—Ábrela —instó Angie con una sonrisa que suavizó su semblante de futura monarca.
Con dedos temblorosos, Marcus ajustó las correas sobre su túnica de lino. En cuanto el peto tocó su pecho, ocurrió el prodigio: las placas de metal se contrajeron y expandieron con un leve siseo metálico, moldeándose perfectamente a su pequeña caja torácica. No pesaba más que una pluma, pero Marcus sintió una seguridad que nunca antes había conocido.
Los guardias reales intercambiaron miradas de desaprobación. Aquella armadura no era un simple juguete; era una reliquia forjada en las fraguas de los Ancestros, destinada solo a generales o héroes de leyenda. Que una Lýkes la entregara a un quinto hijo era un mensaje político que todo el reino escucharía al amanecer.
Marcus levantó la vista, encontrándose con la mirada de Angie. En ese instante, el mundo a su alrededor —su madre, los soldados, el patio de los Aetós— pareció desvanecerse.
—Mi vida es vuestra, Lady Angie —susurró el niño, su voz ganando una profundidad impropia de sus siete años—. No solo por la impronta de mi sangre, sino por la voluntad de mi corazón.
La paz del momento fue interrumpida por un graznido agudo. En lo alto, un halcón negro, símbolo de la facción disidente de los valles del norte, trazó un círculo sobre la propiedad. La madre de Marcus palideció y retiró la mano de la cabeza de su hijo.
—El destino tiene prisa, Marcus —dijo Angie, recuperando su tono regio mientras se daba la vuelta para regresar a su escolta—. Entrena. Crece. La coraza te protegerá de los golpes, pero solo tu brazo podrá protegerme a mí de lo que se avecina.
Mientras la comitiva real se alejaba, Marcus permaneció firme en el centro del patio. El viento agitó su cabello y el sol arrancó destellos de su nueva piel de metal. Ya no era solo el quinto hijo de una familia de servidores; era el escudo de una reina, y el peso de esa responsabilidad comenzaba a forjar al hombre en el que se convertiría.
M. D. Álvarez
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