viernes, 8 de mayo de 2026

Más allá del frío.

Tras esa fina capa de hielo que los separaba, le dijo cuánto la necesitaba, pero debía cuidar de ella. Si rompía el hielo, la perdería para siempre. La única opción que le quedaba era sumergirse en esas heladas aguas prístinas y primigenias. La oyó gritar que esperara, que lo necesitaba; sin él no era nada. Él continuó adentrándose en las profundas y oscuras aguas abismales, cuando de repente sintió que algo tiraba de él hacia arriba. Se volvió y vio una intensa luz que lo envolvía en un aura cálida, y dentro de aquella luz se encontraba ella, que sin pensárselo dos veces rompió el hielo y se zambulló a rescatarlo.

El impacto del agua fría fue inmediato, pero su presencia iluminó todo a su alrededor. Él sintió cómo su corazón latía con fuerza mientras ella se acercaba, nadando con una gracia sorprendente. En ese instante, los miedos y dudas que lo habían mantenido alejado parecieron desvanecerse.

—¿Por qué te arriesgas? —logró preguntar entre burbujas de aire.

—Porque no puedo perderte —respondió ella con determinación, sus ojos brillando como estrellas en la oscuridad del agua.

Juntos lucharon contra la corriente, aferrándose el uno al otro mientras emergían hacia la superficie. La luz que los rodeaba parecía guiarlos, empujándolos hacia arriba, hacia el aire fresco y revitalizante. Cuando finalmente rompieron la superficie, el frío se volvió un mero susurro en comparación con el calor de su conexión.

Afuera, el mundo era un paisaje helado, pero en ese instante compartido, todo parecía posible. Ella lo miró a los ojos y él vio reflejados en ellos su propio miedo y amor.

—No importa cuánto tiempo pase —dijo él—, siempre estaré aquí para ti.

Ella sonrió con lágrimas brillando en sus mejillas heladas.

—Y yo siempre estaré dispuesta a romper el hielo por nosotros.

En ese momento comprendieron que juntos podían enfrentar cualquier tempestad. Se abrazaron fuertemente mientras las aguas frías los rodeaban, sabiendo que habían superado algo más que el hielo; habían encontrado su fuerza mutua.

Con cada latido de sus corazones, comenzaron a nadar hacia la orilla, dejando atrás no solo las aguas oscuras sino también las cadenas del miedo que los habían mantenido separados. A medida que se acercaban a la costa, el sol comenzaba a asomar en el horizonte, prometiendo un nuevo día lleno de esperanza.

M. D. Álvarez 

jueves, 7 de mayo de 2026

La nueva condición.

No imaginábamos que lo pasaríamos tan mal cuando, hace dos meses, le mordió un humano. Su color comenzó a cambiar de un tono mortecino y frío a un rosado calentito. Nos teníamos que contener para no morder sus achuchables mofletitos; su adorable sonrisa nos espantaba sin sus adorables colmillitos. 

Pero él parecía encantado con su nueva condición; gateaba por toda la casa haciendo las delicias de su abuelita, que no tenía dentadura y era la única a la que permitía morderlo, emitiendo tiernos gorjeos de felicidad. El resto de la familia terminó por acostumbrarse a su nueva apariencia.

M. D. Álvarez

miércoles, 6 de mayo de 2026

El maratón solidario.

"Ser útil me hace feliz", dijo entre resuello y resuello. Los dos se habían conocido en el parque; corriendo, se preparaban para la gran maratón de Los Ángeles. Ella se dedicaba a la preparación física y él era un gran corredor de fondo. Idearon prepararse para participar en aquel maratón, que era muy especial, ya que este año los beneficios serían destinados a las investigaciones de las enfermedades raras.

—Además, lo importante es participar; ya llegues primero o último, lo bueno es que se haga para pasarlo bien —relató él.

—Tienes razón —respondió ella, resoplando del esfuerzo.

—Un esprint —dijo él, acelerando.

—Venga —articuló ella.

M. D.Álvarez 

martes, 5 de mayo de 2026

El corazón de una hadriel. 3ra parte.

Esa noche, Ares se presentó en el lugar acordado, el Jardín de las Hespérides, un sitio tranquilo y apartado. La luna llena iluminaba el rostro de Iris, realzando su belleza. Ella le sonrió con dulzura, una expresión que casi desarma la cautela del joven.

"No te asustes, mi Ares," susurró Iris, tomando suavemente su mano. El contacto fue como una descarga, pero esta vez, Ares no se retiró. "Lo que sientes no es debilidad, es pasión. La pasión es un fuego. Si no la controlas, te quema; si la dominas, te da una fuerza inigualable."

Lo guio a un banco de piedra. Ella se sentó y lo invitó a hacer lo mismo. Iris no le enseñó un truco ni una fórmula mágica. Le habló de la paciencia, de respirar hondo antes de actuar y de canalizar esa energía en la observación.

"Mírame, Ares. Siente la tensión, pero no dejes que te ciegue. Obsérvame."

Ares la miró fijamente. Vio la sonrisa, no el torrente. Sintió el roce, pero percibió el respeto. Se dio cuenta de que su arrebato no era por ella, sino por su propia falta de control.

Una paz inusual lo invadió. "Entiendo," dijo con voz firme. "Es la calma en medio de la tormenta."

Iris asintió con una mirada de orgullo. "Ahora eres un caballero, Ares. Uno que sabe que su mayor poder es la mente, no la fuerza bruta."

Ares conocía el poder de los hadrieles, e Iris le mostró cómo controlar su ira incontrolable tan solo con la observación.

M. D. Álvarez 

lunes, 4 de mayo de 2026

El corazón de una hadriel. 2da parte.

Su torpeza estuvo a punto de costarle un disgusto hasta que la bella Hadriel se apiadó de él. Se lo llevó a parte y le dijo: "Eres encantador y tienes unos prontos irresistibles, pero tienes que calmarte si no quieres que te expulsen del grupo."

Iris no sabe cómo comportarse cuando estás tú presente; siento como si mi cuerpo se revolucionara, me hirviera la sangre y me comportara de forma bobalicona, acertó a decir, muerto de vergüenza.

"Oh, mi lindo Ares, eres encantador hasta cuando no lo sabes", refirió Iris, rozando con sus dedos el rostro de Ares.

Él enseguida se puso tenso; el leve roce hizo que sintiera un arrebato, pero logró contenerse.

"Sabes, esta noche te voy a enseñar algo que te ayudará a comportarte como un caballero."

Ares la miró con cautela; a ella era a la que más temía, pero aceptó.

Continuará...

M. D. Álvarez 

domingo, 3 de mayo de 2026

El corazón de una hadriel.

Tenía una mente privilegiada; su CI era de los más altos y era un autodidacta. Creció en una región aislada de uno de los planetas exteriores. Con tan solo 15 años, su familia lo mandó a la academia interplanetaria para pulir su agresividad.

No necesitaba mucho para estallar y llevarse por delante a todo bicho viviente.

En la academia, se juntó con un grupo variopinto de seres inadaptados que lo tomaron como líder por su inteligencia, dotes de mando y capacidad de sacrificio. Uno de aquellos integrantes era una hermosa hadriel de ojos verdes que lo miraba con fervor.

Él no era ajeno a los anhelos de la bella hadriel, pero era inexperto en el arte del amor, lo que lo volvía loco. No sabía cómo hablar con ella; el resto del grupo no sabía dónde meterse. Cada vez que ellos dos coincidían, había momentos tensos e incómodos.

Continuará...

M. D. Álvarez 

sábado, 2 de mayo de 2026

Escapada

Era temperamental y atrevido, y cuando tenía tiempo, que era en raras ocasiones, se dedicaba a cuidar a su hermosa novia. La acompañaba cortésmente cuando ella quería ir de compras y se pasaba horas esperándola en el recibidor, donde ella le mostraba los modelitos más sexis de la tienda de lencería. Ella sabía cómo provocarlo; sabía cómo llevarlo dócilmente al dormitorio, donde ella se lucía con movimientos sensuales que lo iban excitando poco a poco.

A medida que ella desfilaba por delante de él con cada nuevo conjunto, sus ojos brillaban con picardía. Sabía que cada mirada, cada gesto, lo acercaba más a su deseo. Pero había algo más en su mente; un plan que había estado gestando en secreto.

—¿Te gusta este? —preguntó ella, girándose con una lencería de encaje negro que dejaba poco a la imaginación.

Él tragó saliva, incapaz de articular una respuesta. Sabía que estaba atrapado en su juego, pero no le importaba. 

—Es… impresionante —logró decir, su voz un susurro cargado de deseo.

Ella sonrió, satisfecha con su reacción, pero en el fondo sabía que tenía una sorpresa preparada para él. Esa noche era especial; no solo era un simple juego de seducción. Había estado planeando una escapada romántica para ambos, un fin de semana en una cabaña apartada en las montañas.

—¿Sabes? —dijo ella mientras se acercaba a él, deslizando sus dedos por su pecho—. He estado pensando que necesitamos algo más que estos juegos.

