El impacto del agua fría fue inmediato, pero su presencia iluminó todo a su alrededor. Él sintió cómo su corazón latía con fuerza mientras ella se acercaba, nadando con una gracia sorprendente. En ese instante, los miedos y dudas que lo habían mantenido alejado parecieron desvanecerse.
—¿Por qué te arriesgas? —logró preguntar entre burbujas de aire.
—Porque no puedo perderte —respondió ella con determinación, sus ojos brillando como estrellas en la oscuridad del agua.
Juntos lucharon contra la corriente, aferrándose el uno al otro mientras emergían hacia la superficie. La luz que los rodeaba parecía guiarlos, empujándolos hacia arriba, hacia el aire fresco y revitalizante. Cuando finalmente rompieron la superficie, el frío se volvió un mero susurro en comparación con el calor de su conexión.
Afuera, el mundo era un paisaje helado, pero en ese instante compartido, todo parecía posible. Ella lo miró a los ojos y él vio reflejados en ellos su propio miedo y amor.
—No importa cuánto tiempo pase —dijo él—, siempre estaré aquí para ti.
Ella sonrió con lágrimas brillando en sus mejillas heladas.
—Y yo siempre estaré dispuesta a romper el hielo por nosotros.
En ese momento comprendieron que juntos podían enfrentar cualquier tempestad. Se abrazaron fuertemente mientras las aguas frías los rodeaban, sabiendo que habían superado algo más que el hielo; habían encontrado su fuerza mutua.
Con cada latido de sus corazones, comenzaron a nadar hacia la orilla, dejando atrás no solo las aguas oscuras sino también las cadenas del miedo que los habían mantenido separados. A medida que se acercaban a la costa, el sol comenzaba a asomar en el horizonte, prometiendo un nuevo día lleno de esperanza.
M. D. Álvarez