sábado, 13 de junio de 2026

Exquisiteces.

Añoro ese sabor tan delicioso a perejil y a ajo bien picado con el que ella sazonaba la comida de su churri.

Él era su chico buenorro y atractivo, que se comía todo lo que le preparaba. Una noche, fue asaltada por un grupo de maleantes que tiraron por tierra el tupper donde llevaba la cena para él.

—¡Os vais a enterar de lo que vale mi chico! ¡Le habéis dejado sin cenar! —vociferó furiosa.

Tras el grupo, apareció un joven de pelo largo, ondulado y ojos azules que los estampó contra el suelo.

—Lo siento, mi amor. Vamos, te voy a preparar unas exquisiteces —dijo ella, besándolo con ternura.

M. D. Álvarez

viernes, 12 de junio de 2026

La pieza.

Añoro ese sabor tan delicioso a perejil y a ajo bien picado, sazonado sobre su áurea piel, que le daba un aspecto apetecible.

Aunque no se me permitía hincarle el diente a su tierna carne, no hasta que los mayores hubieran degustado su dulce pieza; y solo entonces se me permitiría saciar mi hambre con las pocas migajas que aquellos vejestorios se dignaran a dejarme.

Menos mal que mi augusta madre se valía de su rango y separaba una porción de su más que suculento cuerpo.

Aquella gacela había sido preparada para la manada.

M. D. Álvarez

jueves, 11 de junio de 2026

La ofrenda.

Añoro ese sabor tan delicioso a perejil y a ajo bien picado, sazonado con mimo sobre la comida ofrecida como dádiva a los dioses. Pero aquella ofrenda de paz estaba destinada a un aterciopelado licántropo; esa carne, sazonada con ese aliño, lo volvía loco y dócil. 

Los mismos dioses perdían la compostura por las ofrendas de aquella devota, que tenía como guardián a aquel lindo y atlético licántropo.

​—Este es tu plato; siempre será más grande que el de ellos porque tú eres mi amado y dulce guardián —dijo ella acariciando su denso pelaje.

Los dioses se sintieron ninguneados y trataron de arrebatarle su plato, pero sufrieron el ataque furioso.

M. D. Álvarez 

miércoles, 10 de junio de 2026

Bolita de pelo. 2da parte.

Pasaron quince inviernos. Yo ya no era aquella bolita de algodón que tiritaba en el hueco de un árbol; ahora mi sombra era larga, mis hombros anchos y mis pasos hacían callar al bosque. Me había convertido en el guardián de las sombras, en aquel al que los aldeanos temían sin conocer, pero mi corazón seguía anclado a aquel linde donde te vi desaparecer de la mano de tus padres.

Nunca me fui del todo. Te observé desde la espesura crecer, tropezar y hacerte fuerte. Sabía que habías vuelto cuando el aroma a jazmín y tierra mojada, ese que solo tú desprendías, inundó el aire del valle.
Te encontré en el mismo claro, sentada sobre una roca, mirando hacia la penumbra de los árboles. Ya no eras la niña de manos regordetas, sino una mujer de ojos verdes que parecían buscar algo perdido. Me acerqué con cautela, ocultando mis garras bajo el musgo, temiendo que esta vez el hombre que habita en mí, o la bestia que lo protege, te asustara.

Pero cuando una rama crujió bajo mi peso, no gritaste. Te levantaste despacio.

—Sabía que seguías aquí —susurraste, y tu voz era la melodía que me había mantenido cuerdo en las noches de luna llena.

Me quedé paralizado en la frontera entre la luz del sol y la oscuridad de los pinos. Mis ojos azules se encontraron con los tuyos. Por un instante, volví a sentirme aquel cachorro indefenso ante tu bondad. Diste un paso hacia mí, sin miedo al monstruo del que todos hablaban, extendiendo tu mano como lo hiciste aquella noche en el árbol.

—Todavía tiritas —dijiste con una sonrisa triste, notando el leve temblor de mi respiración contenida.

En ese momento comprendí que, aunque el mundo nos viera como la bella y la bestia, para nosotros el tiempo no había pasado. Yo seguía siendo tu protector, y tú seguías siendo mi hogar.

M. D. Álvarez 

martes, 9 de junio de 2026

Bolita de pelo.

Cuando contabas con dos añitos, eras muy lanzada. Te fuiste al bosque a pesar de que tus padres te habían advertido de que había un monstruo. Te encontré dormidita en un huequito de un árbol. Eras adorable, estabas tiritando y me tendí cerquita de ti para darte calor. Todavía tiritas y me acerqué otro poquito más a ti, tu pequeño cuerpecito; debiste de sentir el calorcito de mi cuerpo. 

