos hemos presenciado tú y yo?

—¿49? —dije al percatarme de lo que significaba aquello. 

Ella asintió; era mi igual. Sin ella, no habría reinicio posible. Guardaba, igual que yo, sus distintos reinicios con sus consiguientes personalidades. Somos el principio y el fin del multiverso, guardianes del saber universal y de la historia que seguía escribiéndose en los anales arcanos.

Su sola presencia calma mi atribulado corazón; su tacto duerme a la bestia que se encuentra en mi interior. Creo que se siente culpable por aquel ataque que sufrí en el reinicio número 10. Desde aquel momento, la maldición acompaña mi alma, sumiéndola en una constante agonía. Cada noche de luna llena, su preocupación la consume. 

No sé cuánto más podré sobrellevar el dolor que le estoy causando con mis continuos sobresaltos.

Ella me mira y enseguida se da cuenta de lo que estoy pensando y me dice: —Ni lo sueñes, estamos juntos en esto. Te quiero a ti y a todas tus versiones. 

Se encamina a nuestro hogar en el centro de un bosque primigenio que, a modo de muro, protege la colina ancestral, la misma que nos recibe con cada reinicio. Su manto verde, cuajado de florecillas de multitud de colores, nos recibe con docilidad mientras ella me coge de la mano y me lleva, con calma y delicadeza, al centro del claro donde una preciosa cabañita nos espera; esa misma cabaña que construí con mis manos en el primer comienzo, la misma que oculta nuestras vidas cotidianas, el amor que nos profesamos, los atardeceres dorados y amaneceres rosáceos.

Allí, y solo allí, soy feliz con ella. Juré no volver a abandonar el redil; terminaré mi vida junto al amor de mi vida, y ella lo sabe y cuida de mí con un fervor casi religioso, sabedora de que mis otras versiones están presentes en cada momento de nuestras vidas. Pero con la solemne promesa de que, si en algún momento se descontrola alguna de mis 48 versiones, ella será la primera en saberlo, pues su sola presencia hace que todas las versiones regresen a mí sin perder ni un ápice de su cordura. Con lo que me quedo tranquilo y calmado, sé que junto a ella fui, soy y seré feliz.

​A medida que el sol terminaba de alzarse sobre la colina ancestral, comprendí que mi amada no era solo mi ancla, sino el vínculo sagrado que mantenía unido el tejido del tiempo. Mis 48 versiones previas, ahora silentes en mi interior, dejaron de ser un estruendo para convertirse en una biblioteca de sabiduría compartida. Cada una de ellas recordaba el roce de sus manos en una era diferente: bajo cielos de azufre, en ciudades de cristal o en bosques que ya no existen.
​Entramos en la cabaña y el aroma a madera y resina me devolvió la paz que Blackwell’s Island intentó arrebatarme. Me miré las manos, aquellas que horas antes eran garras sedientas, y solo vi al hombre que ella eligió amar desde el Primer Comienzo. La maldición del licántropo, ese eco del reinicio número 10, no era más que una cicatriz en un alma que ha sobrevivido a la extinción de galaxias enteras.
—Descansa, mi amor —susurró ella, mientras el multiverso se reajustaba a nuestro alrededor—. Mañana seguiremos escribiendo los anales.

Me dormí sabiendo que, aunque el universo estalle una vez más, despertaré en el reinicio 50 y volveré a buscarla. Porque en este tablero infinito de versiones y espejos, ella es la única verdad absoluta e inamovible de todo lo creado e increado. 

Ella me besa y se recuesta a mi lado como cada noche a lo largo de los eones, hasta el fin de los tiempos.

Fin

M. D. Álvarez. 

viernes, 29 de mayo de 2026

El faro de Alejandría.

Algunas leyendas cuentan que pequeñas criaturas, desde la antigüedad, ayudan a la humanidad en tiempos oscuros. Una de aquellas criaturas sirvió para prender el gran faro de Alejandría. Se cuenta que su luz se podía ver desde las columnas de Hércules y, si me apuráis, desde las Islas Británicas.

Aquella adorable criatura se subió a la gran antorcha de la escultural y gigantesca figura del dios Apolo. Se tumbó en el pebetero, que previamente había llenado con petróleo crudo, cal viva, azufre y salitre. Y la pequeña criatura se concentró, logrando prender con tal intensidad que la noche parecía el día. Así fue como los griegos mostraron al mundo antiguo a un nuevo enemigo: un joven rey venido de ultramar.

M. D. Álvarez 

jueves, 28 de mayo de 2026

Un sonoro bofetón.

Zas, ni la vio venir. Acababa de entrar en la sala cuando un sonoro bofetón impactó en su mejilla, saltándose un empaste.

