domingo, 12 de julio de 2026

Brutote y amoroso.

En aquella tapetía entre empanadilla y empanadilla, su afecto fue creciendo; cada bocado que ella le ofrecía era una satisfacción para aquel fiero lobo de compañía. Ella lo adoptó a pesar de que le advirtieron de que tenía muy mal carácter. 

"Mal carácter, tú, brabucón", decía mientras rascaba su barriga. No sabía cómo lo conseguía, pero en cuanto comenzaba a rascarle, él se tumbaba dócilmente patas arriba para que ella lo acariciara. "Si es que eres un amor", decía con ternura. 

Él dormía a los pies de su cama como un fiero guardián; no permitía que ningún desaprensivo se colara en su dormitorio si ella no daba el visto bueno. Si no lo hacía, ya podían salir corriendo o se llevarían un buen mordisco en las posaderas. 

"Si es que eres un brutote, pero te quiero", terciaba cada vez que venía con un girón de tela en la boca.

M. D.  Álvarez 

Jungla de amor.

En aquella jungla plagada de bichos y con una humedad sofocante, que empapaba como si lloviera a mares, se guardaba un aterrador secreto. La criatura amada por la bella Selene vagaba aullando de pasión por su húmedo vergel, hasta que su amada se dignó a aparecer en el cielo para bañar su dorada piel con sus rayos de luz plateada, haciendo que sugiriera a su amado licántropo.

El hermoso hombre lobo aullaba de placer al ver descender a la bella Selene, que con níveos brazos lo abrazaba mientras besaba con dulzura su peludo y musculado torso.

La luz de Selene no solo iluminaba la oscuridad de la jungla, sino que también transformaba al licántropo, suavizando la ferocidad de sus ojos dorados y revelando la profunda ternura que guardaba para su amada. Sus aullidos, antes de anhelo y melancolía, se volvieron ahora susurros roncos de devoción.

Mientras los efluvios de la selva se hacían más intensos con la noche, ellos se entregaban a su ritual. Selene, etérea y luminosa, se fundía con la forma lobuna de su amante, sus cuerpos entrelazándose bajo el dosel espeso de las hojas. 

La piel plateada de ella contrastaba con el pelaje oscuro y espeso de él, una unión de lo celestial y lo salvaje. En ese abrazo, el secreto aterrador de la jungla parecía desvanecerse, reemplazado por la magia de su amor, un amor tan antiguo como la luna misma y tan primario como el latido del corazón de la bestia.

M. D. Álvarez 

sábado, 11 de julio de 2026

Rangwali Holi II parte

A pesar de las risas de Angie, el orgullo de Marcus estaba herido. Un licántropo alfa, heredero de la noche y el terror, no podía ir por ahí oliendo a lavanda y luciendo como un algodón de azúcar de feria. Intentó sacudirse en el baño del Radisson, pero el polvo Gulal se había adherido a su denso pelaje vantablack con una lealtad exasperante. Solo consiguió crear una tormenta de purpurina rosa sobre las toallas blancas del hotel.

​—Estás ideal, de verdad —insistió Angie, limpiándose una lágrima de risa mientras le ponía un collar de caléndulas que había recogido en el vestíbulo—. Míralo por el lado bueno: los encapuchados visten de negro riguroso. En el centro de Vrindavan, hoy eso es como llevar una diana fluorescente. Tú, en cambio, eres el camuflaje perfecto.

​Marcus gruñó, un sonido que pretendía ser amenazante pero que, con las orejas teñidas de amarillo chillón y el lomo azul turquesa, sonó casi tierno. 

Sin embargo, Angie tenía razón. La célula del mal —una escisión fanática que pretendía utilizar la energía mística del festival para un ritual oscuro— destacaba demasiado en la paleta de colores de la ciudad.

​Minutos después, Marcus regresaba al epicentro de la fiesta. La marea humana bailaba al ritmo de los tambores dhol. El aire era una densa niebla de pigmentos flotantes.

​Y entonces los vio.

​El grupo de encapuchados se abría paso con brusquedad hacia el templo de Banke Bihari, ajenos a la alegría general. Llevaban un extraño artefacto de bronce oculto a medias bajo una túnica. Pretendían boicotear la celebración.

​Marcus no lo dudó. Dejó salir sus garras, pero no adoptó su postura de ataque habitual; en su lugar, se mezcló con un grupo de jóvenes locales que saltaban frenéticamente. Avanzó bailando, integrándose en la locura cromática. Un turista despistado incluso le dio una palmada en el lomo, gritando "¡Holi Hai!", pensando que era un animador con un disfraz hiperrealista de lobo.

