miércoles, 11 de marzo de 2026

En las profundidades de la montaña.

Lo tenían atrapado en aquella cantera, aterido de frío. Su naturaleza salvaje lo volvía incontrolable; solo ella era capaz de calmarlo y hacer que retornara a su ser. Todos le dijeron que estaba loca por haberlo escogido a él como compañero y amante, pero no iba a permitir que lo exhibieran como a una bestia salvaje. 

Descendió a la cantera; su corazón bombeaba aceleradamente, pero no era miedo, era preocupación por su estado de desconcierto. Lo encontró escondido en uno de los túneles; su cuerpo, cubierto de una suave capa de pelo negro como el vantablack, estaba empapado. 

El agua estaba helada y su mirada azul celeste resaltaba sobre su capa de pelo. Se fue acercando con cuidado y mansedumbre; él jamás la había atacado porque siempre la trataba con ternura. 

Gruñó levemente, pero ella siguió avanzando lentamente. Sacó una gran manta y lo cubrió, frotándolo para secar su pelo. Él permanecía dócilmente agachado. Gruñendo suavemente, ella acarició la gran cabeza del lobo y él lamió suavemente su rostro.

—Ahora a ver cómo te saco de aquí, –dijo pensativa mientras lo acariciaba con dulzura. Él comprendió el lío en el que se había metido y, con un leve gesto de su gran cabeza, le indicó que había otra salida. El túnel donde se escondió se internaba en la gran montaña de granito. 

—Así que sabes salir de aquí, mi adorable licántropo —refirió ella con una gran sonrisa mientras rascaba su pecho con ternura. Él disfrutaba de las atenciones de ella con su expresión de inocencia  y la lengua fuera.

Se internaron en las entrañas de la montaña. Él iba abriendo camino, seguido por ella. Cuando llevaban algo más de dos horas, pudieron vislumbrar un resquicio de luz; era muy pequeño. Ella intentó mover las rocas, pero no lo logró. Él la puso a un lado y comenzó a sacar grandes rocas hasta abrir una abertura lo suficientemente grande como para que cabieran los dos. Le cedió el paso a ella, que dulcemente lo cogió de su gran garra.

—Los dos juntos, grandullón —dijo ella con una adorable sonrisa que lo calmó y tranquilizó, haciendo que su compañero y amante retornara a su estado normal, conservando sus intensos ojos azules.

M. D. Álvarez.

martes, 10 de marzo de 2026

La cueva de Voronia.

Era un territorio inexplorado: la mayor cueva bajo la corteza terrestre, la cueva de Voronia. Sus hobbies eran un tanto peculiares; le gustaba la espeleología, el rappel y el montañismo. Era un chico inquieto con grandes intereses en la naturaleza. Se había propuesto llegar al fondo de la cueva y mapearla. Era la primera cueva más profunda, con una profundidad de 2,224 metros.

Con su equipo de espeleología preparado, descendió por la oscura entrada de la cueva de Voronia. La humedad y el silencio lo rodeaban, creando una atmósfera casi mágica. A medida que avanzaba, las paredes se iluminaban con su linterna, revelando formaciones de estalactitas y extrañas criaturas que habitaban en la penumbra. Cada metro descendido era un desafío, pero su determinación lo impulsaba a seguir. 

Después de horas de descenso, llegó a un amplio salón subterráneo. Allí, el eco de su respiración resonaba en la inmensidad. Sacó su escáner de mapeo y comenzó a trazar cada rincón, sintiendo que estaba descubriendo un mundo oculto. 

Allí abajo perdía la noción del tiempo, así que se sorprendió al ver que alguien más bajaba. En cuanto la vio, supuso que había pasado más de una semana desde que bajó a las profundidades.

—¿Con que es aquí donde te escondes? —preguntó ella con una pícara sonrisa.

—No me escondo, te dejé una nota —respondió él—. Cuando tengo que pensar, vengo aquí y parece que mis pensamientos se aclaran.

M. D. Álvarez


lunes, 9 de marzo de 2026

Su leñador favorito.

