miércoles, 8 de abril de 2026

Superando límites.

Ella era de todo menos débil y desvalida, y se lo demostraba a cada momento. Él bajaba el ritmo al sprintar en sus entrenamientos para llegar con ella a la meta. Algunas veces la dejaba ganar, aunque ella se enfadaba con él, que levantaba las manos a modo de disculpa.

—Algún día lo lograré —le decía sonriente.  

—De eso no tengo ninguna duda —respondió él con satisfacción. La había tomado bajo su protección; había visto algo más en ella, algo que los demás no percibían, pero que le daba un potencial extraordinario.

Ella sabía que debía esforzarse más, pero no porque necesitara probarle algo a él, sino para demostrarle a sí misma lo que era capaz de alcanzar. Cada entrenamiento era una oportunidad para crecer, aprender y superar sus propios límites. Las mañanas de entrenamiento se convirtieron en su santuario, un lugar donde no existían las dudas ni los temores, solo el sonido rítmico de sus respiraciones y los latidos de su corazón.

Un día, mientras entrenaban bajo un cielo despejado, él notó un cambio en su paso. Había ganado fuerza, velocidad y determinación. No le dijo nada, pero una sonrisa se dibujó en su rostro. Ella, con la misma sonrisa confiada de siempre, lo miró y dijo:

—Hoy es el día.

—¿Hoy? —preguntó él, levantando una ceja, intrigado por su determinación.

—Sí, hoy voy a ganarte sin que tengas que bajar el ritmo.

Empezaron a correr, y él se dio cuenta de que ella no estaba bromeando. Mantuvo su ritmo, y ella se mantuvo a la par, con una mirada resuelta. Paso a paso, kilómetro a kilómetro, su fuerza y velocidad eran palpables. Al acercarse a la línea de meta, ella aceleró, dándolo todo, y cruzó la línea apenas un segundo antes que él.

Se detuvieron, respirando con dificultad, y él no pudo evitar reír. Ella lo había logrado.

—Lo hiciste —dijo él, orgulloso—. Sabía que podías.

Ella, aún jadeando, le devolvió la sonrisa.

—Gracias por creer en mí.

M. D. Álvarez 

martes, 7 de abril de 2026

El velocista.

Sus camaradas lo habían retado a competir en una carrera de velocidad, pero creían contar con el vehículo tuneado más rápido de uno de los mejores conductores de carreras. Cuando lo vieron presentarse en la línea de salida sin ningún vehículo, creyeron que habían ganado aquel reto. 

Sin embargo, en cuanto vieron cómo su cuerpo se transformaba de un atlético joven a un musculoso y ágil licántropo, no estuvieron seguros de lograr vencerlo. 

Ella lo animaba con aquellos pompones rojos.

El juez de pista los alineó y dijo las tres palabras: "preparados, listos, ya". El coche aceleró, pero lo que salió acelerando fue él; sprintaba veloz. Fue un visto y no visto. Su poderosa zancada le hizo marcar un tiempo récord; solo vieron de él la estela de polvo que dejó al salir disparado. Por suerte, redujo la velocidad al cruzar la línea de meta para poder salir en la foto finish y acreditar que era el velocista más rápido del planeta. 

M. D. Álvarez 

lunes, 6 de abril de 2026

Eostre y el conejo de Pascua.

Aquel lindo conejito era símbolo de fertilidad, de la nueva vida, y todos los niños esperaban que llegara el día para recoger los huevos que aquel precioso conejito había ido escondiendo. Pero, ¿a que no sabéis de dónde viene su origen? ¡Exactamente, es pagano!

La mitología germánica tiene como mensajero de la diosa de la fertilidad, Eostre, a un precioso conejito que, según cuentan las leyendas germanas, recogía huevos y los coloreaba de vivos colores para agradar a su diosa, que los multiplicaba para alegrar a los niños.

Pero quizás lo que muchos no saben es que el conejo era la diosa Eostre, que se transformó por amor a un precioso pajarillo herido.

Conservó la capacidad de poner huevos una vez al año; los decoraba de vivos colores y los depositaba sobre la hierba como símbolo del renacimiento.

M. D. Álvarez

Es una versión libre del Conejo de Pascua. Espero que no se ofendan.

Cuerpo turgente.

Su cuerpo era verdaderamente apetecible; sus curvas voluptuosas y deseables lo volvían loco de deseo. Ella lo idolatraba y calmaba sus apetitos, por muy complicados que fueran. Sus formas turgentes hacían las delicias de él, que con dulzura acariciaba suavemente su piel.

Ella cerró los ojos, disfrutando de la suavidad de sus caricias. Cada roce de sus dedos sobre su piel era como un fuego que se encendía, despertando sensaciones que la hacían sentir viva. Sabía que él la deseaba, y eso la llenaba de una confianza embriagadora.

