Un par de noches después, Arthur se vistió de camuflaje y se pintó la cara con betún. Se ocultó bajo el porche del general y esperó a que el general volviera. Esperó un tiempo prudencial y se coló en la vivienda. Estaba a oscuras y en la habitación del fondo se oían ronquidos. Desembainó su bowie, dejó inconsciente al general y grabó en su frente la palabra "VIOLADOR". Había constatado que Angie no había sido la única; había abusado de otros cinco soldados.
Después de aquella marca imborrable, no hubo ningún ataque más. El general fue destituido de su rango con deshonor..
Angie supo enseguida que Arthur había actuado llevando la justicia a su manera. En las siguientes maniobras, ella estaba como un clavo esperando sus órdenes. Al terminar las maniobras, ella se acercó cuidadosamente y le dio las gracias.
"No se merecen, era lo mínimo que podía hacer por ti, y más después de enterarme de que había violado a otras cinco soldados," dijo él cortésmente. "Te puedo invitar a cenar," preguntó ella tímidamente. "Sí, claro, pero fuera de la base," refirió él. "Te espero a las 20 en el restaurante Disfrutar," dijo ella sonriendo..
En cuanto la vio llegar, le dio un vuelco al corazón; estaba preciosa con aquel hermoso vestido rosa que realzaba su hermosa figura.
—Estás preciosa, Angie —dijo él, besándole la mano.
—¿Ya saben qué van a tomar? —preguntó el camarero.
—La especialidad del chef con maridaje al gusto del sommelier —dijo ella con visible emoción.
—Arthur, no sé cómo decirte esto, pero te va a sonar extraño. Sé que sientes algo por mí y quiero decirte que yo también siento algo muy profundo por ti. Sé que por tu rango no se te permite confraternizar con los soldados, pero necesitaba decirte que... te quiero.
Arthur asistía atónito a la confesión de ella. Cogió la copa en la que el sommelier había servido un Gaja Barbaresco, tomó un sorbo y percibió su sabor intenso y complejo, que en nariz ofrece notas de frutas maduras, dulces y recuerdos florales y especiados, acompañados por un bouquet balsámico. Aprobó la elección, alzó la copa y brindó.
—Por nosotros, que nada nos detenga, dijo con una amplia sonrisa.
M. D. Álvarez