jueves, 20 de agosto de 2026

El árbol del ahorcado.

Fue el momento en que mataron al árbol, cuando la última rama viva se secó, tras servir de patíbulo para ajusticiar al joven licántropo, juzgado por un delito que no había cometido. 

Él era instruido y educado, y lo estaban culpando de haber aniquilado a tres rebaños de obejas. No era aterrador ni sanguinario; era todo lo contrario: dulce, encantador y estaba enamorado de una hermosa doncella que lloró e imploró, diciendo que él no pudo ser el culpable porque se encontraba con ella.

El joven dijo: "Mi sol, cierra los ojos, no quiero que me recuerdes así".

Un crujido seco y todo acabó. Ella maldijo al árbol.

M. D. Álvarez 

El olor de la juventud.

Aquel perfume evocaba su juventud; le recordaba el olor de su madre cuando pelaba las mandarinas, que luego embotaba en almíbar. El olor a mandarinas lo inundaba todo cuando abría los frascos. Y cuando mi chico comenzó a oler a mandarinas, no pude reprimir mis ganas de comérmelo a besos.

Las tardes pasaban lentas, pero entre aquellas paredes, la dulzura de la fruta traía de vuelta los días luminosos. Miré sus ojos brillar mientras reía. Entonces entendí que el verdadero hogar no es un lugar físico, sino la memoria guardada en la piel de quienes amamos.

M. D. Álvarez 

miércoles, 19 de agosto de 2026

El árbol de Júpiter.

Fue el momento en que mataron al árbol. Pese a los nobles intentos de salvarlo, no hubo manera de recuperarlo; aquel rayo lo había fulminado en un acto de furia.

 Su pecado fue simple: haber cobijado bajo sus ramas el amor de su bella hija por un joven lugareño, imberbe y de ojos azules, que todas las noches acudía al encuentro amoroso bajo las ramas de tan hermoso árbol.

Y, para mayor irritación de su padre, fue que el árbol llevaba su nombre: el árbol de Júpiter.

M. D. Álvarez 

La extinción.

¿Qué crees que sucedería si el sol se apagara de repente? La humanidad desaparecería de la faz de la Tierra y otras criaturas tomarían nuestra tierra, otrora un vergel, que ahora se convertirá en un planeta congelado.

No os inquietéis, por el momento todavía sigue reinando el astro rey, y quién sabe, puede que un día nuestra estrella se extinga. Esperemos que para entonces hayamos colonizado las estrellas.

M. D. Álvarez 

martes, 18 de agosto de 2026

El sol perdido.

El sol se extinguió en sus verdes ojos, sumiéndolo en el terror más oscuro. Verla quedarse sin luz, esa misma que refulgía sobre los pastos de su tierra, se le hacía insoportable

Su luz se apagó, al igual que se ahogan las estrellas, dejándolo solo con su dolor, y no estaba dispuesto a renunciar a su amor. 

La seguiría tras el sol muerto, donde se escondían los sueños de libertad, donde nadie le robara su delicado rostro ni su acaramelada sonrisa.

M. D. Álvarez 

La armadura de Marcus. 2da parte

El silencio se instaló entre ellos como una manta gastada pero cálida. Solo se escuchaba el roce de la mano de Angie deslizándose una y otra vez por el cabello de Marcus y, a lo lejos, el aullido lastimero de un coyote.

—Tenía ocho años —susurró Marcus contra el hombro de ella, sin levantar la cabeza—. Ocho años cuando entendí que no podía llorar. Mi madre nos miraba desde la cama, tan frágil que parecía que el viento iba a llevársela, y mis hermanos pequeños no paraban de preguntar cuándo volvería papá. Alguien tenía que ser fuerte. Alguien tenía que responder.

Angie no dijo nada. Sabía que no debía interrumpir. Conocía la historia a retazos, como se conoce un mapa que alguien ha ido dibujando con mano temblorosa a lo largo de los años.

