martes, 29 de septiembre de 2026

Con o sin tarjeta.

Ey, rubia, tienes un tipazo como para darte un buen meneo. Aquello la hizo dar un respingo; nadie se había atrevido a hablarle de esa manera, y mucho menos con su novio al lado, que, muy caballerosamente, se levantó y se acercó al gañán que había hablado de aquella manera a su chica. Se agachó y, al oído, le dijo:

"Tú sabes lo que te podría hacer tan solo con la tarjeta de crédito que llevo en el bolsillo. Mejor levántate y pídele disculpas, o me veré forzado a abrirte la garganta, no con la tarjeta, sino con mis propias manos." 

Aquello dejó al patán lívido, que a duras penas logró levantarse e ir a pedir disculpas a la jovencita que permanecía cohibida por el comentario de aquel facineroso.

M. D. Álvarez 

Aunque estés gorda.

—Gordi, ¿qué tal te encuentras? —preguntó él, sentándose al lado de la cama donde ella se acurrucaba sobre su abultado vientre.

Ella lo miró con un brillo de duda en los ojos.

—¿Me seguirás queriendo cuando esté más gorda? —inquirió, tocando su vientre.

—No solo te seguiré queriendo, sino que adoraré tus curvas, y cuando el pequeño haya nacido, me seguirás volviendo loco aunque queden algunos kilos de más —respondió él, besando su vientre justo cuando el bebé se movió.

—¿Lo has notado? —dijo ella, sonriendo.

—Sí, será fuerte y adorable como su madre —dijo él, visiblemente feliz.

M. D. Álvarez

lunes, 28 de septiembre de 2026

El problema.

—¿Y qué pasa con el problema de Marcus? —preguntó Jason en un tono que pretendía ser confidencial, pero que cortó el aire como un cuchillo.

Angia, que hasta entonces ordenaba libros en la estantería, se quedó inmóvil. —¿De qué problema estás hablando? —La voz le salió un punto más aguda de lo normal. Si Marcus tenía un problema, ella debía ser la primera en saberlo; era su novia, su confidente.

Jason palideció. No había contado con sus buenos oídos. Tragó saliva, sintiendo el peso de la promesa hecha a su amigo. Se encontraba entre la espada y la pared.

—Jason, ahora mismo me dices qué le pasa —exigió ella, con cada palabra perfectamente articulada y gélida.

—Angie, por favor, no me pongas en esta situación...

—Como no me respondas, te vas a enterar.

La puerta se abrió en ese momento. Era Marcus. Su mirada fue de Jason a Angia, y en menos de un segundo lo comprendió todo. El secreto había caducado.

—Por fin llegas —dijo Angie, y una sonrisa encantadora, demasiado perfecta, se dibujó en sus labios—. Contigo quería hablar.

Aprovechando la distracción, Jason murmuró un "lo siento" casi inaudible y escapó, poniendo pies en polvorosa.

—¿Qué te ocurre, mi sol? —preguntó Angie, acercándose a Marcus y besándolo con una dulzura que ahora parecía frágil.

Marcus no respondió con palabras. La atrajo hacia sí y la abrazó con una fuerza desesperada, como si el mundo entero fuera a arrebatársela. Ella notó cómo su cuerpo se tensaba y cómo latía a toda prisa su corazón contra su pecho. No hacían falta más señales.

—Tengo que decirte algo —susurró él entonces, acercando los labios a su oído—. Pero necesito que estés tranquila. —Hizo una pausa, buscando valor—. Vengo del hospital. Me han detectado un tumor... en el tálamo.

El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier grito. Angia separó su rostro solo lo necesario para mirarlo a los ojos, buscando una rendija de duda, una esperanza de que era una broma cruel. Solo encontró la verdad, desnuda y aterradora.

—¿Por qué? —logró articular, con la voz quebrada—. ¿Por qué no me lo dijiste?

—No quería... no quiero ser tu carga —confesó él, con los ojos húmedos.

