lunes, 22 de junio de 2026

No es un buen día. II parte.

—Pero no estas muerto —susurró ella, acariciando su frente—. Y no lo estarás, mientras yo pueda sostenerte aquí.

Marcus abrió los ojos en el mundo real, jadeando. El dolor en su pecho era real, pero también lo era el calor de su mano. Ella seguía allí, en la penumbra de la habitación, con esa mirada que lo anclaba a la vida.

—¿El mastodonte? —preguntó con voz rota.

—Derrotado. Como siempre. Como todo lo que intenta separarte de mí.

Él sonrió débilmente. Sabía que ella no era solo un sueño. Era lo único real en medio de aquel laberinto de pesadillas que su mente enferma construía cada noche.

Y entonces, en la oscuridad, algo rugió de nuevo.

—No ha terminado —dijo Marcus, incorporándose con esfuerzo—. Esta vez… esta vez no huiré.

Ella apretó su mano y lo miró a los ojos.

—Entonces yo tampoco.

Y juntos, esperaron la siguiente oleada.

M. D.  Álvarez 

Liberación.

Desolación, destrucción y devastación era todo lo que alcanzaba a ver. No había ni rastro de sus amigos, pero su corazón le decía que estaban vivos. Sus orejas buscaron cualquier sonido; a tres kilómetros, percibió un leve crujido y se dispuso a reconocer el lugar. 

Vio una roca de unas 7 toneladas; el crujido salía de debajo de la roca. Intentó levantar tamaña roca, pero no lo logró. Se puso a escapar, estaba seguro de que el crujido venía de debajo de la piedra. Logró abrir una zanja; bajo la piedra se abría un acceso a un subterráneo. Se coló por la abertura y avanzó a oscuras. Hasta que su vista se acostumbró, al fondo del pasadizo vio tres sombras que se volvieron al escuchar palos. Una de las sombras avanzó a tientas hacia él; cuando llegó a su altura, utilizó su mano para reconocer su rostro.. 

—Eres tú, la oyó decir, —pero no estabas en coma.

—Nada me impediría acudir a rescataros —dijo él con determinación—. —Vamos, tenemos que salir de aquí —dijo mientras los guiaba a través del pasadizo. Ayudó a salir a cada uno de sus amigos, tras lo cual utilizó el teléfono vía satélite para pedir la evacuación.

M. D. Álvarez 

domingo, 21 de junio de 2026

Derribando muros.

Ella era capaz de doblar sus expectativas con su chico; lo domaba como a un potro salvaje, pero había visto algo en su mirada: su determinación y su amor por ella lo volvían impulsivo e indómito. Solo ella era capaz de doblegar su impulsividad. 

Lo descubrió en un enclave aislado donde los de su clase podían correr libres, pelearse entre ellos y gozar de las mieles de la victoria. 

En cuanto él la vio, desplegó todo tipo de saltos y enfrentamientos con los suyos. Ella había tocado su noble e indómito corazón; luchó con bravura y dedicación. Sus combates duraron semanas, pero estaba dispuesto a morir por ella.

Cuando por fin todos los pretendientes fueron vencidos, se aproximó a ella, recogió una hermosa flor que crecía en aquel enclave. Sus hermosos colores rosáceos, lilas y anaranjados la sorprendieron. Aquella flor era su forma de declararle su amor. Eran dos seres de distinta clase social, pero el amor que él le profesaba derribaría los muros sociales.

M. D. Álvarez 

Aratortas, la danza de los golpes que apagan estrellas.

Mi arameo está un poco oxidado, pero mi aratortas no, bufó lanzando una andanada de sopapos.

Los golpes, precisos y contundentes, no iban dirigidos a un erudito, sino a los grotescos tentáculos de un Nihilith que emergían de un pórtico dimensional. Cada impacto resonaba con un chasquido seco y un olor a azufre quemado.

—¡Te dije, Zath'rug! —gritó hacia la criatura—. ¡Mi arameo puede estar oxidado para sellar portales, pero para recordar los puntos de presión de un Dios Antiguo, mi memoria es impecable!

A su lado, un joven aprendiz observaba, boquiabierto, con un grimorio abierto. "Aratortas", anotó rápidamente en un margen. "En el dialecto coloquial de los últimos guardianes, significa 'la danza de los golpes que apagan estrellas'".

M. D. Álvarez 

sábado, 20 de junio de 2026

Hasta que la muerte nos separe.

Le había inutilizado los frenos, pero ella también pensó en lo mismo. Su matrimonio se suponía que iba bien, pero parece que no; él la engañaba y ella lo sabía. Su testamento le dio la idea: si él moría, heredaría todo. Él mantenía una relación con su secretaria, diez años más joven. Quería dejarla; ambos creían que se harían ricos heredando.

—Te veo después del trabajo —dijo él.

—Aquí estaré —respondió ella, lanzando una furtiva mirada a la mancha del líquido de frenos que comenzaba a salir de debajo del coche de él.

Ambos montaron en sus respectivos vehículos, pero ninguno de los dos volvió.

M. D. Álvarez

No es un buen día.

No es un buen día para ser un osito adorable —dijo ella, viendo el mastodonte con el que su adorado Marcus debía luchar por salir de aquel laberinto de aterradoras creaciones oníricas. Ella lo reconfortaba; sabía que en sus sueños Marcus era invulnerable. Lo único que podía dañarlo era su estado, y en aquel momento Marcus sufría tremendos dolores, pero no se arredró. Luchó con todas sus fuerzas contra aquel animal.

Ella posó su cálida mano sobre el pecho de Marcus, que sintió en su estado onírico la calidad de su estado. Aquello le dio fuerzas, pues aquel brutal monstruo lo estaba vapuleando. Con un último esfuerzo, logró zafarse del ataque de aquel ser y, con un aterrador golpe, asustado, con su poderosa garra desgarró el cuello del animal, que al verse herido mortalmente se retiró, dejando a Marcus exhausto y medio muerto. Si ella no lo hubiera llamado, seguramente estaría muerto.

Continuará...

M. D. Álvarez 

viernes, 19 de junio de 2026

Aullido lastimero.

Lo que vio lo horrorizó de tal forma que no pudo controlar los hechos que acaecieron a continuación. 

Se lanzó en una vorágine de furia y desesperación colina abajo, donde ella yacía envuelta en un charco de sangre. La rodeaban criaturas aberrantes y burlonas que no supieron lo que se les venía encima.

Con un rugido atronador, decapitó a cuatro de los seis que la rodeaban; a los otros dos los despedazó rabioso, tras lo cual se agachó a su lado y tomó su mano, depositándola sobre su cabeza, como acostumbraba a hacer cada vez que él acudía a saludarla. Pero aquella vez, la mano resbaló, inerte, perdiéndose entre sus cabellos. 

Él, desconsolado, aulló lastimosamente; aquello alentó a su manada, que acudió a su llamada de dolor, rodearon al joven líder y se unieron a él en su dolor.

M. D. Álvarez 

La pesadilla no duerme.

Lo suyo no fue un simple encontronazo con la muerte; fue algo más intenso y aterrador. Los vio morir a todos; solo podía luchar con todas sus fuerzas contra aquella dantesca pesadilla que lo torturaba, mostrándole las muertes tan atroces.

Cada noche, al cerrar los ojos, el silbido del viento se convertía en el mismo grito desgarrador de Marcus. La oscuridad de su habitación se poblaba de los destellos cegadores de aquellas explosiones, y el tacto de las sábanas se transformaba en el agarre febril de Angie, cuyo último suspiro aún sentía arder en su mejilla. No dormía; sobrevivía a turnos de guardia en su propia mente, un campo de batalla donde la trinchera era su cama y el enemigo, su memoria.

Una noche, se sorprendió al sentir una cálida mano sobre su frente. Abrió los ojos y ella estaba allí, mirándolo con preocupación; la había visto morir, igual que al resto de sus amigos.

—¿Estás bien? —preguntó ella al percatarse de la cara de estupor.

—¿Angie, eres tú? —logró balbucir.

