viernes, 6 de noviembre de 2026

Entre aterrorizada y admirada.

Tenía una imaginación desbordante y lograba que ella sintiera mariposas en el estómago. La hacía feliz con cada historia que él le contaba: historias de todo tipo, fantásticas, fabulosas y también de terror. Ella también adoraba sus historias de miedo. Él comenzó a narrar una antigua historia que corría por los corrillos de viejos.

—"Érase una vez un pueblo muy antiguo donde los lugareños no salían de noche, ya que quienes se aventuraban a salir a las oscuras calles desaparecían sin dejar ni rastro. Todos los habitantes tenían un sótano provisto de víveres, velas y mantas, y os preguntaréis para qué querían velas y mantas. Muy fácil: estaban a la sombra de un gran macizo que los privaba de luz diurna durante seis meses al año, y al no disponer de alumbrado en las calles, la gente prefería quedarse en los sótanos, lejos de las criaturas de la noche. Como única compañía, tenían una radio en todos los sótanos. Pero algo debió pasar con el repetidor; la radio no sintoniza nada, solo interferencias, hasta que una voz gutural dijo: —No estáis seguros ahí abajo", dijo el joven con una sonrisa aterradora.

—Hasta aquí, ¿qué te ha parecido la historia? preguntó el joven.  

Ella lo miraba entre asustada y admirada por el gran talento que tenía. —Continúa", pidió ella.  

—No, mañana, que ya está muy entrada la noche y luego tienes pesadillas —respondió él, llevándola al dormitorio.

Continuará...  

M. D. Álvarez

Argentea prisión.

Tras la verja se encontraba la persona más importante para él. La habían atrapado en aquel enrejado. Él trató por todos los medios de sacarla, utilizando todos los recursos. Sus brazos se tensaron; parecía que podría destrozar aquella reja, pero se resistía a sus embates. Incluso lo intentó a dentelladas. Ella, al verlo tan desesperado, se aproximó a la verja, cogió su magnánima cabeza y, acercándola a la reja, le dijo: —Tranquilo, chiquitín..

Él, aún preso de la desesperación, lamió dulcemente el delicado rostro de su amada.

A pesar de su fortaleza, no podía sacar a su dueña de aquella jaula; la habían fabricado con plata pura y eso lo martirizaba. Pese al dolor que aquel material le producía, de todas formas, siguió debatiéndose hasta casi desencajar sus articulaciones.

Ella, viendo la desesperación de su bello licántropo, lo detuvo y le dijo: —No podrás romper esta jaula, mi tesoro, y te harás daño; no quiero que sufras.". 

Él no cesó de embestir aquel enrejado hasta el amanecer. Con el primer rayo de sol, el joven amante surgió del licántropo entre convulsiones y espasmos. Ella, al ver la cara de determinación de su joven compañero, supo que no cesaría hasta liberarla.

Durante los días siguientes, el joven no descansó; siguió probando y probando. Utilizó todo tipo de materiales como palanca: usó madera de roble, acacia, buloke, quebracho y hasta de nogal, sin hacerle ninguna mella a la argentea jaula. Utilizó palancas de acero y adamantium, sin resultado. Cuando ya estaba a punto de abandonar, pensó qué material no había usado todavía. El oro. Fundió varios lingotes del áureo material y los vertió sobre un molde de arcilla. Desmoldó y se hizo con la dorada barra, y salió disparado hacia el lugar donde su amada lo esperaba. Introdujo la barra entre los barrotes e hizo palanca; la plata comenzó a ceder lo suficiente como para que su amor saliera. 

En cuanto estuvo fuera, se la comió a besos y caricias, mientras ella lo calmaba, diciendo: —Tranquilo, chiquitín, ya está, me has liberado. Ahora te voy a cuidar, mi dulce cachorrito.

M. D. Álvarez

La hierba del las ruinas.

Cuando la Tierra todavía estaba en movimiento para formar los continentes e islas, una diosa de nombre Cailleach tuvo a bien crear un hermoso vergel en una tierra muy al norte, llamada Caledonia. Era una tierra dura y agreste.

