domingo, 3 de mayo de 2026

El corazón de una hadriel.

Tenía una mente privilegiada; su CI era de los más altos y era un autodidacta. Creció en una región aislada de uno de los planetas exteriores. Con tan solo 15 años, su familia lo mandó a la academia interplanetaria para pulir su agresividad.

No necesitaba mucho para estallar y llevarse por delante a todo bicho viviente.

En la academia, se juntó con un grupo variopinto de seres inadaptados que lo tomaron como líder por su inteligencia, dotes de mando y capacidad de sacrificio. Uno de aquellos integrantes era una hermosa hadriel de ojos verdes que lo miraba con fervor.

Él no era ajeno a los anhelos de la bella hadriel, pero era inexperto en el arte del amor, lo que lo volvía loco. No sabía cómo hablar con ella; el resto del grupo no sabía dónde meterse. Cada vez que ellos dos coincidían, había momentos tensos e incómodos.

Continuará...

M. D. Álvarez 

sábado, 2 de mayo de 2026

Escapada

Era temperamental y atrevido, y cuando tenía tiempo, que era en raras ocasiones, se dedicaba a cuidar a su hermosa novia. La acompañaba cortésmente cuando ella quería ir de compras y se pasaba horas esperándola en el recibidor, donde ella le mostraba los modelitos más sexis de la tienda de lencería. Ella sabía cómo provocarlo; sabía cómo llevarlo dócilmente al dormitorio, donde ella se lucía con movimientos sensuales que lo iban excitando poco a poco.

A medida que ella desfilaba por delante de él con cada nuevo conjunto, sus ojos brillaban con picardía. Sabía que cada mirada, cada gesto, lo acercaba más a su deseo. Pero había algo más en su mente; un plan que había estado gestando en secreto.

—¿Te gusta este? —preguntó ella, girándose con una lencería de encaje negro que dejaba poco a la imaginación.

Él tragó saliva, incapaz de articular una respuesta. Sabía que estaba atrapado en su juego, pero no le importaba. 

—Es… impresionante —logró decir, su voz un susurro cargado de deseo.

Ella sonrió, satisfecha con su reacción, pero en el fondo sabía que tenía una sorpresa preparada para él. Esa noche era especial; no solo era un simple juego de seducción. Había estado planeando una escapada romántica para ambos, un fin de semana en una cabaña apartada en las montañas.

—¿Sabes? —dijo ella mientras se acercaba a él, deslizando sus dedos por su pecho—. He estado pensando que necesitamos algo más que estos juegos.

Él frunció el ceño, intrigado.

—¿A qué te refieres?

Con un guiño cómplice, ella sacó un pequeño folleto de su bolso y se lo mostró. Era una reserva para una cabaña encantadora rodeada de naturaleza, lejos del bullicio de la ciudad.

—He reservado este lugar para nosotros —anunció con una sonrisa traviesa—. Solo tú y yo durante todo el fin de semana.

Él no pudo evitar sonreír al escuchar eso. La idea de escapar juntos le llenó de emoción. 

—Eso suena increíble —dijo él, sintiendo cómo la adrenalina recorría su cuerpo.

Pero justo cuando el ambiente se llenaba de promesas y expectativas, el sonido del teléfono interrumpió el momento perfecto. Ella frunció el ceño al ver quién llamaba; era su jefe, y sabía que no podía ignorarlo.

—Lo siento —dijo ella con un suspiro—. Tengo que atender esto.

Mientras hablaba por teléfono, él se quedó allí parado, sintiendo cómo la energía entre ellos se desvanecía momentáneamente. Sin embargo, no podía dejar que esto arruinara sus planes. Así que decidió aprovechar ese tiempo para pensar en cómo hacerla sentir especial durante su escapada.

Cuando terminó la llamada, ella se dio cuenta de que él había estado contemplativo.

—¿Todo bien? —preguntó ella al notar su expresión seria.

