Sus amigos observaron horrorizados cómo aquel bruto orinaba sobre el cadáver de su líder. Ella se levantó y agarró una barra de acero templado, y le golpeó con todas sus fuerzas. El mastodonte se giró y la observó.
—Eres valiente, pero no te servirá de nada. Tu líder tuvo arrestos para soportar el dolor, pero tú... —dijo, relamiéndose.
Ella trató de golpearlo de nuevo, pero aquel salvaje agarró la barra y la tomó del cuello, susurrándole: —Tú y yo lo vamos a pasar muy bien.
Habían pasado quince minutos cuando él inspiró de repente. Llenó sus pulmones de aire, aunque el aire era enrarecido y olía a rancio. Cuando acostumbró su vista, se percató de que lo habían arrojado a la fosa común.
Salió arrastrándose; apenas se tenía en pie, pero hizo un esfuerzo sobrehumano para llegar al lugar donde estaba su equipo. Cuando llegó, vio tres cuerpos; faltaba ella.
Oyó susurros y brutales jadeos; casi no podía pensar. Se dirigió hacia la sala contigua, donde presenció el hecho más abominable: aquel animal la había atado con cadenas y la penetraba salvajemente mientras oprimía con brutalidad sus delicados pechos. No pudo soportarlo; sacó todas sus fuerzas y se lanzó, cargado de la furia más atronadora. El gorila se vio sorprendido y, ante la furia de aquel al que creía haber dado muerte, salió huyendo. Hizo ademán de perseguirlo, pero no podía dejarla así. Rompió las cadenas, la cubrió con una manta y, con delicadeza, la cogió en brazos, dirigiéndose a la sala, donde sus tres amigos permanecían atados e inconscientes.
La depositó con cuidado en el suelo; tenía que sacarla de allí lo antes posible. Ella se movió levemente. Él se agachó para calmarla; ella se encogió temerosa, pero él la tranquilizó: —No tengas miedo, soy yo... siento no haber podido llegar antes.
—Te vi mo... ‐trató de decir con dudas.
—Tengo siete vidas, dijo con suavidad. —Te juro que lo cazaré y le haré pagar todo lo que te ha hecho.
Continuará...
M. D. Álvarez