lunes, 14 de septiembre de 2026

El mejor olfato.

Su olfato era de lo más fino y eficiente; por eso, cuando ella desapareció, su instinto de rastreador afloró de forma eficaz. Cogió el suéter que ella llevaba la noche anterior y olfateó con delicadeza. Enseguida percibió su rastro y salió disparado; el olor lo guiaba. Recorrió sendas, caminos y roquedales. Su olor lo llevó hasta una pequeña cueva; allí, su olor se volvió rancio y acre.

Aquello lo preparó para lo que se iba a encontrar. Se introdujo con dificultad por la grieta; sus ojos azules se adaptaron fácilmente a la oscuridad. Al sortear la grieta, se halló en una cueva ancha y, en medio de ella, un cuerpo. Supo de inmediato que era ella, corrió desesperado hasta su lado y la recogió con delicadeza. 

Su parte humana volvió en sí y colocó sus dedos corazón e índice sobre la carótida; tenía pulso, pero también un golpe en la cabeza. La cogió con ternura y se acercó a la grieta; la depositó en el suelo, apoyada en una estalagmita. Su bestia volvió y utilizó sus garras para ensanchar la grieta. Cuando lo logró, la recogió con suavidad, salió con ella en brazos, la trasladó a un hospital cercano y se quedó junto a ella hasta que ella se despertó.

Continuará...

M. D. Álvarez 

Sempiterno.

Su sempiterna forma siempre se había manifestado sin cambiar un ápice de su gloria, y aquellos que no daban crédito a lo que veían eran pulverizados por su magnitud.

Los cielos parecían encogerse ante su presencia, mientras la tierra temblaba bajo cada una de sus sombras. Nadie osaba alzar la mirada, pues bastaba un instante de contemplación para que la cordura abandonara incluso a los más valientes. 

Y así, eterno e implacable, permanecía allí, como un dios olvidado que hubiera regresado para reclamar el mundo que una vez le perteneció.

Aunque en su corazón él solo ansiaba proteger a su amada de los peligros que la acechaban.

M. D. Álvarez 

domingo, 13 de septiembre de 2026

La bestia y la flor.

Su espiritualidad era inmensa, su corazón noble y su apostura la de un agresivo licántropo, pero su único deseo era proteger a su dulce compañera humana. Ella lo quería y adoraba; había recibido varios impactos de bala que iban dirigidos a ella. Todas las noches, la esperaba fuera del local que regentaba por si tenía algún problema con los clientes. Cuando llegaban a casa, ella se entretenía cepillando su agresiva melena para el disfrute de él, que, como un buen perrito, agradece los mimos y cuidados de ella.

Una noche, la oscuridad que envolvía el lugar parecía más densa de lo habitual. Él la esperaba, apoyado en la farola de siempre, con sus penetrantes ojos escrutando cada rostro que salía del local. Ella apareció, su sonrisa habitual iluminando la calle tenuemente alumbrada. Pero esta noche, había una sombra en sus ojos, una inquietud que él percibió al instante.

"¿Todo bien, mi dulce flor?" preguntó él, su voz, habitualmente un gruñido bajo, se suavizó con una ternura sorprendente.

Ella asintió, aunque su agarre en su brazo era más fuerte de lo normal. "Un cliente... fue un poco insistente. Nada que no pudiera manejar, pero..."

Él sintió un rugido silencioso crecer en su pecho. Su instinto licántropo se agitó, la necesidad de protegerla se encendió como una llama. Pero por ella, por su tranquilidad, se contuvo.

Al llegar a casa, el ambiente seguía tenso. Ella se sentó en su sillón favorito, suspirando levemente. Él se acercó, su imponente figura llenando el espacio, pero sus movimientos eran suaves, casi reverentes. 

Ella alzó la mirada y le ofreció una pequeña sonrisa.
"¿Me harías el honor, mi hermoso lobo guardián?"

Él se arrodilló a sus pies, ofreciéndole su cabeza. El tacto de sus delicados dedos en su áspera melena siempre lo calmaba, lo devolvía a la cordura después de la tensión de la noche. 

Cada pasada del cepillo era un bálsamo, un recordatorio del lazo invisible pero indestructible que los unía. En ese momento, bajo la suave caricia, el agresivo licántropo se transformaba en un manso compañero, agradecido por el amor y la protección que ambos compartían.

M. D. Álvarez 

Esto es solo para ti

Con su estructura ósea, debía ser fuerte para soportar su musculatura. Era un ejemplar fuerte y poderoso; su naturaleza híbrida le daba la capacidad de superarse a sí mismo en todo tipo de pruebas. Pero él tan solo quería amar a su protegida.

Era una delicia ver cómo ella salía disparada cuando lo veía volver; se lanzaba a abrazarlo y besarlo con desesperación.

—Ey, ey, ey, ¿qué pasó? Si tan solo he ido a por un vaso de agua —dijo él, cogiéndola por la cintura y alzándose para besarla con ternura..

—Es que te echa de menos, refirió ella con su dulce mirada.

—Creo que vamos a tener un grave problema cuando tenga que ausentarme durante las batallas, respondió él, dejándola con mimo en el suelo.

—Entonces iré contigo, mi aguerrido licántropo, -sentenció ella con suficiencia, adoptando una pose de ataque.

Él la miró divertido y soltó una sonora carcajada. —Sabes, creo que si te presentas así en el campo de batalla, nokearás a algún enemigo, -dijo, observándola con visible deleite.