—Uyyyy, que no es él —oyó decir, viendo a la agresora roja de vergüenza.

—¿Se puede saber qué diablos te pasa? —rugió Marcus, frotándose la dolorida mejilla.

—Nada, nada, que el bofetón no era para ti —trató de disculparse ella, toda azorada.

Marcus arqueó una ceja, tratando de procesar lo que acababa de suceder. La sala estaba en silencio, todos los ojos fijos en ellos. Con un gesto de la mano, pidió que se calmaran.

—¿Entonces para quién era, exactamente? —preguntó, su voz cargada de incredulidad.

La chica, con el rostro aún rojo como un tomate, miró a su alrededor buscando una salida. Finalmente, se armó de valor y respondió:

—Era para... para mi ex. Lo vi entrar y perdí los estribos. No quería que te pasara nada a ti, lo prometo.

Marcus no pudo evitar soltar una risa. La situación era tan absurda que le resultaba cómica.

—¿Así que me has confundido con un tipo que te ha hecho daño? Eso es un cumplido, en cierto modo —dijo, todavía frotándose la mejilla.

Ella lo miró con una mezcla de vergüenza y alivio. Se acercó un poco más, bajando la voz.

—Lo siento mucho. No soy así normalmente. Solo... bueno, ya sabes cómo son las cosas a veces.

Marcus se cruzó de brazos, disfrutando del momento.

—¿Y ahora qué? ¿Vas a seguir golpeando a inocentes o piensas compensarme por el daño emocional? 

Ella sonrió tímidamente, sintiendo la tensión desvanecerse un poco.

—Tal vez pueda invitarte a un café como disculpa... ¿Te parece?

—Eso suena mejor que un puñetazo —respondió él, inclinándose hacia ella con una mirada juguetona—. Pero solo si prometes no golpearme otra vez.

Ambos rieron y la atmósfera en la sala comenzó a relajarse. Mientras caminaban hacia la salida, él le lanzó una última broma:

—Si alguna vez necesitas más práctica con tus bofetones, avísame; tengo un par de amigos que podrían ser útiles.

Y así, entre risas y miradas cómplices, se alejaron juntos, dejando atrás la confusión y abrazando lo inesperado de aquel encuentro.

M.D. Álvarez 


miércoles, 27 de mayo de 2026

El valor del pequeño.

Mira el pequeñín, ¡qué pibonazo se trae! —dijo aquel gigantón, riéndose del joven que lanzó una furibunda patada a la entrepierna del gigante, doblándolo de dolor.

— ¿A quién llamas pequeñín? —dijo entre dientes y con una mirada aterradora que congeló al gigante. De no haber sido por ella, lo habría matado a golpes; su corazón era el de un gran guerrero.

Cuando lo dejó tendido, agarrándose los testículos aplastados, ella lo besó y dijo: —Eres mi héroe y te voy a compensar. Él la llevó a bailar y, de vuelta a casa, como todo un caballero, la dejó en la puerta.  
—¿No vas a entrar? —preguntó ella.

—Hoy no, quizás mañana, si me lo permites —dijo él con una suave sonrisa.

M. D. Álvarez 

martes, 26 de mayo de 2026

Abrazo en la tormenta.

Cuánto necesitaba un abrazo antes de perderse entre las nubes oníricas del sueño. Así de desangelada se sentía sin su dulce abrazo; no lograba conciliar el sueño sin sentir el amoroso abrazo de oso apasionado. 

Él se retrasaba; fuera tronaban rayos y centellas. De un momento a otro, se pondría a llover torrencialmente, y aún no había llegado. 

De pronto, oyó la puerta: por fin había llegado. Venía calado hasta los huesos, pero se acercó silenciosamente a la cama, la besó y fue al baño para secarse. Después, se metió en la cama con ella y la abrazó con cuidado de no despertarla.

—Siento llegar tan tarde —susurró él con dulzura.

—No importa —respondió entre sueños—, tan solo quería sentirte a mi lado.

Mientras permanecían abrazados, la tormenta continuaba tronando fuera.

M. D. Álvarez 

lunes, 25 de mayo de 2026

A pan y agua.

Ella finge dormir cuando él llega a casa. Todavía sigue enfadada con él por no dejarla acompañarle en su ronda y se lo hace pagar de muchas formas, pero la que más le molesta a él es no poder complacerla. Ella también lo siente, echa de menos sus caricias y besos, pero sabe que, con el tiempo, él le pedirá perdón. Hasta entonces, lo tiene a pan y agua.

Ella quería acompañarlo en sus paseos matutinos, donde descubría otros enclaves maravillosos y misteriosos en los que podía perderse; ella quería perderse con él en los lugares más extraordinarios de su mundo de fábula.

M. D. Álvarez 

domingo, 24 de mayo de 2026

La prenda elástica.

