jueves, 22 de octubre de 2026

El agujero negro.

Hambriento como estaba, le cedió su parte a ella, pues lo necesitaba mucho más que él. Puede que no acabara el día si no probaba bocado, y él podía esperar a conseguir otra presa. 

Mientras ella comía, él se acercó a un riachuelo donde las truchas, con sus tonos tornasolados, nadaban ajenas al imponente hombre lobo que las observaba. De pronto, su estómago lanzó un rugido de hambre, así que probó suerte. Se metió lentamente en el agua y esperó a que una gran trucha acertara a pasar por allí; de un golpe con su gran garra, la atrapó. 

Nunca había gustado del pescado, pero su estómago le reclamaba algo de comida, así que, sin más preámbulos, le arrancó la cabeza de un mordisco y masticó lentamente, saboreando el manjar que nunca había probado. Le gustó tanto que devoró la gran trucha con espinas y todo, pescó diez más, de las cuales devoró tres, y las otras siete se las ofreció a ella, que, tras haber degustado la primera pieza que él le había ofrecido al principio, no hizo ascos a tres truchas más. Mientras comía, lo observaba con curiosidad.

Era su más fiel amigo; sin él, no habría logrado subsistir ni un día, y menos en aquel bosque tan denso y cerrado.

—Menos mal que te tengo a mi lado, -dijo ella con ternura. —Si no hubieras estado conmigo, me hubiera muerto de hambre", sentenció ella en un tono delicado.

Él la observó como si la comprendiera y le indicó que lo siguiera; quería mostrarle algo que acababa de descubrir. A pesar de su descomunal tamaño, él se movía con gracilidad y ligereza. La condujo hasta un claro; mientras cazaba, descubrió un efecto óptico en aquel claro: era como una distorsión en la refracción de la luz, como si al otro lado del claro hubiera un agujero negro.

—¿Qué es eso? —preguntó ella con curiosidad, dando un paso hacia adelante. Él le impidió avanzar y le señaló un hermoso cervatillo que se metió en el claro y fue succionado por aquel agujero.

Ella se sobresaltó y retrocedió. —Es espantoso; tenemos que investigar qué ocurre ahí. ¿Me traerás mañana otra vez? —preguntó ella con apremio. 

El gran licántropo accedió con visible preocupación; sabía que si le decía que no, ella se las arreglaría para localizar aquel lugar.

Continuará...

M. D. Álvarez

El agujero negro. II parte.

Ella pasó la noche inquieta, incapaz de apartar de su mente la imagen del cervatillo siendo absorbido por aquella distorsión imposible. El licántropo, en cambio, permaneció en vela por otras razones: temía que la curiosidad de su amiga la empujara a cruzar un límite del que no habría retorno.

Al amanecer, él la despertó con un suave gruñido. Ella sonrió, aún somnolienta, y acarició su pelaje negro como la noche.

—Gracias por traerme —susurró, como si temiera romper la quietud del bosque.

Él inclinó la cabeza, pero sus ojos mostraban una preocupación que ella no supo interpretar del todo.

Caminaron durante horas entre árboles tan altos que apenas dejaban pasar la luz. Cuando por fin llegaron al claro, el aire vibraba con una energía distinta, como si la atmósfera estuviera hecha de cristales tensos a punto de quebrarse. La distorsión seguía allí, palpitando, respirando.

Ella dio un paso adelante, fascinada.

—Es más grande que ayer… —murmuró.

El licántropo gruñó, esta vez con un tono grave que la obligó a detenerse. Entonces, algo ocurrió: la superficie del “agujero” se onduló, como si respondiera a su presencia. Un destello azul recorrió el borde de la anomalía, y por un instante ella creyó ver… algo. Una silueta. Una sombra. O quizá un reflejo de sí misma, pero más delgada, más pálida, más… rota.

Retrocedió de inmediato.

—¿Lo has visto? —preguntó, con la voz temblorosa.

Él asintió. Y por primera vez desde que lo conocía, ella lo vio dar un paso atrás.

Entonces, el bosque enmudeció. Ni pájaros. Ni insectos. Ni viento.

Solo el latido profundo y lento de la distorsión.

Ella tragó saliva.

—Tenemos que entender qué es, pero no hoy. Me basta con saber que existe.

El licántropo se acercó y apoyó su enorme cabeza en su hombro, como si quisiera anclarla al mundo real. Ella lo abrazó con fuerza.

—Mañana volveremos —dijo ella, aunque su voz no sonaba tan segura como la víspera.

Él no respondió. Solo la miró con esos ojos azules que parecían saber más de lo que podían expresar.

Y mientras se alejaban del claro, la distorsión emitió un leve zumbido, casi un susurro, como si hubiera reconocido a su visitante.

Continuará…

M. D. Álvarez

miércoles, 21 de octubre de 2026

Mi precioso cachorro.

Su mirada lánguida lo transformaba en un adorable cachorrito de ojos azules, la perdición de las jovencitas, que no cesaban de manosearlo sin darse cuenta de que él tan solo ansiaba las caricias de Angie. Al ver cómo aquellas veinteañeras tocaban a su chico sin ningún pudor, él trataba de quitárselas de encima con delicadeza.
Angie se puso hecha un basilisco; las jovencitas, en cuanto la vieron aparecer, salieron huyendo. 

Angie llegó donde su adorado cachorro y lo calmó con delicadeza. "Está visto que no te puedo dejar solo", sentenció ella.

"Angie, ya sabes que yo no les doy pie, pero siempre tratan de meterme mano, eso que soy considerado", y las apartó con delicadeza.

"Lo sé, mi terroncito de azúcar. Ya me encargaré de ellas. Ven conmigo, mi precioso cachorrito", lo fue guiando hasta su habitación, donde le enseñaría nuevos trucos para zafarse de aquellas sobonas.

