Su valor jamás fue puesto en entredicho; es más, quien osara ofenderlo sería fulminado por su hueste de bravos usares, su guardia personal, aunque él se valía solo para defender su honor.
En vista está su última hazaña: descabalgó al capitán que trató de humillar a su amada con tan solo un certero golpe que cercenó de cuajo la cabeza del humillador.
El joven señor, con la mirada fija en el horizonte, alzó su espada ensangrentada como símbolo de justicia. Los cosacos vitorearon su nombre, mientras él, sereno, prometía proteger a los suyos. Su amada, con lágrimas de gratitud, supo que su amor era eterno, forjado en valentía y honor.
M. D..Álvarez
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