Él frunció el ceño, intrigado.

—¿A qué te refieres?

Con un guiño cómplice, ella sacó un pequeño folleto de su bolso y se lo mostró. Era una reserva para una cabaña encantadora rodeada de naturaleza, lejos del bullicio de la ciudad.

—He reservado este lugar para nosotros —anunció con una sonrisa traviesa—. Solo tú y yo durante todo el fin de semana.

Él no pudo evitar sonreír al escuchar eso. La idea de escapar juntos le llenó de emoción. 

—Eso suena increíble —dijo él, sintiendo cómo la adrenalina recorría su cuerpo.

Pero justo cuando el ambiente se llenaba de promesas y expectativas, el sonido del teléfono interrumpió el momento perfecto. Ella frunció el ceño al ver quién llamaba; era su jefe, y sabía que no podía ignorarlo.

—Lo siento —dijo ella con un suspiro—. Tengo que atender esto.

Mientras hablaba por teléfono, él se quedó allí parado, sintiendo cómo la energía entre ellos se desvanecía momentáneamente. Sin embargo, no podía dejar que esto arruinara sus planes. Así que decidió aprovechar ese tiempo para pensar en cómo hacerla sentir especial durante su escapada.

Cuando terminó la llamada, ella se dio cuenta de que él había estado contemplativo.

—¿Todo bien? —preguntó ella al notar su expresión seria.

Él sonrió y decidió ser directo:

—Quiero hacer algo especial para ti durante el fin de semana. Quiero que sea perfecto.

Ella lo miró sorprendida y emocionada al mismo tiempo.

—Me encanta esa idea —respondió ella con una chispa en los ojos—. Estoy segura de que será inolvidable.

Con esa promesa flotando en el aire, ambos sabían que estaban a punto de embarcarse en una aventura llena de pasión y descubrimientos mutuos.

 Y mientras él la miraba a los ojos, entendió que esta escapada podría llevar su relación a un nuevo nivel; no solo sería un juego de seducción, sino también una oportunidad para conectarse más profundamente.

M. D.  Álvarez 

viernes, 1 de mayo de 2026

Paracaidistas verdes.

—¡Seréis miedicas!, les gritó desde la rampa de saltos de aquel DC4. —Si no saltáis, os arrojo yo mismo, rugió, lanzándoles una mirada aterradora a aquel grupo de paracaidistas principiantes. 

—Tú, el de mono rojo, ven aquí, rugió el capitán. 

El aterrorizado paracaidista se acercó tembloroso hacia su capitán, que lo jaló y arrojó por la rampa sin contemplaciones. 

—Tú, el azul, o saltas o te arrojo. El del mono azul saltó aterrado. 

—Tú, el del mono amarillo, salta —dijo, fijando sus pupilas azules en él. 

Este último paracaidista se negaba a acercarse a la rampa, lo que le valió tal cantidad de improperios, y al ver que aquella fiera se le venía encima, saltó.

—Si es que cada día me los mandan más verdes, bufó el capitán, saltando tras ellos.

M. D. Álvarez 

jueves, 30 de abril de 2026

El terroncito. II parte.

La diosa, con el corazón apesadumbrado, decidió que no podía esperar más. Con la flor iridiscente en su mano, sintió la energía que emanaba de ella; era un símbolo del amor inquebrantable que su terroncito le había entregado. Inspirada por su valentía y determinación, se dispuso a cruzar el umbral entre su brillante reino y el sombrío bosque oscuro.

Al acercarse al límite del bosque, la luz a su alrededor comenzó a desvanecerse. Las sombras parecían moverse con vida propia, susurrando secretos olvidados y ecos de desesperanza. Sin embargo, la diosa no se dejó intimidar. Con cada paso, su amor por el licántropo iluminaba su camino, creando un sendero de luz en la oscuridad.

Mientras avanzaba, se encontró con criaturas del bosque: espectros de almas perdidas que la observaban con curiosidad. Sin embargo, no se detuvo. Sabía que debía encontrar a su terroncito antes de que fuera demasiado tarde.

Finalmente, tras lo que pareció una eternidad, llegó a una cueva profunda y oscura. Allí escuchó un suave lamento que resonaba entre las paredes de piedra. Su corazón latía con fuerza mientras se acercaba al sonido. Cuando entró en la cueva, encontró a su amado licántropo, atrapado en un resplandor tenue que parecía alimentarse de su esencia.

—¡Terroncito! —exclamó la diosa, extendiendo la mano hacia él—. Estoy aquí.

El licántropo levantó la vista y sus ojos azules brillaron con reconocimiento y amor. —No debiste venir —dijo con voz débil—. Este lugar es peligroso.

—El amor verdadero puede enfrentar cualquier sombra —respondió ella con firmeza—. Te liberarás porque nuestro amor es más fuerte que este cautiverio.

Con la flor iridiscente en mano, se acercó al licántropo y comenzó a recitar palabras antiguas llenas de poder y esperanza. La luz de la flor iluminó la cueva mientras un suave resplandor rodeaba al licántropo, disipando las sombras que lo mantenían prisionero.

Poco a poco, las cadenas invisibles comenzaron a romperse y el licántropo fue liberado, abrazando a la diosa con fuerza. Juntos salieron de la cueva hacia el resplandor del día.

Su vínculo se hizo muchísimo más férreo. Regresaron al reino de la diosa, donde el dulce licántropo corrió libre y desaforado gracias al amor que la diosa le brindó. Siempre regresaba junto a ella con hermosos presentes que el terroncito le traía de sus correrías.

M. D. Álvarez 

miércoles, 29 de abril de 2026

El terroncito.

Que les va entregando pedacitos de su propia alma, blanca y pura, a modo de alimento. Así se complace la diosa más dulce, bondadosa y afable. Sus adorables ojos verdes abarcaban a todas sus criaturas, pero había una en especial por la que la diosa tenía una singular predilección: era un lindísimo licántropo de ojos azules que se resistía a sus encantos, empecinado en correr salvaje por los prados donde la diosa acostumbraba a reposar.

Un buen día, mientras la diosa alimentaba con tiernos trocitos de su alma inmortal a todas las criaturas que pululaban a su alrededor, no vio a su terroncito alocado corretear a su alrededor y se preocupó, diciendo: —¿Dónde estará ese granujilla que me ha robado el corazón?" 

Las adorables criaturas conocían la debilidad de la diosa por aquel aguerrido y salvaje licántropo, y le dijeron: —Hace días que no lo vemos; creemos que se internó en el bosque oscuro. Dijo que iba a buscar un presente para ti, amada diosa.

—El bosque oscuro es un territorio vedado; ni yo misma tengo el poder de acercarme, aunque quisiera —dijo ella, pesarosa. 

Transcurrieron los días y los meses, y su terroncito no daba señales de vida, hasta que un buen día apareció a los pies de la diosa un hermoso presente: una preciosa flor de colores iridiscentes. Ella supo quién se lo había traído: su adorable terroncito. Lo busco en la espesura de la hierba alta y esos confines de su colorido reino pero no lo encontró su corazón se entristeció y claro a su divino padre. 

—Amado padre, deseo encontrar a la más adorable criatura; es indómita, salvaje, pero tiene un corazón de oro, refirió sumisa la divina diosa.

—Tu adorada criatura se encuentra atrapada en el mundo de las sombras; solo su gran amor hacia ti lo mantiene con vida. Robó la más hermosa flor como presente para ti, mi divino tesoro, respondió con dulzura el regio padre. —Solo el amor verdadero lo podrá liberar de su cautiverio, sentenció el rey padre con tristeza.

Continuará...

M. D. Álvarez

martes, 28 de abril de 2026

La amistad que alimenta el alma.

Adiós, mamá, adiós. Oyó cómo se despedía la chiquilla antes de subirse al autobús que la llevaba al colegio. 

Se sentó al lado de su mejor amigo, que siempre le guardaba el asiento, colocando su mochila para que ninguno de los otros chiquillos le quitara el sitio a su mejor amiga. Como todas las mañanas, llevaba una provisión extra de emparedados; sabía que su amigo no comía lo suficiente y estaba perdiendo peso. 

La madre de su mejor amigo no ganaba lo suficiente como para alimentar a su querido hijo, pero gracias a aquella dulce niñita, su hijo comía todos los días.

M. D. Álvarez 

lunes, 27 de abril de 2026

El centinela.

El viejo faro de piedra se alzaba como un centinela solitario frente a la furia del Atlántico. Durante décadas, su luz giratoria fue el único latido de esperanza en la negrura absoluta, guiando a los barcos lejos de los afilados arrecifes que acechaban bajo la espuma.

Aquella noche, la luz parpadeó de forma extraña. El farero, un hombre recio, ajustó la lente justo a tiempo para ver cómo una pequeña embarcación se aproximaba peligrosamente a la fila dentada de los arrecifes y hizo sonar la sirena para que variaran el rumbo.

