martes, 20 de octubre de 2026

Despertando a los durmientes.

Su equipo y él fueron enviados a inspeccionar aquella gigantesca fractura de la corteza. Según los sismógrafos, la fractura era desigual; en ciertos lugares se abría de forma abrupta y en otros parecía haber sido abierta con tiralíneas. Llegaron al lugar donde la corteza estaba más resquebrajada y observaron que era de una profundidad abrumadora. Él creyó percibir movimiento en las profundidades.anclo un par de pernos con el percutor y sujeto su mosqueton por el qué pasó la cuerda se puso el arnés y les dijo 

Esperadme aquí, voy a comprobar que no hay peligro. Descendió a rápel hasta una cornisa a 200 metros del fondo. Desde allí, con sus gafas de infrarrojos, distinguíó cientos de miles de criaturas que, apretujadas, esperaban la noche para salir al exterior.

 Ascendió en escalada libre y, cuando llegó arriba, ordenó a su equipo que colocara cargas de demolición a media altura. Su artificiera más avezada las colocó en los lugares estratégicos y él detonó las cargas, haciendo que la fractura cayera, sepultando a las aberrantes criaturas que, si hubieran logrado salir, habrían acabado con la humanidad.

M. D. Álvarez 

Su nombramiento.

Estaba monísimo con su uniforme de gala; sus amigas le silbaban e intentaban cazarlo, pero su habilidad para eludirlas era lo que las traía de cabeza. Solo había una única persona por la que se dejaría cazar, y en aquellos momentos estaba ausente. En el día en que lo nombraron comandante, se había tenido que ausentar por motivos laborales; la habían enviado en una misión de reconocimiento. Ella hubiera preferido estar con él en los despachos de graduación, pero no podía desatender las órdenes. Se lo compensaría al volver..

La recepción estaba en su punto álgido, con copas alzadas y risas resonando entre los asistentes. Él mantenía una sonrisa educada, aceptando felicitaciones y palmadas en la espalda, pero en su mirada había un destello de ausencia, un anhelo silencioso por la única persona que realmente quería ver allí.

Mientras sus amigas seguían su juego de silbidos y halagos, él revisó su reloj con impaciencia. Sabía que ella no podía estar, que el deber la había llamado lejos, pero aun así, en su interior, esperaba algún milagro.

Y entonces, cuando la noche comenzaba a apagarse, cuando las luces del salón titilaban con el reflejo de las copas vacías, ella apareció.

Aún vestida con el uniforme de campaña, con el polvo de su misión aún marcando sus botas, irrumpió en el salón con paso firme. Las conversaciones se apagaron por un momento, sorprendidas por su entrada inesperada. Pero él solo veía una cosa: a ella.

Sus miradas se encontraron, y en ese instante, el tiempo pareció detenerse.

—Llegas tarde —dijo él con un deje de reproche, pero en su voz había más alivio que molestia.

—Nunca llego tarde si se trata de ti —respondió ella con una sonrisa antes de deslizar los brazos alrededor de su cuello.

La fiesta siguió su curso, pero para ellos, el mundo entero quedó en segundo plano.

M. D. Álvarez 

lunes, 19 de octubre de 2026

El duelo.

Su honor era todo lo que le quedaba; lo había perdido todo: su cargo como comandante, su estatus, hasta su chica lo dejó. Pero su honor no se lo quitarían. Se batiría en duelo por el favor de su chica. La habían confundido e influenciado para que lo dejara, y eso no estaba bien; era lo que más le dolía. Ella lo era todo para él, su razón de vivir, y lucharía por su honor y por ella. Por lo menos, le debía una explicación. La esperó al salir de su trabajo. Ella, al verlo, tuvo un vuelco al corazón; llevaba días sin verlo y, ahora que lo tenía delante, su corazón lo anhelaba, pero su mente lo rechazaba. Su corazón era lo único que lo veía tal y como era, sin dobleces ni habladurías.

Ella hizo caso a su corazón en vez de a las habladurías y corrió a sus brazos. 
—No lo hagas, por favor, no te batas en duelo; te despedazará —dijo ella, temblorosa.

—Debo hacerlo; si no, mi honor no será nada. ¿Tan poco confías en mi fuerza? —preguntó él, mirándola a los ojos.

—Claro que confío en ti, solo que no quiero que te hagan daño —refirió con dulzura.

—Yo me encargaré, y ahora que sé que tú me quieres, redoblaré esfuerzos para salir victorioso del duelo —dijo con tal determinación que ella no tuvo dudas de que él ganaría el duelo.

M. D. Álvarez 

Un cuento para mayores.

El cuento que tanto le gustaba se encontraba en el suelo, tirado. Él lo recogió y preguntó: "¿Quieres que te lea tu cuento favorito?"

—Papá, ya soy mayor, no soy una niña pequeña —dijo con aquella mirada de inteligencia.  

—Entonces te voy a contar una historia de mayores, ¿te parece bien?

Érase una vez un bosque aterrador y oscuro donde vivían seres de aspecto grácil y otros aterradores. Una de aquellas gráciles criaturas vivía en el linde del bosque y curaba a todo tipo de criaturas, tanto las luminosas como las aterradoras. Una de aquellas criaturas oscuras la observaba día sí y día también. También ella percibió unos ojos azules que no la perdían de vista, así que se acercó al linde y preguntó: "¿Por qué no sales? Puedo curarte."

