Él se quedó paralizado por un instante, sorprendido por su audaz declaración y la intensidad de sus besos. Cada caricia de sus labios parecía borrar la rabia que había acumulado al ver a esos tipos acercarse a ella. Su mundo se redujo a ese momento, a la forma en que ella lo miraba con esos ojos llenos de amor y determinación.
Cuando finalmente se separaron, él la miró, aún aturdido.
—¿Sabes que me vuelves loco? —dijo él con una sonrisa que empezaba a asomarse entre la frustración.
—Lo sé —respondió ella, jugando con su cabello—. Y no quiero que lo olvides. No importa cuántos músculos exhiban, tú eres el único que tiene mi corazón.
Él sintió cómo sus celos comenzaban a desvanecerse, reemplazados por una calidez que solo ella podía provocarle.
—No me gusta compartirte —confesó él, mientras la rodeaba con los brazos—. Aunque sé que eres solo mía.
Ella sonrió y lo miró con complicidad.
—Entonces, ¿qué tal si nos alejamos de aquí y encontramos un lugar solo para nosotros?
Sin esperar respuesta, tomó su mano y lo llevó hacia la salida del bullicioso bar donde se encontraban. La música sonaba fuerte y las risas resonaban a su alrededor, pero todo eso desapareció cuando salieron al aire fresco de la noche.
Una vez fuera, ella lo empujó suavemente contra la pared y lo besó de nuevo. Esta vez era un beso lleno de promesas, de complicidad y de una conexión que iba más allá de los celos. Sus corazones latían al unísono mientras el mundo exterior se desvanecía.
—¿Ves? —dijo ella entre risas—. Te arranqué los celos a besos.
Él no pudo evitar reírse también; estaba completamente rendido ante ella.
—Sí, pero ahora tengo otra preocupación —dijo él, mirándola fijamente.
—¿Cuál? —preguntó ella con curiosidad.
—Que nunca querrás dejar de hacerlo.
Con una mirada traviesa en sus ojos, ella respondió:
—No tengo intención de hacerlo.
Y así comenzaron una nueva aventura juntos, dejando atrás los maromos y abrazando el amor que solo ellos compartían.
M. D. Álvarez
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