miércoles, 10 de junio de 2026

Bolita de pelo. 2da parte.

Pasaron quince inviernos. Yo ya no era aquella bolita de algodón que tiritaba en el hueco de un árbol; ahora mi sombra era larga, mis hombros anchos y mis pasos hacían callar al bosque. Me había convertido en el guardián de las sombras, en aquel al que los aldeanos temían sin conocer, pero mi corazón seguía anclado a aquel linde donde te vi desaparecer de la mano de tus padres.

Nunca me fui del todo. Te observé desde la espesura crecer, tropezar y hacerte fuerte. Sabía que habías vuelto cuando el aroma a jazmín y tierra mojada, ese que solo tú desprendías, inundó el aire del valle.
Te encontré en el mismo claro, sentada sobre una roca, mirando hacia la penumbra de los árboles. Ya no eras la niña de manos regordetas, sino una mujer de ojos verdes que parecían buscar algo perdido. Me acerqué con cautela, ocultando mis garras bajo el musgo, temiendo que esta vez el hombre que habita en mí, o la bestia que lo protege, te asustara.

Pero cuando una rama crujió bajo mi peso, no gritaste. Te levantaste despacio.

—Sabía que seguías aquí —susurraste, y tu voz era la melodía que me había mantenido cuerdo en las noches de luna llena.

Me quedé paralizado en la frontera entre la luz del sol y la oscuridad de los pinos. Mis ojos azules se encontraron con los tuyos. Por un instante, volví a sentirme aquel cachorro indefenso ante tu bondad. Diste un paso hacia mí, sin miedo al monstruo del que todos hablaban, extendiendo tu mano como lo hiciste aquella noche en el árbol.

—Todavía tiritas —dijiste con una sonrisa triste, notando el leve temblor de mi respiración contenida.

En ese momento comprendí que, aunque el mundo nos viera como la bella y la bestia, para nosotros el tiempo no había pasado. Yo seguía siendo tu protector, y tú seguías siendo mi hogar.

M. D. Álvarez 

martes, 9 de junio de 2026

Bolita de pelo.

Cuando contabas con dos añitos, eras muy lanzada. Te fuiste al bosque a pesar de que tus padres te habían advertido de que había un monstruo. Te encontré dormidita en un huequito de un árbol. Eras adorable, estabas tiritando y me tendí cerquita de ti para darte calor. Todavía tiritas y me acerqué otro poquito más a ti, tu pequeño cuerpecito; debiste de sentir el calorcito de mi cuerpo. 

Abriste los ojillos, que eran verdes, y me miraste extrañada en vez de asustada. Era una pequeña bolita de pelo suave y algodónoso. Abrí los ojos y te vi mirarme con visible alegría. Tus regordetas manitas juguetearon con mis diminutas orejillas.. 

Te debí de parecer achuchable, pues me agarraste con determinación de no soltarme. A pesar de ser tan chiquitín, podía ver tu bondad y, aunque notabas que no te quería hacer daño, permaneciste agarradita a mí y no querías soltarme. 

Al amanecer, escuché un leve crujido en la maleza y me levanté justo a tiempo; era un oso aterrador, pero no me moví de tu lado. Aún con mi aspecto de tierno peluche, enseñé mis colmillos; aquello no pareció amedrentar a tan fiero oso. Así que me alcé sobre mis dos patitas traseras y gruñí. No sé si por desidia o porque vio algo en mis ojos, el oso se alejó. Volví a tu lado; seguías durmiendo. Con los primeros rayos del sol, abriste tus adorables ojillos. Me tenías sujeto con suavidad, pero seguía despierto observándote.

El bosque despertaba. Los pajaritos trinaban a lo lejos y se oían voces que llamaban. Tú reconociste la voz de tus padres y, a pesar de tu corta edad, te levantaste. Te ofrecí mi lomo para que te apoyaras y te acompañé al linde del bosque. Dócilmente, te di un pequeño empujoncito con mi hocico y me adentré en el bosque. Me volví a mirar y te vi abrazando a tus padres; a la vez, tenías tus preciosos ojillos mirándome y sonriendo.