Abriste los ojillos, que eran verdes, y me miraste extrañada en vez de asustada. Era una pequeña bolita de pelo suave y algodónoso. Abrí los ojos y te vi mirarme con visible alegría. Tus regordetas manitas juguetearon con mis diminutas orejillas.. 

Te debí de parecer achuchable, pues me agarraste con determinación de no soltarme. A pesar de ser tan chiquitín, podía ver tu bondad y, aunque notabas que no te quería hacer daño, permaneciste agarradita a mí y no querías soltarme. 

Al amanecer, escuché un leve crujido en la maleza y me levanté justo a tiempo; era un oso aterrador, pero no me moví de tu lado. Aún con mi aspecto de tierno peluche, enseñé mis colmillos; aquello no pareció amedrentar a tan fiero oso. Así que me alcé sobre mis dos patitas traseras y gruñí. No sé si por desidia o porque vio algo en mis ojos, el oso se alejó. Volví a tu lado; seguías durmiendo. Con los primeros rayos del sol, abriste tus adorables ojillos. Me tenías sujeto con suavidad, pero seguía despierto observándote.

El bosque despertaba. Los pajaritos trinaban a lo lejos y se oían voces que llamaban. Tú reconociste la voz de tus padres y, a pesar de tu corta edad, te levantaste. Te ofrecí mi lomo para que te apoyaras y te acompañé al linde del bosque. Dócilmente, te di un pequeño empujoncito con mi hocico y me adentré en el bosque. Me volví a mirar y te vi abrazando a tus padres; a la vez, tenías tus preciosos ojillos mirándome y sonriendo.

Aquella fue la primera vez que supe que te quería.

Continuará...

M. D. Álvarez 

lunes, 8 de junio de 2026

Heterocromía.

Sus ojos de dos colores, uno azul y otro verde, le conferían un don: era capaz de ver con su ojo azul mundos etéreos y con su ojo verde veía la vida en la que se encontraba su preciosa pareja. Su heterocromía la atraía como si no pudiera apartar sus ojos de los de él. Su talento le confería una visión amplia de ambos mundos y, en ambos espectros, ella era su pareja. 

Cada vez que la veía, sentía la irrefrenable necesidad de besarla con una pasión inusitada. Sus compañeros conocían su don y obedecían sus órdenes, pues era capaz de vislumbrar los ataques antes de que ocurrieran.

Respetaban su unión; es más, la alentaban. Sabían lo mucho que él había sufrido por su heterocromía; lo habían menospreciado hasta que ella lo encontró. No había logrado controlar su don, pero con ella su poder se centró y consiguió dominarlo.

Mientras él disfrutaba de la belleza de su mundo verde junto a ella, una sombra oscura comenzó a extenderse desde el mundo etéreo. Era un lugar que él había visto en visiones: un reino donde las criaturas se alimentaban del miedo y la desesperación, amenazando con cruzar hacia la vida real. 

Una noche, mientras contemplaba las estrellas junto a ella, sus ojos brillaron intensamente; la visión se hizo más clara. Vio cómo esa sombra buscaba infiltrarse en su mundo, arrastrando consigo el caos. La imagen era aterradora: seres alados y oscuros emergían, dispuestos a devorar todo lo que encontraran a su paso.

Con el corazón acelerado, se volvió hacia ella:

—Debo protegerte —le dijo con urgencia—. Necesito saber cómo detenerlos.

Ella lo miró fijamente, sus ojos reflejando una mezcla de preocupación y determinación.

—No puedes hacerlo solo —respondió—. Juntos hemos superado tanto; enfrentemos esto juntos.

Él usaría su don para anticipar los movimientos de los seres oscuros, mientras ella, junto a su grupo de amigos, luchaba bajo sus órdenes. En cada encuentro con esas sombras, su vínculo se reforzaba; cada victoria era un recordatorio de que juntos eran invencibles.

A medida que luchaban contra la oscuridad, descubrieron secretos ocultos sobre sí mismos y sobre el poder del amor verdadero: no solo podían luchar por su mundo, sino también por aquellos que no podían defenderse.

M. D. Álvarez 

domingo, 7 de junio de 2026

La yegua.

No sabe si será capaz de matarla. Con todo el tiempo que le había dedicado a aquella hermosa yegua, tras el accidente de su preciosa pequeña, lo único que iluminaba su angelical rostro era verla galopar libre. Hasta que una de sus patas se trabó en un hoyo y se partió. 

Aquello fue un duro golpe para su chiquilla. Probó todos los remedios, entablillando el metacarpo para no tener que sacrificar a la yegua favorita de su pequeña. Al final, el hueso soldó sin complicaciones, cosa que agradeció su dulce angelito. Su sonrisa era lo que más quería.

M. D. Álvarez