martes, 18 de agosto de 2026

El sol perdido.

El sol se extinguió en sus verdes ojos, sumiéndolo en el terror más oscuro. Verla quedarse sin luz, esa misma que refulgía sobre los pastos de su tierra, se le hacía insoportable

Su luz se apagó, al igual que se ahogan las estrellas, dejándolo solo con su dolor, y no estaba dispuesto a renunciar a su amor. 

La seguiría tras el sol muerto, donde se escondían los sueños de libertad, donde nadie le robara su delicado rostro ni su acaramelada sonrisa.

M. D. Álvarez 

La armadura de Marcus. 2da parte

El silencio se instaló entre ellos como una manta gastada pero cálida. Solo se escuchaba el roce de la mano de Angie deslizándose una y otra vez por el cabello de Marcus y, a lo lejos, el aullido lastimero de un coyote.

—Tenía ocho años —susurró Marcus contra el hombro de ella, sin levantar la cabeza—. Ocho años cuando entendí que no podía llorar. Mi madre nos miraba desde la cama, tan frágil que parecía que el viento iba a llevársela, y mis hermanos pequeños no paraban de preguntar cuándo volvería papá. Alguien tenía que ser fuerte. Alguien tenía que responder.

Angie no dijo nada. Sabía que no debía interrumpir. Conocía la historia a retazos, como se conoce un mapa que alguien ha ido dibujando con mano temblorosa a lo largo de los años.

—Desde entonces, cada vez que sentía que me ahogaba, apretaba los puños. Aprendí a tragarme las lágrimas, a convertirlas en algo duro aquí dentro —se tocó el pecho—. Y funciona. Durante años funcionó. Pero esta noche... esta noche los puños no fueron suficientes.

Angie deslizó su mano hasta entrelazar los dedos con los de él.

—¿Qué fue diferente?

Marcus levantó la cabeza. Tenía los ojos secos, pero en el fondo de ellos bailaba algo parecido al miedo.

—Que no me importaba. Por un momento, mientras les pegaba, no sentía absolutamente nada. Ni rabia, ni miedo, ni culpa. Solo... vacío. Como si yo no estuviera allí. Como si mi cuerpo funcionara solo.

Angie sintió un escalofrío. Conocía ese vacío. Lo había visto en los ojos de veteranos de guerra, en supervivientes de incendios, en su propio padre las noches que despertaba gritando. Pero verlo en Marcus, en su Marcus que siempre parecía tan entero, le heló la sangre.

—¿Y qué te trajo de vuelta?

Él miró sus manos, ahora envueltas entre las de ella.

—La sangre. El calor de la sangre en los nudillos. Y entonces pensé... —tragó saliva—. Pensé: si Angie me viera ahora.

Ella apretó los dedos.

—Pues ya ves. Estoy aquí. Te estoy viendo. Y no veo a un monstruo.

—Deberías.

—No me digas lo que debería ver, Marcus . Llevo queriéndote desde que tenía quince años y te vi plantarle cara a tu padre borracho para que no le pegara a tu madre. Tenías doce. Doce años y ya sabías poner ese puto muro. Pero yo te vi temblar después, cuando creías que nadie miraba. Yo siempre te he visto.

Por primera vez en toda la noche, algo se movió en los ojos de Marcus. No era una sonrisa, no exactamente. Era algo más frágil y más hondo.

—¿Y qué ves ahora?

Angie se inclinó y apoyó la frente contra la de él.

—Veo a un hombre que lleva veinte años cargando con un peso que no le corresponde. Veo a alguien que hoy ha tocado fondo y, en lugar de hundirse, ha salido a contármelo. Veo a mi persona favorita en el mundo, jodido y roto y perfecto.

Marcus cerró los ojos. Una lágrima solitaria escapó de sus párpados y rodó por su mejilla hasta perderse en la comisura de sus labios. Hacía tanto que no lloraba que casi había olvidado el sabor de la sal.

—No sé cómo hacer esto, Angie. No sé cómo ser frágil. Me enseñaron tan bien a no serlo...

—No tienes que hacerlo bien. Solo tienes que intentarlo. Conmigo.

Y allí, en el porche de esa casa que olía a jazmín y a noche, Marcus permitió que el niño que tuvo que crecer deprisa se sentara en su regazo por primera vez. No dijo nada más. No hizo falta.

Dentro de la casa, un reloj dio las tres de la madrugada. La ciudad siguió latiendo al fondo, indiferente. Pero en ese porche, dos personas sostenían el mundo sin saberlo, simplemente estando la una para la otra.

La armadura seguiría ahí, esperando. Siempre espera. Pero esa noche, al menos esa noche, Marcus supo que podía quitársela.

Que había alguien dispuesta a quererlo sin su fachada de tío duro.

