Su origen era extremadamente exótico; provenía de la florida y de la adusta Damasco. Su rostro moreno, pero imberbe, lo hacían parecer un europeo cualquiera, pero nada más lejos de su linaje: su madre era una hermosa princesa y su padre, un aguerrido capitán.
Seguía los pasos de su padre; ya era el capitán más joven de la Corte del sultán, era el orgullo de su valiente padre y el favorito de su adorada madre, que no veía con buenos ojos las trifulcas en las que se metía su apuesto hijo. Lo que su hermosa madre no sabía era que él prefería las trifulcas a los devaneos de la corte.
Una noche, mientras la luna iluminaba con su luz plateada los pasillos del palacio, el joven capitán decidió que era hora de dejar atrás los lujos y las sonrisas falsas de la corte. Con un atrevido destello en sus ojos, se deslizó fuera de su habitación, decidido a buscar la aventura que tanto anhelaba.
Las calles de la célebre Damasco estaban llenas de vida y misterio. El sonido de las risas y las canciones se mezclaba con el aroma de especias y dulces que emanaban de los puestos. Era un mundo vibrante y auténtico, muy diferente al frío mármol del palacio. Allí, entre las sombras, encontró a sus amigos: un grupo de jóvenes guerreros que compartían su sed de emoción.
Esa noche, planeaban un desafío en el mercado: una competencia de habilidades con espadas. Mientras se preparaban, él sintió el cosquilleo de la adrenalina recorrer su cuerpo. Era allí donde realmente se sentía vivo, lejos del peso de las expectativas familiares.
Sin embargo, en lo profundo de su corazón, sabía que cada golpe y cada risa llevaban consigo un riesgo. Su madre siempre decía que la vida en la corte era una danza delicada, donde cada paso podía llevarte al abismo. Pero él estaba dispuesto a arriesgarlo todo por un instante más de libertad.
Recibió un leve corte con una cimitarra en el deltoides cuando llevaba peleando un buen rato con uno de sus amigos. Al ver la herida, se dio cuenta de que el padre del capitán lo vería con orgullo, pero la madre mandaría despellejar al que osó herir a su adorado hijo.
—Tranquilo, yo me encargaré de que no te pase nada —dijo con una gran sonrisa.
Al llegar al palacio, una de las sirvientes, que estaba locamente enamorada de él, lo vio sangrando y le dijo:
—Si su madre lo ve de esa guisa, despellejará a todo el servicio".
—No es esa mi intención", dijo él, con un hilo de voz que reflejaba su timidez hacia las mujeres.
—Acompáñame y te limpiaré y coseré esa herida", respondió ella con aquella adorable mirada color avellana.
Él la siguió mansamente; no sabía por qué se sentía tan azorado con aquella jovencita. Él era todo un guerrero y capitán de cinco cohortes.
—¿Qué os ocurre, mi príncipe? —preguntó ella con aquella meliflua voz.
—Nada, no me gustan los tejemanejes de la corte, pero no deseo ofender a mi amada madre —respondió con veracidad.
— Deberías hablar con ella sabes que solo desea tu felicidad dijo ella con docilidad mientras limpiaba y cosia el corte de su deltoides
—Lo tendré en cuenta —respondió él al comprobar que apenas se distinguía la cicatriz.
Al cabo de unas semanas, se decidió a hablar con su augusta madre. No conseguía adaptarse a la vida palaciega; no se veía participando en los muchos bailes y recepciones de la corte. Lo suyo eran las batallas y los combates. En el salón azul, donde su madre gustaba de disfrutar de dulces pastelitos de miel, ella le preguntó:
—Dime, hijo, ¿qué te aflige? —preguntó ella, viéndolo cabizbajo.
—No deseo importunarte, madre, solo... quisiera que me dispensarais de mis obligaciones en palacio. Me siento descolocado —respondió él con determinación.
—Mi amado hijo, si tan solo eso es lo que te consume, te propongo una cosa: un último baile con una adorable jovencita. Si sigues queriendo partir a guerrear, te será concedida tal premisa, respondió su madre.
Él accedió al punto; esa misma noche se celebraba el baile de gala y él iba vestido sobria pero elegantemente. Al cinto llevaba su gran cimitarra y una hermosa daga cuya saya estaba ricamente decorada con hilos de oro y perlas. La joven cubría su hermoso rostro con un precioso velo y llevaba un delicado vestido vaporoso que dejaba entrever su apetecible cuerpo. Él quedó cautivado en el momento tras el sugerente baile. La llevó hasta el balcón que daba al suntuoso jardín, que con agradables fragancias envolvía a los dos. Él le quitó delicadamente el velo a la doncella y reconoció a la joven sirvienta que, con tal delicadeza, había cosido su herida.
—He de reconocer que me has sorprendido —dijo él con una adorable sonrisa—. Tú serás la única que me mantenga en la corte.
—Mi señor, no soy una vulgar doncella. Mi padre me envió para conoceros y sois verdaderamente impresionante. Vuestra augusta madre me propuso conquistaros.
—Pues lo has logrado... ¿cuál es tu nombre? —preguntó dulcemente.
—Mi nombre es Azahara y provengo de la cohorte del gran visir de la dinastía búyida. Os ofrezco un trato: disfrutáis de seis meses en la cohorte de vuestra madre y seis meses guerreando. Si aceptáis, habréis ganado mi favor y mi mano.
Él quedó pensativo. La joven era verdaderamente hermosa e inteligente; no le hizo falta pensárselo mucho más. Aceptó la propuesta de la hermosa Azahara.
El tiempo transcurrió, y el valor y la nobleza del joven príncipe fueron motivo de orgullo tanto para sus amados padres como para su bella y sabia esposa Azahara.
M. D. Álvarez