—Desde entonces, cada vez que sentía que me ahogaba, apretaba los puños. Aprendí a tragarme las lágrimas, a convertirlas en algo duro aquí dentro —se tocó el pecho—. Y funciona. Durante años funcionó. Pero esta noche... esta noche los puños no fueron suficientes.

Angie deslizó su mano hasta entrelazar los dedos con los de él.

—¿Qué fue diferente?

Marcus levantó la cabeza. Tenía los ojos secos, pero en el fondo de ellos bailaba algo parecido al miedo.

—Que no me importaba. Por un momento, mientras les pegaba, no sentía absolutamente nada. Ni rabia, ni miedo, ni culpa. Solo... vacío. Como si yo no estuviera allí. Como si mi cuerpo funcionara solo.

Angie sintió un escalofrío. Conocía ese vacío. Lo había visto en los ojos de veteranos de guerra, en supervivientes de incendios, en su propio padre las noches que despertaba gritando. Pero verlo en Marcus, en su Marcus que siempre parecía tan entero, le heló la sangre.

—¿Y qué te trajo de vuelta?

Él miró sus manos, ahora envueltas entre las de ella.

—La sangre. El calor de la sangre en los nudillos. Y entonces pensé... —tragó saliva—. Pensé: si Angie me viera ahora.

Ella apretó los dedos.

—Pues ya ves. Estoy aquí. Te estoy viendo. Y no veo a un monstruo.

—Deberías.

—No me digas lo que debería ver, Marcus . Llevo queriéndote desde que tenía quince años y te vi plantarle cara a tu padre borracho para que no le pegara a tu madre. Tenías doce. Doce años y ya sabías poner ese puto muro. Pero yo te vi temblar después, cuando creías que nadie miraba. Yo siempre te he visto.

Por primera vez en toda la noche, algo se movió en los ojos de Marcus. No era una sonrisa, no exactamente. Era algo más frágil y más hondo.

—¿Y qué ves ahora?

Angie se inclinó y apoyó la frente contra la de él.

—Veo a un hombre que lleva veinte años cargando con un peso que no le corresponde. Veo a alguien que hoy ha tocado fondo y, en lugar de hundirse, ha salido a contármelo. Veo a mi persona favorita en el mundo, jodido y roto y perfecto.

Marcus cerró los ojos. Una lágrima solitaria escapó de sus párpados y rodó por su mejilla hasta perderse en la comisura de sus labios. Hacía tanto que no lloraba que casi había olvidado el sabor de la sal.

—No sé cómo hacer esto, Angie. No sé cómo ser frágil. Me enseñaron tan bien a no serlo...

—No tienes que hacerlo bien. Solo tienes que intentarlo. Conmigo.

Y allí, en el porche de esa casa que olía a jazmín y a noche, Marcus permitió que el niño que tuvo que crecer deprisa se sentara en su regazo por primera vez. No dijo nada más. No hizo falta.

Dentro de la casa, un reloj dio las tres de la madrugada. La ciudad siguió latiendo al fondo, indiferente. Pero en ese porche, dos personas sostenían el mundo sin saberlo, simplemente estando la una para la otra.

La armadura seguiría ahí, esperando. Siempre espera. Pero esa noche, al menos esa noche, Marcus supo que podía quitársela.

Que había alguien dispuesta a quererlo sin su fachada de tío duro.

M. D. Álvarez 


lunes, 17 de agosto de 2026

Sobre su atalaya.

Sobre aquel risco, donde los vientos azotaban gélidos, permanecía el gran lobo blanco de ojos azules, oteando el horizonte a la espera de los rebaños de caribúes. 

Tras el lobo apareció su hembra, que se situó a su lado, apoyando costado con costado. El lobo olfateó las ráfagas que traían el aroma de la caza. 

En el valle habían aparecido los centinelas que ramoneaban los primeros brotes. Detrás de ellos llegó la gran manada; la caza estaba preparada. Descendieron de los riscos helados para cazar y sobrevivir.

M. D. Álvarez