jueves, 23 de julio de 2026

Y tu le consientes.

—¿Qué haces con el sombrero del abuelo? —preguntó su madre, que lo observaba perpleja al ver cómo su mozalbete se servía del sombrero de cowboy de su abuelo para imitar a los cowboys de rodeo sobre su tierno corcel, que lanzaba miradas suplicantes a la ama.

—Y tú, encima, se lo consientes —bufó ella. 

El pequeño lobo no quería defraudar a su amigo y se agachó para que el pequeño vaquero se subiera a su lomo y salió al trote, seguido por la madre.


M. D. Álvarez 

miércoles, 22 de julio de 2026

La inocencia infantil.

—¿Qué haces con el sombrero del abuelo? —preguntó horrorizada su madre al ver cómo su pequeño se colocaba aquel capirote blanco que le cubría la cara.

—No entiendo qué ven en este sombrero tan raro y que huele a humo —dijo el chiquillo, quitándoselo y arrojándolo al suelo.

—Mamá, ¿por qué el abuelo es tan raro? No le gusta que juegue con mis amigos.

—No, cielo. No le gusta que juegues con ciertos amigos.

—Pero todos somos iguales, ¿verdad? —preguntó el angelito al ver la mirada de odio en su abuelo.

—Sí, mi amor, todos somos iguales —respondió con resignación su madre, que lo estrechó con dulzura.

M. D. Álvarez

martes, 21 de julio de 2026

En bucle.

¿Qué haces con el sombrero del abuelo? La oyó preguntar antes de desaparecer engullido por aquel enigmático sombrero que lo transportó a un mundo de oscuridad y peligros. Cuando quiso regresar, el sombrero había desaparecido y, en su lugar, solo había un pozo sin fondo, lleno de las tinieblas más aterradoras que un joven guerrero no debería conocer, hasta años después, tras haber peleado en cien mil batallas. 

El tiempo en aquel lugar transcurrió muy despacio. Por eso, cuando logró regresar, se vio a sí mismo antes de ser engullido por el sombrero. No pudo impedir volver a desaparecer, pero ¿recordaría haberse visto antes de ser tragado?

M. D. Álvarez 

lunes, 20 de julio de 2026

Campeones del mundo.

Marcus, como capitán de la selección de España, se sentía eufórico y exaltado. Acababan de ganar la Copa del Mundo y, sin pensárselo dos veces, agarró a Angie y la besó con pasión.

El estadio retumbaba con una marea roja y amarilla de vítores, confeti y luces parpadeantes, pero para Marcus y Angie, el resto del mundo pareció congelarse en ese instante.

​El beso, impulsado por el sudor, la adrenalina y la euforia puramente visceral de ser campeones del mundo, duró solo unos segundos que se sintieron eternos. Cuando Marcus finalmente se separó unos centímetros, con la respiración entrecortada y una sonrisa desbordante, buscó los ojos de Angie.

​Angie, con el micrófono aún sostenido a media altura y los auriculares torcidos por la inercia del abrazo, se quedó petrificada. Sus mejillas ardían casi al mismo ritmo que la iluminación del estadio. La cámara de la televisión nacional seguía fija en ellos, proyectando sus rostros en la pantalla gigante y en los hogares de millones de personas.

​—Marcus... estamos en directo —susurró ella, intentando mantener la compostura profesional mientras una sonrisa involuntaria se le escapaba por la comisura de los labios.

​Marcus dejó escapar una carcajada limpia, con el peso del trofeo aún latente en la memoria de sus manos.

​—Me da igual, Angie. Acabamos de tocar el cielo —respondió él, tomándole el rostro con suavidad antes de darle un rápido beso en la mejilla y girarse hacia la grada, alzando los brazos para unirse al rugido colectivo de sus compañeros.

​Angie parpadeó, se colocó bien el auricular con dedos temblorosos y miró a la cámara. Su voz sonó algo más aguda de lo habitual, pero completamente viva:

​—Bueno... volvemos al estudio. España es campeona del mundo.

M. D. Álvarez 

Vimana de Visnú.

Su familia descubrió una de aquellas carrozas celestes, la de Visnú. Aquel vehículo tenía la envergadura de un edificio de 50 plantas. Lo descubrieron en una mina abandonada, en una descomunal abertura.

