sábado, 20 de junio de 2026

Hasta que la muerte nos separe.

Le había inutilizado los frenos, pero ella también pensó en lo mismo. Su matrimonio se suponía que iba bien, pero parece que no; él la engañaba y ella lo sabía. Su testamento le dio la idea: si él moría, heredaría todo. Él mantenía una relación con su secretaria, diez años más joven. Quería dejarla; ambos creían que se harían ricos heredando.

—Te veo después del trabajo —dijo él.

—Aquí estaré —respondió ella, lanzando una furtiva mirada a la mancha del líquido de frenos que comenzaba a salir de debajo del coche de él.

Ambos montaron en sus respectivos vehículos, pero ninguno de los dos volvió.

M. D. Álvarez

No es un buen día.

No es un buen día para ser un osito adorable —dijo ella, viendo el mastodonte con el que su adorado Marcus debía luchar por salir de aquel laberinto de aterradoras creaciones oníricas. Ella lo reconfortaba; sabía que en sus sueños Marcus era invulnerable. Lo único que podía dañarlo era su estado, y en aquel momento Marcus sufría tremendos dolores, pero no se arredró. Luchó con todas sus fuerzas contra aquel animal.

Ella posó su cálida mano sobre el pecho de Marcus, que sintió en su estado onírico la calidad de su estado. Aquello le dio fuerzas, pues aquel brutal monstruo lo estaba vapuleando. Con un último esfuerzo, logró zafarse del ataque de aquel ser y, con un aterrador golpe, asustado, con su poderosa garra desgarró el cuello del animal, que al verse herido mortalmente se retiró, dejando a Marcus exhausto y medio muerto. Si ella no lo hubiera llamado, seguramente estaría muerto.

Continuará...

M. D. Álvarez 

viernes, 19 de junio de 2026

Aullido lastimero.

Lo que vio lo horrorizó de tal forma que no pudo controlar los hechos que acaecieron a continuación. 

Se lanzó en una vorágine de furia y desesperación colina abajo, donde ella yacía envuelta en un charco de sangre. La rodeaban criaturas aberrantes y burlonas que no supieron lo que se les venía encima.

Con un rugido atronador, decapitó a cuatro de los seis que la rodeaban; a los otros dos los despedazó rabioso, tras lo cual se agachó a su lado y tomó su mano, depositándola sobre su cabeza, como acostumbraba a hacer cada vez que él acudía a saludarla. Pero aquella vez, la mano resbaló, inerte, perdiéndose entre sus cabellos. 

Él, desconsolado, aulló lastimosamente; aquello alentó a su manada, que acudió a su llamada de dolor, rodearon al joven líder y se unieron a él en su dolor.

M. D. Álvarez 

La pesadilla no duerme.

Lo suyo no fue un simple encontronazo con la muerte; fue algo más intenso y aterrador. Los vio morir a todos; solo podía luchar con todas sus fuerzas contra aquella dantesca pesadilla que lo torturaba, mostrándole las muertes tan atroces.

Cada noche, al cerrar los ojos, el silbido del viento se convertía en el mismo grito desgarrador de Marcus. La oscuridad de su habitación se poblaba de los destellos cegadores de aquellas explosiones, y el tacto de las sábanas se transformaba en el agarre febril de Angie, cuyo último suspiro aún sentía arder en su mejilla. No dormía; sobrevivía a turnos de guardia en su propia mente, un campo de batalla donde la trinchera era su cama y el enemigo, su memoria.

Una noche, se sorprendió al sentir una cálida mano sobre su frente. Abrió los ojos y ella estaba allí, mirándolo con preocupación; la había visto morir, igual que al resto de sus amigos.

—¿Estás bien? —preguntó ella al percatarse de la cara de estupor.

—¿Angie, eres tú? —logró balbucir.

—Claro que soy yo, ¿a quién esperabas? —preguntó con preocupación.

—No puede ser, te vi morir —dijo, sobrecogido por el dolor.

—Amor, estoy aquí. Mi vida no ha sido más que una pesadilla —respondió ella, colmándolo de besos.

M. D. Álvarez

jueves, 18 de junio de 2026

Sin remisión.

Corazón grande, noble, apasionado y terco, como una mula. Así lo describió su chica antes de conocerlo.

Cuando supo de sus intenciones para con ella, se abalanzó a su cuello y no paró de besarlo con ternura. Era el chico más encantador y reunía los requisitos y valores que ella deseaba.

