lunes, 20 de julio de 2026

Campeones del mundo.

Marcus, como capitán de la selección de España, se sentía eufórico y exaltado. Acababan de ganar la Copa del Mundo y, sin pensárselo dos veces, agarró a Angie y la besó con pasión.

El estadio retumbaba con una marea roja y amarilla de vítores, confeti y luces parpadeantes, pero para Marcus y Angie, el resto del mundo pareció congelarse en ese instante.

​El beso, impulsado por el sudor, la adrenalina y la euforia puramente visceral de ser campeones del mundo, duró solo unos segundos que se sintieron eternos. Cuando Marcus finalmente se separó unos centímetros, con la respiración entrecortada y una sonrisa desbordante, buscó los ojos de Angie.

​Angie, con el micrófono aún sostenido a media altura y los auriculares torcidos por la inercia del abrazo, se quedó petrificada. Sus mejillas ardían casi al mismo ritmo que la iluminación del estadio. La cámara de la televisión nacional seguía fija en ellos, proyectando sus rostros en la pantalla gigante y en los hogares de millones de personas.

​—Marcus... estamos en directo —susurró ella, intentando mantener la compostura profesional mientras una sonrisa involuntaria se le escapaba por la comisura de los labios.

​Marcus dejó escapar una carcajada limpia, con el peso del trofeo aún latente en la memoria de sus manos.

​—Me da igual, Angie. Acabamos de tocar el cielo —respondió él, tomándole el rostro con suavidad antes de darle un rápido beso en la mejilla y girarse hacia la grada, alzando los brazos para unirse al rugido colectivo de sus compañeros.

​Angie parpadeó, se colocó bien el auricular con dedos temblorosos y miró a la cámara. Su voz sonó algo más aguda de lo habitual, pero completamente viva:

​—Bueno... volvemos al estudio. España es campeona del mundo.

M. D. Álvarez 

Vimana de Visnú.

Su familia descubrió una de aquellas carrozas celestes, la de Visnú. Aquel vehículo tenía la envergadura de un edificio de 50 plantas. Lo descubrieron en una mina abandonada, en una descomunal abertura.

Los mineros huyeron asustados; el vehículo era de un material cálido al tacto. No parecía tener ventanillas ni puertas. Marcus ojeó unos grabados en un lateral de aquel vimana; se parecía al sánscrito अहं विष्णुं सेवयामि*. Descifró el grabado y lo recitó. Hubo un leve zumbido y un panel se deslizó hacia arriba. Marcus, un chico carismático e inteligente, se había formado en el Instituto Indio de Ciencias de Bangalore

Entró en el gigantesco vimana; algo lo guiaba a seguir adelante, una fuerza lo empujaba a seguir avanzando hasta llegar al centro de mando. El vimana despedía una cálida luminiscencia que, al llegar a la sala de mando, se hizo más intensa. Marcus vio un gigantesco ser de color azul que parecía dormido a los mandos de su carroza. Se aproximó y pudo comprobar que tenía clavada una माला* en su corazón. Marcus no se lo pensó y extrajo la divina Vel del pecho de Visnú. En cuanto la retiró, la herida comenzó a cerrarse y el gigante abrió los ojos, mirando al joven guerrero que sostenía el arma del dios de la guerra, Murugan.

—Di tu nombre, oh joven de alma noble —resonó la voz del dios en su mente.

—Mi nombre es Marcus, serenísima divinidad —refirió Marcus, postrándose ante el gigante.

—Levántate, noble Marcus. Tú me has despertado y liberado de la maléfica Vel. Pídeme lo que quieras —respondió el gran dios.

—No quiero nada, tan solo haber servido fielmente —respondió Marcus, alzándose.

—Lo has hecho bien. Ve y difunde mi resurgimiento —dijo el gigante, mostrando su siempre amable rostro a su humilde adepto, Marcus.

M. D. Álvarez 

Traducción de términos en sánscrito. 
अहं विष्णुं* सेवयामि।*. Yo sirvo, a Visnú. 
भाला*: Jabalina..

