martes, 22 de septiembre de 2026

​La espada por el alma

Se arrodilló ante aquella mole y alzó sobre su cabeza la espada Tsurugi, con la que había derrotado a miradas de enemigos, pero ahora tocaba rendirla ante la posibilidad de perder al amor de su vida. Su orgullo y devoción por ella lo obligaban.

No sería un verdadero caballero si permitía que la dañaran.

​La bestia, una criatura de piedra y musgo con ojos de ámbar, extendió una mano del tamaño de un carruaje. El caballero, sin dudarlo, colocó la Tsurugi, la hoja más afilada de todo el reino, en la palma de la criatura. El metal resplandeciente contrastaba con la piel áspera de la mole. Un susurro grave, más una vibración que un sonido, emergió del pecho del gigante:

—Acepto tu ofrenda, joven mortal. El camino hacia tu amada está ante ti —dijo el gigante, echándose a un lado. 

El caballero se alzó y continuó su viaje sin mirar atrás. Al final de su camino se encontraba su amada, su alma.

El sendero terminaba en una pequeña laguna ovalada de plata líquida, un espejo olvidado por la luna sobre el regazo de la tierra. Sus aguas no son transparentes, sino un sueño mercurial, donde el cielo se viste de metal y las nubes se ahogan en azogue. 

Y al otro lado, su dulce diosa, por la que había rendido su fiel Tsurugi, corrió hacia ella, que permanecía inmóvil sobre la mullida tierra. Se arrodilló a su lado, se inclinó y la besó con dulzura. Ella abrió sus verdes ojos y, al verlo a su lado, sonrió y se abrazó a él.

M. D. Álvarez 

Despedida y nuevos comienzos.

—Adiós, mamá, adiós —se despidió desde el porche antes de coger la Triumph para dirigirse a la universidad.

—No se te olvide nada —dijo su madre con una gran sonrisa.

El joven subió corriendo los escalones, abrazó y besó a su dulce madre, que le había preparado un delicioso almuerzo.

—Hasta la tarde, mamá —salió corriendo; tenía que recoger a su chico y dirigirse a la universidad.

Tardó cinco minutos en llegar a su casa. Allí lo esperaba, sentado en el balancín. Se subió a la moto y salieron disparados. Las clases transcurrieron tranquilas; entre medio se comían a besos, con calma.

M. D. Álvarez 

lunes, 21 de septiembre de 2026

​A dos minutos del Infierno.

—No tengo visual del objetivo, susurró al micrófono de su reloj que lo comunica con ella. —Aguanta, llego en dos minutos —dijo, levantándose de su situación.  

Cuando llegó, lo que vio lo horrorizó: la tenían colgada de las muñecas y la golpeaban con puños americanos.

—Eh, vosotros, ¿por qué no os metéis con uno de vuestro tamaño? —gritó furioso.

Los individuos se giraron y sonrieron. Uno de ellos, el más grande, se dirigió hacia él, mientras el otro seguía castigando el hígado de ella. Cuando aquel mastodonte llegó hasta él, levantó el brazo con el puño cerrado, pero cuando quiso golpearlo, él ya había desenfundado su kukri y le había cortado el brazo.

El gigante dio tal alarido que el segundo individuo se giró sin tiempo a percatarse de que él ya estaba a su altura, propinándole un tajo que le cercenó la cabeza.

Después, descolgó con cuidado la cabeza y la depositó en el suelo, y comprobó sus constantes vitales; estaba inconsciente. Utilizó una ampolla de flumazenil que la despabiló al instante.

—Tranquila, tranquila, soy yo. Estás a salvo —dijo él con calma.
Continuará...

M. D. Álvarez 

En galeras

Aquella inmensa galera se proveía de presos de todas partes, así que siempre coincidían enemigos ancestrales que debían lidiar con sus egos para no matarse entre ellos.

Los bancos más solicitados eran los últimos, pues los temas eran los menos gastados. Los presos más fuertes eran encadenados a las traviesas y hacían turnos de 8 horas diarias, con una comida casi siempre fría. Había un preso destacado por su envergadura y musculatura; seguramente él solo podría mover semejante embarcación. Pero si lo ponían junto a alguno de los muchos enemigos que tenía, nada lo detenía, hasta que los despanzurraba. No quedaba contento, así que lo tenían aislado en la bodega; tan solo lo sacaban cuando era estrictamente necesario, y eso era de tanto en tanto. Aquel enorme preso permanecía cabizbajo; echaba de menos a su dulce amor.

Un buen día, la gran galera arribó a un puerto que él conocía. En aquel puerto fue donde lo condenaron a servir en la galera. La trampilla se abrió.

—¡Eh, tú, sube! —oyó cómo el contramaestre lo llamaba.

El gigante subió de un salto, a pesar de las cadenas.

Uno de los grumetes se acercó con una llave, se agachó y soltó los grilletes de los pies y, después, los de las manos.

—Eres libre —dijo el capitán.

Ni corto ni perezoso, saltó por la borda y corrió alegremente hacia su granja, en la que se encontraba su amada recogiendo heno. Ella levantó la cabeza y lo vio aparecer corriendo por el campo de espigas de trigo. Hecho a correr para abrazarlo y besarlo, llevaba tiempo esperando su llegada.

—Mi vida, siento haberte dejado sola —dijo él, cogiéndola en brazos.

—No importa, mi amor, ya estás aquí —respondió ella con mimo.

Ya nunca más se separaron; cuidaron el uno del otro, el trabajo, sus tierras y ella lo cuidó con deleite.

M. D. Álvarez 

domingo, 20 de septiembre de 2026

Su arrullo.

¿Os ha pasado alguna vez que no podéis mantener los ojos abiertos por mucho que lo intentéis? A mí sí, me pasa siempre. Parece que no puedo estar despierto. Me he convertido en un adicto a la cafeína, sin la cual no puedo permanecer despierto.

Lo preocupante es que, si no me tomo mi dosis diaria de cafeína, me podría quedar dormido en cualquier lugar, incluso de pie. Recuerdo una noche en que ella se sintió romántica y, en pleno acto, me dormí con la consiguiente bronca al despertar.

Es una batalla perdida contra el sueño, que siempre, siempre, gana. Ella aún no me lo perdona, pero ¿cómo explicarle que su arrullo era más poderoso que cualquier estímulo?

M. D. Álvarez 

​La herida oculta:

Nadie lo diría, pero en su interior rugía una rabia extrema e irrefrenable. Ella la percibió oculta en la maleza.

—No te ocultes, siento tu presencia a varias millas. Sé que tienes un dolor y frustración inenarrables. Si me dejas, te puedo ayudar —dijo la joven por la que él sentía una devoción extrema.

Sus increíbles ojos azules la observaban todas las mañanas; velaba por ella. Su furia era inherente; con ella debía evitar a toda costa mostrar su lado salvaje.

—Anda, ven, que no te haré ningún daño —dijo ella, levantando la mano a modo de invitación. Él salió de la floresta; era un cachorrito de lobo gris. —Eres una ricura —dijo, agachándose y rascándose la cabezota. Él sintió por primera vez el calor de sus manos. Ella lo alzó y lo acurrucó sobre su pecho—.  “Estás helado. Ven, que te voy a calentar.” Se dirigió hacia su cabaña y lo depositó en una canastilla con una cálida manta se dirigió a la chimenea y la encendió.

—Sabes, a pesar de tu corta edad, tienes un gran dolor, furia y frustración —dijo ella, poniendo un cuenco de leche tibia frente a la canastilla.

El cachorrito la observaba como si comprendiera lo que ella decía; por primera vez, estaba en paz.

M. D. Álvarez 

sábado, 19 de septiembre de 2026

La pala de playa. 2da parte.

"¿Tú... tú eres Marcus?", repitió ella, la voz apenas un susurro, mientras sus dedos rozaban la melena suave y densa del licántropo. 

Un escalofrío le recorrió la columna vertebral, no de miedo, sino de una extraña fascinación. Él cerró los ojos un instante, saboreando el contacto, antes de abrirlos de nuevo y mirarla con una intensidad que casi le cortó la respiración. Sus grandes ojos azules, profundos como el cielo azul, la observaban con una mezcla de reconocimiento y algo más, algo primitivo y protector.

—Sí, -volvió a ronronear, y el sonido vibró en el aire, haciéndole sentir la potencia latente bajo su piel. —Soy Marcus. ¿Por qué la sorpresa, Capitana Angie?