Él sonrió y decidió ser directo:

—Quiero hacer algo especial para ti durante el fin de semana. Quiero que sea perfecto.

Ella lo miró sorprendida y emocionada al mismo tiempo.

—Me encanta esa idea —respondió ella con una chispa en los ojos—. Estoy segura de que será inolvidable.

Con esa promesa flotando en el aire, ambos sabían que estaban a punto de embarcarse en una aventura llena de pasión y descubrimientos mutuos.

 Y mientras él la miraba a los ojos, entendió que esta escapada podría llevar su relación a un nuevo nivel; no solo sería un juego de seducción, sino también una oportunidad para conectarse más profundamente.

M. D.  Álvarez 

viernes, 1 de mayo de 2026

Paracaidistas verdes.

—¡Seréis miedicas!, les gritó desde la rampa de saltos de aquel DC4. —Si no saltáis, os arrojo yo mismo, rugió, lanzándoles una mirada aterradora a aquel grupo de paracaidistas principiantes. 

—Tú, el de mono rojo, ven aquí, rugió el capitán. 

El aterrorizado paracaidista se acercó tembloroso hacia su capitán, que lo jaló y arrojó por la rampa sin contemplaciones. 

—Tú, el azul, o saltas o te arrojo. El del mono azul saltó aterrado. 

—Tú, el del mono amarillo, salta —dijo, fijando sus pupilas azules en él. 

Este último paracaidista se negaba a acercarse a la rampa, lo que le valió tal cantidad de improperios, y al ver que aquella fiera se le venía encima, saltó.

—Si es que cada día me los mandan más verdes, bufó el capitán, saltando tras ellos.

M. D. Álvarez 

jueves, 30 de abril de 2026

El terroncito. II parte.

La diosa, con el corazón apesadumbrado, decidió que no podía esperar más. Con la flor iridiscente en su mano, sintió la energía que emanaba de ella; era un símbolo del amor inquebrantable que su terroncito le había entregado. Inspirada por su valentía y determinación, se dispuso a cruzar el umbral entre su brillante reino y el sombrío bosque oscuro.

Al acercarse al límite del bosque, la luz a su alrededor comenzó a desvanecerse. Las sombras parecían moverse con vida propia, susurrando secretos olvidados y ecos de desesperanza. Sin embargo, la diosa no se dejó intimidar. Con cada paso, su amor por el licántropo iluminaba su camino, creando un sendero de luz en la oscuridad.

Mientras avanzaba, se encontró con criaturas del bosque: espectros de almas perdidas que la observaban con curiosidad. Sin embargo, no se detuvo. Sabía que debía encontrar a su terroncito antes de que fuera demasiado tarde.

Finalmente, tras lo que pareció una eternidad, llegó a una cueva profunda y oscura. Allí escuchó un suave lamento que resonaba entre las paredes de piedra. Su corazón latía con fuerza mientras se acercaba al sonido. Cuando entró en la cueva, encontró a su amado licántropo, atrapado en un resplandor tenue que parecía alimentarse de su esencia.

—¡Terroncito! —exclamó la diosa, extendiendo la mano hacia él—. Estoy aquí.

El licántropo levantó la vista y sus ojos azules brillaron con reconocimiento y amor. —No debiste venir —dijo con voz débil—. Este lugar es peligroso.

—El amor verdadero puede enfrentar cualquier sombra —respondió ella con firmeza—. Te liberarás porque nuestro amor es más fuerte que este cautiverio.

Con la flor iridiscente en mano, se acercó al licántropo y comenzó a recitar palabras antiguas llenas de poder y esperanza. La luz de la flor iluminó la cueva mientras un suave resplandor rodeaba al licántropo, disipando las sombras que lo mantenían prisionero.

Poco a poco, las cadenas invisibles comenzaron a romperse y el licántropo fue liberado, abrazando a la diosa con fuerza. Juntos salieron de la cueva hacia el resplandor del día.

