Ella finge dormir cuando él llega a casa. Todavía sigue enfadada con él por no dejarla acompañarle en su ronda y se lo hace pagar de muchas formas, pero la que más le molesta a él es no poder complacerla. Ella también lo siente, echa de menos sus caricias y besos, pero sabe que, con el tiempo, él le pedirá perdón. Hasta entonces, lo tiene a pan y agua.
Ella quería acompañarlo en sus paseos matutinos, donde descubría otros enclaves maravillosos y misteriosos en los que podía perderse; ella quería perderse con él en los lugares más extraordinarios de su mundo de fábula.
M. D. Álvarez