​Cuando estuvo a escasos dos metros del líder de los encapuchados, el villano por fin se giró, alertado por un gruñido que no encajaba con la música de los tambores.

​Lo que el fanático vio no fue a la temida bestia de las sombras. Vio a un monstruo de dos metros de altura, con ojos de un intenso azules , colmillos afilados como cuchillas... y un pelaje que parecía un arcoíris psicodélico que brillaba bajo el sol de la India.

​El líder pestañeó, completamente descolocado.

​—¿Qué demonios...? —alcanzó a balbucir.

​—Feliz Holi —susurró Marcus con voz de ultratumba.

​Antes de que la célula pudiera reaccionar o activar el artefacto, el licántropo arcoíris cayó sobre ellos como un torbellino.

M. D. Álvarez 


Rangwali Holi.

En la ciudad de Vrindavan, donde Marcus había localizado una célula del mal, estaban de celebración. Celebraban la famosa batalla de los colores, también conocida como Rangwali Holi. Debía encontrar a Angie antes de que la población en masa saliera de sus casas, cargada de polvos de colores y agua. Marcus sabía que, si lo pillaban en medio de la aglomeración, no podría desarticular el corpúsculo malvado que se había instalado en la sagrada ciudad de Vrindavan.

Había dejado a Angie en el Hotel Radisson, descansando tras una larga noche de festejos. Se dirigía al centro neurálgico de la ciudad; faltaban apenas cinco minutos para dar comienzo a la mayor fiesta del calendario hindú. 

Si no se daba prisa, lo atraparía entre la multitud. Vislumbró un grupo de encapuchados vestidos de negro y se fue hacia ellos. En aquel momento, fue bombardeado con polvos de colores; había dado comienzo la fiesta de Holí, pero no podía dejarlos escapar y dejó salir al licántropo que llevaba dentro. Los que lo rodeaban ni se inmutaron y siguieron lanzando polvos de colores. 

El pobre Marcus se tuvo que retirar y, al llegar al hotel, descubrió que Angie lo encontraba adorable. Su pelaje negro, como el vantablack, estaba teñido de vivos colores que le daban un tierno aspecto de lobito arcoíris.

Continuará...

M. D. Álvarez 


viernes, 10 de julio de 2026

Psíthyros.

Ya está aquí otra vez la corriente de aire. La juventud de ella la convertía en una ráfaga cálida, no como sus hermanos, que se habían convertido en tempestuosos huracanes y fieros tifones.

Ella era más dulce y delicada que ellos; así la originó su padre, el rey de los vientos, Eolo, quien había puesto especial cuidado en aquella sensible y susurrante corriente, que recibiría el sugerente nombre de Psíthyros. 

Fue concebida con la ninfa Egle del Anteparaíso, quien quiso conocer al padre de los vientos que asomaban a su reino. Al verlo tan encantador, quedó prendada de él; y tras una noche de pasión, nació la pequeña Psíthyros.

M. D. Álvarez.

El origen la la zarzamora.

Yarilo era el dios eslavo de la fertilidad que deambulaba por las tierras de la gran madre Escitia, una región cuajada de pueblos guerreros y bellas doncellas de ardiente sangre. Esta es la historia de una de ellas; su nombre era Zlatica, quien, tras pasar el día cazando, se relajó en una hermosa laguna bañada por el cálido sol. Yarilo acertó a pasar por aquel lugar justo cuando la bella Zlatica se bañaba desnuda.

La observó desde el linde de un bosquecillo de abedules. Ella se percató del apuesto mancebo sin saber que aquel gallardo ser era el dios de la primavera.

Sin ningún pudor, salió de la laguna dirigiéndose hacia donde se encontraba Yarilo, que ardía en deseos de poseerla. El encuentro, breve pero tan intenso como el estío, dejó en la joven una huella imborrable; sin embargo, al ver al dios partir hacia el sur, la joven Zlatica quedó apesadumbrada.

Yarilo, conmovido por la profunda tristeza de la joven, la transformó en una hermosa zarzamora para que su amor perdurara en la tierra, otorgando a sus frutos el color morado como símbolo sagrado.

M. D. Álvarez 

jueves, 9 de julio de 2026

La brisa invernal.

Ya está aquí otra vez la corriente de aire y, con el frío invernal, no me extrañaría que pillara una buena pulmonía. Bueno era yo, para pillar los catarros, neumonías y pulmonías ajenas; para eso soy un tiarrón del norte, para que todos los males recaigan sobre mí y dejen en paz a mis amores. No iba a dejar que aquella nimia brisa, aunque invernal, se colara aviesa en dirección a ellas.

M. D. Álvarez