domingo, 19 de abril de 2026

El baúl de los deseos. 2da parte

Marcus se quedó paralizado en el umbral, el corazón martilleándole con tanta fuerza que casi ahogaba sus palabras. El baúl de 200 kilos había sido un juego de niños comparado con el esfuerzo de articular una sílaba en ese momento.

—¿Pasar? —logró decir, su voz un poco más grave de lo habitual—. ¿Ahora?

—A menos que estés entrenando para un triatlón y esto sea solo el calentamiento —respondió ella, con una sonrisa pícara que le iluminó los ojos. Un brillo travieso que desarmó por completo a Marcus.

Asintió, incapaz de negarse, y entró en el apartamento. Era exactamente como se lo había imaginado: luminoso, lleno de plantas, con estanterías repletas de libros y un desorden elegante que hablaba de una personalidad vibrante. Olía a café recién hecho y a jazmín.

—Yo soy Angie, por cierto —se presentó, cerrando la puerta—. Tu abuela y yo somos cómplices de té y galletas los martes.

—Ah, conque eres tú —dijo Marcus, encontrando por fin un hilo de seguridad—. Me ha dicho que tiene una vecina que le gana al ajedrez y que tiene un gusto excelente para la música. Ahora entiendo por qué de repente empezó a escuchar jazz.

Angie rió, un sonido claro y musical. Le señaló el sofá.

—Siéntate,por favor. ¿Te gustaría un café? Pareces de haberlo sudado.

—Un poco, sí —admitió él, sintiendo cómo la tensión inicial comenzaba a ceder. Se sentó, sus grandes manos descansando sobre sus rodillas, consciente de su propio cuerpo en ese espacio que era tan claramente ella.

Mientras Angie preparaba el café en la cocina, Marcus no podía evitar observarla. Cada movimiento era grácil, seguro. Llevaba un vestido corto y sencillo, pero en él parecía la prenda más sofisticada del mundo.

—Mi abuela exagera siempre —dijo, intentando mantener la conversación—. Seguro te dijo que rescato gatitos de los árboles a diario.

Angie se asomó por la esquina de la cocina, sosteniendo la cafetera.

—En realidad,me dijo que eres carpintero, que restauras muebles viejos y que eres la persona más amable que conoce. Y después de lo que acabo de ver, añado que eres modesto.

Marcus se ruborizó de nuevo. Sentía que esa tarde iba a batir todos sus récords personales de sonrojo.

Elara regresó con dos tazas humeantes y se sentó frente a él, cruzando las piernas.
—Así que,Marcus, el hombre del que mi vecina octogenaria no para de hablar… ¿por qué nunca te había visto por aquí?

Él tomó su taza, agradeciendo el calor que le transmitía a los dedos.

—Porque siempre que sabía que estabas en el pasillo,me escondía —confesó, con una honestidad que lo sorprendió a sí mismo.

Los ojos de Angie se abrieron ligeramente, sorprendida.

—¿Esconderte?¿Por qué?

—Por… esto —dijo él, haciendo un gesto vago entre ellos—. Porque no sabía qué decirte. Porque una mujer como tú me parece… abrumadora.

Ella inclinó la cabeza, estudiándolo. Su mirada ya no era solo de diversión, sino de genuina curiosidad.

—Una mujer como yo.¿Y qué soy yo, Marcus?

Él respiró hondo y la miró directamente a los ojos, decidido a no apartar la vista esta vez.

—Eres la chica que veo leyendo en el banco del parque y que desearía tener el valor para saludar.Eres la que lleva unos zapatos rojos que parecen un desafío. Eres… la razón por la que a veces subo seis pisos por las escaleras, solo por si acaso te encuentro.”

El silencio que siguió fue denso, cargado de algo más potente que las palabras. La sonrisa de Angie se suavizó, transformándose en algo más tierno, más íntimo.

—Marcus —susurró su nombre, y en su boca sonó a poesía—. Qué tonto eres. Yo también te he estado observando. Y hoy, al verte con ese baúl y con la abuela… me dije: «Angie, si no abres esa puerta ahora, te arrepentirás para siempre».

Él la miró, sin poder creer lo que estaba escuchando. El miedo y la duda se disiparon como humo, reemplazados por una esperanza cálida y vibrante.

—¿Y… y de qué te arrepentirías? —preguntó, su voz apenas un hilo de voz.

Ella se inclinó hacia adelante, apoyando el mentón en una mano.

—De no poder hacer esto—dijo.

Y, lentamente, cerró la distancia entre ellos y le dio el beso más suave y prometedor que Marcus había recibido en toda su vida. El baúl, la anciana, los seis pisos… de repente, todo había valido la pena.

M. D. Álvarez 

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