jueves, 16 de abril de 2026

Alma oscura.

Todos tenemos nuestro lado oscuro y tenebroso. Mi parte oscura va tomando fuerza a medida que mis musas se adentran en reinos inexplorados y aterradores, poblados de seres ancestrales y oscuros. Mi alma, otrora blanca y pura, se va transformando en un alma aterradora. 

Temo lo que pueda surgir de mi interior; cada noche siento cómo va creciendo, a medida que destilan palabras adormecedoras en la oscuridad. La criatura que habita en mí es fuerte, sanguinaria y abrumadoramente autodestructiva.

Cada noche noto cómo se va abriendo paso hacia el exterior; por mucho que intento impedir que llegue a la superficie, sé que no lo voy a poder detener, y cuando surja, no oséis hacerle frente, pues su furia será exacerbada y visceral. Así que, si percibís en mí un aura oscura, huid como alma que lleva el diablo.

M. D. Álvarez 

miércoles, 15 de abril de 2026

El adiós.

El profesor al que habían entregado a su hijo era la única persona que sabía de su existencia.

Pero tenían que partir en una misión que tal vez sería su final. Se despidieron de su pequeño, al que habían dotado de todos sus dones, para que, cuando creciera, se hiciera protector del planeta.

Héctor, que así se llama nuestro héroe, creció fuerte, ágil e inteligente.

Bajo la supervisión de su maestro, que le hablaba de sus padres y le inculcaba el amor a la humanidad y hacia el planeta.

Los conocimientos de Héctor eran asombrosos, pero no podía ni debía divulgar sus saberes. No se atrevía a mostrar toda la sabiduría ancestral sin saber si sus conocimientos llevarían a la extinción de la raza humana. Ni siquiera su buen amigo, el profesor Tanaka, conocía sus pensamientos. Tan solo Elena había logrado vislumbrar su potencial.

Y ella le amaba por no mostrarse tal y como era. Con ella, era delicado, encantador y sensible.

M. D. Alvarez

Angie Lýkes y Marcus Aétos. II

​Marcus extendió sus manos, que aún conservaban las pequeñas cicatrices de la pelea matutina, y recibió el bulto. El metal no era frío; al tacto, desprendía una calidez vibrante, como si el material tuviera pulso propio. Al desenvolver el paño de seda púrpura, la coraza de mitril bruñido destelló bajo el sol de la tarde, reflejando el rostro asombrado del niño y los ojos decididos de la joven heredera.

​—Ábrela —instó Angie con una sonrisa que suavizó su semblante de futura monarca.

​Con dedos temblorosos, Marcus ajustó las correas sobre su túnica de lino. En cuanto el peto tocó su pecho, ocurrió el prodigio: las placas de metal se contrajeron y expandieron con un leve siseo metálico, moldeándose perfectamente a su pequeña caja torácica. No pesaba más que una pluma, pero Marcus sintió una seguridad que nunca antes había conocido.
​Los guardias reales intercambiaron miradas de desaprobación. Aquella armadura no era un simple juguete; era una reliquia forjada en las fraguas de los Ancestros, destinada solo a generales o héroes de leyenda. Que una Lýkes la entregara a un quinto hijo era un mensaje político que todo el reino escucharía al amanecer.

​Marcus levantó la vista, encontrándose con la mirada de Angie. En ese instante, el mundo a su alrededor —su madre, los soldados, el patio de los Aetós— pareció desvanecerse.

​—Mi vida es vuestra, Lady Angie —susurró el niño, su voz ganando una profundidad impropia de sus siete años—. No solo por la impronta de mi sangre, sino por la voluntad de mi corazón.
​La paz del momento fue interrumpida por un graznido agudo. En lo alto, un halcón negro, símbolo de la facción disidente de los valles del norte, trazó un círculo sobre la propiedad. La madre de Marcus palideció y retiró la mano de la cabeza de su hijo.

​—El destino tiene prisa, Marcus —dijo Angie, recuperando su tono regio mientras se daba la vuelta para regresar a su escolta—. Entrena. Crece. La coraza te protegerá de los golpes, pero solo tu brazo podrá protegerme a mí de lo que se avecina.

​Mientras la comitiva real se alejaba, Marcus permaneció firme en el centro del patio. El viento agitó su cabello y el sol arrancó destellos de su nueva piel de metal. Ya no era solo el quinto hijo de una familia de servidores; era el escudo de una reina, y el peso de esa responsabilidad comenzaba a forjar al hombre en el que se convertiría.

M. D.  Álvarez 

martes, 14 de abril de 2026

La Sonata del Diablo.