Ella apretó su mano con fuerza. —Eres mi vida, no mi carga. —Marcus esbozó una sonrisa triste—. Mañana empiezo la quimioterapia. Y voy a seguir luchando contra este monstruo. Te lo prometo, no le dejaré que me arrebate la vida.

M. D. Álvarez 

Corderos con piel de lobo.

​—Y tu amiga, la buenorra, ¿por qué no la has traído? —dijo uno de aquellos patanes, amigos suyos.

​—¿Creéis que la dejaría con vosotros? Tenéis un peligro que no veas —respondió Marcus, lanzándoles una mirada de reproche absoluto.

​—Venga, llámala; si sabes que somos unos corderitos —balaron al unísono.

​—Corderitos, sí, y yo soy el lobo feroz, no te fastidia —respondió con una sonrisa de inocencia.

​La sonrisa de Marcus era tan falsa como el brillo de la bisutería barata, pero sus amigos se rieron a carcajadas, sabiendo que detrás de esa fachada de lobo había un guardaespaldas más fiel que un perro. Tomó un sorbo de su cerveza, sintiendo la mirada persistente de uno de ellos, John, el más insistente de la manada.

​—En serio, Marcus —insistió John, apoyando los codos en la mesa—. Toda la noche hablando de esa chica y ni una foto. Es como si te hubieras inventado a la chica perfecta.

​—Y quizá la haya inventado —dijo Marcus, jugueteando con el posavasos—. O quizá es tan real que sé que, si la pongo en un radio de cinco kilómetros a la redonda de vosotros, se formaría un agujero negro de desesperación masculina del que no podríamos escapar.

​—¡Eso duele! —exclamó otro, fingiendo clavarse un puñal en el pecho.

​—Está bien —suspiró Marcus, con un brillo travieso en los ojos—. Os la enseñaré. Pero bajo vuestra propia responsabilidad.

​Todos se agolparon alrededor de su móvil cuando Marcus desbloqueó la pantalla. No era un selfie, sino una foto que él mismo le había tomado sin que ella se diera cuenta. Estaba en una librería, absorta en las páginas de un libro viejo, con un mechón de pelo cayéndole sobre la mejilla y una leve sonrisa en los labios. No era una foto de una «buenorra» en el sentido vulgar que ellos manejaban. Era una imagen de una belleza serena e inteligente que, por un instante, silenció a todo el grupo.

​—Vaya... —murmuró John, el primero en romper el hechizo.

​—Sí, «vaya» —confirmó Marcus, recuperando el teléfono con cuidado, casi con reverencia—. ¿Ahora veis por qué no la traigo? No merecéis ni su estela.

​Se hizo un silencio incómodo, seguido de unas risitas y un cambio brusco de tema. Marcus no volvió a sacar el asunto. Sabía que, por esa noche, había ganado la partida. Pero, sobre todo, había protegido su pequeño tesoro de la manada, confirmando que algunos corderos, cuando tienen hambre, pueden morder..

M. D. Álvarez 

domingo, 27 de septiembre de 2026

El pastel de manzana.

Con aquel pastel de manzana que su madre le preparaba siempre que tenía que enfrentarse a verdaderos retos de lucha, en aquel momento, un trozo de aquel pastel era lo único que le daba fuerza para seguir luchando por su madre y su hermana.

—Toma, mi amor, te he preparado tu pastel de manzana favorito. Sé que te enfrentas a criaturas espantosas.

—Muchas gracias, madre. Solo el amor que pones en el cuidado de mí y de Emili es el mayor don de todos —respondió el joven guerrero, tomando un buen pedazo del pastel que tan amorosamente le había preparado su madre.

Al paladear el primer bocado, la calidez del hogar disipó las sombras del miedo que amenazaban con paralizarlo. Con la espada firme en la mano y el amor por su familia grabado en el alma, cruzó el umbral dispuesto a plantar cara a cualquier pesadilla.

M. D. Álvarez 

La regla de Polifemo.