La embarcación viró justo a tiempo. Aquel impresionante faro había salvado la vida de mi padre, el capitán de aquel pequeño pesquero que regresaba a casa con su amor.

M. D.  Álvarez 

domingo, 26 de abril de 2026

El despacho.

Si los celos de Igor no le afectan al trabajo, no sería suficiente para alterarlo y sacarlo de sus casillas. Necesitaban que saliera de su despacho, así que no se les ocurrió otra cosa que hacer sonar la alarma de incendios. Cuando lo vieron salir disparado, aprovecharon el desconcierto para colarse en el despacho de Igor. 

Buscaron las pruebas con las que les había amenazado si no conseguía lo que quería, que no era otra cosa que tirarse a su secretaria, Angie, que era un auténtico pibonazo. Cuando Marcus descubrió las intenciones de Igor, estalló en improperios varios, pero al ver el rostro de su pareja, se contuvo a duras penas. Ella era su amor verdadero y cada vez que alguien le tiraba los tejos, él no lograba controlarse y se iba hecho una furia contra el desaprensivo que trataba de echarle el lazo a su dulce Angie.

Igor había grabado un video donde los dos se lo montaban en la mesa de su despacho, pero era de un básico surrealista. Lo había guardado en su ordenador personal, pero claro está, con contraseña.

Igor había grabado un video en el que Angie y Marcus se lo montaban en la mesa de su despacho, pero era de un estilo básico surrealista. Lo había guardado en su ordenador personal, pero, claro está, con contraseña. Sin embargo, Igor era un hombre predecible,  y no les costó mucho descubrir su contraseña. Seguro que ya la habéis acertado; si no, os la digo yo: el nombre del objeto de su deseo era "Angie". Una vez dentro, borramos el video y todas sus copias, aunque descubrimos que Angie no había sido la primera. Igor era un violador en serie. Entonces, ella sacó un pendrive y copió todos los archivos de video, 

Al salir del despacho, se encontraron con los empleados que regresaban, sus rostros llenos de confusión por la falsa alarma. Marcus y Angie intercambiaron una mirada de complicidad antes de desaparecer por las escaleras, llevando consigo la prueba de los crímenes de Igor.

M. D. Álvarez 

sábado, 25 de abril de 2026

Bajo el cielo del Norte.

El Norte era cada vez más frío, haciendo que las delicadas criaturas que lo poblaban bajaran de las altas cumbres. Tan solo los más fuertes resistían los fríos atroces, dotados de una naturaleza poderosa y ardiente. 

Él era una de esas criaturas, con su intenso pelaje color dorado y su gran envergadura, seguido de un corazón apasionado que buscaba a su ansiado amor en las altas y agrestes cumbres del gélido norte. 

Al no hallar a una ansiada hembra de su especie, tuvo que descender de las altas cimas hasta los cálidos prados, donde adorables criaturas disfrutaban de cálidas mañanas y dulces atardeceres. Él posó sus cálidos ojos en una de aquellas delicadas criaturas que inflamaban su noble corazón.

Ella sintió su mirada y, al verlo tan aguerrido y poderoso, se sintió cautivada y caminó con sutileza hacia él, que, sorprendido por la audacia de ella, trató de ocultarse sin conseguirlo; tal era su envergadura que sobresalía, ya que los seres en el cálido prado eran pequeños y no eran lo suficientemente frondosos como para ocultarlo a él.

—No tengas miedo, no te voy a hacer daño —dijo ella, risueña. No creía que podía tener tal poder sobre aquel gran macho.

—Disculpa si te he molestado —dijo él, saliendo de entre los árboles.

Ella pudo comprobar que aquel ejemplar era de alta cuna, pues su color de ojos no era habitual en los prados. —¿Qué hace un ser tan poderoso aquí en los plácidos prados?

Él comprendía que su apariencia era del todo aterradora, pero ella parecía no tenerle miedo y respondió: —Veraneantes, he bajado al gran valle en busca de una compañera a quien amar.

—Eres sincero y atrevido. Hace ya mucho tiempo que nadie desciende de las altas cumbres para emparejarse con nosotras.

—Debo decirte que mis intenciones son honestas; me uniré a ti si me aceptas. No te faltará comida con que alimentarte, ni pasarás frío. Serás mi reina allí en el gran norte; te colmaré de atenciones y mi corazón apasionado te mantendrá a salvo, dichosa y amada por siempre.

Ella lo miró curiosa; nunca antes, venido del gran norte, se había comportado tan cortés y galante con ella. Siempre habían sido brutos, salvajes y desconsiderados con las hembras del valle.

—Eres de noble corazón y estaré dispuesta a unirme a ti en tu reino de agrestes cumbres.

Él se sintió contento y satisfecho; había encontrado en ella lo que no había encontrado en su reino. Ella era hermosa, atenta, leal y lo amaría con dulzura, ternura y pasión.

M. D. Álvarez 

viernes, 24 de abril de 2026

El alfa y la omega.

Su trozo de bizcocho era relativamente más grande que el de los demás, pero tenía su porqué: era el líder de la manada y necesitaba reponer fuerzas rápidamente si quería que su manada no se revolucionara.

Pero él compartía su trozo con la única que sabía de su potencial: su compañera y bienamada pareja, a la que toda la manada respetaba sin fisuras.

Todas las mañanas desayunaba en aquella preciosa cafetería. Junto a su novia, repartía su desayuno con ella desde hacía siete días. La mimaba con delicadeza; sabía algo que el resto del grupo ignoraba: ella debía alimentarse mejor en su estado. Ella se lo había dicho; temía su reacción, pero él suavemente la besó con ternura y le dijo: —No debes temerme, me has hecho el hombre más feliz del planeta.

Ella sonrió, sus ojos brillando con gratitud. Sabía que, a pesar de las presiones externas, su relación era un refugio seguro. Mientras él partía otro trozo de bizcocho, se sintió afortunada de tenerlo a su lado. 

—¿Crees que los demás se darán cuenta de lo que estamos haciendo? —preguntó, mirando por encima del hombro hacia el resto de la manada que ocupaba las mesas cercanas.

Él se encogió de hombros, disfrutando de ese momento compartido. 

—No importa lo que piensen. Lo único que importa es que estemos bien nosotros —respondió con una sonrisa tranquila—. Y tú necesitas estar fuerte para lo que viene.

Ella asintió, sintiendo una mezcla de emoción y nerviosismo ante la idea de lo que podría suceder en los días siguientes. La manada había estado hablando sobre un cambio inminente, algo que podría alterar la dinámica entre ellos.

—Tú siempre ves el lado positivo —dijo ella, tomando un sorbo de su café—. Pero ¿y si no podemos mantener la calma?

Él tomó su mano entre las suyas y la miró a los ojos. 

—Siempre habrá desafíos, pero juntos somos más fuertes. No olvides que siempre puedes contar conmigo —declaró con firmeza.

En ese instante, todo parecía posible. Con cada bocado compartido y cada mirada cómplice, su amor se convertía en un poderoso escudo contra cualquier adversidad.

Así, mientras el sol comenzaba a elevarse en el horizonte, llenando la cafetería de luz dorada, ambos sabían que estaban listos para enfrentar cualquier tormenta juntos.

M. D. Álvarez 

jueves, 23 de abril de 2026

El señor de la estepa.

Montado sobre su brioso corcel, galopaba por las estepas, seguido de un escuadrón de lanceros cosacos aguerridos que estaban dispuestos a dar su vida por el joven señor que liberó a sus familias.

Su valor jamás fue puesto en entredicho; es más, quien osara ofenderlo sería fulminado por su hueste de bravos usares, su guardia personal, aunque él se valía solo para defender su honor.

En vista está su última hazaña: descabalgó al capitán que trató de humillar a su amada con tan solo un certero golpe que cercenó de cuajo la cabeza del humillador.

El joven señor, con la mirada fija en el horizonte, alzó su espada ensangrentada como símbolo de justicia. Los cosacos vitorearon su nombre, mientras él, sereno, prometía proteger a los suyos. Su amada, con lágrimas de gratitud, supo que su amor era eterno, forjado en valentía y honor.

M. D..Álvarez 

miércoles, 22 de abril de 2026

Un tío genial.

Nunca supieron que aquel precioso peluche que le regaló su tío era un guardián protector. Su sobrina era muy importante, a la vez que su hermana, que había decidido ser madre soltera, le prohibió que despedazara al padre desaprensivo que se desentendió de la chiquilla.

—No necesita un padre, dijo Alison. —Tú eres un tío increíble y sé que me ayudarás a cuidar de ella.

Era un tío entregado; después de su servicio en el cuartel, acudía a la casa de Alison para cuidar de Briana.

—Como esta, mi sobrina favorita, decía asomándose a la cuna, donde la chiquitina lo recibía con una adorable sonrisa: —Mira lo que te he traído, dijo, sacando un precioso peluche de lobito regordete. 

