domingo, 9 de agosto de 2026

A la luz de las velas.

Angie disfrutaba viéndolo entrenar todas las mañanas en su gimnasio. Él sabía que ella observaba y se esforzaba al máximo. A Angie le gustaba que fuera fuerte, ágil e íntegro. Todas las noches, él la cogía en volandas y no permitía que sus lindos pies tocaran el frío suelo. Mientras él la llevaba en volandas, Angie se entretenía besándolo de forma dulce y sensual.

La llevaba de aquí para allá; tan solo la dejaba cuidadosamente sobre la cama e iba a preparar la comida o la cena, según las horas del día. En cuanto tenía preparada la comida, ponía dos platos bellamente decorados con deliciosas viandas, dos copas de vino y dos velas. Luego, se dirigía al dormitorio, donde Angie lo esperaba, dócil y arrebatadora. Colocaba la bandeja sobre la cama y la observaba con determinación y pasión.

Angie también lo observaba con cariño sabía que ella era todo para él jamás dejaría que nadie la dañará 

Angie cogió un tenedor y probó un pequeño tomatito cherry aderezado con albahaca, miel y limón, sazonado con pimienta negra y sal. Se lo llevó a la boca y degustó, saboreando dulcemente el delicioso tomatito, mientras él esperaba pacientemente su veredicto. 

—¿Y bien? —preguntó él, suavemente.

Ella lo miró con ternura y dijo: 

—Está delicioso, como tú, mi dulce y atrevido licántropo. Ven aquí que te como a besos dijo ella, estirando los brazos para que él acudiera a ella.

Marcus cruzó la habitación en dos zancadas y se arrodilló delante de ella, dejando que jugara con su densa melena y sus orejas de lobo.

M. D. Álvarez 

sábado, 8 de agosto de 2026

Un chico maravilla.

Lo vio inquieto, como preocupado, y le preguntó: "¿Qué te preocupa, Marcus? Te veo intranquilo. ¿Ha pasado algo?"

Él la miró fijamente, como si no la viera, y dijo: —Tengo un problema y no sé cómo arreglarlo.

—Tú, si tú eres un chico encantador, ¿qué problema vas a tener tú, el chico maravilla? —dijo ella para quitarle importancia, pero la mirada que le lanzó la hizo preocuparse. ¿Puedo ayudarte? preguntó con calma.

—No, es mi problema y debo resolverlo yo —dijo, levantándose y dirigiéndose hacia la salida.

—Marcus, sabes que puedes contar conmigo para lo que quieras, dijo ella.

—Lo sé, Angie. Siempre has sido un gran apoyo para mí, pero esto debo resolverlo solo.

Angie lo siguió; estaba preocupada por él. Llevaba días distraído y lo siguió hasta un tugurio de mala muerte, donde una banda de camorristas ejercía un férreo control sobre los proxenetas, yonkis y prostitutas.

Angie entró sin esperar lo que iba a ver. En aquel antro había un corro de gamberros jadeando a un gigantón que parecía estar dando una paliza a alguien. Hasta que, de pronto, el mastodonte cayó a tierra y sobre él estaba Marcus. Al verla, sus ojos reflejaron terror; si la descubrían, le harían daño. Y rugió: —¿Quién es el siguiente? 

Otro bravucon trató de golpearlo sin conseguirlo. Angie asistía entre aterrorizada y preocupada cuando una de las jovencitas le preguntó:   —¿Lo conoces?"

—Sí, es mi amigo, respondió Angie. —¿Y tú, lo conoces?"

—Es mi hermano. Hoy ha venido a pelear por mí. Será mejor que te vayas ahora que aún no te han descubierto. Tranquila, aún no he visto que nadie pueda con él.

La jovencita la acompañó a la puerta y le dijo: —He visto cómo te miraba y creo que siente algo por ti.

M. D. Álvarez 

viernes, 7 de agosto de 2026

Degustación.

Esa noche saldrían a cenar un bocadillo de calamares. Tras una tarde de duro trabajo, lo que más deseaban era ese manjar; él sabía dónde se hacían los mejores. "Ya voy de vuelta, espérame", le dijo.

Al entrar en casa, la encontró en la terraza, luciendo un vestido vaporoso que resaltaba su belleza. 

Su sonrisa brilló como el sol al verlo. Le entregó la bolsa de papel y sirvió vino en un vaso. Mordió el bocadillo con gusto mientras él no podía apartar la mirada; era la chica más maravillosa y su novia.

Terminaron de cenar y él sonrió: "¿Mejor que el del año pasado?"

M. D. Álvarez 

jueves, 6 de agosto de 2026

Domador de nubes.

