jueves, 9 de julio de 2026

La brisa invernal.

Ya está aquí otra vez la corriente de aire y, con el frío invernal, no me extrañaría que pillara una buena pulmonía. Bueno era yo, para pillar los catarros, neumonías y pulmonías ajenas; para eso soy un tiarrón del norte, para que todos los males recaigan sobre mí y dejen en paz a mis amores. No iba a dejar que aquella nimia brisa, aunque invernal, se colara aviesa en dirección a ellas.

M. D. Álvarez 

Kyparíssis, el hermoso ciprés.

¿Qué me diríais si os digo que el porte, la altura y la frondosidad del ciprés se deben al amor de Apolo hacia una hermosa humana llamada Kyparíssis? 

Un buen día, Apolo transitaba por los cielos y vislumbró a la joven doncella disfrutando de un baño de sol. Se enamoró a primera vista, descendió de los cielos en su magnífico carro celestial y yació con ella, tras de lo cual la abandonó. 

Ella, al verse ultrajada y mancillada, lloró desconsolada la pérdida de su amado. El joven Apolo, arrepentido, la convirtió en un hermoso ciprés.​ Las hojas se tiñeron de un verde oscuro, perenne y sombrío, reflejo eterno del luto que inundó su alma herida.

M. D. Álvarez 

miércoles, 8 de julio de 2026

Las faldas al viento.

Ya está aquí otra vez la corriente de aire. Rugió feliz uno de los mozos. Aquella corriente era un espectáculo, como soplaba, alzando las faldas de las jovencitas que, con recato, trataban de cubrir sus braguitas. 

Los jóvenes imberbes disfrutaban del espectáculo, haciendo jarana y jolgorio ante el estupor de los mayores, que, con torva mirada, les increpaban que dejaran de festejar tales divertimentos o serían castigados por el guardián de las corrientes de aire.

M. D. Álvarez 

martes, 7 de julio de 2026

La llegada del invierno.

Ya está aquí otra vez la corriente de aire; ya regresaba el azaroso invierno con sus rachas carabáticas, el mismo en el que él regresaría con los fríos polares. 

Oyó el trineo tirado por los 20 huskies siberianos que ladraban alegres bajo el mando de su dueño. 

Las noches siguientes en el iglú fueron ardientes y pasionales. A la semana de su regreso, él volvió a partir con la algarabía de sus huskies, que veloces lo trasladaron al gélido norte, dejándola a ella esperando con el corazón ardiente.

M. D. Álvarez 

lunes, 6 de julio de 2026

Cabalgando las corrientes.

Ya está aquí otra vez la corriente de aire. Si no te agarras fuerte, te arrastrará al subir, cogiendo fuerza por el acantilado, ascendiendo como una manada de caballos desbocados. 

Cuando la percibas en el rostro, entonces es cuando tienes que saltar y abrir tus alas; ellas te transportarán por las corrientes que surcan los cielos. 

El águila imperial alzó el vuelo al sentir la corriente. El polluelo lo siguió; le costó, pero logró dominar las corrientes tras su padre.

M. D. Álvarez

El cascabel del bosque viejo.

Fue la única que logró ponerle un cascabel a semejante licántropo de tres metros de envergadura. Lo encontró dormido en un claro del bosque viejo; dormido, no parecía tan fiero y brutal. Lo que no pudo controlar fue que colocara su peludo brazo sobre ella y la acercara hacia su pecho, donde ahora colgaba el cascabel. Ella se quedó inmóvil; no se atrevía a respirar. 

—Será mejor que respires o te ahogas —oyó como decía de forma gutural. Aquello la hizo dar un respingo.

Pero no la soltó; olfateó su sedoso pelo y le dio un cálido lametón, mientras ella no movía ni un músculo y permanecía sujeta con delicadeza. 

—¿Puedo preguntarte una cosa? —oyó su voz profunda reverberar en su pecho peludo.

—Sí —respondió ella con un hilo de voz.

—¿Para qué es el cascabel que me has puesto? —dijo, lamiéndola suavemente. 

—Date la vuelta —dijo, levantando su belludo brazo. Ella se giró y vio unos grandes e intensos ojos azules que la miraban con curiosidad. 

—¿Es posible que necesites saber si estoy cerca? —preguntó, jugueteando con su fuerte garra y haciendo sonar aquel cascabel.

Ella quedó cautivada con la intensidad de su mirada y solo acertó a decir: 

—¡Qué hermoso!

Él quedó hechizado con sus ojos verdes y dulcemente lamió con ternura su mejilla.

El cascabel resonó entre los árboles mientras él la apretaba con suavidad.  

—No lo necesitarás —murmuró—. Siempre sabré dónde estás.  

Ella sintió su aliento cálido y, por primera vez, no tuvo miedo.  

Entre sombras y destellos de luna, dos mundos se unieron en un ritmo compartido.  

M. D. Álvarez 

Al otro lado de la puerta.

Una vida distinta al otro lado de la puerta lo esperaba, pero él la quería y no cruzaría el umbral para seguir con su vida. Es más, destruyó el acceso a esa otra vida; prefería la que tenía con ella, a pesar de las dos diferencias y discusiones. No sabía vivir sin ella, y lo sabía. Cuando destruyó aquel acceso, su destino estaba echado: compartiría los dolores y alegrías con la mujer que amaba.

Ella era puro fuego, haciendo que su relación fuera apasionada, con momentos de discusión y momentos de pasión desenfrenada. Él había elegido aquella vida por amor, un amor abrasador pero tierno, con tintes de épica, pues ella, para él, era su diosa a la que adoraba y amaba con auténtica devoción.

Sin embargo, no todo ardor es luz, ni toda pasión es eternidad. Los días transcurrían entre caricias que sanaban y palabras que herían, entre miradas que incendiaban el alma y silencios que pesaban más que el tiempo. Pero él seguía eligiéndola, porque no conocía otro camino que el de su amor por ella.

Una noche, en medio de una discusión que parecía más feroz que las anteriores, ella tomó aire, miró sus manos temblorosas y con un susurro le preguntó: —¿Nunca has deseado cruzar aquella puerta?

Él la miró, sintiendo cómo el pasado que había sellado con su propia determinación intentaba abrirse paso entre ellos. Pero negó con la cabeza, con una certeza casi violenta.

—Jamás —dijo—. Porque al otro lado de la puerta no estás tú.

Ella lo miró, y en sus ojos brillaba una tormenta contenida, una mezcla de amor y miedo. Porque aunque él había destruido el acceso, el eco de lo que pudo haber sido aún flotaba entre ellos.

Pero él la tomó de la mano, acercándola a su pecho, donde su corazón latía con la única verdad que siempre defendería.

—Te elegí, y volvería a hacerlo mil veces más.

Ella cerró los ojos, y en ese instante, entre el caos y el deseo, entre las dudas y las certezas, supo que también lo elegiría a él.

Siempre.

M. D. Álvarez