martes, 14 de julio de 2026

¿Por qué no me lo dijiste?.

Número de caso 001
Número archivo: 1
Número de registro: 0


Víctor, cuando perdió a su esposa a manos de uno de los peores asesinos en serie, se encerró en su despacho, sumido en un dolor inenarrable. Su furia se desató cuando, accidentalmente, rompió el jarrón favorito de su difunta esposa, Raquel. Golpeó la pared de su despacho, abriendo un boquete. Lo que descubrió fue que tras la pared había una puerta con una cerradura alfanumérica con un código de treinta y cinco caracteres perteneciente a su esposa, quien nunca le comentó nada sobre habitaciones secretas. ¿Por qué lo había ocultado? Era todo un misterio y necesitaba descubrir qué había tras la pared y, sobre todo, el porqué se lo había ocultado Raquel.

Víctor se quedó parado ante el teclado, que despedía una luz de un azul cerúleo que parpadeaba insistentemente. Treinta y cinco espacios vacíos lo llamaban, pero él no tenía las respuestas todavía. Sin embargo, le debía a Raquel el beneficio de la duda; hasta no atravesar esa puerta, no sabría por qué se lo había ocultado. Hizo memoria: Raquel, siempre que quería encontrar inspiración, cogía la vieja Biblia y buscaba consuelo en sus páginas. La última semana, su angustia iba en aumento y las horas se perdían entre las antiguas escrituras. Pero el día antes de ser asesinada, Raquel le sorprendió con una cita del Nuevo Testamento que Víctor no lograba recordar. 

¿Sería aquella cita la clave de acceso? Ella siempre lograba amasar su instinto primario y visceral, así que se sentó en el sillón favorito de Raquel e intentó recordar aquella cita que tanto le sorprendió. Fue antes de que él saliera a indagar algo que ocurrió en el parque; era como si ella hubiera presentido su muerte y lo preparara para el hallazgo tras la desesperación y la furia inicial. Ella lo amaba con tal devoción que sabía que, sin ella, él se sentiría perdido y sin rumbo. Por eso, le ofreció un nuevo reto para calmar su furia inicial, encaminándolo hacia un destino todavía por desvelar.

"¿Qué me dijiste antes de salir?" preguntó al aire, como si ella siguiera ahí. Víctor recordó que dos días antes Raquel puso su taza de café sobre una página específica, dejando una leve marca sobre un versículo específico. Así que recogió la Biblia de la estantería donde ella la colocó y abrió el grueso ejemplar, hojeando, buscando. Era como buscar una aguja en un pajar, pero a concienzudo no le ganaba nadie. Por fin, allí estaba la leve marca de café. Leyó..
 Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.

Aquello no sonaba a nada de lo que Raquel le había dicho, y fue ahí donde se dio cuenta de que Raquel era muy dada a reinterpretar las escrituras, dándoles su toque personal. "Raquel, tú eres y serás mi guía en esta y en la otra vida", pensó Víctor. Se dirigió al teclado y tecleó: "Solo los mansos pasarán" Mateo 5:5. El último símbolo no podía ser menos que la inicial de su esposa: R.

Escuchó un "clack" firme, seco, contundente y metálico. La puerta se abrió, la oscuridad lo envolvió, buscó el interruptor y dio la luz. Ante él había un gran portal trasdimensional que lo lanzaría como un dardo demoledor.


Cruzó el umbral y el portal rugió. No era un refugio, sino un arsenal de tecnología imposible. En el centro, una pantalla   el rostro de Raquel lo obsevaba 

—Víctor, el asesino no es humano. Comprendió que su duelo terminaba y que su cacería interdimensional, impulsada por un amor eterno, apenas comenzaba.

M. D. Álvarez 

Llave de carraca. 2da parte.

A medida que el sol comenzaba a ponerse, llenando el taller de tonos dorados, ella se dio cuenta de que había encontrado algo más que un pasatiempo en aquel Camaro. Mientras limpiaban las últimas partes del motor, sus manos se rozaron y ambos se detuvieron, mirándose a los ojos.

—¿Te gustaría dar una vuelta algún día? —preguntó él, con una sonrisa esperanzada.

—Solo si prometes enseñarme a manejar —respondió ella, riendo suavemente.

Él estaba gratamente sorprendido al encontrar una chica que sabía diferenciar entre una llave inglesa, una de carraca y que no le importara ensuciarse con grasa.

La risa se convirtió en complicidad y, en ese instante, supieron que esta era solo la primera de muchas aventuras juntos.

M. D. Álvarez 

lunes, 13 de julio de 2026

A topetazos.