Él no dijo nada ni tampoco avanzó.  
A la mañana siguiente, un apuesto licántropo depositó un precioso ramo de flores silvestres.  
—Así que eras tú quien no me quitaba el ojo de encima —dijo ella, tomando el ramo—.  
—Puedes seguir, te quiero mostrar algo.

Él avanzó temeroso y se agachó para pasar por la puerta. Dentro, la casita era acogedora y cálida.

—Ven, siéntate —dijo ella.  
Él obedeció y se sentó con cuidado en la silla que ella le ofreció.

—Muéstrame tu garra —dijo ella.

Él extendió la garra; en el centro había una espina grande.  
—Esto te tiene que doler. Déjame que te quite esa púa —dijo ella con dulzura. Cogió unas pinzas y extrajo la espina. El aguerrido licántropo emitió un pequeño quejido, pero no retiró su garra. Cubrió con un pequeño vendaje y dijo: —Vuelve mañana para que te cambien el vendaje y deja de meterte en los rosales salvajes.  
El apuesto licántropo salió feliz y se fue correteando al bosque; había hecho una nueva amiga.

—¿Qué te ha parecido el cuento, mi vida?  

—¡Woow, muy tierno, papi! Mañana me cuentas otro —dijo la chiquilla con una sonrisa arrebatadora.

M. D.  Álvarez. 

domingo, 18 de octubre de 2026

Los cuatro del cayoco.

El agente le señala la fila de menores. Viendo el panorama, Héctor se apiadó de aquellos pequeños; eran cuatro, todos estaban sumidos en un aura de tristeza. 

—¿Los cuatro han llegado en ese cayuco?, preguntó sobrecogido. La embarcación en cuestión era un amasijo de tablas atadas con cuerdas.

—Sí, parece mentira que esos mocosos se enfrenten al mar embravecido, todo por una idea mal concebida.

Héctor lo fulminó con la mirada y los envolvió en mantas térmicas. Sus miradas de agradecimiento se clavaron en su noble corazón.

—Tranquilos, ya estáis a salvo; yo cuidaré de vosotros. 

Los chiquillos parecieron comprender y sonrieron con alegría, abrazándolo a la vez.

M. D. Álvarez

​El galán de tres meses. II parte

Adler dio dos pasos atrás, sujetando la empuñadura del bastón que llevaba en la cintura por pura precaución. El animal, si es que realmente se le podía llamar así, exhaló un bufido ruidoso que sonó como un suspiro de satisfacción profunda. Angie sonrió ampliamente mientras el gigante apoyaba la barbilla sobre su hombro, haciendo que la joven tambaleara ligeramente por el mero peso de aquel denso pelaje plateado.

​—Ves, Adler, solo es un poco grande para su edad —murmuró Angie, acariciándole detrás de las orejas puntiagudas—. Además, las criaturas peligrosas no suelen regalar flores.

​—Esas violetas eran de la Sra. Higgins, Angie. Acaba de destrozar su jardín en menos de dos segundos —suspiró Adler, pasándose una mano por la frente—. Agradezco el gesto botánico, pero mira esas garras; son del tamaño de dagas. ¿Qué pretendes que hagamos cuando comience la etapa de dentición? ¿Comprar toneladas de carne cruda o evacuar el vecindario?

​La criatura emitió un gruñido bajo, casi cantarín, al percibir el tono de desconfianza. Se giró despacio, revelando una hilera de colmillos desproporcionados que habrían alarmado a cualquiera, y acto seguido hizo algo totalmente imprevisto: se echó boca arriba, dejando expuesta su enorme panza gris para que Angie continuara con las caricias.

​—Creo que no le gustas porque estás demasiado tenso —se burló Angie, rascándole el vientre al mastodonte, que comenzó a dar pataditas en el aire y a hacer temblar levemente el suelo—. Se llamará Marcus. Lo acabo de decidir.

​—Por supuesto, ponle nombre de guerrero temerario seguro eso me tranquiliza —refunfuñó Adler, aunque la tensión en sus hombros cedió un poco al ver al temible espécimen actuar como un perro faldero gigante—. Solo dime una cosa, Angie... si esto es un cachorro de tres meses, ¿quiénes eran exactamente esos criadores? Porque presiento que omitieron detalles bastante importantes sobre su verdadero linaje.

M. D. Álvarez 

sábado, 17 de octubre de 2026

Derechos al calabozo..

El agente le señala la fila de menores, como pensando que hace fuera de la fila. Los mocosos, con muestras de haber sido apaleados, lo miraban aterrados. 

El chaval lo miró con suficiencia y dijo: —No pretenderá, agente, que permita que esos niñatos se metan como mi chica". 

Ella apareció tras la espalda del muchacho, con cara de terror. Él la abrazó con dulzura y dijo: —Ya está, mi vida, ya no te molestarán, ¿verdad, agente? 

 Este, perplejo, afirmó: "Sí, señorita, estos truhanes se van derechos al calabozo.

M. D. Álvarez