viernes, 23 de octubre de 2026

El agujero negro. 3ra parte.

Con el corazón en un puño, ella observó cómo el hombre lobo se preparaba para cruzar el umbral. Su figura imponente se alzaba contra la luz azul marino que emanaba del agujero, y aunque su instinto le decía que no debía dejarlo ir, sabía que no podía detenerlo. 

—Prométeme que volverás —le suplicó, sus ojos brillando con lágrimas no derramadas.

Él se detuvo un instante y la miró con intensidad, como si intentara grabar su imagen en su memoria.

—Te lo prometo —respondió con una voz firme—. No permitiré que ese monstruo cruce aquí.

Sin más dilación, dio un paso adelante y desapareció en la oscuridad del agujero. Ella se quedó paralizada, el eco de sus patas resonando en su mente mientras el portal parecía cerrarse tras él.

La angustia la invadió mientras revisaba las imágenes del dron. Las criaturas monstruosas seguían luchando por atravesar el umbral, pero el hombre leopardo había comenzado a asomarse; su pelaje negro como la noche brillaba con una ferocidad aterradora. Ella sabía que cada segundo contaba.

Decidida a ayudar a su amigo de cualquier manera posible, comenzó a revisar las grabaciones del dron en busca de pistas sobre cómo podía apoyarlo desde este lado del umbral. Las imágenes eran caóticas, pero entre los gritos de los monstruos y las sombras distorsionadas, notó algo: había un patrón en sus movimientos, una especie de danza casi ritual entre ellos que parecía indicar un punto débil.

Mientras tanto, dentro del otro mundo, el hombre lobo avanzaba con cautela. La atmósfera era densa y pesada, llena de un olor a tierra húmeda y sangre seca. A medida que se adentraba más en el claro, vio al hombre leopardo frente a él; sus ojos eran como dos brasas encendidas, llenos de rabia y hambre.

—Eres valiente por venir aquí —roncó el hombre leopardo, su voz retumbando como un trueno—. Pero no tienes idea de lo que estás enfrentando.

—No permitiré que cruces a mi mundo —respondió el hombre lobo con una determinación feroz—. Este bosque es sagrado y lo protegeré con mi vida.

El enfrentamiento era inevitable. El hombre leopardo lanzó un rugido ensordecedor y se abalanzó sobre él con una velocidad sorprendente. El hombre lobo esquivó por poco su ataque y contraatacó con sus garras afiladas. La lucha se desató en una danza mortal entre dos depredadores; cada golpe resonaba con fuerza en el aire cargado.

Mientras tanto, desde su lado del umbral, ella observaba ansiosamente las imágenes del dron. Recordó aquella danza entre los monstruos y decidió intentar comunicarse con él.

Con manos temblorosas, comenzó a ajustar los controles del dron para enviarle mensajes visuales al hombre lobo: patrones de luces intermitentes que podrían guiarlo hacia el punto débil del hombre leopardo. 

—¡Mira! —gritó ella al vacío— ¡Sigue las luces!

El dron voló bajo y comenzó a emitir destellos rápidos, creando un camino brillante hacia donde ella había visto la debilidad en las criaturas. El hombre lobo vio los destellos desde su posición; aunque estaba luchando por mantenerse en pie ante la feroz embestida del hombre leopardo, comprendió lo que ella intentaba hacer.

Con un esfuerzo monumental, logró desviar la atención del hombre leopardo hacia las luces brillantes que danzaban frente a él. En ese instante crucial, el maníaco depredador se distrajo lo suficiente como para permitirle al hombre lobo encontrar una apertura.

Con un salto poderoso, aprovechó la oportunidad para atacar directamente donde había visto el resplandor: en el costado del hombre leopardo. Las garras del hombre lobo encontraron su objetivo y la criatura rugió de dolor mientras retrocedía.