Ella dio un respingo al escuchar su nombre, no solo por la revelación de que él la conocía y por su rango, sino por el tono, que era extrañamente… familiar. Como si siempre hubieran compartido ese secreto, esa cercanía. Retiró la mano de su pecho, sintiendo el calor que persistía en sus dedos. 

—No esperaba... esto, -admitió, señalando su imponente figura. —Mi informe decía que el soldado Marcus era un hombre. Un soldado común.

Él ladeó la cabeza, una acción que en su forma humana sería casual, pero en el licántropo tenía una gracia fiera.

 —¿Y qué es un 'soldado común', Capitana? ¿Acaso no soy capaz de cumplir mis órdenes? La zanja está excavada, ¿no es así?

Sus ojos se deslizaron hacia la inmensa trinchera que se extendía detrás de ellos, un testimonio monumental de su fuerza.

Angie se giró para contemplar la obra, sus ojos recorriendo los novecientos metros de longitud y los diez de profundidad perfectamente delineados. Era impecable, un trabajo que habría tardado semanas con un equipo de hombres y maquinaria pesada, y él lo había hecho en un periquete, como bien había dicho. Era imposible negar la evidencia.

Se volvió hacia él de nuevo, la curiosidad superando cualquier atisbo de miedo o prejuicio. —Es... impresionante, Marcus. Pero, ¿por qué no lo dijiste? ¿Por qué la pala de juguete? ¿Por qué la farsa?

Un gruñido bajo escapó de su garganta, una risa grave y resonante. —Órdenes, -dijo simplemente. —Cavar una zanja con la pala asignada. No especificaron si podía usar mis propias 'herramientas'. Sus zarpas se extendieron brevemente, sus garras reluciendo al sol antes de retraerse. —Y la pala... fue un toque de teatro. Una pequeña venganza por la absurda orden.

Angie no pudo evitar una pequeña sonrisa. Empezaba a ver al hombre detrás de la bestia, al Marcus que conocía, con su sarcasmo y su peculiar sentido del humor. 

—"¿Y ahora qué, Marcus?", preguntó, acercándose un paso más, aunque la diferencia de tamaño era abismal. "¿Vas a transformarte de nuevo? ¿Puedes controlarlo?".

—Cada día me resulta más fácil controlarlo —dijo, retornando a su estado humano.  Recogió la mochila que tenía al pie de un gran árbol y se vistió con el uniforme de faena.

M. D.  Álvarez 

Ternura.

Con la mandíbula destrozada y unos cuantos huesos rotos, todavía era capaz de sonreír. Eso hacía que su pequeño retoño riera de una forma angelical y le infundiera una furia inherente que lo llevaría a seguir peleando para que su bebito no perdiera aquella adorable sonrisa.

La misma sonrisa de su esposa, con la que lo recibía cada día cuando lo traía de la guardería, aquella tarde se cruzó con unos desaprensivos que insultaron a su bebé. No sabían la que se les venía encima; a pesar de tener la mandíbula rota y un par de costillas fracturadas, les arreó una somants de golpes que los dejó tirados en el suelo. El chiquitín reía angelicalmente a cada golpe que su padre propinaba; era la cosita más adorable. Y cuando llegó con el pequeño en su canastilla, al verlo con aquella sonrisa tan adorable, ella, con su arrebatadora sonrisa, le dijo:

—Ya te has vuelto a pelear.

—Su sonrisa bien lo merece —respondió él, suavemente.

M. D. Álvarez 

viernes, 18 de septiembre de 2026

La pala de playa.

Con aquella pala le habían ordenado cavar una zanja de 900 metros de largo por diez de profundidad. No os he dicho de qué tamaño era la pala; era una de plástico, de las que usan los niños en la playa.

Los miró como diciendo: "¿En serio? ¿Me dais una pala de juguete?" y se encaminó al lugar donde debía realizar la zanja. Arrojó la pala e hizo surgir al licántropo que llevaba dentro. Utilizó sus grandes zarpas y horadó el suelo con gran facilidad, acabando con el trabajo que le ordenaron en un periquete.

Ella lo vigilaba para comprobar que llevaba a cabo la tarea. Cuando lo vio salir de la gran trinchera, no lo reconoció. Se sorprendió al ver salir a un aterciopelado licántropo de grandes proporciones que pasó a su lado, desapareciendo en el bosque. Ella se asomó a la zanja y, al no verlo, se asustó. Lo llamó sin recibir respuesta; tan solo aquel hermoso licántropo se asomó curioso al linde del bosque, la observó con condescendencia y, al estar junto a ella, dijo con una voz gutural: —¿Por qué me llamas a gritos?

Ella no se había percatado de su cercanía y dio un respingo, pero mantuvo la compostura. —No te he llamado a ti, he llamado al soldado Marcus.

—Si, aquí estoy, -ronroneó como un gatito.

—¿Tú... tú eres Marcus?, dijo curiosa, acercando su mano al pecho de aquel imponente licántropo, que al sentir el cálido roce de sus dedos se estremeció de puro placer.

Continuará....

M. D. Álvarez

Héctor y la última crisis.

Héctor veía cómo su pequeña planta azul iba cambiando con el paso del tiempo. Los jerifaltes y tecnócratas se enriquecían sin dar nada a cambio; eso molestaba a nuestro héroe, que trataba de salvar al planeta que lo vio nacer.

En la última crisis medioambiental, Héctor estuvo a punto de perder el control y resquebrajar su hogar. Solo con autocontrol y fuerza de voluntad logró restituir la naturaleza, pero, casi agotado, decidió aislarse en una gruta del Himalaya que había sido su hogar.

Con un último suspiro de cansancio, cerró los ojos confiando en que la Tierra sabría cicatrizar sus propias heridas. 

Sin embargo, en el silencio de la montaña, sintió cómo el latido agonizante del mundo aún reclamaba el regreso de su guardián.

M. D. Álvarez 

Los hados siguen dándole vida a mi héroe favorito, Héctor, el hijo de un celestial y una humana.

jueves, 17 de septiembre de 2026

El botánico.

Su terreno era el mejor cuidado; lo segaba una vez a la semana y mimaba los tiernos brotes de las hermosas orquídeas que tenía injertadas en los huecos de las ramas de sus vetustos robles.

Había una que requería un cuidado especial por parte de él; aquella hermosa orquídea se la regaló su prometida antes de consumar su relación. Para ella, los mejores cuidados eran cuidadosamente dispensados.

Por ello, cortó la larga manguera y vertió un delicado chorrito sobre las raíces hasta que tomaron el delicado verdor de las esmeraldas.

Tal era la pasión del jardinero que ni dormía por miedo a que sus hermosos brotes se secaran o sufrieran algún mal.

—Sabes, estoy celosa de los mimos que dispensas a tus hermosas orquídeas —le dijo su novia.

—No tienes por qué; tú eres la razón de mi amor por ellas —respondió él, mirándola con tal dulzura.

M. D. Álvarez 

La cuenta pendiente

Cuando me vas a pagar lo que me debes, preguntó Angie furiosa por el hecho de que él siempre se escaqueaba de pagar la cuenta.

Él se quedó paralizado ante el tono brusco de ella.

—Angie, ¿sabes cuántos chavos llevo en el bolsillo? —preguntó Marcus, tratando de suavizar el nuevo escaqueo.

—Marcus, tú eres el único que cobra un salario, no me vengas con adivinanzas.

Marcus sintió todas las miradas clavadas en él, así que se giró, sacó la billetera y un fajo de billetes de ella. 

—¿Cuánto es la cuenta? —preguntó en voz baja.

—50 dólares —respondió sorprendida Angie ante el repentino cambio de actitud de Marcus.

—Toma, quédate con la vuelta —dijo Marcus, poniendo un billete de 100 dólares sobre el mostrador. 

—Te veo esta noche —rezongó, triste.

Continuará...

M. D. Álvarez 

miércoles, 16 de septiembre de 2026

La venganza de Eris.

¿Cuándo dio comienzo la célebre guerra de Troya? Es interesante la pregunta.
Voy a tratar de responderosla. 

Todo comenzó cuando la vengativa diosa Eris arrojó sobre la mesa nupcial de Zeus y Hera una manzana de oro diciendo: "Para la más bella".

A todo esto, a ella no la habían invitado al enlace y al ser ella la diosa de la venganza sembró la discordia entre los dioses.

Tres diosas se abalanzaron sobre la manzana: Hera, Atenea y Afrodita.