—Claro que soy yo, ¿a quién esperabas? —preguntó con preocupación.

—No puede ser, te vi morir —dijo, sobrecogido por el dolor.

—Amor, estoy aquí. Mi vida no ha sido más que una pesadilla —respondió ella, colmándolo de besos.

M. D. Álvarez

jueves, 18 de junio de 2026

Sin remisión.

Corazón grande, noble, apasionado y terco, como una mula. Así lo describió su chica antes de conocerlo.

Cuando supo de sus intenciones para con ella, se abalanzó a su cuello y no paró de besarlo con ternura. Era el chico más encantador y reunía los requisitos y valores que ella deseaba.

Metió sus delicados dedos en su melena larga y ondulada, haciendo que él sueltara un suspiro y sonriera.

La miró a los ojos y disfrutó de una cálida mirada de color verde que hizo que se perdiera en ellos, siendo atrapado por ella sin remisión; sería suyo de por vida.

M. D. Álvarez 

Cicatrices del pasado.

Lo habían localizado por un error que ella cometió sin darse cuenta. Le había tomado una muestra de cabello y no comprendía por qué era tan esquivo con su familia. Mandó analizar su ADN; necesitaba conocer sus orígenes. Lo amaba demasiado y quería conocer a su familia. No comprendía por qué no hablaba nunca de sus orígenes. 

En cuanto  él vio a aquel hombre recio y espigado, supo lo que había ocurrido. 

—Ya te puedes ir por donde has venido —le espetó. 

—Hijo, no seguirás dolido por aquello. 

Ella asintió ante el dolor que le produjo aquella visita; el rencor seguía enraizado en su corazón. 

—Lárgate antes de que pierda la poca cordura que me queda —dijo entre dientes. 

Su padre se dio la vuelta y desapareció. 

Ella le pidió perdón; solo quería conocer sus orígenes..

¿Sabes por qué no te he dicho nada de mi familia? —dijo, recuperando el control—. Cuando era tan solo un crío, me obligaron a enfrentarme con un aterrador monstruo —dijo, visiblemente alterado—. ¿Sabes por qué no me quito la camiseta en público? Ni tú has visto mi piel —dijo él, quitándose la camiseta—. Dejó a la vista aterradoras cicatrices que cubrían tanto su espalda como su pecho. Ella supo todo el dolor que debió sufrir de niño.

Se sintió apesadumbrada y triste. Él se dio cuenta de que ella se sentía culpable y, cogiendo sus manos entre las suyas y con todo el amor que pudo imprimir a su voz, le dijo: 

"Tú no has tenido la culpa, tan solo tenías curiosidad y yo he sido demasiado reservado en lo que atañe a mi familia."

M. D.  Álvarez 

miércoles, 17 de junio de 2026

Mazmorra.

Siguían tratando de someterlo, pero ni el dolor más atroz conseguiría quebrarlo. La sala de torturas era el rincón favorito del verdugo, que continuaba despellejándole, pero él no emitía ningún grito; no iba a darles el gustazo de asustar a los demás prisioneros. 

El verdugo era paciente, se tomaba su trabajo a conciencia, y cuando terminó de torturarlo, lo echó a la celda donde estaban los demás prisioneros. Él, con las pocas fuerzas que le quedaban, se arrastró a la zona más oscura; no quería que los allí presentes sufrieran por el horror de sus cicatrices. Solo hubo un prisionero que se apiadó de él; era una rehén a la que habían secuestrado para pedir un rescate. 

Cuando vio sus heridas, no pudo reprimir un ahogado grito. Se sentó a su lado y le preguntó: "¿Por qué dejas que te torture? Eres demasiado joven para sentir semejante dolor".

—Lo hago por todos los que están en esta celda. ¿Crees que alguno de ellos soportaría tal dolor sin irse de la lengua? —respondió él, esbozando una desdibujada sonrisa.

—¿Pero cuánto más crees que podrás mantenerte sin romperte?

—Hasta que lleguen los refuerzos —respondió él en un tono casi inaudible.

De allí a un rato, un gran estruendo resonó en las celdas para dar paso a un batallón liderado por una hermosa licántropa que supo de inmediato la gravedad de las heridas de su aguerrido compañero. Desgajó los barrotes de la celda y lo vio.

—¡Serás desgraciado! Voy a matar a ese verdugo —bramó furiosa mientras lo recogía con delicadeza y lo sacaba de allí, mientras el resto del batallón liberaba a los prisioneros. La joven rehén trató de seguir a la licántropa, pero en cuanto esta se dio cuenta de que la seguían, se giró y le dijo: —No te inquietes, es mi marido. Voy a cuidar de él. Lo sacó de aquella mazmorra y lo subió a la gran nave donde disponían de cámaras de regeneración en las que podrían recuperarlo.

Ella volvió a la mazmorra a buscar al salvaje verdugo que había torturado tan cruelmente a su amado. Lo encontró escondido y muerto de miedo, pero no tuvo compasión de él; lo evisceró y desmembró como advertencia de que si alguien volvía a ponerle las manos encima a su marido, sería cruelmente castigado.

M. D. Álvarez 

La mejor pizza.

Añoro ese sabor tan delicioso a perejil y a ajo bien picado, espolvoreado sobre la masa fina de la mejor pizza que probé en aquella pequeña pero coqueta trattoria, regentada por una linda joven.

Hoy he vuelto a entrar y pedí una margarita. Tras disfrutarla, me acerqué al mostrador y pregunté: —¿cuál es tu secreto? Es la mejor pizza que he probado.

Ella, con una adorable sonrisa, dijo: —Mucho amor y el ingrediente secreto".  

—¿Y cuál es el ingrediente secreto? —pregunté con una sonrisa de agradecimiento.

—​—Eso, señor mío, es un secreto familiar —dijo ella—; ha pasado de madres a hijas.desde mi tatarabuela.

—Señorita... ha conseguido trasladarme a la niñez. Gracias de corazón —dije sonriendo.

M. D. Álvarez 

martes, 16 de junio de 2026

El secreto estaba en sus manos.

Añoro ese sabor tan delicioso a perejil y a ajo bien picado. Era el alma de la cocina de mi abuela, un perfume verde y punzante que anunciaba el banquete mucho antes de que los platos llegaran a la mesa. 

Recuerdo verla picar las hierbas con un ritmo hipnótico sobre la tabla de madera gastada. Aquel aliño sencillo transformaba el pan humilde en un manjar de reyes. 

Hoy, aunque sigo su receta al pie de la letra, el aire no vibra igual. Quizás el ingrediente secreto no era la proporción, sino sus manos cansadas y llenas de amor

M. D. Álvarez 

lunes, 15 de junio de 2026

A la sombra de ella.

Añoro ese sabor tan delicioso a perejil y a ajo bien picado que elaboraba mi madre para sus guisos. Platos que intenté repetir cuando nos dejó, pero sin conseguirlo.

Logro elaborarlos, pero no tienen su esencia. Creo que me falta su amor por la familia y buena mano para la preparación de platos culinarios de renombre.

Es posible que me ocultara algún secreto o, más bien, que yo no tenga su mano para la cocina.

​Tan solo soy una sombra de ella y quizás no le llegue a la suela de sus zapatos; pero sigo intentando mejorar sus recetas, ya de por sí inmejorables. Sigo, simplemente, por ella

M. D. Álvarez 

domingo, 14 de junio de 2026

Los consejos de la abuela..

Añoro ese sabor tan delicioso a perejil y ajo bien picado. No sabía que aquello me salvaría la vida.

Al ver cómo se acercaba aquella criatura que me miraba con desdén y supremacía animal, con el único propósito de morderme el cuello, sentía una parálisis opresiva.

Y cuando noté que me mordía, percibí un cambio en aquel ser; su cara de asco y perturbación me dio fuerzas para clavarle la estaca en el corazón.

Menos mal que seguí los consejos de mi abuela, por muy estrafalarios que fueran. Si quieres dejar descolocado a un vampiro, no tienes más que rociarte con el dulce aroma del ajo y el perejil.

