viernes, 13 de marzo de 2026

El rugido atronador.

Con sus hormonas desbocadas tras un enfrentamiento épico contra un batallón de soldados de élite, se sentía eufórico. 

La adrenalina fluía por sus venas cuando la vio; sus ganas de soltar toda su energía eran incontrolables, así que lanzó un rugido abrumador que la sorprendió gratamente. Ella se sentía atraída por su demostración de fuerza y poderío; la atraía como las polillas a la luz.

Su joven compañero, de todo menos cobarde, era dulce, amable y cortés con ella; en cambio, para los enemigos, era un auténtico adversario duro, inflexible y sanguinario.

Ella, todas las noches, lo lo envolvía en un torbellino de caricias y lo llenaba de besos; como locura, adoraba la buena disposición de su ardoroso compañero.

M. D. Álvarez

jueves, 12 de marzo de 2026

Líneas de pasión.

La huella de la palma de su mano era la única llave de su destino. Su línea de vida era interminable, pero no era tan larga como la de su destino. Una quiromántica le vaticinó un futuro dorado y lleno de aventuras.

Su suerte cambió al ver a aquella pelirroja de ojos verdes; su corazón estalló de pasión por ella. Sería su primera y única aventura. Después de que la quiromántica le leyera la mano, sus adorables e intensos ojos verdes lo subyugaban, haciendo que se convirtiera en su más férreo y sincero protector. Al parecer, ella quería algo más que un protector y se lo dejó claro cuando se tropezó con él.

—¿Tienes prisa, guapo? —dijo, colocando su mano sobre su pecho.

No sé a qué te refieres —respondió él en un hilo de voz apenas audible.

¿Te gustaría acompañarme? —susurró ella al oído.

Su corazón latía desbocado; ella era capaz de sumirlo en un deseo pasional inextinguible. La seguiría hasta el fin del mundo si se lo pedía.

—Ven conmigo, campeón —dijo ella, tomándolo de la mano. Lo guió hasta su dormitorio.

Una vez dentro, ella lo sentó en un sillón, comenzó a besarlo y tocarlo sin que él se pudiera resistir. Su piel morena y aterciopelada hacían de él un adorable y mimoso osito de peluche. Ella siguió acariciándole y, cuando llegó a su paquete, dijo:  

—Si hubiera sabido que estabas tan bien dotado, habría empezado por tu enorme paquete."  

Él se sintió verdaderamente azorado y excitado; las manos de ella eran un verdadero placer.

Mientras sus labios se encontraban en un vaivén ardiente, él sentía que el mundo exterior se desvanecía. La pelirroja lo envolvía en un torbellino de sensaciones que nunca había experimentado. Cada roce de su piel era como un rayo, electrificando cada fibra de su ser.

—Eres increíble —susurró él entre besos, sus palabras apenas audibles por la intensidad del momento.

Ella sonrió, con una chispa traviesa en sus ojos verdes. —Y aún no has visto nada. 

Con un movimiento ágil, ella se levantó y comenzó a desabrocharse la blusa, revelando una piel suave y bronceada que parecía brillar bajo la luz tenue del dormitorio. Él se quedó boquiabierto, incapaz de apartar la vista.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó ella con una sonrisa coqueta.

—Más de lo que puedo describir —respondió él, su voz temblorosa por la mezcla de asombro y deseo.

Ella se acercó, colocándose justo frente a él y dejando que sus manos exploraran su torso. Cada caricia era un fuego que lo consumía lentamente. Él se sintió atrapado en su hechizo, incapaz de resistirse a la tentación.

—Hoy es solo el principio —dijo ella, inclinándose hacia él. Sus labios rozaron los suyos nuevamente mientras sus manos seguían explorando. —Quiero que me muestres quién eres realmente.

Él sintió cómo su corazón latía con fuerza ante la invitación. Era como si ella pudiera ver más allá de su exterior; como si supiera que había más en él que solo un simple protector. 

Con determinación renovada, tomó su mano y la guió hacia él, atrayéndola más cerca mientras sus cuerpos se fundían en un abrazo ardiente. La conexión era palpable; no era solo deseo físico, sino una mezcla de anhelos profundos y secretos aún por descubrir.

—Eres más que solo una aventura para mí —murmuró él, sus ojos fijos en los de ella.

Ella sonrió con complicidad y respondió: —Entonces hagamos de esta noche algo inolvidable.

Con esas palabras resonando entre ellos, se sumergieron en un mundo donde el tiempo no existía y donde cada caricia prometía una nueva aventura por descubrir. Los dos sabían que estaban cruzando una frontera desconocida, pero esa incertidumbre solo alimentaba su pasión.

M. D. Álvarez 

miércoles, 11 de marzo de 2026

En las profundidades de la montaña.

Lo tenían atrapado en aquella cantera, aterido de frío. Su naturaleza salvaje lo volvía incontrolable; solo ella era capaz de calmarlo y hacer que retornara a su ser. Todos le dijeron que estaba loca por haberlo escogido a él como compañero y amante, pero no iba a permitir que lo exhibieran como a una bestia salvaje. 

Descendió a la cantera; su corazón bombeaba aceleradamente, pero no era miedo, era preocupación por su estado de desconcierto. Lo encontró escondido en uno de los túneles; su cuerpo, cubierto de una suave capa de pelo negro como el vantablack, estaba empapado. 

El agua estaba helada y su mirada azul celeste resaltaba sobre su capa de pelo. Se fue acercando con cuidado y mansedumbre; él jamás la había atacado porque siempre la trataba con ternura. 

