Marcus despertó de un profundo sueño y se encontró en una habitación blanca y estéril. A su lado estaba Angie y, a los pies de su cama, su hermanita pequeña, que lo miraba con temor. Pero, al verlo abrir los ojos, sonrió abiertamente y dijo:
—Mamá, papá, ya se ha despertado.
Con sumo cuidado, se subió a un pequeño taburete para abrazar a su hermano mayor, quien sintió una oleada de amor, pero también un dolor agudo que le recorrió el lado izquierdo del cuerpo. Su familia, con la que estaba enfadado por su hobby, se había reunido en torno a él.
—Os dejo, volveré más tarde —dijo Angie.
—Espera, no te vayas —dijo todavía somnoliento.
—Sí, quédate —rogo Helena, aferrándose a la sábana.
La cara de su madre estaba pálida, pero serena; la de su padre, una mezcla de orgullo y una preocupación profunda.
—Los tendones... casi se desgarran por completo —murmuró Marcus, tocando el cabestrallo con la otra mano—. El médico dijo que otro centímetro y...
—Y no lo habrías vuelto a usar—completó su padre, con voz ronca. Se acercó y puso una mano firme en su hombro sano—. Pero salvaste a Angie. Lo que hiciste... —Su voz se quebró, incapaz de encontrar palabras.
Angie, que había permanecido en silencio, se acercó a la cama. Le tomó la mano sana, y Marcus sintió que temblaba.
—Cuando resbalé...solo vi el vacío. Y luego tú... —Sus ojos se llenaron de lágrimas—. Podrías haberte matado, Marcus. Todo por protegerme a mí.
Helena, desde el taburete, apretó su pequeño cuerpo contra él.—Eres un héroe,Marc.
Marcus observó los rostros de su familia. El miedo y el reproche que esperaba encontrar se habían transformado en algo más complejo y abrumador: una gratitud profunda y un terror retroactivo por lo que pudo haber sido.
—No lo dudé —susurró Marcus, mirando fijamente a Angie—. Volvería a hacerlo. Tu seguridad... la de todos ustedes... es lo único que importa.
Su madre se inclinó y le besó la frente.
—Lo sabemos,cariño. Por eso da tanto miedo amarte a veces. Porque eres capaz de dar todo por los demás.
La habitación del hospital pasó a compartirse en el santuario donde se honraba un amor tan feroz que estaba dispuesto a sacrificarlo todo. Y Angie, en lugar de alejarse, entrelazó sus dedos con los de él, sellando un silencio que decía más que cualquier palabra.
M. D. Álvarez