sábado, 5 de septiembre de 2026

Protocolo Alecto

Fuerte como un oso, pero de apariencia grácil, ágil y valiente, se crece ante las adversidades. En aquel momento, estaba recibiendo un correctivo bestial hasta que uno de los que lo vigilaban se dio cuenta y dijo:  
—Deja ya de castigarle, ¿no ves que está inconsciente?  
El que lo golpeaba no se había percatado; le había roto varias costillas, pero no pareció preocuparse y siguió castigando su hígado.  
—Te he dicho que lo dejes, al menos hasta que se despierte.  

Todo ello era observado por su comando, que asistía horrorizado ante semejante salvajismo. Solo uno de sus soldados mantenía la calma. En cuanto aquellas bestias dejaron la sala de torturas, salieron del canal de refrigeración.  

Angie O'Brien ordenó a Adler y Bran que lo descolgaran con cuidado. Una vez en el suelo, le suministró una ampolla de Flumazenil, que hizo efecto casi de inmediato. Antes de despertarse, Bran preguntó a Angie:

—Angie, ¿sabes por qué no se defendió?

—Creo que, por mi culpa, he domesticado su furia y lo he hecho más sumiso —dijo ella, derramando una lágrima perdida que fue a caer en el rostro de Marcus.

Al sentir aquella lágrima, Marcus abrió los ojos perplejo y se sentó, a pesar de las costillas rotas. Dijo: "¿Qué ha sucedido? ¿Qué hacen aquí?"

—¡Serás un energúmeno! Mira que no darnos las gracias por haberlo rescatado —bufó Adler.

—Adler no está en su naturaleza el ser rescatado; todo lo contrario, él se sentiría mucho mejor si fuera él quien nos rescatara, respondió Angie secándose las lágrimas. —Marcus siempre ha sido un pilar de protección; nunca dejará de luchar por nosotros a pesar de la paliza que estaba recibiendo. Estoy segura de que tenía un plan para deshacerse de sus guardianes —refirió ella con aquella encantadora sonrisa.

Continuará...

M. D. Álvarez 

Historia de una familia dispar. X parte.

Llevaba días despertándose empapado en sudor y aterrado por atroces pesadillas. En ocasiones, la pesadilla lo mantenía paralizado, y Angie lo despertaba cuando percibía su cuerpo rígido y frío. Aquella noche fue especialmente aterradora; la pesadilla no lo dejaba despertarse. Angie trataba de despertarlo con delicadeza, pero se asustó al percibir un atroz zarpazo en el pecho. Lo zarandeó con fuerza y, ni aún así, logró sacarlo de la pesadilla.

Así que susurró al oído: "Mi vida, resiste. Lucha, tú eres más fuerte que esa pesadilla. Vuelve conmigo, Esperanza y Devastación te necesitamos".

Él podía oír su voz susurrándole ánimos y fuerza; solo así logró vencer a aquella horrible criatura de cuatro metros que lo amenazaba con sus ocho dantescos brazos, de los que logró zafarse y huir de aquel monstruo que lo aterrorizaba cada noche. Ella lo besó con delicadeza al percibir que había vuelto.

—Creí que te perdía, -susurró al oído. 

Continuará...

M. D.  Álvarez 

viernes, 4 de septiembre de 2026

Historia de una familia dispar. IX parte.

Marcus estudió el corte que Angie tenía en el brazo y salió disparado; tenía que encontrar un antiséptico. Había visto por allí cerca un árbol caído donde crecían Ganoderma applanatum, justo lo que estaba buscando. Cogió cuatro setas de buen tamaño y regresó junto a Angie, Esperanza y Devastación, que, aún a su tierna edad, daba muestras de tener un valor inquebrantable. Había permanecido alerta, protegiendo a su madre y a Esperanza.

Marcus regresó trayendo una buena provisión de leña y los cuatro hongos. Preparó una fogata, puso a hervir un recipiente y trituró los cuatro hongos, dejando que cocieran. Cuando hubo cocido un buen rato, vertió el rojizo líquido en un vaso y se acercó a Angie.

—Mi amor, bébete esto, te aliviará —dijo Marcus, ayudándola a incorporarse. Ella bebió todo el contenido y, al cabo de 15 minutos, se encontraba muchísimo mejor.

Esperanza observaba cómo su padre se desvivía por su madre.

—Mi vida, ven, mi preciosa princesita, ya estoy mucho mejor —dijo Angie, al ver la cara de preocupación de su pequeña Esperanza, que gateó hasta los cálidos brazos de su madre.

Devastación se acercó temeroso, y Angie percibió el miedo en su pequeño. Tendió su grácil brazo hacia su hijo, que raudo se acomodó al lado de su hermana.

Marcus asistía con orgullo y algo de preocupación; el remedio era temporal, y tenía que llevarla a un hospital.

—Marcus, mi amor, no te preocupes, mi sistema inmunitario es fuerte y me recuperaré enseguida —dijo Angie, observando la cara de preocupación de su querido esposo.

Continuará...

