Y el suyo goza de una salud excelente, no como el de los vecinos, que había fallecido de una dolencia extraña.
—¿Crees que ha tenido algo que ver con el fallecimiento del lobo de nuestros vecinos? —preguntó ella, observando a su precioso lobo nublar que jugueteaba con su pequeña, haciendo cabriolas.
—¡Athor, ven aquí! —ordenó la joven dueña de aquel magnífico ejemplar de lobo nublar, que al punto salió disparado a situarse al lado de su dueña, que lo observó para ver si tenía arañazos o signos de pelea. —Tú no te habrás peleado con el perro de los vecinos, ¿verdad? —preguntó ella, risueña, jugueteando con las orejas de su lobo, que disfrutaba de las caricias de su dueña, expresando su felicidad lamiéndola la cara y meneando la cola.
—Ahora ve a por la chiquitina —le ordenó.
Él salió disparado en dirección a la chiquitina, que al verlo venir corriendo levantó sus tiernos bracitos en señal de alegría.Él la agarró dulcemente por el arnés y la levantó con facilidad; volviendo, dando saltos, con cada brinco la pequeña estallaba en dulces gorjeos.
—La tienes mal criada, mi precioso lobito, dijo su madre, recogiendo a la dulce benjamina de las fauces de su tierno guardián.
M. D. Álvarez
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