Ella se quedó ensimismada, observando aquel precioso peluche de ojos azules. No se lo pensó dos veces y estiró sus rollizos bracitos para coger aquel lindo peluche que su tío Marcus le había traído. Seguidamente, lo inspeccionó y observó las lindas orejitas. ¿Qué crees que hizo la chiquilla? Exactamente, se las llevó a la boca.

M. D. Álvarez 

martes, 21 de abril de 2026

En un futuro...

Intrépido y valeroso, así era él: un auténtico hijo de los dioses. Su padre, el gran señor de las cumbres escarpadas, y su madre, la hermosa señora de la sabana, lo concibieron en un intermedio entre guerra y guerra.

El precioso bebé era un adorable bebito de rollizos bracitos. Un buen día, cuando el pequeñín había comenzado a gatear, se bajó de su regia cuna y, valientemente, se dirigió gateando a la habitación de sus augustos padres. 

Allí vio un precioso objeto; sus ojos brillaban de satisfacción. Se encaminó hacia el gran pedestal y, a pesar de ser chiquitín, logró encaramarse al borde del podio. Cuando logró subirse a él, vio una enorme maza cuajada de zafiros, rubíes y diamantes; el mango era de recia madera de los altos árboles del bosque primordial. 

El pequeño agarró con su regordeta manita la maza, sintiendo tal dolor que contuvo el llanto, pero su padre se despertó y lo vio subido al soporte donde todas las noches depositaba su aterradora maza.

—Como se nota que eres hijo mío; tu valor y entereza te han mostrado lo fuerte que llegarás a ser —refirió su padre, cogiéndolo en brazos—, pero ahora será mejor que dejemos a Goldhain en su sitio.

Su benjamín no quería soltar la gigantesca maza e hizo moines, pero su padre le dijo: —Si tu madre se entera de que has tocado mi arma, me desuella vivo.

El chiquitín cedió justo antes de que su adorada madre se despertara.

—¿Qué ocurre, mi señor? —preguntó adormilada.

—Nada, mi reina. Tenemos visita; nuestro precioso querubín ha logrado recorrer la distancia desde su habitación a la nuestra. Menos mal que me he despertado...

Ella lo miró amorosamente y extendió sus níveos brazos hacia su esposo, y le dijo:

—Tendrá hambre —dijo ella, colocando al principito junto a su blanco pecho. El pequeñín mamó con delicadeza hasta que se quedó dormido, soñando con futuras batallas.

M. D. Álvarez 

Ya ha pasado un año.

Ayer hizo un año que mis musas se volvieron desbordantes y creativas.

No sé cuál es la razón de tanta actividad; puede ser que no deseen causarme dolor por la pérdida de mis padres y lo reflejen susurrándome todo tipo de historias.

O, simple y sencillamente, se desviven por mí; no lo sé. Lo que sí sé es que no habría logrado salir del pozo sin su ayuda, una ayuda que no sé si merecí o no, pero ellas me la brindaron sin pedir nada a cambio.

Y así, entre susurros, mis musas tejieron un resplandor en la penumbra. No busco razones, solo abrazo este torrente de ideas e imagenes que me sostuvo y me salvó. Su regalo no fue solo creatividad, sino el coraje para seguir tejiendo luz con palabras. 

Fin.

M. D. Álvarez 

lunes, 20 de abril de 2026

Me tienes loco.

Él no podía soportar verla rodeada de tanto maromo que trataba de encandilar luciendo sus músculos, pero ella solo tenía ojos para él. Al verlo totalmente cabreado, se dirigió hacia él, dejando a los maromos con tres pares de narices, y le dijo: "Te voy a arrancar los celos a besos". Sin mediar palabra, lo comenzó a besar con tal pasión y fervor que lo desarmó.

Él se quedó paralizado por un instante, sorprendido por su audaz declaración y la intensidad de sus besos. Cada caricia de sus labios parecía borrar la rabia que había acumulado al ver a esos tipos acercarse a ella. Su mundo se redujo a ese momento, a la forma en que ella lo miraba con esos ojos llenos de amor y determinación.

Cuando finalmente se separaron, él la miró, aún aturdido.

—¿Sabes que me vuelves loco? —dijo él con una sonrisa que empezaba a asomarse entre la frustración.

—Lo sé —respondió ella, jugando con su cabello—. Y no quiero que lo olvides. No importa cuántos músculos exhiban, tú eres el único que tiene mi corazón.

Él sintió cómo sus celos comenzaban a desvanecerse, reemplazados por una calidez que solo ella podía provocarle. 

—No me gusta compartirte —confesó él, mientras la rodeaba con los brazos—. Aunque sé que eres solo mía.

Ella sonrió y lo miró con complicidad.

—Entonces, ¿qué tal si nos alejamos de aquí y encontramos un lugar solo para nosotros?

Sin esperar respuesta, tomó su mano y lo llevó hacia la salida del bullicioso bar donde se encontraban. La música sonaba fuerte y las risas resonaban a su alrededor, pero todo eso desapareció cuando salieron al aire fresco de la noche.

Una vez fuera, ella lo empujó suavemente contra la pared y lo besó de nuevo. Esta vez era un beso lleno de promesas, de complicidad y de una conexión que iba más allá de los celos. Sus corazones latían al unísono mientras el mundo exterior se desvanecía.

—¿Ves? —dijo ella entre risas—. Te arranqué los celos a besos.

Él no pudo evitar reírse también; estaba completamente rendido ante ella.

—Sí, pero ahora tengo otra preocupación —dijo él, mirándola fijamente.

—¿Cuál? —preguntó ella con curiosidad.

—Que nunca querrás dejar de hacerlo.

Con una mirada traviesa en sus ojos, ella respondió:

—No tengo intención de hacerlo. 

Y así comenzaron una nueva aventura juntos, dejando atrás los maromos y abrazando el amor que solo ellos compartían.

M. D. Álvarez 

domingo, 19 de abril de 2026

El baúl de los deseos. 2da parte

Marcus se quedó paralizado en el umbral, el corazón martilleándole con tanta fuerza que casi ahogaba sus palabras. El baúl de 200 kilos había sido un juego de niños comparado con el esfuerzo de articular una sílaba en ese momento.

—¿Pasar? —logró decir, su voz un poco más grave de lo habitual—. ¿Ahora?

—A menos que estés entrenando para un triatlón y esto sea solo el calentamiento —respondió ella, con una sonrisa pícara que le iluminó los ojos. Un brillo travieso que desarmó por completo a Marcus.

Asintió, incapaz de negarse, y entró en el apartamento. Era exactamente como se lo había imaginado: luminoso, lleno de plantas, con estanterías repletas de libros y un desorden elegante que hablaba de una personalidad vibrante. Olía a café recién hecho y a jazmín.

—Yo soy Angie, por cierto —se presentó, cerrando la puerta—. Tu abuela y yo somos cómplices de té y galletas los martes.

—Ah, conque eres tú —dijo Marcus, encontrando por fin un hilo de seguridad—. Me ha dicho que tiene una vecina que le gana al ajedrez y que tiene un gusto excelente para la música. Ahora entiendo por qué de repente empezó a escuchar jazz.

Angie rió, un sonido claro y musical. Le señaló el sofá.

—Siéntate,por favor. ¿Te gustaría un café? Pareces de haberlo sudado.

—Un poco, sí —admitió él, sintiendo cómo la tensión inicial comenzaba a ceder. Se sentó, sus grandes manos descansando sobre sus rodillas, consciente de su propio cuerpo en ese espacio que era tan claramente ella.

Mientras Angie preparaba el café en la cocina, Marcus no podía evitar observarla. Cada movimiento era grácil, seguro. Llevaba un vestido corto y sencillo, pero en él parecía la prenda más sofisticada del mundo.

—Mi abuela exagera siempre —dijo, intentando mantener la conversación—. Seguro te dijo que rescato gatitos de los árboles a diario.

Angie se asomó por la esquina de la cocina, sosteniendo la cafetera.

—En realidad,me dijo que eres carpintero, que restauras muebles viejos y que eres la persona más amable que conoce. Y después de lo que acabo de ver, añado que eres modesto.

Marcus se ruborizó de nuevo. Sentía que esa tarde iba a batir todos sus récords personales de sonrojo.

Elara regresó con dos tazas humeantes y se sentó frente a él, cruzando las piernas.
—Así que,Marcus, el hombre del que mi vecina octogenaria no para de hablar… ¿por qué nunca te había visto por aquí?

Él tomó su taza, agradeciendo el calor que le transmitía a los dedos.

—Porque siempre que sabía que estabas en el pasillo,me escondía —confesó, con una honestidad que lo sorprendió a sí mismo.

Los ojos de Angie se abrieron ligeramente, sorprendida.

—¿Esconderte?¿Por qué?

—Por… esto —dijo él, haciendo un gesto vago entre ellos—. Porque no sabía qué decirte. Porque una mujer como tú me parece… abrumadora.

Ella inclinó la cabeza, estudiándolo. Su mirada ya no era solo de diversión, sino de genuina curiosidad.

