jueves, 8 de octubre de 2026

líder débil.

Ya al levantarse, se sentía raro, cansado y hecho polvo, pero tenía que disimular su malestar. No estaba bien visto que un líder se pusiera enfermo y no acudiera a sus deberes. El malestar iba en aumento hasta tal punto que tuvo que detenerse en la carrera que estaba llevando a cabo; si no lo hubiera hecho, seguramente se habría desmayado.

Un sudor frío le recorrió la espalda mientras se apoyaba contra la pared áspera de piedra del pasillo, jadeando. Cada latido de su corazón resonaba en sus oídos como un tambor lejano, amenazante. Desde el suelo, vio cómo sus guardias y asistentes se acercaban con expresión de alarma, pero sus voces llegaban amortiguadas, como a través de un espeso cristal.

—Mi señor, ¿qué ocurre? -La voz de Klávdios, su capitán de la guardia, logró filtrarse. 

—No es nada, solo me he mareado un poco —logró articular Marcus. 

Angie apareció como de la nada y, al verlo tan pálido, se acercó rápido. Sabía que estaba a punto de desmayarse; lo cogió con suavidad y ordenó a sus escoltas que trajeran una silla de ruedas. 

Él quiso desestimar el ofrecimiento, pero en cuanto quiso dar un paso, su vista se nubló. Gracias a que Angie lo sostenía, al cabo de cuatro horas despertó en su mullido colchón. Al girar la cabeza, encontró la mirada grave de Angie; ella era la única que veía a través de su fachada.

—Marcus, debes cuidarte más. Si siguen empujando los límites, te pasará factura. Es más, ya te lo está pasando. Tu sangre híbrida se está debilitando.

Marcus trató de levantarse, pero ella apoyó su mano contra su pecho y dijo: —Si no quieres morir, déjame cuidarte.

Continuará...

M. D. Álvarez.


Apocalipsis.

—Cuando encienda el volcán, no habrá bicho viviente que sobreviva; esa es la ley, -dijo el señor de los volcanes. 

El volcán era una gigantesca montaña dormida. Al parecer, cada vez que el amo lo despertaba, era porque los pobladores de aquel olvidado mundo habían ofendido de forma ineludible al señor de los cielos, quien imponía, por mediación de su hijo, el dueño de los volcanes, un castigo ejemplar. 

—No sobrevivirá ningún poblador ni ninguna criatura; tras su destrucción, el mundo será creado de nuevo con nuevas criaturas y seres maravillosos de notable belleza. Así lo ordena y manda mi padre, y lo cumpliré.

M. D. Álvarez 

miércoles, 7 de octubre de 2026

La solitaria isla del pacífico.

Su nave había caído en el Pacífico. Marcus había saltado en paracaídas y caído al mar. Las gélidas aguas infectadas de tiburones lo recibieron heladoramente, pero su corazón abrasador lo mantenía caliente mientras nadaba. A medida que caía su nave, pudo vislumbrar una pequeña isla a unos dos kilómetros de donde se estrelló su aeronave. 

Nadó como si el diablo lo persiguiera, pero en realidad lo que le perseguía era un gran tiburón blanco. Por suerte para él, era un gran nadador y alcanzó la playa antes de que el gran blanco le hincara el diente. Exhausto y casi sin fuerzas, quedó tendido en aquella playa solitaria. Cuando se despertó, ya era entrada la noche; no hacía frío, pero preparó una pequeña hoguera.

Mientras las llamas de la hoguera danzaban, iluminando la oscuridad que lo rodeaba, él se sentó en la arena, tratando de recuperar el aliento y asimilar lo que había sucedido. La adrenalina comenzaba a desvanecerse, y con ella, la realidad de su situación se hacía más evidente. Estaba solo en una isla desierta, con su nave hecha añicos en el fondo del océano y sin ninguna idea de si alguien lo buscaría.

Miró hacia el horizonte, donde el mar se fundía con el cielo estrellado. La belleza del momento contrastaba con la ansiedad que sentía. ¿Cómo había llegado a este punto? Era un piloto experimentado, pero nunca había imaginado que terminaría así. Sin embargo, su espíritu indomable no le permitía rendirse; debía encontrar una forma de sobrevivir.

