—¿Sabes lo que más me gusta de ti? —preguntó Angie, mirándolo con devoción.
—Mi sonrisa arrebatadora —respondió Marcus, con su sonrisa más deslumbrante.
—No, esa es la segunda cosa que adoro de ti. Tus ojillos azules me enloquecen de deseo —dijo ella, sentándose sobre su regazo sin dejar de mirarlo a los ojos, tan azules como el cielo en verano.
Marcus soltó una carcajada vibrante, esa que Angie sentía siempre en el pecho antes de escucharla en el aire. Con un movimiento fluido, rodeó la cintura de ella con sus brazos, asegurándola contra él.
—Vaya, así que mi arma secreta ha quedado relegada al segundo puesto —comentó él, fingiendo una herida de orgullo mientras sus ojos chispeaban con esa intensidad eléctrica que solo ella lograba encender—. Tendré que esforzarme más para recuperar el trono.
Angie acarició los mechones oscuros que caían sobre la frente de Marcus, bajando los dedos por la línea de su mandíbula hasta detenerse en el borde de su labio inferior. El silencio en la habitación se volvió denso, cargado de una electricidad que hacía que el aire pareciera vibrar.
—No te esfuerces demasiado —susurró ella, inclinándose hasta que sus alientos se mezclaron—. Me gusta tenerte así, un poco vulnerable ante mis confesiones.
Marcus acortó la distancia final, pero no para besarla de inmediato. Se quedó a milímetros de su boca, dejando que el azul de sus ojos se hundiera en el verde profundo de los de ella.
—Si supieras lo vulnerable que me tienes desde el primer día, no presumirías tanto de tus victorias, Angie.
Marcus cerró los ojos un instante, dejando que el calor de Angie y el suave aroma a jazmín que desprendía su piel lo invadieran por completo. El juego de seducción dio paso a algo mucho más profundo, uno de esos momentos donde las palabras sobran y el tiempo parece detenerse en seco.
Enterró el rostro en el hueco del cuello de ella, aspirando hondo mientras sus manos, antes juguetonas, ahora la sostenían con una ternura casi reverencial.
—A veces —murmuró Marcus contra su piel, con la voz rota por la sinceridad—, me da miedo que esto sea un sueño. Que me despierte y el cielo no sea tan azul como dices que son mis ojos.
Angie sintió un escalofrío, pero no de frío, sino de pura conexión. Lo estrechó contra sí, enredando sus dedos en su nuca, ofreciéndole ese refugio que ambos habían buscado durante tanto tiempo. Marcus se separó lo justo para buscar de nuevo su mirada, y esta vez no había rastro de su habitual arrogancia encantadora; solo estaba el hombre que ella amaba.
—No te vas a despertar —le aseguró ella con firmeza, sellando la promesa con un beso lento, pausado, que sabía a entrega absoluta.
Marcus la observó en silencio, admirando cómo la luz se filtraba entre ellos, y de repente, su expresión se volvió inusualmente seria, aunque cargada de una dulzura que Angie rara vez veía en el mundo exterior.
—Sabes... —comenzó él, trazando círculos invisibles en la espalda de ella—, siempre he vivido pensando que el futuro era algo que simplemente "pasaba", una serie de eventos que no podía controlar. Pero desde que estás aquí, he empezado a ponerle nombres y lugares a los años que vienen.
Angie apoyó la frente contra la suya, escuchando los latidos de su corazón, que ahora marcaban un ritmo pausado y constante.
—¿Y qué nombres son esos? —preguntó ella en un susurro.
—Lugares con ventanas grandes, mañanas de café compartido y, sobre todo, la certeza de que no importa lo que pase ahí fuera, siempre habrá un camino de vuelta a ti —confesó Marcus, con una vulnerabilidad que la dejó sin aliento—. Ya no quiero ser un navegante solitario, Angie. Quiero que este "nosotros" sea mi único destino.
Ella no respondió con palabras, porque no hacían falta. Se limitó a abrazarlo con más fuerza, aceptando ese pacto silencioso de construir un mañana donde sus miedos no tuvieran cabida
M. D. Álvarez