jueves, 25 de junio de 2026

Primera ola de calor

Buf, y luego dicen que no hay cambio climático. Que se lo digan a los sufridos pingüinos y osos polares, que se están quedando a la vista sin hielo y tierra a la que volver. Las altas temperaturas los están convirtiendo en pobladores de playas polares, y si ahí tienen calor, no veáis en el trópico: los huevos se fríen aún sin salir del cascarón. 

A mí antes me gustaba el verano, pero ya no. No estamos en el infierno, pero el diablo se movería con verdadera felicidad; con las altas temperaturas, danzaría de forma frenética para que la tierra se convierta en el infierno. 

Solo nosotros podemos impedirlo, pero parece que a ciertos corpúsculos no les interesa revertir este efecto tan destructivo.

M. D. Álvarez 


A un aire de la muerte.

—Ya está aquí otra vez la corriente de aire, - dijo Angie en un suspiro, tratando de protegerlo de ella. 

Su estado era tan débil que una nimia brisa lo podría matar; su sistema inmunológico había sido dañado por un virus que había terminado con sus defensas. 

Él dormitaba en su regazo; por primera vez, ella lo protegía con mimo y ternura. Su cuerpo, otrora fuerte y atlético, se encontraba visiblemente débil; su rostro apolineo demacrado. 

Ella lo miró y, por vez primera, lo vio sereno; sus impenetrables ojos azules la observaban con cariño. Alzó su débil mano y limpió una furtiva lágrima que corría por su bello rostro.

​—No llores —susurró él, y su voz, que antes solía retumbar con autoridad, era ahora apenas un roce de seda contra el silencio de la habitación.

​Angie sostuvo esa mano esquelética contra su mejilla, cerrando los ojos para memorizar el calor que aún emanaba de su piel. Era irónico cómo el destino había invertido sus papeles. Él, que siempre había sido el muro infranqueable, el hombre de decisiones frías y voluntad de hierro, ahora dependía de la protección de su adnegad aAbgie.

​—Gracias por... —empezó él, pero un acceso de tos lo interrumpió, sacudiendo su extenuado cuerpo.

Angie lo estrecho con delicadeza esperando que la tos parara y rezando para que no sucumbiera al esfuerzo cuando el acceso de tos cesó 

​—No hables —le pidió ella con dulzura, acariciándole el cabello—. Solo descansa.
El asintió por primera vez en mucho tiempo, no luchó contra el sueño. Se sentía a salvo, no porque fuera fuerte, sino porque ella finalmente había aprendido a ser su refugio.

M. D. Álvarez 

Ante una leyenda.

—Estáis ante una leyenda —dijo ella al ver emerger a su amor, un sanguinario licántropo de un color tan negro que atrapaba la luz. La bestia renacía del cuerpo del joven humano que se había interpuesto en la trayectoria de una bala destinada a ella.

—Angie, ¿estás segura de que no es peligroso? Últimamente, Marcus estaba muy irascible —dijo uno de los compañeros.

Ella lo miró furiosa y dijo: —Jamás, en su estado, bestia o humano, me hizo ningún rasguño, y si está irascible, será por vosotros.

Marcus lanzó un aterrador aullido y se acercó con delicadeza a Angie, que lo miraba con una ternura tan cálida que Marcus se postró ante ella.

—Mi sol, tú no debes postrarte; tú eres mi dulce amor—dijo ella, agachándose y colocando su delicada mano sobre la magna cabeza.

M. D. Álvarez

miércoles, 24 de junio de 2026

La octava maravilla.

Porque siete y no diez. Muy sencillo: las otras tres todavía no han aparecido. Si hubieran aparecido antes de que la humanidad estuviera preparada, como ocurrió en realidad, por la avaricia de unos pocos que ambicionaban los hielos eternos, descubrieron antes de tiempo lo que se ocultaba bajo ellos.

Una megaestructura de dos kilómetros de alto, por otros dos de largo y dos de ancho: un cubo perfecto con glifos grabados en una lengua muerta. ¿A que no sabéis qué hicieron los muy desaprensivos? Trataron de dinamitarlo sin conseguirlo; no le hizo ningún rasguño. En vez de eso, despertó algo en su interior, algo que lanzó un aterrador rugido que les heló la sangre. El cubo comenzó a vibrar primeramente con suavidad y, después, se fue acelerando y despidiendo una luz cegadora. Cuando cesó, apareció ante ellos un titánico licántropo encadenado..

 Parecía dormido, ni mucho menos; estaba pensando si devoraría el mundo o dejaría que continuara. Aunque aquellos desalmados trataron de darle muerte, lo que lo enfureció soberanamente, abrió los ojos y su furia se desató contra aquellos que habían importunado su sueño.

Las cadenas que lo sujetaban cayeron, haciendo que los desaprensivos huyeran aterrorizados. Mientras el gigantesco licántropo se estiraba y desperezaba, salió tras ellos y los devoró uno tras otro; así aprenderían a no tocar lo que no es suyo. Tras tan drástico correctivo, el licántropo regresó a su estado de letargo, pues todavía no era tiempo de finalizar la obra. Los hielos volvieron a cubrir tan misterioso cubo hasta que la humanidad aprendiera que no era el ombligo de la creación.

M. D. Álvarez

Dormir. a pierna suelta.