Había errado el hachazo sobre el tronco seco de aquel enorme ciprés y se había hundido el hacha en su pierna, causándole una grave herida a la altura de la vena femoral profunda; casi se desangraba. 

De no haber estado ella, seguramente no lo habría contado. Mantuvo el hacha en la herida; si la hubiera retirado, él ya estaría muerto. Con ayuda de dos recios leñadores, lo trasladaron al hospital más cercano, donde pudieron reconstruir la vena femoral profunda; al menos no se había seccionado el nervio ciático. 

Le esperaba una buena temporada de descanso, pero ella no iba a permitir que regresara a su puesto hasta que estuviera al 100%. Él era su leñador favorito.

M. D. Álvarez 

domingo, 8 de marzo de 2026

Una mujer de bandera.

Era una mujer de bandera, autosuficiente e inteligente. Él no comprendía qué había visto en ella para pedirle una cita.

Él, todo un apuesto guerrero, se sentía cohibido por ella. Su mera presencia le hacía parecer un grano de arena en una playa cualquiera, pero ella lo enardecía y hacía que se creciera hasta cotas inimaginables.

Una noche, bajo el palio de un cielo cobrizo, él por fin entendió el misterio. No se trataba de una conquista, sino de un reconocimiento. Mientras ella hablaba con una elocuencia que silenciaba el ruido del mundo, él dejó de luchar contra su propia sombra.

Ella era todo para él, y él lo era todo para ella; la mujer lo veía como a un igual. Ella no buscaba a alguien que la protegiera, sino a un igual que no temiera su luz. En el reflejo de sus ojos, él ya no era arena; era la marea misma, rugiendo con una fuerza nueva, listo para conquistar horizontes que antes solo se atrevía a soñar.

M. D. Álvarez

Feliz 8 de marzo, chicas.

No son ángeles.

Bajo la luna de mármol, las estatuas de las olvidadas cobran vida. No son ángeles, sino espectros de seda y hollín que emergen de las grietas de la historia. 

Sus dedos, largos como agujas de coser, tejen un sudario de gritos silenciados que ahora estallan en el viento gélido.

En el jardín de los sauces llorones, las rosas no huelen a perfume, sino a hierro y libertad. 

Cada pétalo caído es un contrato roto con el silencio. Hoy, las damas de sombra no esperan rescate; han incendiado sus torres de marfil y caminan sobre las cenizas, soberanas de su propio abismo en busca de justicia para sus asesinos, aunque solo fuera justicia divina. Pero merecían un resarcimiento. 

M. D. Álvarez 

sábado, 7 de marzo de 2026

Bucle de pasiones.

Nos encontramos a nosotros mismos en aquel mar de dudas y desastres en el que habíamos estado viviendo y sucumbiendo en el mismo error, el único en el cual volvíamos a desafiar a los hados, dando rienda suelta a nuestra pasión más abrasadora. 

Esta vez, nos dimos cuenta de que estábamos habitando un bucle muy fácil. La intensidad de nuestro amor y la pasión con la que nos amábamos se convirtieron en una trampa que nos atenazaba hasta casi asfixiarnos. 

Nos llevó un tiempo darnos cuenta, pero por fin deseamos descansar y salir de aquel bucle interminable de pasiones mal contenidas. Nos dimos un tiempo y, si al finalizar seguíamos deseando lo mismo, nos dejaríamos atrapar por aquel ciclo sin fin de pasiones.

M. D. Álvarez 

viernes, 6 de marzo de 2026

La cabeza de cemento armado.

No los puedo dejar tirados, pensó, mientras su mirada se fundía a negro. Ella corrió a recogerlo antes de que su cuerpo cayera al suelo; había sufrido un impacto brusco en la cabeza e intentaba seguir consciente sin conseguirlo. 

Cuando despertó, se encontraba en una cama cálida. Junto a él estaban sus dos mejores amigos, que al verlo despertar, iluminaron sus rostros. Sabían que tenía la cabeza dura, pero aquel impacto con un bate de béisbol fue brutal. Ella lo miraba con una mezcla de amor y alivio. 

—Sigues teniendo la cabeza tan dura como el cemento armado —dijo ella, acariciando su melena.

M. D. Álvarez