miércoles, 4 de febrero de 2026

Un imperio desconocido.

Aquel imperio cayó en el olvido cuando se descubrió una cripta subterránea en la que se escondían las atrocidades que aquel sátrapa había cometido con su pueblo. Los había matado de hambre y torturado en celdas repletas de cadáveres. 

Ella descubrió los desmanes de su emperador al encontrar a su prometido atado como a un perro y ofrecido en sacrificio al dios más aterrador, Khurthon, dios de los infiernos. 

Cada día eran inmolados cuatro aguerridos jóvenes, y aquel día su prometido era uno de aquellos jóvenes a los que ofrecerían en sacrificio. Ella suplicó por su vida y el soberano, viendo lo bella y deseosa que era, le propuso una reunión privada donde le ofrecería la vida de su prometido a cambio de algo... Ella sabía que el soberano era un salvaje, pero amaba con desesperación a su pareja y accedió a verse con el villano.

Aquel salvaje la forzó brutalmente, tras lo cual cumplió su promesa y le entregó a su compañero, a quien no pudo ocultar lo ocurrido. Él la amaba más que a su vida y se las ingenió para derrocar, destrozar y defenestrar al más brutal y salvaje de los reyes de aquel imperio del que no ha quedado constancia ni siquiera en los libros de historia.

M. D. Álvarez 

8

martes, 3 de febrero de 2026

De cordero a lobo.

De por sí, era de buen carácter; si se sabía cómo tratarlo, era tierno y dulce. Pero si veía algo que no estaba bien, entonces será mejor que corráis, pues también tiene su lado salvaje. Y creedme cuando os digo que es mejor quitarse de en medio si no queréis salir mal parados.

Aquel día, él era especialmente tierno con ella, lo que se dice un tierno corderito, pero algo le llamó la atención: su oído hiperdesarrollado captó una señal de auxilio; al parecer, unos vándalos trataban de abusar de una encantadora señorita.

"¿Me disculpas un momento?" le dijo suavemente. Y salió disparado hacia el lugar de los hechos. 

Su cuerpo había empezado a experimentar unos cambios morfológicos: sus manos se habían convertido en aterradoras garras, sus piernas eran auténticos resortes musculados, su torso espectacular y su rostro del más puro furor lobuno. 

Pobres incautos no sabían lo que se les venía encima: una fiera de más de 200 kilos de puro músculo y casi dos metros de altura que no atendía a razones, sino a hechos. 

Lo que aquellos salvajes estaban a punto de hacer no estaba bien; no se lo consentiría. Alejó a la jovencita y se encaró con aquellos vellacos que, por lo visto, no sabían que tenían que salir corriendo en cuanto lo vieron aparecer. 

Me ahorraré las escenas gore y os diré que no dejó ni uno con vida. Una vez resuelto el conflicto, volvió junto a su amada, quien había tejido una guirnalda de flores que colocó alrededor de la adorada cabeza de su manso corderito.

M. D. Álvarez 

lunes, 2 de febrero de 2026

El hambre de la luna.

Él era el primero en levantarse, pero últimamente llegaba tarde a todas partes y nadie lograba sonsacarle el motivo.

El cambio no fue drástico, sino una erosión lenta. Marcus, el hombre cuyo despertador biológico parecía ajustado al primer rayo de sol, empezó a perderle el pulso al reloj. Primero fueron diez minutos, luego una hora, hasta que las disculpas en el trabajo se convirtieron en silencios hoscos.

​Cuando sus amigos le preguntaban qué pasaba, él simplemente se rascaba el cuello —donde la piel empezaba a verse extrañamente grisácea— y desviaba la mirada.

​Una noche, su hermano decidió que ya era suficiente y usó su copia de la llave para entrar en el apartamento. El aire pesaba; olía a humedad estancada y a algo dulzón, como fruta podrida en el fondo de un cajón.
​Lo encontró en el dormitorio, pero Marcus no estaba durmiendo. Estaba de pie frente al espejo, completamente rígido.

​—Marcus... ¿qué es esto? —susurró su hermano, estirando la mano.

​Marcus giró la cabeza. El movimiento fue demasiado amplio, un giro de 180° que hizo crujir sus vértebras como ramas secas. Sus ojos eran ahora dos pozos de aceite negro.

​—No llego tarde —dijo con una voz que parecía vibrar en los huesos de quien la escuchaba—. Es que el tiempo aquí afuera corre demasiado rápido... y a ella le gusta saborear cada segundo antes de dejarme salir.

