Al acercarse al límite del bosque, la luz a su alrededor comenzó a desvanecerse. Las sombras parecían moverse con vida propia, susurrando secretos olvidados y ecos de desesperanza. Sin embargo, la diosa no se dejó intimidar. Con cada paso, su amor por el licántropo iluminaba su camino, creando un sendero de luz en la oscuridad.
Mientras avanzaba, se encontró con criaturas del bosque: espectros de almas perdidas que la observaban con curiosidad. Sin embargo, no se detuvo. Sabía que debía encontrar a su terroncito antes de que fuera demasiado tarde.
Finalmente, tras lo que pareció una eternidad, llegó a una cueva profunda y oscura. Allí escuchó un suave lamento que resonaba entre las paredes de piedra. Su corazón latía con fuerza mientras se acercaba al sonido. Cuando entró en la cueva, encontró a su amado licántropo, atrapado en un resplandor tenue que parecía alimentarse de su esencia.
—¡Terroncito! —exclamó la diosa, extendiendo la mano hacia él—. Estoy aquí.
El licántropo levantó la vista y sus ojos azules brillaron con reconocimiento y amor. —No debiste venir —dijo con voz débil—. Este lugar es peligroso.
—El amor verdadero puede enfrentar cualquier sombra —respondió ella con firmeza—. Te liberarás porque nuestro amor es más fuerte que este cautiverio.
Con la flor iridiscente en mano, se acercó al licántropo y comenzó a recitar palabras antiguas llenas de poder y esperanza. La luz de la flor iluminó la cueva mientras un suave resplandor rodeaba al licántropo, disipando las sombras que lo mantenían prisionero.
Poco a poco, las cadenas invisibles comenzaron a romperse y el licántropo fue liberado, abrazando a la diosa con fuerza. Juntos salieron de la cueva hacia el resplandor del día.
Su vínculo se hizo muchísimo más férreo. Regresaron al reino de la diosa, donde el dulce licántropo corrió libre y desaforado gracias al amor que la diosa le brindó. Siempre regresaba junto a ella con hermosos presentes que el terroncito le traía de sus correrías.
M. D. Álvarez
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