Las tres se consideraban la más bella, pero solo una podía tener el rango de la más bella.
Las tres recurrieron a Zeus, que ni cortó ni perezoso, ordenó un juicio, pero sabiendo que no podía ser imparcial, llamó a Paris, el hijo de Príamo y Hécuba, para que fuera el juez.

El problema vino de las tres promesas que hicieron las tres diosas.Paris tenía casi de todo, menos amor, y la única diosa que le dio lo que pedía fue Afrodita, que le prometió el amor de la mujer mortal más bella... Helena, esposa de Menelao. Era la única que no le convenía, y lo digo porque fue justo ahí donde dio comienzo la guerra de Troya.

M. D. Álvarez

Con dos palmos de narices.

—Deja ya de jugar con la comida, dijo, visiblemente disgustado por el cariz que estaba tomando aquella situación. Su amigo llevaba horas intentando dominar a aquella encantadora hada de ojos verdes que, insumisa, no dejaba que le hincara el diente.

Él se acercó y no vio terror en su mirada, solo indiferencia. La habían perseguido por multitud de razones, pero ninguna tan estrafalaria como la de ser comida, y no lo harían hoy tampoco. Salió rauda, cual centella, dejándolos con dos palmos de narices.

M. D. Álvarez 

martes, 15 de septiembre de 2026

El mejor olfato. IIparte.

​​El pitido rítmico del monitor cardíaco era la única música que el rastreador soportaba. Para sus oídos, acostumbrados al crujir de las hojas y al susurro del viento en los roquedales, el hospital era un caos de olores químicos y ruidos metálicos. Se mantenía en el rincón más oscuro de la habitación, con los músculos todavía tensos, sintiendo cómo el vello de sus brazos se erizaba ante cada paso de las enfermeras por el pasillo.

​Cuando ella finalmente abrió los ojos, el azul de las pupilas de él brilló con una intensidad eléctrica.

​—¿Dónde...? —susurró ella, intentando llevarse la mano a la sien vendada.

​Él no se acercó de inmediato. Sabía que su presencia, todavía cargada con la energía de la "bestia", podía resultar abrumadora. El olor rancio de la cueva aún persistía en su memoria olfativa, mezclado con algo más... un rastro que no era de ella, ni de la tierra, ni de él. Era un aroma metálico y frío que no pertenecía a ningún animal conocido.

​—Estás a salvo —dijo él, con una voz que rascaba el aire como grava—. La grieta se cerró tras nosotros, pero el peligro no se quedó en la cueva.

​Ella lo miró fijamente, y por un segundo, él temió que recordara las garras ensanchando la piedra o la fuerza inhumana con la que la había cargado. Sin embargo, ella solo extendió una mano temblorosa hacia la oscuridad del rincón.

​—No fuiste solo tú quien me encontró, ¿verdad? —preguntó ella con un hilo de voz—. Había algo más en esa oscuridad. Algo que me dejó allí para que me buscaras.

​El rastreador se tensó. Su olfato, ese que nunca fallaba, detectó de repente un cambio en el aire de la habitación. Un rastro acre, idéntico al de la cueva, comenzaba a filtrarse por la rejilla de ventilación 

M. D. Álvarez 

Llamas contenidas.

Aquellas llamas recorrían su cuerpo como lenguas abrasadoras, pero su cuerpo no sentía la quemazón; permanecía imperturbable. Esa furia solo surgía cuando alguien atacaba sin previo aviso y con alevosía a su equipo.

Su instinto se afiló como una hoja recién templada, guiándolo con una precisión casi animal. Cada movimiento era una advertencia silenciosa de que nadie tocaba a los suyos sin pagar un precio. 

La tierra vibró bajo sus pasos cuando liberó la totalidad de su poder contenido. Y en ese estallido, quedó claro que protegerlos no era una misión, sino su naturaleza.

M. D. Álvarez 

lunes, 14 de septiembre de 2026

El mejor olfato.

Su olfato era de lo más fino y eficiente; por eso, cuando ella desapareció, su instinto de rastreador afloró de forma eficaz. Cogió el suéter que ella llevaba la noche anterior y olfateó con delicadeza. Enseguida percibió su rastro y salió disparado; el olor lo guiaba. Recorrió sendas, caminos y roquedales. Su olor lo llevó hasta una pequeña cueva; allí, su olor se volvió rancio y acre.

Aquello lo preparó para lo que se iba a encontrar. Se introdujo con dificultad por la grieta; sus ojos azules se adaptaron fácilmente a la oscuridad. Al sortear la grieta, se halló en una cueva ancha y, en medio de ella, un cuerpo. Supo de inmediato que era ella, corrió desesperado hasta su lado y la recogió con delicadeza. 

Su parte humana volvió en sí y colocó sus dedos corazón e índice sobre la carótida; tenía pulso, pero también un golpe en la cabeza. La cogió con ternura y se acercó a la grieta; la depositó en el suelo, apoyada en una estalagmita. Su bestia volvió y utilizó sus garras para ensanchar la grieta. Cuando lo logró, la recogió con suavidad, salió con ella en brazos, la trasladó a un hospital cercano y se quedó junto a ella hasta que ella se despertó.

Continuará...

M. D. Álvarez 

Sempiterno.

Su sempiterna forma siempre se había manifestado sin cambiar un ápice de su gloria, y aquellos que no daban crédito a lo que veían eran pulverizados por su magnitud.

Los cielos parecían encogerse ante su presencia, mientras la tierra temblaba bajo cada una de sus sombras. Nadie osaba alzar la mirada, pues bastaba un instante de contemplación para que la cordura abandonara incluso a los más valientes. 

Y así, eterno e implacable, permanecía allí, como un dios olvidado que hubiera regresado para reclamar el mundo que una vez le perteneció.

Aunque en su corazón él solo ansiaba proteger a su amada de los peligros que la acechaban.

M. D. Álvarez 

domingo, 13 de septiembre de 2026

La bestia y la flor.

Su espiritualidad era inmensa, su corazón noble y su apostura la de un agresivo licántropo, pero su único deseo era proteger a su dulce compañera humana. Ella lo quería y adoraba; había recibido varios impactos de bala que iban dirigidos a ella. Todas las noches, la esperaba fuera del local que regentaba por si tenía algún problema con los clientes. Cuando llegaban a casa, ella se entretenía cepillando su agresiva melena para el disfrute de él, que, como un buen perrito, agradece los mimos y cuidados de ella.

Una noche, la oscuridad que envolvía el lugar parecía más densa de lo habitual. Él la esperaba, apoyado en la farola de siempre, con sus penetrantes ojos escrutando cada rostro que salía del local. Ella apareció, su sonrisa habitual iluminando la calle tenuemente alumbrada. Pero esta noche, había una sombra en sus ojos, una inquietud que él percibió al instante.

"¿Todo bien, mi dulce flor?" preguntó él, su voz, habitualmente un gruñido bajo, se suavizó con una ternura sorprendente.

Ella asintió, aunque su agarre en su brazo era más fuerte de lo normal. "Un cliente... fue un poco insistente. Nada que no pudiera manejar, pero..."

Él sintió un rugido silencioso crecer en su pecho. Su instinto licántropo se agitó, la necesidad de protegerla se encendió como una llama. Pero por ella, por su tranquilidad, se contuvo.

Al llegar a casa, el ambiente seguía tenso. Ella se sentó en su sillón favorito, suspirando levemente. Él se acercó, su imponente figura llenando el espacio, pero sus movimientos eran suaves, casi reverentes. 

Ella alzó la mirada y le ofreció una pequeña sonrisa.
"¿Me harías el honor, mi hermoso lobo guardián?"

Él se arrodilló a sus pies, ofreciéndole su cabeza. El tacto de sus delicados dedos en su áspera melena siempre lo calmaba, lo devolvía a la cordura después de la tensión de la noche. 

Cada pasada del cepillo era un bálsamo, un recordatorio del lazo invisible pero indestructible que los unía. En ese momento, bajo la suave caricia, el agresivo licántropo se transformaba en un manso compañero, agradecido por el amor y la protección que ambos compartían.

M. D. Álvarez 

Esto es solo para ti

Con su estructura ósea, debía ser fuerte para soportar su musculatura. Era un ejemplar fuerte y poderoso; su naturaleza híbrida le daba la capacidad de superarse a sí mismo en todo tipo de pruebas. Pero él tan solo quería amar a su protegida.

Era una delicia ver cómo ella salía disparada cuando lo veía volver; se lanzaba a abrazarlo y besarlo con desesperación.

—Ey, ey, ey, ¿qué pasó? Si tan solo he ido a por un vaso de agua —dijo él, cogiéndola por la cintura y alzándose para besarla con ternura..