En la goma de sus calzoncillos estaba impresa indeleble su huella genética. En las noches de luna llena, aquellos calzoncillos eran la única prenda que resistía al licántropo. 

Su apetito voraz no lograba desembarazarse de aquella prenda elástica. 

Así fue como ella lo reconoció por los gayumbos de ositos que le había regalado. 

Ahora comprendía que el agujero en la parte trasera era una salida para su cola.

M. D. Álvarez 

sábado, 23 de mayo de 2026

Buenas noches, mi sol.

Ella finge dormir, tapada con la sábana hasta las orejas, cuando de pronto oye la puerta. Algo se ha colado en su habitación; se mueve silenciosamente por el lugar y, con sumo cuidado, se sienta a los pies de la cama. La chiquilla, todavía aterrorizada, baja un poquito la sábana para descubrir una figura inclinada sobre ella: era su adorado abuelo, que, como siempre, le daba las buenas noches a su adorable nietecita. Pero aquella noche, algo iba mal; su abuelo despedía una luz cálida y pacífica.

Lo que la chiquitina no sabía era que su abuelo había muerto en aquel mismo momento, pero quiso despedirse de ella. La bebita, dándose cuenta de que era su abuelo, estiró sus regordetes bracitos, pero no logró agarrarlo.

"Tranquila, mi sol, estaré aquí", susurró, señalando su pequeño corazoncito.

La niñita esbozó la más deslumbrante de las sonrisas y se durmió.

M. D. Álvarez

viernes, 22 de mayo de 2026

Impreso en la ropa interior.

En la goma de sus calzoncillos estaba bordado con sutil delicadeza: "El dueño de estos calzoncillos es propiedad de Angie. Ni te atrevas a tocarlo".

Él sentía verdadera predilección por su novia y su forma de marcar territorio. Si alguna de sus amigas osaba posar sus hambrientos ojos sobre él, se desatarían todos los infiernos y su ira caería sobre ella; pero para él, serían los mimos y los besos apasionados. 

Nunca dudó de ella, al mismo tiempo que él siempre se sintió enamorado de ella; jamás dudó de su amor incondicional por él.

M. D. Álvarez 

jueves, 21 de mayo de 2026

Tras las negras nubes.

Subido a aquel peñasco, sintiendo el embate de aquellas rachas huracanadas, hacía frente, inamovible, el fiero licántropo que se mantenía erguido frente a los vientos desasosegados que lo golpeaban sin contemplaciones. Él seguía protegiendo a su amada, que se encontraba resguardada tras su ancha espalda.

Los ojos del licántropo brillaban intensamente, reflejando la furia de la tormenta que rugía a su alrededor. Cada ráfaga de viento parecía querer derribarlo, pero su determinación era más fuerte que cualquier tempestad. Sabía que debía mantenerse firme, no solo por su propia supervivencia, sino por la de ella.

Su amada, con el rostro pálido y los ojos llenos de miedo, miraba hacia el horizonte donde las nubes oscuras se arremolinaban. —¿Por qué no huimos? —preguntó con voz temblorosa.

—No puedo dejar que te hagan daño —respondió él, su voz profunda resonando como un trueno en medio del caos. Era un protector nato, un guerrero que había luchado contra demonios y criaturas de la noche. Pero enfrentarse a la naturaleza misma era un desafío diferente.

Mientras el viento aullaba y la lluvia comenzaba a caer en torrentes, ella sintió una mezcla de admiración y preocupación. Se acercó un poco más, buscando refugio en su calor. —Confío en ti —susurró.

El licántropo giró la cabeza hacia ella, sus ojos llenos de una feroz lealtad. En ese momento, supo que no podía permitirse fallar. Con cada golpe del viento, se aferró a la promesa de protegerla hasta el último aliento.

Y así, mientras la tormenta arremetía con toda su furia, el licántropo se mantuvo firme, un faro de coraje en medio del tumulto. Por eso, cuando más aterrador parecía aquel huracán, él sabía que tras las negras nubes está el sol.

M. D. Álvarez 

miércoles, 20 de mayo de 2026

¿De verdad te gustan?

En la goma de sus calzoncillos estaba deshilachada, y ella decidió comprarle unos gayumbos nuevos y jubilar aquellos bóxer tan viejos. Pero él tenía un especial cariño a sus calzoncillos y no tenía pensado deshacerse de ellos, pues con ellos triunfó la noche que la conoció en aquella discoteca. 

De entre todas las chicas con las que intentó acostarse, solo ella admiró sus bonitos calzoncillos. 

—¿De verdad te gustan? —preguntó, sorprendido.  

—Adoro tus gayumbos, cielo —dijo ella con una pícara sonrisa.

