martes, 17 de marzo de 2026

Hermano Marte.

¿Por qué dejamos de ir a Marte? Es una buena pregunta, pero la respuesta no es tan simple. Los vuelos privados del magnate cibernético Elon Shark querían terraformar nuestro hermano gemelo en una tierra rica en materiales nobles y raros de los que no disponemos en la Tierra. 

Lo que el magnate no divulgó fue que, bajo el subsuelo de Marte, se encontraron con una civilización arraigada en ancestrales costumbres de cuidar del mundo. No se le ocurrió otra cosa que tratar de destruir su cultura detonando una geobomba sísmica para aplastar a los pobladores de Marte. 

No contaban con que un joven observador de estrellas, gracias al observatorio astronómico del Teide, fuera testigo de la detonación de tal artefacto en Marte.

Elevó una protesta al Congreso de la ONU, que ordenó desmantelar las instalaciones en Marte y concedió a los marcianos el privilegio de cuidar de su mundo, aceptando la ayuda de los científicos para reconstruir sus maltrechas edificaciones.

El regente aceptó con una condición: deseaba conocer al joven que salvó su civilización.

Al cabo de diez meses, el regente pudo recibir al joven héroe que había antepuesto su civilización a la codicia del magnate. El rey le otorgó su bien más preciado: un gran guijarro de rodio, y le explicó que con aquel material ellos podían contactar con los sembradores de estrellas.

Continuará...

M. D. Álvarez 

lunes, 16 de marzo de 2026

Enana blanca.

El trabajo de él era determinante para localizar posibles estrellas a punto de implosionar, ya que debía colocar un gigantesco cargador para proveer de una gran cantidad de energía alternativa, puesto que en su mundo no les quedaba mucha materia de la que tirar para convertirla en energía.

Debía buscar estrellas binarias donde una de ellas fuera una enana blanca, ya que cuando esta implosionase, la energía que liberara sería extraordinaria y sería recogida en el gigantesco cargador. Él había localizado una justo en uno de los brazos de la galaxia Abell 1835 IR, ubicada en la constelación Canis Major. Le llevó más de 7 años localizar una enana blanca a punto de implosionar. Colocó el dispositivo de carga y regresó a la Tierra, donde su amada esposa lo esperaba con pasión.. 

Cuando lo localizaron en la órbita de Marte, supieron que había tenido éxito. En cuanto tomó tierra, fue recibido como un gran héroe, pero él solo la buscaba a ella. Cuando la divisó entre la muchedumbre, corrió hasta ella, la abrazó y la besó con dulzura.

A los pocos días, la sonda colocada junto al gigantesco cargador comenzó a enviar datos y más datos, hasta que, de pronto, un gran fogonazo en el cielo, que duró apenas quince segundos, dejó de transmitir. Tras esto, la energía irradiada por aquella explosión fue llegando a los dispositivos electrónicos; la Tierra volvía a ser un faro de civilizaciones en el universo, todo ello gracias a él.

M. D. Álvarez

domingo, 15 de marzo de 2026

El gemelo oscuro. 2da parte.

La puerta se cerró de golpe tras la salida forzosa del gemelo, pero la vibración de la amenaza y la lujuria desenfrenada parecían haberse quedado flotando en el aire de la habitación. Un silencio pesado se instaló entre ellos.

Ella, aún pálida y con el corazón latiéndole como un tambor de guerra, rompió el hielo con una voz que apenas era un susurro.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?—No había acusación en su tono, solo una profunda confusión y un atisbo de dolor.

Él, con los puños aún apretados y la mandíbula tensa, se acercó lentamente. Los ojos azul celeste que tanto amaba ahora estaban nublados por la angustia y la culpa.

—Porque esto—dijo, haciendo un gesto vago hacia la puerta—no es parte de mi vida. Es un error, una sombra de la que huí hace años. Quería proteger lo nuestro de... de esa parte de mí. De mi sangre—dijo mientras la tomaba de las manos—. Mi hermano no es solo problemático, es... un vacío. Devora todo lo bueno que toca. Y tú—su voz se quebró—tú eres lo más puro y bueno que tengo. La sola idea de que te mirara así... me enloquece.

Pero no soy un objeto que se pueda robar—murmuró, buscando la seguridad en su mirada—. Soy tuya porque así lo elijo cada día. Y ningún gemelo con ojos avellana puede cambiar eso.

—Lo sé, pero él no entiende de elecciones. Solo entiende de deseos. Y tú... eres irresistible —dijo, abrazándola con fuerza.

