lunes, 24 de agosto de 2026

Cuando una rama cae en el bosque.

Fue el momento en que mataron al árbol cuando la rama donde estaban subidos cedió, tronchándose; no aguantó el peso de aquel aguerrido licántropo y su compañera, que se ocultaban bajo el follaje.

Su escondite fue descubierto, pero el bosque, en su sabiduría, conspiró para que no los vieran, ya que se encontraban en uno de los muchos claros de tan magnífico bosque.

—Tendré que construir un nuevo refugio para nuestros encuentros —dijo el licántropo, dejando a su amada en el suelo.

M. D. Álvarez 

La llave. II parte.

El licántropo bajó las escaleras de la cabaña con agilidad felina, los músculos de sus piernas desnudas y cubiertas de un vello oscuro tensándose con cada movimiento. En la cocina, el agua ya hervía en la tetera —como si ella lo hubiera preparado todo antes de acercarse a la ventana— y el aroma a bergamota del té Earl Grey llenaba el aire cálido. Sin embargo, mientras colocaba la taza en una bandeja de plata, un leve temblor le recorrió la espalda. No era miedo, sino algo más profundo: el eco de un antiguo instinto, enterrado bajo capas de devoción, que ahora arañaba desde adentro.

Arriba, ella permanecía junto al ventanal, pero ya no miraba el bosque. Sus ojos, de un verde esmeralda que parecía brillar con luz propia, estaban fijos en el suelo húmedo junto al porche. Allí, apenas visible entre la maleza, había una marca: la huella de una pisada humana, pero demasiado perfecta, como si alguien la hubiera dibujado con cuidado. Un símbolo. Un mensaje.

Lo sabía. Ellos habían vuelto.

No era la primera vez que su pasado la alcanzaba. Pero antes, siempre había logrado mantenerlo alejado, borrando rastros, moviéndose en la oscuridad. Esta vez, sin embargo, el olor a azufre persistía, flotando entre los pinos como una advertencia. No podía permitir que él lo supiera. Su licántropo, tan feroz y tan tierno, tan entregado... no estaba preparado para esa parte de ella. Para lo que ella había sido antes de encontrarlo.

Oyendo sus pasos acercarse por las escaleras, apretó los puños. La sonrisa maliciosa se desvaneció, reemplazada por una expresión de dulce expectativa. Él entró en la habitación con la bandeja, orgulloso como un cachorro que trae su primer premio de caza, y ella se volvió hacia él, las manos extendidas para recibir la taza.

—Gracias, mi amor —susurró, llevando el borde de porcelana a sus labios. Él se sentó a sus pies, apoyando la cabeza en sus rodillas, y ella, con la mano libre, acarició su pelo áspero y cálido. Él emitió un gruñido de satisfacción, cerrando los ojos.

Pero sus pensamientos ya no estaban con él. Volaban hacia la cueva oculta, a tres kilómetros al este, donde había dejado las ofrendas. El fuego de anoche no era para calentarse, sino para sellar un pacto. Y el olor a azufre no era casual: era la firma de quienes habían venido a cobrarlo.

Esa tarde, mientras él dormitaba al sol del porche, ella se deslizó fuera de la cabaña. Caminó rápido y en silencio, su figura esbelta desapareciendo entre los árboles. Llegó a la cueva justo cuando el sol comenzaba a teñir el cielo de naranja. Allí, en la entrada, encontró lo que temía: tres figuras encapuchadas, inmóviles como estatuas. El aire olía a tierra mojada y a metal quemado.

—Pensamos que habías olvidado la cita, hermana —dijo el del centro, con una voz áspera, como piedras rozándose.

—No he olvidado nada —respondió ella, con una frialdad que nunca mostraba en casa—. Pero el trato ha cambiado. No les daré lo que piden.

El de la izquierda dio un paso adelante. —El pacto fue sellado con sangre. Con su sangre, la de tu linaje. No puedes romperlo.

Ella sonrió, pero esta vez no había rastro de la ternura que mostraba a su licántropo. Era una sonrisa afilada, letal. —Observen —dijo simplemente, y alzó una mano.

Desde las sombras de la cueva, algo se movió. Unos ojos brillaron en la oscuridad, seguidos de otro par, y otro más. Eran lobos, pero sus siluetas parecían fundirse con la penumbra, y sus miradas eran demasiado inteligentes para ser animales. Los hombres encapuchados retrocedieron, sorprendidos.

—No vine sola —añadió ella, y en su voz resonó un eco de poder ancestral—. Y él, aunque no lo sepa, también es parte de esto ahora. Si insisten, tendrán que enfrentarse a más de lo que esperan.

Mientras hablaba, a lo lejos, en la cabaña, el licántropo despertó sobresaltado. El viento había cambiado, y ahora traía hasta él, nítido e inconfundible, el olor de su amada mezclado con el de peligro, de magia antigua y de enemigos. Sus ojos ámbar destellaron. Por primera vez, el amor y el instinto no luchaban dentro de él, sino que se alineaban en un mismo propósito: protegerla.

Con un salto, salió del porche y se lanzó hacia el bosque, siguiendo su rastro sin vacilar. Esta vez, no corría para complacerla. Corría para encontrarla, para enfrentar lo que fuera que amenazaba el mundo que habían construido juntos. Y en su pecho, un nuevo fuego ardía: el de un protector que, por fin, estaba despertando.