—Es que te echa de menos, refirió ella con su dulce mirada.

—Creo que vamos a tener un grave problema cuando tenga que ausentarme durante las batallas, respondió él, dejándola con mimo en el suelo.

—Entonces iré contigo, mi aguerrido licántropo, -sentenció ella con suficiencia, adoptando una pose de ataque.

Él la miró divertido y soltó una sonora carcajada. —Sabes, creo que si te presentas así en el campo de batalla, nokearás a algún enemigo, -dijo, observándola con visible deleite.

Ella se dio cuenta de que tan solo llevaba puesta la ropa interior que a él tanto le gustaba y dijo: —"Esto es solo para ti, mi guapetón."

M. D. Álvarez 

sábado, 12 de septiembre de 2026

Historia de una familia dispar. XVII parte.

Marcus, viendo que no había salvación, miró a Angie, a Devastación y a Esperanza, y les dijo: "Todo va a salir bien", justo cuando la luna empezaba a despuntar y la bestia interior surgió. Los abrazó con ternura y resistió a las oleadas de criaturas de la noche que, ávidas de la luz que desprendían, ansiaban devorarlos.

Marcus aguantó hasta el amanecer, cuando los primeros rayos del sol rompieron la oscuridad, borrando de un plumazo a las centenares de criaturas que trataban de despedazar a Marcus, que seguía protegiendo a su familia.

El silencio que siguió al amanecer era absoluto, roto solo por la respiración entrecortada de Marcus. Sus ropas estaban hechas jirones y su piel, marcada por las huellas de una batalla que nadie más podría haber sobrevivido, aún vibraba con la energía residual de la metamorfosis que lo había mantenido en pie.

​Angie, con los ojos empañados, fue la primera en moverse. Se soltó lentamente del abrazo, sus manos temblorosas buscando el rostro de Marcus, asegurándose de que esa presencia cálida y humana estuviera realmente ahí, de vuelta. Debastación y Esperanza, aún pequeños pero con una sabiduría antigua grabada en sus miradas, permanecían pegados a su padre, como si temieran que, si se alejaban, el mundo exterior volviera a reclamar su cuota de dolor.

​—Ya pasó —susurró Marcus, aunque su voz sonaba como un crujido de piedras milenarias—. La noche ya no tiene poder aquí.
Marcus sintió que el calor del sol no solo quemaba a las criaturas, sino que también consumía lo que quedaba de su propia esencia oscura. La "bestia" que lo había salvado durante la noche se desvanecía, y con ella, sus fuerzas. Cayó de rodillas, aún manteniendo el círculo protector con sus brazos alrededor de Angie, Debastación y Esperanza.
—Mirad... —susurró Marcus, señalando el horizonte donde el sol terminaba de alzarse

Las criaturas, reducidas a cenizas, se convirtieron en un polvo brillante que el viento empezó a esparcir. Donde ese polvo caía, la tierra muerta por la oscuridad comenzaba a florecer instantáneamente. El sacrificio de Marcus no solo los había protegido, sino que había purificado el mundo a su alrededor.
Angie tomó su mano, sintiendo que la piel de Marcus ya no estaba fría como la de un monstruo, sino cálida como la de un hombre.
Esperanza se acercó y puso una pequeña flor silvestre, nacida de las cenizas, en el pecho de su padre.

​Devastación, cuyo nombre siempre había sido una carga, sonrió por primera vez, comprendiendo que el ciclo de destrucción había terminado.

Marcus cerró los ojos. Ya no escuchaba los gruñidos de la noche, solo el canto de los pájaros y el latido tranquilo de los corazones de su familia. No había salvación para su cuerpo, agotado por una lucha sobrenatural, pero su alma finalmente estaba en paz...

M. D. Álvarez 

Amor por ella

Terrorífico y demencial era el dantesco pasaje que se presentaba ante su grupo de colaboradores, que asistían imperterritos mientras él trataba de frenar la agresión que estaba sufriendo en aquel descampado desolador. Lo tenían atado e inmovilizado; su lucha pudo costarle la vida, pero no podía dejar que ella sufriera por sus errores.

Su furia estaba a punto de desatarse cuando la blanca Selene surgió en el firmamento. Un aullido ahogado surgió desde el suelo; con la mejilla aplastada contra la tierra fría, pudo verla.

Ella dijo: —¡Soltadlo!— y se acercó con cuidado. Sabía que, en plena transformación, estaba ciego y furioso. —Marcus, mi amor, estoy aquí. No te preocupes, estoy bien. Dejad que se vaya —pidió Angie.

El grupo de colaboradores abrió paso. Marcus, ya transformado en licántropo, huyó al bosque.

Jhon, el cabecilla de los que habían tratado de someterlo, se acercó a Angie y dijo: —¿Desde cuándo conoces que es un monstruo?

Ella lo fulminó con la mirada y respondió: —Aquí el único monstruo que hay eres tú y tus acólitos. Se fue tras Marcus, que aullaba melancólico.

M. D. Álvarez 

viernes, 11 de septiembre de 2026

Historia de una familia dispar. XVI parte.

Era el día de los talentos y Esperanza, aún a su corta edad, se movía con ligereza y ritmo. Por eso, se apuntó al concurso de baile con un progenitor; Marcus era su elección. 

Su padre sabía moverse con soltura, así que llegó el día del concurso y Marcus dio al play. Comenzó a sonar el tema de Taio Cruz, "Hangover". 

Los dos, al unísono, comenzaron a moverse con soltura, a ritmo, saltando de forma grácil. Hasta el último compás, Esperanza se lanzó de un grácil salto a los brazos de su padre, que, ejecutando un atlético salto, la cogió alzándola sobre su cabeza. Aquello hizo estallar en vítores y aplausos de todo el auditorio. 

Angie y Devastación los observaban con orgullo entre bambalinas. Cuando cayó el telón, se lanzaron a abrazarlos y besarlos.

Continuará....

M. D. Álvarez 

11 de septiembre, cuando todo cambió..

El cielo sobre Manhattan amaneció con un azul tan limpio y transparente que parecía imposible que en él cupiera la tragedia. 

Era un martes cualquiera de finales de verano; el olor a café fresco inundaba las esquinas, las cafeterías bullían de conversaciones cotidianas y miles de almas se apresuraban a cruzar los torniquetes del metro para sumergirse en la rutina del Bajo Manhattan. 

En las Torres Gemelas, la jornada apenas comenzaba entre el tecleo de ordenadores, el rumor de los ascensores y las vistas panorámicas de una ciudad que se sentía invencible.

​A las 8:46 de la mañana, la realidad se fracturó en mil pedazos.
​Un rugido ensordecedor cruzó el aire despejado, seguido de una sacudida telúrica que hizo temblar los cimientos del suelo y del alma. 

El primer impacto contra la Torre Norte no solo rasgó el acero y el cristal; rasgó la ilusión de seguridad de toda una generación.

Quienes miraron hacia arriba vieron una vorágine de fuego y humo denso contra el cielo perfecto, incapaces todavía de asimilar lo que sus ojos presenciaban. La confusión inicial duró apenas unos minutos, amortiguada por la incredulidad, hasta que el segundo avión atravesó el aire e impactó contra la Torre Sur.

​En ese instante exacto, la duda se disipó para dar paso al terror más puro. El mundo, tal como se conocía, acababa de desplomarse.

​Las calles se llenaron de una masa humana envuelta en una lluvia de papeles incinerados, vidrios y un polvo ceniciento que todo lo cubría, despojando a la metrópoli de sus colores. 

No había desconocidos en las aceras, solo miradas aterrorizadas que se buscaban, manos que se estrechaban en medio del caos y sombras humanas que emergían del abismo de la niebla gris. El eco de las sirenas cortaba el aire mientras las estructuras colapsaban una tras otra, convirtiendo la grandeza de la arquitectura moderna en un silencio sepulcral, interrumpido solo por el llanto y las llamadas desesperadas a través de líneas telefónicas colapsadas.

​Aquel día, el sol no se puso sobre la misma tierra. Se apagó sobre un planeta que había perdido la inocencia en cuestión de horas. La ceniza tardó días en posarse, pero la certeza de que nada volvería a ser igual se instaló de inmediato y para siempre en el corazón de la humanidad.

M. D. Álvarez 

Fenrir contra el océano.

