jueves, 30 de julio de 2026

Ardiente pasión.

—Cuando encienda el volcán, vas a disfrutar —dijo él con una sonrisa enigmática. 

—Sé que tienes una pasión desaforada, pero de momento no me estás calentando nada —dijo ella, como si no fuera con ella la exhibición de aquel apuesto joven. . 

Aquello lo incentivó; su cuerpo humano pugnaba por controlar al ser de fuego y pasión que crecía en su interior. Con convulsiones y contorsiones, el licántropo surgió ardiente y apasionado. 

Aquello la cautivó y cayó en sus brazos, fundiéndose como la lava derrite al hielo. Ardieron en un frenesí de sensaciones y pasiones encontradas que creían perdidas en el transcurrir de los eones.

M. D. Álvarez 

Una dosis de humildad.

—Sinceramente, no os entiendo. Me deslomó todos los días para poder enfrentarme a adversarios cuatro veces más grandes y fuertes que yo, y ni os molestáis en preguntar qué tal me fue.

Ella lo miró con curiosidad, su joven compañero que efectivamente se preocupaba de ejercitar sus músculos mientras el resto del grupo se divertía, solazándose con juegos inherentes y sin sentido. 

—Tienes toda la razón; mientras tú te pegas semejantes palizas, nosotros nos dedicamos a pasarlo bien, pues sabemos de tu capacidad de sacrificio y que siempre logras vencer a todos los adversarios. Sin nuestra colaboración, nos vendría bien una dosis de humildad. ¿Por qué no nos dejas enfrentarnos a él? —preguntó ella, para pavor de sus compañeros.

—Hecho, ahí lo tenéis —dijo él con una sonrisa suspicaz. 

Ella se quedó sorprendida, pero se levantó del sofá tirando de otro de los araganés que tenía por compañeros, haciendo que se levantaran todos y apechugaran con ella para enfrentarse a semejante mole de músculos por doquier. Aquel mastodonte los despachó con un sópapo a cada uno, incluida la chica también.

Eso lo enfureció en sobremanera y se lanzó en tromba, arrollando a semejante mastodonte, que se vio sorprendido por la capacidad de lucha de aquel joven de cabello largo e intensos ojos azules.

M. D. Álvarez 

miércoles, 29 de julio de 2026

El guardián de los dioses.

Su edad era símbolo de madurez; siempre lo habían considerado una cabra loca, pero al cumplir 28 años, algo cambió en su interior. Dejó de comportarse como un picaflor y buscó sentar la cabeza. Siempre quise entrar en el exclusivo club 48, el restaurante más exclusivo del hemisferio norte. Allí, la flor y nata de los nuevos ricos se pavoneaban con sus adquisiciones, pero él no era un nuevo rico; era un apuesto heredero de la mayor fortuna. Aunque su forma de vida era displicente y derrochadora, al entrar en el gran salón se quedó sin aire. Una escultural y arrebatadora joven pelirroja y de ojos verdes se le acercó con un cigarrillo entre los dedos y preguntó:

—¿Tienes fuego? preguntó la joven. 

—Lo siento, no fumo —respondió, dudando.  

Ella lo observó y pareció aprobar su respuesta.

—Bueno, pues no importa; además, tengo que dejar este vicio o terminaré por matarme.

La orquesta comenzaba a interpretar "Nothing’s Gonna Change My Love for You" y le pidió salir a bailar.

Era un hábil bailarín desde pequeño; su familia lo había educado como un joven ilustre..

El ritmo de la música fluía a través del salón, envolviendo a los bailarines en una sinfonía de emociones. El protagonista, con cada paso, sentía como si estuviera desenterrando una parte de sí mismo que había estado enterrada bajo años de desenfreno y lujos. La joven pelirroja, con su gracia natural y su sonrisa tímida, parecía entender algo de esto, algo que él apenas podía verbalizar.

—¿Te gustaría ir a un lugar más tranquilo? —susurró ella, sus ojos verdes brillando bajo la luz tenue del restaurante.

—Sí, con mucho gusto —respondió él, sin dudarlo.

