domingo, 25 de octubre de 2026

El sorgo de Alepo y el dominio de las cuencas.

Vagaba el joven Hadab por los vastos territorios de las cuencas de los ríos Tigris y Éufrates, pero todavía no tenía su característico color verde.

El joven señor, dios de las tormentas y de la lluvia, vio a lo lejos una pequeña choza y se encaminó hacia allí. La choza estaba habitada por una pareja de ancianos que, con el sudor de su frente, apacentaban un rebaño de bueyes y vacas visiblemente flacos.

Hadab se apiadó de los nobles ancianos, que le ofrecieron lo que tenían: una hogaza de pan.

Hadab ofreció una esbelta plantita de tallo largo, hojas alargadas y flores de una tonalidad rojiza o violácea, dispuestas en inflorescencia, y un grano de forma ovalada, y dijo: —Esta pequeña cubrirá las cuencas de los ríos Tigris y Éufrates, y con ella podréis alimentar a vuestro ganado.

Este es el origen de una preciosa plantita. Ah, que no os he dicho el nombre de la planta: es ni más ni menos que el sorgo de Alepo..

M. D. Álvarez 

Su piel de luna llena.

Su piel, en los días de luna llena, se parecía al terciopelo antes de que su lobo surgiera a través de ella. Ella nunca asistió a su transformación ni conocía el dolor del nacimiento mensual de aquel ser que sumía en el letargo a su chico una noche entera. Pero aquella vez lo siguió al bosque y vio cómo se retorcía de dolor. Lo siguió a distancia; no quería que aquel agresivo licántropo la olfateara. 

Al amanecer, vio cómo aquel monstruo trataba de despedazar a su chico, pero la luz siempre vencía a la oscuridad y logró dominarlo. Cuando la vio llegar, con el dolor todavía latente, dijo: —Angie, ¿qué haces aquí?

—Yo... solo quería... me preocupan tus desapariciones —dijo ella, tendiéndole una muda limpia. 

Él se vistió y, como por instintivo amor, la abrazó. —No quería que te preocuparas por mí, Angie.

M. D. Álvarez 

sábado, 24 de octubre de 2026

El amplificador potenciador transpondedor de mente.

—Agárrense los machos, vamos a probar el nuevo amplificador potenciador transpondedor de mente. Discúlpenme, señorita, no he querido faltarle al respeto; solo trataba de infundirles valor a esas nenazas —dijo avergonzado, pues él ya había probado aquel aparato.

Era como si le hubieran jalado de los huevos y tirado salvajemente. Es cierto que su potencial se incrementó en un 3000 por ciento. La doctora lo miró con devoción; aquel espécimen había superado con creces todos los estados de tortura y salido como si nada. Esperaba que sus amigos no sufrieran tanto como él, así que los sometió a un 25 por ciento de la capacidad de aguante.

—Vamos allá —dijo la doctora, accionando el percutor.

Lo que pasó es que la cacofonía de gritos y alaridos de todos ellos, entre los que sobresalían sus carcajadas, se le oía decir que él era un blando, "nenazas más que nenazas". Fue una sinfonía agónica, pero fructífera, ya que había demostrado su aguante frente a sus compañeros, quienes ya no se volvieron a burlar de él, sino que lo miraron con deferencia y respeto.

M. D. Álvarez

La peor parte de la caída. 2da parte.

La ambulanza se sacudía bruscamente, pero Marcus apenas lo notaba. Un velo gris se cerraba sobre sus sentidos, y solo la presión de la mano de Angie en la suya —débil, lejana— lo mantenía anclado a la realidad.

—Marcus, quédate conmigo —oyó que decía Angie, su voz temblorosa—. No te duermas, ¿me oyes?

El paramédico, un hombre de unos cuarenta años con una calma que inspiraba confianza, le estaba poniendo una vía intravenosa en el brazo sano.

—Tiene una posible lesión medular cervical y el brazo derecho está seriamente comprometido —le explicó en voz baja a Angie, aunque Marcus captó las palabras clave—. Pérdida de pulso en la muñeca. Es una urgencia quirúrgica.

—¿Lo van a operar en cuanto lleguen? —preguntó Angie, conteniendo las lágrimas.

—Directamente a quirófano. Han avisado al equipo de traumatología y a cirugía vascular.

Marcus intentó hablar, pero solo salió de sus labios un quejido ronco. El dolor había trascendido lo físico; era una presencia oscura y densa que lo inundaba todo. "Mi brazo", pensó con un pánico lúcido. "No lo siento".

Angie, como si le leyera el pensamiento, apretó más fuerte su mano.