Haciendo frente a las embestidas y embates de aquel fiero mar encrespado, rugía y lanzaba dentelladas a cada ola que rompía en su roca, allí donde había depositado a su amor. Ella lo miraba, divertida; conocía la determinación y el temple de su chico cuando se trataba de defenderla. No había nadie igual. Consiguió frenar el embate de las olas que caían contra su escollo con la intención de empaparla, pero lo único que conseguían eran las dentelladas de aquel atrevido licántropo que seguía evitando que las olas la arrastraran lejos de él.

Las olas retrocedieron por un instante, como si el propio mar reconociera la ferocidad de aquel guardián de fauces plateadas. Pero él no bajó la guardia. Entre jadeos, sus garras se clavaron en la roca, y su pelaje, empapado de sal y espuma, brillaba bajo la luz menguante del atardecer.  

—Basta —susurró ella, extendiendo una mano hacia su rostro aún deformado por la bestia—. No pelees contra lo inevitable.  

Un gruñido escapó de su garganta, pero esta vez no era un desafío al mar, sino un lamento. ¿Cómo no luchar si el océano quería robársela? Ella, la que había visto más allá de sus colmillos, la que reía cuando otros huían.  

La siguiente ola fue diferente No llegó con violencia, sino rodeando la roca como un abrazo líquido, arrastrando consigo un murmullo ancestral: —Ella no te pertenece… pertenece a la marea.  

Él alzó la cabeza, sorprendido. Por primera vez, había palabras en el rugido del mar. Y entonces lo entendió: no era el agua lo que intentaba separarlos, sino el destino.  

Ella, sin embargo, solo sonrió. Con un gesto sereno, se levantó y caminó al borde del escollo.  

—Si es la marea quien me reclama —dijo, mirando el abismo—, entonces que sea ella quien decida.  

Antes de que él pudiera reaccionar, saltó.  

El licántropo lanzó un aullido que rajó el cielo, pero al seguir su caída, vio algo imposible: donde debía golpear el agua, ahora brillaban escamas. Dos brazos surgieron de las olas para recibirla, y cuando emergió de nuevo, su piel reflejaba la luz de la luna. Era parte del mar… y sin embargo, aún lo miraba a él.  

Desde el fondo del mar se alzó una figura oscura, coronada con un tridente de huesos y con una mirada que petrificaba a cualquiera. Pero él no se arredró y saltó sobre aquel titán que había surgido de las profundidades. No se esperaba aquella reacción de un ser lunar que, con un poderoso aullido, se encaramó sobre el señor del mar. Ella lo vio saltar y enfrentarse de forma endiablada, con tal furia que hizo huir al amo de la marea. El joven licántropo cayó al mar; ella no lo vio salir y se sumergió en su busca. Lo encontró inconsciente y lo sacó a la superficie. 

Allí, sobre la arena, le dijo: —"Mi lobo loco, solo a ti se te ocurre atacar al señor de los siete mares."

M. D. Álvarez 

jueves, 10 de septiembre de 2026

Ares Arcángel.

De un salto acrobático, se plantó donde suponía que estaría su compañero, pero tan solo vislumbró en la oscuridad más negra unos aterradores ojos rojos que destilaban un odio salvaje. No pudo distinguir el cuerpo, pero empezó a preocuparse por su compañero; aquella era la ubicación exacta donde debería estar su líder. Algo andaba mal; era como si Ares, el Arcángel, se hubiera volatilizado.

Pero aquellos ojos rabiosos destilaban algo más que rabia; en ellos también había preocupación. Ella se dio cuenta de que aquellos ojos avanzaban hacia ella y retrocedió de forma instintiva. A medida que avanzaban, los rasgos de aquella criatura se fueron perfilando: era Ares, pero en su pecho llevaba clavado un dardo rojo.

—¿Ares, qué te ha pasado? —preguntó, tratando de no mostrar miedo.

Ares no respondió, sino que siguió avanzando hacia ella con su mano extendida, pero ahora no parecía su mano; parecía una garra salvaje que trataba de agarrarla.

Con su daga en la mano, se preparó para un enfrentamiento que nunca quiso tener. Esquivó un golpe brutal de la garra de Ares, sintiendo el silbido del aire cerca de su rostro. Sus movimientos eran los de una cazadora, rápidos y precisos, mientras que los de su compañero eran puramente instintivos y caóticos. Él no buscaba un combate, solo la destrucción, pero a la vez, en aquel brillo caótico, pudo vislumbrar un atisbo de cordura que trataba de imponerse al odio visceral.


—¡Ares, soy yo, Agnes! ¡Reacciona! —gritó, su voz se quebraba con desesperación. Pero sus palabras eran inútiles. Los ojos rojos de Ares la miraban con un odio que no le pertenecía. A pesar de que en su interior libraba un combate sin igual, parecía ir perdiendo la razón a cada golpe que lanzaba contra Agnes.

El dardo en su pecho brillaba con una luz enfermiza. Agnes notó que, a cada latido, la luz se intensificaba y las venas de Ares se volvían más oscuras, como si una plaga se estuviera extendiendo por su cuerpo. La única manera de salvarlo era romper el dardo. Pero, ¿cómo? Tenía que acercarse lo suficiente para sacárselo. Y en su estado, él no la dejaría acercarse.

Vio una oportunidad; de pronto, Ares, bajo sus defensas, percibió un cambio en su mirada: aquel brillo diabólico había desaparecido. Momentáneamente, se abalanzó con un movimiento rápido y arrancó el dardo rojo de su pecho. Ares cayó inconsciente. Agnes logró asirlo y depositarlo con mimo, recostándolo en el césped.

—Ares, mi vida, no dejaré que te ocurra nada malo —dijo Agnes, aplicando un apósito sobre la herida que no paraba de supurar aquel líquido viscoso. Sigue luchando, mi amor, tú eres más fuerte —dijo, besándolo con delicadeza.

M. D. Álvarez 

Historia de una familia dispar. XV parte.

Faltaban dos semanas para la luna llena. Marcus se sentía cada vez más fuerte; se entrenaba ejercitando su brazo y su pierna nuevos. No conocía los efectos que ejercerían las prótesis bajo el influjo de la luna. Angie lo miraba con preocupación; no podía saber cómo reaccionaría la bestia que llevaba en su interior ante la falta de su brazo y su pierna. No sabía si sus prótesis se adaptarían al licántropo.

Mientras estuvo inconsciente, Selene no le afectó, pero ahora que se estaba recuperando, no sabían cómo afectarían los cambios biónicos. Angie estaba preocupada; no había tenido en cuenta el cambio que sufría Marcus una vez al mes.

La noche antes de la luna llena, Angie llevó a los mellizos con su abuela y regresó con Marcus. Estaba segura de que, con unos leves cambios en la bioquímica, lograría fusionar las prótesis simbólicamente, tanto con Marcus en su forma humana como en la bestial. Inyectó el suero en el que había trabajado y se quedó junto a él, como había hecho siempre.

Cuidó de él en su transformación; cada convulsión y pulsión era atendida con mimo hasta que su piel se resquebrajó y sus huesos crujieron, dejando salir al licántropo regius de ojos azules, sorprendido por su brazo y su pierna.  

—Angie, lo has conseguido. Has logrado dotarme de un brazo y una pierna fabulosos —dijo Marcus con un susurro amoroso.

Continuará...

M. D. Álvarez 

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Nunca fui tuya.

Nunca fui tuya y quiero que lo sepas: mi corazón pertenece a otro que me trata con amor incondicional. Tú disfrutaste de mi cuerpo aunque yo no quería, pero ahora tengo a alguien que me ama por lo que soy. Me complace en la intimidad de mi habitación y es capaz de pelear por mí, dejándose la piel en ello.

No como tú, que en cuanto me usaste te volviste bruto e inmaduro; exigías mi cuerpo cuando te apetecía, pero ya se acabó. Si vuelves a intentar poseerme, no vivirás lo suficiente, ya que tengo a quien me protege. Ahora, lárgate, o te arrepentirás.

M. D. Álvarez

Historia de una familia dispar. XIV parte.

​La cirugía reconstructiva duró muchas horas. Marcus despertó en una habitación privada, sintiendo un peso inusual y una extraña frialdad en su lado izquierdo y derecho. Su primer instinto fue intentar incorporarse, pero un dolor sordo en los puntos de sutura lo detuvo.

​"Estás despierto," susurró Angie, que había estado velando junto a él. Sus ojos, enrojecidos por el cansancio, se iluminaron al verlo consciente. "Todo ha salido bien, mi amor. Son... perfectos."