Regía los cielos con férrea mano, arremolinaba nubes para generar un lecho cómodo donde poder descansar con su amada, que juguetonamente jugaba con los atributos de su amante, que excitado la besaba con lujuria, mientras estrujaba con suavidad sus dulces pechos, haciéndola gemir de placer.

Los labios de él se deslizaron por su cuello, marcando un camino de fuego hasta el hueco de su clavícula, mientras sus manos exploraban cada curva con devoción. Ella, entre jadeos, enredó los dedos en su cabello, atrayéndolo más hacia sí, como si temiera que el menor espacio entre ellos fuera demasiado.  

"¿Qué más quieres?" murmuró él contra su piel, la voz cargada de deseo.  

Ella respondió con una risa baja, sensual, guiando su mano hacia la cintura, donde la tela fina era apenas una barrera irritante. "Todo... pero despacio," susurró, antes de capturar sus labios en un beso que prometía noches enteras de entrega.  

Las nubes, obedientes a su voluntad, se cerraban alrededor como un dosel íntimo, aislándolos del mundo. El viento susurraba melodías antiguas, mezclándose con sus gemidos, mientras el cielo mismo parecía arder con la pasión de dos seres que se amaban sin límites.  .

M. D. Álvarez 

miércoles, 5 de agosto de 2026

Brillo empañado.

—Sabes que eres una auténtica perla, dijo Angie, mirándolo de reojo.

Él, con su sonrisa bobalicona, la mira y dice: —Por lo valioso que soy.

—Nooooo, ni mucho menos, no me has entendido. Una perla dañada e inservible.

Su sonrisa se esfumó y su mirada azul palideció. Se giró, encarándose con ella: —¿Soy una mierda? ¿Eso estás diciendo? ¿Y todos los años que llevamos juntos no han servido para nada?

¿A caso crees que no sé que tonteas con mis amigas? —dijo Angie. .

Ellas no significan nada para mí; tú lo eres todo —respondió él.

Pero ya era tarde...

M. D. Álvarez 

Noche de bocadillos de calamares.

Esa noche saldrían a cenar un bocadillo de calamares. Cuando llegaron a la bocatería, se encontraron con una cola de aquí te espero. Ella tenía frío, no había cogido nada más que un jersey. Él se quitó su plumas y se la cedió gentilmente. 

Cuando por fin llegaron al mostrador, la puerta se abrió de golpe y un encapuchado entró con una recortada, gritando: "¡Arriba las manos! Esto es un atraco".

Eso lo enojó de sobremanera y se lanzó a por el arma, sujetándola con su mano derecha. Noqueó con la izquierda al atracador. La noche acabó mal para el atracador, pero bien para ambos; los bocadillos salieron gratis.

M. D. Álvarez 

martes, 4 de agosto de 2026

Removiendo el infierno. 2da parte.

​El silencio del hangar privado, roto solo por el chasquido del metal de la avioneta enfriándose, contrastaba violentamente con el rugido de las llamas que acababan de dejar atrás. Marcus correspondió al beso con una mezcla de desesperación y alivio, sintiendo el aroma a humo que todavía impregnaba el cabello de Angie.

​—Estamos a salvo —susurró él contra su frente, rompiendo el contacto solo lo justo para asegurarse de que ella no se desmoronara—. Pero no podemos quedarnos aquí mucho tiempo. Si yo pude encontrarte, otros también podrán.

​Angie asintió, aunque sus piernas flaquearon. Marcus la sostuvo por la cintura, guiándola hacia una pequeña oficina acristalada al fondo del hangar, donde un viejo sofá de cuero y un botiquín de primeros auxilios la esperaban.

​Mientras Marcus limpiaba con delicadeza una quemadura superficial en el brazo de ella, la mirada de Angie recuperó parte de su brillo habitual, ese fuego interno que Marcus tanto admiraba.

​—¿Cómo supiste que el localizador mentía? —preguntó ella en voz baja—. El equipo de búsqueda oficial dio la zona por perdida hace horas.

​Marcus hizo una mueca, una sonrisa ladeada que no llegó a sus ojos.

—Porque te conozco, Angie. Sé que nunca te habrías quedado en el punto de extracción si el viento cambiaba. Los manuales dicen que hay que esperar; tu instinto siempre dice que hay que sobrevivir. Fui a donde yo habría ido si el mundo se estuviera quemando: hacia la loma de la cara norte.

​Ella lo observó en silencio, admirando esa integridad inquebrantable que mencionabas. No era solo que Marcus fuera un piloto extraordinario; era que su conexión iba más allá de lo racional. Él no seguía coordenadas, seguía el rastro de su alma

M. D. Álvarez