El sombrero del abuelo.

¿Qué haces con el sombrero del abuelo? —preguntó su madre, que lo miraba con orgullo. Su pequeño ya apuntaba maneras para sustituir a su padre.

El abuelo vio en su nieto su vivo retrato. Cuando, siendo un joven retoño, sintió la llamada de aquella capucha tan enigmática, el trabajo siempre fue sucio pero necesario, y había encontrado un relevo para servir a la guadaña.

M. D. Álvarez 

domingo, 19 de julio de 2026

Defensora a ultranza. 2da parte.

La puerta del dormitorio se cerró con un suave clic tras ellos. Sus corazones acelerados parecían latir a un mismo compás.

Ella lo miró con una mezcla de ternura y deseo, sus ojos brillando a la luz tenue de la lámpara.

—"¿Sabes cuánto me preocupan esas misiones arriesgadas?" —preguntó ella, mientras se acercaba a él, dejando que su mano recorriera suavemente su brazo.

Él suspiró, sintiendo el peso de su preocupación. —"Lo sé, pero no tengo otra opción. Ellos no se atreven a hacer nada sin mí. Si no lo hago yo, ¿quién lo hará?" 

Ella negó con la cabeza, acercándose más hasta que sus frentes casi se tocaban. —"No quiero que te pongas en peligro por ellos. Eres más valioso para mí que cualquier misión."

Él sonrió, sintiendo cómo su corazón se derretía ante sus palabras. —"Tú eres mi razón para seguir adelante. Pero no puedo dejar que se salgan con la suya."

—"Entonces hagamos un trato," propuso ella, con un brillo travieso en los ojos. "Si ellos quieren que hagas el trabajo sucio, entonces deben aprender a respetarte. Y si no lo hacen... bueno, ya sabes lo que haré."

Él levantó una ceja, intrigado. —"¿Y qué harás exactamente?"

—"Voy a asegurarme de que entiendan que no pueden aprovecharse de ti." Su sonrisa se amplió, mostrando la determinación que siempre había admirado en ella.

Antes de que pudiera responder, ella lo atrajo hacia sí y sus labios se encontraron en un beso apasionado. El mundo exterior desapareció mientras él se perdía en su dulzura y firmeza. Por un momento, todo lo que existía eran ellos dos.

Cuando finalmente se separaron, ella lo miró fijamente a los ojos. —"Y ahora te voy a compensar por lo que te han hecho padecer", dijo con ternura, empujándolo suavemente hacia la cama. Comenzó a desvestirse con dulzura y suavidad, mientras él la miraba con deleite y fascinación. Su cuerpo delicado y delicioso se exhibía con deseo. La noche fue lujuriosa y llena de delicadeza; deslizó sus dedos por su suave piel, recorriendo cálidamente sus curvas y los dulces contornos.

M. D. Álvarez 

Líneas de pasión.

La huella de la palma de su mano era la única llave de su destino. Su línea de vida era interminable, pero no era tan larga como la de su destino. Una quiromántica le vaticinó un futuro dorado y lleno de aventuras.

Su suerte cambió al ver a aquella pelirroja de ojos verdes; su corazón estalló de pasión por ella. Sería su primera y única aventura. Después de que la quiromántica le leyera la mano, sus adorables e intensos ojos verdes lo subyugaban, haciendo que se convirtiera en su más férreo y sincero protector. Al parecer, ella quería algo más que un protector y se lo dejó claro cuando se tropezó con él.

—¿Tienes prisa, guapo? —dijo, colocando su mano sobre su pecho.

No sé a qué te refieres —respondió él en un hilo de voz apenas audible.

¿Te gustaría acompañarme? —susurró ella al oído.

Su corazón latía desbocado; ella era capaz de sumirlo en un deseo pasional inextinguible. La seguiría hasta el fin del mundo si se lo pedía.

—Ven conmigo, campeón —dijo ella, tomándolo de la mano. Lo guió hasta su dormitorio.

