sábado, 26 de septiembre de 2026

El cráter del licántropo. II parte.

Ella sabía que estaba allí, pero no se inmutó; prefirió ignorarlo momentáneamente. Después de inspeccionar la zona por donde descendería al valle, ató una cuerda a un gran tronco y comenzó el descenso al cráter, densamente cubierto por una capa espesa de árboles.como la caoba, el cedro, el tornillo, la lupuna, el cacao, el aguanje, el chambira, la chonta, la palma cocotera, el pongo, el bombonaje, el chuchuwasi, el caucho, la uña de gato, la sangre de grado y el tabaco. la ceiba, el higuerón, el caimito, el espavé, el hule, y el barrigón, todos ellos crecían por doquier. Al llegar a la base del cráter, ya estaba anocheciendo. 

Buscó un lugar donde poder pasar la noche; no lejos de allí, descubrió una pequeña cueva. Se dispuso a pasar la noche, preparó una pequeña fogata donde calentó una ración de supervivencia, extendió su saco de dormir y se dispuso a escribir un informe detallado de la flora observada en el descenso. 

De pronto, alzó la mirada y descubrió aquellos grandes ojos azules que la observaban con cautela desde la entrada de la cueva. Por fin, tímidamente se aproximó con precaución. Ella vio la espectacular figura de un joven licántropo de pelo negro. Olfateó el contenido de la cazuela e hizo un rictus de náusea.

—Ya sé que el olor no es agradable, pero contiene las proteínas necesarias —dijo ella ante el gesto de él—. ¿Quieres probarlo?

Él hizo un gesto de negación; ella se sorprendió, el licántropo la entendía. 

—¿Cómo te llamas? —preguntó ella.

El joven licántropo escribió sobre la arena de la playa su nombre en una caligrafía delicada: "Mi nombre es Marcus".

—Hola, Marcus, yo soy Angie.

Él se movió inquieto; había algo que lo molestaba. De pronto, alzó su garra y señaló un punto en la pared del fondo de la cueva. Ella se dirigió con su linterna y descubrió un imperceptible grabado: era una estrella de trece puntas. Ella percibió que aquella cueva encerraba un misterio. Bajo la estrella de trece puntas había una inscripción en hebreo que rezaba así:

"כאן שוכב אפרים, בן יוסף, נכדו של יעקב, ואביו של אחד מעשרת השבטים האבודים".

Le costó un poco descifrar la inscripción; cuando lo logró, percibió el motivo de su inquietud: aquella pequeña cueva era un lugar sagrado y ella lo estaba profanando..

—Lamento mucho haberte ofendido. No me percaté de que estoy en suelo sagrado —dijo ella, recogiendo todos sus bártulos y apagando la hoguera.

Él la invitó a seguirlo y la condujo a una hermosa laguna, donde la invitó a acampar desapareciendo entre la floresta regresando en diez minutos traía un codorniz de gran tamaño se la ofreció con delicadeza 

Ella acepto gustosa el ofrecimiento y desplumó a la jugosa codorniz 


Traducción de la inscripción 
"כאן שוכב אפרים, בן יוסף, נכדו של יעקב, ואביו של אחד מעשרת השבטים האבודים".
: Aquí yace Efraín, hijo de José, nieto de Jacob y padre de una de las diez tribus perdidas

M. D. Álvarez 

Noche oscura.

​Un aguerrido lobo de mar, forzado a dejar la pesca tras perder su brazo izquierdo. Su vida seguía siendo la mar, que cada noche lo llamaba con amorosa voz. Cuidaba de los pescadores desde el formidable faro anclado en el acantilado más aterrador de un mundo marino, donde la tierra era conquistada. 

Noche sí y noche también, las olas batían furiosas contra los acantilados que resistían los embates. Hubo una noche especialmente oscura en la que hasta la luna llena pugnaba por iluminar el cielo diáfano, pero algo en el mar embravecido privaba de luz a la plateada luna.

