La Generación de la Luz, así se les llamaría, pero no solo por el brillo constante que los rodeaba, sino por la peculiar forma en que sus mentes se adaptaron a la sobrecarga sensorial. Los niños nacidos en ese año no conocieron el silencio, ni el descanso que trae la oscuridad. En lugar de sueños, sus noches estaban llenas de imágenes y sonidos, un constante flujo de estímulos que los empujaba a un estado de alerta perpetuo.
Los eruditos, esos pocos valientes que habían decidido procrear bajo las luces incesantes, se convirtieron en figuras legendarias. Sus hijos eran curiosos, inteligentes, pero también inquietos y ansiosos. Aprendieron a comunicarse de maneras que los demás apenas podían comprender; sus palabras eran rápidas y entrecortadas, como si temieran perderse en el caos del mundo que los rodeaba.
A medida que crecían, las habilidades sociales de estos niños se transformaban. No necesitaban la oscuridad para encontrar consuelo; su mundo era un torbellino de luces brillantes y sonidos vibrantes. Sin embargo, había algo inquietante en sus ojos: una búsqueda constante de algo que no sabían nombrar.
Los eruditos intentaron enseñarles sobre la importancia del silencio y la reflexión, pero sus discípulos parecían más interesados en el siguiente destello o sonido.
Un día, un anciano sabio decidió que era tiempo de actuar. Se reunió con otros como él y formuló un plan: crear un espacio donde las luces pudieran apagarse al menos por un breve momento cada día. Un refugio donde las sombras pudieran danzar y el silencio pudiera reinar. Pero sabía que enfrentaría una dura resistencia; la Generación de la Luz había crecido sin límites.
Sin embargo, estaba decidido. Si había una posibilidad de recuperar algo del equilibrio perdido, valía la pena el intento. La lucha por restablecer la oscuridad comenzaría pronto, no solo para salvar a una generación, sino para recordarles a todos lo que significa ser verdaderamente humanos: encontrar paz en la penumbra.
M. D. Álvarez
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