Mientras tanto, al otro lado de la ciudad...

El gemelo, con un moretón empezando a formarse en su mandíbula, caminaba con pasos largos y furiosos. Pero la rabia pronto dio paso a una sonrisa torcida y calculadora. Los ojos avellana brillaban con una luz peligrosa. La advertencia de su hermano no había sembrado miedo, sino que había avivado el desafío.

"Tan protector como siempre," pensó, recordando la ferocidad en los ojos azules de su hermano. "Eso lo hace predecible. Y la hace a ella... un trofeo aún más dulce."

Sacó su teléfono móvil. No iba a enfrentarse a su hermano directamente, no de inmediato. Era más inteligente que eso. La obsesión que había sentido al verla —su inocencia mezclada con una fuerza silenciosa— era un nuevo juego, el más interesante que había encontrado en años. Su hermano tenía un punto débil expuesto, y él era un experto en explotarlos.

M. D. Álvarez 

sábado, 14 de marzo de 2026

El gemelo oscuro.

Ella no sabía nada de que él tuviera un hermano, y mucho menos que fuera gemelo. Pero lo que no podía sospechar era por qué se lo ocultaba, hasta que los vio juntos. Él seguía siendo adorable y tierno con ella, pero su hermano gemelo la observaba con codicia, deseo y lujuria.

Solo había una forma de diferenciarlo de aquel salvaje: sus ojos eran distintos. Su amado tenía los ojos de un color azul celeste, y aquel brabucón los tenía de color avellana. Él no deseaba dejarla a solas con su gemelo; conocía los apetitos salvajes de su hermano. Si la hubiera perdido, aunque solo fuera un instante, su hermano la habría montado y saciado sus deseos carnales con ella.

Él sabía lo autodestructivo que era su hermano y lo protector que él era con ella, así que decidió expulsarlo de su territorio con una advertencia: si volvía por allí, lo despedazaría sin contemplaciones. .

Continuará....

M. D. Álvarez 

viernes, 13 de marzo de 2026

El rugido atronador.

Con sus hormonas desbocadas tras un enfrentamiento épico contra un batallón de soldados de élite, se sentía eufórico. 

La adrenalina fluía por sus venas cuando la vio; sus ganas de soltar toda su energía eran incontrolables, así que lanzó un rugido abrumador que la sorprendió gratamente. Ella se sentía atraída por su demostración de fuerza y poderío; la atraía como las polillas a la luz.

Su joven compañero, de todo menos cobarde, era dulce, amable y cortés con ella; en cambio, para los enemigos, era un auténtico adversario duro, inflexible y sanguinario.

Ella, todas las noches, lo lo envolvía en un torbellino de caricias y lo llenaba de besos; como locura, adoraba la buena disposición de su ardoroso compañero.

M. D. Álvarez

jueves, 12 de marzo de 2026

Líneas de pasión.

La huella de la palma de su mano era la única llave de su destino. Su línea de vida era interminable, pero no era tan larga como la de su destino. Una quiromántica le vaticinó un futuro dorado y lleno de aventuras.

Su suerte cambió al ver a aquella pelirroja de ojos verdes; su corazón estalló de pasión por ella. Sería su primera y única aventura. Después de que la quiromántica le leyera la mano, sus adorables e intensos ojos verdes lo subyugaban, haciendo que se convirtiera en su más férreo y sincero protector. Al parecer, ella quería algo más que un protector y se lo dejó claro cuando se tropezó con él.

—¿Tienes prisa, guapo? —dijo, colocando su mano sobre su pecho.

No sé a qué te refieres —respondió él en un hilo de voz apenas audible.

¿Te gustaría acompañarme? —susurró ella al oído.

Su corazón latía desbocado; ella era capaz de sumirlo en un deseo pasional inextinguible. La seguiría hasta el fin del mundo si se lo pedía.

—Ven conmigo, campeón —dijo ella, tomándolo de la mano. Lo guió hasta su dormitorio.

Una vez dentro, ella lo sentó en un sillón, comenzó a besarlo y tocarlo sin que él se pudiera resistir. Su piel morena y aterciopelada hacían de él un adorable y mimoso osito de peluche. Ella siguió acariciándole y, cuando llegó a su paquete, dijo:  

—Si hubiera sabido que estabas tan bien dotado, habría empezado por tu enorme paquete."  

Él se sintió verdaderamente azorado y excitado; las manos de ella eran un verdadero placer.

