Un buen día, mientras la diosa alimentaba con tiernos trocitos de su alma inmortal a todas las criaturas que pululaban a su alrededor, no vio a su terroncito alocado corretear a su alrededor y se preocupó, diciendo: —¿Dónde estará ese granujilla que me ha robado el corazón?"
Las adorables criaturas conocían la debilidad de la diosa por aquel aguerrido y salvaje licántropo, y le dijeron: —Hace días que no lo vemos; creemos que se internó en el bosque oscuro. Dijo que iba a buscar un presente para ti, amada diosa.
—El bosque oscuro es un territorio vedado; ni yo misma tengo el poder de acercarme, aunque quisiera —dijo ella, pesarosa.
Transcurrieron los días y los meses, y su terroncito no daba señales de vida, hasta que un buen día apareció a los pies de la diosa un hermoso presente: una preciosa flor de colores iridiscentes. Ella supo quién se lo había traído: su adorable terroncito. Lo busco en la espesura de la hierba alta y esos confines de su colorido reino pero no lo encontró su corazón se entristeció y claro a su divino padre.
—Amado padre, deseo encontrar a la más adorable criatura; es indómita, salvaje, pero tiene un corazón de oro, refirió sumisa la divina diosa.
—Tu adorada criatura se encuentra atrapada en el mundo de las sombras; solo su gran amor hacia ti lo mantiene con vida. Robó la más hermosa flor como presente para ti, mi divino tesoro, respondió con dulzura el regio padre. —Solo el amor verdadero lo podrá liberar de su cautiverio, sentenció el rey padre con tristeza.
Continuará...
M. D. Álvarez
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