viernes, 18 de septiembre de 2026

La pala de playa.

Con aquella pala le habían ordenado cavar una zanja de 900 metros de largo por diez de profundidad. No os he dicho de qué tamaño era la pala; era una de plástico, de las que usan los niños en la playa.

Los miró como diciendo: "¿En serio? ¿Me dais una pala de juguete?" y se encaminó al lugar donde debía realizar la zanja. Arrojó la pala e hizo surgir al licántropo que llevaba dentro. Utilizó sus grandes zarpas y horadó el suelo con gran facilidad, acabando con el trabajo que le ordenaron en un periquete.

Ella lo vigilaba para comprobar que llevaba a cabo la tarea. Cuando lo vio salir de la gran trinchera, no lo reconoció. Se sorprendió al ver salir a un aterciopelado licántropo de grandes proporciones que pasó a su lado, desapareciendo en el bosque. Ella se asomó a la zanja y, al no verlo, se asustó. Lo llamó sin recibir respuesta; tan solo aquel hermoso licántropo se asomó curioso al linde del bosque, la observó con condescendencia y, al estar junto a ella, dijo con una voz gutural: —¿Por qué me llamas a gritos?

Ella no se había percatado de su cercanía y dio un respingo, pero mantuvo la compostura. —No te he llamado a ti, he llamado al soldado Marcus.

—Si, aquí estoy, -ronroneó como un gatito.

—¿Tú... tú eres Marcus?, dijo curiosa, acercando su mano al pecho de aquel imponente licántropo, que al sentir el cálido roce de sus dedos se estremeció de puro placer.

Continuará....

M. D. Álvarez

Héctor y la última crisis.

Héctor veía cómo su pequeña planta azul iba cambiando con el paso del tiempo. Los jerifaltes y tecnócratas se enriquecían sin dar nada a cambio; eso molestaba a nuestro héroe, que trataba de salvar al planeta que lo vio nacer.

En la última crisis medioambiental, Héctor estuvo a punto de perder el control y resquebrajar su hogar. Solo con autocontrol y fuerza de voluntad logró restituir la naturaleza, pero, casi agotado, decidió aislarse en una gruta del Himalaya que había sido su hogar.

Con un último suspiro de cansancio, cerró los ojos confiando en que la Tierra sabría cicatrizar sus propias heridas. 

Sin embargo, en el silencio de la montaña, sintió cómo el latido agonizante del mundo aún reclamaba el regreso de su guardián.

M. D. Álvarez 

Los hados siguen dándole vida a mi héroe favorito, Héctor, el hijo de un celestial y una humana.

jueves, 17 de septiembre de 2026

El botánico.

Su terreno era el mejor cuidado; lo segaba una vez a la semana y mimaba los tiernos brotes de las hermosas orquídeas que tenía injertadas en los huecos de las ramas de sus vetustos robles.

Había una que requería un cuidado especial por parte de él; aquella hermosa orquídea se la regaló su prometida antes de consumar su relación. Para ella, los mejores cuidados eran cuidadosamente dispensados.

Por ello, cortó la larga manguera y vertió un delicado chorrito sobre las raíces hasta que tomaron el delicado verdor de las esmeraldas.

Tal era la pasión del jardinero que ni dormía por miedo a que sus hermosos brotes se secaran o sufrieran algún mal.

—Sabes, estoy celosa de los mimos que dispensas a tus hermosas orquídeas —le dijo su novia.

—No tienes por qué; tú eres la razón de mi amor por ellas —respondió él, mirándola con tal dulzura.

M. D. Álvarez 

La cuenta pendiente

Cuando me vas a pagar lo que me debes, preguntó Angie furiosa por el hecho de que él siempre se escaqueaba de pagar la cuenta.

Él se quedó paralizado ante el tono brusco de ella.

—Angie, ¿sabes cuántos chavos llevo en el bolsillo? —preguntó Marcus, tratando de suavizar el nuevo escaqueo.

—Marcus, tú eres el único que cobra un salario, no me vengas con adivinanzas.

Marcus sintió todas las miradas clavadas en él, así que se giró, sacó la billetera y un fajo de billetes de ella. 

