miércoles, 26 de agosto de 2026

Madera de Ofir.

Fue el momento en que mataron al árbol, cuando lo talaron para construir un trono para el señor del sur. Su madera de sándalo rojo, traída de los bosques de Ofir, era especialmente fina y preciosa; sería tratada con mimo y cariño por los artesanos. La construcción del asiento de entronización fue laboriosa y meticulosa; debía ser el trono más hermoso para el príncipe, recién nacido en las tierras del agreste sur.

Aquel hermoso sándalo dejaría que lo tallaran de una sola pieza: cuando terminaron el trono más hermoso, cuajado de piedras preciosas, esperaría a ser el sitial del señor del sur.

M. D. Álvarez

Entre el algodón de azúcar y el tiro al pato.

La había perdido entre el algodón de azúcar y el tiro al pato. La buscó desesperado; era muy pequeña, pero con una determinación endiablada. 

Habían discutido por un osito de peluche. La llamó aterrorizado, pero el bullicio ahogó su voz. 

Se dirigió a la caseta de seguridad y tomó el micrófono. —Angie, mi sol, tengo tu osito. Ven, siento haberme enfadado, dijo compungido. 

Dos minutos después, la chiquilla corrió con lágrimas en los ojos a los brazos de su padre, quien la aupó con cariño.

M. D. Álvarez 

martes, 25 de agosto de 2026

El licántropo medroso.

Algo lo había asustado. A él, todo un aguerrido licántropo, ella percibió su temor al verlo temblar; algo que nunca había sucedido lo sumía en el terror más puro, haciéndole recular.

Esa noche, en la laguna donde solían sucumbir a la pasión, algo lo espantó. 

—¿Qué tiene, mi dulce lobito? Algo te atemoriza. Ven conmigo, yo te protegeré, susurró ella al oído del licántropo que temblaba de pánico.

En el linde del bosque, los matorrales crujieron y una adorable ardilla asomó.

—¿Ves, mi tierno lobito? Solo es una dulce ardillita dijo, jugueteando con el velludo pecho de su aguerrido amante, que, lejos de calmarse, se arrebujó al lado de su amada, disfrutando de los cálidos y dulces arrumacos de su adorada.

M. D. Álvarez 

Sorpresa en el dormitorio.

Ella se las ingenió para colarse en su habitación, se desnudó y se metió en su cama. Él volvió de sus entrenamientos y entró sin darse cuenta de que ella lo esperaba en su cama. Se dirigió a la ducha; tras ducharse, se preparó una frugal cena y, cuando se dirigía a su dormitorio, vio unas prendas de ropa tiradas en el suelo. Las recogió una a una y, al percatarse de que eran prendas femeninas, se sintió incómodo, pero se dirigió a su dormitorio, donde ella lo esperaba tendida de forma sensual, cubierta sutilmente con las sábanas.

—¡Qué susto me has dado, Angie! Creí que se me había colado alguna grupi —dijo con descaro.

—¡Grupi! Si encuentro a una grupi en tu cama, la despellejo —dijo ella, lanzándole una mirada asesina.

Él se percató de que la había molestado aquel comentario suyo y, acercándose con delicadeza, se sentó y la besó con ternura. 

—Lo siento, sé que no te gustan ese tipo de comentarios —dijo tras un largo y apasionado beso.

—¿Por qué eres tú? Si llega a decírmelo otro, lo capto. Te enteras, dijo ella, sujetando suavemente sus genitales.

M. D. Álvarez 

lunes, 24 de agosto de 2026

Cuando una rama cae en el bosque.

Fue el momento en que mataron al árbol cuando la rama donde estaban subidos cedió, tronchándose; no aguantó el peso de aquel aguerrido licántropo y su compañera, que se ocultaban bajo el follaje.

Su escondite fue descubierto, pero el bosque, en su sabiduría, conspiró para que no los vieran, ya que se encontraban en uno de los muchos claros de tan magnífico bosque.

—Tendré que construir un nuevo refugio para nuestros encuentros —dijo el licántropo, dejando a su amada en el suelo.

M. D. Álvarez 

La llave. II parte.

El licántropo bajó las escaleras de la cabaña con agilidad felina, los músculos de sus piernas desnudas y cubiertas de un vello oscuro tensándose con cada movimiento. En la cocina, el agua ya hervía en la tetera —como si ella lo hubiera preparado todo antes de acercarse a la ventana— y el aroma a bergamota del té Earl Grey llenaba el aire cálido. Sin embargo, mientras colocaba la taza en una bandeja de plata, un leve temblor le recorrió la espalda. No era miedo, sino algo más profundo: el eco de un antiguo instinto, enterrado bajo capas de devoción, que ahora arañaba desde adentro.

