jueves, 10 de septiembre de 2026

Ares Arcángel.

De un salto acrobático, se plantó donde suponía que estaría su compañero, pero tan solo vislumbró en la oscuridad más negra unos aterradores ojos rojos que destilaban un odio salvaje. No pudo distinguir el cuerpo, pero empezó a preocuparse por su compañero; aquella era la ubicación exacta donde debería estar su líder. Algo andaba mal; era como si Ares, el Arcángel, se hubiera volatilizado.

Pero aquellos ojos rabiosos destilaban algo más que rabia; en ellos también había preocupación. Ella se dio cuenta de que aquellos ojos avanzaban hacia ella y retrocedió de forma instintiva. A medida que avanzaban, los rasgos de aquella criatura se fueron perfilando: era Ares, pero en su pecho llevaba clavado un dardo rojo.

—¿Ares, qué te ha pasado? —preguntó, tratando de no mostrar miedo.

Ares no respondió, sino que siguió avanzando hacia ella con su mano extendida, pero ahora no parecía su mano; parecía una garra salvaje que trataba de agarrarla.

Con su daga en la mano, se preparó para un enfrentamiento que nunca quiso tener. Esquivó un golpe brutal de la garra de Ares, sintiendo el silbido del aire cerca de su rostro. Sus movimientos eran los de una cazadora, rápidos y precisos, mientras que los de su compañero eran puramente instintivos y caóticos. Él no buscaba un combate, solo la destrucción, pero a la vez, en aquel brillo caótico, pudo vislumbrar un atisbo de cordura que trataba de imponerse al odio visceral.


—¡Ares, soy yo, Agnes! ¡Reacciona! —gritó, su voz se quebraba con desesperación. Pero sus palabras eran inútiles. Los ojos rojos de Ares la miraban con un odio que no le pertenecía. A pesar de que en su interior libraba un combate sin igual, parecía ir perdiendo la razón a cada golpe que lanzaba contra Agnes.

El dardo en su pecho brillaba con una luz enfermiza. Agnes notó que, a cada latido, la luz se intensificaba y las venas de Ares se volvían más oscuras, como si una plaga se estuviera extendiendo por su cuerpo. La única manera de salvarlo era romper el dardo. Pero, ¿cómo? Tenía que acercarse lo suficiente para sacárselo. Y en su estado, él no la dejaría acercarse.

Vio una oportunidad; de pronto, Ares, bajo sus defensas, percibió un cambio en su mirada: aquel brillo diabólico había desaparecido. Momentáneamente, se abalanzó con un movimiento rápido y arrancó el dardo rojo de su pecho. Ares cayó inconsciente. Agnes logró asirlo y depositarlo con mimo, recostándolo en el césped.

—Ares, mi vida, no dejaré que te ocurra nada malo —dijo Agnes, aplicando un apósito sobre la herida que no paraba de supurar aquel líquido viscoso. Sigue luchando, mi amor, tú eres más fuerte —dijo, besándolo con delicadeza.

M. D. Álvarez 

Historia de una familia dispar. XV parte.

Faltaban dos semanas para la luna llena. Marcus se sentía cada vez más fuerte; se entrenaba ejercitando su brazo y su pierna nuevos. No conocía los efectos que ejercerían las prótesis bajo el influjo de la luna. Angie lo miraba con preocupación; no podía saber cómo reaccionaría la bestia que llevaba en su interior ante la falta de su brazo y su pierna. No sabía si sus prótesis se adaptarían al licántropo.

Mientras estuvo inconsciente, Selene no le afectó, pero ahora que se estaba recuperando, no sabían cómo afectarían los cambios biónicos. Angie estaba preocupada; no había tenido en cuenta el cambio que sufría Marcus una vez al mes.

La noche antes de la luna llena, Angie llevó a los mellizos con su abuela y regresó con Marcus. Estaba segura de que, con unos leves cambios en la bioquímica, lograría fusionar las prótesis simbólicamente, tanto con Marcus en su forma humana como en la bestial. Inyectó el suero en el que había trabajado y se quedó junto a él, como había hecho siempre.

Cuidó de él en su transformación; cada convulsión y pulsión era atendida con mimo hasta que su piel se resquebrajó y sus huesos crujieron, dejando salir al licántropo regius de ojos azules, sorprendido por su brazo y su pierna.  

—Angie, lo has conseguido. Has logrado dotarme de un brazo y una pierna fabulosos —dijo Marcus con un susurro amoroso.

Continuará...

M. D. Álvarez 

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Nunca fui tuya.

