miércoles, 28 de octubre de 2026

El divino hijo de Homero.

Con suerte, un punto y seguido le daría la oportunidad de escabullirse entre líneas, ya que era un hábil escapista literario con dotes de redacción impecable y una lírica vertiginosa.

Aquel punto y seguido lo catapultaba a mundos olvidados donde los cuentacuentos eran dioses. Y él era heredero directo del mayor cuentacuentos de la historia. 

Así que, tras el punto y seguido, siguió destilando historias que fluían como ríos a través de su pluma inmortal, pues era hijo del divino Homero, escritor de historias épicas.

M. D. Álvarez 

Loco por ella.

Con suerte, un punto y seguido era lo que necesitaba: su historia y lograría conseguir su final feliz con ella, aunque le costara la vida. Su relación lo traía de cabeza; no sabía por dónde cogerla y sus continuas salidas de tono lo sacaban de quicio.

La última vez que la vio, estaba tonteando con su mejor amigo. Ella sabía que él estaba loco por ella y trataría de apartarlo de ella. 

Cuando vio su frustración en su mirada, calmó su dolor diciéndole: "Tú eres el único que hace latir mi corazón."

M. D.  Álvarez 

martes, 27 de octubre de 2026

El rugido de Angie.

—Marcus, que no me entere de que has estado jugando con tus amigos a ver quién las tiene más grandes.

La oyó rugir; aquello puso en polvorosa a los amigos, que pillaron su ropa y salieron escopeteados por donde pudieron. Muchos no se cruzaron con ella, pero los menos afortunados no tuvieron tanta suerte y salieron con los rostros marcados por la mano de Angie.

Ya en la calle, uno de ellos se volvió y pudo vislumbrar cómo se lanzaba, cual pantera, sobre el cuerpo de Marcus. Lo que no logró comprender es que la cazara al vuelo se la llevara a la cama.

—¿Tú crees que estará bien? —preguntó uno.

—Ese, ese no le teme ni a las panteras en celo —respondió otro, acabando de vestirse—. Seguro que la está calmando como solo él sabe, respondiendo con una sonora carcajada.

M. D. Álvarez

En el viaje a Venus.

—Y si tienes hambre, te esperas a que lleguemos a Venus —dijo el comandante de la nave espacial a la jovencita que lo miraba extasiada.

Su madre corrió a recogerla y dijo: —Mi vida, no molestes al comandante, estará muy ocupado. La chiquilla dijo: —Solo quería saber si me daría una galleta.

El comandante, enternecido, dejó los mandos y se bajó del puesto de pilotaje. —Claro que sí, preciosa. ¿Cómo te llamas? —dijo, sacando una barrita energética.

La chiquilla abrió los ojos como platos y respondió: —Angie, y ella es mi mamá, se llama Ester. Con su regordeta manita, tomó la barrita energética que él acababa de abrir. —Será mejor que vuelvan a sus asientos, respondió con cortesía y una adorable mirada azul.

Continuará...

M. D. Álvarez 

lunes, 26 de octubre de 2026

La cuchillada invisible.

Historias de una mente perturbada», decían sus amigos al verlo escribir como un poseso. Bebía todos los días tres botellas de buen bourbon.

​Uno de los pocos que comprendía su dolor logró sacarlo de aquel pozo sin fondo, aunque solo consiguiera sacar su melancolía a flote. 

Nadie pretendía causarle daño, pero intentar hacerle recordar los tiempos felices con ella terminó por salirles mal: los dejó con un palmo de narices.

​—Venga, no seas así —los oyó protestar desde la barra del bar.

​—No, venga, no. ¿No sabéis que la más leve mención de ella es como una cuchillada en su corazón? —fue lo último que escuchó antes de cerrar de un portazo.

​—Os lo dije, está muy sensible —rugió el amigo que lo había sacado de su encierro. Salió tras él, pero lo vio perderse camino del cementerio. Sabía a dónde iba; lo dejó tranquilo.

M. D. Álvarez 

La peor parte de la caída. 3ra parte.

Marcus despertó de un profundo sueño y se encontró en una habitación blanca y estéril. A su lado estaba Angie y, a los pies de su cama, su hermanita pequeña, que lo miraba con temor. Pero, al verlo abrir los ojos, sonrió abiertamente y dijo:

—Mamá, papá, ya se ha despertado. 

Con sumo cuidado, se subió a un pequeño taburete para abrazar a su hermano mayor, quien sintió una oleada de amor, pero también un dolor agudo que le recorrió el lado izquierdo del cuerpo. Su familia, con la que estaba enfadado por su hobby, se había reunido en torno a él.

—Os dejo, volveré más tarde —dijo Angie.

—Espera, no te vayas —dijo todavía somnoliento.

—Sí, quédate —rogo Helena, aferrándose a la sábana.

La cara de su madre estaba pálida, pero serena; la de su padre, una mezcla de orgullo y una preocupación profunda.

—Los tendones... casi se desgarran por completo —murmuró Marcus, tocando el cabestrallo con la otra mano—. El médico dijo que otro centímetro y...

—Y no lo habrías vuelto a usar—completó su padre, con voz ronca. Se acercó y puso una mano firme en su hombro sano—. Pero salvaste a Angie. Lo que hiciste... —Su voz se quebró, incapaz de encontrar palabras.

Angie, que había permanecido en silencio, se acercó a la cama. Le tomó la mano sana, y Marcus sintió que temblaba.

—Cuando resbalé...solo vi el vacío. Y luego tú... —Sus ojos se llenaron de lágrimas—. Podrías haberte matado, Marcus. Todo por protegerme a mí.

Helena, desde el taburete, apretó su pequeño cuerpo contra él.—Eres un héroe,Marc.

Marcus observó los rostros de su familia. El miedo y el reproche que esperaba encontrar se habían transformado en algo más complejo y abrumador: una gratitud profunda y un terror retroactivo por lo que pudo haber sido.

—No lo dudé —susurró Marcus, mirando fijamente a Angie—. Volvería a hacerlo. Tu seguridad... la de todos ustedes... es lo único que importa.

Su madre se inclinó y le besó la frente.
—Lo sabemos,cariño. Por eso da tanto miedo amarte a veces. Porque eres capaz de dar todo por los demás.

La habitación del hospital pasó a compartirse en el santuario donde se honraba un amor tan feroz que estaba dispuesto a sacrificarlo todo. Y Angie, en lugar de alejarse, entrelazó sus dedos con los de él, sellando un silencio que decía más que cualquier palabra.

M. D. Álvarez 

domingo, 25 de octubre de 2026

El sorgo de Alepo y el dominio de las cuencas.

Vagaba el joven Hadab por los vastos territorios de las cuencas de los ríos Tigris y Éufrates, pero todavía no tenía su característico color verde.

El joven señor, dios de las tormentas y de la lluvia, vio a lo lejos una pequeña choza y se encaminó hacia allí. La choza estaba habitada por una pareja de ancianos que, con el sudor de su frente, apacentaban un rebaño de bueyes y vacas visiblemente flacos.

Hadab se apiadó de los nobles ancianos, que le ofrecieron lo que tenían: una hogaza de pan.

Hadab ofreció una esbelta plantita de tallo largo, hojas alargadas y flores de una tonalidad rojiza o violácea, dispuestas en inflorescencia, y un grano de forma ovalada, y dijo: —Esta pequeña cubrirá las cuencas de los ríos Tigris y Éufrates, y con ella podréis alimentar a vuestro ganado.

Este es el origen de una preciosa plantita. Ah, que no os he dicho el nombre de la planta: es ni más ni menos que el sorgo de Alepo..

M. D. Álvarez