Salieron del club lleno de gente y se dirigieron a una terraza privada, donde la vista sobre la ciudad se abría como un lienzo estrellado. La atmósfera se había vuelto más íntima, más personal.

—¿Por qué decidiste dejar de fumar? —preguntó él, curioso.

—Es una larga historia —dijo ella, mirando hacia la distancia—. —Pero creo que es mejor para mí. Y para los que amo.—¿Y qué hay de ti? —ella lo miró, y por un momento, él sintió como si pudiera ver hasta el fondo de su alma—. —¿Qué te ha llevado a buscar algo más?

—He pasado mucho tiempo viviendo para la apariencia —admitió—. —Pero ahora, creo que estoy listo para vivir para mí mismo. Para lo que realmente quiero.

La joven pelirroja sonrió, y por un instante, el protagonista sintió como si todo lo que había buscado en años se había condensado en ese pequeño gesto.

—Quizás hay algo más en este mundo que el lujo y la fama —dijo ella, su voz llena de una esperanza que le devolvió la energía.

—Quizás sí —respondió él, sintiendo una nueva brisa de posibilidades en su vida—. Todavía no me has dicho tu nombre —dijo él..

—Soy Angie O'Brien —respondió ella con aquella arrebatadora sonrisa—, ¿y tú?

—Soy Marcus Warner —respondió, besando la mano que ella le ofrecía—. ¿Te puedo llamar para quedar?

—Si es para pedirme una cita —preguntó ella, visiblemente feliz.

—Si no te parece mal.

—Claro que no, Marcus. Eres un hombre apuesto y caballeroso; me harías muy feliz.

—Entonces mañana paso a recogerte —respondió con una suave sonrisa.

Angie no pudo pegar ojo; él parecía un hombre muy formal y educado.

La esperó delante de las oficinas donde ella trabajaba. En cuanto la vio aparecer por la puerta, se acercó con una hermosa Juliet Rose de un precioso color melocotón. "Una hermosa rosa para la rosa más hermosa", dijo galantemente. Ella se ruborizó.

—Te voy a enseñar un lugar que estoy seguro te va a encantar —dijo Marcus. La acompañó a su vehículo de alta gama y preguntó: —¿Confías en mí?

—Si, dijo dubitativa; al fin y al cabo, lo había conocido la noche anterior, pero sentía que era un hombre cabal.

El trayecto fue de una hora y cuarenta y cinco minutos. Marcus condujo con pericia por senderos casi intransitables. Cuando finalmente se detuvo, estaban al pie de una gran loma de agrestes cascotes.

Él había traído un par de notas de monte y le ofreció una a ella, que rápidamente se calzó.

—Vamos, -dijo Marcus, emprendiendo la caminata.

Ella lo siguió hasta una oquedad que parecía haber sido tallada. Lo vio desaparecer y volver al percibir que ella se había quedado parada.

Ella lo siguió; al atravesar la grieta, sintió que el aire la golpeaba en el rostro. Estaba todo en penumbra, no distinguía casi nada, solo sombras. De pronto, una tenue luz que avanzaba hacia ella. Aquella luz se iba haciendo más intensa, mostrando objetos, muebles y utensilios que había en aquella habitación.

Marcus traía una linterna que le ofreció a Angie. Sus ojos azules estaban acostumbrados a la penumbra y se movía como pez en el agua dentro de aquella oscuridad.

Angie preguntó: —¿Y tú cómo descubriste este lugar?  

De pronto, Marcus accionó el interruptor y se iluminó una titánica caverna donde se hallaban objetos de todo tipo: lanzas, lámparas, cofres cuajados de joyas, utensilios varios, muebles de todo tipo, e incluso tronos. Hasta donde su vista alcanzaba, había objetos sin orden ni concierto, aunque lo que más la sorprendió fue el material del que estaban hechos. Todos y cada uno de aquellos objetos eran de oro macizo.

Marcus le condujo por aquel laberinto de elementos hasta un gigantesco trono sobre el que reposaba un magno cetro.

—¿A que no sabes a quién perteneció ese cetro? —preguntó con una sonrisa enigmática.