Al día siguiente, decidió explorar la isla. Tras un desayuno improvisado de cocos y agua de mar, se adentró en la selva espesa que cubría gran parte del lugar. El canto de las aves y el murmullo del viento entre los árboles lo acompañaban mientras avanzaba. Buscaba señales de vida, algo que le indicara que no estaba completamente solo.

Tras horas de búsqueda, encontró un pequeño arroyo que serpenteaba entre las rocas. Se agachó para beber, sintiendo cómo el agua fresca revitalizaba su cuerpo cansado. Entonces notó algo brillante en el fondo del arroyo; al acercarse más, se dio cuenta de que era un objeto metálico. Con esfuerzo, logró sacarlo del agua: era una brújula desgastada pero funcional.

Con su brújula en mano y un renovado sentido de propósito, empezó a trazar un plan. Si lograba construir una señal visible desde el aire o encontrar algún medio para salir de la isla, podría ser rescatado. Se dirigió nuevamente a la playa y comenzó a recolectar troncos y ramas secas para construir una gran señal en forma de "SOS". 

Mientras trabajaba bajo el intenso sol tropical, su mente divagaba sobre todo lo que había dejado atrás: su familia, sus amigos y su vida antes del accidente. Pero también pensó en las historias que había escuchado sobre personas que habían sobrevivido en circunstancias similares; eso le daba esperanza.

Esa noche, después de un día agotador pero productivo, se sentó junto a su hoguera nuevamente. Las llamas crepitaban mientras él miraba las estrellas parpadear en el cielo nocturno. Sabía que no podía darse por vencido; cada día traería nuevas oportunidades y desafíos. Con determinación renovada, cerró los ojos y soñó con el día en que sería rescatado y contaría sus propias historias de supervivencia.

Por suerte, alguien sí lo buscaba utilizando los European Remote Sensing Satellites (ERS) europeos, los satélites EO-1 de la NASA (EE. UU.) y el Resurs-P de la Agencia Espacial Federal de Rusia (RSA). Angie era una experimentada hacker que utilizaría todos los medios posibles para localizarlo. Él era su único compañero por el que movería cielo y tierra para encontrarlo.

Cuando los satélites pasaron sobre la vertical de la isla, hizo zoom y vio el SOS. Mandó a toda la caballería a la isla. Llevaba desaparecido seis meses; cuando lo encontraron, estaba demacrado y delgado, pero vivo.

Continuará...

M. D. Álvarez 

Alas azules.

Su único deseo era volar, y ella le daba motivos cada vez que la veía. Sus ansias de elevarse sobre los cielos se acentuaban. Una noche, cuando la observaba reír con sus amigas, sintió un ramalazo de pasión y un leve cosquilleo en su espalda, como si algo tratara de nacer. Era incómodo, pero aquella pasión lo embelesaba de tal forma que no le dio importancia. Solo a la noche, cuando la llevó a casa, se quitó la camiseta y ella percibió dos pequeños picos en sus escápulas. Los rozó con delicadeza, haciendo que él se estremeciera. Después de hacer el amor durante toda la noche, se durmieron abrazados. A la mañana siguiente, él se levantó y a su espalda lucían dos hermosas alas azules, como sus ojos.

Las alas se estiraron al primer rayo de sol, como si llevaran años plegadas bajo su piel. Él las miró por encima del hombro, aturdido, mientras los músculos de su espalda se adaptaban a un nuevo peso, ligero y vibrante. Ella despertó y contuvo un grito al verlo: no por miedo, sino por asombro.  

—Puedes volar —susurró, y era una orden, una súplica.  

Él intentó moverlas, torpe al principio, pero bastó que ella rozara una pluma para que las alas reaccionaran, desplegándose en un abanico de azules profundos. La arrastró contra su pecho y saltaron por la ventana.  

El viento los atrapó antes de que cayeran. Él aprendió a golpear el aire con instinto recién nacido, mientras ella se aferraba a su cuello, riendo. No volaban: *caían hacia arriba*, hacia el filo del amanecer donde el cielo se abría como una herida dorada.  