Metió sus delicados dedos en su melena larga y ondulada, haciendo que él sueltara un suspiro y sonriera.

La miró a los ojos y disfrutó de una cálida mirada de color verde que hizo que se perdiera en ellos, siendo atrapado por ella sin remisión; sería suyo de por vida.

M. D. Álvarez 

Cicatrices del pasado.

Lo habían localizado por un error que ella cometió sin darse cuenta. Le había tomado una muestra de cabello y no comprendía por qué era tan esquivo con su familia. Mandó analizar su ADN; necesitaba conocer sus orígenes. Lo amaba demasiado y quería conocer a su familia. No comprendía por qué no hablaba nunca de sus orígenes. 

En cuanto  él vio a aquel hombre recio y espigado, supo lo que había ocurrido. 

—Ya te puedes ir por donde has venido —le espetó. 

—Hijo, no seguirás dolido por aquello. 

Ella asintió ante el dolor que le produjo aquella visita; el rencor seguía enraizado en su corazón. 

—Lárgate antes de que pierda la poca cordura que me queda —dijo entre dientes. 

Su padre se dio la vuelta y desapareció. 

Ella le pidió perdón; solo quería conocer sus orígenes..

¿Sabes por qué no te he dicho nada de mi familia? —dijo, recuperando el control—. Cuando era tan solo un crío, me obligaron a enfrentarme con un aterrador monstruo —dijo, visiblemente alterado—. ¿Sabes por qué no me quito la camiseta en público? Ni tú has visto mi piel —dijo él, quitándose la camiseta—. Dejó a la vista aterradoras cicatrices que cubrían tanto su espalda como su pecho. Ella supo todo el dolor que debió sufrir de niño.

Se sintió apesadumbrada y triste. Él se dio cuenta de que ella se sentía culpable y, cogiendo sus manos entre las suyas y con todo el amor que pudo imprimir a su voz, le dijo: 

"Tú no has tenido la culpa, tan solo tenías curiosidad y yo he sido demasiado reservado en lo que atañe a mi familia."

M. D.  Álvarez 

miércoles, 17 de junio de 2026

Mazmorra.

Siguían tratando de someterlo, pero ni el dolor más atroz conseguiría quebrarlo. La sala de torturas era el rincón favorito del verdugo, que continuaba despellejándole, pero él no emitía ningún grito; no iba a darles el gustazo de asustar a los demás prisioneros. 

El verdugo era paciente, se tomaba su trabajo a conciencia, y cuando terminó de torturarlo, lo echó a la celda donde estaban los demás prisioneros. Él, con las pocas fuerzas que le quedaban, se arrastró a la zona más oscura; no quería que los allí presentes sufrieran por el horror de sus cicatrices. Solo hubo un prisionero que se apiadó de él; era una rehén a la que habían secuestrado para pedir un rescate. 

Cuando vio sus heridas, no pudo reprimir un ahogado grito. Se sentó a su lado y le preguntó: "¿Por qué dejas que te torture? Eres demasiado joven para sentir semejante dolor".

—Lo hago por todos los que están en esta celda. ¿Crees que alguno de ellos soportaría tal dolor sin irse de la lengua? —respondió él, esbozando una desdibujada sonrisa.

—¿Pero cuánto más crees que podrás mantenerte sin romperte?

—Hasta que lleguen los refuerzos —respondió él en un tono casi inaudible.

De allí a un rato, un gran estruendo resonó en las celdas para dar paso a un batallón liderado por una hermosa licántropa que supo de inmediato la gravedad de las heridas de su aguerrido compañero. Desgajó los barrotes de la celda y lo vio.

—¡Serás desgraciado! Voy a matar a ese verdugo —bramó furiosa mientras lo recogía con delicadeza y lo sacaba de allí, mientras el resto del batallón liberaba a los prisioneros. La joven rehén trató de seguir a la licántropa, pero en cuanto esta se dio cuenta de que la seguían, se giró y le dijo: —No te inquietes, es mi marido. Voy a cuidar de él. Lo sacó de aquella mazmorra y lo subió a la gran nave donde disponían de cámaras de regeneración en las que podrían recuperarlo.

Ella volvió a la mazmorra a buscar al salvaje verdugo que había torturado tan cruelmente a su amado. Lo encontró escondido y muerto de miedo, pero no tuvo compasión de él; lo evisceró y desmembró como advertencia de que si alguien volvía a ponerle las manos encima a su marido, sería cruelmente castigado.

M. D. Álvarez