M. D. Álvarez 

sábado, 13 de junio de 2026

Exquisiteces.

Añoro ese sabor tan delicioso a perejil y a ajo bien picado con el que ella sazonaba la comida de su churri.

Él era su chico buenorro y atractivo, que se comía todo lo que le preparaba. Una noche, fue asaltada por un grupo de maleantes que tiraron por tierra el tupper donde llevaba la cena para él.

—¡Os vais a enterar de lo que vale mi chico! ¡Le habéis dejado sin cenar! —vociferó furiosa.

Tras el grupo, apareció un joven de pelo largo, ondulado y ojos azules que los estampó contra el suelo.

—Lo siento, mi amor. Vamos, te voy a preparar unas exquisiteces —dijo ella, besándolo con ternura.

M. D. Álvarez

viernes, 12 de junio de 2026

La pieza.

Añoro ese sabor tan delicioso a perejil y a ajo bien picado, sazonado sobre su áurea piel, que le daba un aspecto apetecible.

Aunque no se me permitía hincarle el diente a su tierna carne, no hasta que los mayores hubieran degustado su dulce pieza; y solo entonces se me permitiría saciar mi hambre con las pocas migajas que aquellos vejestorios se dignaran a dejarme.

Menos mal que mi augusta madre se valía de su rango y separaba una porción de su más que suculento cuerpo.

Aquella gacela había sido preparada para la manada.

M. D. Álvarez

jueves, 11 de junio de 2026

La ofrenda.

Añoro ese sabor tan delicioso a perejil y a ajo bien picado, sazonado con mimo sobre la comida ofrecida como dádiva a los dioses. Pero aquella ofrenda de paz estaba destinada a un aterciopelado licántropo; esa carne, sazonada con ese aliño, lo volvía loco y dócil. 

Los mismos dioses perdían la compostura por las ofrendas de aquella devota, que tenía como guardián a aquel lindo y atlético licántropo.

​—Este es tu plato; siempre será más grande que el de ellos porque tú eres mi amado y dulce guardián —dijo ella acariciando su denso pelaje.

Los dioses se sintieron ninguneados y trataron de arrebatarle su plato, pero sufrieron el ataque furioso.

M. D. Álvarez 

miércoles, 10 de junio de 2026

Bolita de pelo. 2da parte.

Pasaron quince inviernos. Yo ya no era aquella bolita de algodón que tiritaba en el hueco de un árbol; ahora mi sombra era larga, mis hombros anchos y mis pasos hacían callar al bosque. Me había convertido en el guardián de las sombras, en aquel al que los aldeanos temían sin conocer, pero mi corazón seguía anclado a aquel linde donde te vi desaparecer de la mano de tus padres.

Nunca me fui del todo. Te observé desde la espesura crecer, tropezar y hacerte fuerte. Sabía que habías vuelto cuando el aroma a jazmín y tierra mojada, ese que solo tú desprendías, inundó el aire del valle.
Te encontré en el mismo claro, sentada sobre una roca, mirando hacia la penumbra de los árboles. Ya no eras la niña de manos regordetas, sino una mujer de ojos verdes que parecían buscar algo perdido. Me acerqué con cautela, ocultando mis garras bajo el musgo, temiendo que esta vez el hombre que habita en mí, o la bestia que lo protege, te asustara.

Pero cuando una rama crujió bajo mi peso, no gritaste. Te levantaste despacio.

—Sabía que seguías aquí —susurraste, y tu voz era la melodía que me había mantenido cuerdo en las noches de luna llena.

Me quedé paralizado en la frontera entre la luz del sol y la oscuridad de los pinos. Mis ojos azules se encontraron con los tuyos. Por un instante, volví a sentirme aquel cachorro indefenso ante tu bondad. Diste un paso hacia mí, sin miedo al monstruo del que todos hablaban, extendiendo tu mano como lo hiciste aquella noche en el árbol.

—Todavía tiritas —dijiste con una sonrisa triste, notando el leve temblor de mi respiración contenida.

En ese momento comprendí que, aunque el mundo nos viera como la bella y la bestia, para nosotros el tiempo no había pasado. Yo seguía siendo tu protector, y tú seguías siendo mi hogar.

M. D. Álvarez 

martes, 9 de junio de 2026

Bolita de pelo.

Cuando contabas con dos añitos, eras muy lanzada. Te fuiste al bosque a pesar de que tus padres te habían advertido de que había un monstruo. Te encontré dormidita en un huequito de un árbol. Eras adorable, estabas tiritando y me tendí cerquita de ti para darte calor. Todavía tiritas y me acerqué otro poquito más a ti, tu pequeño cuerpecito; debiste de sentir el calorcito de mi cuerpo. 

Abriste los ojillos, que eran verdes, y me miraste extrañada en vez de asustada. Era una pequeña bolita de pelo suave y algodónoso. Abrí los ojos y te vi mirarme con visible alegría. Tus regordetas manitas juguetearon con mis diminutas orejillas.. 

Te debí de parecer achuchable, pues me agarraste con determinación de no soltarme. A pesar de ser tan chiquitín, podía ver tu bondad y, aunque notabas que no te quería hacer daño, permaneciste agarradita a mí y no querías soltarme. 

Al amanecer, escuché un leve crujido en la maleza y me levanté justo a tiempo; era un oso aterrador, pero no me moví de tu lado. Aún con mi aspecto de tierno peluche, enseñé mis colmillos; aquello no pareció amedrentar a tan fiero oso. Así que me alcé sobre mis dos patitas traseras y gruñí. No sé si por desidia o porque vio algo en mis ojos, el oso se alejó. Volví a tu lado; seguías durmiendo. Con los primeros rayos del sol, abriste tus adorables ojillos. Me tenías sujeto con suavidad, pero seguía despierto observándote.

El bosque despertaba. Los pajaritos trinaban a lo lejos y se oían voces que llamaban. Tú reconociste la voz de tus padres y, a pesar de tu corta edad, te levantaste. Te ofrecí mi lomo para que te apoyaras y te acompañé al linde del bosque. Dócilmente, te di un pequeño empujoncito con mi hocico y me adentré en el bosque. Me volví a mirar y te vi abrazando a tus padres; a la vez, tenías tus preciosos ojillos mirándome y sonriendo.

Aquella fue la primera vez que supe que te quería.

Continuará...

M. D. Álvarez 

lunes, 8 de junio de 2026

Heterocromía.

Sus ojos de dos colores, uno azul y otro verde, le conferían un don: era capaz de ver con su ojo azul mundos etéreos y con su ojo verde veía la vida en la que se encontraba su preciosa pareja. Su heterocromía la atraía como si no pudiera apartar sus ojos de los de él. Su talento le confería una visión amplia de ambos mundos y, en ambos espectros, ella era su pareja. 

Cada vez que la veía, sentía la irrefrenable necesidad de besarla con una pasión inusitada. Sus compañeros conocían su don y obedecían sus órdenes, pues era capaz de vislumbrar los ataques antes de que ocurrieran.

Respetaban su unión; es más, la alentaban. Sabían lo mucho que él había sufrido por su heterocromía; lo habían menospreciado hasta que ella lo encontró. No había logrado controlar su don, pero con ella su poder se centró y consiguió dominarlo.

Mientras él disfrutaba de la belleza de su mundo verde junto a ella, una sombra oscura comenzó a extenderse desde el mundo etéreo. Era un lugar que él había visto en visiones: un reino donde las criaturas se alimentaban del miedo y la desesperación, amenazando con cruzar hacia la vida real. 

Una noche, mientras contemplaba las estrellas junto a ella, sus ojos brillaron intensamente; la visión se hizo más clara. Vio cómo esa sombra buscaba infiltrarse en su mundo, arrastrando consigo el caos. La imagen era aterradora: seres alados y oscuros emergían, dispuestos a devorar todo lo que encontraran a su paso.

Con el corazón acelerado, se volvió hacia ella:

—Debo protegerte —le dijo con urgencia—. Necesito saber cómo detenerlos.

Ella lo miró fijamente, sus ojos reflejando una mezcla de preocupación y determinación.

