Marcus disfrutaba de un baño de hielo tras entrenar al máximo. A una temperatura de 50 grados, necesitaba desentumecerse, y aquellas temperaturas no eran normales. Además, íbamos en aumento; cada año subían más las temperaturas. ¿Cómo continuaremos sin hacer algo? La tierra se convertiría en un yermo desierto.
Marcus sumergió la cabeza un par de segundos, buscando en el fondo de la bañera un eco de silencio que borrara el zumbido constante de los aires acondicionados de la ciudad. Al salir a la superficie, el contraste entre el agua helada y el aire denso del baño casi le hizo perder el aliento.
Su compañera Angie se encontraba en la cinta de correr, sudando. Al verlo salir, detuvo la cinta, se puso una toalla al cuello y se dirigió a su lado. ¿Qué tal el baño? ¿Estás mejor?
—Desde luego, más relajado. Lo único que me voy a dejar es el sueldo en hielo.
—Solo a ti se te ocurre entrenar fuera y a pleno sol —susurró al oído de Marcus.
Él esbozó una sonrisa cansada, aunque la verdad detrás de la broma de Angie era sombría. Entrenar en el exterior a mediodía se había convertido en una ruleta rusa, un desafío directo a un clima que ya no perdonaba errores.
—Alguien tiene que mantener el hábito —respondió Marcus, pasándose una mano por el pelo empapado—. Si nos encerramos para siempre entre muros de hormigón y aire acondicionado, la Tierra habrá ganado la partida antes de tiempo. Además, el cuerpo se debilita si solo conoce los 21 grados artificiales.
Angie se apoyó en el marco de la puerta, observando cómo los últimos bloques de hielo flotaban desganados en el agua, perdiendo la batalla contra el vaho pesado del baño. Su expresión se volvió seria, despojándose de la ironía de hace un momento.
—Ya no es cuestión de debilidad, Marcus, es física pura. Cincuenta grados destrozan las proteínas de tus músculos, colapsan tus órganos. Hoy has tenido suerte, pero la semana que viene la previsión dice que entraremos en la fase crítica de la tercera ola. No habrá hielo en los supermercados, ni siquiera para los que puedan pagarlo.
Marcus salió de la bañera, sintiendo cómo el aire caliente de la casa empezaba a evaporar instantáneamente el agua de su piel. Miró a Angie a los ojos; el sudor de la cinta de correr aún brillaba en su frente, reflejando la cruda realidad que ambos compartían. No eran solo dos atletas resistiendo al verano; eran dos supervivientes viendo cómo el mundo se secaba a su alrededor.
—Entonces —dijo Marcus, bajando la voz mientras se envolvía en una toalla—, tenemos que acelerar el plan. Si la ciudad va a colapsar en la fase crítica, no podemos quedarnos a esperar el apagón.
Angie asintió lentamente, y con un gesto sutil, señaló hacia la ventana del salón, donde las luces de los edificios gubernamentales parpadeaban en el horizonte de la tarde.
Continuará...
M. D. Álvarez