viernes, 10 de abril de 2026

La fragua. 2da paté.

Pasaron las dos semanas y Sigrun regresó a la fragua, ansiosa por ver las armas que Logi había forjado para ella. Al llegar, encontró al forjador con el rostro iluminado por el resplandor de la fragua, sus manos firmes sosteniendo las piezas que había creado con tanto esmero. 

—Logi, ¿están listas? —preguntó Sigrun, intentando disimular la emoción en su voz.

—Sí, mi señora. Aquí están las armas que pedisteis —respondió él con una sonrisa cálida, extendiendo hacia ella la ulfberht, la skyrim y el skjaldborg.

Sigrun tomó la ulfberht primero, sintiendo el equilibrio perfecto entre la hoja y la empuñadura. La espada brillaba con un fulgor casi divino, y las incrustaciones en la guarda reflejaban la luz de manera hipnótica. 

—Es... magnífica —murmuró, pasando sus dedos por la hoja con admiración.

—La forjé con acero y una lágrima de Freya —explicó Logi—. Es tan resistente como el espíritu de una valquiria.

Luego, tomó la skyrim, la daga nórdica. Su hoja era más corta pero igualmente impresionante, con un filo que parecía capaz de cortar el aire mismo. La empuñadura, tallada con runas antiguas, se ajustaba perfectamente a su mano.

—Esta daga será tu compañera en las batallas más cerradas —dijo Logi—. Ligera pero letal, como el viento que acaricia los campos de Asgard.

Finalmente, Sigrun levantó el skjaldborg, el escudo que Logi había diseñado para ella. Aunque liviano, su superficie estaba adornada con gemas que brillaban como estrellas, y el metal parecía casi indestructible.

—Este escudo os protegerá en los momentos más oscuros —aseguró Logi—. Lo forjé con metales que encontré en los bosques sagrados, y lo adorné con gemas que reflejan la luz de los dioses.

Sigrun, conmovida por la dedicación y el talento de Logi, lo miró a los ojos.

—Logi, no solo has forjado armas... has creado obras de arte. Nunca había visto algo tan hermoso y poderoso. ¿Cómo puedo agradecerte?

Logi sonrió con modestia.

—Vuestro aprecio es más que suficiente, Sigrun. Ver vuestra satisfacción es la mayor recompensa para un forjador.

Sigrun, sin embargo, no podía dejar de sentir que algo más se había forjado en aquella fragua. No solo armas, sino una conexión entre ellos, un vínculo que iba más allá de lo terrenal. 

—Logi —dijo, con una voz más firme—, ¿aceptarías acompañarme en mi próxima misión? Tus armas son magníficas, pero tu presencia sería aún más valiosa.

Logi, sorprendido por la petición, dudó por un momento. Nunca había abandonado la fragua por mucho tiempo, pero algo en los ojos de Sigrun lo convenció.

—Iré con vos, Sigrun —respondió—. Pero prometedme que me permitiréis regresar a la fragua cuando sea necesario. El fuego y el acero son parte de mi ser.

—Lo prometo —aseguró Sigrun, extendiendo su mano hacia él.

Así, Logi y Sigrun partieron juntos, llevando consigo las armas que simbolizaban no solo la habilidad del forjador, sino también el comienzo de una nueva alianza. La fragua quedó en silencio, pero el eco del martillo de Logi resonaba en cada pieza que había creado, recordando a todos que el arte de forjar no solo moldea metales, sino también destinos.

M. D.Álvarez 

jueves, 9 de abril de 2026

Su crítico culinario.

Ella era una consumada chef y se encontraba en el Olimpo de los cocineros. Había aprendido de los mejores. Su pareja era un amor; devoraba todo lo que ella le preparaba. Eso sí, todos los días se pegaba unas palizas para no engordar ni un gramo. A ella le gustaba su cuerpo musculado, pero sin una pizca de grasa. 

—Eres mi mejor crítico", dijo ella al ver cómo devoraba su última creación: cebolletas caramelizadas con ajos tiernos sobre bistec de wagyu salteado a las finas hierbas. 

—¿Y bien, qué te parece? —preguntó ella, apreciándose.

Él saboreaba con verdadero deleite. La hizo esperar, pero adoraba cómo lo cuidaba, y por fin le dio su parecer. Ella siempre sabía que él no se callaría ningún error.