—No puedes hacerlo solo —respondió—. Juntos hemos superado tanto; enfrentemos esto juntos.

Él usaría su don para anticipar los movimientos de los seres oscuros, mientras ella, junto a su grupo de amigos, luchaba bajo sus órdenes. En cada encuentro con esas sombras, su vínculo se reforzaba; cada victoria era un recordatorio de que juntos eran invencibles.

A medida que luchaban contra la oscuridad, descubrieron secretos ocultos sobre sí mismos y sobre el poder del amor verdadero: no solo podían luchar por su mundo, sino también por aquellos que no podían defenderse.

M. D. Álvarez 

domingo, 7 de junio de 2026

La yegua.

No sabe si será capaz de matarla. Con todo el tiempo que le había dedicado a aquella hermosa yegua, tras el accidente de su preciosa pequeña, lo único que iluminaba su angelical rostro era verla galopar libre. Hasta que una de sus patas se trabó en un hoyo y se partió. 

Aquello fue un duro golpe para su chiquilla. Probó todos los remedios, entablillando el metacarpo para no tener que sacrificar a la yegua favorita de su pequeña. Al final, el hueso soldó sin complicaciones, cosa que agradeció su dulce angelito. Su sonrisa era lo que más quería.

M. D. Álvarez 

sábado, 6 de junio de 2026

Arena roja.

No sabe si será capaz de matarla después de la titánica pelea contra ella. Exigieron que diera muerte con el pulgar hacia abajo. 

No podía ocultar los sentimientos hacia ella y se negó, siendo apartado de ella, que siguió luchando con valor y entereza, mientras a él lo ajusticiaban con una cuchillada en la cervical. 

Cuando ella finalizó la lucha, se dirigió al lugar donde él estaba tendido sin vida. 

El emperador alzó su pulgar como signo de vida, pero ella siguió abrazada a su amor, aún después de terminados los juegos. No lo dejó solo hasta que los camilleros lo sacaron de la arena.

M. D. Álvarez 

viernes, 5 de junio de 2026

Ronroneos.

Creyó perder la cordura con el leve roce de sus manos sobre su piel. La suma delicadeza con la que acariciaba su belluda piel hacía que se deshiciera de placer. Su animal acababa de surgir de forma espontánea, como llamado por las caricias que ella le propinaba. Con leves ronroneos, mostraba su estado de satisfacción; ella se fundió sobre su piel, abrazándolo y rozando con dulzura su hermosa piel dorada, llevándolo al éxtasis más apasionado. 

Al amanecer, él volvió a su ser; viéndola satisfecha, la besó cálidamente con tiempo y ternura. Ella le correspondió; había satisfecho al animal, ahora él la colmaría de caricias y besos. 

El sol se alzaba lentamente, tiñendo la habitación de un dorado suave que parecía abrazar sus cuerpos entrelazados. Ella sonrió mientras sus dedos jugaban con el cabello de él, sintiendo cómo cada hebra se deslizaba entre sus manos como si fueran hilos de luz. 

Él, aún embriagado por la experiencia de la noche anterior, se dejó llevar por el momento. La calidez de su piel contra la suya era un recordatorio palpable de lo que habían compartido. Con cada caricia, cada beso, la conexión entre ellos se hacía más fuerte, como si sus almas estuvieran entrelazadas en un eterno vals.

“¿Siempre será así?” preguntó ella en un susurro, mirando a los ojos de él con una mezcla de vulnerabilidad y deseo. 

Él sonrió y acarició su mejilla. “Siempre que estemos juntos, el animal siempre estará presente”, respondió, su voz profunda y tranquila. “Es parte de lo que soy.”

Ella se sintió reconfortada por sus palabras, pero también intrigada por lo que significaba esa dualidad en su relación. ¿Podrían mantener ese equilibrio entre lo salvaje y lo tierno? ¿Serían capaces de explorar las profundidades de su conexión sin perderse en el camino?

Decidieron levantarse y compartir el desayuno, una pequeña rutina que les traía felicidad. Mientras preparaban café y tostadas, las risas llenaron la cocina, creando un ambiente cálido y acogedor. Cada mirada cómplice y cada gesto cariñoso reafirmaban su vínculo.

A medida que el día avanzaba, ella sintió una chispa de emoción al pensar en las posibilidades que les esperaba. Quería explorar no solo el deseo físico, sino también los rincones más profundos de su ser compartido.

“¿Te gustaría salir a caminar después del desayuno?” sugirió ella con una sonrisa traviesa. “Quiero mostrarte un lugar especial.”

Él levantó una ceja, intrigado. “¿Un lugar especial? Ahora estoy aún más curioso.”

“Confía en mí”, dijo ella con una risa suave. “Te prometo que valdrá la pena.”

M. D. Álvarez 

jueves, 4 de junio de 2026

Un 4 de junio.

Mi nacimiento no fue esperado, pero aun así fui bien recibida. Os preguntaréis a qué viene esta reflexión; muy fácil: nací con un defecto físico: tenía un corazón enorme.

Los médicos dijeron que no lograría subsistir, pero aquí sigo, dando guerra. Pero a lo que íbamos, soy un ser con un poder muy especial.

Fui rescatada por mis amadas musas, que, tras perder a mis padres, se hicieron cargo de mí, arrullando mi sueño y cuidando de que mi existencia tuviera sentido. Y vaya si lo tiene: mi imaginación es desbordante y creativa, algo necesario en el mundo tan caótico que me ha tocado vivir.

Puede que en esta época, donde parece que estamos al borde de la destrucción total de nuestra existencia, sea necesario para algunos. Gracias a mis musas, he logrado acallar los gritos de dolor de un mundo agonizante y falto de imaginación.

M. D. Álvarez 

En manos de los hados.

Mi destino es escribir y escribir todo lo que puebla mi corazón. Soy heredera de los hados que me nutren con sus musas. No hay tinta suficiente para vaciar el torrente de mundos que claman por nacer bajo mis dedos, ni noche lo bastante larga para transcribir los susurros de quienes habitaron el ayer. Solo hay reinos de color y oscuridad, poblados por seres de luz y tinieblas que habitan en armonía, mientras que, como antaño, luchan por ganarse mi favor y lograr alcanzar su meta, naciendo de mi pluma.

A veces, cuando el silencio de la madrugada se vuelve denso, siento la presencia de la historia misma inclinándose sobre mi hombro. Es una melodía antigua y poderosa, un coro de voces ancestrales que me exige no olvidar. Ellos colocan el peso de su memoria en mis manos y yo, como una humilde guardiana del tiempo, transformo su aliento en papel. Cada palabra es un tributo; cada relato, un puente entre el mito y la carne. Mientras me quede un hálito de vida, sus verdades jamás se perderán en el olvido.

M. D. Álvarez 

El día de mi cumpleaños.

Una nueva vuelta al sol está comenzando hoy, y el aire de la mañana parece traer consigo una promesa silenciosa, pues era mi cumpleaños. No se trata solo de un cambio en el calendario, sino de esa extraña sensación de lienzo en blanco que nos regala el tiempo. 

Me detuve frente a la ventana, observando cómo los primeros rayos de luz teñían de ámbar las copas de los árboles, ignorantes de nuestras prisas y ambiciones.

​Atrás quedaron las tormentas del año anterior; ahora, el horizonte se extiende limpio, esperando a ser caminado. Sentí el impulso de dejar de lado los mapas viejos y las rutas conocidas. 

A veces, para avanzar, hace falta soltar el lastre de lo que "debió ser" y abrazar lo que está naciendo. Con un café entre las manos y el pulso tranquilo, di el primer paso hacia lo desconocido, dispuesto a dejar que este nuevo ciclo me sorprenda.

M. D. Álvarez 

miércoles, 3 de junio de 2026

Nadie le pone la mano encima a mi chica.

—¿ Qué ocurre, Angie? preguntó Marcus al ver el rostro asustado de ella.

—¿Has visto el tamaño de ese energúmeno? Te triplica en envergadura.

—Cuando me ha asustado el tamaño de los contendientes, ya sabes que nunca me amilano.

