lunes, 29 de junio de 2026

El oro de las anillas.

—¡Supéralo si puedes! Reto Marcus tras realizar la mejor rutina de ejercicios en anillas colgantes de la historia de las Olimpiadas. 

Su técnica impecable comenzó con la cruz en escuadra, seguido de una cruz de Malta, continuando con una plancha victoriana y, en la salida, efectuó un doble tirabuzón que clavó a la perfección.

Marcus aterrizó con una precisión que hizo
temblar a los jueces, como si la gravedad hubiera decidido cooperar con él. El silencio del pabellón se rompió en un rugido cuando levantó la vista y aceptó el desafío. 

Marcus  repetió su grito —“¡Supéralo si puedes!”— sabiendo que nadie en esa arena podría hacerlo. Y aun así, Marcus sonrió, como quien invita al mundo entero a intentarlo otra vez

M. D. Álvarez

Su olor en la brisa.

Ya está aquí otra vez la corriente de aire que lo envuelve y juega a arremolinarle su cabello largo y ondulado, pero, ¿qué esperaba allí, en lo alto? 

La brisa se acrecentó, trayendo sonidos de risas y chapoteos. Aunque también percibió el cálido aroma de su pareja; era el aliento suave transportado en aquel sereno y perfumado flujo de aire.

Descendió siguiendo al suave céfiro que lo llevó justo junto a su amada, quien, al verlo, sonrió y corrió hacia él, revolviendo su melena azabache, la misma que ondeaba mecida por el soplo de aire en la cima del risco.

M. D. Álvarez

domingo, 28 de junio de 2026

Nubecilla rosa cálida.

Ya está aquí otra vez la corriente de aire, pero no era fría como las anteriores; era cálida, algo raro para aquel tiempo invernal. 

La percibió al pasar por un callejón, iba acompañada de un aroma a fresas, dulce y delicado. Aquello hizo que se girara y acortara por el callejón, encontrándose con una adorable nubecilla de color rosa cálido que flotaba, llevada por la corriente de aire que fluía cálidamente desde las alturas.

—¡Qué delicada estampa! —pensó él, rozando la pequeña nube, que se estremeció y desapareció tras el contacto con él.  Al verla desaparecer, se sintió entristecido por su temeridad al intentar suavemente agarrarla.

M. D. Álvarez

sábado, 27 de junio de 2026

Atusando su pelaje.

Ya está aquí otra vez la corriente de aire tan fastidiosa, pero tan coqueta, que se cuida de no molestar al aguerrido y salvaje licántropo que dormitaba a la sombra de un gran roble. Aunque debió de presentir las intervenciones de aquella juguetona brisita, porque abrió un ojo y dijo: —Ni te atrevas a atusarme mi pelaje o te arrepentirás".

La brisa lo observó con visible devoción y dijo: —¿Qué mal podría hacer yo? Una humilde corriente de aire, a tu hermoso pelo tan negro como el vantablack, tan solo deseo colarme entre tu espesa melena para acariciar tu cabello.

M. D. Álvarez 

El niño del árbol de Júpiter.

Lo depositaron en una pequeña canastilla que colgaron de una de las ramas de un frondoso y majestuoso árbol de Júpiter. El chiquitín apenas contaba con un mes de vida, pero sobre él pesaba una gran maldición. 

Sus amados padres no tuvieron el valor de matarlo, pues sus dulces ojitos azules los miraban con amor y ternura. No conocía las causas de tal abandono, pero jamás los culpó; no emitió ningún llanto.

Fue encontrado por una gran osa a la que llamaremos  Arkoúda que, con sus aterradoras zarpas, lo descolgó con mimo. Algo en aquellos dulces ojillos azules la cautivó; había perdido a su osezno y amamantó a aquel pequeño benjamín, lo adoptó y fue la madre más protectora y amorosa de la región. Creció rápido, fuerte y agreste, pero nunca perdió su mirada de inocencia.

Cuando cumplió la mayoría de edad, la maldición se hizo presente. Arkoúda se dio cuenta de que su joven cachorro tenía un linaje licantrópico, pero su fuerza de voluntad logró dominar a su furibundo lobo. 

Él comprendió que, si no lo hubieran abandonado, no habría sobrevivido. Y deseo visitar a sus padres. Arkoúda había conservado la canastilla y la manita donde aquel dulce querubín fue envuelto; todavía conservaba el aro de su amada madre, jazmines y lavanda.

Una noche en la que cazaba junto a su madre, Arkoúda, él percibió aquel agradable aroma. Ella no trató de retenerlo; es más, le animó a seguirlo y conocer a sus padres. Sabía que su joven cachorro retornaría junto a ella, pues no conocía otro mundo que no fuera el amoroso bosque y las criaturas que en él poblaban.


M. D. Álvarez 

viernes, 26 de junio de 2026

Bienvenido a la familia.

Lo azuzó para que lo atacara y dejara su marca en su bronceado torso. El viejo licántropo adoraba a su amada hija; haría lo que fuera por ella. Por eso, cuando ella escogió al joven con el que ansiaba perder la virginidad, no tuvo más remedio que marcarlo con su aterradora garra.

Antes de que el grito pudiera formarse en sus labios, sus ojos se encontraron con los del licántropo. Ya no había humanidad en ellos, solo un fulgor amarillo de tormentosa resignación. La bestia resolló, una nube de vapor en el aire frío, y luego retrocedió, fundiéndose con las sombras del bosque como si nunca hubiera estado allí.

Quedaron solo él y la chica.

Ella se arrodilló a su lado, su vestido blanco  la oscura flor que comenzaba a florecer en su torso. No mostró sorpresa, ni miedo. En sus ojos había una satisfacción serena, un poder antiguo.

—Shhh —susurró, y sus dedos, increíblemente suaves, se posaron sobre los bordes desgarrados de la herida.

La mirada de ella estaba fija en la marca, no con horror, sino con una extraña veneración.

—Ahora —dijo, y su voz era tan sedosa y peligrosa como la promesa de la noche—, eres mío para siempre. Nadie más te tocará. Nadie más osará. Llevas el sello de mi amor y de su furia.

—¿Por qué? —logró articular, su voz un quebrado susurro.

Ella se inclinó, y sus labios, en lugar de posarse en los suyos, se acercaron a su oído.

—Porque lo que es verdaderamente valioso debe ser tallado con dolor, no acariciado con placer —respondió—. Él te ha dado la bienvenida a nuestra familia.

M. D. Álvarez 

Cual heraldo.

Ya está aquí otra vez la corriente de aire. Vocifero, aterrorizado, sabía que vendría tras ella. Una columna de fuego se alzaba tras aquel vendaval, que, cual heraldo, anunciaba su llegada. 

En cuanto la percibieron, se postraron ante ella, pero no fueron escuchados, pues tras ella se alzó un huracán de fuego y ceniza que lo asoló todo a su paso, arrasando a todo bicho viviente, incluidos los hombres.

M. D. Álvarez