— ¿A quién llamas pequeñín? —dijo entre dientes y con una mirada aterradora que congeló al gigante. De no haber sido por ella, lo habría matado a golpes; su corazón era el de un gran guerrero.
Cuando lo dejó tendido, agarrándose los testículos aplastados, ella lo besó y dijo: —Eres mi héroe y te voy a compensar. Él la llevó a bailar y, de vuelta a casa, como todo un caballero, la dejó en la puerta.
—¿No vas a entrar? —preguntó ella.
—Hoy no, quizás mañana, si me lo permites —dijo él con una suave sonrisa.
M. D. Álvarez
No hay comentarios:
Publicar un comentario