jueves, 21 de mayo de 2026

Tras las negras nubes.

Subido a aquel peñasco, sintiendo el embate de aquellas rachas huracanadas, hacía frente, inamovible, el fiero licántropo que se mantenía erguido frente a los vientos desasosegados que lo golpeaban sin contemplaciones. Él seguía protegiendo a su amada, que se encontraba resguardada tras su ancha espalda.

Los ojos del licántropo brillaban intensamente, reflejando la furia de la tormenta que rugía a su alrededor. Cada ráfaga de viento parecía querer derribarlo, pero su determinación era más fuerte que cualquier tempestad. Sabía que debía mantenerse firme, no solo por su propia supervivencia, sino por la de ella.

Su amada, con el rostro pálido y los ojos llenos de miedo, miraba hacia el horizonte donde las nubes oscuras se arremolinaban. —¿Por qué no huimos? —preguntó con voz temblorosa.

—No puedo dejar que te hagan daño —respondió él, su voz profunda resonando como un trueno en medio del caos. Era un protector nato, un guerrero que había luchado contra demonios y criaturas de la noche. Pero enfrentarse a la naturaleza misma era un desafío diferente.

Mientras el viento aullaba y la lluvia comenzaba a caer en torrentes, ella sintió una mezcla de admiración y preocupación. Se acercó un poco más, buscando refugio en su calor. —Confío en ti —susurró.

El licántropo giró la cabeza hacia ella, sus ojos llenos de una feroz lealtad. En ese momento, supo que no podía permitirse fallar. Con cada golpe del viento, se aferró a la promesa de protegerla hasta el último aliento.

Y así, mientras la tormenta arremetía con toda su furia, el licántropo se mantuvo firme, un faro de coraje en medio del tumulto. Por eso, cuando más aterrador parecía aquel huracán, él sabía que tras las negras nubes está el sol.

M. D. Álvarez 

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