​Marcus miró. Donde antes había un vacío ahora había un brazo cibernético de un titanio blanco nacarado que se fundía perfectamente con su piel. Las articulaciones eran casi invisibles, y en la palma de la mano brillaba una sutil luz azul que se atenuaba con su pulso. Su nueva pierna derecha era igualmente impresionante: elegante y fuerte.
​Intentó mover los dedos. Al principio fue una sensación extraña, como si la orden viajara más lenta de lo habitual, pero luego, el puño de titanio se cerró con una suavidad asombrosa.

​"¿Qué tal se siente?" preguntó Angie, sosteniendo su mano buena.

​"Pesado... y a la vez, increíblemente ligero," respondió Marcus, girando el brazo. Luego miró a su esposa con una sonrisa, aunque sus ojos reflejaban la preocupación. "¿Y los niños? ¿Dónde están?"

​"Están con la abuela por hoy. Pero mira esto..."

​Angie se levantó y le mostró un pequeño chip del tamaño de una moneda.

​"Es un sistema de adaptación neuronal que he estado diseñando. En unos días, cuando te lo implanten, el brazo y la pierna se sentirán como tuyos. No solo eso, tienen sensores de presión y temperatura. Podrás distinguir el tacto de la seda, el calor de una taza de café..."

​Marcus no pudo evitar la emoción. Era más que una prótesis; era una extensión de sí mismo, diseñada con amor y genio.

​En ese momento, la puerta se abrió. No era la enfermera, sino Devastación. El pequeño se detuvo en el umbral, con sus grandes ojos fijos en el brazo de Marcus. El niño, de casi ocho meses, nunca había visto el brazo herido, solo el hueco.

​Dio un paso hacia adelante. Luego otro. Cuando estuvo junto a la cama, alzó la vista hacia el rostro de su padre y, por primera vez, una sonrisa amplia y sin reservas se dibujó en su rostro. Su pequeña mano regordeta se extendió.

​"Papi, fuerte," dijo Devastación, con voz grave y clara, posando su manita sobre el frío titanio blanco.

​Marcus sintió un nudo en la garganta. No eran las palabras que un padre esperaba (como un simple "mamá" o "agua"), pero eran las palabras perfectas. Su hijo, al verlo restaurado, lo había reconocido y había roto su silencio.

​"Sí, hijo," susurró Marcus, con lágrimas de felicidad. "Fuerte. Gracias a mami."

​Angie sonreía, limpiándose una lágrima furtiva. Ahora, con Marcus completo y Devastación hablando, sentía que su familia estaba, por fin, a salvo.

Continuará...

M. D . Álvarez 

martes, 8 de septiembre de 2026

Los Pilares Cosmicos.

Los Pilares Cosmicos eran el lugar donde un cúmulo de quásares y jóvenes galaxias se formaban, pero algo estaba pasando: los observatorios astronómicos habían detectado la disminución de galaxias, quásares, púlsares y estrellas.

Era como si tuvieran una falta de materia y energía, y si los Pilares dejaban de producir y seguir expandiendo el cosmos, este universo no tendría razón de ser y se colapsaría e implosionaría, destruyendo este universo.

Héctor surcó los espacios vacíos hasta llegar a los Pilares. Lo que debía hacer era reactivar el crisol de cúmulos estelares, preñados de estrellas.

Héctor extendió su mano hacia el núcleo de los Pilares. No era un crisol muerto, sino un útero dormido. 

Concentró su esencia, no para crear, sino para recordar: cada explosión de supernova, cada susurro de hidrógeno, cada latido de púlsar. 

Su memoria se fundió con la matriz cósmica. Los filamentos de polvo comenzaron a brillar, no con luz nueva, sino con la reverberación de lo que ya había sido. Los quásares despertaron como ecos, las galaxias jóvenes se replegaron sobre sí mismas, no para nacer, sino para soñar su propio origen. El colapso se detuvo.

Tras lo cual regresó a la pequeña joya azul que era su planeta de origen.

M. D. Álvarez 

Historia de una familia dispar. XIII parte.

—Papi, bueno, -dijo Esperanza con su recién estrenada lengua de trapo.

—Sí, mi princesita, gracias a ti, tesoro, -respondió Marcus, aún recuperándose.

Angie cogió a Esperanza y la dejó en la canastilla, y sacó a Devastación, que permanecía serio; todavía no había dicho sus primeras palabras, seguramente por el trauma de ver a su padre casi muerto.

—Ves, Devastación, papá ya está mejor, dijo Angie. El pequeño escrutó el cuerpo de su padre en busca de un punto débil, hizo un gesto con los brazos; quería que Marcus lo cogiera en brazos, pero Angie le susurró: —Todavía no, mi tesoro, todavía tiene que recuperarse, -dijo, viendo el hueco donde antes estaba su brazo izquierdo y el hueco donde antes estaba su pierna derecha.

Transcurridos un par de meses en recuperarse de las heridas, Angie, mientras tanto, trabajaba en un prototipo de brazo y pierna biónicos.

Llegó el día en que Marcus debía someterse a una operación reconstructiva, donde le fue implantado el brazo y la pierna.

Continuará...

M. D. Álvarez 

—Papi, bueno, -dijo Esperanza con su recién estrenada lengua de trapo.

—Sí, mi princesita, gracias a ti, tesoro, -respondió Marcus, aún recuperándose.

Angie cogió a Esperanza y la dejó en la canastilla, y sacó a Devastación, que permanecía serio; todavía no había dicho sus primeras palabras, seguramente por el trauma de ver a su padre casi muerto.

—Ves, Devastación, papá ya está mejor, dijo Angie. El pequeño escrutó el cuerpo de su padre en busca de un punto débil, hizo un gesto con los brazos; quería que Marcus lo cogiera en brazos, pero Angie le susurró: —Todavía no, mi tesoro, todavía tiene que recuperarse, -dijo, viendo el hueco donde antes estaba su brazo izquierdo y el hueco donde antes estaba su pierna derecha.

Transcurridos un par de meses en recuperarse de las heridas, Angie, mientras tanto, trabajaba en un prototipo de brazo y pierna biónicos.

Llegó el día en que Marcus debía someterse a una operación reconstructiva, donde le fue implantado el brazo y la pierna.

Continuará...

M. D. Álvarez 

lunes, 7 de septiembre de 2026

Protocolo Alecto. III parte.

La mirada de Marcus era un interrogatorio en sí misma. Angie sintió el peso de su propia culpa, pero también el miedo a perderlo. ¿Cómo explicar que todo, incluso la mentira, había sido por él?

—El Protocolo Alecto —susurró, evitando sus ojos y fijándose en la sangre que le teñía la camiseta— no era solo un plan de defensa. Era un dique. Y yo era la ingeniera. —Alzó la vista, desafiante—. Guardaba los parámetros para contener una fuerza superior, sí. Pero no era una fuerza externa, Marcus. Era la que llevas dentro.

El protocolo Alecto guardaba unos parámetros de defensa ante fuerzas muy superiores. Había tomado el nombre de la Erinias Alecto, la más sanguinaria y vengativa de las tres. Marcus encerraba en su interior la sangre inmortal de la erinia, más despiadada, implacable e incesante en impartir los castigos más brutales. Pero había que doblegar su ira de alguna forma que no pareciera forzada; por eso, Angie lo seguía a cualquier lugar, por si acaso se daba lugar a un encuentro fortuito. Un buen día, en medio del bosque, Marcus escuchó un chasquido y se giró a tal velocidad que la vio.

—¿Por qué me sigues, joven doncella? —preguntó con una mirada glacial.

—Tan solo disfrutaba de tu porte. ¿No te han dicho que pareces un dios?

—No digas tonterías —respondió incómodo, ya que nadie le había piropeado antes.

—Me gustaría acompañarte, si no te importa —dijo ella, cogiéndose de su brazo. Él no tuvo más remedio que concederle aquel capricho, y ahí fue donde comenzó el proyecto Alecto.

Angie comenzó siendo la domadora, pero terminó enamorándose de Marcus. Comprendía por qué él estaba molesto con ella, pero estaba segura de que aún la quería.

M. D. Álvarez 

Historia de una familia dispar. XII parte.

Eres capaz de parar una manada de sauropodos rabiosos con tan solo un gesto —dijo Angie al cuerpo casi irreconocible de Marcus—. No te puedes rendir ahora, te necesito más que nunca, tus hijos te necesitan —susurró entre sollozos.

Él no la oía; se debatía entre la vida y la muerte y parecía ir perdiendo.

