domingo, 18 de octubre de 2026

Los cuatro del cayoco.

El agente le señala la fila de menores. Viendo el panorama, Héctor se apiadó de aquellos pequeños; eran cuatro, todos estaban sumidos en un aura de tristeza. 

—¿Los cuatro han llegado en ese cayuco?, preguntó sobrecogido. La embarcación en cuestión era un amasijo de tablas atadas con cuerdas.

—Sí, parece mentira que esos mocosos se enfrenten al mar embravecido, todo por una idea mal concebida.

Héctor lo fulminó con la mirada y los envolvió en mantas térmicas. Sus miradas de agradecimiento se clavaron en su noble corazón.

—Tranquilos, ya estáis a salvo; yo cuidaré de vosotros. 

Los chiquillos parecieron comprender y sonrieron con alegría, abrazándolo a la vez.

M. D. Álvarez

​El galán de tres meses. II parte

Adler dio dos pasos atrás, sujetando la empuñadura del bastón que llevaba en la cintura por pura precaución. El animal, si es que realmente se le podía llamar así, exhaló un bufido ruidoso que sonó como un suspiro de satisfacción profunda. Angie sonrió ampliamente mientras el gigante apoyaba la barbilla sobre su hombro, haciendo que la joven tambaleara ligeramente por el mero peso de aquel denso pelaje plateado.

​—Ves, Adler, solo es un poco grande para su edad —murmuró Angie, acariciándole detrás de las orejas puntiagudas—. Además, las criaturas peligrosas no suelen regalar flores.

​—Esas violetas eran de la Sra. Higgins, Angie. Acaba de destrozar su jardín en menos de dos segundos —suspiró Adler, pasándose una mano por la frente—. Agradezco el gesto botánico, pero mira esas garras; son del tamaño de dagas. ¿Qué pretendes que hagamos cuando comience la etapa de dentición? ¿Comprar toneladas de carne cruda o evacuar el vecindario?

​La criatura emitió un gruñido bajo, casi cantarín, al percibir el tono de desconfianza. Se giró despacio, revelando una hilera de colmillos desproporcionados que habrían alarmado a cualquiera, y acto seguido hizo algo totalmente imprevisto: se echó boca arriba, dejando expuesta su enorme panza gris para que Angie continuara con las caricias.

​—Creo que no le gustas porque estás demasiado tenso —se burló Angie, rascándole el vientre al mastodonte, que comenzó a dar pataditas en el aire y a hacer temblar levemente el suelo—. Se llamará Marcus. Lo acabo de decidir.

​—Por supuesto, ponle nombre de guerrero temerario seguro eso me tranquiliza —refunfuñó Adler, aunque la tensión en sus hombros cedió un poco al ver al temible espécimen actuar como un perro faldero gigante—. Solo dime una cosa, Angie... si esto es un cachorro de tres meses, ¿quiénes eran exactamente esos criadores? Porque presiento que omitieron detalles bastante importantes sobre su verdadero linaje.

M. D. Álvarez 

sábado, 17 de octubre de 2026

Derechos al calabozo..

El agente le señala la fila de menores, como pensando que hace fuera de la fila. Los mocosos, con muestras de haber sido apaleados, lo miraban aterrados. 

El chaval lo miró con suficiencia y dijo: —No pretenderá, agente, que permita que esos niñatos se metan como mi chica". 

Ella apareció tras la espalda del muchacho, con cara de terror. Él la abrazó con dulzura y dijo: —Ya está, mi vida, ya no te molestarán, ¿verdad, agente? 

 Este, perplejo, afirmó: "Sí, señorita, estos truhanes se van derechos al calabozo.

M. D. Álvarez 

​El galán de tres meses.

¿Tú estás seguro de que eso es un cachorro? —preguntó Adler, viendo cómo aquel mastodonte se perseguía la cola.

—Sí, según sus criadores, tan solo tiene tres meses.

—Pero eso es imposible, si parece un licántropo adulto —volvió a decir Adler—. Angie, ¿tú qué dices?

—Es una lindura —dijo ella, acercándose a la criatura que, al percatarse de la nueva presencia, se detuvo en seco y la observó con sus ojos azules. Se irguió y se acercó a Angie, que no parecía tenerle miedo. Se detuvo a dos centímetros y olfateó su pelo. Lo que sucedió a continuación fue que salió disparado como una bala y, en menos de dos segundos, estaba de vuelta con un ramo de violetas que había arrancado.

—Sí, es un amor —dijo Angie, colocando su mano sobre el pecho de aquel pequeño cachorro.

Continuará..

M. D. Álvarez

viernes, 16 de octubre de 2026

Glauco y Atalanta.

El Argo era la única nave que el joven Glauco no había localizado en sus viajes por los siete mares. Necesitaba encontrarlo; solo así encontraría el destino de su bella Atalanta. En uno de sus muchos viajes, localizó un pecio con una viga hueca, la sacó a pulso y la llevó a una de las agrestes playas de la divina Iberia. Desgajó el hueco y allí halló un viejo portulano que mostraba la ubicación del Argo en una pequeña bahía al norte de la magna Iberia, donde desembocaba el río que bañaba la muy noble ciudad de Oiasso.

Glauco nadó y nadó hasta llegar a la desembocadura del río Oiasso. Allí, los lugareños lo trataron amigablemente y le informaron que los héroes que el noble Argo llevó hasta allí se habían adentrado en los montes Pirene. El joven Glauco preguntó por la hermosa Atalanta y los pobladores le dijeron que ella se dirigió a la cascada de Meazuri en busca de la salvaje ondina..

Glauco la siguió y la halló charlando con una hermosa joven de cabello rubio. Al verlo llegar, se zambulló en la cristalina laguna. Atalante se volvió y, al ver al bello Glauco, sonrió y lo abrazó.

—No te esperaba, mi dulce Glauco —dijo ella, visiblemente feliz de ver una cara conocida.

M. D. Álvarez 

La teoría de la ardilla.

Iban paseando cpor el bosque, cogidos de la mano, cuando él dijo: —"Anda, mira eso".

—¿Qué? —preguntó ella, volviéndose en la dirección que él señalaba.

—La naturaleza dota a los menos agraciados con hembras esculturales —señaló él, mientras apuntaba  a una pequeña ardilla que se lo estaba montando con una espectacular ardilla.

—Marcus, mira que eres tonto, no ves que ese pequeñín está muy bien dotado —replicó ella con una sonrisa traviesa. Además, no siempre ocurre que la naturaleza da dotes a los menos agraciados; tú eres la prueba —dijo con una sonrisa aterciopelada.

—Vaya, gracias, ahora sé que no solo me quieres por mi hermosura —dijo con su sonrisa más genuina.

M. D. Álvarez 

jueves, 15 de octubre de 2026

La lanza celestial.

—Cuando encienda el volcán, no habrá vuelta atrás, rugió el bravo guerrero, enarbolando la lanza celestial. 

Un fuego ardía en sus entrañas, el mismo que alimentaba el ancestral que vivificaba la pasión que ardía por la hermosa y dulce dámisela que lo observaba hechizada en la distancia, arrebatada por la pasión que sentía por el gallardo soldado y por su valor en la batalla. 

Sabiéndose observado por su amor, blandía con destreza tan poderosa arma, arrasando filas y filas de gentiles guerreros que caían a diestro y siniestro bajo el empuje de tan belicoso mozo que lucharía por el amor de la doncella.

M. D.  Álvarez