miércoles, 6 de mayo de 2026

El maratón solidario.

"Ser útil me hace feliz", dijo entre resuello y resuello. Los dos se habían conocido en el parque; corriendo, se preparaban para la gran maratón de Los Ángeles. Ella se dedicaba a la preparación física y él era un gran corredor de fondo. Idearon prepararse para participar en aquel maratón, que era muy especial, ya que este año los beneficios serían destinados a las investigaciones de las enfermedades raras.

—Además, lo importante es participar; ya llegues primero o último, lo bueno es que se haga para pasarlo bien —relató él.

—Tienes razón —respondió ella, resoplando del esfuerzo.

—Un esprint —dijo él, acelerando.

—Venga —articuló ella.

M. D.Álvarez 

martes, 5 de mayo de 2026

El corazón de una hadriel. 3ra parte.

Esa noche, Ares se presentó en el lugar acordado, el Jardín de las Hespérides, un sitio tranquilo y apartado. La luna llena iluminaba el rostro de Iris, realzando su belleza. Ella le sonrió con dulzura, una expresión que casi desarma la cautela del joven.

"No te asustes, mi Ares," susurró Iris, tomando suavemente su mano. El contacto fue como una descarga, pero esta vez, Ares no se retiró. "Lo que sientes no es debilidad, es pasión. La pasión es un fuego. Si no la controlas, te quema; si la dominas, te da una fuerza inigualable."

Lo guio a un banco de piedra. Ella se sentó y lo invitó a hacer lo mismo. Iris no le enseñó un truco ni una fórmula mágica. Le habló de la paciencia, de respirar hondo antes de actuar y de canalizar esa energía en la observación.

"Mírame, Ares. Siente la tensión, pero no dejes que te ciegue. Obsérvame."

Ares la miró fijamente. Vio la sonrisa, no el torrente. Sintió el roce, pero percibió el respeto. Se dio cuenta de que su arrebato no era por ella, sino por su propia falta de control.

Una paz inusual lo invadió. "Entiendo," dijo con voz firme. "Es la calma en medio de la tormenta."

Iris asintió con una mirada de orgullo. "Ahora eres un caballero, Ares. Uno que sabe que su mayor poder es la mente, no la fuerza bruta."

Ares conocía el poder de los hadrieles, e Iris le mostró cómo controlar su ira incontrolable tan solo con la observación.

M. D. Álvarez 

lunes, 4 de mayo de 2026

El corazón de una hadriel. 2da parte.

Su torpeza estuvo a punto de costarle un disgusto hasta que la bella Hadriel se apiadó de él. Se lo llevó a parte y le dijo: "Eres encantador y tienes unos prontos irresistibles, pero tienes que calmarte si no quieres que te expulsen del grupo."

Iris no sabe cómo comportarse cuando estás tú presente; siento como si mi cuerpo se revolucionara, me hirviera la sangre y me comportara de forma bobalicona, acertó a decir, muerto de vergüenza.

"Oh, mi lindo Ares, eres encantador hasta cuando no lo sabes", refirió Iris, rozando con sus dedos el rostro de Ares.

Él enseguida se puso tenso; el leve roce hizo que sintiera un arrebato, pero logró contenerse.

"Sabes, esta noche te voy a enseñar algo que te ayudará a comportarte como un caballero."

Ares la miró con cautela; a ella era a la que más temía, pero aceptó.

Continuará...

M. D. Álvarez 

domingo, 3 de mayo de 2026

El corazón de una hadriel.

Tenía una mente privilegiada; su CI era de los más altos y era un autodidacta. Creció en una región aislada de uno de los planetas exteriores. Con tan solo 15 años, su familia lo mandó a la academia interplanetaria para pulir su agresividad.

No necesitaba mucho para estallar y llevarse por delante a todo bicho viviente.

En la academia, se juntó con un grupo variopinto de seres inadaptados que lo tomaron como líder por su inteligencia, dotes de mando y capacidad de sacrificio. Uno de aquellos integrantes era una hermosa hadriel de ojos verdes que lo miraba con fervor.

Él no era ajeno a los anhelos de la bella hadriel, pero era inexperto en el arte del amor, lo que lo volvía loco. No sabía cómo hablar con ella; el resto del grupo no sabía dónde meterse. Cada vez que ellos dos coincidían, había momentos tensos e incómodos.

Continuará...

M. D. Álvarez 

sábado, 2 de mayo de 2026

Escapada

Era temperamental y atrevido, y cuando tenía tiempo, que era en raras ocasiones, se dedicaba a cuidar a su hermosa novia. La acompañaba cortésmente cuando ella quería ir de compras y se pasaba horas esperándola en el recibidor, donde ella le mostraba los modelitos más sexis de la tienda de lencería. Ella sabía cómo provocarlo; sabía cómo llevarlo dócilmente al dormitorio, donde ella se lucía con movimientos sensuales que lo iban excitando poco a poco.

A medida que ella desfilaba por delante de él con cada nuevo conjunto, sus ojos brillaban con picardía. Sabía que cada mirada, cada gesto, lo acercaba más a su deseo. Pero había algo más en su mente; un plan que había estado gestando en secreto.

—¿Te gusta este? —preguntó ella, girándose con una lencería de encaje negro que dejaba poco a la imaginación.

Él tragó saliva, incapaz de articular una respuesta. Sabía que estaba atrapado en su juego, pero no le importaba. 

—Es… impresionante —logró decir, su voz un susurro cargado de deseo.

Ella sonrió, satisfecha con su reacción, pero en el fondo sabía que tenía una sorpresa preparada para él. Esa noche era especial; no solo era un simple juego de seducción. Había estado planeando una escapada romántica para ambos, un fin de semana en una cabaña apartada en las montañas.