—Una mujer como yo.¿Y qué soy yo, Marcus?

Él respiró hondo y la miró directamente a los ojos, decidido a no apartar la vista esta vez.

—Eres la chica que veo leyendo en el banco del parque y que desearía tener el valor para saludar.Eres la que lleva unos zapatos rojos que parecen un desafío. Eres… la razón por la que a veces subo seis pisos por las escaleras, solo por si acaso te encuentro.”

El silencio que siguió fue denso, cargado de algo más potente que las palabras. La sonrisa de Angie se suavizó, transformándose en algo más tierno, más íntimo.

—Marcus —susurró su nombre, y en su boca sonó a poesía—. Qué tonto eres. Yo también te he estado observando. Y hoy, al verte con ese baúl y con la abuela… me dije: «Angie, si no abres esa puerta ahora, te arrepentirás para siempre».

Él la miró, sin poder creer lo que estaba escuchando. El miedo y la duda se disiparon como humo, reemplazados por una esperanza cálida y vibrante.

—¿Y… y de qué te arrepentirías? —preguntó, su voz apenas un hilo de voz.

Ella se inclinó hacia adelante, apoyando el mentón en una mano.

—De no poder hacer esto—dijo.

Y, lentamente, cerró la distancia entre ellos y le dio el beso más suave y prometedor que Marcus había recibido en toda su vida. El baúl, la anciana, los seis pisos… de repente, todo había valido la pena.

M. D. Álvarez 

sábado, 18 de abril de 2026

El baúl de los deseos.

Llevaba años observándola con deseo, pero no se atrevía a pedirle que saliera con él. Era una chica sofisticada y atrevida. Cada vez que la veía, su corazón parecía volverse loco; daba saltos de alegría y, a veces, si estaba especialmente arrebatadora, parecía detenerse. Un día, la descubrió observándolo mientras cargaba un baúl de 200 kilos que una dulce ancianita le pidió que subiera a su casa en un sexto piso. Ella vivía dos puertas más allá de la viejecita. Justo cuando pasaba delante de su puerta, ella abrió la puerta.
 
—Cuidado que pasó", dijo él, pasando como una exhalación.

Ella se quedó pasmada; aquel tiarrón cargaba con aquel enorme baúl sin apenas esfuerzo.

—Si me necesitas algo más, me avisas, abuela", dijo él, abrazando a la ancianita con tal ternura que la hechizó.

—¿Eres Marcus?, preguntó ella cuando pasaba delante de su puerta.

—Sí, lo soy, respondió él, ruborizándose.

—Tu abuela me ha hablado mucho de ti, dijo con alegría.

—Espectó que nada malo, respondió con una leve sonrisa.

—No, todo maravillas, dijo ella con una amplia sonrisa. —¿Quieres pasar? Me gustaría conocerte mejor.

Continuará...

M. D. Álvarez 

viernes, 17 de abril de 2026

El musculitos y la bailarina.

Su poderío era más que notable; tenía una musculatura portentosa y una agilidad pasmosa. Se lo demostró atrapando con destreza a todos los que iban cayendo de los pisos más altos. La última en saltar ejecutó un salto de ángel; él la recibió con una delicadeza supina.

—Estás fuerte —refirió ella al ser cogida al vuelo.

—Eres una sílfide y no pesas apenas —respondió él, mientras la depositaba con suavidad en el suelo, bajo los aplausos de los transeúntes y de todos los rescatados.

—Gracias, no ha sido nada —refirió él, quitándole importancia a sus actos heroicos.

—¿Cuál es tu nombre? —preguntó ella con dulzura.

—Marcus Aloisius Bagner, y tú eres... —preguntó él, visiblemente embelesado por la hermosura de ella.

—Angie Paterson, bailarina.

—Ya me di cuenta de que tu salto del ángel ha sido precioso —refirió él con delicadeza, besando dulcemente la mano de ella.

M. D. Álvarez

jueves, 16 de abril de 2026

Alma oscura.

Todos tenemos nuestro lado oscuro y tenebroso. Mi parte oscura va tomando fuerza a medida que mis musas se adentran en reinos inexplorados y aterradores, poblados de seres ancestrales y oscuros. Mi alma, otrora blanca y pura, se va transformando en un alma aterradora. 

Temo lo que pueda surgir de mi interior; cada noche siento cómo va creciendo, a medida que destilan palabras adormecedoras en la oscuridad. La criatura que habita en mí es fuerte, sanguinaria y abrumadoramente autodestructiva.

Cada noche noto cómo se va abriendo paso hacia el exterior; por mucho que intento impedir que llegue a la superficie, sé que no lo voy a poder detener, y cuando surja, no oséis hacerle frente, pues su furia será exacerbada y visceral. Así que, si percibís en mí un aura oscura, huid como alma que lleva el diablo.

M. D. Álvarez 

miércoles, 15 de abril de 2026

El adiós.

El profesor al que habían entregado a su hijo era la única persona que sabía de su existencia.

Pero tenían que partir en una misión que tal vez sería su final. Se despidieron de su pequeño, al que habían dotado de todos sus dones, para que, cuando creciera, se hiciera protector del planeta.

Héctor, que así se llama nuestro héroe, creció fuerte, ágil e inteligente.

Bajo la supervisión de su maestro, que le hablaba de sus padres y le inculcaba el amor a la humanidad y hacia el planeta.

Los conocimientos de Héctor eran asombrosos, pero no podía ni debía divulgar sus saberes. No se atrevía a mostrar toda la sabiduría ancestral sin saber si sus conocimientos llevarían a la extinción de la raza humana. Ni siquiera su buen amigo, el profesor Tanaka, conocía sus pensamientos. Tan solo Elena había logrado vislumbrar su potencial.

Y ella le amaba por no mostrarse tal y como era. Con ella, era delicado, encantador y sensible.

M. D. Alvarez

Angie Lýkes y Marcus Aétos. II

​Marcus extendió sus manos, que aún conservaban las pequeñas cicatrices de la pelea matutina, y recibió el bulto. El metal no era frío; al tacto, desprendía una calidez vibrante, como si el material tuviera pulso propio. Al desenvolver el paño de seda púrpura, la coraza de mitril bruñido destelló bajo el sol de la tarde, reflejando el rostro asombrado del niño y los ojos decididos de la joven heredera.

​—Ábrela —instó Angie con una sonrisa que suavizó su semblante de futura monarca.

​Con dedos temblorosos, Marcus ajustó las correas sobre su túnica de lino. En cuanto el peto tocó su pecho, ocurrió el prodigio: las placas de metal se contrajeron y expandieron con un leve siseo metálico, moldeándose perfectamente a su pequeña caja torácica. No pesaba más que una pluma, pero Marcus sintió una seguridad que nunca antes había conocido.
​Los guardias reales intercambiaron miradas de desaprobación. Aquella armadura no era un simple juguete; era una reliquia forjada en las fraguas de los Ancestros, destinada solo a generales o héroes de leyenda. Que una Lýkes la entregara a un quinto hijo era un mensaje político que todo el reino escucharía al amanecer.

​Marcus levantó la vista, encontrándose con la mirada de Angie. En ese instante, el mundo a su alrededor —su madre, los soldados, el patio de los Aetós— pareció desvanecerse.

​—Mi vida es vuestra, Lady Angie —susurró el niño, su voz ganando una profundidad impropia de sus siete años—. No solo por la impronta de mi sangre, sino por la voluntad de mi corazón.
​La paz del momento fue interrumpida por un graznido agudo. En lo alto, un halcón negro, símbolo de la facción disidente de los valles del norte, trazó un círculo sobre la propiedad. La madre de Marcus palideció y retiró la mano de la cabeza de su hijo.

​—El destino tiene prisa, Marcus —dijo Angie, recuperando su tono regio mientras se daba la vuelta para regresar a su escolta—. Entrena. Crece. La coraza te protegerá de los golpes, pero solo tu brazo podrá protegerme a mí de lo que se avecina.

​Mientras la comitiva real se alejaba, Marcus permaneció firme en el centro del patio. El viento agitó su cabello y el sol arrancó destellos de su nueva piel de metal. Ya no era solo el quinto hijo de una familia de servidores; era el escudo de una reina, y el peso de esa responsabilidad comenzaba a forjar al hombre en el que se convertiría.

M. D.  Álvarez 

martes, 14 de abril de 2026

La Sonata del Diablo.

Los pliegan, los guardan en sus bolsos y se largan con viento fresco sin mirar atrás. Si lo hubieran hecho, es posible que no lo hubieran robado, pero no lo hicieron y la maldición recayó sobre ellas. Ahora, la perdición iba tras ellas, pues habían robado una valiosa partitura del compositor Giuseppe Tartini, más exactamente, la Sonata del Diablo. 

Si esas jovencitas trataban de tocarla, serían irremediablemente privadas de sus facultades, ya que la obra en sí es terriblemente dificultosa, excepto para el mismo diablo que la compuso.