Él era un cabraloca, siempre dándose de topetazos con sus amigos, hasta que un día se cruzó en su camino una preciosa mujer. No fue un encuentro elegante: él venía lanzado, ella venía distraída, y el choque fue tan sonoro que hasta un perro cercano levantó la cabeza, ofendido por el estruendo.

—Ay, perdón… —balbuceó él, frotándose la frente.  

—No pasa nada —respondió ella, aunque también se frotaba el hombro—. Pero… ¿siempre saludas así?

Él abrió la boca para contestar, pero no encontró palabras. No porque estuviera avergonzado —eso le duraba poco—, sino porque había algo en ella que lo dejó sin su habitual desparpajo. Una calma. Una luz. Una forma de mirarlo como si lo viera entero, incluso las partes que él mismo no entendía.

—No… —dijo al fin—. Solo cuando la persona lo merece.

Ella sonrió. Y él sintió, por primera vez en su vida, que quizá había encontrado a alguien capaz de detenerlo sin necesidad de topetazo.

M. D. Álvarez 

La tercera ola de calor

Marcus disfrutaba de un baño de hielo tras entrenar al máximo. A una temperatura de 50 grados, necesitaba desentumecerse, y aquellas temperaturas no eran normales. Además, íbamos en aumento; cada año subían más las temperaturas. ¿Cómo continuaremos sin hacer algo? La tierra se convertiría en un yermo desierto.

Marcus sumergió la cabeza un par de segundos, buscando en el fondo de la bañera un eco de silencio que borrara el zumbido constante de los aires acondicionados de la ciudad. Al salir a la superficie, el contraste entre el agua helada y el aire denso del baño casi le hizo perder el aliento.

Su compañera Angie se encontraba en la cinta de correr, sudando. Al verlo salir, detuvo la cinta, se puso una toalla al cuello y se dirigió a su lado. ¿Qué tal el baño? ¿Estás mejor?

—Desde luego, más relajado. Lo único que me voy a dejar es el sueldo en hielo.

—Solo a ti se te ocurre entrenar fuera y a pleno sol —susurró al oído de Marcus.

​Él esbozó una sonrisa cansada, aunque la verdad detrás de la broma de Angie era sombría. Entrenar en el exterior a mediodía se había convertido en una ruleta rusa, un desafío directo a un clima que ya no perdonaba errores.

​—Alguien tiene que mantener el hábito —respondió Marcus, pasándose una mano por el pelo empapado—. Si nos encerramos para siempre entre muros de hormigón y aire acondicionado, la Tierra habrá ganado la partida antes de tiempo. Además, el cuerpo se debilita si solo conoce los 21 grados artificiales.
Angie se apoyó en el marco de la puerta, observando cómo los últimos bloques de hielo flotaban desganados en el agua, perdiendo la batalla contra el vaho pesado del baño. Su expresión se volvió seria, despojándose de la ironía de hace un momento.

​—Ya no es cuestión de debilidad, Marcus, es física pura. Cincuenta grados destrozan las proteínas de tus músculos, colapsan tus órganos. Hoy has tenido suerte, pero la semana que viene la previsión dice que entraremos en la fase crítica de la tercera ola. No habrá hielo en los supermercados, ni siquiera para los que puedan pagarlo.

​Marcus salió de la bañera, sintiendo cómo el aire caliente de la casa empezaba a evaporar instantáneamente el agua de su piel. Miró a Angie a los ojos; el sudor de la cinta de correr aún brillaba en su frente, reflejando la cruda realidad que ambos compartían. No eran solo dos atletas resistiendo al verano; eran dos supervivientes viendo cómo el mundo se secaba a su alrededor.

​—Entonces —dijo Marcus, bajando la voz mientras se envolvía en una toalla—, tenemos que acelerar el plan. Si la ciudad va a colapsar en la fase crítica, no podemos quedarnos a esperar el apagón.

​Angie asintió lentamente, y con un gesto sutil, señaló hacia la ventana del salón, donde las luces de los edificios gubernamentales parpadeaban en el horizonte de la tarde.

Continuará...

M. D. Álvarez 

domingo, 12 de julio de 2026

Brutote y amoroso.

En aquella tapetía entre empanadilla y empanadilla, su afecto fue creciendo; cada bocado que ella le ofrecía era una satisfacción para aquel fiero lobo de compañía. Ella lo adoptó a pesar de que le advirtieron de que tenía muy mal carácter. 

"Mal carácter, tú, brabucón", decía mientras rascaba su barriga. No sabía cómo lo conseguía, pero en cuanto comenzaba a rascarle, él se tumbaba dócilmente patas arriba para que ella lo acariciara. "Si es que eres un amor", decía con ternura. 

