domingo, 12 de abril de 2026

Alma quebrada.

No tenía nada más que ofrecer; había vaciado su alma al entregar todo su amor a la preciosa y adorable musa que cuidaba de él. Ella se llamaba Angie y él recibió el regio nombre de Marcus; su alma se quebró por ella.

Su dolor lo mantenía con vida, pero falto de toda conexión con el mundo, su estancia lo mantenía recluido en aquella habitación y anclado a aquella cama de hospital. 

A pesar de ello, ella seguía visitándolo y recordándole los buenos momentos que habían pasado juntos, disfrutando de cálidos instantes antes de sufrir un aneurisma que lo sumió en un letargo profundo.

A pesar del letargo, Marcus percibió un breve resplandor a pesar de tener los ojos cerrados al entrar Angie en la habitación. Ella traía la luz a su alma partida y lo mantenía vivo.

M. D. Álvarez 

sábado, 11 de abril de 2026

El huracán interior.

No servía para arreglar aquel estropicio; era como si hubiera pasado un huracán de grado 5 por allí. Pero, a pesar de todo, lo quería con su furia y su pasión. 

Él intentaba controlarse; sabía que tenía unos prontos inquietantes, pero en aquel momento no pudo controlarse y la tomó con el edificio de reclutamiento. Perdió los nervios; lo habían rechazado, diciendo que no era apto para el servicio. 

Él deseaba servir a su país, y el mero hecho de no dejarle hizo que estallara y destrozara el edificio con sus puños.

M. D. Álvarez 

Despertador digital.

Su despertador digital de luces blancas de neón no la dejaba dormir, pero era lo único que la molestaba cuando se quedaba a dormir con él, aunque no dormían mucho, ya me entendéis.

Él percibió su molestia y giró el despertador. "Ahora ya puedes dormir", dijo sonriendo, como él sabía, después de colmarla de besos y atenciones.

Ella sonrió, sintiendo cómo la calidez de sus caricias la envolvía. La luz del despertador ya no era un problema, solo un detalle menor en medio de la burbuja de felicidad que habían creado juntos. 

—Eres un verdadero caballero —dijo ella, jugando con el borde de la manta mientras él la abrazaba más fuerte.

—Lo hago por ti —respondió él, su voz suave como el terciopelo—. Quiero que cada momento juntos sea perfecto.

M. D. Álvarez 

viernes, 10 de abril de 2026

La fragua. 2da paté.

Pasaron las dos semanas y Sigrun regresó a la fragua, ansiosa por ver las armas que Logi había forjado para ella. Al llegar, encontró al forjador con el rostro iluminado por el resplandor de la fragua, sus manos firmes sosteniendo las piezas que había creado con tanto esmero. 

—Logi, ¿están listas? —preguntó Sigrun, intentando disimular la emoción en su voz.

—Sí, mi señora. Aquí están las armas que pedisteis —respondió él con una sonrisa cálida, extendiendo hacia ella la ulfberht, la skyrim y el skjaldborg.

Sigrun tomó la ulfberht primero, sintiendo el equilibrio perfecto entre la hoja y la empuñadura. La espada brillaba con un fulgor casi divino, y las incrustaciones en la guarda reflejaban la luz de manera hipnótica. 

—Es... magnífica —murmuró, pasando sus dedos por la hoja con admiración.

—La forjé con acero y una lágrima de Freya —explicó Logi—. Es tan resistente como el espíritu de una valquiria.

Luego, tomó la skyrim, la daga nórdica. Su hoja era más corta pero igualmente impresionante, con un filo que parecía capaz de cortar el aire mismo. La empuñadura, tallada con runas antiguas, se ajustaba perfectamente a su mano.

—Esta daga será tu compañera en las batallas más cerradas —dijo Logi—. Ligera pero letal, como el viento que acaricia los campos de Asgard.

Finalmente, Sigrun levantó el skjaldborg, el escudo que Logi había diseñado para ella. Aunque liviano, su superficie estaba adornada con gemas que brillaban como estrellas, y el metal parecía casi indestructible.

—Este escudo os protegerá en los momentos más oscuros —aseguró Logi—. Lo forjé con metales que encontré en los bosques sagrados, y lo adorné con gemas que reflejan la luz de los dioses.

Sigrun, conmovida por la dedicación y el talento de Logi, lo miró a los ojos.

—Logi, no solo has forjado armas... has creado obras de arte. Nunca había visto algo tan hermoso y poderoso. ¿Cómo puedo agradecerte?

Logi sonrió con modestia.

—Vuestro aprecio es más que suficiente, Sigrun. Ver vuestra satisfacción es la mayor recompensa para un forjador.

Sigrun, sin embargo, no podía dejar de sentir que algo más se había forjado en aquella fragua. No solo armas, sino una conexión entre ellos, un vínculo que iba más allá de lo terrenal. 

—Logi —dijo, con una voz más firme—, ¿aceptarías acompañarme en mi próxima misión? Tus armas son magníficas, pero tu presencia sería aún más valiosa.

Logi, sorprendido por la petición, dudó por un momento. Nunca había abandonado la fragua por mucho tiempo, pero algo en los ojos de Sigrun lo convenció.