M. D. Álvarez 

Angie Lýkes y Marcus Aétos.

El águila imperial era el emblema de su familia. Era el quinto hijo de la familia de los Aetós, siempre dispuestos a cuidar de la regia familia de los Lýkes.

Marcus fue criado bajo la impronta de la joven hija Angie Lýkes. Su unión fue vaticinada por los hados; les auguraban los dioses imperiales.

Marcus Aétos, cuando tan solo tenía siete años, se enfrentó a un bravucon que quiso meterse con su protegida. Él se encaró con aquel niñato que trató de golpearlo, pero Marcus lo esquivó y lo noqueó de un fuerte golpe..

Ella supo del gran valor de su protector y fue a visitar el hogar de la familia de los Aétos. Llevó una hermosa coraza del más duro material.

Los Aétos quedaron maravillados ante tan hermoso presente para su hijo menor, al que habían implantado la impronta de protección.

Los Aétos llamaron a su joven hijo, que se presentó raudo al verla. Escoltada por las guardias reales, temía haber incurrido en alguna falta y se acercó con docilidad.

Su madre apoyó su diestra mano sobre la cabeza de su joven y querido hijo y dijo:

—Lady Angi Lýkes tiene un regalo para ti, mi dulce Marcus.

El sorprendido se aproximó a su protegida e inclinó la cabeza a modo de saludo. Los guardias lanzaron furibundas miradas al pequeño, pero se mantuvieron firmes. Angie hizo un gesto con la mano y uno de aquellos guardianes sacó un paquete que mansamente ofreció a la joven. Angie lo cogió y avanzó con la serenidad de una reina hasta donde Marcus permanecía estático.

—Marcus, he visto tu valor y fortaleza al defender mi honor, y por lo cual me es grato entregarte esta magnífica coraza que cubrirá tu cuerpo y se adaptará a tu crecimiento —dijo con tono regio.

Él sintió mariposas en su estómago; ella era la chica más hermosa y parecía especialmente interesada en él.

Continuará...

M. D. Álvarez 

Saltimbanqui

Llevaba toda la noche debajo de las sábanas mientras sentía cómo algo iba saltando, dando brincos sobre mí. Aterrada, llamé insistentemente, pero no me escucharon. 

Pensé: "Tengo una pesadilla lúcida". A la mañana siguiente, me vestí, bajé a desayunar y volví para hacer la cama. ¿Y cuál fue mi sorpresa? Al echar para atrás el cobertor, apareció una adorable ratita que se había colado por el agujero del cable de la lámpara de techo y se había pasado la noche practicando saltos mortales sobre mi espalda. 

Pobre, intentaba regresar a su nido. La historia no tuvo un final feliz, ya que mi madre tenía miedo a las ratas y la espanzurró con la escoba.

Esta historia es verídica.

M. D. Álvarez 

lunes, 13 de abril de 2026

Angel con piel de bestia.

Ella preguntó por él en voz alta.  
"No ha venido", respondió el profesor.  
Aquello la alteró; nunca había faltado a ninguna de las clases, y menos a la que impartía el catedrático en genética híbrida. Tenía una especial predilección por la genética, y su apariencia era fruto de sus genes.

Salió del aula y se dirigió a su habitación. Lo encontró asustado, desnudo y cubierto de sangre. Se vio empujada por el amor que le tenía a acercarse y cubrirlo con una sábana. Él, en cuanto la vio, solo pudo decir, sollozando:   —"No sé qué he hecho, pero esta sangre no es la mía".

—"Marcus, sé que tú no has hecho nada malo. A pesar de tu aspecto, tienes un corazón que no te cabe en el pecho. Eres dócil y sensible", dijo ella, deslizando su mano sobre la espalda peluda.

Marcus era un licántropo de última generación; el factor de su genética había fundido sus dos personalidades: la física era de un adorable licántropo, mientras que su intelecto era humano.

Mientras lo consolaba,su mirada se cruzó con el reflejo en la ventana. Allí, entre las sombras del jardín, distinguió la silueta destrozada de un guardia de seguridad. Y comprendió. El instinto de protección de Marcus, desatado sin control, había actuado donde la razón humana era lenta. No era un monstruo; era un ángel vengador con piel de bestia.

M. D. Álvarez 

Bala de plata.

Su corazón permanecía frío, pero con un latido casi imperceptible. Había sido alcanzado por una esquirla de plata; aquella pequeña astilla hacía que su transformación fuera imposible y sus heridas fueran casi imposibles de curar. Ella percibió aquel casi inaudible latido y le hizo una placa de rayos X, donde pudo localizar aquel pequeño trozo de plata incrustado un milímetro en su noble corazón. Buscó al mejor cirujano cardiotorácico y le expuso lo que había encontrado en el paciente.

—Es una intervención de alto riesgo, refirió el cirujano.

—Lo sé, pero es la única oportunidad que tiene para sobrevivir, dijo ella con cautela.

—Muy bien, programemos la operación para mañana a las 10, respondió él.

—Gracias, Sven, dijo ella. Sven era un viejo conocido; su dedicación a la cirugía y sus manos firmes lo hacían el idóneo para operarlo a corazón abierto.

Al día siguiente, tras una larga intervención de algo más de cuatro horas, Sven salió del quirófano y se dirigió a Angie.

—La operación ha sido todo un éxito; se recuperará, dijo, tendiendo un frasco de muestras donde Angie pudo ver un trozo de una bala de plata. —Esto es lo que ha estado a punto de matar a tu compañero.

—Puedo verlo, preguntó ella.

—Todavía está en el despertar. En cuanto se despierte y comprobemos que todo ha salido bien, lo subiremos a planta; entonces podrás verlo, respondió Sven.

M. D.  Álvarez 

domingo, 12 de abril de 2026

Alma quebrada.

No tenía nada más que ofrecer; había vaciado su alma al entregar todo su amor a la preciosa y adorable musa que cuidaba de él. Ella se llamaba Angie y él recibió el regio nombre de Marcus; su alma se quebró por ella.

Su dolor lo mantenía con vida, pero falto de toda conexión con el mundo, su estancia lo mantenía recluido en aquella habitación y anclado a aquella cama de hospital. 

A pesar de ello, ella seguía visitándolo y recordándole los buenos momentos que habían pasado juntos, disfrutando de cálidos instantes antes de sufrir un aneurisma que lo sumió en un letargo profundo.

A pesar del letargo, Marcus percibió un breve resplandor a pesar de tener los ojos cerrados al entrar Angie en la habitación. Ella traía la luz a su alma partida y lo mantenía vivo.

M. D. Álvarez 

sábado, 11 de abril de 2026

El huracán interior.

No servía para arreglar aquel estropicio; era como si hubiera pasado un huracán de grado 5 por allí. Pero, a pesar de todo, lo quería con su furia y su pasión. 

Él intentaba controlarse; sabía que tenía unos prontos inquietantes, pero en aquel momento no pudo controlarse y la tomó con el edificio de reclutamiento. Perdió los nervios; lo habían rechazado, diciendo que no era apto para el servicio. 

Él deseaba servir a su país, y el mero hecho de no dejarle hizo que estallara y destrozara el edificio con sus puños.

M. D. Álvarez 

Despertador digital.

Su despertador digital de luces blancas de neón no la dejaba dormir, pero era lo único que la molestaba cuando se quedaba a dormir con él, aunque no dormían mucho, ya me entendéis.

Él percibió su molestia y giró el despertador. "Ahora ya puedes dormir", dijo sonriendo, como él sabía, después de colmarla de besos y atenciones.

Ella sonrió, sintiendo cómo la calidez de sus caricias la envolvía. La luz del despertador ya no era un problema, solo un detalle menor en medio de la burbuja de felicidad que habían creado juntos. 

—Eres un verdadero caballero —dijo ella, jugando con el borde de la manta mientras él la abrazaba más fuerte.

—Lo hago por ti —respondió él, su voz suave como el terciopelo—. Quiero que cada momento juntos sea perfecto.

M. D. Álvarez 

viernes, 10 de abril de 2026

La fragua. 2da paté.

Pasaron las dos semanas y Sigrun regresó a la fragua, ansiosa por ver las armas que Logi había forjado para ella. Al llegar, encontró al forjador con el rostro iluminado por el resplandor de la fragua, sus manos firmes sosteniendo las piezas que había creado con tanto esmero. 

—Logi, ¿están listas? —preguntó Sigrun, intentando disimular la emoción en su voz.

—Sí, mi señora. Aquí están las armas que pedisteis —respondió él con una sonrisa cálida, extendiendo hacia ella la ulfberht, la skyrim y el skjaldborg.

Sigrun tomó la ulfberht primero, sintiendo el equilibrio perfecto entre la hoja y la empuñadura. La espada brillaba con un fulgor casi divino, y las incrustaciones en la guarda reflejaban la luz de manera hipnótica. 

—Es... magnífica —murmuró, pasando sus dedos por la hoja con admiración.