—Eres perfecta, susurró él, su voz resonando en el aire como un canto hipnótico. Su mirada estaba fija en ella, como si intentara grabar cada detalle en su memoria.

—No soy perfecta, pero me haces sentir así, respondió ella, abriendo los ojos y encontrándose con su mirada penetrante. Había algo en su expresión que la hacía sentir deseada y valorada, más allá de lo físico.

Con un movimiento delicado, él se inclinó hacia ella, dejando que sus labios rozaran suavemente su cuello. Ella sintió un escalofrío recorrer su cuerpo, una mezcla de emoción y anticipación. Era un juego entre el deseo y la dulzura, donde cada pequeño gesto contaba una historia.

—Quiero que este momento dure para siempre, dijo él mientras se apartaba un poco para mirarla a los ojos. —Eres mi inspiración, mi musa.

Ella sonrió, sintiéndose poderosa y vulnerable a la vez. —Y tú eres mi refugio. Cada vez que estoy contigo siento que puedo ser yo misma.

Con esas palabras flotando en el aire, él la tomó de la mano y la llevó a un rincón más iluminado de la habitación. Allí había una ventana con vista a las estrellas; el cielo nocturno era un manto negro salpicado de luces brillantes.

—Mira, -dijo él mientras señalaba las estrellas. —Son como nosotros, brillando en medio de la oscuridad.

Ella se acercó a la ventana, sintiendo cómo el calor de su cuerpo se mantenía cerca del suyo. —¿Y si alguna vez nos apagamos? preguntó con un tono juguetón.

Él sonrió, acercándose aún más. —Nunca lo haremos mientras estemos juntos.

Ambos compartieron una risa suave mientras sus miradas se cruzaban nuevamente. En ese instante, no había nada más importante en el mundo que ellos dos y el momento que estaban viviendo.

M. D. Álvarez 

domingo, 5 de abril de 2026

El guardián de su pequeña.

Y el suyo goza de una salud excelente, no como el de los vecinos, que había fallecido de una dolencia extraña. 

—¿Crees que ha tenido algo que ver con el fallecimiento del lobo de nuestros vecinos? —preguntó ella, observando a su precioso lobo nublar que jugueteaba con su pequeña, haciendo cabriolas. 

—¡Athor, ven aquí! —ordenó la joven dueña de aquel magnífico ejemplar de lobo nublar, que al punto salió disparado a situarse al lado de su dueña, que lo observó para ver si tenía arañazos o signos de pelea. —Tú no te habrás peleado con el perro de los vecinos, ¿verdad? —preguntó ella, risueña, jugueteando con las orejas de su lobo, que disfrutaba de las caricias de su dueña, expresando su felicidad lamiéndola la cara y meneando la cola. 

—Ahora ve a por la chiquitina —le ordenó. 

Él salió disparado en dirección a la chiquitina, que al verlo venir corriendo levantó sus tiernos bracitos en señal de alegría.Él la agarró dulcemente por el arnés y la levantó con facilidad; volviendo, dando saltos, con cada brinco la pequeña estallaba en dulces gorjeos.  

—La tienes mal criada, mi precioso lobito, dijo su madre, recogiendo a la dulce benjamina de las fauces de su tierno guardián.

M. D. Álvarez 

sábado, 4 de abril de 2026

La generación de la luz.

El no apagón es todo lo contrario del apagón. Cuando la luz no se podía apagar, toda la energía fluía continuamente, sin pausa. Las máquinas de movimiento continuo no se detenían ni para recoger minerales; las luces estaban constantemente encendidas, los televisores emitían siempre, al igual que las radios. Pero los que más sufrían éramos los humanos, ya que no teníamos la posibilidad de dormir con tanto bullicio. Seguro que no sabéis lo que ocurriría si tuvierais un año de luz continua sin posibilidad de apagarla. Os lo voy a decir: se perdería una generación adicional. Somos los humanos, siempre haciéndolo en la oscuridad. Solo los más eruditos procrearían en tan bullicioso y luminoso año, y sus hijos serán conocidos como la Generación de la Luz.

La Generación de la Luz, así se les llamaría, pero no solo por el brillo constante que los rodeaba, sino por la peculiar forma en que sus mentes se adaptaron a la sobrecarga sensorial. Los niños nacidos en ese año no conocieron el silencio, ni el descanso que trae la oscuridad. En lugar de sueños, sus noches estaban llenas de imágenes y sonidos, un constante flujo de estímulos que los empujaba a un estado de alerta perpetuo.

Los eruditos, esos pocos valientes que habían decidido procrear bajo las luces incesantes, se convirtieron en figuras legendarias. Sus hijos eran curiosos, inteligentes, pero también inquietos y ansiosos. Aprendieron a comunicarse de maneras que los demás apenas podían comprender; sus palabras eran rápidas y entrecortadas, como si temieran perderse en el caos del mundo que los rodeaba.