Steven retrocedió hasta chocar con el marco de la puerta. El crujido del cuello de su hermano no había sido accidental; era el sonido de una anatomía reescribiéndose.
​—¿A ella? —logró articular Steve, con el pulso martilleando en sus sienes—. ¿De quién hablas, Marcus?

​Marcus no respondió con palabras. En su lugar, empezó a desabotonarse la camisa con una lentitud exasperante. Bajo la tela, la piel grisácea no era solo color: era una textura rugosa, similar al cuero viejo, que ondulaba como si algo hirviera debajo.
​—La Luna no es una luz, Steven... es un hambre —susurró Marcus.

​De repente, los músculos de su espalda se tensaron y estallaron. No hubo el aullido cinematográfico que Steven esperaba, sino un siseo húmedo. Los huesos de Marcus comenzaron a alargarse, rompiéndose y soldándose en ángulos imposibles en cuestión de segundos, aunque para Marcus parecía estar pasando una eternidad de agonía deliciosa.

Marcus cayó a cuatro patas. Su rostro se proyectó hacia adelante, el maxilar se desencajó y se extendió en un hocico negro y brillante. Los ojos de aceite negro se clavaron en Steven. Ya no había rastro de su hermano, solo una masa de músculo plateado y garras que arañaban el parqué, dejando surcos profundos.

​—Por eso... llego... tarde —gruñó la bestia, cuya voz ahora era un coro de mil lobos—. Porque un minuto de tu vida... son mil años de mi banquete.

​La bestia saltó. Pero no fue un ataque rápido. Steven vio, con horror absoluto, cómo el aire alrededor de la criatura se volvía denso, como si el espacio-tiempo se curvara para darle paso. Marcus flotaba en el aire, acercándose con una parsimonia depredadora, saboreando el terror en el rostro de su hermano, estirando ese segundo de miedo hasta convertirlo en una eternidad de pesadilla.

​Steven comprendió entonces por qué Marcus se rascaba el cuello: no era irritación, era el deseo de la bestia por romper la crisálida de carne humana.

M. D. Álvarez 

domingo, 1 de febrero de 2026

Sus lágrimas.

No podía verla llorar, y menos por aquellos desalmados. Lo había empotrado con un tanque de ochocientos kilos, pero al oírla llorar, algo en su interior se activó. Apartó el tanque, sacando su bestia interior a pasear. Se desembarazó de aquel vehículo pesado de un plumazo y se encaró con aquellos brutos, que, al ver el tamaño de aquella bestia, salieron corriendo.

Ella adoraba cuando él se ponía brutote y se acercó dulcemente mientras se secaba las lágrimas y rascaba suavemente su barbilla, mientras él la cogía por la cintura y lamía suavemente sus mejillas. Tal era la devoción que sentía por ella.

Ella sonrió entre lágrimas, sintiendo cómo la calidez de su abrazo la envolvía. La fuerza que él había desplegado para protegerla la hacía sentir segura, como si el mundo exterior pudiera desmoronarse, pero mientras estuvieran juntos, todo estaría bien.

—¿Quiénes eran? —preguntó ella, apartándose un poco para mirarlo a los ojos. Su expresión era una mezcla de preocupación y admiración.

—No lo sé, pero no volverán a acercarse —respondió él, su voz grave resonando con determinación. La furia que había sentido aún ardía en su interior, pero ahora estaba más centrado en ella. —¿Estás bien?

Ella asintió lentamente, sintiendo la adrenalina disminuir. Sabía que él haría lo que fuera necesario para mantenerla a salvo. Sin embargo, también había algo más que pesaba en su corazón.

—No quiero que te lastimen por mi culpa. No vale la pena arriesgarte —dijo ella, con un tono de súplica en su voz.

Él frunció el ceño, sintiendo cómo la preocupación se transformaba en una necesidad imperiosa de protegerla aún más. 

—Eres lo único que realmente importa para mí. Si no te cuido a ti, no tengo nada —declaró, acercándose más y colocando su frente contra la suya.

—Debemos pensar en un plan —dijo ella, rompiendo el silencio tenso entre ellos. —Si están dispuestos a atacarte así, podrían volver.

Él asintió, comprendiendo que no podían dejarse llevar solo por el amor y la devoción; necesitaban ser astutos también. 

—Juntos podemos hacerlo —respondió ella con firmeza, sintiendo cómo la esperanza comenzaba a florecer nuevamente en su pecho.

M. D.Álvarez 

sábado, 31 de enero de 2026

Resolviendo los desacuerdos en el cuarto oscuro.