Gruñó levemente, pero ella siguió avanzando lentamente. Sacó una gran manta y lo cubrió, frotándolo para secar su pelo. Él permanecía dócilmente agachado. Gruñendo suavemente, ella acarició la gran cabeza del lobo y él lamió suavemente su rostro.

—Ahora a ver cómo te saco de aquí, –dijo pensativa mientras lo acariciaba con dulzura. Él comprendió el lío en el que se había metido y, con un leve gesto de su gran cabeza, le indicó que había otra salida. El túnel donde se escondió se internaba en la gran montaña de granito. 

—Así que sabes salir de aquí, mi adorable licántropo —refirió ella con una gran sonrisa mientras rascaba su pecho con ternura. Él disfrutaba de las atenciones de ella con su expresión de inocencia  y la lengua fuera.

Se internaron en las entrañas de la montaña. Él iba abriendo camino, seguido por ella. Cuando llevaban algo más de dos horas, pudieron vislumbrar un resquicio de luz; era muy pequeño. Ella intentó mover las rocas, pero no lo logró. Él la puso a un lado y comenzó a sacar grandes rocas hasta abrir una abertura lo suficientemente grande como para que cabieran los dos. Le cedió el paso a ella, que dulcemente lo cogió de su gran garra.

—Los dos juntos, grandullón —dijo ella con una adorable sonrisa que lo calmó y tranquilizó, haciendo que su compañero y amante retornara a su estado normal, conservando sus intensos ojos azules.

M. D. Álvarez.

martes, 10 de marzo de 2026

La cueva de Voronia.

Era un territorio inexplorado: la mayor cueva bajo la corteza terrestre, la cueva de Voronia. Sus hobbies eran un tanto peculiares; le gustaba la espeleología, el rappel y el montañismo. Era un chico inquieto con grandes intereses en la naturaleza. Se había propuesto llegar al fondo de la cueva y mapearla. Era la primera cueva más profunda, con una profundidad de 2,224 metros.

Con su equipo de espeleología preparado, descendió por la oscura entrada de la cueva de Voronia. La humedad y el silencio lo rodeaban, creando una atmósfera casi mágica. A medida que avanzaba, las paredes se iluminaban con su linterna, revelando formaciones de estalactitas y extrañas criaturas que habitaban en la penumbra. Cada metro descendido era un desafío, pero su determinación lo impulsaba a seguir. 

Después de horas de descenso, llegó a un amplio salón subterráneo. Allí, el eco de su respiración resonaba en la inmensidad. Sacó su escáner de mapeo y comenzó a trazar cada rincón, sintiendo que estaba descubriendo un mundo oculto. 

Allí abajo perdía la noción del tiempo, así que se sorprendió al ver que alguien más bajaba. En cuanto la vio, supuso que había pasado más de una semana desde que bajó a las profundidades.

—¿Con que es aquí donde te escondes? —preguntó ella con una pícara sonrisa.

—No me escondo, te dejé una nota —respondió él—. Cuando tengo que pensar, vengo aquí y parece que mis pensamientos se aclaran.

M. D. Álvarez


lunes, 9 de marzo de 2026

Su leñador favorito.

Había errado el hachazo sobre el tronco seco de aquel enorme ciprés y se había hundido el hacha en su pierna, causándole una grave herida a la altura de la vena femoral profunda; casi se desangraba. 

De no haber estado ella, seguramente no lo habría contado. Mantuvo el hacha en la herida; si la hubiera retirado, él ya estaría muerto. Con ayuda de dos recios leñadores, lo trasladaron al hospital más cercano, donde pudieron reconstruir la vena femoral profunda; al menos no se había seccionado el nervio ciático. 

Le esperaba una buena temporada de descanso, pero ella no iba a permitir que regresara a su puesto hasta que estuviera al 100%. Él era su leñador favorito.

M. D. Álvarez 

domingo, 8 de marzo de 2026

Una mujer de bandera.

Era una mujer de bandera, autosuficiente e inteligente. Él no comprendía qué había visto en ella para pedirle una cita.

Él, todo un apuesto guerrero, se sentía cohibido por ella. Su mera presencia le hacía parecer un grano de arena en una playa cualquiera, pero ella lo enardecía y hacía que se creciera hasta cotas inimaginables.

Una noche, bajo el palio de un cielo cobrizo, él por fin entendió el misterio. No se trataba de una conquista, sino de un reconocimiento. Mientras ella hablaba con una elocuencia que silenciaba el ruido del mundo, él dejó de luchar contra su propia sombra.

Ella era todo para él, y él lo era todo para ella; la mujer lo veía como a un igual. Ella no buscaba a alguien que la protegiera, sino a un igual que no temiera su luz. En el reflejo de sus ojos, él ya no era arena; era la marea misma, rugiendo con una fuerza nueva, listo para conquistar horizontes que antes solo se atrevía a soñar.

M. D. Álvarez

Feliz 8 de marzo, chicas.

No son ángeles.

Bajo la luna de mármol, las estatuas de las olvidadas cobran vida. No son ángeles, sino espectros de seda y hollín que emergen de las grietas de la historia. 

Sus dedos, largos como agujas de coser, tejen un sudario de gritos silenciados que ahora estallan en el viento gélido.

En el jardín de los sauces llorones, las rosas no huelen a perfume, sino a hierro y libertad. 

Cada pétalo caído es un contrato roto con el silencio. Hoy, las damas de sombra no esperan rescate; han incendiado sus torres de marfil y caminan sobre las cenizas, soberanas de su propio abismo en busca de justicia para sus asesinos, aunque solo fuera justicia divina. Pero merecían un resarcimiento. 

M. D. Álvarez