jueves, 16 de julio de 2026

intensidad.

Con aquella camiseta tan ajustada de los Chicago bulls y aquellos vaqueros viejos que le sentaban tan bien era el chico más atento cortés y educado  sería un buen partido para cualquier chica pero solo había una que lo seguía a todas  partes un día la sorprendió observándolo desde el otro lado de la calle mientras el tomaba un capuchino en la cafetería de enfrente al terminar salió por la puerta trasera tenía curiosidad por la chica que lo observaba desde el otro lado de la calle .

¿Algo interesante? Preguntó él sorprendiendola por la espalda.

Ella se sobresalto al oírlo dando un respingo se giró encontrándoselo a menos de dos centímetros. A ella casi le da un infarto aquellos deslumbrantes ojos azules que la miraban entre divertido y juguetón.

Ella tartamudeó un poco, tratando de encontrar las palabras adecuadas. 

—Eh, estaba... admirando tu estilo —dijo, sonrojándose. 

Él sonrió con confianza, acercándose un paso más. 

—Gracias. No sabía que tenía una fan —respondió, arqueando una ceja. 

Ella se rió nerviosamente, sintiendo cómo la tensión se desvanecía. 

—Soy más bien una observadora —confesó, sintiéndose audaz. 

Él se inclinó un poco, con un brillo travieso en sus ojos. 

—Entonces, ¿qué observas de mí? 

El corazón de ella latía con fuerza mientras se preguntaba si debía arriesgarse a ser sincera. En ese instante, todo parecía posible.

Ella tomó aire, dándose valor. 

—Que tienes un estilo único y que pareces divertido —respondió, sonriendo. 

Él la miró con interés, como si cada palabra fuera un pequeño tesoro. 

—¿Te gustaría descubrirlo en persona? —preguntó, señalando el coche estacionado cerca. 

Ella no podía creer lo que escuchaba. 

—¿Un paseo? 

Él asintió, su sonrisa se amplió. 

Sin pensarlo dos veces, ella aceptó. Se subieron al coche y él encendió el motor. Mientras recorrían las calles, la risa y la música llenaron el aire. En ese momento, ambos entendieron que esta era solo el inicio de una hermosa historia juntos.

M. D. Álvarez!

El. manso corderito. 3ra parte.

El VETE arañado en el suelo le quemaba los ojos. No era una sugerencia; era una orden desgarrada, el último acto de lucidez de una mente consumida por la bestia. Un hombre que, incluso en el borde del abismo, intentaba empujarla a la seguridad.

Angie no se movió.

Observó los vidrios rotos, el marco de la ventana destrozado, la oscuridad del jardín que se tragaba todo rastro. El aire frío de la noche entraba a ráfagas, secando las lágrimas que solo ahora notaba en su rostro. Tocó el pequeño corte en su mejilla. No era profundo. Un accidente, pensó. O una advertencia deliberadamente leve.

Su mirada cayó en la Glock, abandonada e inocua en el suelo de madera. La promesa resonó en su cabeza: "Si ves que cuando salga la luna llena mi cuerpo se convierte... apunta aquí y dispara."

No. Ella no había visto a una bestia. Había visto a Marcus luchando contra una bestia. Había visto el destello de él en aquellos ojos amarillos. Había sentido cómo se detenía. Lo que salió por la ventana no fue un monstruo hambriento de sangre, sino una criatura ahuyentada por su propio miedo a hacerle daño.

La decisión se concretó en su pecho, fría y clara como el cristal roto a sus pies. No podía irse. No después de eso.

Sin pensarlo dos veces, agarró una chaqueta gruesa de Marcus de la percha—olía a él, a café y a madera—y se la puso. Cambió sus pantuflas por unas botas resistentes. De la cocina, tomó una linterna potente y el cuchillo de carnicero más grande, cuyo peso le resultó grotesco y reconfortante al mismo tiempo. Dudó un instante frente al arma en el suelo. La recogió. La dejó en la mesita de la entrada. No la cargaría. No iba a cazarlo. Iba a encontrarlo.