M. D. Álvarez 

martes, 19 de mayo de 2026

Serigrafiado en los calzoncillos.

En la goma de sus calzoncillos había serigrafiado la información clave. Ahora tenía que hacerla llegar a las manos adecuadas, y las únicas en las que confiaba eran en las de su novia, Ava Jenkins. 

Debía ingeniárselas para que su maltrecho cuerpo llegara a las manos de Ava; solo ella podría descifrar la clave y sabría que no estaba muerto, tan solo bajo los efectos de la tetradotoxina. 

Sintió cómo su corazón se ralentizaba hasta un límite casi imperceptible. Los carceleros lo sacaron y lo dejaron en el anatómico forense donde trabajaba Ava, quien, al descubrir su cuerpo, percibió un leve latido en la yugular.

M. D. Álvarez 

lunes, 18 de mayo de 2026

Sorprendido en la tormenta.

Ella finge dormir mientras él se dedica a besarla con cautela, como si tuviera miedo de despertarla. De pronto, ella se gira y abre los ojos, diciéndole: "¿Qué he hecho yo para merecerte?"

De repente, un trueno rasgó el cielo, iluminando la habitación. Ella pudo ver su atrevido aspecto y su apostura; la embelesaba.

—Anda, ven aquí, que te voy a enseñar un par de cosas, -rió traviesa.

Extendió su níveo brazo y tomó con dulzura la mano de él, que permanecía en las sombras. Temerosos de su aspecto, siempre había permanecido oculto y desaparecía cada mañana sin dejar ni huella. Aquella noche de tormenta se sorprendió al ser descubierto por el amor de su vida.

M. D. Álvarez 

Por ella.

Ella finge dormir cuando él llega cansado y dolorido después de machacarse en el gimnasio para lucir su musculatura con ella. Pero eso sería por la mañana, cuando se levantará a preparar el desayuno para ella. 

Él la mimaba y quería con locura; se desvivía por ella, por eso cuidaba su físico. Sabía que a ella le gustaba su personalidad y su capacidad para solventar problemas. 

Su trabajo en la agencia lo mantenía activo, y cuando llegaba a casa, ella le tenía preparada la cena y, a veces, le esperaba despierta, aunque últimamente fingía dormir para que la despertara con dulces besos.

M. D. Álvarez 

Oculto en los calzoncillos.

En la goma de sus calzoncillos llevaba escondido el anillo con el que le pediría matrimonio. 

Bueno, eso sí lograba pasarlo de contrabando; la frontera se había cerrado a cal y canto, no podía pasar nadie. Así que se arriesgó y cruzó a nado el gran río que lo separaba de su amor. 

Al llegar a la otra orilla, ella lo esperaba, pero se sorprendió al ver que él se arrodillaba y sacaba de su calzoncillo un precioso anillo de matrimonio. No le dejó ni pedírselo; lo abrazó y besó. Era e gran l amor de su vida y no lo iba a dejar escapar.

M. D. Álvarez 

domingo, 17 de mayo de 2026

Capaz de todo por ella.

En la goma de sus calzoncillos se encontraba una lentejuela. Agnes no comprendía cómo en los calzoncillos de su chico había una lentejuela. 

Mal sabía ella que él ejercía de boy en un garito para sacarse unos chavos y regalarle aquel vestido tan vaporoso que había visto, observando e implorando con ojos anhelantes. 

No podía permitírselo y, por eso, se buscó un empleo extra. Por ella, era capaz de todo, hasta de perder la vergüenza. 

Dos semanas después, se presentó con un paquete de regalo y, al abrirlo, supo que era capaz de todo por ella.

M. D. Álvarez 

sábado, 16 de mayo de 2026

El magnetismo.

En la goma de sus calzoncillos estaba la lista de conquistas. Nadie lo conocía tan bien como su equipo, pero jamás sospecharon que su líder fuera todo un don Juan. Solo Ava percibió un leve chuletón en el cuello, pero no dijo nada; lo amaba en secreto. Un día lo siguió y fue testigo del magnetismo que irradiaba con las chicas. Él se sorprendió al verla, pues conseguía intimidarlo.

—¿Ava, qué haces aquí? —preguntó nervioso.

—Tan solo quería saber... —se puso roja.

—¿Quieres un vaso de agua? —preguntó él, avergonzado—. Sabes que esto no es lo que parece; a mí me gustas tú —confesó él.

M. D. Álvarez 

viernes, 15 de mayo de 2026

Frío polar.

En la goma de sus calzoncillos llevaba una ganzúa que le ayudó a librarse de las esposas. Una vez liberado, se acercó a la joven, que lo miró sorprendida y dijo: —"Eres un chico con muchos recursos".

