El VETE arañado en el suelo le quemaba los ojos. No era una sugerencia; era una orden desgarrada, el último acto de lucidez de una mente consumida por la bestia. Un hombre que, incluso en el borde del abismo, intentaba empujarla a la seguridad.
Angie no se movió.
Observó los vidrios rotos, el marco de la ventana destrozado, la oscuridad del jardín que se tragaba todo rastro. El aire frío de la noche entraba a ráfagas, secando las lágrimas que solo ahora notaba en su rostro. Tocó el pequeño corte en su mejilla. No era profundo. Un accidente, pensó. O una advertencia deliberadamente leve.
Su mirada cayó en la Glock, abandonada e inocua en el suelo de madera. La promesa resonó en su cabeza: "Si ves que cuando salga la luna llena mi cuerpo se convierte... apunta aquí y dispara."
No. Ella no había visto a una bestia. Había visto a Marcus luchando contra una bestia. Había visto el destello de él en aquellos ojos amarillos. Había sentido cómo se detenía. Lo que salió por la ventana no fue un monstruo hambriento de sangre, sino una criatura ahuyentada por su propio miedo a hacerle daño.
La decisión se concretó en su pecho, fría y clara como el cristal roto a sus pies. No podía irse. No después de eso.
Sin pensarlo dos veces, agarró una chaqueta gruesa de Marcus de la percha—olía a él, a café y a madera—y se la puso. Cambió sus pantuflas por unas botas resistentes. De la cocina, tomó una linterna potente y el cuchillo de carnicero más grande, cuyo peso le resultó grotesco y reconfortante al mismo tiempo. Dudó un instante frente al arma en el suelo. La recogió. La dejó en la mesita de la entrada. No la cargaría. No iba a cazarlo. Iba a encontrarlo.
El jardín era un reino de sombras danzantes. La luna, casi llena, lo bañaba todo en una luz plateada y engañosa. No hubo que buscar mucho: un rastro de ramas quebradas y tierra removida se adentraba en el bosque que lindaba con su propiedad. Marcus siempre había dicho que esos bosques eran antiguos, profundos. Un lugar donde perderse.
Angie adentró sus pasos en la negrura, la linterna cortando un camino tembloroso. Cada ruido—el crujido de una rama, el ulular lejano de un búho—la hacía saltar. Pero el miedo a lo que había allá fuera era menor que el terror que sentía por lo que podía estar sufriendo él. "Marcus!" llamó, primero en un susurro, luego con más fuerza. "¡Marcus, soy yo! ¡Angie!"
Solo el bosque respondió.
Siguió el rastro de destrucción: un tronco joven partido por la mitad, zarzas desgarradas como si un tractor las hubiera arrollado. Y luego, manchas oscuras en la hojarasca. Se agachó, tocó con los dedos. Húmedo. Oscuro. Sangre. No mucha, pero era suya. Se había herido al saltar por la ventana.
El corazón le dio un vuelco. "Marcus, por favor..." suplicó, avanzando más rápido.
El rastro la llevó a un claro. Y allí, bajo la luz directa de la luna, lo vio.
La criatura estaba acurrucada junto al tronco caído de un roble viejo. Era enorme, cubierta de un pelaje hirsuto y oscuro, con los hombros convulsivos por cada jadeo. Una de sus patas delanteras—sus brazos—sangraba por un corte profundo. Al escuchar su acercamiento, alzó la cabeza.
Los ojos amarillos la encontraron. Esta vez, no hubo furia ciega. Había dolor. Una fatiga infinita. Y un profundo, abismal horror.
Angie detuvo su marcha a diez metros de distancia. Dejó que la linterna iluminara el suelo entre ellos, no su rostro. Bajó el cuchillo, dejándolo a un lado.
—Ya está —dijo, con una calma que no sentía—. Ya pasó. Te encontré.
La bestia emitió un gruñido bajo, una vibración de advertencia que sonaba más a queja. Retrocedió, arrastrándose contra el árbol, como si quisiera fundirse con la madera para desaparecer.
—No me voy a ir, Marcus —continuó ella, dando un paso lento, deliberado—. Me pediste que prometiera dispararte. Prometí. Pero no prometí abandonarte. Y no lo haré.
Otro paso. La criatura tensó todos sus músculos. Angie podía ver ahora los detalles: las manos que ya no eran del todo garras, sino una grotesca fusión de dedos humanos y uñas negras; la boca contraída en un rictus que mostraba colmillos, pero también la línea de los labios que ella había besado miles de veces.
—Esa noche en la cocina —dijo, su voz ganando fuerza con el recuerdo—, el día que me propusiste matrimonio, estabas tan nervioso que quemaste las tostadas. La casa se llenó de humo y tú solo podías decir "lo siento, lo siento, lo arruiné todo". —Una lágrima cálida le resbaló por la mejilla, mezclándose con la sangre seca—. No lo arruinaste. Y esto no lo está arruinando.
Estaba a tan solo tres metros. Podía oler el sudor feral, la tierra, la sangre. Podía ver cómo los ojos de la bestia se entrecerraban, confundidos, como si lucharan por entender el lenguaje a través de una niebla de instinto.
—Te quiero —susurró Angie, deteniéndose finalmente. Extendió una mano, vacía, con la palma hacia arriba. Un gesto universal de paz. De entrega. —Te quiero a ti. A todo tú. Vuelve a casa.
Durante un instante eterno, nada se movió. Solo el viento en las hojas y el jadeo angustiado de la bestia. Luego, un temblor violento la recorrió de la cabeza a los pies. Emitió un sonido desgarrador, un aullido que comenzó como un rugido y terminó como un grito humano de agonía.
Angie vio cómo la masa de músculo y pelo parecía contraerse, cómo la columna vertebral se retorcía con un sonido nauseabundo de huesos recolocándose. El pelaje se iba retrayendo como una ilusión, la figura se hacía más pequeña, más delgada.
Y allí, desnudo, temblando de frío y de dolor, cubierto de moretones y del corte sangrante en el brazo, estaba Marcus. Arrodillado en la hojarasca, con la cabeza gacha, los hombros sacudidos por sollozos silenciosos.
Angie no corrió. Caminó hasta él, se arrodilló y envolvió su cuerpo tembloroso con la chaqueta grande que olía a él. Él se estremeció al contacto, pero no se apartó. Al contrario, se hundió en su abrazo como un náufrago.
—Lo siento —logró articular entre dientes castañeantes—. Lo siento, Angie, te dije que te fueras...
—Shhh —acalló ella, acariciándole el cabello empapado de sudor—. Ya está. Estoy aquí. Te traje a casa.
Y así, bajo la luna que había desatado al lobo, fue el amor, no la bala, lo que encontró su camino hasta el corazón de la bestia.
M. D. Álvarez