martes, 16 de junio de 2026

El secreto estaba en sus manos.

Añoro ese sabor tan delicioso a perejil y a ajo bien picado. Era el alma de la cocina de mi abuela, un perfume verde y punzante que anunciaba el banquete mucho antes de que los platos llegaran a la mesa. 

Recuerdo verla picar las hierbas con un ritmo hipnótico sobre la tabla de madera gastada. Aquel aliño sencillo transformaba el pan humilde en un manjar de reyes. 

Hoy, aunque sigo su receta al pie de la letra, el aire no vibra igual. Quizás el ingrediente secreto no era la proporción, sino sus manos cansadas y llenas de amor

M. D. Álvarez 

lunes, 15 de junio de 2026

A la sombra de ella.

Añoro ese sabor tan delicioso a perejil y a ajo bien picado que elaboraba mi madre para sus guisos. Platos que intenté repetir cuando nos dejó, pero sin conseguirlo.

Logro elaborarlos, pero no tienen su esencia. Creo que me falta su amor por la familia y buena mano para la preparación de platos culinarios de renombre.

Es posible que me ocultara algún secreto o, más bien, que yo no tenga su mano para la cocina.

​Tan solo soy una sombra de ella y quizás no le llegue a la suela de sus zapatos; pero sigo intentando mejorar sus recetas, ya de por sí inmejorables. Sigo, simplemente, por ella

M. D. Álvarez 

domingo, 14 de junio de 2026

Los consejos de la abuela..

Añoro ese sabor tan delicioso a perejil y ajo bien picado. No sabía que aquello me salvaría la vida.

Al ver cómo se acercaba aquella criatura que me miraba con desdén y supremacía animal, con el único propósito de morderme el cuello, sentía una parálisis opresiva.

Y cuando noté que me mordía, percibí un cambio en aquel ser; su cara de asco y perturbación me dio fuerzas para clavarle la estaca en el corazón.

Menos mal que seguí los consejos de mi abuela, por muy estrafalarios que fueran. Si quieres dejar descolocado a un vampiro, no tienes más que rociarte con el dulce aroma del ajo y el perejil.

M. D. Álvarez 

sábado, 13 de junio de 2026

Exquisiteces.

Añoro ese sabor tan delicioso a perejil y a ajo bien picado con el que ella sazonaba la comida de su churri.

Él era su chico buenorro y atractivo, que se comía todo lo que le preparaba. Una noche, fue asaltada por un grupo de maleantes que tiraron por tierra el tupper donde llevaba la cena para él.

—¡Os vais a enterar de lo que vale mi chico! ¡Le habéis dejado sin cenar! —vociferó furiosa.

Tras el grupo, apareció un joven de pelo largo, ondulado y ojos azules que los estampó contra el suelo.

—Lo siento, mi amor. Vamos, te voy a preparar unas exquisiteces —dijo ella, besándolo con ternura.

M. D. Álvarez

viernes, 12 de junio de 2026

La pieza.

Añoro ese sabor tan delicioso a perejil y a ajo bien picado, sazonado sobre su áurea piel, que le daba un aspecto apetecible.

Aunque no se me permitía hincarle el diente a su tierna carne, no hasta que los mayores hubieran degustado su dulce pieza; y solo entonces se me permitiría saciar mi hambre con las pocas migajas que aquellos vejestorios se dignaran a dejarme.

Menos mal que mi augusta madre se valía de su rango y separaba una porción de su más que suculento cuerpo.

Aquella gacela había sido preparada para la manada.

M. D. Álvarez

jueves, 11 de junio de 2026

La ofrenda.

Añoro ese sabor tan delicioso a perejil y a ajo bien picado, sazonado con mimo sobre la comida ofrecida como dádiva a los dioses. Pero aquella ofrenda de paz estaba destinada a un aterciopelado licántropo; esa carne, sazonada con ese aliño, lo volvía loco y dócil. 

Los mismos dioses perdían la compostura por las ofrendas de aquella devota, que tenía como guardián a aquel lindo y atlético licántropo.

​—Este es tu plato; siempre será más grande que el de ellos porque tú eres mi amado y dulce guardián —dijo ella acariciando su denso pelaje.

Los dioses se sintieron ninguneados y trataron de arrebatarle su plato, pero sufrieron el ataque furioso.

M. D. Álvarez 

miércoles, 10 de junio de 2026

Bolita de pelo. 2da parte.

Pasaron quince inviernos. Yo ya no era aquella bolita de algodón que tiritaba en el hueco de un árbol; ahora mi sombra era larga, mis hombros anchos y mis pasos hacían callar al bosque. Me había convertido en el guardián de las sombras, en aquel al que los aldeanos temían sin conocer, pero mi corazón seguía anclado a aquel linde donde te vi desaparecer de la mano de tus padres.

Nunca me fui del todo. Te observé desde la espesura crecer, tropezar y hacerte fuerte. Sabía que habías vuelto cuando el aroma a jazmín y tierra mojada, ese que solo tú desprendías, inundó el aire del valle.
Te encontré en el mismo claro, sentada sobre una roca, mirando hacia la penumbra de los árboles. Ya no eras la niña de manos regordetas, sino una mujer de ojos verdes que parecían buscar algo perdido. Me acerqué con cautela, ocultando mis garras bajo el musgo, temiendo que esta vez el hombre que habita en mí, o la bestia que lo protege, te asustara.

Pero cuando una rama crujió bajo mi peso, no gritaste. Te levantaste despacio.

—Sabía que seguías aquí —susurraste, y tu voz era la melodía que me había mantenido cuerdo en las noches de luna llena.

Me quedé paralizado en la frontera entre la luz del sol y la oscuridad de los pinos. Mis ojos azules se encontraron con los tuyos. Por un instante, volví a sentirme aquel cachorro indefenso ante tu bondad. Diste un paso hacia mí, sin miedo al monstruo del que todos hablaban, extendiendo tu mano como lo hiciste aquella noche en el árbol.

—Todavía tiritas —dijiste con una sonrisa triste, notando el leve temblor de mi respiración contenida.

En ese momento comprendí que, aunque el mundo nos viera como la bella y la bestia, para nosotros el tiempo no había pasado. Yo seguía siendo tu protector, y tú seguías siendo mi hogar.

M. D. Álvarez