Faltaba poco para el eclipse del siglo. No era un eclipse al uso; se interpondría entre su estrella y su mundo un gigantesco planetoide que nadie sabía de dónde salía, pero su aparición había sido programada ya en la antigüedad, pues este descomunal planeta ya nos había visitado en el pasado.
Con la primera extinción, él fue el culpable de la casi aniquilación de especies, y ahora parecía querer extinguirnos a nosotros. Cuando cubriera la totalidad de nuestro sol, seremos erradicados de nuestro mundo, nuestro sistema solar, nuestra galaxia y nuestro universo .. pero en el último suspiro de luz, cuando el disco negro devoraba el último rayo de sol, una niña levantó la mano y encendió una cerilla.
No era una cerilla cualquiera: era el último fragmento de un espejo estelar que los antiguos habían ocultado en el corazón de un volcán dormido. Su llama no calentaba, sino que recordaba. Recordaba la luz que había sido, la que aún no era, y la que nunca debía apagarse.
El planetoide, al sentir esa diminuta brasa, se detuvo. No por compasión, sino por asombro. Porque en ese destello vacilante reconoció su propio origen: no era un destructor, sino un guardián que había jurado regresar solo si la humanidad demostraba que merecía seguir existiendo. Y la cerilla, encendida por manos temblorosas pero decididas, era la prueba.
El eclipse se completó, sí. Pero en lugar de oscuridad total, el planetoide se volvió translúcido, y proyectó sobre la Tierra un mapa de estrellas jamás visto: la ruta hacia un nuevo hogar, más allá de ese universo que creíamos nuestro.
La niña apagó la cerilla con un soplo. Sonrió. Y el siglo siguiente no fue de extinción, sino de partida.
Fin.
M. D. Álvarez