Ella sintió una oleada de esperanza al ver cómo su amigo luchaba valientemente contra la criatura; sabía que estaba haciendo todo lo posible para proteger lo que ambos amaban.

La batalla continuaría, pero juntos habían encontrado una forma de comunicarse más allá de los límites de sus mundos... 

M. D. Álvarez 

La peor parte de la caída.

Su brazo derecho le seguía doliendo; lo tenía como entumecido. Era como si un hormiguero entero lo estuviera devorando. No sabía nada de su equipo; le aterraba que hubieran caído al vacío, pero lo que más le asustaba era que ella estuviera muerta. Oyó un rodar de piedras, pero no se podía mover.

—¿Hay alguien ahí? —logró articular.

—Marcus, ¿eres tú? —la oyó jadeando.

—Angie, ¿estás bien? —quiso saber, muerto de dolor.

—Sí, no te veo. ¿Puedes moverte? —respondió con un resoplido.

—No lo sé, lo voy a intentar —dijo con un esfuerzo brutal y logró mover alguna roca.

—Te veo —dijo ella.

—¿Y el resto están bien? —preguntó tosiendo.

—Sí, están arriba.

Aquello lo tranquilizó; ahora tenían que salir de aquella sima. Trató de moverse, pero el dolor lo paralizó; no era capaz de mover ni un dedo. Oyó cómo ella se acercaba hasta él.

—Dios mío, Marcus, tu brazo —exclamó asustada.

—Sí, lo sé, no tiene buena pinta, ¿verdad? —trató de quitarle hierro.

—No te muevas o lo acabarás perdiendo.

—No lo haré; aunque quisiera, no puedo moverme —dijo entre dientes.

—Voy a pedir ayuda por radio —dijo ella, jadeando. Por lo que acababa de ver, no solo estaba a punto de perder el brazo; podría perder la movilidad. La caída fue brutal, pero él se llevó la peor parte. Ella apenas tenía unos arañazos. Se situó donde podía emitir mejor una señal de radio y urgió a sus amigos que se pusieran en contacto con los servicios de rescate y que se provisionales con una tabla espinal.

Volvió junto a él. No se atrevió a moverlo, pero cogió su mano izquierda. Él apenas percibió su calidez. 

—"Angie, ¿tan mal aspecto tengo? —dijo con cautela. Sabía que su estado era grave, pero no sabía cuánto.

—"Marcus, no soy médico, así que no sé qué decirte", -dijo, mordiéndose el labio para no llorar.

Al cabo de tres cuartos de hora, cinco cuerdas llegaron hasta abajo. Tras ellas, el equipo de rescate con la tabla espinal.

—"Vamos a ver. Uy, por Dios, ¡pero menudo tortazo te has dado, chaval! Tú tranquilo, que enseguida te sacamos de aquí", —dijo el paramédico tratando de sonreír.

El equipo trabajó rápido, le colocó un collarín, lo movieron en bloque y lo situaron en la tabla espinal. Lo sujetaron con las correas de sujeción y comenzaron la ascensión. Angie fue izada con un arnés. Al llegar arriba, su equipo no dio muestras de la gravedad de sus heridas porque ella se lo había pedido.

—"Venga, campeón, nos vemos en el hospital", -dijo Rob.

—"¿Puedo ir con él?", -preguntó Angie.

—"Claro que sí, esto es una tontería", -dijo el paramédico, pero en su mirada había un aire de preocupación. Lo metieron en la ambulancia y salieron zumbando con las luces y la sirena a todo trapo.

Continuará...

M. D. Álvarez 

jueves, 22 de octubre de 2026

El agujero negro.

Hambriento como estaba, le cedió su parte a ella, pues lo necesitaba mucho más que él. Puede que no acabara el día si no probaba bocado, y él podía esperar a conseguir otra presa. 

