domingo, 23 de agosto de 2026

La sangre de Medusa.

Fue el momento en que mataron al árbol, justo cuando la flecha se clavó en su recia corteza. La punta, impregnada de la sangre de la Gorgona Medusa, hizo que el majestuoso árbol muriera al instante.

La divina Diana lloró amargamente, pues aquel frondoso y exuberante árbol estaba dedicado a ella. No era un árbol cualquiera; era su árbol. Su padre lo plantó cuando ella nació, y ahora yacía seco, totalmente muerto por una flecha lanzada por la bella Atalanta, una joven de su séquito.

M. D. Álvarez 

La llave.

El único apoyo que tenía era el de su pareja, un aguerrido y atento licántropo que bebía los vientos por ella. Era un auténtico amor; nunca se dejaba ni un detalle con ella, la mimaba, y a ella le gustaba cómo se desvivía por ella y le dejaba hacer. Era un encanto; adoraba verlo salir corriendo cuando ella le pedía algo. Por las noches, adoraba sus caricias y lametones. Era un licántropo inexperto, pero suplía sus carencias con suaves gruñidos que ella parecía adorar.

Una mañana, el licántropo se despertó sobresaltado por un olor que conocía bien, aunque hacía mucho que no lo percibía: la humedad de la tierra recién removida y algo parecido al azufre. Giró su cabeza, que aún conservaba la forma alargada y peluda de la noche, y vio a su pareja de pie junto al ventanal, observando el bosque con una intensidad inusual.
—¿Qué pasa, cielo?", preguntó él con un gruñido bajo, sus ojos ámbar fijos en ella.

​Ella tardó un instante en responder, como si estuviera sopesando la verdad. —Nada importante, amor. Solo... me pareció ver un rastro, quizás el de un ciervo, moviéndose demasiado cerca de aquí. No te preocupes por ello; solo vuelve a dormir, mi guerrero. Hoy tienes que estar fuerte", dijo con una sonrisa que no llegó a sus ojos.

​Él no se conformó, pero la adoración que sentía siempre ganaba la batalla a su instinto. No obstante, al acercarse a besar su mano, sus orejas captaron un detalle que lo hizo dudar: la suavidad del terciopelo de su bata olía levemente a sangre y a una flor silvestre que solo crecía en lo profundo de las cuevas. Ella notó su intranquilidad y rápidamente le dio una orden, suave, pero firme.
—Corre, cariño. Tráeme el té de la cocina, y no demores. Necesito mis energías para enfrentarme al día.

​El corazón del joven licántropo dio un vuelco de emoción. Correr por ella era su mayor deleite. Salió disparado de la habitación, la inquietud olvidada por el placer de complacer a su amada. Ella suspiró aliviada, y al ver que ya no estaba, sus labios dibujaron una sonrisa mucho más genuina, una que mezclaba la satisfacción y una pizca de malicia. No era un rastro de ciervo lo que la había atraído a la ventana, sino el recuerdo del pequeño fuego que había extinguido antes del amanecer, un fuego que no era para ella, sino para los otros

Continuará...

M. D. Álvarez 

sábado, 22 de agosto de 2026

La cabaña en el árbol.

Fue el momento en que mataron al árbol cuando la cabaña en el árbol explotó con una carga de demolición.

 Necesitaban despejar el camino, ya que por ahí debía pasar una de las fuerzas telúricas y necesitaban tener acceso directo a ella si querían que él alcanzara todo su potencial.

La onda expansiva no solo astilló la madera; fracturó el silencio de la montaña. Al caer el coloso, la tierra rugió, liberando un torrente de energía esmeralda que ascendió por las grietas. Él aguardaba en el epicentro, sintiendo cómo el pulso del mundo, ahora sin obstáculos, inundaba finalmente sus venas.

M. D. Álvarez 

Ella es el sol.

Hasta que se apague el sol, susurró con ternura al oído de ella, que permanecía sumida en un sueño profundo. Se recostó a su lado sin intención de abandonarla en la profundidad de sus sueños.

Él era quien la rescataba de las batallas oníricas, donde las sombras la asaltaban por su luz. Su amor lo convertía en el guardián de sus sueños, donde su vida transcurría entre batalla y batalla, hasta que el sol se extinga; entonces él la sacará y el sol volverá a brillar.

M. D. Álvarez 

viernes, 21 de agosto de 2026

El grabado de amor

Fue el momento en que mataron al árbol, cuando tuvieron que talarlo para leña. 

Aquel árbol fue donde Marcus grabó el nombre de Angie y el suyo dentro de un corazón. 

Ante el dilema de morir congelados, el árbol, que tenía la misma edad que ellos y fue plantado cuando los dos nacieron como símbolo de un amor imperecedero, debía sucumbir al hacha. 

Marcus recortó el trozo de corazón y lo guardó como un tesoro; se lo entregó a Angie, que lo miró entristecida. Aquel árbol era el símbolo de su amor.

—Tuve que hacerlo, solo quedaba nuestro árbol —dijo Marcus—. No dejaré que te congeles.

M. D. Álvarez 

El origen de la franguesa.

¿De dónde surgió la franguesa?  
Este es un mito que atañe a la diosa egipcia Hathor y a su adorado Sobek.

Según cuentan las tradiciones, Sobek amaba profundamente a Hathor, pero no se creía digno de ella, pues la pretendían tanto Horus como Ra. Sin embargo, ella había visto algo en el dios del Nilo, una determinación tal que puso a prueba a los tres, diciendo:  
"Seré de aquel que me traiga el presente más dulce y sabroso."

Horus viajó por el mundo en busca de un presente para ella, pero todo lo que probaba le parecía insípido o desagradable al gusto.

Ra hizo lo propio, pero lo buscó en el Amenti, donde todo lo que probaba le sabía amargo.

Sobek, en cambio, no buscó tal fruto ni en la tierra ni en el inframundo; lo creó como una planta de tallos largos y hojas verdosas por el haz, blanquecinas y pubescentes por el envés, y divididas normalmente en tres o cinco hojitas dentadas. Con flores pequeñas, de color blanco o rosado, que aparecen agrupadas en pequeños racimos, el fruto presenta una piel aterciopelada y un tono rojo escarlata clásico.

Sobek tomó el fruto de tan digna planta. Al probarlo, sintió en la lengua un dulzor meloso que evocaba el abrazo del lodo del Nilo a las raíces; supo de inmediato que aquel sabor le daría la mano de Hathor.

M. D. Álvarez 

jueves, 20 de agosto de 2026

El árbol del ahorcado.

Fue el momento en que mataron al árbol, cuando la última rama viva se secó, tras servir de patíbulo para ajusticiar al joven licántropo, juzgado por un delito que no había cometido. 

Él era instruido y educado, y lo estaban culpando de haber aniquilado a tres rebaños de obejas. No era aterrador ni sanguinario; era todo lo contrario: dulce, encantador y estaba enamorado de una hermosa doncella que lloró e imploró, diciendo que él no pudo ser el culpable porque se encontraba con ella.

El joven dijo: "Mi sol, cierra los ojos, no quiero que me recuerdes así".

Un crujido seco y todo acabó. Ella maldijo al árbol.

M. D. Álvarez