Historias de una mente perturbada», decían sus amigos al verlo escribir como un poseso. Bebía todos los días tres botellas de buen bourbon.
Uno de los pocos que comprendía su dolor logró sacarlo de aquel pozo sin fondo, aunque solo consiguiera sacar su melancolía a flote.
Nadie pretendía causarle daño, pero intentar hacerle recordar los tiempos felices con ella terminó por salirles mal: los dejó con un palmo de narices.
—Venga, no seas así —los oyó protestar desde la barra del bar.
—No, venga, no. ¿No sabéis que la más leve mención de ella es como una cuchillada en su corazón? —fue lo último que escuchó antes de cerrar de un portazo.
—Os lo dije, está muy sensible —rugió el amigo que lo había sacado de su encierro. Salió tras él, pero lo vio perderse camino del cementerio. Sabía a dónde iba; lo dejó tranquilo.
M. D. Álvarez