—Escúchame, Marcus. Eres el tipo más terco que conozco. Esto no es más que otro obstáculo. ¿Recuerdas cuando escalamos el pico del Halcón sin el equipo de oxígeno suplementario? Esto es menos que eso.

Una esquina de la boca de Marcus se torció en lo que pretendía ser una sonrisa. Mentía. Los dos sabían que esto era mucho peor.

La ambulanza se detuvo con un chirrido y las puertas se abrieron de golpe. La luz blanca y fría del servicio de Urgencias lo cegó. Un torbellino de voces y movimientos se apoderó de él.

—Paciente masculino, 19 años, caída de 35 metros... Posible trauma cervical... Isquemia en brazo derecho...

Manos expertas lo trasladaron de la camilla de la ambulanza a una de hospital. Vio el techo de la luminosa sala de reanimación pasar a toda velocidad sobre él. Angie corriendo a su lado, su figura borrosa por las lágrimas que él no podía llorar.

—Angie —logró articular, con la poca fuerza que le quedaba.

—Estoy aquí, Marcus. No te voy a dejar.

Un médico con gafas y bata verde se interpuso entre ellos.

—Señorita, tiene que esperar fuera. Lo llevamos directamente a quirófano.

El último cosa que vio Marcus antes de que las puertas batientes del quirófano se cerraran fue la cara desencajada de Angie, tratando de mantener la compostura y fallando estrepitosamente. Luego, una máscara se acercó a su rostro y una voz suave le dijo: "Respire hondo, Marcus".

La oscuridad, esta vez, fue total y acogedora.

Angie se dejó caer en una incómoda silla de plástico de la sala de espera. Había llamado a los padres de Marcus y a su hermana. Ahora, solo podía esperar. Rob y el resto del equipo llegaron poco después, con caras de preocupación.

—¿Alguna noticia? —preguntó Rob, pálido.

Angie negó con la cabeza, abrazándose a sí misma. La imagen del brazo de Marcus, pálido y amoratado, se le repetía una y otra vez en la mente.

—El cirujano dijo... que harían lo posible por salvarle el brazo.

El silencio que siguió fue elocuente. Todos sabían lo que eso significaba: que existía la posibilidad real de que lo perdiera.

Las horas pasaron con una lentitud cruel. Cada vez que una enfermera salía, Angie se ponía en pie de un salto, solo para recibir un leve gesto negativo con la cabeza. Hasta que, finalmente, un hombre con bata quirúrgica y un gorro verde, con el rostro marcado por el cansancio, apareció en la puerta.

—¿Familia de Marcus Warren?

Angie se levantó, con las piernas temblorosas.

—Yo soy su... soy su novia. Angie. ¿Cómo está?

El cirujano los condujo a una sala más pequeña y privada.

—La operación ha sido larga y compleja. Hemos tenido que reconstruir la arteria humeral y varias vías nerviosas. El trauma era severo.

Angie contuvo la respiración.

—¿Y su brazo?

—Lo hemos salvado —dijo el médico, y una ola de alivio colectivo inundó la habitación—. Pero —añadió, y esa palabra lo cambió todo— la isquemia fue prolongada. El daño nervioso es extenso. Es imposible saber cuánta funcionalidad recuperará. Es probable que la movilidad del brazo y, especialmente, de la mano, quede muy limitada.

Para un escalador, esas palabras eran una sentencia. Angie lo sabía. Un escalador sin el uso completo de su mano derecha...

—¿Y la columna? —preguntó, casi sin querer saber la respuesta.

—El trauma cervical fue menor de lo que temíamos. No hay lesión medular. Podrá caminar.

Era la mejor noticia que podían haber esperado, y sin embargo, saboreó a poco. Angie asintió, tragando saliva.

—¿Puedo verlo?

—Está en la UCI, sedado. Podrá entrar unos minutos cuando lo pasen a su habitación, en unas horas.

Cuando el médico se fue, Angie se apoyó contra la pared, dejando escapar un largo y tembloroso suspiro. Marcus estaba vivo. Habían salvado su brazo. Pero la vida que conocía, su pasión por la escalada, quizás no.

La verdadera caída, comprendió de pronto, quizás acababa de comenzar.

Continuará...

M. D. Álvarez 

viernes, 23 de octubre de 2026

El agujero negro. 3ra parte.

Con el corazón en un puño, ella observó cómo el hombre lobo se preparaba para cruzar el umbral. Su figura imponente se alzaba contra la luz azul marino que emanaba del agujero, y aunque su instinto le decía que no debía dejarlo ir, sabía que no podía detenerlo. 

—Prométeme que volverás —le suplicó, sus ojos brillando con lágrimas no derramadas.

