miércoles, 12 de agosto de 2026

La sexta, pero no la última.

Lo que llevamos de verano nos han sofocado cinco olas de calor, pero el verano no ha terminado. Pasado mañana llega la sexta. Si ya lo pasamos mal con las otras cinco, no veáis lo mal que lo pasaremos con la sexta, cuyas temperaturas sobrepasan los 45 grados.

Solo estamos a medio verano pero ya lo dijeron lis científicos el cambio climático es un hecho y ete aquí que nos golpea con más fuerza cada vez.

Mientras cierro las persianas para atrincherarme contra el aire que ya empieza a abrasar, el crujido de las paredes parece recordar la fragilidad de nuestro refugio. Mañana el sol no volverá a salir para iluminarnos el día, sino para poner a prueba los límites de nuestra resistencia

Lo terriblemente veraz es que coincidirá con el eclipse total de sol: un alivio momentáneo. ¿Quién sabe si tras este eclipse no habrá algún mensaje del universo? 

M. D. Álvarez 

Raptada.

Su amada novia había sido secuestrada por sus hermosos ojos verdes y su cabello pelirrojo, pero lo peor fue que no solicitaron ningún rescate; la raptaron para venderla como esclava sexual a la camorra de la Sacra Corona Unita. 

Él no se daría por vencido; la buscaría hasta en el mismo infierno. Le daría una paliza al mismísimo diablo para recuperarla. Cuando descubrió que la habían raptado como esclava sexual, se volvió loco y se dirigió rabioso a la casa del capo, que no tenía conocimiento de ningún rapto. 

Pero nuestro noble caballero se lo hizo pagar con creces y le sacó un nombre y la dirección: Gabriele Brambilla, un soldado con ínfulas de mafioso.

Lo vigilo y, cuando descubrió su rutina, lo esperó en un callejón y lo sorprendió agarrándose del cuello. Y rugió: —¿dónde está Angie? Sé que la raptaste tú.

—Ya no está en mi poder —dijo, tomando el poco aire que su férrea mano dejaba pasar.

—¿Y dónde está ahora? —siseó entre dientes.

—La he vendido al capo di tutti capi —dijo casi sin voz Giuseppe Angelucci, cuando se dio cuenta de que aquel aguerrido joven no iba a dejarlo vivir.

En cuanto le sacó el nombre, lo noqueó, dejándolo esposado a un contenedor de basura.

Se montó en su Triumph, se puso el casco integral y se fue a la villa del capo di tutti capi Giuseppe Angelucci.

La villa era una fortaleza casi inexpugnable, pero no conocían su determinación. Con tesón, logró colarse en el terreno, reduciendo a cuantos vigilantes se le acercaban. Cuando estuvo seguro de que no había más vigilancia ni guardaespaldas, derribó la puerta de roble. Giuseppe la había cogido por el cuello; ella estaba semidesnuda.

—¿Estás bien? —preguntó él en cuanto.la vio.

Ella trató de responderle, pero Guiseppe la mantenía inmovilizada, agarrándola del cuello.

—Será mejor que la sueltes —bufó el joven con una mirada asesina.

—No me das miedo; además, ya he catado la mercancía y es fogoso —dijo Guiseppe, burlón.

Ella supo que debía zafarse de aquel bruto, así que le golpeó con el codo lo suficientemente fuerte como para hacerle aflojar la presión. Aquello lo aprovechó su compañero, que, con la velocidad de un rayo, golpeó al mafioso en la entrepierna, haciendo que se doblara de dolor. Seguidamente, le propinó sendos ganchos al hígado que terminaron de derribarlo al suelo.

Se separó del cuerpo del mafioso, recogió una bata de seda y se la ofreció a ella, que la tomó con delicadeza.

—Sabía que me encontrarías, dijo en un susurro.

M. D. Álvarez 

El eclipse del siglo.

Faltaba poco para el eclipse del siglo. No era un eclipse al uso; se interpondría entre su estrella y su mundo un gigantesco planetoide que nadie sabía de dónde salía, pero su aparición había sido programada ya en la antigüedad, pues este descomunal planeta ya nos había visitado en el pasado. 

Con la primera extinción, él fue el culpable de la casi aniquilación de especies, y ahora parecía querer extinguirnos a nosotros. Cuando cubriera la totalidad de nuestro sol, seremos erradicados de nuestro mundo, nuestro sistema solar,  nuestra galaxia y nuestro universo .. pero en el último suspiro de luz, cuando el disco negro devoraba el último rayo de sol, una niña levantó la mano y encendió una cerilla.

No era una cerilla cualquiera: era el último fragmento de un espejo estelar que los antiguos habían ocultado en el corazón de un volcán dormido. Su llama no calentaba, sino que recordaba. Recordaba la luz que había sido, la que aún no era, y la que nunca debía apagarse.

El planetoide, al sentir esa diminuta brasa, se detuvo. No por compasión, sino por asombro. Porque en ese destello vacilante reconoció su propio origen: no era un destructor, sino un guardián que había jurado regresar solo si la humanidad demostraba que merecía seguir existiendo. Y la cerilla, encendida por manos temblorosas pero decididas, era la prueba.

