Marcus emitió un gruñido que terminó en un acceso de tos seca. Se llevó la mano al costado, donde el dolor era una brasa al rojo vivo. Sus dedos palparon con precisión de cirujano el punto de fractura bajo la piel hinchada.
—El plan era sencillo —dijo, con una voz áspera por la deshidratación y los golpes—. Esperar a que se acercara solo uno. Romperle el cuello con la cadena de las esposas. Usar su arma para los otros dos.
Angie lo observaba, su sonrisa desvaneciéndose lentamente. Marcus no la miraba a ella, sino a un punto en la pared manchada de la celda, como si estuviera revisando una ecuación que hubiera salido mal.
—Llevaba tres ciclos contando sus patrones. Entraban cada diecisiete minutos. El grandullón siempre se quedaba atrás, cerca de la puerta. El que habla mucho se acercaba a provocar. El tercero, el metódico, era el que se aseguraba de que no perdiera el conocimiento... hasta hoy. —Hizo una pausa, respirando con cuidado—. Su ritmo cambió. Se aceleraron. Algo les ha puesto nerviosos. Iba a ser en el próximo turno.
—¿Y por qué no lo hiciste antes, jefe? —preguntó Bran, con una mezcla de admiración y incredulidad—. ¡Llevaban dos días dándote palizas!
Finalmente, Marcus giró la cabeza y su mirada, de un azul glacial, se posó en Angie. No había reproche, sino una certeza fría.
—Porque necesitaba saber por qué me interrogaron sobre el Protocolo Alecto —dijo, dirigiendo sus palabras directamente a ella—. Y solo hablaban cuando creían que estaba inconsciente. Lo mencionaste una vez, Angie. En confianza. ¿Cómo lo saben ellos?
El silencio que cayó en la pequeña sala de torturas fue más espeso que el olor a sangre y desinfectante. La sonrisa de Angie había desaparecido por completo. Adler y Bran intercambiaron una mirada cargada de desconcierto.
Angie abrió la boca para hablar, pero Marcus, con un esfuerzo sobrehumano, se puso de pie, apoyándose en la pared. El Flumazenil le devolvía la claridad a sus sentidos, y con ella, una sospecha que era más dolorosa que cualquier costilla rota.
—No me rescaten —masculló, escupiendo un coágulo de sangre al suelo—. Sáquenme de aquí. Y luego, Angie, me vas a contar qué más hay en esa cabecita tuya que yo he estado protegiendo sin saberlo.
Continuará...
M. D. Álvarez