Encerrados en aquel cuarto oscuro, jugueteaba con la jugosa boca de su novia. Sus deseos eran cada vez más ardientes; los habían encerrado para que limaran asperezas. Mientras la pasión ganaba intensidad, recordaron por qué habían sido encerrados en aquel cuarto: debían hablar de lo que les molestaba del uno y del otro.

"Sabes lo que me molesta de ti", dijo ella, rompiendo el hielo. "Que no te defiendas cuando se meten contigo", añadió con delicadeza..

"Y lo que me molesta a mí es que no soporto que los demás devoren con la mirada tus voluptuosas formas", refirió él con cierto resquemor.

Ella lamentaba que su novio se muriera de celos por las miradas lascivas de los amigotes.

Él le explicó por qué no se defendía contra los abusones. Le dijo que en cierta ocasión vio cómo se metían con un niño pequeño y se interpuso entre aquel niño y los gamberros. Creyeron que podían amedrentarlo, pero, debido a la paliza que les dio, los mandó al hospital. Desde aquel día, no volvió a utilizar la violencia. 

Ella escuchó con atención la explicación y comprendió cuán tierno era con ella, y se propuso matar de celos a los que se hacían llamar amigos de él. 

Dulcemente se aproximó con suavidad hacia él y, con su jugosa boca, se lo comió a besos mientras él se dejaba querer.

M. D. Álvarez 

viernes, 30 de enero de 2026

El hijo de Atenea. 2da parte.

Mientras se alejaba del mausoleo, el corazón del joven latía con fuerza. Las palabras de su madre resonaban en su mente, llenándolo de esperanza y determinación. Era el momento de descubrir quién era realmente y qué significaba llevar la sangre de una diosa.

Los días pasaron y, aunque aún sentía la presión del mundo que lo rodeaba, comenzó a experimentar atisbos de su poder. A veces, cuando se concentraba lo suficiente, podía sentir cómo su mirada podía influir en las criaturas que lo rodeaban. Un día, mientras paseaba por el bosque, un grupo de ciervos se acercó a él con curiosidad, como si reconocieran en él algo divino. Con solo un parpadeo, pudo calmar sus corazones asustados y hacer que se acercaran sin temor.

Sin embargo, no todo era paz. En las sombras, fuerzas oscuras comenzaban a moverse. Los rumores sobre un joven con ojos que podían detener a las fieras habían llegado a oídos equivocados. Una antigua secta que adoraba a seres oscuros estaba decidida a capturarlo para usar su poder en sus propios rituales.

Una noche, mientras se encontraba con la joven de ojos verdes en un claro iluminado por la luna, sintió una presencia inusual. El aire se volvió denso y frío, y un escalofrío recorrió su espalda.

—¿Sientes eso? —preguntó ella, mirando alrededor con preocupación.

—Sí —respondió él—. Algo no está bien.

De repente, surgieron figuras encapuchadas de entre los árboles. Sus ojos brillaban con una luz siniestra y sus murmullos resonaban como ecos lejanos.

—El hijo de Atenea ha llegado —dijo uno de ellos, su voz grave cargada de desdén—. Venimos por ti.

El joven sintió cómo su sangre hervía al escuchar esas palabras. No solo debía protegerse a sí mismo; también debía proteger a la joven que había entrado en su vida y había despertado en él sentimientos profundos.

—Debemos irnos —dijo él, tomando la mano de ella y preparándose para correr.

Pero antes de que pudieran moverse, los encapuchados levantaron sus manos y comenzaron a murmurar encantamientos oscuros. La tierra tembló ligeramente bajo sus pies y sombras comenzaron a arremolinarse alrededor del joven.

En ese instante, recordó las palabras de Atenea: "Tu valor será ensalzado por los sabios". Sin pensarlo dos veces, cerró los ojos y dejó que el fulgor dentro de él emergiera. Cuando los abrió nuevamente, sus ojos garzos brillaban intensamente como faros en la oscuridad. 

Un estallido de energía pura radiaba desde su ser, empujando las sombras hacia atrás y haciendo temblar a los encapuchados. La luz era tan intensa que iluminó el bosque como si fuera día. Los encapuchados retrocedieron aterrorizados.

—¡Regresen! —gritó el líder—. ¡No podemos enfrentarlo!

Aprovechando la confusión, el joven tomó la mano de la chica y corrieron juntos hacia el bosque profundo, sintiendo cómo la energía aún chisporroteaba en su interior.

—¿Qué fue eso? —preguntó ella mientras corrían.

—No lo sé —respondió él—. Pero ahora sé que tengo un poder dentro de mí que no puedo ignorar.