M. D. Álvarez 

domingo, 23 de agosto de 2026

La sangre de Medusa.

Fue el momento en que mataron al árbol, justo cuando la flecha se clavó en su recia corteza. La punta, impregnada de la sangre de la Gorgona Medusa, hizo que el majestuoso árbol muriera al instante.

La divina Diana lloró amargamente, pues aquel frondoso y exuberante árbol estaba dedicado a ella. No era un árbol cualquiera; era su árbol. Su padre lo plantó cuando ella nació, y ahora yacía seco, totalmente muerto por una flecha lanzada por la bella Atalanta, una joven de su séquito.

M. D. Álvarez 

La llave.

El único apoyo que tenía era el de su pareja, un aguerrido y atento licántropo que bebía los vientos por ella. Era un auténtico amor; nunca se dejaba ni un detalle con ella, la mimaba, y a ella le gustaba cómo se desvivía por ella y le dejaba hacer. Era un encanto; adoraba verlo salir corriendo cuando ella le pedía algo. Por las noches, adoraba sus caricias y lametones. Era un licántropo inexperto, pero suplía sus carencias con suaves gruñidos que ella parecía adorar.

Una mañana, el licántropo se despertó sobresaltado por un olor que conocía bien, aunque hacía mucho que no lo percibía: la humedad de la tierra recién removida y algo parecido al azufre. Giró su cabeza, que aún conservaba la forma alargada y peluda de la noche, y vio a su pareja de pie junto al ventanal, observando el bosque con una intensidad inusual.
—¿Qué pasa, cielo?", preguntó él con un gruñido bajo, sus ojos ámbar fijos en ella.

​Ella tardó un instante en responder, como si estuviera sopesando la verdad. —Nada importante, amor. Solo... me pareció ver un rastro, quizás el de un ciervo, moviéndose demasiado cerca de aquí. No te preocupes por ello; solo vuelve a dormir, mi guerrero. Hoy tienes que estar fuerte", dijo con una sonrisa que no llegó a sus ojos.

​Él no se conformó, pero la adoración que sentía siempre ganaba la batalla a su instinto. No obstante, al acercarse a besar su mano, sus orejas captaron un detalle que lo hizo dudar: la suavidad del terciopelo de su bata olía levemente a sangre y a una flor silvestre que solo crecía en lo profundo de las cuevas. Ella notó su intranquilidad y rápidamente le dio una orden, suave, pero firme.
—Corre, cariño. Tráeme el té de la cocina, y no demores. Necesito mis energías para enfrentarme al día.

​El corazón del joven licántropo dio un vuelco de emoción. Correr por ella era su mayor deleite. Salió disparado de la habitación, la inquietud olvidada por el placer de complacer a su amada. Ella suspiró aliviada, y al ver que ya no estaba, sus labios dibujaron una sonrisa mucho más genuina, una que mezclaba la satisfacción y una pizca de malicia. No era un rastro de ciervo lo que la había atraído a la ventana, sino el recuerdo del pequeño fuego que había extinguido antes del amanecer, un fuego que no era para ella, sino para los otros

Continuará...

M. D. Álvarez 

sábado, 22 de agosto de 2026

La cabaña en el árbol.

Fue el momento en que mataron al árbol cuando la cabaña en el árbol explotó con una carga de demolición.

 Necesitaban despejar el camino, ya que por ahí debía pasar una de las fuerzas telúricas y necesitaban tener acceso directo a ella si querían que él alcanzara todo su potencial.

La onda expansiva no solo astilló la madera; fracturó el silencio de la montaña. Al caer el coloso, la tierra rugió, liberando un torrente de energía esmeralda que ascendió por las grietas. Él aguardaba en el epicentro, sintiendo cómo el pulso del mundo, ahora sin obstáculos, inundaba finalmente sus venas.

M. D. Álvarez 

Ella es el sol.

Hasta que se apague el sol, susurró con ternura al oído de ella, que permanecía sumida en un sueño profundo. Se recostó a su lado sin intención de abandonarla en la profundidad de sus sueños.

Él era quien la rescataba de las batallas oníricas, donde las sombras la asaltaban por su luz. Su amor lo convertía en el guardián de sus sueños, donde su vida transcurría entre batalla y batalla, hasta que el sol se extinga; entonces él la sacará y el sol volverá a brillar.

M. D. Álvarez 

viernes, 21 de agosto de 2026

El grabado de amor

Fue el momento en que mataron al árbol, cuando tuvieron que talarlo para leña. 

Aquel árbol fue donde Marcus grabó el nombre de Angie y el suyo dentro de un corazón. 

Ante el dilema de morir congelados, el árbol, que tenía la misma edad que ellos y fue plantado cuando los dos nacieron como símbolo de un amor imperecedero, debía sucumbir al hacha. 

Marcus recortó el trozo de corazón y lo guardó como un tesoro; se lo entregó a Angie, que lo miró entristecida. Aquel árbol era el símbolo de su amor.

—Tuve que hacerlo, solo quedaba nuestro árbol —dijo Marcus—. No dejaré que te congeles.

M. D. Álvarez