—Perfecta compenetración del sabor, la carnosidad, el equilibrio; en definitiva, apetitosa, deliciosa y suculenta —respondió con una gran sonrisa—. Siempre logras sorprenderme, mi vida.

Ella sonrió de forma dulce y cantarina, se fue hasta él y lo besó con devoción. —Tú eres mi mejor crítico culinario.

M. D. Álvarez 

miércoles, 8 de abril de 2026

Superando límites.

Ella era de todo menos débil y desvalida, y se lo demostraba a cada momento. Él bajaba el ritmo al sprintar en sus entrenamientos para llegar con ella a la meta. Algunas veces la dejaba ganar, aunque ella se enfadaba con él, que levantaba las manos a modo de disculpa.

—Algún día lo lograré —le decía sonriente.  

—De eso no tengo ninguna duda —respondió él con satisfacción. La había tomado bajo su protección; había visto algo más en ella, algo que los demás no percibían, pero que le daba un potencial extraordinario.

Ella sabía que debía esforzarse más, pero no porque necesitara probarle algo a él, sino para demostrarle a sí misma lo que era capaz de alcanzar. Cada entrenamiento era una oportunidad para crecer, aprender y superar sus propios límites. Las mañanas de entrenamiento se convirtieron en su santuario, un lugar donde no existían las dudas ni los temores, solo el sonido rítmico de sus respiraciones y los latidos de su corazón.

Un día, mientras entrenaban bajo un cielo despejado, él notó un cambio en su paso. Había ganado fuerza, velocidad y determinación. No le dijo nada, pero una sonrisa se dibujó en su rostro. Ella, con la misma sonrisa confiada de siempre, lo miró y dijo:

—Hoy es el día.

—¿Hoy? —preguntó él, levantando una ceja, intrigado por su determinación.

—Sí, hoy voy a ganarte sin que tengas que bajar el ritmo.

Empezaron a correr, y él se dio cuenta de que ella no estaba bromeando. Mantuvo su ritmo, y ella se mantuvo a la par, con una mirada resuelta. Paso a paso, kilómetro a kilómetro, su fuerza y velocidad eran palpables. Al acercarse a la línea de meta, ella aceleró, dándolo todo, y cruzó la línea apenas un segundo antes que él.

Se detuvieron, respirando con dificultad, y él no pudo evitar reír. Ella lo había logrado.

—Lo hiciste —dijo él, orgulloso—. Sabía que podías.

Ella, aún jadeando, le devolvió la sonrisa.

—Gracias por creer en mí.

M. D. Álvarez 

martes, 7 de abril de 2026

El velocista.

Sus camaradas lo habían retado a competir en una carrera de velocidad, pero creían contar con el vehículo tuneado más rápido de uno de los mejores conductores de carreras. Cuando lo vieron presentarse en la línea de salida sin ningún vehículo, creyeron que habían ganado aquel reto. 

Sin embargo, en cuanto vieron cómo su cuerpo se transformaba de un atlético joven a un musculoso y ágil licántropo, no estuvieron seguros de lograr vencerlo. 

Ella lo animaba con aquellos pompones rojos.

El juez de pista los alineó y dijo las tres palabras: "preparados, listos, ya". El coche aceleró, pero lo que salió acelerando fue él; sprintaba veloz. Fue un visto y no visto. Su poderosa zancada le hizo marcar un tiempo récord; solo vieron de él la estela de polvo que dejó al salir disparado. Por suerte, redujo la velocidad al cruzar la línea de meta para poder salir en la foto finish y acreditar que era el velocista más rápido del planeta. 

M. D. Álvarez 

lunes, 6 de abril de 2026

Eostre y el conejo de Pascua.

Aquel lindo conejito era símbolo de fertilidad, de la nueva vida, y todos los niños esperaban que llegara el día para recoger los huevos que aquel precioso conejito había ido escondiendo. Pero, ¿a que no sabéis de dónde viene su origen? ¡Exactamente, es pagano!

La mitología germánica tiene como mensajero de la diosa de la fertilidad, Eostre, a un precioso conejito que, según cuentan las leyendas germanas, recogía huevos y los coloreaba de vivos colores para agradar a su diosa, que los multiplicaba para alegrar a los niños.

