Él era una de esas criaturas, con su intenso pelaje color dorado y su gran envergadura, seguido de un corazón apasionado que buscaba a su ansiado amor en las altas y agrestes cumbres del gélido norte.
Al no hallar a una ansiada hembra de su especie, tuvo que descender de las altas cimas hasta los cálidos prados, donde adorables criaturas disfrutaban de cálidas mañanas y dulces atardeceres. Él posó sus cálidos ojos en una de aquellas delicadas criaturas que inflamaban su noble corazón.
Ella sintió su mirada y, al verlo tan aguerrido y poderoso, se sintió cautivada y caminó con sutileza hacia él, que, sorprendido por la audacia de ella, trató de ocultarse sin conseguirlo; tal era su envergadura que sobresalía, ya que los seres en el cálido prado eran pequeños y no eran lo suficientemente frondosos como para ocultarlo a él.
—No tengas miedo, no te voy a hacer daño —dijo ella, risueña. No creía que podía tener tal poder sobre aquel gran macho.
—Disculpa si te he molestado —dijo él, saliendo de entre los árboles.
Ella pudo comprobar que aquel ejemplar era de alta cuna, pues su color de ojos no era habitual en los prados. —¿Qué hace un ser tan poderoso aquí en los plácidos prados?
Él comprendía que su apariencia era del todo aterradora, pero ella parecía no tenerle miedo y respondió: —Veraneantes, he bajado al gran valle en busca de una compañera a quien amar.
—Eres sincero y atrevido. Hace ya mucho tiempo que nadie desciende de las altas cumbres para emparejarse con nosotras.
—Debo decirte que mis intenciones son honestas; me uniré a ti si me aceptas. No te faltará comida con que alimentarte, ni pasarás frío. Serás mi reina allí en el gran norte; te colmaré de atenciones y mi corazón apasionado te mantendrá a salvo, dichosa y amada por siempre.
Ella lo miró curiosa; nunca antes, venido del gran norte, se había comportado tan cortés y galante con ella. Siempre habían sido brutos, salvajes y desconsiderados con las hembras del valle.
—Eres de noble corazón y estaré dispuesta a unirme a ti en tu reino de agrestes cumbres.
Él se sintió contento y satisfecho; había encontrado en ella lo que no había encontrado en su reino. Ella era hermosa, atenta, leal y lo amaría con dulzura, ternura y pasión.
M. D. Álvarez
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