lunes, 22 de junio de 2026

No es un buen día. II parte.

—Pero no estas muerto —susurró ella, acariciando su frente—. Y no lo estarás, mientras yo pueda sostenerte aquí.

Marcus abrió los ojos en el mundo real, jadeando. El dolor en su pecho era real, pero también lo era el calor de su mano. Ella seguía allí, en la penumbra de la habitación, con esa mirada que lo anclaba a la vida.

—¿El mastodonte? —preguntó con voz rota.

—Derrotado. Como siempre. Como todo lo que intenta separarte de mí.

Él sonrió débilmente. Sabía que ella no era solo un sueño. Era lo único real en medio de aquel laberinto de pesadillas que su mente enferma construía cada noche.

Y entonces, en la oscuridad, algo rugió de nuevo.

—No ha terminado —dijo Marcus, incorporándose con esfuerzo—. Esta vez… esta vez no huiré.

Ella apretó su mano y lo miró a los ojos.

—Entonces yo tampoco.

Y juntos, esperaron la siguiente oleada.

M. D.  Álvarez 

Liberación.

Desolación, destrucción y devastación era todo lo que alcanzaba a ver. No había ni rastro de sus amigos, pero su corazón le decía que estaban vivos. Sus orejas buscaron cualquier sonido; a tres kilómetros, percibió un leve crujido y se dispuso a reconocer el lugar. 

Vio una roca de unas 7 toneladas; el crujido salía de debajo de la roca. Intentó levantar tamaña roca, pero no lo logró. Se puso a escapar, estaba seguro de que el crujido venía de debajo de la piedra. Logró abrir una zanja; bajo la piedra se abría un acceso a un subterráneo. Se coló por la abertura y avanzó a oscuras. Hasta que su vista se acostumbró, al fondo del pasadizo vio tres sombras que se volvieron al escuchar palos. Una de las sombras avanzó a tientas hacia él; cuando llegó a su altura, utilizó su mano para reconocer su rostro.. 

—Eres tú, la oyó decir, —pero no estabas en coma.

—Nada me impediría acudir a rescataros —dijo él con determinación—. —Vamos, tenemos que salir de aquí —dijo mientras los guiaba a través del pasadizo. Ayudó a salir a cada uno de sus amigos, tras lo cual utilizó el teléfono vía satélite para pedir la evacuación.

M. D. Álvarez 

domingo, 21 de junio de 2026

Derribando muros.

Ella era capaz de doblar sus expectativas con su chico; lo domaba como a un potro salvaje, pero había visto algo en su mirada: su determinación y su amor por ella lo volvían impulsivo e indómito. Solo ella era capaz de doblegar su impulsividad. 

Lo descubrió en un enclave aislado donde los de su clase podían correr libres, pelearse entre ellos y gozar de las mieles de la victoria. 

En cuanto él la vio, desplegó todo tipo de saltos y enfrentamientos con los suyos. Ella había tocado su noble e indómito corazón; luchó con bravura y dedicación. Sus combates duraron semanas, pero estaba dispuesto a morir por ella.

Cuando por fin todos los pretendientes fueron vencidos, se aproximó a ella, recogió una hermosa flor que crecía en aquel enclave. Sus hermosos colores rosáceos, lilas y anaranjados la sorprendieron. Aquella flor era su forma de declararle su amor. Eran dos seres de distinta clase social, pero el amor que él le profesaba derribaría los muros sociales.

M. D. Álvarez 

Aratortas, la danza de los golpes que apagan estrellas.

Mi arameo está un poco oxidado, pero mi aratortas no, bufó lanzando una andanada de sopapos.

Los golpes, precisos y contundentes, no iban dirigidos a un erudito, sino a los grotescos tentáculos de un Nihilith que emergían de un pórtico dimensional. Cada impacto resonaba con un chasquido seco y un olor a azufre quemado.

—¡Te dije, Zath'rug! —gritó hacia la criatura—. ¡Mi arameo puede estar oxidado para sellar portales, pero para recordar los puntos de presión de un Dios Antiguo, mi memoria es impecable!

A su lado, un joven aprendiz observaba, boquiabierto, con un grimorio abierto. "Aratortas", anotó rápidamente en un margen. "En el dialecto coloquial de los últimos guardianes, significa 'la danza de los golpes que apagan estrellas'".

M. D. Álvarez 

sábado, 20 de junio de 2026

Hasta que la muerte nos separe.

Le había inutilizado los frenos, pero ella también pensó en lo mismo. Su matrimonio se suponía que iba bien, pero parece que no; él la engañaba y ella lo sabía. Su testamento le dio la idea: si él moría, heredaría todo. Él mantenía una relación con su secretaria, diez años más joven. Quería dejarla; ambos creían que se harían ricos heredando.

—Te veo después del trabajo —dijo él.

—Aquí estaré —respondió ella, lanzando una furtiva mirada a la mancha del líquido de frenos que comenzaba a salir de debajo del coche de él.

Ambos montaron en sus respectivos vehículos, pero ninguno de los dos volvió.

M. D. Álvarez

No es un buen día.

No es un buen día para ser un osito adorable —dijo ella, viendo el mastodonte con el que su adorado Marcus debía luchar por salir de aquel laberinto de aterradoras creaciones oníricas. Ella lo reconfortaba; sabía que en sus sueños Marcus era invulnerable. Lo único que podía dañarlo era su estado, y en aquel momento Marcus sufría tremendos dolores, pero no se arredró. Luchó con todas sus fuerzas contra aquel animal.

Ella posó su cálida mano sobre el pecho de Marcus, que sintió en su estado onírico la calidad de su estado. Aquello le dio fuerzas, pues aquel brutal monstruo lo estaba vapuleando. Con un último esfuerzo, logró zafarse del ataque de aquel ser y, con un aterrador golpe, asustado, con su poderosa garra desgarró el cuello del animal, que al verse herido mortalmente se retiró, dejando a Marcus exhausto y medio muerto. Si ella no lo hubiera llamado, seguramente estaría muerto.

Continuará...

M. D. Álvarez 

viernes, 19 de junio de 2026

Aullido lastimero.

Lo que vio lo horrorizó de tal forma que no pudo controlar los hechos que acaecieron a continuación. 

Se lanzó en una vorágine de furia y desesperación colina abajo, donde ella yacía envuelta en un charco de sangre. La rodeaban criaturas aberrantes y burlonas que no supieron lo que se les venía encima.

Con un rugido atronador, decapitó a cuatro de los seis que la rodeaban; a los otros dos los despedazó rabioso, tras lo cual se agachó a su lado y tomó su mano, depositándola sobre su cabeza, como acostumbraba a hacer cada vez que él acudía a saludarla. Pero aquella vez, la mano resbaló, inerte, perdiéndose entre sus cabellos. 

Él, desconsolado, aulló lastimosamente; aquello alentó a su manada, que acudió a su llamada de dolor, rodearon al joven líder y se unieron a él en su dolor.

M. D. Álvarez