Él se detuvo un instante y la miró con intensidad, como si intentara grabar su imagen en su memoria.

—Te lo prometo —respondió con una voz firme—. No permitiré que ese monstruo cruce aquí.

Sin más dilación, dio un paso adelante y desapareció en la oscuridad del agujero. Ella se quedó paralizada, el eco de sus patas resonando en su mente mientras el portal parecía cerrarse tras él.

La angustia la invadió mientras revisaba las imágenes del dron. Las criaturas monstruosas seguían luchando por atravesar el umbral, pero el hombre leopardo había comenzado a asomarse; su pelaje negro como la noche brillaba con una ferocidad aterradora. Ella sabía que cada segundo contaba.

Decidida a ayudar a su amigo de cualquier manera posible, comenzó a revisar las grabaciones del dron en busca de pistas sobre cómo podía apoyarlo desde este lado del umbral. Las imágenes eran caóticas, pero entre los gritos de los monstruos y las sombras distorsionadas, notó algo: había un patrón en sus movimientos, una especie de danza casi ritual entre ellos que parecía indicar un punto débil.

Mientras tanto, dentro del otro mundo, el hombre lobo avanzaba con cautela. La atmósfera era densa y pesada, llena de un olor a tierra húmeda y sangre seca. A medida que se adentraba más en el claro, vio al hombre leopardo frente a él; sus ojos eran como dos brasas encendidas, llenos de rabia y hambre.

—Eres valiente por venir aquí —roncó el hombre leopardo, su voz retumbando como un trueno—. Pero no tienes idea de lo que estás enfrentando.

—No permitiré que cruces a mi mundo —respondió el hombre lobo con una determinación feroz—. Este bosque es sagrado y lo protegeré con mi vida.

El enfrentamiento era inevitable. El hombre leopardo lanzó un rugido ensordecedor y se abalanzó sobre él con una velocidad sorprendente. El hombre lobo esquivó por poco su ataque y contraatacó con sus garras afiladas. La lucha se desató en una danza mortal entre dos depredadores; cada golpe resonaba con fuerza en el aire cargado.

Mientras tanto, desde su lado del umbral, ella observaba ansiosamente las imágenes del dron. Recordó aquella danza entre los monstruos y decidió intentar comunicarse con él.

Con manos temblorosas, comenzó a ajustar los controles del dron para enviarle mensajes visuales al hombre lobo: patrones de luces intermitentes que podrían guiarlo hacia el punto débil del hombre leopardo. 

—¡Mira! —gritó ella al vacío— ¡Sigue las luces!

El dron voló bajo y comenzó a emitir destellos rápidos, creando un camino brillante hacia donde ella había visto la debilidad en las criaturas. El hombre lobo vio los destellos desde su posición; aunque estaba luchando por mantenerse en pie ante la feroz embestida del hombre leopardo, comprendió lo que ella intentaba hacer.

Con un esfuerzo monumental, logró desviar la atención del hombre leopardo hacia las luces brillantes que danzaban frente a él. En ese instante crucial, el maníaco depredador se distrajo lo suficiente como para permitirle al hombre lobo encontrar una apertura.

Con un salto poderoso, aprovechó la oportunidad para atacar directamente donde había visto el resplandor: en el costado del hombre leopardo. Las garras del hombre lobo encontraron su objetivo y la criatura rugió de dolor mientras retrocedía.

Ella sintió una oleada de esperanza al ver cómo su amigo luchaba valientemente contra la criatura; sabía que estaba haciendo todo lo posible para proteger lo que ambos amaban.

La batalla continuaría, pero juntos habían encontrado una forma de comunicarse más allá de los límites de sus mundos... 

M. D. Álvarez 

La peor parte de la caída.

Su brazo derecho le seguía doliendo; lo tenía como entumecido. Era como si un hormiguero entero lo estuviera devorando. No sabía nada de su equipo; le aterraba que hubieran caído al vacío, pero lo que más le asustaba era que ella estuviera muerta. Oyó un rodar de piedras, pero no se podía mover.

—¿Hay alguien ahí? —logró articular.

—Marcus, ¿eres tú? —la oyó jadeando.

—Angie, ¿estás bien? —quiso saber, muerto de dolor.

—Sí, no te veo. ¿Puedes moverte? —respondió con un resoplido.

—No lo sé, lo voy a intentar —dijo con un esfuerzo brutal y logró mover alguna roca.

—Te veo —dijo ella.

—¿Y el resto están bien? —preguntó tosiendo.

—Sí, están arriba.

Aquello lo tranquilizó; ahora tenían que salir de aquella sima. Trató de moverse, pero el dolor lo paralizó; no era capaz de mover ni un dedo. Oyó cómo ella se acercaba hasta él.