El eclipse se completó, sí. Pero en lugar de oscuridad total, el planetoide se volvió translúcido, y proyectó sobre la Tierra un mapa de estrellas jamás visto: la ruta hacia un nuevo hogar, más allá de ese universo que creíamos nuestro.

La niña apagó la cerilla con un soplo. Sonrió. Y el siglo siguiente no fue de extinción, sino de partida.

Fin.

M. D.  Álvarez 

martes, 11 de agosto de 2026

Adusta tierra.

Bajo un cielo plomizo, las promesas del viento se congelan en la garganta. Dicen que allí  solo aguarda una tierra adusta, donde el frío no es mero clima, sino una forma de mirar.

​El viajero ajusta el abrigo, desgastado por la desilusión. Sabe que más allá de las montañas el sol es una trampa de luz tibia que jamás llega a calentar los huesos. Allí arriba, las certezas se endurecen como el hielo y las palabras sobran.

​Acelera el paso hacia esa helada penumbra, consciente de que donde todo se congela, ya nada puede romperse.

M. D  Álvarez 

Cual King Kong.

Esa noche saldrían a cenar un bocadillo de calamares, o eso pensaban. Cuando llegaron a la bocatería, vieron cómo un calamar gigante se apoderaba del edificio de planta baja, extendiendo sus tentáculos como King Kong.

Él se quitó la chaqueta; necesitaba libertad de movimiento para poner en vereda a aquel coloso marino que, con su tinta negra como el carbón, lo pringó antes de verse reducido por aquel joven de ojos azules cuya novia lo esperaba con devoción. No permitiría dejarla sin cenar.

Con destreza y agilidad, el chico lanzó una red improvisada que atrapó al calamar, mientras él apenas podía contener la risa ante aquella absurda situación.

M. D. Álvarez 

lunes, 10 de agosto de 2026

Desafío a lo divino.

Su sinceridad era aplastante; con cada palabra que surgía de su boca, las aplastaba sobre la piedra del altar donde fueron arrojadas sin contemplaciones. 

Habían faltado al honor contra su líder, que yacía medio muerto al pie del altar. El ente superior azotaba, sin contemplaciones, a sus amigos. 

Su líder trató de levantarse sin conseguirlo; intentaba por todos los medios interponerse entre su equipo y aquel ente superior.

Cuando vio que intentaba flagelar a su chica, su furia se desató y, con un esfuerzo sobrehumano, se alzó y le gritó: —Si la tocas, te arrepentirás.

—Tú no deberías inmiscuirte, rugió el ser supremo, alzando el látigo, lo que lo volvió furioso. Dándole fuerzas renovadas, se lanzó contra aquella criatura celestial, que se vio sorprendida ante el salvaje ataque de aquel joven licántropo. 

El impacto resonó en la estancia. Con un rugido visceral, el joven hundió su puño en el núcleo radiante del ente, fracturando su armadura de luz. La criatura retrocedió, su esencia divina goteando como oro líquido sobre el frío suelo. 

Por primera vez, el miedo cruzó el rostro del ser superior. El líder, erguido frente a su equipo, no era ya un hombre herido, sino un muro infranqueable. La tiranía del altar había terminado.

M. D. Álvarez 

domingo, 9 de agosto de 2026

A la luz de las velas.

Angie disfrutaba viéndolo entrenar todas las mañanas en su gimnasio. Él sabía que ella observaba y se esforzaba al máximo. A Angie le gustaba que fuera fuerte, ágil e íntegro. Todas las noches, él la cogía en volandas y no permitía que sus lindos pies tocaran el frío suelo. Mientras él la llevaba en volandas, Angie se entretenía besándolo de forma dulce y sensual.

La llevaba de aquí para allá; tan solo la dejaba cuidadosamente sobre la cama e iba a preparar la comida o la cena, según las horas del día. En cuanto tenía preparada la comida, ponía dos platos bellamente decorados con deliciosas viandas, dos copas de vino y dos velas. Luego, se dirigía al dormitorio, donde Angie lo esperaba, dócil y arrebatadora. Colocaba la bandeja sobre la cama y la observaba con determinación y pasión.

Angie también lo observaba con cariño sabía que ella era todo para él jamás dejaría que nadie la dañará 

Angie cogió un tenedor y probó un pequeño tomatito cherry aderezado con albahaca, miel y limón, sazonado con pimienta negra y sal. Se lo llevó a la boca y degustó, saboreando dulcemente el delicioso tomatito, mientras él esperaba pacientemente su veredicto. 

—¿Y bien? —preguntó él, suavemente.

Ella lo miró con ternura y dijo: 

—Está delicioso, como tú, mi dulce y atrevido licántropo. Ven aquí que te como a besos dijo ella, estirando los brazos para que él acudiera a ella.

Marcus cruzó la habitación en dos zancadas y se arrodilló delante de ella, dejando que jugara con su densa melena y sus orejas de lobo.

M. D. Álvarez