viernes, 25 de septiembre de 2026

El cráter del licántropo.

¿Quién le iba a decir a ella que en aquel apartado cráter de 500 kilómetros de diámetro, ganado por una jungla impenetrable que lo cubría en toda su extensión, se encontraba el más gallardo, atrevido y salvaje de los licántropos australes?
Era el último de su especie y guardaba con celo su hogar. Ella lo descubrió cuando se disponía a internarse en la jungla impenetrable para hallar el centro del cráter y tratar de encontrar los restos del asteroide.

Un buen día, descubrió unos grandes ojos azules que la observaban curiosos tras unas grandes hojas de un gran taro gigante. Ella se acercó disimuladamente, pillando por sorpresa a tan brioso espécimen, que al verse descubierto salió como una centella en dirección al centro del cráter.

—Espera, no huyas... —gritó ella, pero ya era tarde; a la velocidad en que desapareció, no lo alcanzaría.

Al día siguiente, ella seguía inspeccionando el borde del cráter y sintió como si alguien o algo la observara, pero prefirió ignorarlo. Sabía que el primer contacto debía ser primero con los oriundos del lugar.

Continuará...

M. D. Álvarez 

El destructor de mundos.

Las olas apenas los balancean suavemente con ternura, después de bapulearlos contra los arrecifes, destrozando sus cascos de madera de sándalo. 

La naturaleza de su viaje era sagrada; debían transportar al destructor de mundos y a su augusta madre por separado a un lugar seguro. Por eso, cuando el dios del mar desató todas las tempestades, el destino de aquel niño estaba sellado. 

De pronto, un llanto resquebraja los cielos; el chiquitín había sobrevivido, protegido en un arcón de madera de ofir que era mecido con suavidad. 

M. D. Álvarez 

jueves, 24 de septiembre de 2026

Romántico melancólico.

Las olas apenas los balancean como si fueran columpios mecidos por la brisa. 

Esos mismos columpios donde él se declaró, rodilla en tierra y bajo un aguacero torrencial, ahora eran trasladados por dos transbordadores en dirección a su isla privada, donde pasarían a formar parte de su colección de momentos románticos con los que a Héctor le gustaba agasajarla. 

Ella se dejaba querer; sabía lo mucho que significaban para él los recuerdos. No tenían recuerdos felices, y ella llenó todos los vacíos, como olas trayendo la alegría a su vida.

M. D. Álvarez

El roble ancestral.

Su tronco recio y fuerte los albergaba, cobijándolos bajo sus fuertes ramas. Era el roble ancestral del bosque, testigo silencioso de sus encuentros. Su amada, con un trozo de carbón en mano, talló su nombre en su grueso tronco y el nombre de su aguerrido amante, entrelazados en un corazón imperfecto. 

El viento susurraba entre las hojas, como si aprobara su amor clandestino. Él la observaba, sus ojos brillando con la misma intensidad que las estrellas que pronto asomarían entre las copas. Sabía que bajo la protección de aquel viejo roble, su amor florecería, inmune al paso del tiempo y a las miradas ajenas. 

Allí, en la intimidad del bosque, eran solo ellos dos, unidos por un secreto grabado en la corteza.

M. D. Álvarez 

miércoles, 23 de septiembre de 2026

El tritón, la sirena y el kraken.

Las olas apenas los balancean, como si trataran de arrullar el sueño del noble tritón y su amada, después de una larga travesía por los siete mares.

El joven tritón, por fin, había logrado alcanzar a la hermosa sirena. Pero algo turbó su sueño: el dios del mar no consentiría que aquel magnífico tritón fuera el galán de su hija favorita y envió al aterrador kraken para separarlos.

No contaba con que ella lo amara tanto que se interpusiera entre aquel monstruo y su amado. El dios del mar tuvo que dar su brazo a torcer y aceptar que aquel apuesto tritón era el favorito de su hija.

M. D. Álvarez

El nido vacío.

—No vas a ir corriendo a refugiarte en los brazos de tu idílico licántropo, porque si lo haces, le daremos caza y de su magnífico cuerpo no quedará ni su mullido pelaje ni sus adorables ojos celestes. ¿Me has comprendido? —dijo su padre al ver la mirada de estupor de Angie. La había atrapado cuando trataba de regresar con Marcus.

Él la esperaba, como todas las mañanas, en su nidito de amor, el lugar donde se conocieron y disfrutaban de gratos momentos antes de volver a la cruda realidad de un mundo que no los quería ver felices ni contentos.

Marcus sintió que algo iba mal; ella no había aparecido en la cueva que él tanto engalanaba para su dulce Angie.

Con cautela, Marcus se encaminó a la casa que Angie compartía con sus padres. La vio por la ventana en su habitación, con la puerta cerrada. Llamó con suavidad a la ventana; ella, al verlo, se asustó por lo que su padre había dicho. Abrió la ventana y dijo: —Mi amor, no debiste venir, mi alocado y dulce bribón. Mi padre te la tiene jurada y, si te encuentra aquí, te matará.

Marcus suspiró y dijo: —Yo te quiero y no habrá nada ni nadie que me impida verte.

Angie lo abrazó y besó con dulzura. Le dijo: —Ve a nuestro lugar secreto; yo iré en cuanto me libre de la vigilancia de mi padre. Sé que mamá comprende lo que siento por ti y me ayudará a salir.

M. D. Álvarez 

martes, 22 de septiembre de 2026

​La espada por el alma

Se arrodilló ante aquella mole y alzó sobre su cabeza la espada Tsurugi, con la que había derrotado a miradas de enemigos, pero ahora tocaba rendirla ante la posibilidad de perder al amor de su vida. Su orgullo y devoción por ella lo obligaban.

No sería un verdadero caballero si permitía que la dañaran.

​La bestia, una criatura de piedra y musgo con ojos de ámbar, extendió una mano del tamaño de un carruaje. El caballero, sin dudarlo, colocó la Tsurugi, la hoja más afilada de todo el reino, en la palma de la criatura. El metal resplandeciente contrastaba con la piel áspera de la mole. Un susurro grave, más una vibración que un sonido, emergió del pecho del gigante:

—Acepto tu ofrenda, joven mortal. El camino hacia tu amada está ante ti —dijo el gigante, echándose a un lado. 

El caballero se alzó y continuó su viaje sin mirar atrás. Al final de su camino se encontraba su amada, su alma.

El sendero terminaba en una pequeña laguna ovalada de plata líquida, un espejo olvidado por la luna sobre el regazo de la tierra. Sus aguas no son transparentes, sino un sueño mercurial, donde el cielo se viste de metal y las nubes se ahogan en azogue. 

Y al otro lado, su dulce diosa, por la que había rendido su fiel Tsurugi, corrió hacia ella, que permanecía inmóvil sobre la mullida tierra. Se arrodilló a su lado, se inclinó y la besó con dulzura. Ella abrió sus verdes ojos y, al verlo a su lado, sonrió y se abrazó a él.

M. D. Álvarez