viernes, 24 de abril de 2026

El alfa y la omega.

Su trozo de bizcocho era relativamente más grande que el de los demás, pero tenía su porqué: era el líder de la manada y necesitaba reponer fuerzas rápidamente si quería que su manada no se revolucionara.

Pero él compartía su trozo con la única que sabía de su potencial: su compañera y bienamada pareja, a la que toda la manada respetaba sin fisuras.

Todas las mañanas desayunaba en aquella preciosa cafetería. Junto a su novia, repartía su desayuno con ella desde hacía siete días. La mimaba con delicadeza; sabía algo que el resto del grupo ignoraba: ella debía alimentarse mejor en su estado. Ella se lo había dicho; temía su reacción, pero él suavemente la besó con ternura y le dijo: —No debes temerme, me has hecho el hombre más feliz del planeta.

Ella sonrió, sus ojos brillando con gratitud. Sabía que, a pesar de las presiones externas, su relación era un refugio seguro. Mientras él partía otro trozo de bizcocho, se sintió afortunada de tenerlo a su lado. 

—¿Crees que los demás se darán cuenta de lo que estamos haciendo? —preguntó, mirando por encima del hombro hacia el resto de la manada que ocupaba las mesas cercanas.

Él se encogió de hombros, disfrutando de ese momento compartido. 

—No importa lo que piensen. Lo único que importa es que estemos bien nosotros —respondió con una sonrisa tranquila—. Y tú necesitas estar fuerte para lo que viene.

Ella asintió, sintiendo una mezcla de emoción y nerviosismo ante la idea de lo que podría suceder en los días siguientes. La manada había estado hablando sobre un cambio inminente, algo que podría alterar la dinámica entre ellos.

—Tú siempre ves el lado positivo —dijo ella, tomando un sorbo de su café—. Pero ¿y si no podemos mantener la calma?

Él tomó su mano entre las suyas y la miró a los ojos. 

—Siempre habrá desafíos, pero juntos somos más fuertes. No olvides que siempre puedes contar conmigo —declaró con firmeza.

En ese instante, todo parecía posible. Con cada bocado compartido y cada mirada cómplice, su amor se convertía en un poderoso escudo contra cualquier adversidad.

Así, mientras el sol comenzaba a elevarse en el horizonte, llenando la cafetería de luz dorada, ambos sabían que estaban listos para enfrentar cualquier tormenta juntos.

M. D. Álvarez 

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