Según cuentan los antiguos druidas, Cailleach utilizó su poder para dotar a la abrupta Caledonia de un vergel de maravillosas plantas y, en especial, una pequeña planta de amplias propiedades. La olantita en cuestión tiene unos tallos de color tosado o rojizo, recubiertos con diminutos pelillos, con hojas en forma lanceolada, bordes completamente lisos, flores simples poco vistosas, de color verde, blanquecino o sutilmente rosado, y con frutos pequeños de color oscuro y brillante.

Esta pequeña creció entre las piedras y los muros de los poblados, ofreciendo un mundo de color y frescura. Oh, no os he dicho el nombre de la planta: es parietaria judaica, o Hierba de las ruinas.

M. D. Álvarez

jueves, 5 de noviembre de 2026

Noche de tormenta.

Los reunió a todos en su cama; era la más grande, pues su cargo era el de comandante de los ejércitos del frente único de su casa, cargo concedido por sus padres al ser el mayor de los hijos. Los tenía a todos reunidos por la tormenta tan fuerte que estaba tronando. Sabía que sus hermanos pequeños tenían miedo de las tormentas, y la más chiquitina siempre se escondía debajo de su cama. Esta vez los había reunido para contarles una historia; era una historia de miedo, pero con final feliz. Cogió a su pequeña hermanita y la colocó en su regazo, distribuyendo a sus otros cuatro hermanos en semicírculo frente a él. La habitación estaba en penumbra, solo iluminada por los atronadores relámpagos.

Esta es una auténtica historia de terror, pero no tengáis miedo porque tiene un final feliz. 

"Transcurría en una vieja cabaña al borde de los mares, en las primitivas tierras del occidente. La cabaña estaba habitada por una familia de ocho miembros.
La madre, el padre y seis hermanos; estos seis infantes eran la alegría de sus padres, que los educaron en el más estricto honor y adoración hacia la naturaleza. Una noche de tormenta, cuando los padres habían salido, los pequeños jugaban al escondite. El mayor siempre se quedaba con el turno de contar. Les habían prohibido subir al desván, pero el más pequeño se jactaba de ser el más valiente y se fue a esconder al desván en un arcón que ya estaba allí desde que se mudaron a aquella cabaña. Lo abrió y el interior estaba cubierto de terciopelo rojo, gastado y ajado, dejando ver las tablas de roble. Se escondió dentro mientras oía a su hermano mayor contando hasta llegar al final. Fue encontrando a sus cuatro hermanos, pero el pequeño no aparecía. Subieron al desván, buscaron por todo el desván y nada de nada; ni en ninguno de los valles y arcones había rastro de su hermano. El hermano mayor tenía el poder de adivinar lo que fuera y recordó lo que le había dicho a su hermano pequeño: que si se perdía, debía atarse un lazo rojo en el dedo anular y pensar en él. Se concentró y visualizó una habitación oculta en un arcón de terciopelo rojo. Vio cómo abrir el acceso y localizó el arcón; lo abrió y localizó el dispositivo de apertura de la habitación. Lo accionó y vio a su hermano pequeño hecho un ovillo. Lo llamó insistentemente hasta que el pequeño alzó la vista y lo vio estirando la mano para cogerlo. El pequeño estiró a su vez la suya y cogió su mano. Lo jaló y sacó del arcón. El pequeño se abrazó fuertemente a su hermano mayor, que lo abrazó con ternura y lo bajó del desván. Sus otros hermanos se asustaron al verlo tan pálido. El mayor le preparó un chocolate caliente para que entrara en calor. 

—¿Ves cómo hay que hacer caso a papá y a mamá? Por algo nos dijeron que no subiéramos ahí —dijo el mayor con toda la calma de la que fue posible..

—"No volveré a desobedecer", dijo él, pequeño y visiblemente asustado.  

—Bueno, pues estad tranquilos, yo se lo diré a papá y mamá. Es hora de que os vayáis a dormir.

Fin, termino de contar el mayor 

Justo en aquel instante, un atronador relámpago iluminó la estancia, asustando a los cinco hermanos, salvo al mayor, que conocía las ciencias y no se asustó.

La chiquitina se había quedado dormida en el regazo de su hermano mayor. Tras una breve pausa, el relámpago volvió a iluminar la habitación. El mayor les dijo: "Ya se está alejando", mientras contaba los segundos que tardaba en sonar el trueno tras iluminar la estancia. 