Angie, respirando con dificultad y mirando hacia atrás con nerviosismo, respondió:

Es más que eso, Marcus… Era enorme, sí, pero… había algo en sus ojos. Vacíos, oscuros, como pozos sin fondo. Y no hacía ruido al moverse. Ni siquiera sus pisadas sonaban en el suelo de madera.

Cuando pasó junto a mí, noté un frío… un frío que cala los huesos, como si el tiempo se hubiera detenido a su alrededor.

Marcus palideció levemente. —¿Estás diciendo que… no era humano?

—Lo dudo, susurró Angie, acercándose.  —Y ahora… ¿escuchas? Unas pisadas… lentas… arrastradas… por el pasillo.

Se hizo un silencio tenso. En la distancia, efectivamente, algo se movía con una lentitud antinatural. 

Marcus se interpuso entre Angie y la aterradora criatura nadie le pondría la mano encima a Angie 

Continuará...

M. D. Álvarez 

martes, 2 de junio de 2026

El poeta de la luna llena.

El poema que él nunca terminó lo torturaba; no tenía sosiego. Su alma estaba plasmada en aquellos versos, pero nadie debía saber para quién iban dedicados, aunque poco importaba si no lograba terminarlo. 

Ella lo embelesaba y hechizaba; cada noche de luna llena lograba sacar a relucir su naturaleza mundana, y era en esas noches cuando su genio fluía en forma de versos para su amada. 

Esa noche concluirá su prosa y lo recetará a tu amor, que desde lo alto del firmamento anhelaba sus dulces palabras.

M. D. Álvarez 

lunes, 1 de junio de 2026

Viaje de iniciación.

Su pelo caía en bucles suaves sobre sus anchos hombros. Su mirada, de un azul intenso, reflejaba la férrea determinación de salvar a sus compañeros de las garras de aquel descomunal puma de las montañas. 

Se interpuso entre ellos y aquella bestia salvaje, recibió una dentellada en su hombro derecho, pero pudo desembarazarse de la bestia, le desencajó las mandíbulas y le rompió el cuello con sus férreas manos. Su equipo, al ver sus heridas, corrió a socorrerle; la hemorragia era grave. Ella hizo fuego y puso a calentar un gran machete; cuando lo tuvo al rojo, lo aplicó sobre la herida, cauterizándola. 

El resto del viaje de iniciación lo realizaron a regañadientes; ellos querían volver, pero él insistió: el viaje era importante para el grupo, tenían que aprender a valerse por sí solos en la naturaleza. 

Él era el líder y venía de una familia de rastreadores; su naturaleza salvaje lo dotaba para moverse como un lobo por el bosque. Sin embargo, su equipo era urbanita y se perdía en un jardín.

A medida que el sol comenzaba a descender en el horizonte, el grupo encontró un claro donde establecer un campamento. El líder se sentó junto a una fogata; su herida habia dejado de molestarle despues de que ella le aplicara una pomada antibiotica se ausrnto durante tres horas en las que el equipo se mantuvo zanganeando en el claro solo ella había sido previsora y había preparado un lecho con hojas de helechos. Cuando el volvió traía un gamo y frutas silvestres que dejó cuidadosamente sobre la bandeja luego se puso a despellejar el gamo eviscerarlo y limpiarlo haciendo trozos más manejables que puso a la brasas

—"Los que han hecho algo durante el tiempo que he estado fuera comerán al resto yo les daré su razón, dijo sabiendo quien había colaborado.

Cogió el trozo más grande y otro un poco menor; el de mayor tamaño se lo quedó él y el otro se lo puso en el plato a ella. Al resto les dio 1/4 de libra a cada uno. Ellos lo miraron con hambre.  

—"Si hubierais prestado atención a mis sugerencias, os habría tocado un trozo como el de ella", rugió enojado. —"Eso será todo lo que comeréis hasta mañana."

Después de cenar, ella había preparado otro lecho cerca de ella, cubriendo las hojas de helechos con una gruesa manta de oso negro. Él le había enseñado a calentar un lecho con piedras calientes, y ella había puesto en práctica todas las lecciones que él le había enseñado. .

La primera guardia la realizó él; al terminar, se tendió sobre el suave, mullido y cálido lecho que ella había preparado para él. Al día siguiente, el grupo se puso las pilas y atendió a las explicaciones que él les daba. Les mostró cómo identificar huellas de animales y les enseñó a construir trampas simples con ramas y una cuerda. 

Su equipo se dedicó a plantar trampas, aunque tenían comida suficiente para tres semanas con el gamo que él cazó. Transcurridas dos semanas, el líder decidió levantar el campamento y dirigirse hacia el norte, a las montañas. Su hombro estaba curado gracias a los cuidados de ella. Ahora comenzaría lo duro; sabía que su equipo lo seguiría hasta el fin del mundo.

Hoy escalaremos sin cuerdas. "Atended y seguidme", dijo, dejando su pesada mochila cargada en la rama más alta y separada de un gran roble. Ella hizo lo mismo, y, por ende, el resto hizo lo propio. "Haced lo que yo haga y llegaréis arriba".

Tras cuatro horas de escalada sin cuerda, llegaron a la cima. Él había subido días atrás con arneses, cuerdas y clavos fisureros. Dejando a su grupo con caras anonadadas, la fortaleza y pericia de su líder eran extraordinarias.

—"Y ahora toca bajar", dijo, colocándose el arnés, ató la cuerda a un gran y recio árbol, comenzando el descenso. Ella lo imitó y siguió; el resto se quedó exhausto, tomando aire, y se puso en marcha, descendiendo tras ellos.

M. D. Álvarez 

domingo, 31 de mayo de 2026

Concebido en un eclipse.

Su leyenda había seguido creciendo hasta cotas inimaginables. Algunos le achacaban una leyenda negra en la que no todo era oro lo que reluce, pero él se había ganado los galones a base de esfuerzo y trabajo. 

Los que decían que no se lo merecía no conocían los entresijos de su portentoso nacimiento; fue un hijo muy deseado. Sus padres lo concibieron en el eclipse más extraordinario de todos los cielos, que se oscureció durante un lapso de tres días. Al finalizar su concepción, todos los signos eran buenos augurios: sería él el elegido para traer la paz al mundo que lo vio nacer.

Pero las malas lenguas lo acusaron de ser un advenedizo que se vanagloriaba de ser el mejor guerrero. Eso lo entristeció mucho; no comprendía cómo había gente tan mezquina que lo vilipendiaba, acusándole sin motivos. 

Su querida madre le enseñó a confiar en sí mismo y a escuchar el murmullo de la madre tierra; su padre le enseñó a luchar, a servirse de los elementos del planeta, dominar su fuerza y liberar su naturaleza indómita. No debía prestar oídos a aquellos que lo querían mal; solo debía prestar oídos al dolor de su planeta.

M. D. Álvarez 

sábado, 30 de mayo de 2026

Beso de buenas noches.

Ella finge dormir, esperaba el beso de buenas noches de su papá. Cuando llegó su mamá, le dijo: "Te espera para darte las buenas noches". Sintió los pasos aproximándose a su habitación, se cubrió con la sábana y esperó. Oyó la puerta y los cuidadosos pasos de su papá que se aproximaba a la camita de su preciosa bebita, que visiblemente divertida, esperaba que levantara la sábana para descubrir a su dulce angelito con una sonrisa deslumbrante. 

—Deberías estar dormida, dijo

—Beso, papá —dijo con una dulce sonrisa.  

—Claro que sí, mi tesoro —dijo, besándola dulcemente—. Y ahora a dormir —dijo, arropándola.

M. D. Álvarez 

Las 48 versiones..

Me estaba volviendo loco o estaba en un manicomio. Había 48 versiones de mí en la habitación, y todas insistían en que yo era la copia. Yo era el único que llevaba una camisa de fuerza; los demás casi logran convencerme de que yo era la copia, pero todos se giraron al oír el clic del picaporte y corrieron a esconderse, como si fuera fácil: 48 versiones ocultándose, unos detrás de las cortinas, otros tras una lámpara de pie y otros muchos tras el sofá. El único que quedaba era yo, atado con aquella camisa de fuerza. La puerta se abrió y apareció mi ángel protector, que corrió hacia mí ante el estupor de mis 48 versiones, que gesticulaban para atraer su atención.