Esperanza se encaramó a la cama y, con su dulce manita, tocó el brazo casi destrozado de su padre. Hubo una leve reacción; 

Angie lo percibió y observó cómo la pequeña Esperanza se mantenía como en trance. Se acercó al oído de su padre y gorjeó de forma misteriosa. Angie vio cómo Marcus abría los ojos; el dolor tuvo que ser atroz, pero no emitió ni un quejido.

Esperanza se volvió a mirar a su madre y señaló con su pequeña manita a su padre.

—Mi sol, lo has traído de huerta —dijo Angie, abrazando a su pequeña, que soltó una deliciosa sonrisa.

Continuará...

M. D. Álvarez

domingo, 6 de septiembre de 2026

Protocolo Alecto. II parte.

Marcus emitió un gruñido que terminó en un acceso de tos seca. Se llevó la mano al costado, donde el dolor era una brasa al rojo vivo. Sus dedos palparon con precisión de cirujano el punto de fractura bajo la piel hinchada.

—El plan era sencillo —dijo, con una voz áspera por la deshidratación y los golpes—. Esperar a que se acercara solo uno. Romperle el cuello con la cadena de las esposas. Usar su arma para los otros dos.

Angie lo observaba, su sonrisa desvaneciéndose lentamente. Marcus no la miraba a ella, sino a un punto en la pared manchada de la celda, como si estuviera revisando una ecuación que hubiera salido mal.

—Llevaba tres ciclos contando sus patrones. Entraban cada diecisiete minutos. El grandullón siempre se quedaba atrás, cerca de la puerta. El que habla mucho se acercaba a provocar. El tercero, el metódico, era el que se aseguraba de que no perdiera el conocimiento... hasta hoy. —Hizo una pausa, respirando con cuidado—. Su ritmo cambió. Se aceleraron. Algo les ha puesto nerviosos. Iba a ser en el próximo turno.

—¿Y por qué no lo hiciste antes, jefe? —preguntó Bran, con una mezcla de admiración y incredulidad—. ¡Llevaban dos días dándote palizas!

Finalmente, Marcus giró la cabeza y su mirada, de un azul glacial, se posó en Angie. No había reproche, sino una certeza fría.

—Porque necesitaba saber por qué me interrogaron sobre el Protocolo Alecto —dijo, dirigiendo sus palabras directamente a ella—. Y solo hablaban cuando creían que estaba inconsciente. Lo mencionaste una vez, Angie. En confianza. ¿Cómo lo saben ellos?

El silencio que cayó en la pequeña sala de torturas fue más espeso que el olor a sangre y desinfectante. La sonrisa de Angie había desaparecido por completo. Adler y Bran intercambiaron una mirada cargada de desconcierto.

Angie abrió la boca para hablar, pero Marcus, con un esfuerzo sobrehumano, se puso de pie, apoyándose en la pared. El Flumazenil le devolvía la claridad a sus sentidos, y con ella, una sospecha que era más dolorosa que cualquier costilla rota.

—No me rescaten —masculló, escupiendo un coágulo de sangre al suelo—. Sáquenme de aquí. Y luego, Angie, me vas a contar qué más hay en esa cabecita tuya que yo he estado protegiendo sin saberlo.

Continuará...

M. D. Álvarez 

Historia de una familia dispar. XI parte.

—Te oí; me diste las fuerzas suficientes para zafarme de esa bestia despiadada, pero me ha marcado y esta noche volverá a la caza.

—No sabe con quién se está metiendo. Tú eres el licántropo regius por antonomasia; nada puede contigo. -Susurró al oído de Marcus, y luego lo besó con delicadeza. Después, limpió el zarpazo del pecho de Marcus y lo cubrió con un apósito. —Además, recuerda que yo siempre te apoyaré y te daré aliento cuando te encuentres perdido.

Marcus la miró con aquellos ojos azules que la desarmaban y dijo: —Debo ser más fuerte por ti y por los pequeños. No puedo dejar que me doblegue una criatura, por muy aterradora que parezca.

En aquel preciso instante, asomaron las cabecitas de Esperanza y Devastación al borde de la cama; los dos miraban con preocupación a su padre. Marcus se incorporó y los cogió con mimo, primero a Esperanza, diciéndole: —Tranquila, mi preciosa Esperanza, estoy bien. Solo ha sido un mal sueño. Después, cogió a Devastación y dijo: —Tú tienes que ser más fuerte que yo. Sé que tus sueños son aterradores, pero cuando te observo dormir, no hay ni una pizca de miedo en tu rostro. 

Esperanza y Devastación se miraron y sonrieron; sabían que su sonrisa daría fuerzas a su padre.

Continuará...

M. D  Álvarez 

  

sábado, 5 de septiembre de 2026

Protocolo Alecto

Fuerte como un oso, pero de apariencia grácil, ágil y valiente, se crece ante las adversidades. En aquel momento, estaba recibiendo un correctivo bestial hasta que uno de los que lo vigilaban se dio cuenta y dijo:  
—Deja ya de castigarle, ¿no ves que está inconsciente?  
El que lo golpeaba no se había percatado; le había roto varias costillas, pero no pareció preocuparse y siguió castigando su hígado.  
—Te he dicho que lo dejes, al menos hasta que se despierte.  

Todo ello era observado por su comando, que asistía horrorizado ante semejante salvajismo. Solo uno de sus soldados mantenía la calma. En cuanto aquellas bestias dejaron la sala de torturas, salieron del canal de refrigeración.  

Angie O'Brien ordenó a Adler y Bran que lo descolgaran con cuidado. Una vez en el suelo, le suministró una ampolla de Flumazenil, que hizo efecto casi de inmediato. Antes de despertarse, Bran preguntó a Angie:

—Angie, ¿sabes por qué no se defendió?

—Creo que, por mi culpa, he domesticado su furia y lo he hecho más sumiso —dijo ella, derramando una lágrima perdida que fue a caer en el rostro de Marcus.

Al sentir aquella lágrima, Marcus abrió los ojos perplejo y se sentó, a pesar de las costillas rotas. Dijo: "¿Qué ha sucedido? ¿Qué hacen aquí?"

—¡Serás un energúmeno! Mira que no darnos las gracias por haberlo rescatado —bufó Adler.

—Adler no está en su naturaleza el ser rescatado; todo lo contrario, él se sentiría mucho mejor si fuera él quien nos rescatara, respondió Angie secándose las lágrimas. —Marcus siempre ha sido un pilar de protección; nunca dejará de luchar por nosotros a pesar de la paliza que estaba recibiendo. Estoy segura de que tenía un plan para deshacerse de sus guardianes —refirió ella con aquella encantadora sonrisa.

Continuará...

M. D. Álvarez 

Historia de una familia dispar. X parte.

Llevaba días despertándose empapado en sudor y aterrado por atroces pesadillas. En ocasiones, la pesadilla lo mantenía paralizado, y Angie lo despertaba cuando percibía su cuerpo rígido y frío. Aquella noche fue especialmente aterradora; la pesadilla no lo dejaba despertarse. Angie trataba de despertarlo con delicadeza, pero se asustó al percibir un atroz zarpazo en el pecho. Lo zarandeó con fuerza y, ni aún así, logró sacarlo de la pesadilla.

Así que susurró al oído: "Mi vida, resiste. Lucha, tú eres más fuerte que esa pesadilla. Vuelve conmigo, Esperanza y Devastación te necesitamos".

Él podía oír su voz susurrándole ánimos y fuerza; solo así logró vencer a aquella horrible criatura de cuatro metros que lo amenazaba con sus ocho dantescos brazos, de los que logró zafarse y huir de aquel monstruo que lo aterrorizaba cada noche. Ella lo besó con delicadeza al percibir que había vuelto.

—Creí que te perdía, -susurró al oído. 

Continuará...

M. D.  Álvarez 

viernes, 4 de septiembre de 2026

Historia de una familia dispar. IX parte.

Marcus estudió el corte que Angie tenía en el brazo y salió disparado; tenía que encontrar un antiséptico. Había visto por allí cerca un árbol caído donde crecían Ganoderma applanatum, justo lo que estaba buscando. Cogió cuatro setas de buen tamaño y regresó junto a Angie, Esperanza y Devastación, que, aún a su tierna edad, daba muestras de tener un valor inquebrantable. Había permanecido alerta, protegiendo a su madre y a Esperanza.

Marcus regresó trayendo una buena provisión de leña y los cuatro hongos. Preparó una fogata, puso a hervir un recipiente y trituró los cuatro hongos, dejando que cocieran. Cuando hubo cocido un buen rato, vertió el rojizo líquido en un vaso y se acercó a Angie.