Arriba, ella permanecía junto al ventanal, pero ya no miraba el bosque. Sus ojos, de un verde esmeralda que parecía brillar con luz propia, estaban fijos en el suelo húmedo junto al porche. Allí, apenas visible entre la maleza, había una marca: la huella de una pisada humana, pero demasiado perfecta, como si alguien la hubiera dibujado con cuidado. Un símbolo. Un mensaje.

Lo sabía. Ellos habían vuelto.

No era la primera vez que su pasado la alcanzaba. Pero antes, siempre había logrado mantenerlo alejado, borrando rastros, moviéndose en la oscuridad. Esta vez, sin embargo, el olor a azufre persistía, flotando entre los pinos como una advertencia. No podía permitir que él lo supiera. Su licántropo, tan feroz y tan tierno, tan entregado... no estaba preparado para esa parte de ella. Para lo que ella había sido antes de encontrarlo.

Oyendo sus pasos acercarse por las escaleras, apretó los puños. La sonrisa maliciosa se desvaneció, reemplazada por una expresión de dulce expectativa. Él entró en la habitación con la bandeja, orgulloso como un cachorro que trae su primer premio de caza, y ella se volvió hacia él, las manos extendidas para recibir la taza.

—Gracias, mi amor —susurró, llevando el borde de porcelana a sus labios. Él se sentó a sus pies, apoyando la cabeza en sus rodillas, y ella, con la mano libre, acarició su pelo áspero y cálido. Él emitió un gruñido de satisfacción, cerrando los ojos.

Pero sus pensamientos ya no estaban con él. Volaban hacia la cueva oculta, a tres kilómetros al este, donde había dejado las ofrendas. El fuego de anoche no era para calentarse, sino para sellar un pacto. Y el olor a azufre no era casual: era la firma de quienes habían venido a cobrarlo.

Esa tarde, mientras él dormitaba al sol del porche, ella se deslizó fuera de la cabaña. Caminó rápido y en silencio, su figura esbelta desapareciendo entre los árboles. Llegó a la cueva justo cuando el sol comenzaba a teñir el cielo de naranja. Allí, en la entrada, encontró lo que temía: tres figuras encapuchadas, inmóviles como estatuas. El aire olía a tierra mojada y a metal quemado.

—Pensamos que habías olvidado la cita, hermana —dijo el del centro, con una voz áspera, como piedras rozándose.

—No he olvidado nada —respondió ella, con una frialdad que nunca mostraba en casa—. Pero el trato ha cambiado. No les daré lo que piden.

El de la izquierda dio un paso adelante. —El pacto fue sellado con sangre. Con su sangre, la de tu linaje. No puedes romperlo.

Ella sonrió, pero esta vez no había rastro de la ternura que mostraba a su licántropo. Era una sonrisa afilada, letal. —Observen —dijo simplemente, y alzó una mano.

Desde las sombras de la cueva, algo se movió. Unos ojos brillaron en la oscuridad, seguidos de otro par, y otro más. Eran lobos, pero sus siluetas parecían fundirse con la penumbra, y sus miradas eran demasiado inteligentes para ser animales. Los hombres encapuchados retrocedieron, sorprendidos.

—No vine sola —añadió ella, y en su voz resonó un eco de poder ancestral—. Y él, aunque no lo sepa, también es parte de esto ahora. Si insisten, tendrán que enfrentarse a más de lo que esperan.

Mientras hablaba, a lo lejos, en la cabaña, el licántropo despertó sobresaltado. El viento había cambiado, y ahora traía hasta él, nítido e inconfundible, el olor de su amada mezclado con el de peligro, de magia antigua y de enemigos. Sus ojos ámbar destellaron. Por primera vez, el amor y el instinto no luchaban dentro de él, sino que se alineaban en un mismo propósito: protegerla.

Con un salto, salió del porche y se lanzó hacia el bosque, siguiendo su rastro sin vacilar. Esta vez, no corría para complacerla. Corría para encontrarla, para enfrentar lo que fuera que amenazaba el mundo que habían construido juntos. Y en su pecho, un nuevo fuego ardía: el de un protector que, por fin, estaba despertando.

M. D. Álvarez 

domingo, 23 de agosto de 2026

La sangre de Medusa.

Fue el momento en que mataron al árbol, justo cuando la flecha se clavó en su recia corteza. La punta, impregnada de la sangre de la Gorgona Medusa, hizo que el majestuoso árbol muriera al instante.

La divina Diana lloró amargamente, pues aquel frondoso y exuberante árbol estaba dedicado a ella. No era un árbol cualquiera; era su árbol. Su padre lo plantó cuando ella nació, y ahora yacía seco, totalmente muerto por una flecha lanzada por la bella Atalanta, una joven de su séquito.

M. D. Álvarez