El águila imperial era el emblema de su familia. Era el quinto hijo de la familia de los Aetós, siempre dispuestos a cuidar de la regia familia de los Lýkes.
Marcus fue criado bajo la impronta de la joven hija Angie Lýkes. Su unión fue vaticinada por los hados; les auguraban los dioses imperiales.
Marcus Aétos, cuando tan solo tenía siete años, se enfrentó a un bravucon que quiso meterse con su protegida. Él se encaró con aquel niñato que trató de golpearlo, pero Marcus lo esquivó y lo noqueó de un fuerte golpe..
Ella supo del gran valor de su protector y fue a visitar el hogar de la familia de los Aétos. Llevó una hermosa coraza del más duro material.
Los Aétos quedaron maravillados ante tan hermoso presente para su hijo menor, al que habían implantado la impronta de protección.
Los Aétos llamaron a su joven hijo, que se presentó raudo al verla. Escoltada por las guardias reales, temía haber incurrido en alguna falta y se acercó con docilidad.
Su madre apoyó su diestra mano sobre la cabeza de su joven y querido hijo y dijo:
—Lady Angi Lýkes tiene un regalo para ti, mi dulce Marcus.
El sorprendido se aproximó a su protegida e inclinó la cabeza a modo de saludo. Los guardias lanzaron furibundas miradas al pequeño, pero se mantuvieron firmes. Angie hizo un gesto con la mano y uno de aquellos guardianes sacó un paquete que mansamente ofreció a la joven. Angie lo cogió y avanzó con la serenidad de una reina hasta donde Marcus permanecía estático.
—Marcus, he visto tu valor y fortaleza al defender mi honor, y por lo cual me es grato entregarte esta magnífica coraza que cubrirá tu cuerpo y se adaptará a tu crecimiento —dijo con tono regio.
Él sintió mariposas en su estómago; ella era la chica más hermosa y parecía especialmente interesada en él.
Continuará...
M. D. Álvarez