Al llegar a un claro más seguro, se detuvieron para recuperar el aliento. El joven miró a la chica a los ojos y vio la admiración reflejada en ellos.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó ella con voz suave.

—Debemos encontrar respuestas sobre mis poderes y quiénes son esos encapuchados —dijo él con determinación—. Y tal vez sea hora de buscar a mi madre nuevamente... pero no solo para pedirle perdón; también para pedirle ayuda.

La noche era oscura pero llena de promesas inciertas. Con un nuevo propósito en su corazón y una compañera a su lado dispuesta a afrontar lo desconocido, se adentraron en el bosque en busca del destino que les aguardaba.

M. D. Álvarez 

jueves, 29 de enero de 2026

El hijo de Atenea.

Desde muy pequeño, no lo tenían en consideración. Quizás su aspecto angelical, con sus dulces ojos azules y su cabellera llena de bucles, hacía que no supieran qué pensar de él. No creían que tras aquellos ojos azules ardía un fulgor tan abrasador que, si lo hubieran descubierto, tal vez su vida habría sido más tranquila y amorosa. A medida que se fue haciendo mayor, su apariencia no cambió mucho; solo su cuerpo se hizo más musculoso y robusto. Su rostro seguía siendo angelical, pero su mirada continuaba teniendo un fuego irresistible.

Un buen día conoció a una preciosa joven de ojos verdes y pelo rizado que descubrió su gran poder al mirarlo fijamente a los ojos.

—¿No te han dicho que es de mala educación mirar tan fijamente a los ojos? —refirió él con aquella sonrisa tan angelical.

—Sabes que tus ojos encierran un secreto —dijo ella con aquella mirada que hechizaba.

Él no podía dejar de mirarlos, como si se perdiera en ellos..

—Eres capaz de detener una manada de fieras hienas con tan solo posar tus garzos ojos sobre ellas —dijo ella, retirando momentáneamente su mirada de él.

Él sintió como si algo se desbloqueara en su mente; sus ojos los había heredado de su madre. Hacía tiempo que no pensaba en ella; debía ir a visitar su tumba. Al día siguiente, se dirigió al mausoleo de su familia, presidido por la efigie de su adorada madre.

Desde tiempos remotos, los dioses se apareaban con mortales; solo una deidad permaneció casta y pura: la venerada diosa de la guerra y la sabiduría, la muy noble Atenea. En el transcurso de los siglos, batalló y peleó ferreamente, sin necesidad de sentir los deseos de ser madre. Pero hubo un día en que algo en su interior la hizo detenerse y escuchar la naturaleza. Se quedó pensativa y observó las poblaciones que habían ido creciendo a pasos agigantados y dejando de venerar a las deidades. Fue entonces cuando algo en su áurea cabeza comenzó a preocuparla: debía escoger si seguir siendo la diosa guerrera, sin tacha y sin hijos, o debía plegarse a las circunstancias de que un día dejaría de existir sin ningún legado.
Buscó por todos los rincones un padre sin igual para concebir un hijo sin tacha. Ninguno de los dioses le parecía adecuado, y ningún mortal sería lo suficientemente fuerte como para engendrar un semidiós.. Así que siguió buscando entre las criaturas de la noche, y he aquí que, bajo un claro de luna, un aterciopelado licántropo se le apareció. Su pelaje era dorado como el oro y sus intensos ojos verdes se asemejaban a las verdes praderas de su amado Olimpo.  
"¡Tú serás mi reproductor!", dijo ella para sí.

Bien entrada la noche, ella hizo brotar una dulce niebla que sumió en un cálido sueño al joven licántropo. Mientras él dormía, ella yacía y amaba con visible pasión a la hermosa criatura de la noche. Nueve meses después nació un ser entre divino y sombrío que encerraba en sus rasgos angelicales un gran poder.

Su divina madre le ocultó su naturaleza divina y oscura por muy buenas razones; debía labrarse un gran porvenir sin hacer uso de sus dones. Pero ante la efigie de su augusta madre, se arrodilló y pidió perdón por no haber sido un buen hijo.

La divina diosa oyó el llanto de su amado hijo y se presentó cual efigie viviente, y le apaciguó diciendo: "Tú jamás serás un mal hijo; eres mi amado retoño, del cual me vanaglorio y me siento orgullosa. Tu porte es semejante al de tu padre y tus preciosos ojos garzos encierran todo el saber de la humanidad. Siempre estaré a tu lado, hijo mío; tu valor será ensalzado por los sabios y tu destino será más grande que todos los dioses juntos. Ahora ve y sé feliz; un día llegará el momento de tu gran despertar."

Continuará...

M. D. Álvarez