jueves, 5 de noviembre de 2026

Noche de tormenta.

Los reunió a todos en su cama; era la más grande, pues su cargo era el de comandante de los ejércitos del frente único de su casa, cargo concedido por sus padres al ser el mayor de los hijos. Los tenía a todos reunidos por la tormenta tan fuerte que estaba tronando. Sabía que sus hermanos pequeños tenían miedo de las tormentas, y la más chiquitina siempre se escondía debajo de su cama. Esta vez los había reunido para contarles una historia; era una historia de miedo, pero con final feliz. Cogió a su pequeña hermanita y la colocó en su regazo, distribuyendo a sus otros cuatro hermanos en semicírculo frente a él. La habitación estaba en penumbra, solo iluminada por los atronadores relámpagos.

Esta es una auténtica historia de terror, pero no tengáis miedo porque tiene un final feliz. 

"Transcurría en una vieja cabaña al borde de los mares, en las primitivas tierras del occidente. La cabaña estaba habitada por una familia de ocho miembros.
La madre, el padre y seis hermanos; estos seis infantes eran la alegría de sus padres, que los educaron en el más estricto honor y adoración hacia la naturaleza. Una noche de tormenta, cuando los padres habían salido, los pequeños jugaban al escondite. El mayor siempre se quedaba con el turno de contar. Les habían prohibido subir al desván, pero el más pequeño se jactaba de ser el más valiente y se fue a esconder al desván en un arcón que ya estaba allí desde que se mudaron a aquella cabaña. Lo abrió y el interior estaba cubierto de terciopelo rojo, gastado y ajado, dejando ver las tablas de roble. Se escondió dentro mientras oía a su hermano mayor contando hasta llegar al final. Fue encontrando a sus cuatro hermanos, pero el pequeño no aparecía. Subieron al desván, buscaron por todo el desván y nada de nada; ni en ninguno de los valles y arcones había rastro de su hermano. El hermano mayor tenía el poder de adivinar lo que fuera y recordó lo que le había dicho a su hermano pequeño: que si se perdía, debía atarse un lazo rojo en el dedo anular y pensar en él. Se concentró y visualizó una habitación oculta en un arcón de terciopelo rojo. Vio cómo abrir el acceso y localizó el arcón; lo abrió y localizó el dispositivo de apertura de la habitación. Lo accionó y vio a su hermano pequeño hecho un ovillo. Lo llamó insistentemente hasta que el pequeño alzó la vista y lo vio estirando la mano para cogerlo. El pequeño estiró a su vez la suya y cogió su mano. Lo jaló y sacó del arcón. El pequeño se abrazó fuertemente a su hermano mayor, que lo abrazó con ternura y lo bajó del desván. Sus otros hermanos se asustaron al verlo tan pálido. El mayor le preparó un chocolate caliente para que entrara en calor. 

—¿Ves cómo hay que hacer caso a papá y a mamá? Por algo nos dijeron que no subiéramos ahí —dijo el mayor con toda la calma de la que fue posible..

—"No volveré a desobedecer", dijo él, pequeño y visiblemente asustado.  

—Bueno, pues estad tranquilos, yo se lo diré a papá y mamá. Es hora de que os vayáis a dormir.

Fin, termino de contar el mayor 

Justo en aquel instante, un atronador relámpago iluminó la estancia, asustando a los cinco hermanos, salvo al mayor, que conocía las ciencias y no se asustó.

La chiquitina se había quedado dormida en el regazo de su hermano mayor. Tras una breve pausa, el relámpago volvió a iluminar la habitación. El mayor les dijo: "Ya se está alejando", mientras contaba los segundos que tardaba en sonar el trueno tras iluminar la estancia. 

"Bueno, ¿qué os ha parecido mi historia? ¿Os ha asustado?", preguntó. La chiquitina, con su lengua de trapo, dijo que no porque él la defendería de los monstruos. El resto de los hermanos, todavía un poco asustados, rieron ante la gracia de la chiquilla.