—Dios mío, Marcus, tu brazo —exclamó asustada.

—Sí, lo sé, no tiene buena pinta, ¿verdad? —trató de quitarle hierro.

—No te muevas o lo acabarás perdiendo.

—No lo haré; aunque quisiera, no puedo moverme —dijo entre dientes.

—Voy a pedir ayuda por radio —dijo ella, jadeando. Por lo que acababa de ver, no solo estaba a punto de perder el brazo; podría perder la movilidad. La caída fue brutal, pero él se llevó la peor parte. Ella apenas tenía unos arañazos. Se situó donde podía emitir mejor una señal de radio y urgió a sus amigos que se pusieran en contacto con los servicios de rescate y que se provisionales con una tabla espinal.

Volvió junto a él. No se atrevió a moverlo, pero cogió su mano izquierda. Él apenas percibió su calidez. 

—"Angie, ¿tan mal aspecto tengo? —dijo con cautela. Sabía que su estado era grave, pero no sabía cuánto.

—"Marcus, no soy médico, así que no sé qué decirte", -dijo, mordiéndose el labio para no llorar.

Al cabo de tres cuartos de hora, cinco cuerdas llegaron hasta abajo. Tras ellas, el equipo de rescate con la tabla espinal.

—"Vamos a ver. Uy, por Dios, ¡pero menudo tortazo te has dado, chaval! Tú tranquilo, que enseguida te sacamos de aquí", —dijo el paramédico tratando de sonreír.

El equipo trabajó rápido, le colocó un collarín, lo movieron en bloque y lo situaron en la tabla espinal. Lo sujetaron con las correas de sujeción y comenzaron la ascensión. Angie fue izada con un arnés. Al llegar arriba, su equipo no dio muestras de la gravedad de sus heridas porque ella se lo había pedido.

—"Venga, campeón, nos vemos en el hospital", -dijo Rob.

—"¿Puedo ir con él?", -preguntó Angie.

—"Claro que sí, esto es una tontería", -dijo el paramédico, pero en su mirada había un aire de preocupación. Lo metieron en la ambulancia y salieron zumbando con las luces y la sirena a todo trapo.

Continuará...

M. D. Álvarez 

jueves, 22 de octubre de 2026

El agujero negro.

Hambriento como estaba, le cedió su parte a ella, pues lo necesitaba mucho más que él. Puede que no acabara el día si no probaba bocado, y él podía esperar a conseguir otra presa. 

Mientras ella comía, él se acercó a un riachuelo donde las truchas, con sus tonos tornasolados, nadaban ajenas al imponente hombre lobo que las observaba. De pronto, su estómago lanzó un rugido de hambre, así que probó suerte. Se metió lentamente en el agua y esperó a que una gran trucha acertara a pasar por allí; de un golpe con su gran garra, la atrapó. 

Nunca había gustado del pescado, pero su estómago le reclamaba algo de comida, así que, sin más preámbulos, le arrancó la cabeza de un mordisco y masticó lentamente, saboreando el manjar que nunca había probado. Le gustó tanto que devoró la gran trucha con espinas y todo, pescó diez más, de las cuales devoró tres, y las otras siete se las ofreció a ella, que, tras haber degustado la primera pieza que él le había ofrecido al principio, no hizo ascos a tres truchas más. Mientras comía, lo observaba con curiosidad.

Era su más fiel amigo; sin él, no habría logrado subsistir ni un día, y menos en aquel bosque tan denso y cerrado.

—Menos mal que te tengo a mi lado, -dijo ella con ternura. —Si no hubieras estado conmigo, me hubiera muerto de hambre", sentenció ella en un tono delicado.

Él la observó como si la comprendiera y le indicó que lo siguiera; quería mostrarle algo que acababa de descubrir. A pesar de su descomunal tamaño, él se movía con gracilidad y ligereza. La condujo hasta un claro; mientras cazaba, descubrió un efecto óptico en aquel claro: era como una distorsión en la refracción de la luz, como si al otro lado del claro hubiera un agujero negro.

—¿Qué es eso? —preguntó ella con curiosidad, dando un paso hacia adelante. Él le impidió avanzar y le señaló un hermoso cervatillo que se metió en el claro y fue succionado por aquel agujero.

Ella se sobresaltó y retrocedió. —Es espantoso; tenemos que investigar qué ocurre ahí. ¿Me traerás mañana otra vez? —preguntó ella con apremio. 

El gran licántropo accedió con visible preocupación; sabía que si le decía que no, ella se las arreglaría para localizar aquel lugar.

Continuará...

M. D. Álvarez