M. D. Álvarez 


lunes, 17 de agosto de 2026

Sobre su atalaya.

Sobre aquel risco, donde los vientos azotaban gélidos, permanecía el gran lobo blanco de ojos azules, oteando el horizonte a la espera de los rebaños de caribúes. 

Tras el lobo apareció su hembra, que se situó a su lado, apoyando costado con costado. El lobo olfateó las ráfagas que traían el aroma de la caza. 

En el valle habían aparecido los centinelas que ramoneaban los primeros brotes. Detrás de ellos llegó la gran manada; la caza estaba preparada. Descendieron de los riscos helados para cazar y sobrevivir.

M. D. Álvarez 

La armadura de Marcus.

Su imponente apostura e integridad le daban un aspecto fuerte y recio, pero bajo toda esa fachada se escondía un tierno loboto que tuvo que crecer deprisa. Solo había alguien que conocía su ternura y acudía a ella cuando la presión lo sobrepasaba, y esa noche estuvo a punto de explotar. 

Ella lo encontró sentado en su porche, cabizbajo. 

Se sentó junto a él y le preguntó: 

—¿Qué te ocurre, Marcus? ¿Qué te trae tan sombrío? 

—Angie, creo que he estado al borde de la locura. He estado a punto de matar a un grupo de gamberros; solo me he detenido al ver mis puños ensangrentados. 

Ella cogió sus temblorosas manos con delicadeza y besó sus maltrechos puños. 

—Mi dulce amor, tú eres capaz de controlarte en los peores momentos y, cuando te veas perdido, tan solo piensa en mí —dijo Angie.

Marcus dejó escapar un suspiro tembloroso y apoyó la frente en el hombro de ella, permitiéndose, por primera vez en años, ser el niño que tuvo que crecer deprisa. La armadura de Marcus cayó al suelo de madera, invisible pero pesada, mientras Angie le acariciaba el cabello.

Continuará 

M. D. Álvarez 

domingo, 16 de agosto de 2026

La coraza de hielo.

Allá en el gran norte, todo es oscuridad y hielo. Ahí estaba enterrado su corazón, al cual renunció tras perder al amor de su vida.

Cada vez que algo o alguien quiere destruir su coraza, debe adentrarse en las frías planicies donde él abdicó a su dolor, sumergido bajo varias capas de permafrost: un corazón inerte.

Solo ella podría fundir su dolor, pero ya no está; se fue y condenó a su amado a una ventisca glacial y eterna.

M. D. Álvarez

De concierto a Melbourne.

No la oyó llegar; estaba escuchando el último disco de Dua Lipa, "Radical Optimism". Ella adoraba a la estrella emergente y él había conseguido dos entradas para el último concierto que llevaría a cabo en la ciudad de Melbourne, Australia. Ahora solo tenía que ingeniárselas para llevarla a Melbourne sin que sospechara nada.

Por el rabillo del ojo, la vio acercarse y le dio tiempo de esconder las entradas y cambiar al siguiente disco: era "Adventures in Hannover" de Mike Oldfield.

—¿Qué estás escuchando? —preguntó ella, cogiendo uno de los auriculares.

—Mike Oldfield, el último álbum recopilatorio. Me encantan todos los álbumes de Mike Oldfield —respondió él con una arrolladora sonrisa.

Ella sonrió, disfrutando de la música mientras se acomodaba en el sofá. Sin embargo, él sabía que el tiempo se estaba acabando. Necesitaba encontrar la manera de revelarle la sorpresa sin arruinar el momento. 

—¿Te gustaría ir a un lugar especial este fin de semana? —preguntó, intentando sonar casual.

—Claro, suena emocionante. ¿A dónde? —respondió ella, con curiosidad en los ojos.

Él tomó aire y, con una sonrisa cómplice, dijo: —A Melbourne. ¡Vamos a ver a Dua Lipa en vivo!

Sus ojos se iluminaron de felicidad y, sin pensarlo, ella le dio un beso apasionado. La aventura estaba por comenzar.

M. D. Álvarez 

sábado, 15 de agosto de 2026

Juego de lucha y supervivencia.

—No los puedo dejar tirados, protestó mientras lo sacaban a la fuerza. Su grupo de amigos miraba con desesperación cómo aquellos matones lo sacaban del cuarto.

Él era su pieza clave; sin él, el juego no valía la pena. Sus amigos terminarían derrotados y humillados. Se las ingenió para transmitir las instrucciones por el diminuto micrófono implantado en su muñeca al auricular de su lugarteniente, que pudo ocultar su sonrisa. Bajo su mando, ganarían aquel juego.

Todo dependería de que siguieran sus instrucciones al pie de la letra. Si así lo hacían, nadie lograría ganar a sus amigos en aquel juego de lucha y supervivencia.

M. D. Álvarez