viernes, 7 de agosto de 2026

Degustación.

Esa noche saldrían a cenar un bocadillo de calamares. Tras una tarde de duro trabajo, lo que más deseaban era ese manjar; él sabía dónde se hacían los mejores. "Ya voy de vuelta, espérame", le dijo.

Al entrar en casa, la encontró en la terraza, luciendo un vestido vaporoso que resaltaba su belleza. 

Su sonrisa brilló como el sol al verlo. Le entregó la bolsa de papel y sirvió vino en un vaso. Mordió el bocadillo con gusto mientras él no podía apartar la mirada; era la chica más maravillosa y su novia.

Terminaron de cenar y él sonrió: "¿Mejor que el del año pasado?"

M. D. Álvarez 

jueves, 6 de agosto de 2026

Domador de nubes.

Regía los cielos con férrea mano, arremolinaba nubes para generar un lecho cómodo donde poder descansar con su amada, que juguetonamente jugaba con los atributos de su amante, que excitado la besaba con lujuria, mientras estrujaba con suavidad sus dulces pechos, haciéndola gemir de placer.

Los labios de él se deslizaron por su cuello, marcando un camino de fuego hasta el hueco de su clavícula, mientras sus manos exploraban cada curva con devoción. Ella, entre jadeos, enredó los dedos en su cabello, atrayéndolo más hacia sí, como si temiera que el menor espacio entre ellos fuera demasiado.  

"¿Qué más quieres?" murmuró él contra su piel, la voz cargada de deseo.  

Ella respondió con una risa baja, sensual, guiando su mano hacia la cintura, donde la tela fina era apenas una barrera irritante. "Todo... pero despacio," susurró, antes de capturar sus labios en un beso que prometía noches enteras de entrega.  

Las nubes, obedientes a su voluntad, se cerraban alrededor como un dosel íntimo, aislándolos del mundo. El viento susurraba melodías antiguas, mezclándose con sus gemidos, mientras el cielo mismo parecía arder con la pasión de dos seres que se amaban sin límites.  .

M. D. Álvarez 

miércoles, 5 de agosto de 2026

Brillo empañado.

—Sabes que eres una auténtica perla, dijo Angie, mirándolo de reojo.

Él, con su sonrisa bobalicona, la mira y dice: —Por lo valioso que soy.

—Nooooo, ni mucho menos, no me has entendido. Una perla dañada e inservible.

Su sonrisa se esfumó y su mirada azul palideció. Se giró, encarándose con ella: —¿Soy una mierda? ¿Eso estás diciendo? ¿Y todos los años que llevamos juntos no han servido para nada?

¿A caso crees que no sé que tonteas con mis amigas? —dijo Angie. .

Ellas no significan nada para mí; tú lo eres todo —respondió él.

Pero ya era tarde...

M. D. Álvarez 

Noche de bocadillos de calamares.

Esa noche saldrían a cenar un bocadillo de calamares. Cuando llegaron a la bocatería, se encontraron con una cola de aquí te espero. Ella tenía frío, no había cogido nada más que un jersey. Él se quitó su plumas y se la cedió gentilmente. 

Cuando por fin llegaron al mostrador, la puerta se abrió de golpe y un encapuchado entró con una recortada, gritando: "¡Arriba las manos! Esto es un atraco".

Eso lo enojó de sobremanera y se lanzó a por el arma, sujetándola con su mano derecha. Noqueó con la izquierda al atracador. La noche acabó mal para el atracador, pero bien para ambos; los bocadillos salieron gratis.

M. D. Álvarez 

martes, 4 de agosto de 2026

Removiendo el infierno. 2da parte.

​El silencio del hangar privado, roto solo por el chasquido del metal de la avioneta enfriándose, contrastaba violentamente con el rugido de las llamas que acababan de dejar atrás. Marcus correspondió al beso con una mezcla de desesperación y alivio, sintiendo el aroma a humo que todavía impregnaba el cabello de Angie.