Nunca fui tuya y quiero que lo sepas: mi corazón pertenece a otro que me trata con amor incondicional. Tú disfrutaste de mi cuerpo aunque yo no quería, pero ahora tengo a alguien que me ama por lo que soy. Me complace en la intimidad de mi habitación y es capaz de pelear por mí, dejándose la piel en ello.

No como tú, que en cuanto me usaste te volviste bruto e inmaduro; exigías mi cuerpo cuando te apetecía, pero ya se acabó. Si vuelves a intentar poseerme, no vivirás lo suficiente, ya que tengo a quien me protege. Ahora, lárgate, o te arrepentirás.

M. D. Álvarez

Historia de una familia dispar. XIV parte.

​La cirugía reconstructiva duró muchas horas. Marcus despertó en una habitación privada, sintiendo un peso inusual y una extraña frialdad en su lado izquierdo y derecho. Su primer instinto fue intentar incorporarse, pero un dolor sordo en los puntos de sutura lo detuvo.

​"Estás despierto," susurró Angie, que había estado velando junto a él. Sus ojos, enrojecidos por el cansancio, se iluminaron al verlo consciente. "Todo ha salido bien, mi amor. Son... perfectos."

​Marcus miró. Donde antes había un vacío ahora había un brazo cibernético de un titanio blanco nacarado que se fundía perfectamente con su piel. Las articulaciones eran casi invisibles, y en la palma de la mano brillaba una sutil luz azul que se atenuaba con su pulso. Su nueva pierna derecha era igualmente impresionante: elegante y fuerte.
​Intentó mover los dedos. Al principio fue una sensación extraña, como si la orden viajara más lenta de lo habitual, pero luego, el puño de titanio se cerró con una suavidad asombrosa.

​"¿Qué tal se siente?" preguntó Angie, sosteniendo su mano buena.

​"Pesado... y a la vez, increíblemente ligero," respondió Marcus, girando el brazo. Luego miró a su esposa con una sonrisa, aunque sus ojos reflejaban la preocupación. "¿Y los niños? ¿Dónde están?"

​"Están con la abuela por hoy. Pero mira esto..."

​Angie se levantó y le mostró un pequeño chip del tamaño de una moneda.

​"Es un sistema de adaptación neuronal que he estado diseñando. En unos días, cuando te lo implanten, el brazo y la pierna se sentirán como tuyos. No solo eso, tienen sensores de presión y temperatura. Podrás distinguir el tacto de la seda, el calor de una taza de café..."

​Marcus no pudo evitar la emoción. Era más que una prótesis; era una extensión de sí mismo, diseñada con amor y genio.

​En ese momento, la puerta se abrió. No era la enfermera, sino Devastación. El pequeño se detuvo en el umbral, con sus grandes ojos fijos en el brazo de Marcus. El niño, de casi ocho meses, nunca había visto el brazo herido, solo el hueco.

​Dio un paso hacia adelante. Luego otro. Cuando estuvo junto a la cama, alzó la vista hacia el rostro de su padre y, por primera vez, una sonrisa amplia y sin reservas se dibujó en su rostro. Su pequeña mano regordeta se extendió.

​"Papi, fuerte," dijo Devastación, con voz grave y clara, posando su manita sobre el frío titanio blanco.

​Marcus sintió un nudo en la garganta. No eran las palabras que un padre esperaba (como un simple "mamá" o "agua"), pero eran las palabras perfectas. Su hijo, al verlo restaurado, lo había reconocido y había roto su silencio.

​"Sí, hijo," susurró Marcus, con lágrimas de felicidad. "Fuerte. Gracias a mami."

​Angie sonreía, limpiándose una lágrima furtiva. Ahora, con Marcus completo y Devastación hablando, sentía que su familia estaba, por fin, a salvo.

Continuará...

M. D . Álvarez 

martes, 8 de septiembre de 2026

Los Pilares Cosmicos.

Los Pilares Cosmicos eran el lugar donde un cúmulo de quásares y jóvenes galaxias se formaban, pero algo estaba pasando: los observatorios astronómicos habían detectado la disminución de galaxias, quásares, púlsares y estrellas.

Era como si tuvieran una falta de materia y energía, y si los Pilares dejaban de producir y seguir expandiendo el cosmos, este universo no tendría razón de ser y se colapsaría e implosionaría, destruyendo este universo.

Héctor surcó los espacios vacíos hasta llegar a los Pilares. Lo que debía hacer era reactivar el crisol de cúmulos estelares, preñados de estrellas.

Héctor extendió su mano hacia el núcleo de los Pilares. No era un crisol muerto, sino un útero dormido. 

Concentró su esencia, no para crear, sino para recordar: cada explosión de supernova, cada susurro de hidrógeno, cada latido de púlsar. 