—Siempre supiste que esto pasaría —le dijo él al oído, y ella mordió su hombro en respuesta.  

Las calles se volvieron sombras, luego recuerdos. Ahora eran dos puntos en el mapa del viento, un rumor que los demás contarían como una leyenda: *la del hombre que amó tanto que se convirtió en todo lo que anhelaba*.

M. D.  Álvarez 

martes, 6 de octubre de 2026

Altruista.

En cuanto la vio, supo que no podría abandonarla, por mucho que se lo pidiera, y mira que se lo pidió muchas veces. Pero no pudo dejarla morir en aquel antro de perdición.

La sacaría de allí aunque le costara la vida, cosa que sucedió cuando la hubo rescatado de su prisión.

Prefirió dar su vida a que permaneciera encerrada de por vida y se sentiría satisfecho con su sacrificio.

M. D. Alvarez

Un nosotros.

—¿Sabes lo que más me gusta de ti? —preguntó Angie, mirándolo con devoción.

—Mi sonrisa arrebatadora —respondió Marcus, con su sonrisa más deslumbrante.

—No, esa es la segunda cosa que adoro de ti. Tus ojillos azules me enloquecen de deseo —dijo ella, sentándose sobre su regazo sin dejar de mirarlo a los ojos, tan azules como el cielo en verano.

Marcus soltó una carcajada vibrante, esa que Angie sentía siempre en el pecho antes de escucharla en el aire. Con un movimiento fluido, rodeó la cintura de ella con sus brazos, asegurándola contra él.

​—Vaya, así que mi arma secreta ha quedado relegada al segundo puesto —comentó él, fingiendo una herida de orgullo mientras sus ojos chispeaban con esa intensidad eléctrica que solo ella lograba encender—. Tendré que esforzarme más para recuperar el trono.
​
Angie acarició los mechones oscuros que caían sobre la frente de Marcus, bajando los dedos por la línea de su mandíbula hasta detenerse en el borde de su labio inferior. El silencio en la habitación se volvió denso, cargado de una electricidad que hacía que el aire pareciera vibrar.

​—No te esfuerces demasiado —susurró ella, inclinándose hasta que sus alientos se mezclaron—. Me gusta tenerte así, un poco vulnerable ante mis confesiones.

​Marcus acortó la distancia final, pero no para besarla de inmediato. Se quedó a milímetros de su boca, dejando que el azul de sus ojos se hundiera en el verde  profundo de los de ella.

​—Si supieras lo vulnerable que me tienes desde el primer día, no presumirías tanto de tus victorias, Angie.

Marcus cerró los ojos un instante, dejando que el calor de Angie y el suave aroma a jazmín que desprendía su piel lo invadieran por completo. El juego de seducción dio paso a algo mucho más profundo, uno de esos momentos donde las palabras sobran y el tiempo parece detenerse en seco.
​Enterró el rostro en el hueco del cuello de ella, aspirando hondo mientras sus manos, antes juguetonas, ahora la sostenían con una ternura casi reverencial.

​—A veces —murmuró Marcus contra su piel, con la voz rota por la sinceridad—, me da miedo que esto sea un sueño. Que me despierte y el cielo no sea tan azul como dices que son mis ojos.

​Angie sintió un escalofrío, pero no de frío, sino de pura conexión. Lo estrechó contra sí, enredando sus dedos en su nuca, ofreciéndole ese refugio que ambos habían buscado durante tanto tiempo. Marcus se separó lo justo para buscar de nuevo su mirada, y esta vez no había rastro de su habitual arrogancia encantadora; solo estaba el hombre que ella amaba.

​—No te vas a despertar —le aseguró ella con firmeza, sellando la promesa con un beso lento, pausado, que sabía a entrega absoluta.

Marcus la observó en silencio, admirando cómo la luz se filtraba entre ellos, y de repente, su expresión se volvió inusualmente seria, aunque cargada de una dulzura que Angie rara vez veía en el mundo exterior.

