Su aterrador rugido paralizó de terror a los contendientes. Cuando estuvo a su altura, lanzó un bestial guantazo al individuo que permanecía al lado de ella, lo desplazó a 500 metros de distancia. Se arrodilló a su lado, cogiéndola con mimo, y fulimino con una mirada furibunda a los adversarios que retrocedían a su paso.
La trasladó con pausado caminar a una zona cubierta, donde no pudo contener sus lágrimas; todo un fiero guerrero sufría tal dolor por la pérdida de su amada.
Sus amigos se aproximaron cautelosamente; sabían que su dolor por la pérdida de su amada lo llevaría a un estado de locura furibunda que estallaría con tal furia que arrasaría el campo de batalla y a todo aquel que permaneciera en él.
M. D. Álvarez
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