Pero quizás lo que muchos no saben es que el conejo era la diosa Eostre, que se transformó por amor a un precioso pajarillo herido.

Conservó la capacidad de poner huevos una vez al año; los decoraba de vivos colores y los depositaba sobre la hierba como símbolo del renacimiento.

M. D. Álvarez

Es una versión libre del Conejo de Pascua. Espero que no se ofendan.

Cuerpo turgente.

Su cuerpo era verdaderamente apetecible; sus curvas voluptuosas y deseables lo volvían loco de deseo. Ella lo idolatraba y calmaba sus apetitos, por muy complicados que fueran. Sus formas turgentes hacían las delicias de él, que con dulzura acariciaba suavemente su piel.

Ella cerró los ojos, disfrutando de la suavidad de sus caricias. Cada roce de sus dedos sobre su piel era como un fuego que se encendía, despertando sensaciones que la hacían sentir viva. Sabía que él la deseaba, y eso la llenaba de una confianza embriagadora.

—Eres perfecta, susurró él, su voz resonando en el aire como un canto hipnótico. Su mirada estaba fija en ella, como si intentara grabar cada detalle en su memoria.

—No soy perfecta, pero me haces sentir así, respondió ella, abriendo los ojos y encontrándose con su mirada penetrante. Había algo en su expresión que la hacía sentir deseada y valorada, más allá de lo físico.

Con un movimiento delicado, él se inclinó hacia ella, dejando que sus labios rozaran suavemente su cuello. Ella sintió un escalofrío recorrer su cuerpo, una mezcla de emoción y anticipación. Era un juego entre el deseo y la dulzura, donde cada pequeño gesto contaba una historia.

—Quiero que este momento dure para siempre, dijo él mientras se apartaba un poco para mirarla a los ojos. —Eres mi inspiración, mi musa.

Ella sonrió, sintiéndose poderosa y vulnerable a la vez. —Y tú eres mi refugio. Cada vez que estoy contigo siento que puedo ser yo misma.

Con esas palabras flotando en el aire, él la tomó de la mano y la llevó a un rincón más iluminado de la habitación. Allí había una ventana con vista a las estrellas; el cielo nocturno era un manto negro salpicado de luces brillantes.

—Mira, -dijo él mientras señalaba las estrellas. —Son como nosotros, brillando en medio de la oscuridad.

Ella se acercó a la ventana, sintiendo cómo el calor de su cuerpo se mantenía cerca del suyo. —¿Y si alguna vez nos apagamos? preguntó con un tono juguetón.

Él sonrió, acercándose aún más. —Nunca lo haremos mientras estemos juntos.

Ambos compartieron una risa suave mientras sus miradas se cruzaban nuevamente. En ese instante, no había nada más importante en el mundo que ellos dos y el momento que estaban viviendo.

M. D. Álvarez 

domingo, 5 de abril de 2026

El guardián de su pequeña.

Y el suyo goza de una salud excelente, no como el de los vecinos, que había fallecido de una dolencia extraña. 

—¿Crees que ha tenido algo que ver con el fallecimiento del lobo de nuestros vecinos? —preguntó ella, observando a su precioso lobo nublar que jugueteaba con su pequeña, haciendo cabriolas. 

—¡Athor, ven aquí! —ordenó la joven dueña de aquel magnífico ejemplar de lobo nublar, que al punto salió disparado a situarse al lado de su dueña, que lo observó para ver si tenía arañazos o signos de pelea. —Tú no te habrás peleado con el perro de los vecinos, ¿verdad? —preguntó ella, risueña, jugueteando con las orejas de su lobo, que disfrutaba de las caricias de su dueña, expresando su felicidad lamiéndola la cara y meneando la cola. 

—Ahora ve a por la chiquitina —le ordenó. 

Él salió disparado en dirección a la chiquitina, que al verlo venir corriendo levantó sus tiernos bracitos en señal de alegría.Él la agarró dulcemente por el arnés y la levantó con facilidad; volviendo, dando saltos, con cada brinco la pequeña estallaba en dulces gorjeos.  

—La tienes mal criada, mi precioso lobito, dijo su madre, recogiendo a la dulce benjamina de las fauces de su tierno guardián.

M. D. Álvarez