—Pues no tengo ni idea —respondió Angie, sorprendida.

—Es el cetro de Atenas. Se pierde la pista de este cetro cuando Teseo falleció a manos de Licómenes. Se supone que Licómenes lo robó, pero Hermes, el dios más astuto, se hizo con él y lo llevó al Olimpo, donde se lo entregó a su padre, Zeus —dijo Marcus.

Ella, sorprendida de sus conocimientos sobre historia antigua, se acercó al escabel que había frente al gran trono y se subió para poder sentarse en aquel descomunal trono.

—Marcus, la observaba con atención. ¿Qué se siente? —preguntó con cautela.

—Un hormigueo y una sensación de poder indescriptible —respondió Angie—, pero no me has dicho cómo has encontrado esta descomunal cueva.

—He de serte sincero: la descubrí cuando todavía era un niño. Era como si algo me llamara y tirara de mí hacia la colina rocosa que alberga esta cíclica gruta. Tendría 15 años cuando encontré la oquedad por la que accedimos. Seguí la voz que me llamaba hasta ese trono donde tú te has sentado. La voz era dulce y sensual. Le pregunté qué quería. La voz me dijo que necesitaba un guardián. Le dije que tan solo era un niño, pero me prometió volver cuando tuviera 18 años. Así lo hice y me mostró la sabiduría de antaño, los poderes olvidados por los hombres. Le pregunté su nombre y me respondió: —Soy la divina hija de Zeus y Metis. Atenea es mi nombre. Tú eres el heredero al trono de Teseo. Ahí tienes el cetro con el que te entronizarán, anunció la diosa ojigarza.. 

—Yo no deseo ser rey, tan solo anhelo vivir en paz y armonía, conocer a una hermosa mujer y ser padre, respondí. 

Entonces, se nuestro guardián, joven Marcus Warner, refirió a la diosa Atenea.

—Puedes mostrarte ante mí, noble diosa, pregunté.

Un fulgor abrasador comenzó a manifestarse: una diosa guerrera vestida con una túnica larga hasta los pies. Sobre su magna cabeza, un casco refulgente grabado con motivos florales, y su escudo grabado sobre la égida, la cabeza de la Gorgona Medusa y una lanza.

Marcus la observó con devoción. "Cuando cumpliera los dieciocho años, me convertiré en el guardián de esta gruta", dijo.

Angie lo miró entusiasmada; su nuevo amigo le había mostrado su lugar secreto y le dijo: —Marcus, muchas gracias por mostrarme este maravilloso enclave.

—No hay de qué, solo te voy a pedir algo: no puedes contárselo a nadie bajo pena de ser fulminada por la diosa de la guerra.

—Te doy mi palabra, no se lo diré a nadie, respondió Angie mientras bajaba del gran trono..

Marcus la guió por el camino hacia la salida del laberinto. Una vez en la entrada, la oscuridad volvió a cubrir la titánica cueva. Una vez fuera, volvieron al vehículo y regresaron a la ciudad. Marcus la invitó a cenar en el selecto restaurante del 48, donde disfrutaron de una deliciosa cena, rieron y charlaron de lo mundano y lo divino. Cuando terminaron de cenar, la acompañó a su casa; la dejó en la puerta, como buen caballero. La luna estaba esplendorosa. Marcus abría una nueva etapa en su vida. Angie era la elegida para compartir su vida. Se encaminó hacia su vehículo; la noche había refrescado, despejando los miedos de Marcus. Había elegido bien y Atenea la aprobaba. Montó en su vehículo y se perdió entre las callejuelas oscuras de la ciudad; los dioses estaban con él, su nuevo guardián de la gruta sagrada donde los antiguos héroes dejaron sus tesoros y dones otorgados por todos los dioses.

Fin

M. D. Álvarez 

La quinta ola.

Habíamos pasado tres olas de calor, a cada cual más asfixiante, pero lo peor estaba por llegar: una lengua de calor sahariana se dirigía a instalarse en la muy noble piel de toro.

