miércoles, 2 de septiembre de 2026

Teotihuacan

Aquella losa era su piedra de toque; allí era donde los hombres se convertían en dioses. Una vez pisada, ya nada sería igual, pero debía convertirse en algo más; si no, no podría proteger todo lo que amaba, y él lo sabía. Aunque tuviera que morir un millón de veces, lo prefería a ver sufrir a su amada.

Cuando traspasó la losa para entrar en la majestuosa ciudad de Teotihuacan, sintió cómo un millón de agujas atravesaban su cuerpo. La transformación había comenzado; ahora era cuestión de que su cuerpo aguantara su transformación en un dios protector. Nadie sabe cuánto tiempo le llevó fortalecer su cuerpo para trascender al plano divino.

Transcurrieron meses hasta que volvió a pisar la piedra de salida; su aspecto era imponente y majestuoso, con un tocado cubierto de plumas de quetzal. Recibió el nombre de Ixtololojuan iluikak.

La única que lo reconoció fue su amada, que al verlo llegar con semejante porte se postró ante él. Sorprendido, la alzó con ternura y dijo: —No tienes que postrarte frente a mí, soy yo quien te debe devoción. He traspasado los muros de la divina ciudad de Teotihuacan para poder protegerte de todo mal, mi apasionada y dulce compañera.

M. D. Álvarez 

Teotihuacan: Lugar donde los hombres se convierten en dioses

Ixtololojuan iluikak: Ojos del cielo.

Historia de una familia dispar. VII parte

Cuando lograron desescombrar, hallaron a Marcus hecho un ovillo. Angie se acercó con cuidado y posó su delicada mano sobre la cabeza de Marcus, y preguntó: "¿Y los mellizos dónde están?"

—Aquí —dijo, abriendo los brazos—. Esperanza y Devastación dormían como ceporritos. Angus ayudó a sacar a Marcus de aquel hueco que él había logrado mantener estable con un campo de energía.

Angie se arrodilló junto a los mellizos, observando sus rostros serenos. A pesar del caos que los rodeaba, Esperanza tenía una sonrisa apenas perceptible, mientras Devastación fruncía el ceño, como si soñara con tormentas.

—El campo de energía está debilitándose —advirtió Angus, con la voz tensa—. No sé cuánto tiempo más podremos mantenerlo.

Marcus se incorporó con dificultad, sus ojos aún brillaban con el resplandor azul del esfuerzo. Miró a Angie, luego a los niños, y finalmente al cielo, donde las nubes comenzaban a girar en espiral.

—No podemos quedarnos aquí —dijo—. Si el núcleo se activa, todo este sector colapsará.

Angie asintió. Buscó unas nuevas coordenadas para la reubicación.

—Hay una salida a 500 metros al norte que nos transportará a tu región de origen, Marcus —refirió con determinación Angie.

Continuará...

M. D. Álvarez 

martes, 1 de septiembre de 2026

Historia de una familia dispar. VI parte.

Marcus, ¿estás ahí? La oyó llamarlo con desesperación.

—Sí, tranquila, los tengo a los dos —respondió Marcus, asegurándose de que Esperanza y Devastación se encontraban sanos y salvos. Los dos dormían en los brazos de su padre.

—No te muevas, voy a traer un equipo de rescate.

—No me moveré, he conseguido estabilizar una burbuja de aire. No voy a ponerlos en peligro. Date prisa.

—Ok, vuelvo en dos minutos.

Angie salió a la carrera en dirección al cuartel general, donde habían detectado el temblor y se estaban preparando para realizar los rescates necesarios. Angus la vio llegar pálida.

—Angie, ¿dónde está Marcus y los pequeños?

Están atrapados en un derrumbe ha logrado crear un campo de fuerza; no sé si Marcus podrá mantenerlo por mucho tiempo. Los mellizos están con él.

Angus llamó al equipo completo y se dirigió a la habitación donde Angie le había indicado. El equipo de extracción se puso a quitar escombros.

Continuará...

M. D. Álvarez 

Un año.

Un año exacto. Doce meses en los que el dolor de una ruptura se transformó paulatinamente en una calma extraña, un renacer amargo pero firme. 

