Él era el primero en levantarse, pero últimamente llegaba tarde a todas partes y nadie lograba sonsacarle el motivo.
El cambio no fue drástico, sino una erosión lenta. Marcus, el hombre cuyo despertador biológico parecía ajustado al primer rayo de sol, empezó a perderle el pulso al reloj. Primero fueron diez minutos, luego una hora, hasta que las disculpas en el trabajo se convirtieron en silencios hoscos.
Cuando sus amigos le preguntaban qué pasaba, él simplemente se rascaba el cuello —donde la piel empezaba a verse extrañamente grisácea— y desviaba la mirada.
Una noche, su hermano decidió que ya era suficiente y usó su copia de la llave para entrar en el apartamento. El aire pesaba; olía a humedad estancada y a algo dulzón, como fruta podrida en el fondo de un cajón.
Lo encontró en el dormitorio, pero Marcus no estaba durmiendo. Estaba de pie frente al espejo, completamente rígido.
—Marcus... ¿qué es esto? —susurró su hermano, estirando la mano.
Marcus giró la cabeza. El movimiento fue demasiado amplio, un giro de 180° que hizo crujir sus vértebras como ramas secas. Sus ojos eran ahora dos pozos de aceite negro.
—No llego tarde —dijo con una voz que parecía vibrar en los huesos de quien la escuchaba—. Es que el tiempo aquí afuera corre demasiado rápido... y a ella le gusta saborear cada segundo antes de dejarme salir.
Steven retrocedió hasta chocar con el marco de la puerta. El crujido del cuello de su hermano no había sido accidental; era el sonido de una anatomía reescribiéndose.
—¿A ella? —logró articular Steve, con el pulso martilleando en sus sienes—. ¿De quién hablas, Marcus?
Marcus no respondió con palabras. En su lugar, empezó a desabotonarse la camisa con una lentitud exasperante. Bajo la tela, la piel grisácea no era solo color: era una textura rugosa, similar al cuero viejo, que ondulaba como si algo hirviera debajo.
—La Luna no es una luz, Steven... es un hambre —susurró Marcus.
De repente, los músculos de su espalda se tensaron y estallaron. No hubo el aullido cinematográfico que Steven esperaba, sino un siseo húmedo. Los huesos de Marcus comenzaron a alargarse, rompiéndose y soldándose en ángulos imposibles en cuestión de segundos, aunque para Marcus parecía estar pasando una eternidad de agonía deliciosa.
Marcus cayó a cuatro patas. Su rostro se proyectó hacia adelante, el maxilar se desencajó y se extendió en un hocico negro y brillante. Los ojos de aceite negro se clavaron en Steven. Ya no había rastro de su hermano, solo una masa de músculo plateado y garras que arañaban el parqué, dejando surcos profundos.
—Por eso... llego... tarde —gruñó la bestia, cuya voz ahora era un coro de mil lobos—. Porque un minuto de tu vida... son mil años de mi banquete.
La bestia saltó. Pero no fue un ataque rápido. Steven vio, con horror absoluto, cómo el aire alrededor de la criatura se volvía denso, como si el espacio-tiempo se curvara para darle paso. Marcus flotaba en el aire, acercándose con una parsimonia depredadora, saboreando el terror en el rostro de su hermano, estirando ese segundo de miedo hasta convertirlo en una eternidad de pesadilla.
Steven comprendió entonces por qué Marcus se rascaba el cuello: no era irritación, era el deseo de la bestia por romper la crisálida de carne humana.
M. D. Álvarez