Mientras sus labios se encontraban en un vaivén ardiente, él sentía que el mundo exterior se desvanecía. La pelirroja lo envolvía en un torbellino de sensaciones que nunca había experimentado. Cada roce de su piel era como un rayo, electrificando cada fibra de su ser.

—Eres increíble —susurró él entre besos, sus palabras apenas audibles por la intensidad del momento.

Ella sonrió, con una chispa traviesa en sus ojos verdes. —Y aún no has visto nada. 

Con un movimiento ágil, ella se levantó y comenzó a desabrocharse la blusa, revelando una piel suave y bronceada que parecía brillar bajo la luz tenue del dormitorio. Él se quedó boquiabierto, incapaz de apartar la vista.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó ella con una sonrisa coqueta.

—Más de lo que puedo describir —respondió él, su voz temblorosa por la mezcla de asombro y deseo.

Ella se acercó, colocándose justo frente a él y dejando que sus manos exploraran su torso. Cada caricia era un fuego que lo consumía lentamente. Él se sintió atrapado en su hechizo, incapaz de resistirse a la tentación.

—Hoy es solo el principio —dijo ella, inclinándose hacia él. Sus labios rozaron los suyos nuevamente mientras sus manos seguían explorando. —Quiero que me muestres quién eres realmente.

Él sintió cómo su corazón latía con fuerza ante la invitación. Era como si ella pudiera ver más allá de su exterior; como si supiera que había más en él que solo un simple protector. 

Con determinación renovada, tomó su mano y la guió hacia él, atrayéndola más cerca mientras sus cuerpos se fundían en un abrazo ardiente. La conexión era palpable; no era solo deseo físico, sino una mezcla de anhelos profundos y secretos aún por descubrir.

—Eres más que solo una aventura para mí —murmuró él, sus ojos fijos en los de ella.

Ella sonrió con complicidad y respondió: —Entonces hagamos de esta noche algo inolvidable.

Con esas palabras resonando entre ellos, se sumergieron en un mundo donde el tiempo no existía y donde cada caricia prometía una nueva aventura por descubrir. Los dos sabían que estaban cruzando una frontera desconocida, pero esa incertidumbre solo alimentaba su pasión.

M. D. Álvarez 

miércoles, 11 de marzo de 2026

En las profundidades de la montaña.

Lo tenían atrapado en aquella cantera, aterido de frío. Su naturaleza salvaje lo volvía incontrolable; solo ella era capaz de calmarlo y hacer que retornara a su ser. Todos le dijeron que estaba loca por haberlo escogido a él como compañero y amante, pero no iba a permitir que lo exhibieran como a una bestia salvaje. 

Descendió a la cantera; su corazón bombeaba aceleradamente, pero no era miedo, era preocupación por su estado de desconcierto. Lo encontró escondido en uno de los túneles; su cuerpo, cubierto de una suave capa de pelo negro como el vantablack, estaba empapado. 

El agua estaba helada y su mirada azul celeste resaltaba sobre su capa de pelo. Se fue acercando con cuidado y mansedumbre; él jamás la había atacado porque siempre la trataba con ternura. 

Gruñó levemente, pero ella siguió avanzando lentamente. Sacó una gran manta y lo cubrió, frotándolo para secar su pelo. Él permanecía dócilmente agachado. Gruñendo suavemente, ella acarició la gran cabeza del lobo y él lamió suavemente su rostro.

—Ahora a ver cómo te saco de aquí, –dijo pensativa mientras lo acariciaba con dulzura. Él comprendió el lío en el que se había metido y, con un leve gesto de su gran cabeza, le indicó que había otra salida. El túnel donde se escondió se internaba en la gran montaña de granito. 

—Así que sabes salir de aquí, mi adorable licántropo —refirió ella con una gran sonrisa mientras rascaba su pecho con ternura. Él disfrutaba de las atenciones de ella con su expresión de inocencia  y la lengua fuera.

Se internaron en las entrañas de la montaña. Él iba abriendo camino, seguido por ella. Cuando llevaban algo más de dos horas, pudieron vislumbrar un resquicio de luz; era muy pequeño. Ella intentó mover las rocas, pero no lo logró. Él la puso a un lado y comenzó a sacar grandes rocas hasta abrir una abertura lo suficientemente grande como para que cabieran los dos. Le cedió el paso a ella, que dulcemente lo cogió de su gran garra.

—Los dos juntos, grandullón —dijo ella con una adorable sonrisa que lo calmó y tranquilizó, haciendo que su compañero y amante retornara a su estado normal, conservando sus intensos ojos azules.

M. D. Álvarez.