—¿Cuánto es la cuenta? —preguntó en voz baja.

—50 dólares —respondió sorprendida Angie ante el repentino cambio de actitud de Marcus.

—Toma, quédate con la vuelta —dijo Marcus, poniendo un billete de 100 dólares sobre el mostrador. 

—Te veo esta noche —rezongó, triste.

Continuará...

M. D. Álvarez 

miércoles, 16 de septiembre de 2026

La venganza de Eris.

¿Cuándo dio comienzo la célebre guerra de Troya? Es interesante la pregunta.
Voy a tratar de responderosla. 

Todo comenzó cuando la vengativa diosa Eris arrojó sobre la mesa nupcial de Zeus y Hera una manzana de oro diciendo: "Para la más bella".

A todo esto, a ella no la habían invitado al enlace y al ser ella la diosa de la venganza sembró la discordia entre los dioses.

Tres diosas se abalanzaron sobre la manzana: Hera, Atenea y Afrodita.

Las tres se consideraban la más bella, pero solo una podía tener el rango de la más bella.
Las tres recurrieron a Zeus, que ni cortó ni perezoso, ordenó un juicio, pero sabiendo que no podía ser imparcial, llamó a Paris, el hijo de Príamo y Hécuba, para que fuera el juez.

El problema vino de las tres promesas que hicieron las tres diosas.Paris tenía casi de todo, menos amor, y la única diosa que le dio lo que pedía fue Afrodita, que le prometió el amor de la mujer mortal más bella... Helena, esposa de Menelao. Era la única que no le convenía, y lo digo porque fue justo ahí donde dio comienzo la guerra de Troya.

M. D. Álvarez

Con dos palmos de narices.

—Deja ya de jugar con la comida, dijo, visiblemente disgustado por el cariz que estaba tomando aquella situación. Su amigo llevaba horas intentando dominar a aquella encantadora hada de ojos verdes que, insumisa, no dejaba que le hincara el diente.

Él se acercó y no vio terror en su mirada, solo indiferencia. La habían perseguido por multitud de razones, pero ninguna tan estrafalaria como la de ser comida, y no lo harían hoy tampoco. Salió rauda, cual centella, dejándolos con dos palmos de narices.

M. D. Álvarez 

martes, 15 de septiembre de 2026

El mejor olfato. IIparte.

​​El pitido rítmico del monitor cardíaco era la única música que el rastreador soportaba. Para sus oídos, acostumbrados al crujir de las hojas y al susurro del viento en los roquedales, el hospital era un caos de olores químicos y ruidos metálicos. Se mantenía en el rincón más oscuro de la habitación, con los músculos todavía tensos, sintiendo cómo el vello de sus brazos se erizaba ante cada paso de las enfermeras por el pasillo.

​Cuando ella finalmente abrió los ojos, el azul de las pupilas de él brilló con una intensidad eléctrica.

​—¿Dónde...? —susurró ella, intentando llevarse la mano a la sien vendada.

​Él no se acercó de inmediato. Sabía que su presencia, todavía cargada con la energía de la "bestia", podía resultar abrumadora. El olor rancio de la cueva aún persistía en su memoria olfativa, mezclado con algo más... un rastro que no era de ella, ni de la tierra, ni de él. Era un aroma metálico y frío que no pertenecía a ningún animal conocido.

​—Estás a salvo —dijo él, con una voz que rascaba el aire como grava—. La grieta se cerró tras nosotros, pero el peligro no se quedó en la cueva.

​Ella lo miró fijamente, y por un segundo, él temió que recordara las garras ensanchando la piedra o la fuerza inhumana con la que la había cargado. Sin embargo, ella solo extendió una mano temblorosa hacia la oscuridad del rincón.

​—No fuiste solo tú quien me encontró, ¿verdad? —preguntó ella con un hilo de voz—. Había algo más en esa oscuridad. Algo que me dejó allí para que me buscaras.

​El rastreador se tensó. Su olfato, ese que nunca fallaba, detectó de repente un cambio en el aire de la habitación. Un rastro acre, idéntico al de la cueva, comenzaba a filtrarse por la rejilla de ventilación 

M. D. Álvarez