A medida que crecían, las habilidades sociales de estos niños se transformaban. No necesitaban la oscuridad para encontrar consuelo; su mundo era un torbellino de luces brillantes y sonidos vibrantes. Sin embargo, había algo inquietante en sus ojos: una búsqueda constante de algo que no sabían nombrar.

Los eruditos intentaron enseñarles sobre la importancia del silencio y la reflexión, pero sus discípulos parecían más interesados en el siguiente destello o sonido.

Un día, un anciano sabio decidió que era tiempo de actuar. Se reunió con otros como él y formuló un plan: crear un espacio donde las luces pudieran apagarse al menos por un breve momento cada día. Un refugio donde las sombras pudieran danzar y el silencio pudiera reinar. Pero sabía que enfrentaría una dura resistencia; la Generación de la Luz había crecido sin límites.

Sin embargo, estaba decidido. Si había una posibilidad de recuperar algo del equilibrio perdido, valía la pena el intento. La lucha por restablecer la oscuridad comenzaría pronto, no solo para salvar a una generación, sino para recordarles a todos lo que significa ser verdaderamente humanos: encontrar paz en la penumbra.

M. D.  Álvarez 

viernes, 3 de abril de 2026

La elección del corazon:.

Las tensiones habían ido increchendo entre los dos jóvenes que trataban de conquistar a la misma chica. Siempre habían sido amigos, pero a raíz de la llegada de aquella jovencita, las tensiones se multiplicaron.

Ella sabía el efecto que ejercía sobre los dos jóvenes y no dudaba en ponerlos a prueba con todo tipo de misiones, cada cual más peligrosa. Sin embargo, ninguno de los dos cesaba en cumplir sus deseos, por muy complicados que fueran.

No obstante, ella ya tenía un ganador: el joven de ojos azules y pelo negro era su elección.

La noche que había escogido para dar a conocer al ganador los reunió en la sala.

"¡Sois unos jóvenes muy especiales y me ha resultado casi imposible decidirme por uno de los dos!", refirió ella con sutileza, "pero he de deciros que tú eres mi elección", dijo mirando al joven de ojos azules.

El joven de ojos azules sintió una mezcla de alegría y sorpresa al escuchar las palabras de la chica. Sin embargo, no pudo evitar notar la sombra de decepción en el rostro de su amigo, un sentimiento que lo hizo dudar. ¿Era realmente justo celebrar su victoria mientras su amigo sufría?

La chica, al ver la vacilación en el rostro del joven, sonrió con complicidad. "No te preocupes, he planeado algo especial para celebrar", dijo, tratando de suavizar la tensión. "Quiero que ambos se sientan como verdaderos héroes esta noche".

Mientras se preparaban para la celebración, el joven de ojos azules no podía dejar de pensar en las misiones que habían enfrentado juntos. Desde escalar el viejo roble en el parque hasta recuperar un objeto robado en la feria del pueblo, cada desafío había fortalecido su vínculo. Pero ahora, esa amistad se sentía frágil.

La chica los llevó a una antigua cabaña en el bosque, un lugar donde solían jugar de niños. Las llamas de una fogata iluminaban el espacio mientras ella les pidió que compartieran sus historias más valientes. El otro joven se levantó primero, su voz temblorosa pero decidida. Relató cómo había enfrentado a un grupo de matones para proteger a un compañero en la escuela. La chica lo miró con admiración y asombro.

Luego fue el turno del joven de ojos azules. Se aclaró la garganta y comenzó a hablar sobre una noche en que había salvado a un gato atrapado en un árbol, pero sus palabras pronto se desvanecieron al darse cuenta de que esa historia palidecía frente a la valentía de su amigo.

La atmósfera se tornó tensa y silenciosa después de sus relatos. La chica miró a ambos jóvenes y sintió que el peso de la elección caía sobre ella. "Ambos sois valientes", dijo suavemente. "Pero lo que realmente importa es cómo manejáis esta situación entre vosotros".

En ese momento, el otro joven se levantó y extendió la mano hacia su amigo. "No quiero que esto nos divida", dijo con sinceridad. "Lo más importante es nuestra amistad".

El joven de ojos azules miró la mano extendida y luego a la chica. Aquel gesto lo llenó de gratitud y alivio. "Tienes razón", respondió finalmente, estrechando la mano de su amigo. "No vale la pena perder lo que tenemos por esto".

La chica sonrió al ver cómo los dos amigos recuperaban su conexión. "Quizás hay más formas de amar y ser amado", sugirió con entusiasmo.

Esa noche, entre risas y anécdotas compartidas alrededor del fuego, los tres jóvenes descubrieron que la verdadera victoria no siempre reside en ganar el corazón de alguien, sino en mantener las amistades fuertes ante los desafíos.

M. D.  Álvarez