Su memoria se fundió con la matriz cósmica. Los filamentos de polvo comenzaron a brillar, no con luz nueva, sino con la reverberación de lo que ya había sido. Los quásares despertaron como ecos, las galaxias jóvenes se replegaron sobre sí mismas, no para nacer, sino para soñar su propio origen. El colapso se detuvo.

Tras lo cual regresó a la pequeña joya azul que era su planeta de origen.

M. D. Álvarez 

Historia de una familia dispar. XIII parte.

—Papi, bueno, -dijo Esperanza con su recién estrenada lengua de trapo.

—Sí, mi princesita, gracias a ti, tesoro, -respondió Marcus, aún recuperándose.

Angie cogió a Esperanza y la dejó en la canastilla, y sacó a Devastación, que permanecía serio; todavía no había dicho sus primeras palabras, seguramente por el trauma de ver a su padre casi muerto.

—Ves, Devastación, papá ya está mejor, dijo Angie. El pequeño escrutó el cuerpo de su padre en busca de un punto débil, hizo un gesto con los brazos; quería que Marcus lo cogiera en brazos, pero Angie le susurró: —Todavía no, mi tesoro, todavía tiene que recuperarse, -dijo, viendo el hueco donde antes estaba su brazo izquierdo y el hueco donde antes estaba su pierna derecha.

Transcurridos un par de meses en recuperarse de las heridas, Angie, mientras tanto, trabajaba en un prototipo de brazo y pierna biónicos.

Llegó el día en que Marcus debía someterse a una operación reconstructiva, donde le fue implantado el brazo y la pierna.

Continuará...

M. D. Álvarez 

—Papi, bueno, -dijo Esperanza con su recién estrenada lengua de trapo.

—Sí, mi princesita, gracias a ti, tesoro, -respondió Marcus, aún recuperándose.

Angie cogió a Esperanza y la dejó en la canastilla, y sacó a Devastación, que permanecía serio; todavía no había dicho sus primeras palabras, seguramente por el trauma de ver a su padre casi muerto.

—Ves, Devastación, papá ya está mejor, dijo Angie. El pequeño escrutó el cuerpo de su padre en busca de un punto débil, hizo un gesto con los brazos; quería que Marcus lo cogiera en brazos, pero Angie le susurró: —Todavía no, mi tesoro, todavía tiene que recuperarse, -dijo, viendo el hueco donde antes estaba su brazo izquierdo y el hueco donde antes estaba su pierna derecha.

Transcurridos un par de meses en recuperarse de las heridas, Angie, mientras tanto, trabajaba en un prototipo de brazo y pierna biónicos.

Llegó el día en que Marcus debía someterse a una operación reconstructiva, donde le fue implantado el brazo y la pierna.

Continuará...

M. D. Álvarez 

lunes, 7 de septiembre de 2026

Protocolo Alecto. III parte.

La mirada de Marcus era un interrogatorio en sí misma. Angie sintió el peso de su propia culpa, pero también el miedo a perderlo. ¿Cómo explicar que todo, incluso la mentira, había sido por él?

—El Protocolo Alecto —susurró, evitando sus ojos y fijándose en la sangre que le teñía la camiseta— no era solo un plan de defensa. Era un dique. Y yo era la ingeniera. —Alzó la vista, desafiante—. Guardaba los parámetros para contener una fuerza superior, sí. Pero no era una fuerza externa, Marcus. Era la que llevas dentro.

El protocolo Alecto guardaba unos parámetros de defensa ante fuerzas muy superiores. Había tomado el nombre de la Erinias Alecto, la más sanguinaria y vengativa de las tres. Marcus encerraba en su interior la sangre inmortal de la erinia, más despiadada, implacable e incesante en impartir los castigos más brutales. Pero había que doblegar su ira de alguna forma que no pareciera forzada; por eso, Angie lo seguía a cualquier lugar, por si acaso se daba lugar a un encuentro fortuito. Un buen día, en medio del bosque, Marcus escuchó un chasquido y se giró a tal velocidad que la vio.

—¿Por qué me sigues, joven doncella? —preguntó con una mirada glacial.

—Tan solo disfrutaba de tu porte. ¿No te han dicho que pareces un dios?

—No digas tonterías —respondió incómodo, ya que nadie le había piropeado antes.

—Me gustaría acompañarte, si no te importa —dijo ella, cogiéndose de su brazo. Él no tuvo más remedio que concederle aquel capricho, y ahí fue donde comenzó el proyecto Alecto.

Angie comenzó siendo la domadora, pero terminó enamorándose de Marcus. Comprendía por qué él estaba molesto con ella, pero estaba segura de que aún la quería.

M. D. Álvarez