Mientras ella comía, él se acercó a un riachuelo donde las truchas, con sus tonos tornasolados, nadaban ajenas al imponente hombre lobo que las observaba. De pronto, su estómago lanzó un rugido de hambre, así que probó suerte. Se metió lentamente en el agua y esperó a que una gran trucha acertara a pasar por allí; de un golpe con su gran garra, la atrapó. 

Nunca había gustado del pescado, pero su estómago le reclamaba algo de comida, así que, sin más preámbulos, le arrancó la cabeza de un mordisco y masticó lentamente, saboreando el manjar que nunca había probado. Le gustó tanto que devoró la gran trucha con espinas y todo, pescó diez más, de las cuales devoró tres, y las otras siete se las ofreció a ella, que, tras haber degustado la primera pieza que él le había ofrecido al principio, no hizo ascos a tres truchas más. Mientras comía, lo observaba con curiosidad.

Era su más fiel amigo; sin él, no habría logrado subsistir ni un día, y menos en aquel bosque tan denso y cerrado.

—Menos mal que te tengo a mi lado, -dijo ella con ternura. —Si no hubieras estado conmigo, me hubiera muerto de hambre", sentenció ella en un tono delicado.

Él la observó como si la comprendiera y le indicó que lo siguiera; quería mostrarle algo que acababa de descubrir. A pesar de su descomunal tamaño, él se movía con gracilidad y ligereza. La condujo hasta un claro; mientras cazaba, descubrió un efecto óptico en aquel claro: era como una distorsión en la refracción de la luz, como si al otro lado del claro hubiera un agujero negro.

—¿Qué es eso? —preguntó ella con curiosidad, dando un paso hacia adelante. Él le impidió avanzar y le señaló un hermoso cervatillo que se metió en el claro y fue succionado por aquel agujero.

Ella se sobresaltó y retrocedió. —Es espantoso; tenemos que investigar qué ocurre ahí. ¿Me traerás mañana otra vez? —preguntó ella con apremio. 

El gran licántropo accedió con visible preocupación; sabía que si le decía que no, ella se las arreglaría para localizar aquel lugar.

Continuará...

M. D. Álvarez

El agujero negro. II parte.

Ella pasó la noche inquieta, incapaz de apartar de su mente la imagen del cervatillo siendo absorbido por aquella distorsión imposible. El licántropo, en cambio, permaneció en vela por otras razones: temía que la curiosidad de su amiga la empujara a cruzar un límite del que no habría retorno.

Al amanecer, él la despertó con un suave gruñido. Ella sonrió, aún somnolienta, y acarició su pelaje negro como la noche.

—Gracias por traerme —susurró, como si temiera romper la quietud del bosque.

Él inclinó la cabeza, pero sus ojos mostraban una preocupación que ella no supo interpretar del todo.

Caminaron durante horas entre árboles tan altos que apenas dejaban pasar la luz. Cuando por fin llegaron al claro, el aire vibraba con una energía distinta, como si la atmósfera estuviera hecha de cristales tensos a punto de quebrarse. La distorsión seguía allí, palpitando, respirando.

Ella dio un paso adelante, fascinada.

—Es más grande que ayer… —murmuró.

El licántropo gruñó, esta vez con un tono grave que la obligó a detenerse. Entonces, algo ocurrió: la superficie del “agujero” se onduló, como si respondiera a su presencia. Un destello azul recorrió el borde de la anomalía, y por un instante ella creyó ver… algo. Una silueta. Una sombra. O quizá un reflejo de sí misma, pero más delgada, más pálida, más… rota.

Retrocedió de inmediato.

—¿Lo has visto? —preguntó, con la voz temblorosa.

Él asintió. Y por primera vez desde que lo conocía, ella lo vio dar un paso atrás.

Entonces, el bosque enmudeció. Ni pájaros. Ni insectos. Ni viento.

Solo el latido profundo y lento de la distorsión.

Ella tragó saliva.

—Tenemos que entender qué es, pero no hoy. Me basta con saber que existe.