—¿Sabes? —dijo ella mientras se acercaba a él, deslizando sus dedos por su pecho—. He estado pensando que necesitamos algo más que estos juegos.

Él frunció el ceño, intrigado.

—¿A qué te refieres?

Con un guiño cómplice, ella sacó un pequeño folleto de su bolso y se lo mostró. Era una reserva para una cabaña encantadora rodeada de naturaleza, lejos del bullicio de la ciudad.

—He reservado este lugar para nosotros —anunció con una sonrisa traviesa—. Solo tú y yo durante todo el fin de semana.

Él no pudo evitar sonreír al escuchar eso. La idea de escapar juntos le llenó de emoción. 

—Eso suena increíble —dijo él, sintiendo cómo la adrenalina recorría su cuerpo.

Pero justo cuando el ambiente se llenaba de promesas y expectativas, el sonido del teléfono interrumpió el momento perfecto. Ella frunció el ceño al ver quién llamaba; era su jefe, y sabía que no podía ignorarlo.

—Lo siento —dijo ella con un suspiro—. Tengo que atender esto.

Mientras hablaba por teléfono, él se quedó allí parado, sintiendo cómo la energía entre ellos se desvanecía momentáneamente. Sin embargo, no podía dejar que esto arruinara sus planes. Así que decidió aprovechar ese tiempo para pensar en cómo hacerla sentir especial durante su escapada.

Cuando terminó la llamada, ella se dio cuenta de que él había estado contemplativo.

—¿Todo bien? —preguntó ella al notar su expresión seria.

Él sonrió y decidió ser directo:

—Quiero hacer algo especial para ti durante el fin de semana. Quiero que sea perfecto.

Ella lo miró sorprendida y emocionada al mismo tiempo.

—Me encanta esa idea —respondió ella con una chispa en los ojos—. Estoy segura de que será inolvidable.

Con esa promesa flotando en el aire, ambos sabían que estaban a punto de embarcarse en una aventura llena de pasión y descubrimientos mutuos.

 Y mientras él la miraba a los ojos, entendió que esta escapada podría llevar su relación a un nuevo nivel; no solo sería un juego de seducción, sino también una oportunidad para conectarse más profundamente.

M. D.  Álvarez 

viernes, 1 de mayo de 2026

Paracaidistas verdes.

—¡Seréis miedicas!, les gritó desde la rampa de saltos de aquel DC4. —Si no saltáis, os arrojo yo mismo, rugió, lanzándoles una mirada aterradora a aquel grupo de paracaidistas principiantes. 

—Tú, el de mono rojo, ven aquí, rugió el capitán. 

El aterrorizado paracaidista se acercó tembloroso hacia su capitán, que lo jaló y arrojó por la rampa sin contemplaciones. 

—Tú, el azul, o saltas o te arrojo. El del mono azul saltó aterrado. 

—Tú, el del mono amarillo, salta —dijo, fijando sus pupilas azules en él. 

Este último paracaidista se negaba a acercarse a la rampa, lo que le valió tal cantidad de improperios, y al ver que aquella fiera se le venía encima, saltó.

—Si es que cada día me los mandan más verdes, bufó el capitán, saltando tras ellos.

M. D. Álvarez 

jueves, 30 de abril de 2026

El terroncito. II parte.

La diosa, con el corazón apesadumbrado, decidió que no podía esperar más. Con la flor iridiscente en su mano, sintió la energía que emanaba de ella; era un símbolo del amor inquebrantable que su terroncito le había entregado. Inspirada por su valentía y determinación, se dispuso a cruzar el umbral entre su brillante reino y el sombrío bosque oscuro.

Al acercarse al límite del bosque, la luz a su alrededor comenzó a desvanecerse. Las sombras parecían moverse con vida propia, susurrando secretos olvidados y ecos de desesperanza. Sin embargo, la diosa no se dejó intimidar. Con cada paso, su amor por el licántropo iluminaba su camino, creando un sendero de luz en la oscuridad.

Mientras avanzaba, se encontró con criaturas del bosque: espectros de almas perdidas que la observaban con curiosidad. Sin embargo, no se detuvo. Sabía que debía encontrar a su terroncito antes de que fuera demasiado tarde.

Finalmente, tras lo que pareció una eternidad, llegó a una cueva profunda y oscura. Allí escuchó un suave lamento que resonaba entre las paredes de piedra. Su corazón latía con fuerza mientras se acercaba al sonido. Cuando entró en la cueva, encontró a su amado licántropo, atrapado en un resplandor tenue que parecía alimentarse de su esencia.

—¡Terroncito! —exclamó la diosa, extendiendo la mano hacia él—. Estoy aquí.

El licántropo levantó la vista y sus ojos azules brillaron con reconocimiento y amor. —No debiste venir —dijo con voz débil—. Este lugar es peligroso.

—El amor verdadero puede enfrentar cualquier sombra —respondió ella con firmeza—. Te liberarás porque nuestro amor es más fuerte que este cautiverio.

Con la flor iridiscente en mano, se acercó al licántropo y comenzó a recitar palabras antiguas llenas de poder y esperanza. La luz de la flor iluminó la cueva mientras un suave resplandor rodeaba al licántropo, disipando las sombras que lo mantenían prisionero.

Poco a poco, las cadenas invisibles comenzaron a romperse y el licántropo fue liberado, abrazando a la diosa con fuerza. Juntos salieron de la cueva hacia el resplandor del día.

Su vínculo se hizo muchísimo más férreo. Regresaron al reino de la diosa, donde el dulce licántropo corrió libre y desaforado gracias al amor que la diosa le brindó. Siempre regresaba junto a ella con hermosos presentes que el terroncito le traía de sus correrías.

M. D. Álvarez