Mientras ella comía, él se acercó a un riachuelo donde las truchas, con sus tonos tornasolados, nadaban ajenas al imponente hombre lobo que las observaba. De pronto, su estómago lanzó un rugido de hambre, así que probó suerte. Se metió lentamente en el agua y esperó a que una gran trucha acertara a pasar por allí; de un golpe con su gran garra, la atrapó.
Nunca había gustado del pescado, pero su estómago le reclamaba algo de comida, así que, sin más preámbulos, le arrancó la cabeza de un mordisco y masticó lentamente, saboreando el manjar que nunca había probado. Le gustó tanto que devoró la gran trucha con espinas y todo, pescó diez más, de las cuales devoró tres, y las otras siete se las ofreció a ella, que, tras haber degustado la primera pieza que él le había ofrecido al principio, no hizo ascos a tres truchas más. Mientras comía, lo observaba con curiosidad.
Era su más fiel amigo; sin él, no habría logrado subsistir ni un día, y menos en aquel bosque tan denso y cerrado.
—Menos mal que te tengo a mi lado, -dijo ella con ternura. —Si no hubieras estado conmigo, me hubiera muerto de hambre", sentenció ella en un tono delicado.
Él la observó como si la comprendiera y le indicó que lo siguiera; quería mostrarle algo que acababa de descubrir. A pesar de su descomunal tamaño, él se movía con gracilidad y ligereza. La condujo hasta un claro; mientras cazaba, descubrió un efecto óptico en aquel claro: era como una distorsión en la refracción de la luz, como si al otro lado del claro hubiera un agujero negro.
—¿Qué es eso? —preguntó ella con curiosidad, dando un paso hacia adelante. Él le impidió avanzar y le señaló un hermoso cervatillo que se metió en el claro y fue succionado por aquel agujero.
Ella se sobresaltó y retrocedió. —Es espantoso; tenemos que investigar qué ocurre ahí. ¿Me traerás mañana otra vez? —preguntó ella con apremio.
El gran licántropo accedió con visible preocupación; sabía que si le decía que no, ella se las arreglaría para localizar aquel lugar.
Continuará...
M. D. Álvarez