—Mi amor, bébete esto, te aliviará —dijo Marcus, ayudándola a incorporarse. Ella bebió todo el contenido y, al cabo de 15 minutos, se encontraba muchísimo mejor.

Esperanza observaba cómo su padre se desvivía por su madre.

—Mi vida, ven, mi preciosa princesita, ya estoy mucho mejor —dijo Angie, al ver la cara de preocupación de su pequeña Esperanza, que gateó hasta los cálidos brazos de su madre.

Devastación se acercó temeroso, y Angie percibió el miedo en su pequeño. Tendió su grácil brazo hacia su hijo, que raudo se acomodó al lado de su hermana.

Marcus asistía con orgullo y algo de preocupación; el remedio era temporal, y tenía que llevarla a un hospital.

—Marcus, mi amor, no te preocupes, mi sistema inmunitario es fuerte y me recuperaré enseguida —dijo Angie, observando la cara de preocupación de su querido esposo.

Continuará...

M. D. Álvarez 

En atajo peligroso

Tenía un presentimiento al adentrarse en aquella callejuela. Había muchos recovecos donde ocultarse para tenderle una encerrona, pero era el camino más corto que lo llevaría al encuentro con su amada, que lo esperaba con prontitud. 

En cuanto puso un pie en aquella calle tan estrecha, supo que tendría que luchar hasta llegar donde su amada lo esperaba. En la primera esquina, un celador le salió al paso e intentó apuñalarlo, pero se desembarazó de él con un movimiento rápido. 

En la siguiente curva, una metetriz se le insinuó, pero perdía el tiempo con él. Siguió avanzando y, con cada paso que daba, más y más adversarios le salían al encuentro. A pesar de todo, supo librarse de todos ellos. Cuando finalmente divisó la casa de su amada, la vio asomada a la ventana. Corrió cual lobo hasta su alféizar, y encarándose en él, le robó un apasionado beso.

M. D. Álvarez 

jueves, 3 de septiembre de 2026

Historia de una familia dispar. VIII parte.

Devastación estaba preparado para sorprender a su padre. Lo había estado acechando, como él le había enseñado, agazapado sobre aquel risco. Esperó pacientemente a que hiciera su aparición su padre, el cual ya lo había detectado nada más entrar al claro, pero decidió darle una oportunidad. Todavía no había cumplido el año y ya cazaba conejos, liebres y aves. Se situó dando la espalda al risco y esperó pacientemente a que Devastación saltara y se encaramara a su espalda. Cuando sintió sus regordetes bracitos agarrarlo, se giró y lo abrazó con verdadero amor.

—¿Ves cómo, cuando tienes paciencia, puedes atrapar al depredador más grande? —dijo Marcus, alzando a chiquitín Devastación, que lo miraba con orgullo.

Angie y Esperanza habían asistido al juego de acecho y derribo con caras de orgullo. Angie amaba a Marcus por su dedicación y cuidado de los mellizos, y Esperanza idolatraba a su padre y respetaba a su hermano por el valor demostrado.

—¿Cuánto tiempo lleváis ahí? —preguntó Marcus sin girarse.

—"Lo suficiente, mi amor", dijo Angie, recogiendo a Devastación de los brazos de Marcus. El chiquitín estaba rendido y se durmió en los graciles brazos de su madre, mientras Esperanza estiraba los bracitos hacia su padre, que dulcemente la tomó con ternura.

—¿Quién es la niña de papá? —dijo Marcus, arremolinando la cabellera pelirroja de Esperanza.

La chiquitina se giró hacia su madre y señaló.

—Jaja, no, mi amor, tú eres mi niña; tu mamá es mi gran amor —rió satisfecho Marcus.

Continuará...

M. D. Álvarez 

La herencia de sangre.

—Mira quién ha cazado un auténtico wurdulac, -dijo el príncipe, señalando a su mejor cazador con una sonrisa endiablada.

​El cazador se inclinó ante el príncipe, pero al levantar la cabeza, sus ojos brillaron con un destello ámbar. 

La wurdulac, aún encadenada, soltó una risa seca: —No me has cazado, hijo. He dejado que me atraparas.

​El príncipe palideció. El cazador sintió un ardor en el pecho: la mordedura de la noche anterior no había sido un sueño. Los guardias retrocedieron al ver cómo sus colmillos se alargaban. 

—Bienvenido a la jauría —susurró la joven wurdulac, rompiendo sus cadenas con un tirón. El príncipe ordenó disparar, pero ya era tarde: el mejor cazador era ahora el más voraz de los monstruos.

M. D. Álvarez 

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Teotihuacan

Aquella losa era su piedra de toque; allí era donde los hombres se convertían en dioses. Una vez pisada, ya nada sería igual, pero debía convertirse en algo más; si no, no podría proteger todo lo que amaba, y él lo sabía. Aunque tuviera que morir un millón de veces, lo prefería a ver sufrir a su amada.

Cuando traspasó la losa para entrar en la majestuosa ciudad de Teotihuacan, sintió cómo un millón de agujas atravesaban su cuerpo. La transformación había comenzado; ahora era cuestión de que su cuerpo aguantara su transformación en un dios protector. Nadie sabe cuánto tiempo le llevó fortalecer su cuerpo para trascender al plano divino.

Transcurrieron meses hasta que volvió a pisar la piedra de salida; su aspecto era imponente y majestuoso, con un tocado cubierto de plumas de quetzal. Recibió el nombre de Ixtololojuan iluikak.

La única que lo reconoció fue su amada, que al verlo llegar con semejante porte se postró ante él. Sorprendido, la alzó con ternura y dijo: —No tienes que postrarte frente a mí, soy yo quien te debe devoción. He traspasado los muros de la divina ciudad de Teotihuacan para poder protegerte de todo mal, mi apasionada y dulce compañera.

M. D. Álvarez 

Teotihuacan: Lugar donde los hombres se convierten en dioses

Ixtololojuan iluikak: Ojos del cielo.

Historia de una familia dispar. VII parte

Cuando lograron desescombrar, hallaron a Marcus hecho un ovillo. Angie se acercó con cuidado y posó su delicada mano sobre la cabeza de Marcus, y preguntó: "¿Y los mellizos dónde están?"

—Aquí —dijo, abriendo los brazos—. Esperanza y Devastación dormían como ceporritos. Angus ayudó a sacar a Marcus de aquel hueco que él había logrado mantener estable con un campo de energía.

Angie se arrodilló junto a los mellizos, observando sus rostros serenos. A pesar del caos que los rodeaba, Esperanza tenía una sonrisa apenas perceptible, mientras Devastación fruncía el ceño, como si soñara con tormentas.

—El campo de energía está debilitándose —advirtió Angus, con la voz tensa—. No sé cuánto tiempo más podremos mantenerlo.

Marcus se incorporó con dificultad, sus ojos aún brillaban con el resplandor azul del esfuerzo. Miró a Angie, luego a los niños, y finalmente al cielo, donde las nubes comenzaban a girar en espiral.

—No podemos quedarnos aquí —dijo—. Si el núcleo se activa, todo este sector colapsará.

Angie asintió. Buscó unas nuevas coordenadas para la reubicación.

—Hay una salida a 500 metros al norte que nos transportará a tu región de origen, Marcus —refirió con determinación Angie.

Continuará...

M. D. Álvarez 

martes, 1 de septiembre de 2026

Historia de una familia dispar. VI parte.

Marcus, ¿estás ahí? La oyó llamarlo con desesperación.

—Sí, tranquila, los tengo a los dos —respondió Marcus, asegurándose de que Esperanza y Devastación se encontraban sanos y salvos. Los dos dormían en los brazos de su padre.

—No te muevas, voy a traer un equipo de rescate.

—No me moveré, he conseguido estabilizar una burbuja de aire. No voy a ponerlos en peligro. Date prisa.

—Ok, vuelvo en dos minutos.

Angie salió a la carrera en dirección al cuartel general, donde habían detectado el temblor y se estaban preparando para realizar los rescates necesarios. Angus la vio llegar pálida.

—Angie, ¿dónde está Marcus y los pequeños?

Están atrapados en un derrumbe ha logrado crear un campo de fuerza; no sé si Marcus podrá mantenerlo por mucho tiempo. Los mellizos están con él.

Angus llamó al equipo completo y se dirigió a la habitación donde Angie le había indicado. El equipo de extracción se puso a quitar escombros.

Continuará...

M. D. Álvarez