No tenía nada más que ofrecer; había vaciado su alma al entregar todo su amor a la preciosa y adorable musa que cuidaba de él. Ella se llamaba Angie y él recibió el regio nombre de Marcus; su alma se quebró por ella.
Su dolor lo mantenía con vida, pero falto de toda conexión con el mundo, su estancia lo mantenía recluido en aquella habitación y anclado a aquella cama de hospital.
A pesar de ello, ella seguía visitándolo y recordándole los buenos momentos que habían pasado juntos, disfrutando de cálidos instantes antes de sufrir un aneurisma que lo sumió en un letargo profundo.
A pesar del letargo, Marcus percibió un breve resplandor a pesar de tener los ojos cerrados al entrar Angie en la habitación. Ella traía la luz a su alma partida y lo mantenía vivo.
M. D. Álvarez
No hay comentarios:
Publicar un comentario