viernes, 9 de octubre de 2026

La solitaria isla del pacífico. II parte.

Después de ser rescatado, Marcus fue llevado a un hospital en la ciudad más cercana. Aunque estaba físicamente débil, su espíritu permanecía inquebrantable. Los médicos le dijeron que su recuperación sería lenta, pero él sabía que había superado algo mucho más difícil que una convalecencia.

Mientras yacía en la cama del hospital, recibió una visita inesperada. Era ella, la hacker que había movido cielo y tierra para encontrarlo. Su nombre era Angie, y aunque habían trabajado juntos en misiones anteriores, nunca habían hablado de sus sentimientos más profundos.

Angie se sentó a su lado, y por primera vez,  Marcus pudo ver la preocupación y el alivio en sus ojos. "No podía perderte", dijo ella con una voz temblorosa. "Eres más que un compañero para mí".

Marcus sonrió débilmente. "Gracias por no darme por perdido", respondió. "Tu determinación me salvó la vida".

Durante las semanas siguientes, Angie visitó a Marcus regularmente. Compartieron historias de sus vidas pasadas, sus sueños y sus miedos. Marcus descubrió que Angie había perdido a su familia en un accidente años atrás, y que desde entonces, se había refugiado en su trabajo y en la tecnología. Marcus, por su parte, le habló de su soledad en la isla y de cómo la esperanza de ser rescatado lo mantuvo vivo.

Justo cuando Marcus comenzaba a recuperarse, recibieron noticias alarmantes. La organización para la que trabajaban había sido infiltrada por un grupo de espías que buscaban tecnología avanzada para fines nefastos. Angie  y Marcus se dieron cuenta de que su lucha por la supervivencia no había terminado; ahora debían proteger lo que más valoraban.

A pesar de su debilidad, Marcus insistió en unirse a Angie en la misión. Juntos, utilizaron sus habilidades únicas para desenmascarar a los traidores. Marcus aplicó las lecciones de supervivencia que había aprendido en la isla, demostrando que su experiencia en la adversidad lo había hecho más fuerte y astuto

La misión fue un éxito, y la organización estuvo a salvo. Angie yMarcus se dieron cuenta de que su vínculo era inquebrantable. Decidieron tomarse un tiempo para ellos, para sanar y construir una vida juntos. Sabían que los desafíos no habían terminado, pero también sabían que juntos podían superar cualquier cosa.

M. D. Álvarez

Líder débil. II parte.

Marcus cerró los ojos un instante, sintiendo el peso de la palma de Angie sobre su pecho como la única ancla que lo mantenía unido al mundo. La calidez de sus dedos contrastaba de forma desgarradora con el frío helado que aún le recorría las venas, esa punzada amarga que anunciaba la rebelión silenciosa de su propia naturaleza.

​—Morir es un lujo que no puedo permitirme —susurró él, con la voz áspera y quebrada por el cansancio. Intentó esbozar una sonrisa ladina, una de sus habituales máscaras de arrogancia para restar importancia a la situación, pero la mueca se disolvió antes de nacer. Un leve temblor recorrió sus hombros, traicionando su debilidad.

​—Entonces deja de actuar como si fueras inmortal —replicó Angie sin retirar la mano. Sus ojos, profundos y severos, reflejaban una firmeza inquebrantable mezclada con esa sombra de dolor contenido que solo surgía cuando él ponía su vida en juego. —La ciudad no necesita a un mártir en un pedestal, Marcus. Necesitan a un líder con vida. La dualidad de tu linaje te está consumiendo por dentro porque te niegas a escuchar las advertencias de tu propio cuerpo.

​Un silencio denso se apoderó de la alcoba. A través de los altos ventanales de piedra, las luces del atardecer teñían la habitación de un tono cobrizo y sombrío. Al otro lado de la pesada puerta de roble, Marcus podía escuchar el murmullo bajo de Klávdios dando órdenes a la guardia, intentando mantener la calma entre la tropa mientras ocultaba la gravedad de la situación. La carga de la corona y la responsabilidad pesaban sobre él mucho más que la propia fiebre.

​Lentamente, el orgullo de Marcus cedió. Dejó caer la cabeza contra la almohada y soltó un largo suspiro, permitiendo que la tensión abandonara sus músculos. Por primera vez en meses, se permitió despojarse de la pesada armadura del mando.
​
—¿Qué me está pasando realmente, Angie? —preguntó en un susurro casi imperceptible, buscando la verdad en la mirada de la única persona a la que confiaba su existencia.
​Ella inclinó la cabeza con dulzura y rozó con la yema de los dedos la sien de Marcus. Un leve y tibio resplandor pareció brotar de su contacto, aliviando de inmediato la punzante presión tras sus ojos.

