jueves, 17 de septiembre de 2026

El botánico.

Su terreno era el mejor cuidado; lo segaba una vez a la semana y mimaba los tiernos brotes de las hermosas orquídeas que tenía injertadas en los huecos de las ramas de sus vetustos robles.

Había una que requería un cuidado especial por parte de él; aquella hermosa orquídea se la regaló su prometida antes de consumar su relación. Para ella, los mejores cuidados eran cuidadosamente dispensados.

Por ello, cortó la larga manguera y vertió un delicado chorrito sobre las raíces hasta que tomaron el delicado verdor de las esmeraldas.

Tal era la pasión del jardinero que ni dormía por miedo a que sus hermosos brotes se secaran o sufrieran algún mal.

—Sabes, estoy celosa de los mimos que dispensas a tus hermosas orquídeas —le dijo su novia.

—No tienes por qué; tú eres la razón de mi amor por ellas —respondió él, mirándola con tal dulzura.

M. D. Álvarez 

La cuenta pendiente

Cuando me vas a pagar lo que me debes, preguntó Angie furiosa por el hecho de que él siempre se escaqueaba de pagar la cuenta.

Él se quedó paralizado ante el tono brusco de ella.

—Angie, ¿sabes cuántos chavos llevo en el bolsillo? —preguntó Marcus, tratando de suavizar el nuevo escaqueo.

—Marcus, tú eres el único que cobra un salario, no me vengas con adivinanzas.

Marcus sintió todas las miradas clavadas en él, así que se giró, sacó la billetera y un fajo de billetes de ella. 

—¿Cuánto es la cuenta? —preguntó en voz baja.

—50 dólares —respondió sorprendida Angie ante el repentino cambio de actitud de Marcus.

—Toma, quédate con la vuelta —dijo Marcus, poniendo un billete de 100 dólares sobre el mostrador. 

—Te veo esta noche —rezongó, triste.

Continuará...

M. D. Álvarez 

miércoles, 16 de septiembre de 2026

La venganza de Eris.

¿Cuándo dio comienzo la célebre guerra de Troya? Es interesante la pregunta.
Voy a tratar de responderosla. 

Todo comenzó cuando la vengativa diosa Eris arrojó sobre la mesa nupcial de Zeus y Hera una manzana de oro diciendo: "Para la más bella".

A todo esto, a ella no la habían invitado al enlace y al ser ella la diosa de la venganza sembró la discordia entre los dioses.

Tres diosas se abalanzaron sobre la manzana: Hera, Atenea y Afrodita.

Las tres se consideraban la más bella, pero solo una podía tener el rango de la más bella.
Las tres recurrieron a Zeus, que ni cortó ni perezoso, ordenó un juicio, pero sabiendo que no podía ser imparcial, llamó a Paris, el hijo de Príamo y Hécuba, para que fuera el juez.

El problema vino de las tres promesas que hicieron las tres diosas.Paris tenía casi de todo, menos amor, y la única diosa que le dio lo que pedía fue Afrodita, que le prometió el amor de la mujer mortal más bella... Helena, esposa de Menelao. Era la única que no le convenía, y lo digo porque fue justo ahí donde dio comienzo la guerra de Troya.

M. D. Álvarez

Con dos palmos de narices.

—Deja ya de jugar con la comida, dijo, visiblemente disgustado por el cariz que estaba tomando aquella situación. Su amigo llevaba horas intentando dominar a aquella encantadora hada de ojos verdes que, insumisa, no dejaba que le hincara el diente.

Él se acercó y no vio terror en su mirada, solo indiferencia. La habían perseguido por multitud de razones, pero ninguna tan estrafalaria como la de ser comida, y no lo harían hoy tampoco. Salió rauda, cual centella, dejándolos con dos palmos de narices.

M. D. Álvarez 

martes, 15 de septiembre de 2026

El mejor olfato. IIparte.