—La forjé con acero y una lágrima de Freya —explicó Logi—. Es tan resistente como el espíritu de una valquiria.

Luego, tomó la skyrim, la daga nórdica. Su hoja era más corta pero igualmente impresionante, con un filo que parecía capaz de cortar el aire mismo. La empuñadura, tallada con runas antiguas, se ajustaba perfectamente a su mano.

—Esta daga será tu compañera en las batallas más cerradas —dijo Logi—. Ligera pero letal, como el viento que acaricia los campos de Asgard.

Finalmente, Sigrun levantó el skjaldborg, el escudo que Logi había diseñado para ella. Aunque liviano, su superficie estaba adornada con gemas que brillaban como estrellas, y el metal parecía casi indestructible.

—Este escudo os protegerá en los momentos más oscuros —aseguró Logi—. Lo forjé con metales que encontré en los bosques sagrados, y lo adorné con gemas que reflejan la luz de los dioses.

Sigrun, conmovida por la dedicación y el talento de Logi, lo miró a los ojos.

—Logi, no solo has forjado armas... has creado obras de arte. Nunca había visto algo tan hermoso y poderoso. ¿Cómo puedo agradecerte?

Logi sonrió con modestia.

—Vuestro aprecio es más que suficiente, Sigrun. Ver vuestra satisfacción es la mayor recompensa para un forjador.

Sigrun, sin embargo, no podía dejar de sentir que algo más se había forjado en aquella fragua. No solo armas, sino una conexión entre ellos, un vínculo que iba más allá de lo terrenal. 

—Logi —dijo, con una voz más firme—, ¿aceptarías acompañarme en mi próxima misión? Tus armas son magníficas, pero tu presencia sería aún más valiosa.

Logi, sorprendido por la petición, dudó por un momento. Nunca había abandonado la fragua por mucho tiempo, pero algo en los ojos de Sigrun lo convenció.

—Iré con vos, Sigrun —respondió—. Pero prometedme que me permitiréis regresar a la fragua cuando sea necesario. El fuego y el acero son parte de mi ser.

—Lo prometo —aseguró Sigrun, extendiendo su mano hacia él.

Así, Logi y Sigrun partieron juntos, llevando consigo las armas que simbolizaban no solo la habilidad del forjador, sino también el comienzo de una nueva alianza. La fragua quedó en silencio, pero el eco del martillo de Logi resonaba en cada pieza que había creado, recordando a todos que el arte de forjar no solo moldea metales, sino también destinos.

M. D.Álvarez 

jueves, 9 de abril de 2026

Su crítico culinario.

Ella era una consumada chef y se encontraba en el Olimpo de los cocineros. Había aprendido de los mejores. Su pareja era un amor; devoraba todo lo que ella le preparaba. Eso sí, todos los días se pegaba unas palizas para no engordar ni un gramo. A ella le gustaba su cuerpo musculado, pero sin una pizca de grasa. 

—Eres mi mejor crítico", dijo ella al ver cómo devoraba su última creación: cebolletas caramelizadas con ajos tiernos sobre bistec de wagyu salteado a las finas hierbas. 

—¿Y bien, qué te parece? —preguntó ella, apreciándose.

Él saboreaba con verdadero deleite. La hizo esperar, pero adoraba cómo lo cuidaba, y por fin le dio su parecer. Ella siempre sabía que él no se callaría ningún error.

—Perfecta compenetración del sabor, la carnosidad, el equilibrio; en definitiva, apetitosa, deliciosa y suculenta —respondió con una gran sonrisa—. Siempre logras sorprenderme, mi vida.

Ella sonrió de forma dulce y cantarina, se fue hasta él y lo besó con devoción. —Tú eres mi mejor crítico culinario.

M. D. Álvarez 

miércoles, 8 de abril de 2026

Superando límites.

Ella era de todo menos débil y desvalida, y se lo demostraba a cada momento. Él bajaba el ritmo al sprintar en sus entrenamientos para llegar con ella a la meta. Algunas veces la dejaba ganar, aunque ella se enfadaba con él, que levantaba las manos a modo de disculpa.

—Algún día lo lograré —le decía sonriente.  

—De eso no tengo ninguna duda —respondió él con satisfacción. La había tomado bajo su protección; había visto algo más en ella, algo que los demás no percibían, pero que le daba un potencial extraordinario.

Ella sabía que debía esforzarse más, pero no porque necesitara probarle algo a él, sino para demostrarle a sí misma lo que era capaz de alcanzar. Cada entrenamiento era una oportunidad para crecer, aprender y superar sus propios límites. Las mañanas de entrenamiento se convirtieron en su santuario, un lugar donde no existían las dudas ni los temores, solo el sonido rítmico de sus respiraciones y los latidos de su corazón.

Un día, mientras entrenaban bajo un cielo despejado, él notó un cambio en su paso. Había ganado fuerza, velocidad y determinación. No le dijo nada, pero una sonrisa se dibujó en su rostro. Ella, con la misma sonrisa confiada de siempre, lo miró y dijo:

—Hoy es el día.

—¿Hoy? —preguntó él, levantando una ceja, intrigado por su determinación.

—Sí, hoy voy a ganarte sin que tengas que bajar el ritmo.

Empezaron a correr, y él se dio cuenta de que ella no estaba bromeando. Mantuvo su ritmo, y ella se mantuvo a la par, con una mirada resuelta. Paso a paso, kilómetro a kilómetro, su fuerza y velocidad eran palpables. Al acercarse a la línea de meta, ella aceleró, dándolo todo, y cruzó la línea apenas un segundo antes que él.

Se detuvieron, respirando con dificultad, y él no pudo evitar reír. Ella lo había logrado.

—Lo hiciste —dijo él, orgulloso—. Sabía que podías.

Ella, aún jadeando, le devolvió la sonrisa.

—Gracias por creer en mí.

M. D. Álvarez 

martes, 7 de abril de 2026

El velocista.

Sus camaradas lo habían retado a competir en una carrera de velocidad, pero creían contar con el vehículo tuneado más rápido de uno de los mejores conductores de carreras. Cuando lo vieron presentarse en la línea de salida sin ningún vehículo, creyeron que habían ganado aquel reto. 

Sin embargo, en cuanto vieron cómo su cuerpo se transformaba de un atlético joven a un musculoso y ágil licántropo, no estuvieron seguros de lograr vencerlo. 

Ella lo animaba con aquellos pompones rojos.

El juez de pista los alineó y dijo las tres palabras: "preparados, listos, ya". El coche aceleró, pero lo que salió acelerando fue él; sprintaba veloz. Fue un visto y no visto. Su poderosa zancada le hizo marcar un tiempo récord; solo vieron de él la estela de polvo que dejó al salir disparado. Por suerte, redujo la velocidad al cruzar la línea de meta para poder salir en la foto finish y acreditar que era el velocista más rápido del planeta. 

M. D. Álvarez 

lunes, 6 de abril de 2026

Eostre y el conejo de Pascua.

Aquel lindo conejito era símbolo de fertilidad, de la nueva vida, y todos los niños esperaban que llegara el día para recoger los huevos que aquel precioso conejito había ido escondiendo. Pero, ¿a que no sabéis de dónde viene su origen? ¡Exactamente, es pagano!

La mitología germánica tiene como mensajero de la diosa de la fertilidad, Eostre, a un precioso conejito que, según cuentan las leyendas germanas, recogía huevos y los coloreaba de vivos colores para agradar a su diosa, que los multiplicaba para alegrar a los niños.

Pero quizás lo que muchos no saben es que el conejo era la diosa Eostre, que se transformó por amor a un precioso pajarillo herido.

Conservó la capacidad de poner huevos una vez al año; los decoraba de vivos colores y los depositaba sobre la hierba como símbolo del renacimiento.

M. D. Álvarez

Es una versión libre del Conejo de Pascua. Espero que no se ofendan.

Cuerpo turgente.

Su cuerpo era verdaderamente apetecible; sus curvas voluptuosas y deseables lo volvían loco de deseo. Ella lo idolatraba y calmaba sus apetitos, por muy complicados que fueran. Sus formas turgentes hacían las delicias de él, que con dulzura acariciaba suavemente su piel.

Ella cerró los ojos, disfrutando de la suavidad de sus caricias. Cada roce de sus dedos sobre su piel era como un fuego que se encendía, despertando sensaciones que la hacían sentir viva. Sabía que él la deseaba, y eso la llenaba de una confianza embriagadora.

—Eres perfecta, susurró él, su voz resonando en el aire como un canto hipnótico. Su mirada estaba fija en ella, como si intentara grabar cada detalle en su memoria.

—No soy perfecta, pero me haces sentir así, respondió ella, abriendo los ojos y encontrándose con su mirada penetrante. Había algo en su expresión que la hacía sentir deseada y valorada, más allá de lo físico.

Con un movimiento delicado, él se inclinó hacia ella, dejando que sus labios rozaran suavemente su cuello. Ella sintió un escalofrío recorrer su cuerpo, una mezcla de emoción y anticipación. Era un juego entre el deseo y la dulzura, donde cada pequeño gesto contaba una historia.

