Mientras se alejaba del mausoleo, el corazón del joven latía con fuerza. Las palabras de su madre resonaban en su mente, llenándolo de esperanza y determinación. Era el momento de descubrir quién era realmente y qué significaba llevar la sangre de una diosa.
Los días pasaron y, aunque aún sentía la presión del mundo que lo rodeaba, comenzó a experimentar atisbos de su poder. A veces, cuando se concentraba lo suficiente, podía sentir cómo su mirada podía influir en las criaturas que lo rodeaban. Un día, mientras paseaba por el bosque, un grupo de ciervos se acercó a él con curiosidad, como si reconocieran en él algo divino. Con solo un parpadeo, pudo calmar sus corazones asustados y hacer que se acercaran sin temor.
Sin embargo, no todo era paz. En las sombras, fuerzas oscuras comenzaban a moverse. Los rumores sobre un joven con ojos que podían detener a las fieras habían llegado a oídos equivocados. Una antigua secta que adoraba a seres oscuros estaba decidida a capturarlo para usar su poder en sus propios rituales.
Una noche, mientras se encontraba con la joven de ojos verdes en un claro iluminado por la luna, sintió una presencia inusual. El aire se volvió denso y frío, y un escalofrío recorrió su espalda.
—¿Sientes eso? —preguntó ella, mirando alrededor con preocupación.
—Sí —respondió él—. Algo no está bien.
De repente, surgieron figuras encapuchadas de entre los árboles. Sus ojos brillaban con una luz siniestra y sus murmullos resonaban como ecos lejanos.
—El hijo de Atenea ha llegado —dijo uno de ellos, su voz grave cargada de desdén—. Venimos por ti.
El joven sintió cómo su sangre hervía al escuchar esas palabras. No solo debía protegerse a sí mismo; también debía proteger a la joven que había entrado en su vida y había despertado en él sentimientos profundos.
—Debemos irnos —dijo él, tomando la mano de ella y preparándose para correr.
Pero antes de que pudieran moverse, los encapuchados levantaron sus manos y comenzaron a murmurar encantamientos oscuros. La tierra tembló ligeramente bajo sus pies y sombras comenzaron a arremolinarse alrededor del joven.
En ese instante, recordó las palabras de Atenea: "Tu valor será ensalzado por los sabios". Sin pensarlo dos veces, cerró los ojos y dejó que el fulgor dentro de él emergiera. Cuando los abrió nuevamente, sus ojos garzos brillaban intensamente como faros en la oscuridad.
Un estallido de energía pura radiaba desde su ser, empujando las sombras hacia atrás y haciendo temblar a los encapuchados. La luz era tan intensa que iluminó el bosque como si fuera día. Los encapuchados retrocedieron aterrorizados.
—¡Regresen! —gritó el líder—. ¡No podemos enfrentarlo!
Aprovechando la confusión, el joven tomó la mano de la chica y corrieron juntos hacia el bosque profundo, sintiendo cómo la energía aún chisporroteaba en su interior.
—¿Qué fue eso? —preguntó ella mientras corrían.
—No lo sé —respondió él—. Pero ahora sé que tengo un poder dentro de mí que no puedo ignorar.
Al llegar a un claro más seguro, se detuvieron para recuperar el aliento. El joven miró a la chica a los ojos y vio la admiración reflejada en ellos.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó ella con voz suave.
—Debemos encontrar respuestas sobre mis poderes y quiénes son esos encapuchados —dijo él con determinación—. Y tal vez sea hora de buscar a mi madre nuevamente... pero no solo para pedirle perdón; también para pedirle ayuda.
La noche era oscura pero llena de promesas inciertas. Con un nuevo propósito en su corazón y una compañera a su lado dispuesta a afrontar lo desconocido, se adentraron en el bosque en busca del destino que les aguardaba.
M. D. Álvarez