Volvían cada 2 años; ella lo esperaba con pasión reprimida. Su isla surgía de otros tiempos y otros lares. Cada vez que aparecía, sabía que estaría con él seis meses. Su enamorado regía el deambular de su maravillosa isla. El nombre de tan enigmática y fantasmagórica isla era Agarlion, y el de su regente era Marcus el Indomable. Cuyo nombre significa consagrado de los dioses
Cada vez que las primeras luces del alba iluminaban la isla de Agarlion, ella se encontraba en la orilla, con el corazón latiendo al ritmo del oleaje. Los recuerdos de sus encuentros pasados llenaban su mente, cada risa compartida y cada susurro bajo las estrellas. Sabía que Marcus llegaría nuevamente, trayendo consigo historias de tierras lejanas y aventuras que solo él podía relatar.
El día en que finalmente apareció, su figura se recortaba contra el horizonte, envuelta en un aura de misterio. Su cabello ondeaba al viento como si los dioses mismos lo acariciasen. Ella sintió cómo la pasión reprimida se desbordaba en su pecho, pero también una sombra de preocupación. Las historias contadas por Marcus siempre llevaban consigo un peso; cada regreso traía consigo no solo alegría, sino también desafíos.
—He traído algo para ti —anunció Marcus, acercándose con un brillo en los ojos que prometía secretos ocultos.
Ella lo miró con curiosidad mientras él extendía su mano, revelando un pequeño medallón brillante. Era de un material desconocido, con inscripciones que parecían danzar bajo la luz del sol.
—Este medallón —continuó él— es un vínculo entre nosotros y la esencia misma de Agarlion. Tiene el poder de reforzar nuestra conexión, lo forjé con una de las estrellas que iluminan Agarlion la más bella gema para la gema de mi corazón refirió él colocándolo con delicadeza, alrededor de su grácil.cuello.
Ella lo abrazó con dulzura y lo besó ardientemente tras días de amor loco y paseos matutinos. Él le hizo una proposición:
—Me gustaría mostrarte mi isla, ¿te gustaría verla conmigo? —preguntó tímidamente.
—Sí, claro que me gustaría conocer tu isla —dijo ella con visible entusiasmo.
Al cabo de diez días, él la llevó en brazos, caminando sobre las aguas hasta su amada isla. Los pobladores recibieron con algarabía y vítores a su regente, que traía una posible reina consigo.
Pasearon y disfrutaron de su amor durante todos los días. Él le mostró los lugares más maravillosos y hermosos de su vida. Ella disfrutó de todos los lugares que él le mostró y de todos los momentos que disfrutaron el uno del otro.
Cuando estaban a punto de despedirse, él le dijo:
—Me gustaría que fueras mi reina y te quedaras conmigo aquí. Te trataría como a una diosa; mi pueblo te adora y venera —dijo Marcus con timidez.
—Mi vida, claro que me quedaré contigo. Te profeso un amor intenso y no podría dejarte ahora que te conozco. Sé que tu corazón es noble, igual que tu pueblo; nada me ata a mi tierra.
M. D. Álvarez