Llevaba cuatro años sin dormir dos horas seguidas desde que aquel desgraciado no cesaba de despertarlo mientras estaba convaleciente, después de una operación a vida o muerte. Su nivel de estrés llegó a límites peligrosos; su ira fue creciendo cada vez que aquel hijo de su madre abría la boca. Su paciencia iba disminuyendo hasta que, una buena noche, su furia lo convirtió en una mala bestia que amordazó al paciente de la cama de al lado con su cabestrillo

A la mañana siguiente, la enfermera preguntó: —¿Qué tal ha dormido?.

—Como un bebé, respondió él.

Mientras, en la cama de al lado, el paciente permanecía silenciado por el cabestrillo.

M. D. Álvarez 

martes, 23 de junio de 2026

Bomba de relojería.

—Es una bomba de relojería" dijo su compañero, apoyándose en la barra.

Marcus ni siquiera alzó la vista del vaso que secaba. —¿A qué te refieres?

—Angie. La mención de su nombre hizo que Marcus, por fin, lo mirara. Su compañero sonrió. —Es esa joven que no sabe cómo llamar tu atención. Tiene un carácter fuerte y adora a los hombres recios, pero contigo se derrite. Y tú, como un idiota, finges no ver que está perdidamente enamorada de ti. Ella desea que seas tú quien ocupe sus pensamientos... y su cama.

—Pero yo no creí que le gustara de esa manera.., , carraspeó Marcus, incómodo.

—Pues, como no te des prisa, se te adelantará el primero que la mire como ella necesita ser mirada. Alguien que no dudará en quitártela., remató su compañero.

La idea le taladró la mente. No era un hombre de palabras, sino de actos. Por eso, esa misma noche, fue a buscarla cuando salía del bar contiguo que regentaba.

—Marcus, ¿qué haces aquí?, preguntó Angie, sorprendida al verlo plantado junto a su coche. Lo notó tenso, con la mandíbula apretada.

Él se acercó, su voz era un ronco susurro. —Angie... No sé cómo actuar contigo. Cada vez es más difícil.

Ella frunció el ceño, confundida pero expectante. —¿Qué ocurre? Dime.

—¿Por qué no me dijiste que te asaltaron la semana pasada en el parking?, soltó de golpe, cambiando de rumbo. Era la única excusa que había encontrado para justificar su presencia.

La pregunta la pilló por sorpresa. ¿Cómo lo sabía? Ella se lo había contado solo a una amiga.

—No sabía cómo decírtelo —confesó, bajando la mirada—. No quería que te preocuparas o que pensaras que no puedo cuidarme sola.

—¿Quién fue? —preguntó él con una voz que ahora era pura piedra.

Ella lo miró con una ternura que solo él le sacaba. —Llevaba la cara cubierta. No pude reconocerlo. —Era la verdad.

Marcus exhaló un suspiro profundo, toda la tensión de su cuerpo transformándose en otra cosa. —Sabes que te quiero, ¿verdad? Pase lo que pase. Eres importante para mí. Lo dijo en voz baja, como un secreto.

—Sí, lo sé —respondió ella, y dio un paso hacia él, cerrándola la distancia—. Por eso a veces desearía que lo nuestro... fuera más. Que no siempre tuvieras que proteger desde lejos.

—Y yo —admitió él, con un desasosiego que le nublaba la mirada—. Pero mi cargo, esta responsabilidad... no me deja dedicarte el tiempo que mereces.

—No te preocupes —susurró ella, alzando una mano para acariciar su rostro con una delicadeza que contrastaba con la rudeza de sus facciones—. Yo seguiré esperándote el tiempo que haga falta.

Y en ese momento, bajo la tenue luz de la farola, Marcus supo que su compañero tenía razón. No podía esperar para siempre.

M. D. Álvarez

Siempre vendré por ti.

Tras aquel vidrio blindado se encontraba la persona que más quería. Estaba encerrada tras aquel cristal de 3.5 pulgadas; era un cubo de 3 x 3 metros que se estaba llenando rápidamente de agua helada. 

Comenzó a golpear el cristal con sus puños con tal furia que empezó a mellarlo. A cada golpe, sus puños se destrozaban, pero no cesó hasta abrir un resquicio y entonces dejó salir al licántropo, que a dentelladas comenzó a abrir un hueco, liberándola. 

Cuando estuvo fuera, el licántropo se mostró protector con ella; era la pareja de su huésped. 

Gracias a él, seguía vivo en su interior, pero vivo. Al amanecer, regresó al interior de su huésped, que, con los puños destrozados, se acercó a ella, que estaba cubierta por una gruesa manta de oso. 

Dormía tranquila. Se tendió a su lado hasta que ella comenzó a moverse y girarse hacia él.

—Sabía que vendrías, dijo, besándolo con dulzura.

—Sabes que no hay nada que me detenga cuando se trata de ti —refirió, mirándola a los ojos. Ella buscó sus manos y, cuando vio que estaban destrozadas, preguntó:— ¿Qué te has hecho, mi vida? —dijo ella, sujetando sus manos con delicadeza.

—Hice lo que tenía que hacer para salvarte —respondió él, besando su frente con ternura. Ella sonrió, aliviada y agradecida, sabiendo que su amor lo superaba todo.

M. D. Álvarez