Una vez dentro, ella lo sentó en un sillón, comenzó a besarlo y tocarlo sin que él se pudiera resistir. Su piel morena y aterciopelada hacían de él un adorable y mimoso osito de peluche. Ella siguió acariciándole y, cuando llegó a su paquete, dijo:  

—Si hubiera sabido que estabas tan bien dotado, habría empezado por tu enorme paquete."  

Él se sintió verdaderamente azorado y excitado; las manos de ella eran un verdadero placer.

Mientras sus labios se encontraban en un vaivén ardiente, él sentía que el mundo exterior se desvanecía. La pelirroja lo envolvía en un torbellino de sensaciones que nunca había experimentado. Cada roce de su piel era como un rayo, electrificando cada fibra de su ser.

—Eres increíble —susurró él entre besos, sus palabras apenas audibles por la intensidad del momento.

Ella sonrió, con una chispa traviesa en sus ojos verdes. —Y aún no has visto nada. 

Con un movimiento ágil, ella se levantó y comenzó a desabrocharse la blusa, revelando una piel suave y bronceada que parecía brillar bajo la luz tenue del dormitorio. Él se quedó boquiabierto, incapaz de apartar la vista.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó ella con una sonrisa coqueta.

—Más de lo que puedo describir —respondió él, su voz temblorosa por la mezcla de asombro y deseo.

Ella se acercó, colocándose justo frente a él y dejando que sus manos exploraran su torso. Cada caricia era un fuego que lo consumía lentamente. Él se sintió atrapado en su hechizo, incapaz de resistirse a la tentación.

—Hoy es solo el principio —dijo ella, inclinándose hacia él. Sus labios rozaron los suyos nuevamente mientras sus manos seguían explorando. —Quiero que me muestres quién eres realmente.

Él sintió cómo su corazón latía con fuerza ante la invitación. Era como si ella pudiera ver más allá de su exterior; como si supiera que había más en él que solo un simple protector. 

Con determinación renovada, tomó su mano y la guió hacia él, atrayéndola más cerca mientras sus cuerpos se fundían en un abrazo ardiente. La conexión era palpable; no era solo deseo físico, sino una mezcla de anhelos profundos y secretos aún por descubrir.

—Eres más que solo una aventura para mí —murmuró él, sus ojos fijos en los de ella.

Ella sonrió con complicidad y respondió: —Entonces hagamos de esta noche algo inolvidable.

Con esas palabras resonando entre ellos, se sumergieron en un mundo donde el tiempo no existía y donde cada caricia prometía una nueva aventura por descubrir. Los dos sabían que estaban cruzando una frontera desconocida, pero esa incertidumbre solo alimentaba su pasión.

M. D. Álvarez 

sábado, 18 de julio de 2026

Cuarta ola.

Los ríos se iban secando a ojos vista; los lagos se secaban cada vez más rápido; los acuíferos se secaban al no recibir las aguas freáticas que no llegaban tras la más larga sequía.

La naturaleza se agostaba; los peces y criaturas fluviales luchaban por sobrevivir en pequeños reductos sombríos, donde las criaturas buscaban alivio al calor abrasador y las pequeñas charcas regadas por manantiales de cristalinas aguas. 

No se sabe cuánto más lograrán subsistir, aliviados por los pequeños manantiales. Solo espero que termine pronto esta aterradora ola de calor que no para de aumentar los grados.

Mientras tanto, la tierra aguarda en silencio, conteniendo el aliento, a la espera de ese primer susurro de lluvia que devuelva el latido a su cauce.

M. D. Álvarez 

Una nueva estrella emergente.

Su último grito de guerra se lo dedicó a su esposa e hijo; por ellos lucharía hasta el final y cumpliría con su destino de ser el héroe que todos esperaban de él.

Lo único que lamento es que en su último aliento de vida fue no haberla amado más  ni haber jugado con su pequeño las veces que el chiquillo lo reclamaba.

Lo vieron alejarse hacia el combate final por ella y su hijo, su familia; a pesar del dolor que sufría por dejarlos atrás, se debía a su destino de guerrero invencible. Una vez caído, renació entre las estrellas emergentes. 

M. D. Álvarez