—"¡Ale, ahora a dormir que mañana hay colegio!" dijo él a sus hermanos. 

Ellos, a regañadientes, se fueron a sus respectivas habitaciones. 

Él cogió a su dulce hermanita para llevarla a su camita, pero ella le pidió dormir con él, con aquella mirada suya que sabía que no le podía negar nada.

—"Vale, pero en cuanto te duermas, te llevaré a tu cama, ¿vale?" 

—Tá bien, dijo ella.

M. D. Álvarez 

Oenothera speciosa, o dama de noche.

En un principio cuando los dioses se personaban ante los humanos y los dotaban de alimentos para ser honrrados Ataecina, la diosa de la fertilidad y del inframundo. Esta deidad representaba el renacer por su tránsito entre los dos mundos; cada seis meses reinaba en uno y otros seis en el otro. 

Según las leyendas, Ataecina convirtió el inframundo en un hermoso vergel y, viendo que todas aquellas preciosas plantas y árboles eran hermosos, pensó en traer un poco de luz a nuestro mundo, ya de por sí hermoso, y se trajo una delicada y brillante plantita para iluminar los caminos y arrollos.

La pequeña, de unos 30 centímetros, tiene tallos rastreros, hojas lanceoladas y flores de color rosa pálido con forma de copa o plato, con cuatro pétalos grandes.. 

Ataecina pobló los caminos y riberas de tan bella planta y dijo a los primeros moradores de la península de Tarshish: "Servíos de mis dones para cuidaros y proteger la tierra; así honraréis mi divinidad".

La plantita recibió el nombre de Oenothera speciosa, también conocida como onagra rosa o dama de noche.

M. D. Álvarez

Tarshish, primitivo nombre de la península Ibérica, que significaba "aguamarina", evoca la legendaria riqueza de una tierra rodeada por las aguas y la historia.

miércoles, 4 de noviembre de 2026

El amaranto.

¿El amaranto, de dónde surgió? Os lo voy a contar: en un tiempo muy lejano, cuando los dioses gobernaban desde las alturas, hubo uno en especial que amaba y protegía a las criaturas que poblaban el mundo a sus pies. 

Al ver la hambruna y el dolor que padecían los primeros creados, creó una hermosa plantita de la cual podrían servirse para alimentarse. 

Esta delicada y hermosa plantita tiene un tallo largo de unos 60 cm de altura, con hojas anchas, grandes y ovaladas, de tono entre verde y rojizo, y flores en forma de penacho de colores tan variados como el rojo, el morado, el rosa y el dorado. De dichas flores brotó un fruto brillante como pequeñas lentes de tono blanco y crema. Los primeros creados, maravillados por el don recibido, molieron aquel grano sagrado y cocinaron la primera de las ofrendas al creador, quien bendijo su unión para siempre.

M. D. Álvarez 

Angelotes a su alrededor.

—Un día tranquilo —preguntó ella con cordialidad.  

—Un día sin más —dijo él, sintiendo cómo aquellos angelotes comenzaban a entonar dulces canciones mientras él trataba de espantarlos. 

Aquellos seres regordetes y angelicales habían comenzado a aparecer justo el día en que la encontró en la pequeña laguna que él y sus amigos habían descubierto y utilizaban para practicar saltos; fue el primer día que falló un clavado. 

Ella disfrutaba poniéndolo nervioso, jugueteando con uno de aquellos pequeños pero regordetes angelitos.

—Un día de estos voy a tener un accidente con uno de estos —dijo, furioso. 

Oh, sí, son un amor —dijo ella con visible deleite, mientras cogía a uno de aquellos pequeñines que disfrutaba de las cosquillas que ella le hacía.

Claro, como a ti no se te aparecen cuando menos te lo esperas —comentó el ávido de aquellas caricias que ella le estaba dedicando a ese pequeñín. 