—Iré con vos, Sigrun —respondió—. Pero prometedme que me permitiréis regresar a la fragua cuando sea necesario. El fuego y el acero son parte de mi ser.

—Lo prometo —aseguró Sigrun, extendiendo su mano hacia él.

Así, Logi y Sigrun partieron juntos, llevando consigo las armas que simbolizaban no solo la habilidad del forjador, sino también el comienzo de una nueva alianza. La fragua quedó en silencio, pero el eco del martillo de Logi resonaba en cada pieza que había creado, recordando a todos que el arte de forjar no solo moldea metales, sino también destinos.

M. D.Álvarez 

jueves, 9 de abril de 2026

Su crítico culinario.

Ella era una consumada chef y se encontraba en el Olimpo de los cocineros. Había aprendido de los mejores. Su pareja era un amor; devoraba todo lo que ella le preparaba. Eso sí, todos los días se pegaba unas palizas para no engordar ni un gramo. A ella le gustaba su cuerpo musculado, pero sin una pizca de grasa. 

—Eres mi mejor crítico", dijo ella al ver cómo devoraba su última creación: cebolletas caramelizadas con ajos tiernos sobre bistec de wagyu salteado a las finas hierbas. 

—¿Y bien, qué te parece? —preguntó ella, apreciándose.

Él saboreaba con verdadero deleite. La hizo esperar, pero adoraba cómo lo cuidaba, y por fin le dio su parecer. Ella siempre sabía que él no se callaría ningún error.

—Perfecta compenetración del sabor, la carnosidad, el equilibrio; en definitiva, apetitosa, deliciosa y suculenta —respondió con una gran sonrisa—. Siempre logras sorprenderme, mi vida.

Ella sonrió de forma dulce y cantarina, se fue hasta él y lo besó con devoción. —Tú eres mi mejor crítico culinario.

M. D. Álvarez 

miércoles, 8 de abril de 2026

Superando límites.

Ella era de todo menos débil y desvalida, y se lo demostraba a cada momento. Él bajaba el ritmo al sprintar en sus entrenamientos para llegar con ella a la meta. Algunas veces la dejaba ganar, aunque ella se enfadaba con él, que levantaba las manos a modo de disculpa.

—Algún día lo lograré —le decía sonriente.  

—De eso no tengo ninguna duda —respondió él con satisfacción. La había tomado bajo su protección; había visto algo más en ella, algo que los demás no percibían, pero que le daba un potencial extraordinario.

Ella sabía que debía esforzarse más, pero no porque necesitara probarle algo a él, sino para demostrarle a sí misma lo que era capaz de alcanzar. Cada entrenamiento era una oportunidad para crecer, aprender y superar sus propios límites. Las mañanas de entrenamiento se convirtieron en su santuario, un lugar donde no existían las dudas ni los temores, solo el sonido rítmico de sus respiraciones y los latidos de su corazón.

Un día, mientras entrenaban bajo un cielo despejado, él notó un cambio en su paso. Había ganado fuerza, velocidad y determinación. No le dijo nada, pero una sonrisa se dibujó en su rostro. Ella, con la misma sonrisa confiada de siempre, lo miró y dijo:

—Hoy es el día.

—¿Hoy? —preguntó él, levantando una ceja, intrigado por su determinación.

—Sí, hoy voy a ganarte sin que tengas que bajar el ritmo.

Empezaron a correr, y él se dio cuenta de que ella no estaba bromeando. Mantuvo su ritmo, y ella se mantuvo a la par, con una mirada resuelta. Paso a paso, kilómetro a kilómetro, su fuerza y velocidad eran palpables. Al acercarse a la línea de meta, ella aceleró, dándolo todo, y cruzó la línea apenas un segundo antes que él.

Se detuvieron, respirando con dificultad, y él no pudo evitar reír. Ella lo había logrado.

—Lo hiciste —dijo él, orgulloso—. Sabía que podías.

Ella, aún jadeando, le devolvió la sonrisa.

—Gracias por creer en mí.

M. D. Álvarez 

martes, 7 de abril de 2026

El velocista.

Sus camaradas lo habían retado a competir en una carrera de velocidad, pero creían contar con el vehículo tuneado más rápido de uno de los mejores conductores de carreras. Cuando lo vieron presentarse en la línea de salida sin ningún vehículo, creyeron que habían ganado aquel reto. 

Sin embargo, en cuanto vieron cómo su cuerpo se transformaba de un atlético joven a un musculoso y ágil licántropo, no estuvieron seguros de lograr vencerlo. 

Ella lo animaba con aquellos pompones rojos.

El juez de pista los alineó y dijo las tres palabras: "preparados, listos, ya". El coche aceleró, pero lo que salió acelerando fue él; sprintaba veloz. Fue un visto y no visto. Su poderosa zancada le hizo marcar un tiempo récord; solo vieron de él la estela de polvo que dejó al salir disparado. Por suerte, redujo la velocidad al cruzar la línea de meta para poder salir en la foto finish y acreditar que era el velocista más rápido del planeta. 

M. D. Álvarez