Aquella fue la primera vez que supe que te quería.

Continuará...

M. D. Álvarez 

lunes, 8 de junio de 2026

Heterocromía.

Sus ojos de dos colores, uno azul y otro verde, le conferían un don: era capaz de ver con su ojo azul mundos etéreos y con su ojo verde veía la vida en la que se encontraba su preciosa pareja. Su heterocromía la atraía como si no pudiera apartar sus ojos de los de él. Su talento le confería una visión amplia de ambos mundos y, en ambos espectros, ella era su pareja. 

Cada vez que la veía, sentía la irrefrenable necesidad de besarla con una pasión inusitada. Sus compañeros conocían su don y obedecían sus órdenes, pues era capaz de vislumbrar los ataques antes de que ocurrieran.

Respetaban su unión; es más, la alentaban. Sabían lo mucho que él había sufrido por su heterocromía; lo habían menospreciado hasta que ella lo encontró. No había logrado controlar su don, pero con ella su poder se centró y consiguió dominarlo.

Mientras él disfrutaba de la belleza de su mundo verde junto a ella, una sombra oscura comenzó a extenderse desde el mundo etéreo. Era un lugar que él había visto en visiones: un reino donde las criaturas se alimentaban del miedo y la desesperación, amenazando con cruzar hacia la vida real. 

Una noche, mientras contemplaba las estrellas junto a ella, sus ojos brillaron intensamente; la visión se hizo más clara. Vio cómo esa sombra buscaba infiltrarse en su mundo, arrastrando consigo el caos. La imagen era aterradora: seres alados y oscuros emergían, dispuestos a devorar todo lo que encontraran a su paso.

Con el corazón acelerado, se volvió hacia ella:

—Debo protegerte —le dijo con urgencia—. Necesito saber cómo detenerlos.

Ella lo miró fijamente, sus ojos reflejando una mezcla de preocupación y determinación.

—No puedes hacerlo solo —respondió—. Juntos hemos superado tanto; enfrentemos esto juntos.

Él usaría su don para anticipar los movimientos de los seres oscuros, mientras ella, junto a su grupo de amigos, luchaba bajo sus órdenes. En cada encuentro con esas sombras, su vínculo se reforzaba; cada victoria era un recordatorio de que juntos eran invencibles.

A medida que luchaban contra la oscuridad, descubrieron secretos ocultos sobre sí mismos y sobre el poder del amor verdadero: no solo podían luchar por su mundo, sino también por aquellos que no podían defenderse.

M. D. Álvarez 

domingo, 7 de junio de 2026

La yegua.

No sabe si será capaz de matarla. Con todo el tiempo que le había dedicado a aquella hermosa yegua, tras el accidente de su preciosa pequeña, lo único que iluminaba su angelical rostro era verla galopar libre. Hasta que una de sus patas se trabó en un hoyo y se partió. 

Aquello fue un duro golpe para su chiquilla. Probó todos los remedios, entablillando el metacarpo para no tener que sacrificar a la yegua favorita de su pequeña. Al final, el hueso soldó sin complicaciones, cosa que agradeció su dulce angelito. Su sonrisa era lo que más quería.

M. D. Álvarez 

sábado, 6 de junio de 2026

Arena roja.

No sabe si será capaz de matarla después de la titánica pelea contra ella. Exigieron que diera muerte con el pulgar hacia abajo. 

No podía ocultar los sentimientos hacia ella y se negó, siendo apartado de ella, que siguió luchando con valor y entereza, mientras a él lo ajusticiaban con una cuchillada en la cervical. 

Cuando ella finalizó la lucha, se dirigió al lugar donde él estaba tendido sin vida. 

