domingo, 11 de octubre de 2026

Reacción abrupta.

—Cuando encienda el volcán, sabréis que mi furia se ha desatado. Os recomiendo que no os pongáis a mi alcance, porque si os cojo, os aniquilo. ¡Bramo furioso!

Ella les chilló: —"¡Huid! Está desatado, no hay quien lo pare", pero ya era tarde. Un grupo de mercenarios fue sorprendido por una avalancha de golpes y mordiscos. Aquello lo entretuvo lo suficiente como para que su equipo se ocultara. 

Solo quedaba ella; trataría de calmarlo, aunque se le hacía difícil. Lo que había hecho explotar su furia fue el tortazo que le habían propinado a ella; jamás se lo perdonaría y se culpaba por ello.

M. D. Álvarez 


Un canto en la noche.

Tarareando la canción de "Titanium", calmaba a su pequeña. Había sido una noche movida; la chiquitina no lo dejó pegar ni ojo, pero no molestó a su amada, que dormía a su lado. Ella y su preciosa bebida eran lo único que valía la pena en aquel mundo nefasto. 

Con un delicado susurro al oído de su chiquitina, la última frase del tema de David Guetta, la pequeña se durmió profundamente. 

Aquel tema representaba el valor y la determinación. 

Ella lo había estado observando con delicada felicidad. 

—¿Sabes por qué te quiero? —preguntó ella. 

—Sí, lo sé —respondió él, mirándola con sus intensos ojos azules. 

—Por tu valor, tenacidad, pero también por tu forma de comportarte. La pequeña te adora y tu voz es lo único que la calmaba. Y será una guerrera como tú, pues ha heredado tu tenacidad y estoy segura de que también tu valor.

Él la miró con ternura y dijo: —Solo espero que este mundo oscuro no la lastime".

—No se atreverá, no sabe con quién se metería, susurró al oído de su amado.

M. D. Álvarez 

sábado, 10 de octubre de 2026

Quien traspase la línea.

No estaba dispuesto a ceder ni un centímetro. Trazo una línea con la puntera de su zapatilla y dijo: —El que cruce esta línea no saldrá vivo de este campo.

Su equipo lo miró con orgullo; era el mejor luchador de su género y estilo. Angie lo miraba con deseo, pero también con confianza; sabía que nadie se metería con su grupo. En cuanto alguien tratara de cruzar la línea que él trazó con un movimiento preciso, lo desarmaría y lo lanzaría a 50 metros, dejando claro que no se andaba con chiquitas.

Un silencio pesó sobre el campo después de sus palabras. Solo el crujir de la grava bajo las botas de alguien lo rompió. De entre el grupo rival, un tipo alto y con cicatrices en el rostro se adelantó. Una sonrisa torcida se dibujó en sus labios mientras sus ojos, fríos como el acero, se clavaban en el guardián.

—Cincuenta metros es mucho, dijo el recién llegado con voz ronca. —Siempre he querido ver qué se siente al volar. Sin prisas, puso un pie sobre la línea trazada en el suelo. El crujido de la grava fue tan audible como un disparo. —¿O es que solo sabes pintar en la...? No pudo terminar la frase, pues una patada voladora lo lanzó a más de cincuenta metros para la hilaridad de su equipo.

—¿Qué te ha parecido el vuelo? le gritó, lanzando una acerada mirada azul.

M. D. Álvarez 

El soplador.

—Cuando encenda el volcán, saltaran chispas. Ponte tras de mí, dijo el forjador de vidrio a su aprendiz, que lo miraba con devoción. 

El volcán había sido su primera forja, pero llevaba años durmiendo; por eso, cuando llegó aquel aprendiz, decidió reactivar su primer crisol.

Una vez encendido, cogió la caña de soplador, introdujo un bloque de cuarzo con tonalidades rosáceas, sopló y comenzó a dar formas mientras el aprendiz lo miraba embobado.

—Te toca —dijo el maestro, cediéndole la caña. El chiquillo sopló una serie de miniaturas; el forjador dio su visto bueno: lo aceptaría como su aprendiz.

M. D.  Álvarez 

viernes, 9 de octubre de 2026

La solitaria isla del pacífico. II parte.

Después de ser rescatado, Marcus fue llevado a un hospital en la ciudad más cercana. Aunque estaba físicamente débil, su espíritu permanecía inquebrantable. Los médicos le dijeron que su recuperación sería lenta, pero él sabía que había superado algo mucho más difícil que una convalecencia.

Mientras yacía en la cama del hospital, recibió una visita inesperada. Era ella, la hacker que había movido cielo y tierra para encontrarlo. Su nombre era Angie, y aunque habían trabajado juntos en misiones anteriores, nunca habían hablado de sus sentimientos más profundos.

Angie se sentó a su lado, y por primera vez,  Marcus pudo ver la preocupación y el alivio en sus ojos. "No podía perderte", dijo ella con una voz temblorosa. "Eres más que un compañero para mí".

Marcus sonrió débilmente. "Gracias por no darme por perdido", respondió. "Tu determinación me salvó la vida".

Durante las semanas siguientes, Angie visitó a Marcus regularmente. Compartieron historias de sus vidas pasadas, sus sueños y sus miedos. Marcus descubrió que Angie había perdido a su familia en un accidente años atrás, y que desde entonces, se había refugiado en su trabajo y en la tecnología. Marcus, por su parte, le habló de su soledad en la isla y de cómo la esperanza de ser rescatado lo mantuvo vivo.

Justo cuando Marcus comenzaba a recuperarse, recibieron noticias alarmantes. La organización para la que trabajaban había sido infiltrada por un grupo de espías que buscaban tecnología avanzada para fines nefastos. Angie  y Marcus se dieron cuenta de que su lucha por la supervivencia no había terminado; ahora debían proteger lo que más valoraban.