El jardín era un reino de sombras danzantes. La luna, casi llena, lo bañaba todo en una luz plateada y engañosa. No hubo que buscar mucho: un rastro de ramas quebradas y tierra removida se adentraba en el bosque que lindaba con su propiedad. Marcus siempre había dicho que esos bosques eran antiguos, profundos. Un lugar donde perderse.

Angie adentró sus pasos en la negrura, la linterna cortando un camino tembloroso. Cada ruido—el crujido de una rama, el ulular lejano de un búho—la hacía saltar. Pero el miedo a lo que había allá fuera era menor que el terror que sentía por lo que podía estar sufriendo él. "Marcus!" llamó, primero en un susurro, luego con más fuerza. "¡Marcus, soy yo! ¡Angie!"

Solo el bosque respondió.

Siguió el rastro de destrucción: un tronco joven partido por la mitad, zarzas desgarradas como si un tractor las hubiera arrollado. Y luego, manchas oscuras en la hojarasca. Se agachó, tocó con los dedos. Húmedo. Oscuro. Sangre. No mucha, pero era suya. Se había herido al saltar por la ventana.

El corazón le dio un vuelco. "Marcus, por favor..." suplicó, avanzando más rápido.

El rastro la llevó a un claro. Y allí, bajo la luz directa de la luna, lo vio.

La criatura estaba acurrucada junto al tronco caído de un roble viejo. Era enorme, cubierta de un pelaje hirsuto y oscuro, con los hombros convulsivos por cada jadeo. Una de sus patas delanteras—sus brazos—sangraba por un corte profundo. Al escuchar su acercamiento, alzó la cabeza.

Los ojos amarillos la encontraron. Esta vez, no hubo furia ciega. Había dolor. Una fatiga infinita. Y un profundo, abismal horror.

Angie detuvo su marcha a diez metros de distancia. Dejó que la linterna iluminara el suelo entre ellos, no su rostro. Bajó el cuchillo, dejándolo a un lado.

—Ya está —dijo, con una calma que no sentía—. Ya pasó. Te encontré.

La bestia emitió un gruñido bajo, una vibración de advertencia que sonaba más a queja. Retrocedió, arrastrándose contra el árbol, como si quisiera fundirse con la madera para desaparecer.

—No me voy a ir, Marcus —continuó ella, dando un paso lento, deliberado—. Me pediste que prometiera dispararte. Prometí. Pero no prometí abandonarte. Y no lo haré.

Otro paso. La criatura tensó todos sus músculos. Angie podía ver ahora los detalles: las manos que ya no eran del todo garras, sino una grotesca fusión de dedos humanos y uñas negras; la boca contraída en un rictus que mostraba colmillos, pero también la línea de los labios que ella había besado miles de veces.

—Esa noche en la cocina —dijo, su voz ganando fuerza con el recuerdo—, el día que me propusiste matrimonio, estabas tan nervioso que quemaste las tostadas. La casa se llenó de humo y tú solo podías decir "lo siento, lo siento, lo arruiné todo". —Una lágrima cálida le resbaló por la mejilla, mezclándose con la sangre seca—. No lo arruinaste. Y esto no lo está arruinando.

Estaba a tan solo tres metros. Podía oler el sudor feral, la tierra, la sangre. Podía ver cómo los ojos de la bestia se entrecerraban, confundidos, como si lucharan por entender el lenguaje a través de una niebla de instinto.

—Te quiero —susurró Angie, deteniéndose finalmente. Extendió una mano, vacía, con la palma hacia arriba. Un gesto universal de paz. De entrega. —Te quiero a ti. A todo tú. Vuelve a casa.

Durante un instante eterno, nada se movió. Solo el viento en las hojas y el jadeo angustiado de la bestia. Luego, un temblor violento la recorrió de la cabeza a los pies. Emitió un sonido desgarrador, un aullido que comenzó como un rugido y terminó como un grito humano de agonía.

Angie vio cómo la masa de músculo y pelo parecía contraerse, cómo la columna vertebral se retorcía con un sonido nauseabundo de huesos recolocándose. El pelaje se iba retrayendo como una ilusión, la figura se hacía más pequeña, más delgada.