—"No lo sabes tú bien", respondió él, que no parecía tener frío con tan solo unos bóxer.

—"No tienes frío?", preguntó sorprendida.

—"Soy un chico del norte. Hace falta más que una leve brisa para congelarme", dijo, echándosela al hombro. La sacó trepando por el acantilado.  —"Aquí estarás a salvo".

—"¿Y tú a dónde vas?", preguntó preocupada.

—"A buscar mi ropa", respondió él con una sonrisa encantadora.

M. D. Álvarez 

jueves, 14 de mayo de 2026

La prueba del delito.

En la goma de sus calzoncillos estaba la prueba necesaria para encerrar al depredador que lo había maltratado y forzado. Se fue derecho a la comisaría; nada más llegar, dejó la prueba sobre el mostrador y dijo, con su temblorosa voz: —"Quiero denunciar una agresión". 

La joven policía vio a un jovencito magullado y luego vio los calzoncillos manchados de sangre, los embolsó y etiquetó. 

Después, acompañó al jovencito a tomar un chocolate caliente y dijo: —"Eres muy valiente. Enseguida llega tu mamá y te podrás ir a casa. Has hecho lo correcto; lo encerraremos de por vida, ya no volverá a hacer nada a nadie."

M. D. Álvarez 

miércoles, 13 de mayo de 2026

El tamaño no importa.

En la goma de sus calzoncillos nuevos había una etiqueta que decía: "provoca inflamación en algunos clientes". 

Se quedó mirando y pensó: "Si ya estoy bien dotado, ¿hará que crezca más?". Sonrió pensando en la cara de satisfacción de su novia cuando se los quitara. Se llevó tres pares.

Aquella noche estrenó uno de aquellos bóxer. Ella percibió el aumento y dijo: "Cielo, no hace falta que aumentes el tamaño, solo quítatelos y vámonos a la cama". Así lo hizo; se quitó los bóxer y, cogiéndola por la cintura, se encerrón en el dormitorio.

M. D. Álvarez 

martes, 12 de mayo de 2026

La única célula sana.

En la goma de sus calzoncillos quedaba la única célula sana con la que podrían clonarlo de nuevo. Ella no estaba preparada para perderlo. Con la única célula sana, comenzó la reconstrucción de su amado chico. En tan solo un mes, su adorado amado dormía plácidamente.

Con delicadeza, tocó el antebrazo de su amado, que se despertó como si no hubiera pasado el tiempo. 

Al verse desnudo, con tan solo unos adorables calzoncillos, preguntó:  
—¿Y esto? —con una mirada perspicaz.

—Son tus calzoncillos favoritos y los adoro, aunque más te adoro a ti, mi dulce amor —respondió, feliz de que no recordara nada de su muerte.

M. D. Álvarez 

lunes, 11 de mayo de 2026

La furia de un guerrero. 2da parte.

El guerrero, abrazó el cuerpo inerte de su amada,, sintiendo cómo la vida se había extinguido de su piel antes vibrante. Sus lágrimas no eran de pena, sino de una rabia helada que buscaba cauce. 

Los contendientes observaban desde la distancia, paralizados, no por el miedo a sus espadas, sino por la tempestad que se fraguaba en el alma del coloso.

​El silencio fue roto por un susurro apenas audible, que resonó en el corazón del fornido guerrero como el toque de una campana de guerra: "No llores, mi fiero protector... Vive."
​él levantó la cabeza, su rostro una máscara de dolor y furia. En sus ojos, el color miel habitual había dado paso a un brillo dorado y salvaje, el inconfundible signo de su herencia ancestral. 

La locura furibunda que sus amigos temían no era una simple rabia, era la transformación del hombre en la bestia primigenia, el espíritu del Licántropo de la Montaña que fluía por sus venas.

M. D. Álvarez 

domingo, 10 de mayo de 2026

La furia de un guerrero.

Nunca lo habían oído lanzar un aterrador rugido como aquel. Aquello lo paralizó todo; los atacantes que peleaban con furia se detuvieron y abrieron paso al aterrador guerrero que, cubierto de sangre, avanzaba con férrea determinación hacia el lugar donde reposaba ella, a quien habían herido. 

Su aterrador rugido paralizó de terror a los contendientes. Cuando estuvo a su altura, lanzó un bestial guantazo al individuo que permanecía al lado de ella, lo desplazó a 500 metros de distancia. Se arrodilló a su lado, cogiéndola con mimo, y fulimino con una mirada furibunda a los adversarios que retrocedían a su paso.

La trasladó con pausado caminar a una zona cubierta, donde no pudo contener sus lágrimas; todo un fiero guerrero sufría tal dolor por la pérdida de su amada. 