Los mineros huyeron asustados; el vehículo era de un material cálido al tacto. No parecía tener ventanillas ni puertas. Marcus ojeó unos grabados en un lateral de aquel vimana; se parecía al sánscrito अहं विष्णुं सेवयामि*. Descifró el grabado y lo recitó. Hubo un leve zumbido y un panel se deslizó hacia arriba. Marcus, un chico carismático e inteligente, se había formado en el Instituto Indio de Ciencias de Bangalore

Entró en el gigantesco vimana; algo lo guiaba a seguir adelante, una fuerza lo empujaba a seguir avanzando hasta llegar al centro de mando. El vimana despedía una cálida luminiscencia que, al llegar a la sala de mando, se hizo más intensa. Marcus vio un gigantesco ser de color azul que parecía dormido a los mandos de su carroza. Se aproximó y pudo comprobar que tenía clavada una माला* en su corazón. Marcus no se lo pensó y extrajo la divina Vel del pecho de Visnú. En cuanto la retiró, la herida comenzó a cerrarse y el gigante abrió los ojos, mirando al joven guerrero que sostenía el arma del dios de la guerra, Murugan.

—Di tu nombre, oh joven de alma noble —resonó la voz del dios en su mente.

—Mi nombre es Marcus, serenísima divinidad —refirió Marcus, postrándose ante el gigante.

—Levántate, noble Marcus. Tú me has despertado y liberado de la maléfica Vel. Pídeme lo que quieras —respondió el gran dios.

—No quiero nada, tan solo haber servido fielmente —respondió Marcus, alzándose.

—Lo has hecho bien. Ve y difunde mi resurgimiento —dijo el gigante, mostrando su siempre amable rostro a su humilde adepto, Marcus.

M. D. Álvarez 

Traducción de términos en sánscrito. 
अहं विष्णुं* सेवयामि।*. Yo sirvo, a Visnú. 
भाला*: Jabalina..

El sombrero del abuelo.

¿Qué haces con el sombrero del abuelo? —preguntó su madre, que lo miraba con orgullo. Su pequeño ya apuntaba maneras para sustituir a su padre.

El abuelo vio en su nieto su vivo retrato. Cuando, siendo un joven retoño, sintió la llamada de aquella capucha tan enigmática, el trabajo siempre fue sucio pero necesario, y había encontrado un relevo para servir a la guadaña.

M. D. Álvarez 

domingo, 19 de julio de 2026

Defensora a ultranza. 2da parte.

La puerta del dormitorio se cerró con un suave clic tras ellos. Sus corazones acelerados parecían latir a un mismo compás.

Ella lo miró con una mezcla de ternura y deseo, sus ojos brillando a la luz tenue de la lámpara.

—"¿Sabes cuánto me preocupan esas misiones arriesgadas?" —preguntó ella, mientras se acercaba a él, dejando que su mano recorriera suavemente su brazo.

Él suspiró, sintiendo el peso de su preocupación. —"Lo sé, pero no tengo otra opción. Ellos no se atreven a hacer nada sin mí. Si no lo hago yo, ¿quién lo hará?" 

Ella negó con la cabeza, acercándose más hasta que sus frentes casi se tocaban. —"No quiero que te pongas en peligro por ellos. Eres más valioso para mí que cualquier misión."

Él sonrió, sintiendo cómo su corazón se derretía ante sus palabras. —"Tú eres mi razón para seguir adelante. Pero no puedo dejar que se salgan con la suya."

—"Entonces hagamos un trato," propuso ella, con un brillo travieso en los ojos. "Si ellos quieren que hagas el trabajo sucio, entonces deben aprender a respetarte. Y si no lo hacen... bueno, ya sabes lo que haré."

Él levantó una ceja, intrigado. —"¿Y qué harás exactamente?"

—"Voy a asegurarme de que entiendan que no pueden aprovecharse de ti." Su sonrisa se amplió, mostrando la determinación que siempre había admirado en ella.

Antes de que pudiera responder, ella lo atrajo hacia sí y sus labios se encontraron en un beso apasionado. El mundo exterior desapareció mientras él se perdía en su dulzura y firmeza. Por un momento, todo lo que existía eran ellos dos.

Cuando finalmente se separaron, ella lo miró fijamente a los ojos. —"Y ahora te voy a compensar por lo que te han hecho padecer", dijo con ternura, empujándolo suavemente hacia la cama. Comenzó a desvestirse con dulzura y suavidad, mientras él la miraba con deleite y fascinación. Su cuerpo delicado y delicioso se exhibía con deseo. La noche fue lujuriosa y llena de delicadeza; deslizó sus dedos por su suave piel, recorriendo cálidamente sus curvas y los dulces contornos.

M. D. Álvarez