Y allí, desnudo, temblando de frío y de dolor, cubierto de moretones y del corte sangrante en el brazo, estaba Marcus. Arrodillado en la hojarasca, con la cabeza gacha, los hombros sacudidos por sollozos silenciosos.

Angie no corrió. Caminó hasta él, se arrodilló y envolvió su cuerpo tembloroso con la chaqueta grande que olía a él. Él se estremeció al contacto, pero no se apartó. Al contrario, se hundió en su abrazo como un náufrago.

—Lo siento —logró articular entre dientes castañeantes—. Lo siento, Angie, te dije que te fueras...

—Shhh —acalló ella, acariciándole el cabello empapado de sudor—. Ya está. Estoy aquí. Te traje a casa.

Y así, bajo la luna que había desatado al lobo, fue el amor, no la bala, lo que encontró su camino hasta el corazón de la bestia.

M. D. Álvarez 

miércoles, 15 de julio de 2026

El manso corderito. 2da parte.

La Glock 43X, fría y angular, descansó en el cajón de la mesilla de noche, como un secreto a medias entre ellos. Angie la tocaba a veces, solo para sentir el peso de la promesa que había hecho. Marcus, por su parte, se volvió más vigilante. Contaba los días en un calendario lunar que solo él entendía.

Las noches de luna creciente eran las peores. Marcus inventaba viajes de trabajo, reuniones intempestivas. Angie oía sus pasos inquietos en el piso de arriba, el runrún de la televisión a las tres de la madrugada. A veces, al abrazarlo, sentía sus músculos tensos como cuerdas a punto de reventar.

—Solo son pesadillas —murmuraba él, besando su frente—. Cosas de la infancia.

Pero una noche, con la luna llena a dos jornadas, Marcus no pudo fingir. Se encerró en el sótano, como solía hacer antes de conocerla. Angie, desde el otro lado de la puerta, oyó un quejido profundo, un sonido que no era humano: un crujido de huesos, un gruñido ahogado. Golpeó la puerta.

—¡Marcus! ¡Ábreme!

La única respuesta fue un arañazo largo y lento contra la madera, desde abajo. Como si una bestia se estuviera erguiendo.

Angie corrió escaleras arriba, el corazón desbocado. No pensó. Abrió el cajón. La pistola pesaba menos ahora, o quizás era su mano la que pesaba más. Volvió al sótano, la respiración entrecortada. Los gruñidos eran más fuertes, la puerta temblaba en su marco.

«Si ves que cuando salga la luna llena mi cuerpo se convierte en una aterradora bestia, apunta aquí y dispara».

La puerta cedió.

No fue una explosión de madera, sino un quebranto lento. La figura que emergió a la penumbra del pasillo no era el Marcus alto y desgarbado que ella amaba. Era más grande, encorvado. Los ojos reflejaban la tenue luz del pasillo con un brillo amarillo y líquido. La respiración era un resuello ronco.

Angie alzó la pistola. Las manos le temblaban. El cañón dibujaba pequeños círculos en el aire, buscando el corazón de la sombra que avanzaba.

—Marcus —susurró, una última súplica.

La bestia emitió un sonido que podría haber sido un sollozo o un rugido. Dio un paso más. Su aliento, cálido y con olor a cobre, le llegó al rostro.

Angie cerró los ojos.

Pero no apretó el gatillo.

En lugar de eso, recordó. Recordó al "manso orderito" que le preparaba el desayuno los domingos, al hombre que lloraba con las películas tontas, a la persona que le había entregado su destrucción por miedo a hacerle daño. Recordó sus palabras: "Tu forma de ser es lo que me enamoró de ti".

Abrió los ojos. El monstruo estaba a un paso, su mano —¿era una mano?— alzada. Pero en esos ojos amarillos, detrás del velo de furia y dolor, Angie creyó ver un destello. Un destello de él.

Bajó el arma, lentamente, hasta dejarla a un lado en el suelo.

—No —dijo, su voz tan firme que a ella misma la sorprendió—. No te voy a matar, Marcus. Te voy a esperar.