Deja ya de jugar con la comida, vociferó el cíclope, harto de mandar a otros a cazar a incautos que llegaban a su isla. Polifemo se alzó cual gigante y selló la entrada de la cueva con una gran roca, atrapando a la tripulación que acababa de llegar a la isla. 

—"¡De aquí no vais a escapar!", bramó el cíclope, rabioso.

Fue inspeccionando meticulosamente todos los resquicios de su cueva y, a cada incauto que pillaba, se lo iba comiendo, por mucho que los otros cíclopes le increparan que dejara algo para ellos. 

—De eso nada dijo Polifemo: —"vosotros jugáis con ellos, pero yo me los como."

M. D. Álvarez 

sábado, 26 de septiembre de 2026

El cráter del licántropo. II parte.

Ella sabía que estaba allí, pero no se inmutó; prefirió ignorarlo momentáneamente. Después de inspeccionar la zona por donde descendería al valle, ató una cuerda a un gran tronco y comenzó el descenso al cráter, densamente cubierto por una capa espesa de árboles.como la caoba, el cedro, el tornillo, la lupuna, el cacao, el aguanje, el chambira, la chonta, la palma cocotera, el pongo, el bombonaje, el chuchuwasi, el caucho, la uña de gato, la sangre de grado y el tabaco. la ceiba, el higuerón, el caimito, el espavé, el hule, y el barrigón, todos ellos crecían por doquier. Al llegar a la base del cráter, ya estaba anocheciendo. 

Buscó un lugar donde poder pasar la noche; no lejos de allí, descubrió una pequeña cueva. Se dispuso a pasar la noche, preparó una pequeña fogata donde calentó una ración de supervivencia, extendió su saco de dormir y se dispuso a escribir un informe detallado de la flora observada en el descenso. 

De pronto, alzó la mirada y descubrió aquellos grandes ojos azules que la observaban con cautela desde la entrada de la cueva. Por fin, tímidamente se aproximó con precaución. Ella vio la espectacular figura de un joven licántropo de pelo negro. Olfateó el contenido de la cazuela e hizo un rictus de náusea.

—Ya sé que el olor no es agradable, pero contiene las proteínas necesarias —dijo ella ante el gesto de él—. ¿Quieres probarlo?

Él hizo un gesto de negación; ella se sorprendió, el licántropo la entendía. 

—¿Cómo te llamas? —preguntó ella.

El joven licántropo escribió sobre la arena de la playa su nombre en una caligrafía delicada: "Mi nombre es Marcus".

—Hola, Marcus, yo soy Angie.

Él se movió inquieto; había algo que lo molestaba. De pronto, alzó su garra y señaló un punto en la pared del fondo de la cueva. Ella se dirigió con su linterna y descubrió un imperceptible grabado: era una estrella de trece puntas. Ella percibió que aquella cueva encerraba un misterio. Bajo la estrella de trece puntas había una inscripción en hebreo que rezaba así:

"כאן שוכב אפרים, בן יוסף, נכדו של יעקב, ואביו של אחד מעשרת השבטים האבודים".

Le costó un poco descifrar la inscripción; cuando lo logró, percibió el motivo de su inquietud: aquella pequeña cueva era un lugar sagrado y ella lo estaba profanando..

—Lamento mucho haberte ofendido. No me percaté de que estoy en suelo sagrado —dijo ella, recogiendo todos sus bártulos y apagando la hoguera.

Él la invitó a seguirlo y la condujo a una hermosa laguna, donde la invitó a acampar desapareciendo entre la floresta regresando en diez minutos traía un codorniz de gran tamaño se la ofreció con delicadeza 

Ella acepto gustosa el ofrecimiento y desplumó a la jugosa codorniz 


Traducción de la inscripción 
"כאן שוכב אפרים, בן יוסף, נכדו של יעקב, ואביו של אחד מעשרת השבטים האבודים".
: Aquí yace Efraín, hijo de José, nieto de Jacob y padre de una de las diez tribus perdidas

M. D. Álvarez