Sus amigos se aproximaron cautelosamente; sabían que su dolor por la pérdida de su amada lo llevaría a un estado de locura furibunda que estallaría con tal furia que arrasaría el campo de batalla y a todo aquel que permaneciera en él.

M. D. Álvarez 

sábado, 9 de mayo de 2026

Promesa del héroe.

Héroe. Pero, ¿qué es un héroe sino un ser humano que, presionado por aciagos momentos, se enfrenta con valor y determinación a las sombras que lo rodean? Dicho esto, cualquiera puede convertirse en un gran héroe en un momento dado.

Su historia comenzó una noche fatídica cuando unos traficantes asaltaron su vivienda, golpeando a su madre y reduciendo a su padre. El pequeño asistió escondido, temblando de miedo mientras aquellos salvajes gritaban palabras que él no comprendía, pues solo tenía cuatro años. Cuando finalmente se fueron, su madre corrió a buscarlo; él no lloró por no querer entristecerla. Pero por dentro, su alma lloraba desconsoladamente.

Con el tiempo, cuando la calma volvió a la casa, el niño se acercó a sus padres y les prometió que cuidaría de ellos cuando creciera. Ellos le respondieron con ternura: “Cielo mío, no tengas prisa en crecer”.

Los años pasaron y el pequeño creció en fuerza y valor. Un buen día, justo al cumplir 18 años, se encontró cara a cara con uno de los asaltantes. El corazón le latía con fuerza; esta era su oportunidad. Sin embargo, al encararse con el hombre, vio miedo en sus ojos.

—Perdóname —suplicó el asaltante—. No sabía lo que hacía.

El joven sintió una mezcla de emociones: rabia, tristeza y algo más profundo. En lugar de dejarse llevar por la ira, decidió actuar con compasión.

—Si realmente quieres cambiar —le dijo—, ve a unas charlas sobre el control de la ira. Puede que encuentres un camino diferente.

El asaltante quedó atónito ante la respuesta del joven. Mientras se alejaba, comprendió que aquel acto de perdón era más valiente que cualquier venganza.

M. D. Álvarez 

viernes, 8 de mayo de 2026

Más allá del frío.

Tras esa fina capa de hielo que los separaba, le dijo cuánto la necesitaba, pero debía cuidar de ella. Si rompía el hielo, la perdería para siempre. La única opción que le quedaba era sumergirse en esas heladas aguas prístinas y primigenias. La oyó gritar que esperara, que lo necesitaba; sin él no era nada. Él continuó adentrándose en las profundas y oscuras aguas abismales, cuando de repente sintió que algo tiraba de él hacia arriba. Se volvió y vio una intensa luz que lo envolvía en un aura cálida, y dentro de aquella luz se encontraba ella, que sin pensárselo dos veces rompió el hielo y se zambulló a rescatarlo.

El impacto del agua fría fue inmediato, pero su presencia iluminó todo a su alrededor. Él sintió cómo su corazón latía con fuerza mientras ella se acercaba, nadando con una gracia sorprendente. En ese instante, los miedos y dudas que lo habían mantenido alejado parecieron desvanecerse.

—¿Por qué te arriesgas? —logró preguntar entre burbujas de aire.

—Porque no puedo perderte —respondió ella con determinación, sus ojos brillando como estrellas en la oscuridad del agua.

Juntos lucharon contra la corriente, aferrándose el uno al otro mientras emergían hacia la superficie. La luz que los rodeaba parecía guiarlos, empujándolos hacia arriba, hacia el aire fresco y revitalizante. Cuando finalmente rompieron la superficie, el frío se volvió un mero susurro en comparación con el calor de su conexión.

Afuera, el mundo era un paisaje helado, pero en ese instante compartido, todo parecía posible. Ella lo miró a los ojos y él vio reflejados en ellos su propio miedo y amor.

—No importa cuánto tiempo pase —dijo él—, siempre estaré aquí para ti.

Ella sonrió con lágrimas brillando en sus mejillas heladas.

—Y yo siempre estaré dispuesta a romper el hielo por nosotros.

En ese momento comprendieron que juntos podían enfrentar cualquier tempestad. Se abrazaron fuertemente mientras las aguas frías los rodeaban, sabiendo que habían superado algo más que el hielo; habían encontrado su fuerza mutua.

Con cada latido de sus corazones, comenzaron a nadar hacia la orilla, dejando atrás no solo las aguas oscuras sino también las cadenas del miedo que los habían mantenido separados. A medida que se acercaban a la costa, el sol comenzaba a asomar en el horizonte, prometiendo un nuevo día lleno de esperanza.

M. D. Álvarez 

jueves, 7 de mayo de 2026

La nueva condición.