​—Sabes... —comenzó él, trazando círculos invisibles en la espalda de ella—, siempre he vivido pensando que el futuro era algo que simplemente "pasaba", una serie de eventos que no podía controlar. Pero desde que estás aquí, he empezado a ponerle nombres y lugares a los años que vienen.
​
Angie apoyó la frente contra la suya, escuchando los latidos de su corazón, que ahora marcaban un ritmo pausado y constante.

​—¿Y qué nombres son esos? —preguntó ella en un susurro.

​—Lugares con ventanas grandes, mañanas de café compartido y, sobre todo, la certeza de que no importa lo que pase ahí fuera, siempre habrá un camino de vuelta a ti —confesó Marcus, con una vulnerabilidad que la dejó sin aliento—. Ya no quiero ser un navegante solitario, Angie. Quiero que este "nosotros" sea mi único destino.
​
Ella no respondió con palabras, porque no hacían falta. Se limitó a abrazarlo con más fuerza, aceptando ese pacto silencioso de construir un mañana donde sus miedos no tuvieran cabida

M. D. Álvarez 

lunes, 5 de octubre de 2026

El ancla.

Su paciencia tenía un límite y estaba a punto de saltar por los aires. No habría supervivientes, y Angie se percató de la furia que estaba tronando en la cabeza de Marcus.

—Chicos, será mejor que salgáis —dijo ella, previendo el estallido de rabia.  
El grupo se dirigió a la salida; ella se quedó, era la única que podía tranquilizarlo.

Marcus alzó los ojos y la vio mirándolo como solo ella podía hacerlo. Ladeó la cabeza y dijo:  
—¿Por qué tú no me tienes miedo?  

—Porque te conozco y sé que nunca me harías daño.

Él la miró desconcertado, como si no comprendiera el poder que ella ejercía sobre él y su naturaleza indómita.

La confesión de Angie flotó en el aire cargado de ira, una verdad tan simple y a la vez tan profunda que pareció apaciguar por un instante la tormenta en los ojos de Marcus. La tensión no se esfumó, pero se transformó. Ya no era la presión antes de una explosión, sino el forcejeo silencioso entre dos voluntades.

Marcus dio un paso hacia ella, y el suelo de madera crujió bajo su peso. Su respiración, antes un bufido furioso, ahora era un ritmo grave y controlado.

—No deberías estar tan segura —su voz era áspera, como llena de astillas—. Hay partes de mí que ni yo mismo conozco. Partes que no deberías ver.

Angie no retrocedió. Permaneció firme, su mirada tan constante como la luna en la noche.

—Las conozco —susurró ella—. Y no me asustan. Porque son solo otra parte de ti, no la que manda.

Una extraña mueca, algo entre la frustración y la admiración, se dibujó en el rostro de Marcus. Cerró los puños y luego, con un esfuerzo visible, los abrió. Era un acto de voluntad, un dominio sobre ese instinto primal que minutos antes clamaba por destrucción.

—Eres un enigma, Angie. Eres la lógica en medio de mi caos —dijo, y esta vez su voz era más suave, casi vulnerable. Se acercó más, hasta que solo unos centímetros los separaban. El calor de su cuerpo era una barrera física, pero ella no flaqueó.

Alzó una mano, y por un momento tenso, Angie no supo si iba a tocarla o a apartarla de un golpe. Pero su movimiento fue lento, deliberado. Con los nudillos, acarició suavemente la línea de su mandíbula. Era un contacto electrizante, un contraste brutal entre la ferocidad que había en él y la ternura de ese único gesto.

—Eres la única cadena que no logro romper —murmuró, y en sus palabras no había resentimiento, sino una rendición asombrada—. La única a la que no quiero romper.

Angie exhaló un suspiro que no supo que estaba conteniendo. Levantó su propia mano y cubrió la de él, presionándola contra su mejilla.

—No soy tu cadena, Marcus. Soy tu ancla.

Él inclinó la frente contra la de ella, y por primera vez en la noche, el último resto de lucha lo abandonó. Allí, en el silencio que siguió a la tormenta, no había un monstruo indomable ni una víctima temeraria. Solo dos personas cuyo entendimiento mutuo era más fuerte que cualquier furia. Era una tregua, una paz frágil y poderosa, forjada en el lugar más improbable: el centro del huracán.

M. D. Álvarez