jueves, 26 de febrero de 2026

Perdido en un mar de dudas.

Era un guerrero fuerte y hábil, pero todavía creía en la inocencia de aquel mundo joven. A pesar del último desenlace, donde el mal floreció, él siguió creyendo que había inocencia en sus actos. 

Hasta que un día, su pareja fue brutalmente golpeada. Sintió que toda su inocencia desaparecía en un océano de dudas. Frente al cuerpo apaleado de ella, juró que no consentiría que el mal prevaleciera en su mundo; él se encargaría. 

Tras perder la inocencia, su corazón luchó con todas sus fuerzas hasta que no quedó ni una pizca de maldad en su mundo.

M. D. Álvarez 

miércoles, 25 de febrero de 2026

El pétalo y su rosa.

Un pétalo, tan solo, era menospreciado por las demás flores que conservaban todos sus pétalos. Sin embargo, este humilde pétalo fue el único que se sacrificó por el amor a su rosa..

 Decidió caer sobre una pequeña oruguita que se disponía a trepar al tallo de su amada rosa, de un rojo tan intenso como su propio corazón. Prefirió saltar sobre ella y evitar que subiera y devorara a su amada rosa. 

La pequeña oruguita, al ver el valor de aquel pétalo, decidió respetar a la hermosa rosa y se dirigió, ante el estupor de las que lo habían menospreciado, en dirección a ellas.

M. D. Álvarez

martes, 24 de febrero de 2026

Alzamiento de un nuevo ángel guardián.

Su legado estaba a punto de cumplirse en su lecho de muerte. A pesar de tener 35 años, la muerte lo encontró. Tenía a todos sus amigos y a su amada, que lo miraba con verdadera tristeza.

Él la llamó y ella se acercó, se sentó a su lado y escuchó sus últimas palabras.

—Mi amor, temo dejarte ahora que he cumplido mis designios en este mundo. Os echaré de menos a todos. Ahora que lo he logrado, tengo que emprender un nuevo reto: alzarme como un ángel guardián que os defenderá ante las tribulaciones. —Expiró y murió, dejándolos esperanzados.

M. D. Álvarez

lunes, 23 de febrero de 2026

Venderla cara.

Era su tierra; la vendería cara. No se consideraba un ser patriótico, pero con ella era capaz de debastar ejércitos. Su tierra, su piel, su cielo, sus ojos; por todo ello lucharía hasta morir. 

Nadie osaría hoyar sus verdes pastos ni mancillar sus suaves colinas. Su amada permanecería dichosa junto a él, su bravo licántropo de ojos verdes, que lucharía hasta morir por su amada de ojos celestes. 

Ella, su dueña, era la única patria a la que debía respeto y protección. Y el fiero guardián la amaba y defendía de las hordas amenazantes. Su tierra, mi tierra

M. D. Álvarez 

domingo, 22 de febrero de 2026

Ecos de un amor no dicho.

Todas aquellas palabras que nunca te dije por temor quedaron ancladas en mi corazón como arpones adheridos a mi alma dolorida, sin tu amor. 

Tú, la única regente de mi destino, ajena a mi amor, danzas a mi alrededor como la tierra al sol. Girando en sincronía, sin sentir mi latido. 

Sufro sin poder mostrar mis sentimientos con palabras, hasta que un día te fijaste en mi mirada herida y te apiadaste de mí. 

Tú, la verdadera dueña de todas mis palabras de amor no dichas por temor, ahora posees, en tu mirada, todas las palabras que mi miedo ahogó.

M. D. Álvarez

sábado, 21 de febrero de 2026

El estandarte de amor.

Amaba los vastos territorios vírgenes de su añorada patria. Allí dejó su hogar para conquistar tierras al otro lado de los mares. 

Cuando regrese a su amada tierra, lo recibirá como a un héroe que vuelve invicto, pero pocos conocerán su añoranza por dos verdes prados, aquellos que lo vieron nacer, crecer y convertirse en un gran guerrero, por los cuales las jóvenes perdían el corazón, sin saber que en su hogar ya había una hermosa doncella que lo esperaba anhelante. 

Lo vio aparecer por los agrestes bosques, montado en su brioso corcel; en sus brazos portaba el estandarte de ella.

M. D. Álvarez.

viernes, 20 de febrero de 2026

El mayordomo Bukowski.

En aquella buhardilla nunca nos faltaron la cerveza ni Bukowski, el leal mayordomo de la casa. Él debía rellenar la nevera con cervezas Tutankhamun, así de desprendido era el señorito con sus amigos. Pero aquella noche sería muy especial: había invitado a una chica por la que bebía los vientos. La agasajó con dulces viandas que Bukowski había preparado para la ocasión. 

Ella disfrutó de los aperitivos y la cerveza; la buhardilla, amueblada con gustos caros, era acogedora. 

Ella sabía a lo que iba: deseaba cazar al señorito. Utilizó sus armas de mujer y lo sedujo, llevándolo hasta la cama isabelina que se encontraba en el centro de la buhardilla.

M. D. Álvarez