No imaginábamos que lo pasaríamos tan mal cuando, hace dos meses, le mordió un humano. Su color comenzó a cambiar de un tono mortecino y frío a un rosado calentito. Nos teníamos que contener para no morder sus achuchables mofletitos; su adorable sonrisa nos espantaba sin sus adorables colmillitos. 

Pero él parecía encantado con su nueva condición; gateaba por toda la casa haciendo las delicias de su abuelita, que no tenía dentadura y era la única a la que permitía morderlo, emitiendo tiernos gorjeos de felicidad. El resto de la familia terminó por acostumbrarse a su nueva apariencia.

M. D. Álvarez

miércoles, 6 de mayo de 2026

El maratón solidario.

"Ser útil me hace feliz", dijo entre resuello y resuello. Los dos se habían conocido en el parque; corriendo, se preparaban para la gran maratón de Los Ángeles. Ella se dedicaba a la preparación física y él era un gran corredor de fondo. Idearon prepararse para participar en aquel maratón, que era muy especial, ya que este año los beneficios serían destinados a las investigaciones de las enfermedades raras.

—Además, lo importante es participar; ya llegues primero o último, lo bueno es que se haga para pasarlo bien —relató él.

—Tienes razón —respondió ella, resoplando del esfuerzo.

—Un esprint —dijo él, acelerando.

—Venga —articuló ella.

M. D.Álvarez 

martes, 5 de mayo de 2026

El corazón de una hadriel. 3ra parte.

Esa noche, Ares se presentó en el lugar acordado, el Jardín de las Hespérides, un sitio tranquilo y apartado. La luna llena iluminaba el rostro de Iris, realzando su belleza. Ella le sonrió con dulzura, una expresión que casi desarma la cautela del joven.

"No te asustes, mi Ares," susurró Iris, tomando suavemente su mano. El contacto fue como una descarga, pero esta vez, Ares no se retiró. "Lo que sientes no es debilidad, es pasión. La pasión es un fuego. Si no la controlas, te quema; si la dominas, te da una fuerza inigualable."

Lo guio a un banco de piedra. Ella se sentó y lo invitó a hacer lo mismo. Iris no le enseñó un truco ni una fórmula mágica. Le habló de la paciencia, de respirar hondo antes de actuar y de canalizar esa energía en la observación.

"Mírame, Ares. Siente la tensión, pero no dejes que te ciegue. Obsérvame."

Ares la miró fijamente. Vio la sonrisa, no el torrente. Sintió el roce, pero percibió el respeto. Se dio cuenta de que su arrebato no era por ella, sino por su propia falta de control.

Una paz inusual lo invadió. "Entiendo," dijo con voz firme. "Es la calma en medio de la tormenta."

Iris asintió con una mirada de orgullo. "Ahora eres un caballero, Ares. Uno que sabe que su mayor poder es la mente, no la fuerza bruta."

Ares conocía el poder de los hadrieles, e Iris le mostró cómo controlar su ira incontrolable tan solo con la observación.

M. D. Álvarez 

lunes, 4 de mayo de 2026

El corazón de una hadriel. 2da parte.

Su torpeza estuvo a punto de costarle un disgusto hasta que la bella Hadriel se apiadó de él. Se lo llevó a parte y le dijo: "Eres encantador y tienes unos prontos irresistibles, pero tienes que calmarte si no quieres que te expulsen del grupo."

Iris no sabe cómo comportarse cuando estás tú presente; siento como si mi cuerpo se revolucionara, me hirviera la sangre y me comportara de forma bobalicona, acertó a decir, muerto de vergüenza.

"Oh, mi lindo Ares, eres encantador hasta cuando no lo sabes", refirió Iris, rozando con sus dedos el rostro de Ares.

Él enseguida se puso tenso; el leve roce hizo que sintiera un arrebato, pero logró contenerse.

"Sabes, esta noche te voy a enseñar algo que te ayudará a comportarte como un caballero."

Ares la miró con cautela; a ella era a la que más temía, pero aceptó.

Continuará...

M. D. Álvarez 

domingo, 3 de mayo de 2026

El corazón de una hadriel.

Tenía una mente privilegiada; su CI era de los más altos y era un autodidacta. Creció en una región aislada de uno de los planetas exteriores. Con tan solo 15 años, su familia lo mandó a la academia interplanetaria para pulir su agresividad.

No necesitaba mucho para estallar y llevarse por delante a todo bicho viviente.

En la academia, se juntó con un grupo variopinto de seres inadaptados que lo tomaron como líder por su inteligencia, dotes de mando y capacidad de sacrificio. Uno de aquellos integrantes era una hermosa hadriel de ojos verdes que lo miraba con fervor.

Él no era ajeno a los anhelos de la bella hadriel, pero era inexperto en el arte del amor, lo que lo volvía loco. No sabía cómo hablar con ella; el resto del grupo no sabía dónde meterse. Cada vez que ellos dos coincidían, había momentos tensos e incómodos.