Los pliegan, los guardan en sus bolsos y se largan con viento fresco sin mirar atrás. Si lo hubieran hecho, es posible que no lo hubieran robado, pero no lo hicieron y la maldición recayó sobre ellas. Ahora, la perdición iba tras ellas, pues habían robado una valiosa partitura del compositor Giuseppe Tartini, más exactamente, la Sonata del Diablo. 

Si esas jovencitas trataban de tocarla, serían irremediablemente privadas de sus facultades, ya que la obra en sí es terriblemente dificultosa, excepto para el mismo diablo que la compuso.

M. D. Álvarez 

Angie Lýkes y Marcus Aétos.

El águila imperial era el emblema de su familia. Era el quinto hijo de la familia de los Aetós, siempre dispuestos a cuidar de la regia familia de los Lýkes.

Marcus fue criado bajo la impronta de la joven hija Angie Lýkes. Su unión fue vaticinada por los hados; les auguraban los dioses imperiales.

Marcus Aétos, cuando tan solo tenía siete años, se enfrentó a un bravucon que quiso meterse con su protegida. Él se encaró con aquel niñato que trató de golpearlo, pero Marcus lo esquivó y lo noqueó de un fuerte golpe..

Ella supo del gran valor de su protector y fue a visitar el hogar de la familia de los Aétos. Llevó una hermosa coraza del más duro material.

Los Aétos quedaron maravillados ante tan hermoso presente para su hijo menor, al que habían implantado la impronta de protección.

Los Aétos llamaron a su joven hijo, que se presentó raudo al verla. Escoltada por las guardias reales, temía haber incurrido en alguna falta y se acercó con docilidad.

Su madre apoyó su diestra mano sobre la cabeza de su joven y querido hijo y dijo:

—Lady Angi Lýkes tiene un regalo para ti, mi dulce Marcus.

El sorprendido se aproximó a su protegida e inclinó la cabeza a modo de saludo. Los guardias lanzaron furibundas miradas al pequeño, pero se mantuvieron firmes. Angie hizo un gesto con la mano y uno de aquellos guardianes sacó un paquete que mansamente ofreció a la joven. Angie lo cogió y avanzó con la serenidad de una reina hasta donde Marcus permanecía estático.

—Marcus, he visto tu valor y fortaleza al defender mi honor, y por lo cual me es grato entregarte esta magnífica coraza que cubrirá tu cuerpo y se adaptará a tu crecimiento —dijo con tono regio.

Él sintió mariposas en su estómago; ella era la chica más hermosa y parecía especialmente interesada en él.

Continuará...

M. D. Álvarez 

Saltimbanqui

Llevaba toda la noche debajo de las sábanas mientras sentía cómo algo iba saltando, dando brincos sobre mí. Aterrada, llamé insistentemente, pero no me escucharon. 

Pensé: "Tengo una pesadilla lúcida". A la mañana siguiente, me vestí, bajé a desayunar y volví para hacer la cama. ¿Y cuál fue mi sorpresa? Al echar para atrás el cobertor, apareció una adorable ratita que se había colado por el agujero del cable de la lámpara de techo y se había pasado la noche practicando saltos mortales sobre mi espalda. 

Pobre, intentaba regresar a su nido. La historia no tuvo un final feliz, ya que mi madre tenía miedo a las ratas y la espanzurró con la escoba.

Esta historia es verídica.

M. D. Álvarez 

lunes, 13 de abril de 2026

Angel con piel de bestia.

Ella preguntó por él en voz alta.  
"No ha venido", respondió el profesor.  
Aquello la alteró; nunca había faltado a ninguna de las clases, y menos a la que impartía el catedrático en genética híbrida. Tenía una especial predilección por la genética, y su apariencia era fruto de sus genes.

Salió del aula y se dirigió a su habitación. Lo encontró asustado, desnudo y cubierto de sangre. Se vio empujada por el amor que le tenía a acercarse y cubrirlo con una sábana. Él, en cuanto la vio, solo pudo decir, sollozando:   —"No sé qué he hecho, pero esta sangre no es la mía".

—"Marcus, sé que tú no has hecho nada malo. A pesar de tu aspecto, tienes un corazón que no te cabe en el pecho. Eres dócil y sensible", dijo ella, deslizando su mano sobre la espalda peluda.

Marcus era un licántropo de última generación; el factor de su genética había fundido sus dos personalidades: la física era de un adorable licántropo, mientras que su intelecto era humano.

Mientras lo consolaba,su mirada se cruzó con el reflejo en la ventana. Allí, entre las sombras del jardín, distinguió la silueta destrozada de un guardia de seguridad. Y comprendió. El instinto de protección de Marcus, desatado sin control, había actuado donde la razón humana era lenta. No era un monstruo; era un ángel vengador con piel de bestia.

M. D. Álvarez