El emperador alzó su pulgar como signo de vida, pero ella siguió abrazada a su amor, aún después de terminados los juegos. No lo dejó solo hasta que los camilleros lo sacaron de la arena.

M. D. Álvarez 

viernes, 5 de junio de 2026

Ronroneos.

Creyó perder la cordura con el leve roce de sus manos sobre su piel. La suma delicadeza con la que acariciaba su belluda piel hacía que se deshiciera de placer. Su animal acababa de surgir de forma espontánea, como llamado por las caricias que ella le propinaba. Con leves ronroneos, mostraba su estado de satisfacción; ella se fundió sobre su piel, abrazándolo y rozando con dulzura su hermosa piel dorada, llevándolo al éxtasis más apasionado. 

Al amanecer, él volvió a su ser; viéndola satisfecha, la besó cálidamente con tiempo y ternura. Ella le correspondió; había satisfecho al animal, ahora él la colmaría de caricias y besos. 

El sol se alzaba lentamente, tiñendo la habitación de un dorado suave que parecía abrazar sus cuerpos entrelazados. Ella sonrió mientras sus dedos jugaban con el cabello de él, sintiendo cómo cada hebra se deslizaba entre sus manos como si fueran hilos de luz. 

Él, aún embriagado por la experiencia de la noche anterior, se dejó llevar por el momento. La calidez de su piel contra la suya era un recordatorio palpable de lo que habían compartido. Con cada caricia, cada beso, la conexión entre ellos se hacía más fuerte, como si sus almas estuvieran entrelazadas en un eterno vals.

“¿Siempre será así?” preguntó ella en un susurro, mirando a los ojos de él con una mezcla de vulnerabilidad y deseo. 

Él sonrió y acarició su mejilla. “Siempre que estemos juntos, el animal siempre estará presente”, respondió, su voz profunda y tranquila. “Es parte de lo que soy.”

Ella se sintió reconfortada por sus palabras, pero también intrigada por lo que significaba esa dualidad en su relación. ¿Podrían mantener ese equilibrio entre lo salvaje y lo tierno? ¿Serían capaces de explorar las profundidades de su conexión sin perderse en el camino?

Decidieron levantarse y compartir el desayuno, una pequeña rutina que les traía felicidad. Mientras preparaban café y tostadas, las risas llenaron la cocina, creando un ambiente cálido y acogedor. Cada mirada cómplice y cada gesto cariñoso reafirmaban su vínculo.

A medida que el día avanzaba, ella sintió una chispa de emoción al pensar en las posibilidades que les esperaba. Quería explorar no solo el deseo físico, sino también los rincones más profundos de su ser compartido.

“¿Te gustaría salir a caminar después del desayuno?” sugirió ella con una sonrisa traviesa. “Quiero mostrarte un lugar especial.”

Él levantó una ceja, intrigado. “¿Un lugar especial? Ahora estoy aún más curioso.”

“Confía en mí”, dijo ella con una risa suave. “Te prometo que valdrá la pena.”

M. D. Álvarez 

jueves, 4 de junio de 2026

Un 4 de junio.

Mi nacimiento no fue esperado, pero aun así fui bien recibida. Os preguntaréis a qué viene esta reflexión; muy fácil: nací con un defecto físico: tenía un corazón enorme.

Los médicos dijeron que no lograría subsistir, pero aquí sigo, dando guerra. Pero a lo que íbamos, soy un ser con un poder muy especial.

Fui rescatada por mis amadas musas, que, tras perder a mis padres, se hicieron cargo de mí, arrullando mi sueño y cuidando de que mi existencia tuviera sentido. Y vaya si lo tiene: mi imaginación es desbordante y creativa, algo necesario en el mundo tan caótico que me ha tocado vivir.

Puede que en esta época, donde parece que estamos al borde de la destrucción total de nuestra existencia, sea necesario para algunos. Gracias a mis musas, he logrado acallar los gritos de dolor de un mundo agonizante y falto de imaginación.

M. D. Álvarez