"Bueno, ¿qué os ha parecido mi historia? ¿Os ha asustado?", preguntó. La chiquitina, con su lengua de trapo, dijo que no porque él la defendería de los monstruos. El resto de los hermanos, todavía un poco asustados, rieron ante la gracia de la chiquilla.

—"¡Ale, ahora a dormir que mañana hay colegio!" dijo él a sus hermanos. 

Ellos, a regañadientes, se fueron a sus respectivas habitaciones. 

Él cogió a su dulce hermanita para llevarla a su camita, pero ella le pidió dormir con él, con aquella mirada suya que sabía que no le podía negar nada.

—"Vale, pero en cuanto te duermas, te llevaré a tu cama, ¿vale?" 

—Tá bien, dijo ella.

M. D. Álvarez 

Oenothera speciosa, o dama de noche.

En un principio cuando los dioses se personaban ante los humanos y los dotaban de alimentos para ser honrrados Ataecina, la diosa de la fertilidad y del inframundo. Esta deidad representaba el renacer por su tránsito entre los dos mundos; cada seis meses reinaba en uno y otros seis en el otro. 

Según las leyendas, Ataecina convirtió el inframundo en un hermoso vergel y, viendo que todas aquellas preciosas plantas y árboles eran hermosos, pensó en traer un poco de luz a nuestro mundo, ya de por sí hermoso, y se trajo una delicada y brillante plantita para iluminar los caminos y arrollos.

La pequeña, de unos 30 centímetros, tiene tallos rastreros, hojas lanceoladas y flores de color rosa pálido con forma de copa o plato, con cuatro pétalos grandes.. 

Ataecina pobló los caminos y riberas de tan bella planta y dijo a los primeros moradores de la península de Tarshish: "Servíos de mis dones para cuidaros y proteger la tierra; así honraréis mi divinidad".

La plantita recibió el nombre de Oenothera speciosa, también conocida como onagra rosa o dama de noche.

M. D. Álvarez

Tarshish, primitivo nombre de la península Ibérica, que significaba "aguamarina", evoca la legendaria riqueza de una tierra rodeada por las aguas y la historia.

miércoles, 4 de noviembre de 2026

El amaranto.

¿El amaranto, de dónde surgió? Os lo voy a contar: en un tiempo muy lejano, cuando los dioses gobernaban desde las alturas, hubo uno en especial que amaba y protegía a las criaturas que poblaban el mundo a sus pies. 

Al ver la hambruna y el dolor que padecían los primeros creados, creó una hermosa plantita de la cual podrían servirse para alimentarse. 

Esta delicada y hermosa plantita tiene un tallo largo de unos 60 cm de altura, con hojas anchas, grandes y ovaladas, de tono entre verde y rojizo, y flores en forma de penacho de colores tan variados como el rojo, el morado, el rosa y el dorado. De dichas flores brotó un fruto brillante como pequeñas lentes de tono blanco y crema. Los primeros creados, maravillados por el don recibido, molieron aquel grano sagrado y cocinaron la primera de las ofrendas al creador, quien bendijo su unión para siempre.

M. D. Álvarez 

Angelotes a su alrededor.

—Un día tranquilo —preguntó ella con cordialidad.  

—Un día sin más —dijo él, sintiendo cómo aquellos angelotes comenzaban a entonar dulces canciones mientras él trataba de espantarlos. 

Aquellos seres regordetes y angelicales habían comenzado a aparecer justo el día en que la encontró en la pequeña laguna que él y sus amigos habían descubierto y utilizaban para practicar saltos; fue el primer día que falló un clavado. 

Ella disfrutaba poniéndolo nervioso, jugueteando con uno de aquellos pequeños pero regordetes angelitos.

—Un día de estos voy a tener un accidente con uno de estos —dijo, furioso. 

Oh, sí, son un amor —dijo ella con visible deleite, mientras cogía a uno de aquellos pequeñines que disfrutaba de las cosquillas que ella le hacía.

Claro, como a ti no se te aparecen cuando menos te lo esperas —comentó el ávido de aquellas caricias que ella le estaba dedicando a ese pequeñín. 

De pronto, lo soltó y se acercó a él con una sonrisa pícarona. Cuando estaba a tan solo dos cm, lo besó con tanta pasión que los pequeñines revolotearon, ruborizándose.

M. D. Álvarez