La bestia se detuvo. Un temblor la recorrió, como si dos naturalezas lucharan dentro de aquel cuerpo deforme. Emitió un gemido de agonía, se llevó las garras a la cabeza y, de un salto sobrenatural, se lanzó por la ventana del pasillo, rompiendo cristales y madera, desapareciendo en la oscuridad del jardín.

Angie se quedó temblando, rodeada de silencio y vidrios rotos. Algo mojado y cálido le resbaló por la mejilla. No era una lágrima. Al pasar un dedo, vio que era sangre. Un fino corte del cristal, quizás. O quizás el roce de una garra que había estado a centímetros de su garganta y que, en el último instante, se había retraído.

Abajo, en el suelo, junto a la pistola descargada, una sola palabra, arañada con fuerza en la madera del suelo, como si hubiera sido escrita con una uña bestial o con la desesperación de un hombre:

VETE.

Continuará...

M. D. Álvarez 

El manso corderito.

En previsión de futuros peligros, él se hizo con una Glock 43X, con un cargador de 10 balas y una en la recámara, y se la entregó a ella. Él la miró y preguntó: "¿Para qué es esto?"

—Por si algún día se desata el lobo que habita en mí y quiere herirte —respondió él, evitando mirarla a los ojos, como si temiera que percibiera que le estaba ocultando la verdad.

Las anteriores transformaciones las había sufrido solo en el sótano, pero ahora la tenía a ella, su preciosa Angie.

Pero ella no supo o no quiso pillar la indirecta y dijo: "Lobo, tú, pero si eres un manso orderito", susurró al oído.

—Angie, sabes que te quiero más que a la vida misma. Cógela y si ves que cuando salga la luna llena mi cuerpo se convierte en una aterradora bestia, apunta aquí —dijo, señalando su corazón— y dispara, porque si te hiciera daño, la vida no tendría sentido para mí.

—Pero Marcus, tu corazón es grande y noble, y no creo en supercherías de esas —susurró, cabizbajo.

—Angie, te lo estoy diciendo en serio. Prométeme que lo harás —suplicó Marcus.

—Está bien, si ese animal que llevas dentro osa salir, lo haré, pero no creo que seas un monstruo; todo lo contrario, tu forma de ser es lo que me enamoró de ti —dijo Angie en voz baja. Creía conocer a Marcus, todos sus vacíos y bondades; nunca lo habría tachado de monstruo, pero lo amaba y aceptaría aquel arma que él le ofrecía.

Continuará...

M. D. Álvarez 

martes, 14 de julio de 2026

¿Por qué no me lo dijiste?.

Número de caso 001
Número archivo: 1
Número de registro: 0


Víctor, cuando perdió a su esposa a manos de uno de los peores asesinos en serie, se encerró en su despacho, sumido en un dolor inenarrable. Su furia se desató cuando, accidentalmente, rompió el jarrón favorito de su difunta esposa, Raquel. Golpeó la pared de su despacho, abriendo un boquete. Lo que descubrió fue que tras la pared había una puerta con una cerradura alfanumérica con un código de treinta y cinco caracteres perteneciente a su esposa, quien nunca le comentó nada sobre habitaciones secretas. ¿Por qué lo había ocultado? Era todo un misterio y necesitaba descubrir qué había tras la pared y, sobre todo, el porqué se lo había ocultado Raquel.

Víctor se quedó parado ante el teclado, que despedía una luz de un azul cerúleo que parpadeaba insistentemente. Treinta y cinco espacios vacíos lo llamaban, pero él no tenía las respuestas todavía. Sin embargo, le debía a Raquel el beneficio de la duda; hasta no atravesar esa puerta, no sabría por qué se lo había ocultado. Hizo memoria: Raquel, siempre que quería encontrar inspiración, cogía la vieja Biblia y buscaba consuelo en sus páginas. La última semana, su angustia iba en aumento y las horas se perdían entre las antiguas escrituras. Pero el día antes de ser asesinada, Raquel le sorprendió con una cita del Nuevo Testamento que Víctor no lograba recordar. 

