lunes, 17 de agosto de 2026

Sobre su atalaya.

Sobre aquel risco, donde los vientos azotaban gélidos, permanecía el gran lobo blanco de ojos azules, oteando el horizonte a la espera de los rebaños de caribúes. 

Tras el lobo apareció su hembra, que se situó a su lado, apoyando costado con costado. El lobo olfateó las ráfagas que traían el aroma de la caza. 

En el valle habían aparecido los centinelas que ramoneaban los primeros brotes. Detrás de ellos llegó la gran manada; la caza estaba preparada. Descendieron de los riscos helados para cazar y sobrevivir.

M. D. Álvarez 

La armadura de Marcus.

Su imponente apostura e integridad le daban un aspecto fuerte y recio, pero bajo toda esa fachada se escondía un tierno loboto que tuvo que crecer deprisa. Solo había alguien que conocía su ternura y acudía a ella cuando la presión lo sobrepasaba, y esa noche estuvo a punto de explotar. 

Ella lo encontró sentado en su porche, cabizbajo. 

Se sentó junto a él y le preguntó: 

—¿Qué te ocurre, Marcus? ¿Qué te trae tan sombrío? 

—Angie, creo que he estado al borde de la locura. He estado a punto de matar a un grupo de gamberros; solo me he detenido al ver mis puños ensangrentados. 

Ella cogió sus temblorosas manos con delicadeza y besó sus maltrechos puños. 

—Mi dulce amor, tú eres capaz de controlarte en los peores momentos y, cuando te veas perdido, tan solo piensa en mí —dijo Angie.

Marcus dejó escapar un suspiro tembloroso y apoyó la frente en el hombro de ella, permitiéndose, por primera vez en años, ser el niño que tuvo que crecer deprisa. La armadura de Marcus cayó al suelo de madera, invisible pero pesada, mientras Angie le acariciaba el cabello.

Continuará 

M. D. Álvarez 

domingo, 16 de agosto de 2026

La coraza de hielo.

Allá en el gran norte, todo es oscuridad y hielo. Ahí estaba enterrado su corazón, al cual renunció tras perder al amor de su vida.

Cada vez que algo o alguien quiere destruir su coraza, debe adentrarse en las frías planicies donde él abdicó a su dolor, sumergido bajo varias capas de permafrost: un corazón inerte.

Solo ella podría fundir su dolor, pero ya no está; se fue y condenó a su amado a una ventisca glacial y eterna.

M. D. Álvarez

De concierto a Melbourne.

No la oyó llegar; estaba escuchando el último disco de Dua Lipa, "Radical Optimism". Ella adoraba a la estrella emergente y él había conseguido dos entradas para el último concierto que llevaría a cabo en la ciudad de Melbourne, Australia. Ahora solo tenía que ingeniárselas para llevarla a Melbourne sin que sospechara nada.

Por el rabillo del ojo, la vio acercarse y le dio tiempo de esconder las entradas y cambiar al siguiente disco: era "Adventures in Hannover" de Mike Oldfield.

—¿Qué estás escuchando? —preguntó ella, cogiendo uno de los auriculares.

—Mike Oldfield, el último álbum recopilatorio. Me encantan todos los álbumes de Mike Oldfield —respondió él con una arrolladora sonrisa.

Ella sonrió, disfrutando de la música mientras se acomodaba en el sofá. Sin embargo, él sabía que el tiempo se estaba acabando. Necesitaba encontrar la manera de revelarle la sorpresa sin arruinar el momento. 

—¿Te gustaría ir a un lugar especial este fin de semana? —preguntó, intentando sonar casual.

—Claro, suena emocionante. ¿A dónde? —respondió ella, con curiosidad en los ojos.

Él tomó aire y, con una sonrisa cómplice, dijo: —A Melbourne. ¡Vamos a ver a Dua Lipa en vivo!

Sus ojos se iluminaron de felicidad y, sin pensarlo, ella le dio un beso apasionado. La aventura estaba por comenzar.

M. D. Álvarez 

sábado, 15 de agosto de 2026

Juego de lucha y supervivencia.

—No los puedo dejar tirados, protestó mientras lo sacaban a la fuerza. Su grupo de amigos miraba con desesperación cómo aquellos matones lo sacaban del cuarto.

Él era su pieza clave; sin él, el juego no valía la pena. Sus amigos terminarían derrotados y humillados. Se las ingenió para transmitir las instrucciones por el diminuto micrófono implantado en su muñeca al auricular de su lugarteniente, que pudo ocultar su sonrisa. Bajo su mando, ganarían aquel juego.

Todo dependería de que siguieran sus instrucciones al pie de la letra. Si así lo hacían, nadie lograría ganar a sus amigos en aquel juego de lucha y supervivencia.

M. D. Álvarez 

viernes, 14 de agosto de 2026

Devoción por él.

Alis fue todos los días al hospital mientras estuvo ingresado tras recibir una paliza de un grupo de neonazis que le rompieron cinco costillas, el radio del brazo derecho y le causaron una fractura de cráneo. Los médicos le hablaban, inducido un coma; ella le llevaba a diario un ramo de flores frescas y le contaba su día en la cafetería, de lo mucho que lo echaba de menos. 

Creyó percibir un leve movimiento en sus dedos y llamó al doctor. Él le dijo: —Puede ser un acto reflejo, sin más. Sus lesiones son muy graves y no creo que se pueda recuperar.

Alis quedó devastada, no daba crédito a lo que el doctor le decía y le respondió: —Usted no sabe de lo que es capaz. Y si le digo que saldrá de esta, es que lo logrará. Quiero hablar con otro especialista. 

—Haya, usted, dijo despectivamente el médico.

Alis fue a hablar con uno de los mejores neurocirujanos y amigo personal de ella. Le contó cuán importante era su amigo para ella y de su capacidad de sufrimiento, ya que lo conocía desde que eran críos y sabía que, si se lo proponía, lograría superar el coma.

El neurocirujano la escuchó con atención y le prometió hacerse cargo de su compañero. Alis regresó al día siguiente y notó una gran mejoría en el estado de su amigo, pero todavía seguía inconsciente. 

—Todo se andará, tiene una gran fortaleza y capacidad de recuperación, ‐dijo el neurocirujano.

Alis regresó día tras día hasta que una mañana él abrió los ojos y la vio sentada a su lado.

—Alis, ¿cuánto he estado durmiendo? —preguntó él. 

Al escuchar, aunque fuera con un hilo de voz, ella lo miró con dulzura y le dijo:— Bienvenido al mundo de los vivos.

Alis no pudo reprimir sus lágrimas después de haberse mantenido fuerte para él. Ahora sentía cómo sus lágrimas se desbordaban y no podía parar, pero no eran de tristeza; todo lo contrario, eran de alegría. Siempre supo que él lograría regresar junto a ella.

M. D. Álvarez 

Hasta que la tierra se congele.

—Hasta que se extinga el sol fue la promesa que Marcus le hizo a Angie de que no la abandonaría jamás.

Ella lo abrazó y besó con ternura; conocía el corazón de su chico y, cuando prometía algo, lo cumplía hasta las últimas consecuencias.

En aquella noche en la que el sol ya no saldría, él la tomaría en sus brazos y la colmaría de atenciones y mimos hasta que la tierra se congelara en su corazón.

La llevaría hasta el borde mismo de la eternidad, siempre juntos en la adversidad.

M. D. Álvarez