De pronto, lo soltó y se acercó a él con una sonrisa pícarona. Cuando estaba a tan solo dos cm, lo besó con tanta pasión que los pequeñines revolotearon, ruborizándose.

M. D. Álvarez 

martes, 3 de noviembre de 2026

Cambio de roles.

Con suerte, un punto y seguido pondría paz a su vida. Ella era la constante en su día a día y no la cambiaría por nada del mundo. 

Cuanto más la satisfacía, más pletórico se sentía, pues sabía como nadie cómo darle lo que más anhelaba en la vida. 

Y, por los azares del destino, se habían encontrado en un mundo donde sus roles habían cambiado para divertimento del universo. 

Pero no contaba con su pasión y entereza al verse convertido en alguien distinto de lo que el destino le había ordenado.

M. D. Álvarez 

Chicomecóatl y la epazote.

Según cuenta el antiguo Códice Azcatitlan, hubo un tiempo en que los dioses mexicas vivían sobre la faz de la tierra y disfrutaban de los placeres terrenales, pero no tenían quienes les ofrecieran sacrificios. 

Así que Quetzalcóatl creó a una pareja, pero no los alimentó ni les proveyó de útiles. La primera pareja de humanos no ofreció sacrificios a los dioses. Chicomecóatl, al ver cómo Quetzalcóatl abandonaba a la pareja a su suerte, les ofreció una pequeña plantita con tallos ramosos de unos 30 centímetros, con hojas alargadas y dentadas de un verde claro; sus flores son de tonos morados o rojizos, con la cual podían aderezar el maíz que ofreció la madre de los dioses, Coatlicue.

Oxomoco y Cipactónal vieron la bondad en el joven dios y ofrecieron maíz tostado con aquel aderezo que Chicomecoatl les había ofrecido. Quetzalcóatl, al ver las ofrendas de los dos humanos, habló así:  

—"Oh, tú glorioso Chicomecóatl, has logrado lo que yo no pude; tuyo es el honor de tomar la primera ofrenda."

Chicomecóatl tomó la ofrenda y la devoró con verdadero deleite, tras de lo cual dijo:  
—"Oxomoco y Cipactónal, tomad esta delicada plantita y cultivadla para uso y disfrute de todos nosotros y también de vuestra progenie."

Ah, que aún no os he dicho el nombre de la planta: es ni más ni menos que acahualillo.

M. D. Álvarez 

lunes, 2 de noviembre de 2026

Teotihuacan.

Aquella losa era su piedra de toque; allí era donde los hombres se convertían en dioses. Una vez pisada, ya nada sería igual, pero debía convertirse en algo más; si no, no podría proteger todo lo que amaba, y él lo sabía. Aunque tuviera que morir un millón de veces, lo prefería a ver sufrir a su amada.

Cuando traspasó la losa para entrar en la majestuosa ciudad de Teotihuacan, sintió cómo un trillón de agujas atravesaban su cuerpo. La transformación había comenzado; ahora era cuestión de que su cuerpo aguantara su transformación en un dios protector. Nadie sabe cuánto tiempo le llevó fortalecer su cuerpo para trascender al plano divino..

Transcurrieron meses hasta que volvió a pisar la piedra de salida; su aspecto era imponente y majestuoso, con un tocado cubierto de plumas de quetzal. Recibió el nombre de Ixtololojuan iluikak.

La única que lo reconoció fue su amada, que al verlo llegar con semejante porte se postró ante él. Sorprendido, la alzó con ternura y dijo: —No tienes que postrarte frente a mí, soy yo quien te debe devoción. He traspasado los muros de la divina ciudad de Teotihuacan para poder protegerte de todo mal, mi apasionada y dulce compañera.

M. D. Álvarez 

Teotihuacan: Lugar donde los hombres se convierten en dioses

ixtololojuan iluikak: Ojos del cielo