—¡Mi vida! ¿Pero qué te han hecho? —dijo en alto para que los médicos acudieran raudos.

—Señorita, no se le ocurra quitarle la camisa de fuerza; nos ha costado lágrimas, sudor y sangre poder enfundársela.

Ella lanzó una de sus heladoras miradas y desabrochó la primera correa, y siguió desarrollando el resto, viendo cómo aquel medicucho de tres al cuarto palidecía de terror y salía pitando.

—Ya está, mi vida, vámonos de aquí.

Yo todavía veía a mis otras versiones en aquella habitación aséptica e inmaculada de un blanco nuclear que dañaba a la vista. Le susurré al oído: —¿Estamos solos en la habitación?

Ella me miró y miró alrededor; las versiones hacían aspavientos para llamar su atención.

—Solo estamos tú y yo, mi sol.

—¿Y esos 48, quiénes son? —pregunté visiblemente nervioso, pues veía que iban acercándose con cara de pocos amigos.

—Mi dulce amor, me estás asustando. Aquí no hay nadie, salvo tú y yo —refirió nerviosa.

La primera versión se fusionó conmigo, seguida de las otras 47. Cuando todas estuvieron en mi interior, pude percibir que todas ellas eran yo. Mi personalidad multifacética había creado tal cantidad de versiones que me saturé y las expulsé, quedando casi vacío, sin recuerdos. Ahora que había resuelto el puzzle, tuve acceso a recuerdos que ni sabía que tenía. 

Incluso acudieron a mí recuerdos de vidas pasadas y siempre estaba ella como denominador común; siempre había estado allí en cada vida y momento. Ella me mantenía cuerdo y anclado a ella por los siglos de los siglos.

Calmando mi furia con su melosa voz, apaciguaba al monstruo que pugnaba por salir todas las noches de luna llena, amenazando con destrozar mi maltrecho cuerpo.

En una de mis vidas anteriores, un licántropo me hirió y su sangre se mezcló con la mía, maldiciendo mi existencia para toda la eternidad. Si no fuera por ella, no habría logrado sobrevivir, y ahora acudía de nuevo en mi auxilio al enterarse de que me habían detenido por desorden público y, tras un juicio rápido, ingresé en el psiquiátrico de Blackwell's Island.

Nos dirigimos hacia la salida; tuvimos que atravesar los tres niveles con sus celdas a ambos lados, todas ellas cerradas a cal y canto. Tan solo se escuchaban los gritos de angustia de los encarcelados. Cuando ya creíamos que esta era la salida, el facultativo se plantó en jarras con un grupo de seis recios celadores que, con porras, esperaban la orden de reducirnos. Ella los fulminó con la mirada, pero yo la aparté a un lado. Justo en ese momento, la luna llena se reflejó en el espejo de la entrada. La bestia se despertó y, ya fuera por el temor hacia ella o porque tenía sed de sangre, actuó de forma bestial, despedazando al matasanos y a los seis celadores. Visto el percal, intentaron huir, pero no hubo escapatoria.

Ella, en vez de huir presa del pánico, se acercó y susurró a mi oído: —Calma, mi dulce amado, ya está, ya somos libres. 

Se dirigió al portalón que parecía cerrado con barras de travesaños que habían sido fijadas con anclajes sellados con pernos de seguridad, pero nada lograría retenerme allí.

Me fui hacia la puerta y la desencajé sin dificultad. Una vez fuera, la cogí en brazos y emprendí una carrera desenfrenada. Las alarmas habían saltado y, en apenas diez minutos, la policía se personaría en el psiquiátrico; por eso teníamos que poner tierra de por medio.

Cuando estuvimos lo suficientemente lejos, la deposité con cuidado en el suelo. Llevaba toda la noche corriendo y el alba estaba despuntando. La bestia retrocedió, volviendo a mi terror.

Ella me miró como solo ella sabía; no necesitaba palabras. Me abrazó y el llanto llegó, un llanto desesperado, contenido hasta estar a salvo.

—¿Qué ocurre, mi vida? —pregunté, compungido.

—Creí que te había perdido en el laberinto de tu psique. No podía creer que te hubieran detenido y, mucho menos, que te encerraran en ese maldito lugar.

—Siento haberte preocupado, no fue esa mi intención —susurré, cabizbajo.

—¿Y qué ocurre con tus 48 versiones? —preguntó con suavidad.

—Ya no están, se fusionaron conmigo y ahora todo está en orden —respondí con un cierto toque de temor, ya que sabía lo de mis 48 versiones.

Ella pareció percibir mi temor y dijo: —Nuestro amor se forjó en los albores de la creación y en cada reinicio tú guardas una copia de ti con todos nuestros recuerdos. ¿Sabes cuántos reinicios de universos hemos presenciado tú y yo?

—¿49? —dije al percatarme de lo que significaba aquello. 

Ella asintió; era mi igual. Sin ella, no habría reinicio posible. Guardaba, igual que yo, sus distintos reinicios con sus consiguientes personalidades. Somos el principio y el fin del multiverso, guardianes del saber universal y de la historia que seguía escribiéndose en los anales arcanos.

Su sola presencia calma mi atribulado corazón; su tacto duerme a la bestia que se encuentra en mi interior. Creo que se siente culpable por aquel ataque que sufrí en el reinicio número 10. Desde aquel momento, la maldición acompaña mi alma, sumiéndola en una constante agonía. Cada noche de luna llena, su preocupación la consume. 

No sé cuánto más podré sobrellevar el dolor que le estoy causando con mis continuos sobresaltos.

Ella me mira y enseguida se da cuenta de lo que estoy pensando y me dice: —Ni lo sueñes, estamos juntos en esto. Te quiero a ti y a todas tus versiones. 

Se encamina a nuestro hogar en el centro de un bosque primigenio que, a modo de muro, protege la colina ancestral, la misma que nos recibe con cada reinicio. Su manto verde, cuajado de florecillas de multitud de colores, nos recibe con docilidad mientras ella me coge de la mano y me lleva, con calma y delicadeza, al centro del claro donde una preciosa cabañita nos espera; esa misma cabaña que construí con mis manos en el primer comienzo, la misma que oculta nuestras vidas cotidianas, el amor que nos profesamos, los atardeceres dorados y amaneceres rosáceos.

Allí, y solo allí, soy feliz con ella. Juré no volver a abandonar el redil; terminaré mi vida junto al amor de mi vida, y ella lo sabe y cuida de mí con un fervor casi religioso, sabedora de que mis otras versiones están presentes en cada momento de nuestras vidas. Pero con la solemne promesa de que, si en algún momento se descontrola alguna de mis 48 versiones, ella será la primera en saberlo, pues su sola presencia hace que todas las versiones regresen a mí sin perder ni un ápice de su cordura. Con lo que me quedo tranquilo y calmado, sé que junto a ella fui, soy y seré feliz.

​A medida que el sol terminaba de alzarse sobre la colina ancestral, comprendí que mi amada no era solo mi ancla, sino el vínculo sagrado que mantenía unido el tejido del tiempo. Mis 48 versiones previas, ahora silentes en mi interior, dejaron de ser un estruendo para convertirse en una biblioteca de sabiduría compartida. Cada una de ellas recordaba el roce de sus manos en una era diferente: bajo cielos de azufre, en ciudades de cristal o en bosques que ya no existen.
​Entramos en la cabaña y el aroma a madera y resina me devolvió la paz que Blackwell’s Island intentó arrebatarme. Me miré las manos, aquellas que horas antes eran garras sedientas, y solo vi al hombre que ella eligió amar desde el Primer Comienzo. La maldición del licántropo, ese eco del reinicio número 10, no era más que una cicatriz en un alma que ha sobrevivido a la extinción de galaxias enteras.
—Descansa, mi amor —susurró ella, mientras el multiverso se reajustaba a nuestro alrededor—. Mañana seguiremos escribiendo los anales.