El farero subió los escalones con una pequeña lamparilla. Al llegar a la linterna, escuchó una dulce voz que lo llamaba con melodiosas palabras:

—"No te dejaré que lastimes a ningún marinero más", -rugió por encima de la tempestad que se acababa de despertar. Con un esfuerzo sobrehumano, prendió la tea que fulminó la oscuridad.

M. D. Álvarez 

viernes, 25 de septiembre de 2026

El cráter del licántropo.

¿Quién le iba a decir a ella que en aquel apartado cráter de 500 kilómetros de diámetro, ganado por una jungla impenetrable que lo cubría en toda su extensión, se encontraba el más gallardo, atrevido y salvaje de los licántropos australes?
Era el último de su especie y guardaba con celo su hogar. Ella lo descubrió cuando se disponía a internarse en la jungla impenetrable para hallar el centro del cráter y tratar de encontrar los restos del asteroide.

Un buen día, descubrió unos grandes ojos azules que la observaban curiosos tras unas grandes hojas de un gran taro gigante. Ella se acercó disimuladamente, pillando por sorpresa a tan brioso espécimen, que al verse descubierto salió como una centella en dirección al centro del cráter.

—Espera, no huyas... —gritó ella, pero ya era tarde; a la velocidad en que desapareció, no lo alcanzaría.

Al día siguiente, ella seguía inspeccionando el borde del cráter y sintió como si alguien o algo la observara, pero prefirió ignorarlo. Sabía que el primer contacto debía ser primero con los oriundos del lugar.

Continuará...

M. D. Álvarez 

El destructor de mundos.

Las olas apenas los balancean suavemente con ternura, después de bapulearlos contra los arrecifes, destrozando sus cascos de madera de sándalo. 

La naturaleza de su viaje era sagrada; debían transportar al destructor de mundos y a su augusta madre por separado a un lugar seguro. Por eso, cuando el dios del mar desató todas las tempestades, el destino de aquel niño estaba sellado. 

De pronto, un llanto resquebraja los cielos; el chiquitín había sobrevivido, protegido en un arcón de madera de ofir que era mecido con suavidad. 

M. D. Álvarez 

jueves, 24 de septiembre de 2026

Romántico melancólico.

Las olas apenas los balancean como si fueran columpios mecidos por la brisa. 

Esos mismos columpios donde él se declaró, rodilla en tierra y bajo un aguacero torrencial, ahora eran trasladados por dos transbordadores en dirección a su isla privada, donde pasarían a formar parte de su colección de momentos románticos con los que a Héctor le gustaba agasajarla. 

Ella se dejaba querer; sabía lo mucho que significaban para él los recuerdos. No tenían recuerdos felices, y ella llenó todos los vacíos, como olas trayendo la alegría a su vida.

M. D. Álvarez

El roble ancestral.

Su tronco recio y fuerte los albergaba, cobijándolos bajo sus fuertes ramas. Era el roble ancestral del bosque, testigo silencioso de sus encuentros. Su amada, con un trozo de carbón en mano, talló su nombre en su grueso tronco y el nombre de su aguerrido amante, entrelazados en un corazón imperfecto. 

El viento susurraba entre las hojas, como si aprobara su amor clandestino. Él la observaba, sus ojos brillando con la misma intensidad que las estrellas que pronto asomarían entre las copas. Sabía que bajo la protección de aquel viejo roble, su amor florecería, inmune al paso del tiempo y a las miradas ajenas. 

Allí, en la intimidad del bosque, eran solo ellos dos, unidos por un secreto grabado en la corteza.

M. D. Álvarez 

miércoles, 23 de septiembre de 2026

El tritón, la sirena y el kraken.

Las olas apenas los balancean, como si trataran de arrullar el sueño del noble tritón y su amada, después de una larga travesía por los siete mares.

El joven tritón, por fin, había logrado alcanzar a la hermosa sirena. Pero algo turbó su sueño: el dios del mar no consentiría que aquel magnífico tritón fuera el galán de su hija favorita y envió al aterrador kraken para separarlos.

No contaba con que ella lo amara tanto que se interpusiera entre aquel monstruo y su amado. El dios del mar tuvo que dar su brazo a torcer y aceptar que aquel apuesto tritón era el favorito de su hija.

M. D. Álvarez