​El aire, espeso y plomizo, se negaba a moverse. En las plazas, hasta las palomas habían renunciado a volar, sesteando bajo la sombra raquítica de los naranjos como figuras de yeso cansadas de existir. La radio no dejaba de repetir la misma advertencia con voz monótona: temperaturas de récord, avisos rojos derretidos sobre el mapa y el consejo inútil de evitar las horas centrales del día, como si alguien en su sano juicio tuviera el valor de poner un pie en el asfalto.
​Al atardecer, la luz adoptó un tono anaranjado y sucio, casi apocalíptico. 

No era el calor habitual del verano peninsular; era un hálito seco, cargado de un polvo fino que crujía entre los dientes y abrasaba los pulmones. La piel de toro no solo sudaba: parecía estar a punto de resquebrajarse. Y lo peor de todo es que la noche, lejos de traer el ansiado alivio, prometía convertirse en un horno a oscuras donde el sueño sería tan solo un espejismo más

M. D. Álvarez 

martes, 28 de julio de 2026

Azules

—Adoro tus ojos azules y creo que es un rasgo extraño en los de tu especie —dijo ella, observando cómo la miraba con curiosidad.

—Los de mi clase, dices. No somos tan distintos, al menos a simple vista, porque me mantienes enjaulado. ¿Acaso me temes? —dijo, arqueando la ceja.

—No puedo soltarte por tu carácter agresivo —respondió ella con calma.

—Solo soy agresivo cuando mi tótem se despierta y está a punto de hacerlo. Si crees que esta jaula te va a proteger, no me conoces.

Ella lo miró con una pizca de temor, pero estaba segura de que la jaula resistiría esa noche de luna llena.

M. D. Álvarez 

lunes, 27 de julio de 2026

Bajo las estrellas. El despertar del guerreroo.

Era el chico más duro y problemático del grupo, pero ella debió ver su potencial. En aquellos juegos de peleas, él siempre vencía a oponentes más grandes y fuertes que él. Pero en su interior tenía la fuerza del universo corriendo por sus venas; él no conocía su potencial e ignoraba que tal poder fluyera por su interior, aunque ella sí lo percibió. Sus ojos azules destelleaban en la oscuridad.

Ella se acercó a él entre la multitud, desafiante, con una sonrisa que ocultaba un secreto. 

—Sabes que no es solo suerte, ¿verdad?, susurró, mientras el chico bajaba la guardia por primera vez. Sus palabras resonaron en él como un eco perdido. 

Esa noche, bajo las estrellas parpadeantes del firmamento, algo cambió. Cada golpe que daba en la batalla ya no era solo furia ciega, sino algo más... como si sus manos obedecieran a una voz antigua 

—¿Quién eres?", preguntó él, pero ella solo se limitó a reír. 

—Alguien que ve lo que tú no.  Soy tu reflejo en el espejo del destino —respondió ella, mientras el aire vibraba con una electricidad estática que erizaba el vello de sus brazos.

De repente, el chico cerró los puños y sintió que el calor ya no era superficial; era un incendio controlado que nacía en su pecho. El suelo bajo sus pies pareció ceder levemente ante una gravedad nueva y aplastante. No era técnica, era esencia.

Él miró sus manos, donde pequeñas grietas de luz azulada comenzaban a serpentear bajo su piel. Ya no era el busca-pleitos del callejón; era el despertar de algo colosal.

M. D. Álvarez 

domingo, 26 de julio de 2026

El chambergo..

¿Qué haces con el sombrero del abuelo? —preguntó, cohibida, al ver a su primo completamente desnudo y con el sombrero cubriendo su pundonor.

—No es lo que parece —trató de decir el joven—. Era lo único que tenía a mano para cubrirme.

—Estás deshonrando el honor de la familia —respondió con melancolía.

Aquel sombrero de ala ancha con plumas rojas había conocido grandes aventuras y ahora servía para tapar las vergüenzas de su alocado primo.

—Si el abuelo levantara la cabeza, te marcaría con su espada ropera para que no tocaras su chambergo de plumas rojas —dijo con aflicción.

M. D. Álvarez