​—Tu parte humana está colapsando bajo el peso del poder que intentas sostener —explicó con voz pausada, tan serena como un bálsamo—. La sangre híbrida exige equilibrio, y tú has agotado hasta la última reserva de tu energía sin darte un segundo de tregua. Si no permites que la carne y la magia se reconecten, te destruirás desde dentro.

​Marcus levantó la mano con lentitud y rodeó la muñeca de Angie con delicadeza, encontrando en su contacto el único refugio donde no tenía que aparentar invencibilidad.

​—Está bien —cedió finalmente, cerrando los ojos bajo la caricia de su mano—. Me quedaré. Pero no te alejes.

M. D. Álvarez 

jueves, 8 de octubre de 2026

líder débil.

Ya al levantarse, se sentía raro, cansado y hecho polvo, pero tenía que disimular su malestar. No estaba bien visto que un líder se pusiera enfermo y no acudiera a sus deberes. El malestar iba en aumento hasta tal punto que tuvo que detenerse en la carrera que estaba llevando a cabo; si no lo hubiera hecho, seguramente se habría desmayado.

Un sudor frío le recorrió la espalda mientras se apoyaba contra la pared áspera de piedra del pasillo, jadeando. Cada latido de su corazón resonaba en sus oídos como un tambor lejano, amenazante. Desde el suelo, vio cómo sus guardias y asistentes se acercaban con expresión de alarma, pero sus voces llegaban amortiguadas, como a través de un espeso cristal.

—Mi señor, ¿qué ocurre? -La voz de Klávdios, su capitán de la guardia, logró filtrarse. 

—No es nada, solo me he mareado un poco —logró articular Marcus. 

Angie apareció como de la nada y, al verlo tan pálido, se acercó rápido. Sabía que estaba a punto de desmayarse; lo cogió con suavidad y ordenó a sus escoltas que trajeran una silla de ruedas. 

Él quiso desestimar el ofrecimiento, pero en cuanto quiso dar un paso, su vista se nubló. Gracias a que Angie lo sostenía, al cabo de cuatro horas despertó en su mullido colchón. Al girar la cabeza, encontró la mirada grave de Angie; ella era la única que veía a través de su fachada.

—Marcus, debes cuidarte más. Si siguen empujando los límites, te pasará factura. Es más, ya te lo está pasando. Tu sangre híbrida se está debilitando.

Marcus trató de levantarse, pero ella apoyó su mano contra su pecho y dijo: —Si no quieres morir, déjame cuidarte.

Continuará...

M. D. Álvarez.


Apocalipsis.

—Cuando encienda el volcán, no habrá bicho viviente que sobreviva; esa es la ley, -dijo el señor de los volcanes. 

El volcán era una gigantesca montaña dormida. Al parecer, cada vez que el amo lo despertaba, era porque los pobladores de aquel olvidado mundo habían ofendido de forma ineludible al señor de los cielos, quien imponía, por mediación de su hijo, el dueño de los volcanes, un castigo ejemplar. 

—No sobrevivirá ningún poblador ni ninguna criatura; tras su destrucción, el mundo será creado de nuevo con nuevas criaturas y seres maravillosos de notable belleza. Así lo ordena y manda mi padre, y lo cumpliré.

M. D. Álvarez 

miércoles, 7 de octubre de 2026

La solitaria isla del pacífico.

Su nave había caído en el Pacífico. Marcus había saltado en paracaídas y caído al mar. Las gélidas aguas infectadas de tiburones lo recibieron heladoramente, pero su corazón abrasador lo mantenía caliente mientras nadaba. A medida que caía su nave, pudo vislumbrar una pequeña isla a unos dos kilómetros de donde se estrelló su aeronave. 

Nadó como si el diablo lo persiguiera, pero en realidad lo que le perseguía era un gran tiburón blanco. Por suerte para él, era un gran nadador y alcanzó la playa antes de que el gran blanco le hincara el diente. Exhausto y casi sin fuerzas, quedó tendido en aquella playa solitaria. Cuando se despertó, ya era entrada la noche; no hacía frío, pero preparó una pequeña hoguera.

Mientras las llamas de la hoguera danzaban, iluminando la oscuridad que lo rodeaba, él se sentó en la arena, tratando de recuperar el aliento y asimilar lo que había sucedido. La adrenalina comenzaba a desvanecerse, y con ella, la realidad de su situación se hacía más evidente. Estaba solo en una isla desierta, con su nave hecha añicos en el fondo del océano y sin ninguna idea de si alguien lo buscaría.

Miró hacia el horizonte, donde el mar se fundía con el cielo estrellado. La belleza del momento contrastaba con la ansiedad que sentía. ¿Cómo había llegado a este punto? Era un piloto experimentado, pero nunca había imaginado que terminaría así. Sin embargo, su espíritu indomable no le permitía rendirse; debía encontrar una forma de sobrevivir.