Me dormí sabiendo que, aunque el universo estalle una vez más, despertaré en el reinicio 50 y volveré a buscarla. Porque en este tablero infinito de versiones y espejos, ella es la única verdad absoluta e inamovible de todo lo creado e increado. 

Ella me besa y se recuesta a mi lado como cada noche a lo largo de los eones, hasta el fin de los tiempos.

Fin

M. D. Álvarez. 

viernes, 29 de mayo de 2026

El faro de Alejandría.

Algunas leyendas cuentan que pequeñas criaturas, desde la antigüedad, ayudan a la humanidad en tiempos oscuros. Una de aquellas criaturas sirvió para prender el gran faro de Alejandría. Se cuenta que su luz se podía ver desde las columnas de Hércules y, si me apuráis, desde las Islas Británicas.

Aquella adorable criatura se subió a la gran antorcha de la escultural y gigantesca figura del dios Apolo. Se tumbó en el pebetero, que previamente había llenado con petróleo crudo, cal viva, azufre y salitre. Y la pequeña criatura se concentró, logrando prender con tal intensidad que la noche parecía el día. Así fue como los griegos mostraron al mundo antiguo a un nuevo enemigo: un joven rey venido de ultramar.

M. D. Álvarez 

jueves, 28 de mayo de 2026

Un sonoro bofetón.

Zas, ni la vio venir. Acababa de entrar en la sala cuando un sonoro bofetón impactó en su mejilla, saltándose un empaste.

—Uyyyy, que no es él —oyó decir, viendo a la agresora roja de vergüenza.

—¿Se puede saber qué diablos te pasa? —rugió Marcus, frotándose la dolorida mejilla.

—Nada, nada, que el bofetón no era para ti —trató de disculparse ella, toda azorada.

Marcus arqueó una ceja, tratando de procesar lo que acababa de suceder. La sala estaba en silencio, todos los ojos fijos en ellos. Con un gesto de la mano, pidió que se calmaran.

—¿Entonces para quién era, exactamente? —preguntó, su voz cargada de incredulidad.

La chica, con el rostro aún rojo como un tomate, miró a su alrededor buscando una salida. Finalmente, se armó de valor y respondió:

—Era para... para mi ex. Lo vi entrar y perdí los estribos. No quería que te pasara nada a ti, lo prometo.

Marcus no pudo evitar soltar una risa. La situación era tan absurda que le resultaba cómica.

—¿Así que me has confundido con un tipo que te ha hecho daño? Eso es un cumplido, en cierto modo —dijo, todavía frotándose la mejilla.

Ella lo miró con una mezcla de vergüenza y alivio. Se acercó un poco más, bajando la voz.

—Lo siento mucho. No soy así normalmente. Solo... bueno, ya sabes cómo son las cosas a veces.

Marcus se cruzó de brazos, disfrutando del momento.

—¿Y ahora qué? ¿Vas a seguir golpeando a inocentes o piensas compensarme por el daño emocional? 

Ella sonrió tímidamente, sintiendo la tensión desvanecerse un poco.

—Tal vez pueda invitarte a un café como disculpa... ¿Te parece?

—Eso suena mejor que un puñetazo —respondió él, inclinándose hacia ella con una mirada juguetona—. Pero solo si prometes no golpearme otra vez.

Ambos rieron y la atmósfera en la sala comenzó a relajarse. Mientras caminaban hacia la salida, él le lanzó una última broma:

—Si alguna vez necesitas más práctica con tus bofetones, avísame; tengo un par de amigos que podrían ser útiles.

Y así, entre risas y miradas cómplices, se alejaron juntos, dejando atrás la confusión y abrazando lo inesperado de aquel encuentro.

M.D. Álvarez 


miércoles, 27 de mayo de 2026

El valor del pequeño.

Mira el pequeñín, ¡qué pibonazo se trae! —dijo aquel gigantón, riéndose del joven que lanzó una furibunda patada a la entrepierna del gigante, doblándolo de dolor.

— ¿A quién llamas pequeñín? —dijo entre dientes y con una mirada aterradora que congeló al gigante. De no haber sido por ella, lo habría matado a golpes; su corazón era el de un gran guerrero.

Cuando lo dejó tendido, agarrándose los testículos aplastados, ella lo besó y dijo: —Eres mi héroe y te voy a compensar. Él la llevó a bailar y, de vuelta a casa, como todo un caballero, la dejó en la puerta.  
—¿No vas a entrar? —preguntó ella.

—Hoy no, quizás mañana, si me lo permites —dijo él con una suave sonrisa.

M. D. Álvarez 

martes, 26 de mayo de 2026

Abrazo en la tormenta.

Cuánto necesitaba un abrazo antes de perderse entre las nubes oníricas del sueño. Así de desangelada se sentía sin su dulce abrazo; no lograba conciliar el sueño sin sentir el amoroso abrazo de oso apasionado. 

Él se retrasaba; fuera tronaban rayos y centellas. De un momento a otro, se pondría a llover torrencialmente, y aún no había llegado. 

De pronto, oyó la puerta: por fin había llegado. Venía calado hasta los huesos, pero se acercó silenciosamente a la cama, la besó y fue al baño para secarse. Después, se metió en la cama con ella y la abrazó con cuidado de no despertarla.

—Siento llegar tan tarde —susurró él con dulzura.

—No importa —respondió entre sueños—, tan solo quería sentirte a mi lado.

Mientras permanecían abrazados, la tormenta continuaba tronando fuera.

M. D. Álvarez 

lunes, 25 de mayo de 2026

A pan y agua.

Ella finge dormir cuando él llega a casa. Todavía sigue enfadada con él por no dejarla acompañarle en su ronda y se lo hace pagar de muchas formas, pero la que más le molesta a él es no poder complacerla. Ella también lo siente, echa de menos sus caricias y besos, pero sabe que, con el tiempo, él le pedirá perdón. Hasta entonces, lo tiene a pan y agua.

Ella quería acompañarlo en sus paseos matutinos, donde descubría otros enclaves maravillosos y misteriosos en los que podía perderse; ella quería perderse con él en los lugares más extraordinarios de su mundo de fábula.

M. D. Álvarez 

domingo, 24 de mayo de 2026

La prenda elástica.

En la goma de sus calzoncillos estaba impresa indeleble su huella genética. En las noches de luna llena, aquellos calzoncillos eran la única prenda que resistía al licántropo. 

Su apetito voraz no lograba desembarazarse de aquella prenda elástica. 

Así fue como ella lo reconoció por los gayumbos de ositos que le había regalado. 

Ahora comprendía que el agujero en la parte trasera era una salida para su cola.

M. D. Álvarez 

sábado, 23 de mayo de 2026

Buenas noches, mi sol.

Ella finge dormir, tapada con la sábana hasta las orejas, cuando de pronto oye la puerta. Algo se ha colado en su habitación; se mueve silenciosamente por el lugar y, con sumo cuidado, se sienta a los pies de la cama. La chiquilla, todavía aterrorizada, baja un poquito la sábana para descubrir una figura inclinada sobre ella: era su adorado abuelo, que, como siempre, le daba las buenas noches a su adorable nietecita. Pero aquella noche, algo iba mal; su abuelo despedía una luz cálida y pacífica.

Lo que la chiquitina no sabía era que su abuelo había muerto en aquel mismo momento, pero quiso despedirse de ella. La bebita, dándose cuenta de que era su abuelo, estiró sus regordetes bracitos, pero no logró agarrarlo.

"Tranquila, mi sol, estaré aquí", susurró, señalando su pequeño corazoncito.

La niñita esbozó la más deslumbrante de las sonrisas y se durmió.

M. D. Álvarez

viernes, 22 de mayo de 2026

Impreso en la ropa interior.

En la goma de sus calzoncillos estaba bordado con sutil delicadeza: "El dueño de estos calzoncillos es propiedad de Angie. Ni te atrevas a tocarlo".