Él dormía a los pies de su cama como un fiero guardián; no permitía que ningún desaprensivo se colara en su dormitorio si ella no daba el visto bueno. Si no lo hacía, ya podían salir corriendo o se llevarían un buen mordisco en las posaderas. 

"Si es que eres un brutote, pero te quiero", terciaba cada vez que venía con un girón de tela en la boca.

M. D.  Álvarez 

Jungla de amor.

En aquella jungla plagada de bichos y con una humedad sofocante, que empapaba como si lloviera a mares, se guardaba un aterrador secreto. La criatura amada por la bella Selene vagaba aullando de pasión por su húmedo vergel, hasta que su amada se dignó a aparecer en el cielo para bañar su dorada piel con sus rayos de luz plateada, haciendo que sugiriera a su amado licántropo.

El hermoso hombre lobo aullaba de placer al ver descender a la bella Selene, que con níveos brazos lo abrazaba mientras besaba con dulzura su peludo y musculado torso.

La luz de Selene no solo iluminaba la oscuridad de la jungla, sino que también transformaba al licántropo, suavizando la ferocidad de sus ojos dorados y revelando la profunda ternura que guardaba para su amada. Sus aullidos, antes de anhelo y melancolía, se volvieron ahora susurros roncos de devoción.

Mientras los efluvios de la selva se hacían más intensos con la noche, ellos se entregaban a su ritual. Selene, etérea y luminosa, se fundía con la forma lobuna de su amante, sus cuerpos entrelazándose bajo el dosel espeso de las hojas. 

La piel plateada de ella contrastaba con el pelaje oscuro y espeso de él, una unión de lo celestial y lo salvaje. En ese abrazo, el secreto aterrador de la jungla parecía desvanecerse, reemplazado por la magia de su amor, un amor tan antiguo como la luna misma y tan primario como el latido del corazón de la bestia.

M. D. Álvarez 

sábado, 11 de julio de 2026

Rangwali Holi II parte

A pesar de las risas de Angie, el orgullo de Marcus estaba herido. Un licántropo alfa, heredero de la noche y el terror, no podía ir por ahí oliendo a lavanda y luciendo como un algodón de azúcar de feria. Intentó sacudirse en el baño del Radisson, pero el polvo Gulal se había adherido a su denso pelaje vantablack con una lealtad exasperante. Solo consiguió crear una tormenta de purpurina rosa sobre las toallas blancas del hotel.

​—Estás ideal, de verdad —insistió Angie, limpiándose una lágrima de risa mientras le ponía un collar de caléndulas que había recogido en el vestíbulo—. Míralo por el lado bueno: los encapuchados visten de negro riguroso. En el centro de Vrindavan, hoy eso es como llevar una diana fluorescente. Tú, en cambio, eres el camuflaje perfecto.

​Marcus gruñó, un sonido que pretendía ser amenazante pero que, con las orejas teñidas de amarillo chillón y el lomo azul turquesa, sonó casi tierno. 

Sin embargo, Angie tenía razón. La célula del mal —una escisión fanática que pretendía utilizar la energía mística del festival para un ritual oscuro— destacaba demasiado en la paleta de colores de la ciudad.

​Minutos después, Marcus regresaba al epicentro de la fiesta. La marea humana bailaba al ritmo de los tambores dhol. El aire era una densa niebla de pigmentos flotantes.

​Y entonces los vio.

​El grupo de encapuchados se abría paso con brusquedad hacia el templo de Banke Bihari, ajenos a la alegría general. Llevaban un extraño artefacto de bronce oculto a medias bajo una túnica. Pretendían boicotear la celebración.

​Marcus no lo dudó. Dejó salir sus garras, pero no adoptó su postura de ataque habitual; en su lugar, se mezcló con un grupo de jóvenes locales que saltaban frenéticamente. Avanzó bailando, integrándose en la locura cromática. Un turista despistado incluso le dio una palmada en el lomo, gritando "¡Holi Hai!", pensando que era un animador con un disfraz hiperrealista de lobo.

​Cuando estuvo a escasos dos metros del líder de los encapuchados, el villano por fin se giró, alertado por un gruñido que no encajaba con la música de los tambores.

​Lo que el fanático vio no fue a la temida bestia de las sombras. Vio a un monstruo de dos metros de altura, con ojos de un intenso azules , colmillos afilados como cuchillas... y un pelaje que parecía un arcoíris psicodélico que brillaba bajo el sol de la India.

​El líder pestañeó, completamente descolocado.

​—¿Qué demonios...? —alcanzó a balbucir.

​—Feliz Holi —susurró Marcus con voz de ultratumba.

​Antes de que la célula pudiera reaccionar o activar el artefacto, el licántropo arcoíris cayó sobre ellos como un torbellino.

M. D. Álvarez