Al día siguiente, decidió explorar la isla. Tras un desayuno improvisado de cocos y agua de mar, se adentró en la selva espesa que cubría gran parte del lugar. El canto de las aves y el murmullo del viento entre los árboles lo acompañaban mientras avanzaba. Buscaba señales de vida, algo que le indicara que no estaba completamente solo.

Tras horas de búsqueda, encontró un pequeño arroyo que serpenteaba entre las rocas. Se agachó para beber, sintiendo cómo el agua fresca revitalizaba su cuerpo cansado. Entonces notó algo brillante en el fondo del arroyo; al acercarse más, se dio cuenta de que era un objeto metálico. Con esfuerzo, logró sacarlo del agua: era una brújula desgastada pero funcional.

Con su brújula en mano y un renovado sentido de propósito, empezó a trazar un plan. Si lograba construir una señal visible desde el aire o encontrar algún medio para salir de la isla, podría ser rescatado. Se dirigió nuevamente a la playa y comenzó a recolectar troncos y ramas secas para construir una gran señal en forma de "SOS". 

Mientras trabajaba bajo el intenso sol tropical, su mente divagaba sobre todo lo que había dejado atrás: su familia, sus amigos y su vida antes del accidente. Pero también pensó en las historias que había escuchado sobre personas que habían sobrevivido en circunstancias similares; eso le daba esperanza.

Esa noche, después de un día agotador pero productivo, se sentó junto a su hoguera nuevamente. Las llamas crepitaban mientras él miraba las estrellas parpadear en el cielo nocturno. Sabía que no podía darse por vencido; cada día traería nuevas oportunidades y desafíos. Con determinación renovada, cerró los ojos y soñó con el día en que sería rescatado y contaría sus propias historias de supervivencia.

Por suerte, alguien sí lo buscaba utilizando los European Remote Sensing Satellites (ERS) europeos, los satélites EO-1 de la NASA (EE. UU.) y el Resurs-P de la Agencia Espacial Federal de Rusia (RSA). Angie era una experimentada hacker que utilizaría todos los medios posibles para localizarlo. Él era su único compañero por el que movería cielo y tierra para encontrarlo.

Cuando los satélites pasaron sobre la vertical de la isla, hizo zoom y vio el SOS. Mandó a toda la caballería a la isla. Llevaba desaparecido seis meses; cuando lo encontraron, estaba demacrado y delgado, pero vivo.

Continuará...

M. D. Álvarez 

Alas azules.

Su único deseo era volar, y ella le daba motivos cada vez que la veía. Sus ansias de elevarse sobre los cielos se acentuaban. Una noche, cuando la observaba reír con sus amigas, sintió un ramalazo de pasión y un leve cosquilleo en su espalda, como si algo tratara de nacer. Era incómodo, pero aquella pasión lo embelesaba de tal forma que no le dio importancia. Solo a la noche, cuando la llevó a casa, se quitó la camiseta y ella percibió dos pequeños picos en sus escápulas. Los rozó con delicadeza, haciendo que él se estremeciera. Después de hacer el amor durante toda la noche, se durmieron abrazados. A la mañana siguiente, él se levantó y a su espalda lucían dos hermosas alas azules, como sus ojos.

Las alas se estiraron al primer rayo de sol, como si llevaran años plegadas bajo su piel. Él las miró por encima del hombro, aturdido, mientras los músculos de su espalda se adaptaban a un nuevo peso, ligero y vibrante. Ella despertó y contuvo un grito al verlo: no por miedo, sino por asombro.  

—Puedes volar —susurró, y era una orden, una súplica.  

Él intentó moverlas, torpe al principio, pero bastó que ella rozara una pluma para que las alas reaccionaran, desplegándose en un abanico de azules profundos. La arrastró contra su pecho y saltaron por la ventana.  

El viento los atrapó antes de que cayeran. Él aprendió a golpear el aire con instinto recién nacido, mientras ella se aferraba a su cuello, riendo. No volaban: *caían hacia arriba*, hacia el filo del amanecer donde el cielo se abría como una herida dorada.  

—Siempre supiste que esto pasaría —le dijo él al oído, y ella mordió su hombro en respuesta.  

Las calles se volvieron sombras, luego recuerdos. Ahora eran dos puntos en el mapa del viento, un rumor que los demás contarían como una leyenda: *la del hombre que amó tanto que se convirtió en todo lo que anhelaba*.

M. D.  Álvarez 

martes, 6 de octubre de 2026

Altruista.

En cuanto la vio, supo que no podría abandonarla, por mucho que se lo pidiera, y mira que se lo pidió muchas veces. Pero no pudo dejarla morir en aquel antro de perdición.

La sacaría de allí aunque le costara la vida, cosa que sucedió cuando la hubo rescatado de su prisión.

Prefirió dar su vida a que permaneciera encerrada de por vida y se sentiría satisfecho con su sacrificio.

M. D. Alvarez