Miró por el cristal hacia la calle empapada por la lluvia. Sus dedos dejaron caer la carta que jamás llegó a enviar. 

Ya no había rencor ni nostalgia quemándole las entrañas; solo la certeza absoluta de que el tiempo al fin había cumplido su promesa de libertad.

M. D. Álvarez 

lunes, 31 de agosto de 2026

La luz de mis ojos.

Como cada fin de semana, sus encuentros acababan en disputa. Aunque aquel día algo cambió: se reunieron en la .noria, el ambiente se fue caldeando, pero no podía escapar de su órbita. 

Era la luz de mis ojos; aquella vez quise, por una vez, no discutir por nimiedades y casi lo conseguí. Si no fuera por el desliz cometido, ella me miró como si no me conociera y se precipitó al vacío. Su dolor, desde entonces, me acompaña sin permitir que vuelva a ser feliz.

M. D. Álvarez

Historia de una familia dispar. V parte.

El pequeño Devastación era un pillastre de cuidado, siempre jugando al límite. De no haber sido por su padre, se habría hecho daño; aunque, bien pensado, no creo que el chiquitín hubiera derramado una sola lágrima de dolor.  

Su melliza se tomaba las cosas con más calma; siempre miraba primero a su padre y después a su madre. Si recibía la confirmación de ambos, entonces sabía que no había peligro.  

Devastación era impulsivo y bruto, pero también era paciente con su hermana y cuidaba de ella. Hubo un día en que la perdió de vista tan solo un instante.  

Su padre dijo: "Tranquilo, la encontraré." Olfateó el aire y, al momento, detectó el dulce aroma de su pequeña; no estaba lejos de allí. Cogió a Devastación y dijo: "Sabes cómo huele tu hermana, sé que puedes rastrearla." El chiquitín hizo motines, pero finalmente olfateó el aire y allí estaba el olor de su hermanita.  

"Ve y dile que no pasa nada, que tú siempre la encontrarás y no dejarás que nada ni nadie le haga daño", dijo su padre acariciando su denso pelo.

Devastación gateó hasta el lugar donde se encontraba su melliza, acurrucada, y con tan solo la mirada dijo que nunca más la perdería de vista. Ella lo abrazó con desesperación; en su mirada había visto terror, pero cuando vio aparecer a su madre y a su padre, saltó a los brazos cálidos de su querida madre, mientras Devastación hacía lo propio con su padre.

Él le había dado la oportunidad de hallar a su hermana, pero había un rictus de desaprobación en el lobuno rostro de su padre y recordó lo que le había dicho: "Ella nació primero, pero necesita de tu valor para alcanzar su potencial. No debes perderla de vista ni un momento."

Devastación agachó la cabeza; se sentía culpable, pero su padre lo alzó sobre su cabeza y dijo: "Sé que serás un gran hermano para Esperanza." 

Aquello lo llenó de orgullo y lanzó su primer aullido, que fue seguido por uno mucho más potente: el aullido de su padre, seguido por los de su madre y hermana.

Continuará...

M. D. Álvarez

 

domingo, 30 de agosto de 2026

La mirada que lo cambió todo.

Cuando lo conoció, era un joven desgarbado y fibroso, pero tenía un je ne sais quoi que la atraía. No sabía si era su dulce mirada o sus ojos azules, pero tenía algo que la cautivaba. Era cierto, y él se percató de que deseaba ser más fuerte y atlético para ella, pues se sentía halagado y feliz. A él también le gustaba ella.

Él, sintiendo esa nueva motivación, se había propuesto ir a correr todas las mañanas por el parque. Un día, mientras pasaba junto a un banco donde ella solía leer, levantó la vista. Sus ojos se encontraron, y por un instante, el mundo pareció detenerse. En esa mirada, ella vio reflejada la determinación que él sentía, esa chispa de querer ser mejor. 

Él, por su parte, se sintió inundado por la calidez de su sonrisa, una sonrisa que le dio el impulso para seguir adelante, sabiendo que su esfuerzo no pasaba desapercibido. 

Fue un cruce de miradas que dijo más que mil palabras, un pequeño detalle que selló el comienzo de algo especial.

M. D. Álvarez