Estos, sorprendidos por la habilidad, destreza y puntería de aquel joven, no tuvieron más remedio que retroceder y retirarse al bosque, huyendo de los certeros botellazos lanzados por aquel joven jabato.
El joven, aún con el pulso acelerado por la adrenalina, se permitió un breve momento de satisfacción al ver cómo sus oponentes se retiraban al bosque. Sin embargo, sabía que no podía relajarse; el campo de batalla estaba lleno de peligros ocultos y la lucha no había terminado.
Con un rápido vistazo a su alrededor, notó que el arcón de botellas era solo una pequeña parte de lo que lo rodeaba. A su izquierda, había un viejo carro de madera volcado, y a su derecha, una serie de troncos caídos que podrían servirle como refugio. Decidió moverse hacia el carro, pensando que podría encontrar algo útil en su interior.
Al acercarse, escuchó un crujido detrás de él. Se giró rápidamente y vio a uno de los malencarados que había logrado escapar. Era más grande que los demás, con una cicatriz que le atravesaba la cara y una mirada llena de furia. Sin pensarlo dos veces, el joven tomó otra botella del arcón y se preparó para lanzarla.
Pero esta vez, el enemigo no retrocedió. En cambio, avanzó con determinación, desenvainando un cuchillo brillante que reflejaba la luz del sol. El joven sintió un escalofrío recorrerle la espalda; sabía que la habilidad y la precisión no siempre podían vencer a la fuerza bruta.
Justo cuando el malencarado estaba a punto de lanzarse sobre él, el joven recordó las palabras de su abuelo: "La inteligencia es tu mejor arma." En lugar de esperar a ser atacado, arrojó la botella hacia el lado opuesto del campo de batalla. El sonido del vidrio rompiéndose distrajo al agresor, quien giró la cabeza momentáneamente.
Aprovechando esa fracción de segundo, el joven se lanzó hacia adelante y le propinó una patada en la rodilla. El malencarado cayó al suelo con un grito ahogado. Sin vacilar, el joven tomó su cuchillo y se alejó rápidamente del carro.
Sabía que no podía quedarse ahí; tenía que encontrar a su equipo antes de que los demás regresaran en busca de venganza. Con cada paso firme y decidido, se adentró en el bosque, sabiendo que la batalla apenas comenzaba.
M. D. Álvarez