—Quiero que este momento dure para siempre, dijo él mientras se apartaba un poco para mirarla a los ojos. —Eres mi inspiración, mi musa.

Ella sonrió, sintiéndose poderosa y vulnerable a la vez. —Y tú eres mi refugio. Cada vez que estoy contigo siento que puedo ser yo misma.

Con esas palabras flotando en el aire, él la tomó de la mano y la llevó a un rincón más iluminado de la habitación. Allí había una ventana con vista a las estrellas; el cielo nocturno era un manto negro salpicado de luces brillantes.

—Mira, -dijo él mientras señalaba las estrellas. —Son como nosotros, brillando en medio de la oscuridad.

Ella se acercó a la ventana, sintiendo cómo el calor de su cuerpo se mantenía cerca del suyo. —¿Y si alguna vez nos apagamos? preguntó con un tono juguetón.

Él sonrió, acercándose aún más. —Nunca lo haremos mientras estemos juntos.

Ambos compartieron una risa suave mientras sus miradas se cruzaban nuevamente. En ese instante, no había nada más importante en el mundo que ellos dos y el momento que estaban viviendo.

M. D. Álvarez 

domingo, 5 de abril de 2026

El guardián de su pequeña.

Y el suyo goza de una salud excelente, no como el de los vecinos, que había fallecido de una dolencia extraña. 

—¿Crees que ha tenido algo que ver con el fallecimiento del lobo de nuestros vecinos? —preguntó ella, observando a su precioso lobo nublar que jugueteaba con su pequeña, haciendo cabriolas. 

—¡Athor, ven aquí! —ordenó la joven dueña de aquel magnífico ejemplar de lobo nublar, que al punto salió disparado a situarse al lado de su dueña, que lo observó para ver si tenía arañazos o signos de pelea. —Tú no te habrás peleado con el perro de los vecinos, ¿verdad? —preguntó ella, risueña, jugueteando con las orejas de su lobo, que disfrutaba de las caricias de su dueña, expresando su felicidad lamiéndola la cara y meneando la cola. 

—Ahora ve a por la chiquitina —le ordenó. 

Él salió disparado en dirección a la chiquitina, que al verlo venir corriendo levantó sus tiernos bracitos en señal de alegría.Él la agarró dulcemente por el arnés y la levantó con facilidad; volviendo, dando saltos, con cada brinco la pequeña estallaba en dulces gorjeos.  

—La tienes mal criada, mi precioso lobito, dijo su madre, recogiendo a la dulce benjamina de las fauces de su tierno guardián.

M. D. Álvarez 

sábado, 4 de abril de 2026

La generación de la luz.

El no apagón es todo lo contrario del apagón. Cuando la luz no se podía apagar, toda la energía fluía continuamente, sin pausa. Las máquinas de movimiento continuo no se detenían ni para recoger minerales; las luces estaban constantemente encendidas, los televisores emitían siempre, al igual que las radios. Pero los que más sufrían éramos los humanos, ya que no teníamos la posibilidad de dormir con tanto bullicio. Seguro que no sabéis lo que ocurriría si tuvierais un año de luz continua sin posibilidad de apagarla. Os lo voy a decir: se perdería una generación adicional. Somos los humanos, siempre haciéndolo en la oscuridad. Solo los más eruditos procrearían en tan bullicioso y luminoso año, y sus hijos serán conocidos como la Generación de la Luz.

La Generación de la Luz, así se les llamaría, pero no solo por el brillo constante que los rodeaba, sino por la peculiar forma en que sus mentes se adaptaron a la sobrecarga sensorial. Los niños nacidos en ese año no conocieron el silencio, ni el descanso que trae la oscuridad. En lugar de sueños, sus noches estaban llenas de imágenes y sonidos, un constante flujo de estímulos que los empujaba a un estado de alerta perpetuo.

Los eruditos, esos pocos valientes que habían decidido procrear bajo las luces incesantes, se convirtieron en figuras legendarias. Sus hijos eran curiosos, inteligentes, pero también inquietos y ansiosos. Aprendieron a comunicarse de maneras que los demás apenas podían comprender; sus palabras eran rápidas y entrecortadas, como si temieran perderse en el caos del mundo que los rodeaba.

A medida que crecían, las habilidades sociales de estos niños se transformaban. No necesitaban la oscuridad para encontrar consuelo; su mundo era un torbellino de luces brillantes y sonidos vibrantes. Sin embargo, había algo inquietante en sus ojos: una búsqueda constante de algo que no sabían nombrar.

Los eruditos intentaron enseñarles sobre la importancia del silencio y la reflexión, pero sus discípulos parecían más interesados en el siguiente destello o sonido.

Un día, un anciano sabio decidió que era tiempo de actuar. Se reunió con otros como él y formuló un plan: crear un espacio donde las luces pudieran apagarse al menos por un breve momento cada día. Un refugio donde las sombras pudieran danzar y el silencio pudiera reinar. Pero sabía que enfrentaría una dura resistencia; la Generación de la Luz había crecido sin límites.

Sin embargo, estaba decidido. Si había una posibilidad de recuperar algo del equilibrio perdido, valía la pena el intento. La lucha por restablecer la oscuridad comenzaría pronto, no solo para salvar a una generación, sino para recordarles a todos lo que significa ser verdaderamente humanos: encontrar paz en la penumbra.

M. D.  Álvarez 

viernes, 3 de abril de 2026

La elección del corazon:.

Las tensiones habían ido increchendo entre los dos jóvenes que trataban de conquistar a la misma chica. Siempre habían sido amigos, pero a raíz de la llegada de aquella jovencita, las tensiones se multiplicaron.

Ella sabía el efecto que ejercía sobre los dos jóvenes y no dudaba en ponerlos a prueba con todo tipo de misiones, cada cual más peligrosa. Sin embargo, ninguno de los dos cesaba en cumplir sus deseos, por muy complicados que fueran.

No obstante, ella ya tenía un ganador: el joven de ojos azules y pelo negro era su elección.

La noche que había escogido para dar a conocer al ganador los reunió en la sala.

"¡Sois unos jóvenes muy especiales y me ha resultado casi imposible decidirme por uno de los dos!", refirió ella con sutileza, "pero he de deciros que tú eres mi elección", dijo mirando al joven de ojos azules.

El joven de ojos azules sintió una mezcla de alegría y sorpresa al escuchar las palabras de la chica. Sin embargo, no pudo evitar notar la sombra de decepción en el rostro de su amigo, un sentimiento que lo hizo dudar. ¿Era realmente justo celebrar su victoria mientras su amigo sufría?

La chica, al ver la vacilación en el rostro del joven, sonrió con complicidad. "No te preocupes, he planeado algo especial para celebrar", dijo, tratando de suavizar la tensión. "Quiero que ambos se sientan como verdaderos héroes esta noche".

Mientras se preparaban para la celebración, el joven de ojos azules no podía dejar de pensar en las misiones que habían enfrentado juntos. Desde escalar el viejo roble en el parque hasta recuperar un objeto robado en la feria del pueblo, cada desafío había fortalecido su vínculo. Pero ahora, esa amistad se sentía frágil.

La chica los llevó a una antigua cabaña en el bosque, un lugar donde solían jugar de niños. Las llamas de una fogata iluminaban el espacio mientras ella les pidió que compartieran sus historias más valientes. El otro joven se levantó primero, su voz temblorosa pero decidida. Relató cómo había enfrentado a un grupo de matones para proteger a un compañero en la escuela. La chica lo miró con admiración y asombro.

Luego fue el turno del joven de ojos azules. Se aclaró la garganta y comenzó a hablar sobre una noche en que había salvado a un gato atrapado en un árbol, pero sus palabras pronto se desvanecieron al darse cuenta de que esa historia palidecía frente a la valentía de su amigo.

La atmósfera se tornó tensa y silenciosa después de sus relatos. La chica miró a ambos jóvenes y sintió que el peso de la elección caía sobre ella. "Ambos sois valientes", dijo suavemente. "Pero lo que realmente importa es cómo manejáis esta situación entre vosotros".

En ese momento, el otro joven se levantó y extendió la mano hacia su amigo. "No quiero que esto nos divida", dijo con sinceridad. "Lo más importante es nuestra amistad".

El joven de ojos azules miró la mano extendida y luego a la chica. Aquel gesto lo llenó de gratitud y alivio. "Tienes razón", respondió finalmente, estrechando la mano de su amigo. "No vale la pena perder lo que tenemos por esto".

La chica sonrió al ver cómo los dos amigos recuperaban su conexión. "Quizás hay más formas de amar y ser amado", sugirió con entusiasmo.

Esa noche, entre risas y anécdotas compartidas alrededor del fuego, los tres jóvenes descubrieron que la verdadera victoria no siempre reside en ganar el corazón de alguien, sino en mantener las amistades fuertes ante los desafíos.

M. D.  Álvarez