Su vínculo se hizo muchísimo más férreo. Regresaron al reino de la diosa, donde el dulce licántropo corrió libre y desaforado gracias al amor que la diosa le brindó. Siempre regresaba junto a ella con hermosos presentes que el terroncito le traía de sus correrías.

M. D. Álvarez 

miércoles, 29 de abril de 2026

El terroncito.

Que les va entregando pedacitos de su propia alma, blanca y pura, a modo de alimento. Así se complace la diosa más dulce, bondadosa y afable. Sus adorables ojos verdes abarcaban a todas sus criaturas, pero había una en especial por la que la diosa tenía una singular predilección: era un lindísimo licántropo de ojos azules que se resistía a sus encantos, empecinado en correr salvaje por los prados donde la diosa acostumbraba a reposar.

Un buen día, mientras la diosa alimentaba con tiernos trocitos de su alma inmortal a todas las criaturas que pululaban a su alrededor, no vio a su terroncito alocado corretear a su alrededor y se preocupó, diciendo: —¿Dónde estará ese granujilla que me ha robado el corazón?" 

Las adorables criaturas conocían la debilidad de la diosa por aquel aguerrido y salvaje licántropo, y le dijeron: —Hace días que no lo vemos; creemos que se internó en el bosque oscuro. Dijo que iba a buscar un presente para ti, amada diosa.

—El bosque oscuro es un territorio vedado; ni yo misma tengo el poder de acercarme, aunque quisiera —dijo ella, pesarosa. 

Transcurrieron los días y los meses, y su terroncito no daba señales de vida, hasta que un buen día apareció a los pies de la diosa un hermoso presente: una preciosa flor de colores iridiscentes. Ella supo quién se lo había traído: su adorable terroncito. Lo busco en la espesura de la hierba alta y esos confines de su colorido reino pero no lo encontró su corazón se entristeció y claro a su divino padre. 

—Amado padre, deseo encontrar a la más adorable criatura; es indómita, salvaje, pero tiene un corazón de oro, refirió sumisa la divina diosa.

—Tu adorada criatura se encuentra atrapada en el mundo de las sombras; solo su gran amor hacia ti lo mantiene con vida. Robó la más hermosa flor como presente para ti, mi divino tesoro, respondió con dulzura el regio padre. —Solo el amor verdadero lo podrá liberar de su cautiverio, sentenció el rey padre con tristeza.

Continuará...

M. D. Álvarez

martes, 28 de abril de 2026

La amistad que alimenta el alma.

Adiós, mamá, adiós. Oyó cómo se despedía la chiquilla antes de subirse al autobús que la llevaba al colegio. 

Se sentó al lado de su mejor amigo, que siempre le guardaba el asiento, colocando su mochila para que ninguno de los otros chiquillos le quitara el sitio a su mejor amiga. Como todas las mañanas, llevaba una provisión extra de emparedados; sabía que su amigo no comía lo suficiente y estaba perdiendo peso. 

La madre de su mejor amigo no ganaba lo suficiente como para alimentar a su querido hijo, pero gracias a aquella dulce niñita, su hijo comía todos los días.

M. D. Álvarez 

lunes, 27 de abril de 2026

El centinela.

El viejo faro de piedra se alzaba como un centinela solitario frente a la furia del Atlántico. Durante décadas, su luz giratoria fue el único latido de esperanza en la negrura absoluta, guiando a los barcos lejos de los afilados arrecifes que acechaban bajo la espuma.

Aquella noche, la luz parpadeó de forma extraña. El farero, un hombre recio, ajustó la lente justo a tiempo para ver cómo una pequeña embarcación se aproximaba peligrosamente a la fila dentada de los arrecifes y hizo sonar la sirena para que variaran el rumbo.

La embarcación viró justo a tiempo. Aquel impresionante faro había salvado la vida de mi padre, el capitán de aquel pequeño pesquero que regresaba a casa con su amor.

M. D.  Álvarez