¿Sería aquella cita la clave de acceso? Ella siempre lograba amasar su instinto primario y visceral, así que se sentó en el sillón favorito de Raquel e intentó recordar aquella cita que tanto le sorprendió. Fue antes de que él saliera a indagar algo que ocurrió en el parque; era como si ella hubiera presentido su muerte y lo preparara para el hallazgo tras la desesperación y la furia inicial. Ella lo amaba con tal devoción que sabía que, sin ella, él se sentiría perdido y sin rumbo. Por eso, le ofreció un nuevo reto para calmar su furia inicial, encaminándolo hacia un destino todavía por desvelar.

"¿Qué me dijiste antes de salir?" preguntó al aire, como si ella siguiera ahí. Víctor recordó que dos días antes Raquel puso su taza de café sobre una página específica, dejando una leve marca sobre un versículo específico. Así que recogió la Biblia de la estantería donde ella la colocó y abrió el grueso ejemplar, hojeando, buscando. Era como buscar una aguja en un pajar, pero a concienzudo no le ganaba nadie. Por fin, allí estaba la leve marca de café. Leyó..
 Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.

Aquello no sonaba a nada de lo que Raquel le había dicho, y fue ahí donde se dio cuenta de que Raquel era muy dada a reinterpretar las escrituras, dándoles su toque personal. "Raquel, tú eres y serás mi guía en esta y en la otra vida", pensó Víctor. Se dirigió al teclado y tecleó: "Solo los mansos pasarán" Mateo 5:5. El último símbolo no podía ser menos que la inicial de su esposa: R.

Escuchó un "clack" firme, seco, contundente y metálico. La puerta se abrió, la oscuridad lo envolvió, buscó el interruptor y dio la luz. Ante él había un gran portal trasdimensional que lo lanzaría como un dardo demoledor.


Cruzó el umbral y el portal rugió. No era un refugio, sino un arsenal de tecnología imposible. En el centro, una pantalla   el rostro de Raquel lo obsevaba 

—Víctor, el asesino no es humano. Comprendió que su duelo terminaba y que su cacería interdimensional, impulsada por un amor eterno, apenas comenzaba.

M. D. Álvarez 

Llave de carraca. 2da parte.

A medida que el sol comenzaba a ponerse, llenando el taller de tonos dorados, ella se dio cuenta de que había encontrado algo más que un pasatiempo en aquel Camaro. Mientras limpiaban las últimas partes del motor, sus manos se rozaron y ambos se detuvieron, mirándose a los ojos.

—¿Te gustaría dar una vuelta algún día? —preguntó él, con una sonrisa esperanzada.

—Solo si prometes enseñarme a manejar —respondió ella, riendo suavemente.

Él estaba gratamente sorprendido al encontrar una chica que sabía diferenciar entre una llave inglesa, una de carraca y que no le importara ensuciarse con grasa.

La risa se convirtió en complicidad y, en ese instante, supieron que esta era solo la primera de muchas aventuras juntos.

M. D. Álvarez 

lunes, 13 de julio de 2026

A topetazos.

Él era un cabraloca, siempre dándose de topetazos con sus amigos, hasta que un día se cruzó en su camino una preciosa mujer. No fue un encuentro elegante: él venía lanzado, ella venía distraída, y el choque fue tan sonoro que hasta un perro cercano levantó la cabeza, ofendido por el estruendo.

—Ay, perdón… —balbuceó él, frotándose la frente.  

—No pasa nada —respondió ella, aunque también se frotaba el hombro—. Pero… ¿siempre saludas así?

Él abrió la boca para contestar, pero no encontró palabras. No porque estuviera avergonzado —eso le duraba poco—, sino porque había algo en ella que lo dejó sin su habitual desparpajo. Una calma. Una luz. Una forma de mirarlo como si lo viera entero, incluso las partes que él mismo no entendía.

—No… —dijo al fin—. Solo cuando la persona lo merece.

Ella sonrió. Y él sintió, por primera vez en su vida, que quizá había encontrado a alguien capaz de detenerlo sin necesidad de topetazo.

M. D. Álvarez