El licántropo se acercó y apoyó su enorme cabeza en su hombro, como si quisiera anclarla al mundo real. Ella lo abrazó con fuerza.

—Mañana volveremos —dijo ella, aunque su voz no sonaba tan segura como la víspera.

Él no respondió. Solo la miró con esos ojos azules que parecían saber más de lo que podían expresar.

Y mientras se alejaban del claro, la distorsión emitió un leve zumbido, casi un susurro, como si hubiera reconocido a su visitante.

Continuará…

M. D. Álvarez

miércoles, 21 de octubre de 2026

Mi precioso cachorro.

Su mirada lánguida lo transformaba en un adorable cachorrito de ojos azules, la perdición de las jovencitas, que no cesaban de manosearlo sin darse cuenta de que él tan solo ansiaba las caricias de Angie. Al ver cómo aquellas veinteañeras tocaban a su chico sin ningún pudor, él trataba de quitárselas de encima con delicadeza.
Angie se puso hecha un basilisco; las jovencitas, en cuanto la vieron aparecer, salieron huyendo. 

Angie llegó donde su adorado cachorro y lo calmó con delicadeza. "Está visto que no te puedo dejar solo", sentenció ella.

"Angie, ya sabes que yo no les doy pie, pero siempre tratan de meterme mano, eso que soy considerado", y las apartó con delicadeza.

"Lo sé, mi terroncito de azúcar. Ya me encargaré de ellas. Ven conmigo, mi precioso cachorrito", lo fue guiando hasta su habitación, donde le enseñaría nuevos trucos para zafarse de aquellas sobonas.

M. D. Álvarez 

Aracnofobia.

Aterrorizada en la ducha, se encontraba paralizada; no podía mover ni un músculo. Solo pudo lanzar un aterrador grito, que fue lo que la alertó y hizo que él acudiera en su ayuda.

—¿Qué ocurre, Angie? ¿Estás bien? —preguntó Marcus, tendiéndole una toalla.

Al verla tan alterada, la cubrió con el albornoz y la ayudó a salir de la ducha.

—¿Qué ocurre? Dime algo —preguntó, visiblemente preocupado.

Ella solo acertó a señalar en dirección a la ducha. Él observó un diminuto puntito en las baldosas.

—¿Esto? —preguntó él al percatarse de que era una pequeña arañita.

—Mátala, mátala —acertó a decir.

Él la cogió y la sacó del baño. Se acercó a la ventana y la soltó, diciendo: —No vuelvas a asustar a mi chica o tendré que cumplir sus deseos.

—Ya está, ya no hay arañas en la ducha —prometió cariñosamente mientras acariciaba dulcemente su espalda para calmarla.

M. D. Álvarez 

martes, 20 de octubre de 2026

Despertando a los durmientes.

Su equipo y él fueron enviados a inspeccionar aquella gigantesca fractura de la corteza. Según los sismógrafos, la fractura era desigual; en ciertos lugares se abría de forma abrupta y en otros parecía haber sido abierta con tiralíneas. Llegaron al lugar donde la corteza estaba más resquebrajada y observaron que era de una profundidad abrumadora. Él creyó percibir movimiento en las profundidades.anclo un par de pernos con el percutor y sujeto su mosqueton por el qué pasó la cuerda se puso el arnés y les dijo 

Esperadme aquí, voy a comprobar que no hay peligro. Descendió a rápel hasta una cornisa a 200 metros del fondo. Desde allí, con sus gafas de infrarrojos, distinguíó cientos de miles de criaturas que, apretujadas, esperaban la noche para salir al exterior.

 Ascendió en escalada libre y, cuando llegó arriba, ordenó a su equipo que colocara cargas de demolición a media altura. Su artificiera más avezada las colocó en los lugares estratégicos y él detonó las cargas, haciendo que la fractura cayera, sepultando a las aberrantes criaturas que, si hubieran logrado salir, habrían acabado con la humanidad.

M. D. Álvarez