Ella se dio cuenta de que tan solo llevaba puesta la ropa interior que a él tanto le gustaba y dijo: —"Esto es solo para ti, mi guapetón."

M. D. Álvarez 

sábado, 12 de septiembre de 2026

Historia de una familia dispar. XVII parte.

Marcus, viendo que no había salvación, miró a Angie, a Devastación y a Esperanza, y les dijo: "Todo va a salir bien", justo cuando la luna empezaba a despuntar y la bestia interior surgió. Los abrazó con ternura y resistió a las oleadas de criaturas de la noche que, ávidas de la luz que desprendían, ansiaban devorarlos.

Marcus aguantó hasta el amanecer, cuando los primeros rayos del sol rompieron la oscuridad, borrando de un plumazo a las centenares de criaturas que trataban de despedazar a Marcus, que seguía protegiendo a su familia.

El silencio que siguió al amanecer era absoluto, roto solo por la respiración entrecortada de Marcus. Sus ropas estaban hechas jirones y su piel, marcada por las huellas de una batalla que nadie más podría haber sobrevivido, aún vibraba con la energía residual de la metamorfosis que lo había mantenido en pie.

​Angie, con los ojos empañados, fue la primera en moverse. Se soltó lentamente del abrazo, sus manos temblorosas buscando el rostro de Marcus, asegurándose de que esa presencia cálida y humana estuviera realmente ahí, de vuelta. Debastación y Esperanza, aún pequeños pero con una sabiduría antigua grabada en sus miradas, permanecían pegados a su padre, como si temieran que, si se alejaban, el mundo exterior volviera a reclamar su cuota de dolor.

​—Ya pasó —susurró Marcus, aunque su voz sonaba como un crujido de piedras milenarias—. La noche ya no tiene poder aquí.
Marcus sintió que el calor del sol no solo quemaba a las criaturas, sino que también consumía lo que quedaba de su propia esencia oscura. La "bestia" que lo había salvado durante la noche se desvanecía, y con ella, sus fuerzas. Cayó de rodillas, aún manteniendo el círculo protector con sus brazos alrededor de Angie, Debastación y Esperanza.
—Mirad... —susurró Marcus, señalando el horizonte donde el sol terminaba de alzarse

Las criaturas, reducidas a cenizas, se convirtieron en un polvo brillante que el viento empezó a esparcir. Donde ese polvo caía, la tierra muerta por la oscuridad comenzaba a florecer instantáneamente. El sacrificio de Marcus no solo los había protegido, sino que había purificado el mundo a su alrededor.
Angie tomó su mano, sintiendo que la piel de Marcus ya no estaba fría como la de un monstruo, sino cálida como la de un hombre.
Esperanza se acercó y puso una pequeña flor silvestre, nacida de las cenizas, en el pecho de su padre.

​Devastación, cuyo nombre siempre había sido una carga, sonrió por primera vez, comprendiendo que el ciclo de destrucción había terminado.

Marcus cerró los ojos. Ya no escuchaba los gruñidos de la noche, solo el canto de los pájaros y el latido tranquilo de los corazones de su familia. No había salvación para su cuerpo, agotado por una lucha sobrenatural, pero su alma finalmente estaba en paz...

M. D. Álvarez 

Amor por ella

Terrorífico y demencial era el dantesco pasaje que se presentaba ante su grupo de colaboradores, que asistían imperterritos mientras él trataba de frenar la agresión que estaba sufriendo en aquel descampado desolador. Lo tenían atado e inmovilizado; su lucha pudo costarle la vida, pero no podía dejar que ella sufriera por sus errores.

Su furia estaba a punto de desatarse cuando la blanca Selene surgió en el firmamento. Un aullido ahogado surgió desde el suelo; con la mejilla aplastada contra la tierra fría, pudo verla.

Ella dijo: —¡Soltadlo!— y se acercó con cuidado. Sabía que, en plena transformación, estaba ciego y furioso. —Marcus, mi amor, estoy aquí. No te preocupes, estoy bien. Dejad que se vaya —pidió Angie.

El grupo de colaboradores abrió paso. Marcus, ya transformado en licántropo, huyó al bosque.

Jhon, el cabecilla de los que habían tratado de someterlo, se acercó a Angie y dijo: —¿Desde cuándo conoces que es un monstruo?

Ella lo fulminó con la mirada y respondió: —Aquí el único monstruo que hay eres tú y tus acólitos. Se fue tras Marcus, que aullaba melancólico.

M. D. Álvarez 

viernes, 11 de septiembre de 2026

Historia de una familia dispar. XVI parte.

Era el día de los talentos y Esperanza, aún a su corta edad, se movía con ligereza y ritmo. Por eso, se apuntó al concurso de baile con un progenitor; Marcus era su elección. 

Su padre sabía moverse con soltura, así que llegó el día del concurso y Marcus dio al play. Comenzó a sonar el tema de Taio Cruz, "Hangover". 

Los dos, al unísono, comenzaron a moverse con soltura, a ritmo, saltando de forma grácil. Hasta el último compás, Esperanza se lanzó de un grácil salto a los brazos de su padre, que, ejecutando un atlético salto, la cogió alzándola sobre su cabeza. Aquello hizo estallar en vítores y aplausos de todo el auditorio. 

Angie y Devastación los observaban con orgullo entre bambalinas. Cuando cayó el telón, se lanzaron a abrazarlos y besarlos.

Continuará....

M. D. Álvarez