​—Estamos a salvo —susurró él contra su frente, rompiendo el contacto solo lo justo para asegurarse de que ella no se desmoronara—. Pero no podemos quedarnos aquí mucho tiempo. Si yo pude encontrarte, otros también podrán.

​Angie asintió, aunque sus piernas flaquearon. Marcus la sostuvo por la cintura, guiándola hacia una pequeña oficina acristalada al fondo del hangar, donde un viejo sofá de cuero y un botiquín de primeros auxilios la esperaban.

​Mientras Marcus limpiaba con delicadeza una quemadura superficial en el brazo de ella, la mirada de Angie recuperó parte de su brillo habitual, ese fuego interno que Marcus tanto admiraba.

​—¿Cómo supiste que el localizador mentía? —preguntó ella en voz baja—. El equipo de búsqueda oficial dio la zona por perdida hace horas.

​Marcus hizo una mueca, una sonrisa ladeada que no llegó a sus ojos.

—Porque te conozco, Angie. Sé que nunca te habrías quedado en el punto de extracción si el viento cambiaba. Los manuales dicen que hay que esperar; tu instinto siempre dice que hay que sobrevivir. Fui a donde yo habría ido si el mundo se estuviera quemando: hacia la loma de la cara norte.

​Ella lo observó en silencio, admirando esa integridad inquebrantable que mencionabas. No era solo que Marcus fuera un piloto extraordinario; era que su conexión iba más allá de lo racional. Él no seguía coordenadas, seguía el rastro de su alma

M. D. Álvarez 

Donde el oropel se la trago.

¿Cuánto tiempo lleva así? preguntó Abner.

Desde que ella desapareció, tragada por aquel espejismo de oropeles, respondió el joven Skipi, viendo cómo el cuerpo de su compañero se degradaba poco a poco. 

Era como si el tiempo quisiera engullirlo, y él no luchaba por resistirse; es más, deseaba reunirse con ella, allá donde estuviera. Su amor la alcanzaría.

El silbato distante de un tren de hierro rasgó la densa noche. Un vapor espectral avanzaba sobre vías de olvido. Él suspiró, escuchando el eco de las ruedas sobre el metal frío, dispuesto a abordar aquel expreso de sombras hacia lo eterno.

M. D. Álvarez 

lunes, 3 de agosto de 2026

Remover el incendio.

Sobrevolando aquel infierno, con la mirada fija en el terreno, iba a escudriñar cada roca, cada árbol. Había desconectado su localizador; no quería poner en peligro a nadie más del grupo. 

Ella había desaparecido y el último lugar donde su localizador la situaba era en aquel infierno de llanas. Algo llamó su atención: un cuerpo sobre una loma. Aterrizó en una pradera cercana. 

Descendió; llevaba un botellín y una manta ignífuga. Cuando llegó, percibió que respiraba, la incorporó y obligó a beber. Ella se resistió al principio, pero él la calmó y dijo: "Angie, tranquila, te he encontrado. Ahora bebe un poco". 

Ella obedeció y bebió un trago. Él la levantó; las llamas los habían rodeado. Marcus dijo: "Te voy a sacar de aquí", y se echó encima la manta ignífuga, cubriendo a Angie con ella, y salió a la carrera hacia su avioneta. La subió y depositó en el asiento del copiloto, y arrancó. Era un piloto impresionante; podía aterrizar y despegar en la cabeza de un alfiler.

Llegó a su hangar privado y la ayudó a bajar. Angie, todavía asustada y tiritando, lo abrazó.

—Ey, sabes que te buscaría hasta en el mismo infierno, removería el cielo y el infierno por ti, y lo sabes.

Ella lo había elegido por su integridad, constancia y temperamento.

Ella lo miró a los ojos, aquellos ojos azules que la habían encandilado, y dijo: "Sabía que me encontrarías", y lo besó con ternura.

Continuará...

M. D. Álvarez