M. D. Álvarez 

En atajo peligroso

Tenía un presentimiento al adentrarse en aquella callejuela. Había muchos recovecos donde ocultarse para tenderle una encerrona, pero era el camino más corto que lo llevaría al encuentro con su amada, que lo esperaba con prontitud. 

En cuanto puso un pie en aquella calle tan estrecha, supo que tendría que luchar hasta llegar donde su amada lo esperaba. En la primera esquina, un celador le salió al paso e intentó apuñalarlo, pero se desembarazó de él con un movimiento rápido. 

En la siguiente curva, una metetriz se le insinuó, pero perdía el tiempo con él. Siguió avanzando y, con cada paso que daba, más y más adversarios le salían al encuentro. A pesar de todo, supo librarse de todos ellos. Cuando finalmente divisó la casa de su amada, la vio asomada a la ventana. Corrió cual lobo hasta su alféizar, y encarándose en él, le robó un apasionado beso.

M. D. Álvarez 

jueves, 3 de septiembre de 2026

Historia de una familia dispar. VIII parte.

Devastación estaba preparado para sorprender a su padre. Lo había estado acechando, como él le había enseñado, agazapado sobre aquel risco. Esperó pacientemente a que hiciera su aparición su padre, el cual ya lo había detectado nada más entrar al claro, pero decidió darle una oportunidad. Todavía no había cumplido el año y ya cazaba conejos, liebres y aves. Se situó dando la espalda al risco y esperó pacientemente a que Devastación saltara y se encaramara a su espalda. Cuando sintió sus regordetes bracitos agarrarlo, se giró y lo abrazó con verdadero amor.

—¿Ves cómo, cuando tienes paciencia, puedes atrapar al depredador más grande? —dijo Marcus, alzando a chiquitín Devastación, que lo miraba con orgullo.

Angie y Esperanza habían asistido al juego de acecho y derribo con caras de orgullo. Angie amaba a Marcus por su dedicación y cuidado de los mellizos, y Esperanza idolatraba a su padre y respetaba a su hermano por el valor demostrado.

—¿Cuánto tiempo lleváis ahí? —preguntó Marcus sin girarse.

—"Lo suficiente, mi amor", dijo Angie, recogiendo a Devastación de los brazos de Marcus. El chiquitín estaba rendido y se durmió en los graciles brazos de su madre, mientras Esperanza estiraba los bracitos hacia su padre, que dulcemente la tomó con ternura.

—¿Quién es la niña de papá? —dijo Marcus, arremolinando la cabellera pelirroja de Esperanza.

La chiquitina se giró hacia su madre y señaló.

—Jaja, no, mi amor, tú eres mi niña; tu mamá es mi gran amor —rió satisfecho Marcus.

Continuará...

M. D. Álvarez 

La herencia de sangre.

—Mira quién ha cazado un auténtico wurdulac, -dijo el príncipe, señalando a su mejor cazador con una sonrisa endiablada.

​El cazador se inclinó ante el príncipe, pero al levantar la cabeza, sus ojos brillaron con un destello ámbar. 

La wurdulac, aún encadenada, soltó una risa seca: —No me has cazado, hijo. He dejado que me atraparas.

​El príncipe palideció. El cazador sintió un ardor en el pecho: la mordedura de la noche anterior no había sido un sueño. Los guardias retrocedieron al ver cómo sus colmillos se alargaban. 

—Bienvenido a la jauría —susurró la joven wurdulac, rompiendo sus cadenas con un tirón. El príncipe ordenó disparar, pero ya era tarde: el mejor cazador era ahora el más voraz de los monstruos.

M. D. Álvarez 

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Teotihuacan

Aquella losa era su piedra de toque; allí era donde los hombres se convertían en dioses. Una vez pisada, ya nada sería igual, pero debía convertirse en algo más; si no, no podría proteger todo lo que amaba, y él lo sabía. Aunque tuviera que morir un millón de veces, lo prefería a ver sufrir a su amada.

Cuando traspasó la losa para entrar en la majestuosa ciudad de Teotihuacan, sintió cómo un millón de agujas atravesaban su cuerpo. La transformación había comenzado; ahora era cuestión de que su cuerpo aguantara su transformación en un dios protector. Nadie sabe cuánto tiempo le llevó fortalecer su cuerpo para trascender al plano divino.

Transcurrieron meses hasta que volvió a pisar la piedra de salida; su aspecto era imponente y majestuoso, con un tocado cubierto de plumas de quetzal. Recibió el nombre de Ixtololojuan iluikak.

La única que lo reconoció fue su amada, que al verlo llegar con semejante porte se postró ante él. Sorprendido, la alzó con ternura y dijo: —No tienes que postrarte frente a mí, soy yo quien te debe devoción. He traspasado los muros de la divina ciudad de Teotihuacan para poder protegerte de todo mal, mi apasionada y dulce compañera.

M. D. Álvarez 

Teotihuacan: Lugar donde los hombres se convierten en dioses

Ixtololojuan iluikak: Ojos del cielo.