A pesar de su debilidad, Marcus insistió en unirse a Angie en la misión. Juntos, utilizaron sus habilidades únicas para desenmascarar a los traidores. Marcus aplicó las lecciones de supervivencia que había aprendido en la isla, demostrando que su experiencia en la adversidad lo había hecho más fuerte y astuto

La misión fue un éxito, y la organización estuvo a salvo. Angie yMarcus se dieron cuenta de que su vínculo era inquebrantable. Decidieron tomarse un tiempo para ellos, para sanar y construir una vida juntos. Sabían que los desafíos no habían terminado, pero también sabían que juntos podían superar cualquier cosa.

M. D. Álvarez

Líder débil. II parte.

Marcus cerró los ojos un instante, sintiendo el peso de la palma de Angie sobre su pecho como la única ancla que lo mantenía unido al mundo. La calidez de sus dedos contrastaba de forma desgarradora con el frío helado que aún le recorría las venas, esa punzada amarga que anunciaba la rebelión silenciosa de su propia naturaleza.

​—Morir es un lujo que no puedo permitirme —susurró él, con la voz áspera y quebrada por el cansancio. Intentó esbozar una sonrisa ladina, una de sus habituales máscaras de arrogancia para restar importancia a la situación, pero la mueca se disolvió antes de nacer. Un leve temblor recorrió sus hombros, traicionando su debilidad.

​—Entonces deja de actuar como si fueras inmortal —replicó Angie sin retirar la mano. Sus ojos, profundos y severos, reflejaban una firmeza inquebrantable mezclada con esa sombra de dolor contenido que solo surgía cuando él ponía su vida en juego. —La ciudad no necesita a un mártir en un pedestal, Marcus. Necesitan a un líder con vida. La dualidad de tu linaje te está consumiendo por dentro porque te niegas a escuchar las advertencias de tu propio cuerpo.

​Un silencio denso se apoderó de la alcoba. A través de los altos ventanales de piedra, las luces del atardecer teñían la habitación de un tono cobrizo y sombrío. Al otro lado de la pesada puerta de roble, Marcus podía escuchar el murmullo bajo de Klávdios dando órdenes a la guardia, intentando mantener la calma entre la tropa mientras ocultaba la gravedad de la situación. La carga de la corona y la responsabilidad pesaban sobre él mucho más que la propia fiebre.

​Lentamente, el orgullo de Marcus cedió. Dejó caer la cabeza contra la almohada y soltó un largo suspiro, permitiendo que la tensión abandonara sus músculos. Por primera vez en meses, se permitió despojarse de la pesada armadura del mando.
​
—¿Qué me está pasando realmente, Angie? —preguntó en un susurro casi imperceptible, buscando la verdad en la mirada de la única persona a la que confiaba su existencia.
​Ella inclinó la cabeza con dulzura y rozó con la yema de los dedos la sien de Marcus. Un leve y tibio resplandor pareció brotar de su contacto, aliviando de inmediato la punzante presión tras sus ojos.

​—Tu parte humana está colapsando bajo el peso del poder que intentas sostener —explicó con voz pausada, tan serena como un bálsamo—. La sangre híbrida exige equilibrio, y tú has agotado hasta la última reserva de tu energía sin darte un segundo de tregua. Si no permites que la carne y la magia se reconecten, te destruirás desde dentro.

​Marcus levantó la mano con lentitud y rodeó la muñeca de Angie con delicadeza, encontrando en su contacto el único refugio donde no tenía que aparentar invencibilidad.

​—Está bien —cedió finalmente, cerrando los ojos bajo la caricia de su mano—. Me quedaré. Pero no te alejes.

M. D. Álvarez 

jueves, 8 de octubre de 2026

líder débil.

Ya al levantarse, se sentía raro, cansado y hecho polvo, pero tenía que disimular su malestar. No estaba bien visto que un líder se pusiera enfermo y no acudiera a sus deberes. El malestar iba en aumento hasta tal punto que tuvo que detenerse en la carrera que estaba llevando a cabo; si no lo hubiera hecho, seguramente se habría desmayado.

Un sudor frío le recorrió la espalda mientras se apoyaba contra la pared áspera de piedra del pasillo, jadeando. Cada latido de su corazón resonaba en sus oídos como un tambor lejano, amenazante. Desde el suelo, vio cómo sus guardias y asistentes se acercaban con expresión de alarma, pero sus voces llegaban amortiguadas, como a través de un espeso cristal.

—Mi señor, ¿qué ocurre? -La voz de Klávdios, su capitán de la guardia, logró filtrarse. 

—No es nada, solo me he mareado un poco —logró articular Marcus. 

Angie apareció como de la nada y, al verlo tan pálido, se acercó rápido. Sabía que estaba a punto de desmayarse; lo cogió con suavidad y ordenó a sus escoltas que trajeran una silla de ruedas. 

Él quiso desestimar el ofrecimiento, pero en cuanto quiso dar un paso, su vista se nubló. Gracias a que Angie lo sostenía, al cabo de cuatro horas despertó en su mullido colchón. Al girar la cabeza, encontró la mirada grave de Angie; ella era la única que veía a través de su fachada.

—Marcus, debes cuidarte más. Si siguen empujando los límites, te pasará factura. Es más, ya te lo está pasando. Tu sangre híbrida se está debilitando.

Marcus trató de levantarse, pero ella apoyó su mano contra su pecho y dijo: —Si no quieres morir, déjame cuidarte.

Continuará...

M. D. Álvarez.