Él sentía verdadera predilección por su novia y su forma de marcar territorio. Si alguna de sus amigas osaba posar sus hambrientos ojos sobre él, se desatarían todos los infiernos y su ira caería sobre ella; pero para él, serían los mimos y los besos apasionados. 

Nunca dudó de ella, al mismo tiempo que él siempre se sintió enamorado de ella; jamás dudó de su amor incondicional por él.

M. D. Álvarez 

jueves, 21 de mayo de 2026

Tras las negras nubes.

Subido a aquel peñasco, sintiendo el embate de aquellas rachas huracanadas, hacía frente, inamovible, el fiero licántropo que se mantenía erguido frente a los vientos desasosegados que lo golpeaban sin contemplaciones. Él seguía protegiendo a su amada, que se encontraba resguardada tras su ancha espalda.

Los ojos del licántropo brillaban intensamente, reflejando la furia de la tormenta que rugía a su alrededor. Cada ráfaga de viento parecía querer derribarlo, pero su determinación era más fuerte que cualquier tempestad. Sabía que debía mantenerse firme, no solo por su propia supervivencia, sino por la de ella.

Su amada, con el rostro pálido y los ojos llenos de miedo, miraba hacia el horizonte donde las nubes oscuras se arremolinaban. —¿Por qué no huimos? —preguntó con voz temblorosa.

—No puedo dejar que te hagan daño —respondió él, su voz profunda resonando como un trueno en medio del caos. Era un protector nato, un guerrero que había luchado contra demonios y criaturas de la noche. Pero enfrentarse a la naturaleza misma era un desafío diferente.

Mientras el viento aullaba y la lluvia comenzaba a caer en torrentes, ella sintió una mezcla de admiración y preocupación. Se acercó un poco más, buscando refugio en su calor. —Confío en ti —susurró.

El licántropo giró la cabeza hacia ella, sus ojos llenos de una feroz lealtad. En ese momento, supo que no podía permitirse fallar. Con cada golpe del viento, se aferró a la promesa de protegerla hasta el último aliento.

Y así, mientras la tormenta arremetía con toda su furia, el licántropo se mantuvo firme, un faro de coraje en medio del tumulto. Por eso, cuando más aterrador parecía aquel huracán, él sabía que tras las negras nubes está el sol.

M. D. Álvarez 

miércoles, 20 de mayo de 2026

¿De verdad te gustan?

En la goma de sus calzoncillos estaba deshilachada, y ella decidió comprarle unos gayumbos nuevos y jubilar aquellos bóxer tan viejos. Pero él tenía un especial cariño a sus calzoncillos y no tenía pensado deshacerse de ellos, pues con ellos triunfó la noche que la conoció en aquella discoteca. 

De entre todas las chicas con las que intentó acostarse, solo ella admiró sus bonitos calzoncillos. 

—¿De verdad te gustan? —preguntó, sorprendido.  

—Adoro tus gayumbos, cielo —dijo ella con una pícara sonrisa.

M. D. Álvarez 

martes, 19 de mayo de 2026

Serigrafiado en los calzoncillos.

En la goma de sus calzoncillos había serigrafiado la información clave. Ahora tenía que hacerla llegar a las manos adecuadas, y las únicas en las que confiaba eran en las de su novia, Ava Jenkins. 

Debía ingeniárselas para que su maltrecho cuerpo llegara a las manos de Ava; solo ella podría descifrar la clave y sabría que no estaba muerto, tan solo bajo los efectos de la tetradotoxina. 

Sintió cómo su corazón se ralentizaba hasta un límite casi imperceptible. Los carceleros lo sacaron y lo dejaron en el anatómico forense donde trabajaba Ava, quien, al descubrir su cuerpo, percibió un leve latido en la yugular.

M. D. Álvarez 

lunes, 18 de mayo de 2026

Sorprendido en la tormenta.

Ella finge dormir mientras él se dedica a besarla con cautela, como si tuviera miedo de despertarla. De pronto, ella se gira y abre los ojos, diciéndole: "¿Qué he hecho yo para merecerte?"

De repente, un trueno rasgó el cielo, iluminando la habitación. Ella pudo ver su atrevido aspecto y su apostura; la embelesaba.

—Anda, ven aquí, que te voy a enseñar un par de cosas, -rió traviesa.

Extendió su níveo brazo y tomó con dulzura la mano de él, que permanecía en las sombras. Temerosos de su aspecto, siempre había permanecido oculto y desaparecía cada mañana sin dejar ni huella. Aquella noche de tormenta se sorprendió al ser descubierto por el amor de su vida.

M. D. Álvarez 

Por ella.

Ella finge dormir cuando él llega cansado y dolorido después de machacarse en el gimnasio para lucir su musculatura con ella. Pero eso sería por la mañana, cuando se levantará a preparar el desayuno para ella. 

Él la mimaba y quería con locura; se desvivía por ella, por eso cuidaba su físico. Sabía que a ella le gustaba su personalidad y su capacidad para solventar problemas. 

Su trabajo en la agencia lo mantenía activo, y cuando llegaba a casa, ella le tenía preparada la cena y, a veces, le esperaba despierta, aunque últimamente fingía dormir para que la despertara con dulces besos.

M. D. Álvarez 

Oculto en los calzoncillos.

En la goma de sus calzoncillos llevaba escondido el anillo con el que le pediría matrimonio. 

Bueno, eso sí lograba pasarlo de contrabando; la frontera se había cerrado a cal y canto, no podía pasar nadie. Así que se arriesgó y cruzó a nado el gran río que lo separaba de su amor. 

Al llegar a la otra orilla, ella lo esperaba, pero se sorprendió al ver que él se arrodillaba y sacaba de su calzoncillo un precioso anillo de matrimonio. No le dejó ni pedírselo; lo abrazó y besó. Era e gran l amor de su vida y no lo iba a dejar escapar.

M. D. Álvarez 

domingo, 17 de mayo de 2026

Capaz de todo por ella.

En la goma de sus calzoncillos se encontraba una lentejuela. Agnes no comprendía cómo en los calzoncillos de su chico había una lentejuela. 

Mal sabía ella que él ejercía de boy en un garito para sacarse unos chavos y regalarle aquel vestido tan vaporoso que había visto, observando e implorando con ojos anhelantes. 

No podía permitírselo y, por eso, se buscó un empleo extra. Por ella, era capaz de todo, hasta de perder la vergüenza. 

Dos semanas después, se presentó con un paquete de regalo y, al abrirlo, supo que era capaz de todo por ella.

M. D. Álvarez 

sábado, 16 de mayo de 2026

El magnetismo.

En la goma de sus calzoncillos estaba la lista de conquistas. Nadie lo conocía tan bien como su equipo, pero jamás sospecharon que su líder fuera todo un don Juan. Solo Ava percibió un leve chuletón en el cuello, pero no dijo nada; lo amaba en secreto. Un día lo siguió y fue testigo del magnetismo que irradiaba con las chicas. Él se sorprendió al verla, pues conseguía intimidarlo.

—¿Ava, qué haces aquí? —preguntó nervioso.

—Tan solo quería saber... —se puso roja.

—¿Quieres un vaso de agua? —preguntó él, avergonzado—. Sabes que esto no es lo que parece; a mí me gustas tú —confesó él.

M. D. Álvarez 

viernes, 15 de mayo de 2026

Frío polar.

En la goma de sus calzoncillos llevaba una ganzúa que le ayudó a librarse de las esposas. Una vez liberado, se acercó a la joven, que lo miró sorprendida y dijo: —"Eres un chico con muchos recursos".

—"No lo sabes tú bien", respondió él, que no parecía tener frío con tan solo unos bóxer.

—"No tienes frío?", preguntó sorprendida.

—"Soy un chico del norte. Hace falta más que una leve brisa para congelarme", dijo, echándosela al hombro. La sacó trepando por el acantilado.  —"Aquí estarás a salvo".

—"¿Y tú a dónde vas?", preguntó preocupada.

—"A buscar mi ropa", respondió él con una sonrisa encantadora.

M. D. Álvarez