Continuará...

M. D. Álvarez 

sábado, 2 de mayo de 2026

Escapada

Era temperamental y atrevido, y cuando tenía tiempo, que era en raras ocasiones, se dedicaba a cuidar a su hermosa novia. La acompañaba cortésmente cuando ella quería ir de compras y se pasaba horas esperándola en el recibidor, donde ella le mostraba los modelitos más sexis de la tienda de lencería. Ella sabía cómo provocarlo; sabía cómo llevarlo dócilmente al dormitorio, donde ella se lucía con movimientos sensuales que lo iban excitando poco a poco.

A medida que ella desfilaba por delante de él con cada nuevo conjunto, sus ojos brillaban con picardía. Sabía que cada mirada, cada gesto, lo acercaba más a su deseo. Pero había algo más en su mente; un plan que había estado gestando en secreto.

—¿Te gusta este? —preguntó ella, girándose con una lencería de encaje negro que dejaba poco a la imaginación.

Él tragó saliva, incapaz de articular una respuesta. Sabía que estaba atrapado en su juego, pero no le importaba. 

—Es… impresionante —logró decir, su voz un susurro cargado de deseo.

Ella sonrió, satisfecha con su reacción, pero en el fondo sabía que tenía una sorpresa preparada para él. Esa noche era especial; no solo era un simple juego de seducción. Había estado planeando una escapada romántica para ambos, un fin de semana en una cabaña apartada en las montañas.

—¿Sabes? —dijo ella mientras se acercaba a él, deslizando sus dedos por su pecho—. He estado pensando que necesitamos algo más que estos juegos.

Él frunció el ceño, intrigado.

—¿A qué te refieres?

Con un guiño cómplice, ella sacó un pequeño folleto de su bolso y se lo mostró. Era una reserva para una cabaña encantadora rodeada de naturaleza, lejos del bullicio de la ciudad.

—He reservado este lugar para nosotros —anunció con una sonrisa traviesa—. Solo tú y yo durante todo el fin de semana.

Él no pudo evitar sonreír al escuchar eso. La idea de escapar juntos le llenó de emoción. 

—Eso suena increíble —dijo él, sintiendo cómo la adrenalina recorría su cuerpo.

Pero justo cuando el ambiente se llenaba de promesas y expectativas, el sonido del teléfono interrumpió el momento perfecto. Ella frunció el ceño al ver quién llamaba; era su jefe, y sabía que no podía ignorarlo.

—Lo siento —dijo ella con un suspiro—. Tengo que atender esto.

Mientras hablaba por teléfono, él se quedó allí parado, sintiendo cómo la energía entre ellos se desvanecía momentáneamente. Sin embargo, no podía dejar que esto arruinara sus planes. Así que decidió aprovechar ese tiempo para pensar en cómo hacerla sentir especial durante su escapada.

Cuando terminó la llamada, ella se dio cuenta de que él había estado contemplativo.

—¿Todo bien? —preguntó ella al notar su expresión seria.

Él sonrió y decidió ser directo:

—Quiero hacer algo especial para ti durante el fin de semana. Quiero que sea perfecto.

Ella lo miró sorprendida y emocionada al mismo tiempo.

—Me encanta esa idea —respondió ella con una chispa en los ojos—. Estoy segura de que será inolvidable.

Con esa promesa flotando en el aire, ambos sabían que estaban a punto de embarcarse en una aventura llena de pasión y descubrimientos mutuos.

 Y mientras él la miraba a los ojos, entendió que esta escapada podría llevar su relación a un nuevo nivel; no solo sería un juego de seducción, sino también una oportunidad para conectarse más profundamente.

M. D.  Álvarez 

viernes, 1 de mayo de 2026

Paracaidistas verdes.

—¡Seréis miedicas!, les gritó desde la rampa de saltos de aquel DC4. —Si no saltáis, os arrojo yo mismo, rugió, lanzándoles una mirada aterradora a aquel grupo de paracaidistas principiantes. 

—Tú, el de mono rojo, ven aquí, rugió el capitán. 

El aterrorizado paracaidista se acercó tembloroso hacia su capitán, que lo jaló y arrojó por la rampa sin contemplaciones. 

—Tú, el azul, o saltas o te arrojo. El del mono azul saltó aterrado. 

—Tú, el del mono amarillo, salta —dijo, fijando sus pupilas azules en él. 

Este último paracaidista se negaba a acercarse a la rampa, lo que le valió tal cantidad de improperios, y al ver que aquella fiera se le venía encima, saltó.

—Si es que cada día me los mandan más verdes, bufó el capitán, saltando tras ellos.

M. D. Álvarez