M. D. Álvarez 

Aracnofobia.

Aterrorizada en la ducha, se encontraba paralizada; no podía mover ni un músculo. Solo pudo lanzar un aterrador grito, que fue lo que la alertó y hizo que él acudiera en su ayuda.

—¿Qué ocurre, Angie? ¿Estás bien? —preguntó Marcus, tendiéndole una toalla.

Al verla tan alterada, la cubrió con el albornoz y la ayudó a salir de la ducha.

—¿Qué ocurre? Dime algo —preguntó, visiblemente preocupado.

Ella solo acertó a señalar en dirección a la ducha. Él observó un diminuto puntito en las baldosas.

—¿Esto? —preguntó él al percatarse de que era una pequeña arañita.

—Mátala, mátala —acertó a decir.

Él la cogió y la sacó del baño. Se acercó a la ventana y la soltó, diciendo: —No vuelvas a asustar a mi chica o tendré que cumplir sus deseos.

—Ya está, ya no hay arañas en la ducha —prometió cariñosamente mientras acariciaba dulcemente su espalda para calmarla.

M. D. Álvarez 

martes, 20 de octubre de 2026

Despertando a los durmientes.

Su equipo y él fueron enviados a inspeccionar aquella gigantesca fractura de la corteza. Según los sismógrafos, la fractura era desigual; en ciertos lugares se abría de forma abrupta y en otros parecía haber sido abierta con tiralíneas. Llegaron al lugar donde la corteza estaba más resquebrajada y observaron que era de una profundidad abrumadora. Él creyó percibir movimiento en las profundidades.anclo un par de pernos con el percutor y sujeto su mosqueton por el qué pasó la cuerda se puso el arnés y les dijo 

Esperadme aquí, voy a comprobar que no hay peligro. Descendió a rápel hasta una cornisa a 200 metros del fondo. Desde allí, con sus gafas de infrarrojos, distinguíó cientos de miles de criaturas que, apretujadas, esperaban la noche para salir al exterior.

 Ascendió en escalada libre y, cuando llegó arriba, ordenó a su equipo que colocara cargas de demolición a media altura. Su artificiera más avezada las colocó en los lugares estratégicos y él detonó las cargas, haciendo que la fractura cayera, sepultando a las aberrantes criaturas que, si hubieran logrado salir, habrían acabado con la humanidad.

M. D. Álvarez 

Su nombramiento.

Estaba monísimo con su uniforme de gala; sus amigas le silbaban e intentaban cazarlo, pero su habilidad para eludirlas era lo que las traía de cabeza. Solo había una única persona por la que se dejaría cazar, y en aquellos momentos estaba ausente. En el día en que lo nombraron comandante, se había tenido que ausentar por motivos laborales; la habían enviado en una misión de reconocimiento. Ella hubiera preferido estar con él en los despachos de graduación, pero no podía desatender las órdenes. Se lo compensaría al volver..

La recepción estaba en su punto álgido, con copas alzadas y risas resonando entre los asistentes. Él mantenía una sonrisa educada, aceptando felicitaciones y palmadas en la espalda, pero en su mirada había un destello de ausencia, un anhelo silencioso por la única persona que realmente quería ver allí.

Mientras sus amigas seguían su juego de silbidos y halagos, él revisó su reloj con impaciencia. Sabía que ella no podía estar, que el deber la había llamado lejos, pero aun así, en su interior, esperaba algún milagro.

Y entonces, cuando la noche comenzaba a apagarse, cuando las luces del salón titilaban con el reflejo de las copas vacías, ella apareció.

Aún vestida con el uniforme de campaña, con el polvo de su misión aún marcando sus botas, irrumpió en el salón con paso firme. Las conversaciones se apagaron por un momento, sorprendidas por su entrada inesperada. Pero él solo veía una cosa: a ella.

Sus miradas se encontraron, y en ese instante, el tiempo pareció detenerse.

—Llegas tarde —dijo él con un deje de reproche, pero en su voz había más alivio que molestia.

—Nunca llego tarde si se trata de ti —respondió ella con una sonrisa antes de deslizar los brazos alrededor de su cuello.

La fiesta siguió su curso, pero para ellos, el mundo entero quedó en segundo plano.

M. D. Álvarez 

lunes, 19 de octubre de 2026

El duelo.

Su honor era todo lo que le quedaba; lo había perdido todo: su cargo como comandante, su estatus, hasta su chica lo dejó. Pero su honor no se lo quitarían. Se batiría en duelo por el favor de su chica. La habían confundido e influenciado para que lo dejara, y eso no estaba bien; era lo que más le dolía. Ella lo era todo para él, su razón de vivir, y lucharía por su honor y por ella. Por lo menos, le debía una explicación. La esperó al salir de su trabajo. Ella, al verlo, tuvo un vuelco al corazón; llevaba días sin verlo y, ahora que lo tenía delante, su corazón lo anhelaba, pero su mente lo rechazaba. Su corazón era lo único que lo veía tal y como era, sin dobleces ni habladurías.

Ella hizo caso a su corazón en vez de a las habladurías y corrió a sus brazos. 
—No lo hagas, por favor, no te batas en duelo; te despedazará —dijo ella, temblorosa.

—Debo hacerlo; si no, mi honor no será nada. ¿Tan poco confías en mi fuerza? —preguntó él, mirándola a los ojos.

—Claro que confío en ti, solo que no quiero que te hagan daño —refirió con dulzura.

—Yo me encargaré, y ahora que sé que tú me quieres, redoblaré esfuerzos para salir victorioso del duelo —dijo con tal determinación que ella no tuvo dudas de que él ganaría el duelo.

M. D. Álvarez