​​El pitido rítmico del monitor cardíaco era la única música que el rastreador soportaba. Para sus oídos, acostumbrados al crujir de las hojas y al susurro del viento en los roquedales, el hospital era un caos de olores químicos y ruidos metálicos. Se mantenía en el rincón más oscuro de la habitación, con los músculos todavía tensos, sintiendo cómo el vello de sus brazos se erizaba ante cada paso de las enfermeras por el pasillo.

​Cuando ella finalmente abrió los ojos, el azul de las pupilas de él brilló con una intensidad eléctrica.

​—¿Dónde...? —susurró ella, intentando llevarse la mano a la sien vendada.

​Él no se acercó de inmediato. Sabía que su presencia, todavía cargada con la energía de la "bestia", podía resultar abrumadora. El olor rancio de la cueva aún persistía en su memoria olfativa, mezclado con algo más... un rastro que no era de ella, ni de la tierra, ni de él. Era un aroma metálico y frío que no pertenecía a ningún animal conocido.

​—Estás a salvo —dijo él, con una voz que rascaba el aire como grava—. La grieta se cerró tras nosotros, pero el peligro no se quedó en la cueva.

​Ella lo miró fijamente, y por un segundo, él temió que recordara las garras ensanchando la piedra o la fuerza inhumana con la que la había cargado. Sin embargo, ella solo extendió una mano temblorosa hacia la oscuridad del rincón.

​—No fuiste solo tú quien me encontró, ¿verdad? —preguntó ella con un hilo de voz—. Había algo más en esa oscuridad. Algo que me dejó allí para que me buscaras.

​El rastreador se tensó. Su olfato, ese que nunca fallaba, detectó de repente un cambio en el aire de la habitación. Un rastro acre, idéntico al de la cueva, comenzaba a filtrarse por la rejilla de ventilación 

M. D. Álvarez 

Llamas contenidas.

Aquellas llamas recorrían su cuerpo como lenguas abrasadoras, pero su cuerpo no sentía la quemazón; permanecía imperturbable. Esa furia solo surgía cuando alguien atacaba sin previo aviso y con alevosía a su equipo.

Su instinto se afiló como una hoja recién templada, guiándolo con una precisión casi animal. Cada movimiento era una advertencia silenciosa de que nadie tocaba a los suyos sin pagar un precio. 

La tierra vibró bajo sus pasos cuando liberó la totalidad de su poder contenido. Y en ese estallido, quedó claro que protegerlos no era una misión, sino su naturaleza.

M. D. Álvarez 

lunes, 14 de septiembre de 2026

El mejor olfato.

Su olfato era de lo más fino y eficiente; por eso, cuando ella desapareció, su instinto de rastreador afloró de forma eficaz. Cogió el suéter que ella llevaba la noche anterior y olfateó con delicadeza. Enseguida percibió su rastro y salió disparado; el olor lo guiaba. Recorrió sendas, caminos y roquedales. Su olor lo llevó hasta una pequeña cueva; allí, su olor se volvió rancio y acre.

Aquello lo preparó para lo que se iba a encontrar. Se introdujo con dificultad por la grieta; sus ojos azules se adaptaron fácilmente a la oscuridad. Al sortear la grieta, se halló en una cueva ancha y, en medio de ella, un cuerpo. Supo de inmediato que era ella, corrió desesperado hasta su lado y la recogió con delicadeza. 

Su parte humana volvió en sí y colocó sus dedos corazón e índice sobre la carótida; tenía pulso, pero también un golpe en la cabeza. La cogió con ternura y se acercó a la grieta; la depositó en el suelo, apoyada en una estalagmita. Su bestia volvió y utilizó sus garras para ensanchar la grieta. Cuando lo logró, la recogió con suavidad, salió con ella en brazos, la trasladó a un hospital cercano y se quedó junto a ella hasta que ella se despertó.

Continuará...

M. D. Álvarez