—Tú, el de mono rojo, ven aquí, rugió el capitán.
El aterrorizado paracaidista se acercó tembloroso hacia su capitán, que lo jaló y arrojó por la rampa sin contemplaciones.
—Tú, el azul, o saltas o te arrojo. El del mono azul saltó aterrado.
—Tú, el del mono amarillo, salta —dijo, fijando sus pupilas azules en él.
Este último paracaidista se negaba a acercarse a la rampa, lo que le valió tal cantidad de improperios, y al ver que aquella fiera se le venía encima, saltó.
—Si es que cada día me los mandan más verdes, bufó el capitán, saltando tras ellos.
M. D. Álvarez
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