jueves, 28 de mayo de 2026

Un sonoro bofetón.

Zas, ni la vio venir. Acababa de entrar en la sala cuando un sonoro bofetón impactó en su mejilla, saltándose un empaste.

—Uyyyy, que no es él —oyó decir, viendo a la agresora roja de vergüenza.

—¿Se puede saber qué diablos te pasa? —rugió Marcus, frotándose la dolorida mejilla.

—Nada, nada, que el bofetón no era para ti —trató de disculparse ella, toda azorada.

Marcus arqueó una ceja, tratando de procesar lo que acababa de suceder. La sala estaba en silencio, todos los ojos fijos en ellos. Con un gesto de la mano, pidió que se calmaran.

—¿Entonces para quién era, exactamente? —preguntó, su voz cargada de incredulidad.

La chica, con el rostro aún rojo como un tomate, miró a su alrededor buscando una salida. Finalmente, se armó de valor y respondió:

—Era para... para mi ex. Lo vi entrar y perdí los estribos. No quería que te pasara nada a ti, lo prometo.

Marcus no pudo evitar soltar una risa. La situación era tan absurda que le resultaba cómica.

—¿Así que me has confundido con un tipo que te ha hecho daño? Eso es un cumplido, en cierto modo —dijo, todavía frotándose la mejilla.

Ella lo miró con una mezcla de vergüenza y alivio. Se acercó un poco más, bajando la voz.

—Lo siento mucho. No soy así normalmente. Solo... bueno, ya sabes cómo son las cosas a veces.

Marcus se cruzó de brazos, disfrutando del momento.

—¿Y ahora qué? ¿Vas a seguir golpeando a inocentes o piensas compensarme por el daño emocional? 

Ella sonrió tímidamente, sintiendo la tensión desvanecerse un poco.

—Tal vez pueda invitarte a un café como disculpa... ¿Te parece?

—Eso suena mejor que un puñetazo —respondió él, inclinándose hacia ella con una mirada juguetona—. Pero solo si prometes no golpearme otra vez.

Ambos rieron y la atmósfera en la sala comenzó a relajarse. Mientras caminaban hacia la salida, él le lanzó una última broma:

—Si alguna vez necesitas más práctica con tus bofetones, avísame; tengo un par de amigos que podrían ser útiles.

Y así, entre risas y miradas cómplices, se alejaron juntos, dejando atrás la confusión y abrazando lo inesperado de aquel encuentro.

M.D. Álvarez 


miércoles, 27 de mayo de 2026

El valor del pequeño.

Mira el pequeñín, ¡qué pibonazo se trae! —dijo aquel gigantón, riéndose del joven que lanzó una furibunda patada a la entrepierna del gigante, doblándolo de dolor.

— ¿A quién llamas pequeñín? —dijo entre dientes y con una mirada aterradora que congeló al gigante. De no haber sido por ella, lo habría matado a golpes; su corazón era el de un gran guerrero.

Cuando lo dejó tendido, agarrándose los testículos aplastados, ella lo besó y dijo: —Eres mi héroe y te voy a compensar. Él la llevó a bailar y, de vuelta a casa, como todo un caballero, la dejó en la puerta.  
—¿No vas a entrar? —preguntó ella.

—Hoy no, quizás mañana, si me lo permites —dijo él con una suave sonrisa.

M. D. Álvarez 

martes, 26 de mayo de 2026

Abrazo en la tormenta.

Cuánto necesitaba un abrazo antes de perderse entre las nubes oníricas del sueño. Así de desangelada se sentía sin su dulce abrazo; no lograba conciliar el sueño sin sentir el amoroso abrazo de oso apasionado. 

Él se retrasaba; fuera tronaban rayos y centellas. De un momento a otro, se pondría a llover torrencialmente, y aún no había llegado. 

De pronto, oyó la puerta: por fin había llegado. Venía calado hasta los huesos, pero se acercó silenciosamente a la cama, la besó y fue al baño para secarse. Después, se metió en la cama con ella y la abrazó con cuidado de no despertarla.

—Siento llegar tan tarde —susurró él con dulzura.

—No importa —respondió entre sueños—, tan solo quería sentirte a mi lado.

Mientras permanecían abrazados, la tormenta continuaba tronando fuera.

M. D. Álvarez 

lunes, 25 de mayo de 2026

A pan y agua.

Ella finge dormir cuando él llega a casa. Todavía sigue enfadada con él por no dejarla acompañarle en su ronda y se lo hace pagar de muchas formas, pero la que más le molesta a él es no poder complacerla. Ella también lo siente, echa de menos sus caricias y besos, pero sabe que, con el tiempo, él le pedirá perdón. Hasta entonces, lo tiene a pan y agua.

Ella quería acompañarlo en sus paseos matutinos, donde descubría otros enclaves maravillosos y misteriosos en los que podía perderse; ella quería perderse con él en los lugares más extraordinarios de su mundo de fábula.

M. D. Álvarez 

domingo, 24 de mayo de 2026

La prenda elástica.

En la goma de sus calzoncillos estaba impresa indeleble su huella genética. En las noches de luna llena, aquellos calzoncillos eran la única prenda que resistía al licántropo. 

Su apetito voraz no lograba desembarazarse de aquella prenda elástica. 

Así fue como ella lo reconoció por los gayumbos de ositos que le había regalado. 

Ahora comprendía que el agujero en la parte trasera era una salida para su cola.

M. D. Álvarez 

sábado, 23 de mayo de 2026

Buenas noches, mi sol.

Ella finge dormir, tapada con la sábana hasta las orejas, cuando de pronto oye la puerta. Algo se ha colado en su habitación; se mueve silenciosamente por el lugar y, con sumo cuidado, se sienta a los pies de la cama. La chiquilla, todavía aterrorizada, baja un poquito la sábana para descubrir una figura inclinada sobre ella: era su adorado abuelo, que, como siempre, le daba las buenas noches a su adorable nietecita. Pero aquella noche, algo iba mal; su abuelo despedía una luz cálida y pacífica.

Lo que la chiquitina no sabía era que su abuelo había muerto en aquel mismo momento, pero quiso despedirse de ella. La bebita, dándose cuenta de que era su abuelo, estiró sus regordetes bracitos, pero no logró agarrarlo.

"Tranquila, mi sol, estaré aquí", susurró, señalando su pequeño corazoncito.

La niñita esbozó la más deslumbrante de las sonrisas y se durmió.

M. D. Álvarez

viernes, 22 de mayo de 2026

Impreso en la ropa interior.

En la goma de sus calzoncillos estaba bordado con sutil delicadeza: "El dueño de estos calzoncillos es propiedad de Angie. Ni te atrevas a tocarlo".

Él sentía verdadera predilección por su novia y su forma de marcar territorio. Si alguna de sus amigas osaba posar sus hambrientos ojos sobre él, se desatarían todos los infiernos y su ira caería sobre ella; pero para él, serían los mimos y los besos apasionados. 

Nunca dudó de ella, al mismo tiempo que él siempre se sintió enamorado de ella; jamás dudó de su amor incondicional por él.

M. D. Álvarez