martes, 8 de septiembre de 2026

Los Pilares Cosmicos.

Los Pilares Cosmicos eran el lugar donde un cúmulo de quásares y jóvenes galaxias se formaban, pero algo estaba pasando: los observatorios astronómicos habían detectado la disminución de galaxias, quásares, púlsares y estrellas.

Era como si tuvieran una falta de materia y energía, y si los Pilares dejaban de producir y seguir expandiendo el cosmos, este universo no tendría razón de ser y se colapsaría e implosionaría, destruyendo este universo.

Héctor surcó los espacios vacíos hasta llegar a los Pilares. Lo que debía hacer era reactivar el crisol de cúmulos estelares, preñados de estrellas.

Héctor extendió su mano hacia el núcleo de los Pilares. No era un crisol muerto, sino un útero dormido. 

Concentró su esencia, no para crear, sino para recordar: cada explosión de supernova, cada susurro de hidrógeno, cada latido de púlsar. 

Su memoria se fundió con la matriz cósmica. Los filamentos de polvo comenzaron a brillar, no con luz nueva, sino con la reverberación de lo que ya había sido. Los quásares despertaron como ecos, las galaxias jóvenes se replegaron sobre sí mismas, no para nacer, sino para soñar su propio origen. El colapso se detuvo.

Tras lo cual regresó a la pequeña joya azul que era su planeta de origen.

M. D. Álvarez 

Historia de una familia dispar. XIII parte.

—Papi, bueno, -dijo Esperanza con su recién estrenada lengua de trapo.

—Sí, mi princesita, gracias a ti, tesoro, -respondió Marcus, aún recuperándose.

Angie cogió a Esperanza y la dejó en la canastilla, y sacó a Devastación, que permanecía serio; todavía no había dicho sus primeras palabras, seguramente por el trauma de ver a su padre casi muerto.

—Ves, Devastación, papá ya está mejor, dijo Angie. El pequeño escrutó el cuerpo de su padre en busca de un punto débil, hizo un gesto con los brazos; quería que Marcus lo cogiera en brazos, pero Angie le susurró: —Todavía no, mi tesoro, todavía tiene que recuperarse, -dijo, viendo el hueco donde antes estaba su brazo izquierdo y el hueco donde antes estaba su pierna derecha.

Transcurridos un par de meses en recuperarse de las heridas, Angie, mientras tanto, trabajaba en un prototipo de brazo y pierna biónicos.

Llegó el día en que Marcus debía someterse a una operación reconstructiva, donde le fue implantado el brazo y la pierna.

Continuará...

M. D. Álvarez 

—Papi, bueno, -dijo Esperanza con su recién estrenada lengua de trapo.

—Sí, mi princesita, gracias a ti, tesoro, -respondió Marcus, aún recuperándose.

Angie cogió a Esperanza y la dejó en la canastilla, y sacó a Devastación, que permanecía serio; todavía no había dicho sus primeras palabras, seguramente por el trauma de ver a su padre casi muerto.

—Ves, Devastación, papá ya está mejor, dijo Angie. El pequeño escrutó el cuerpo de su padre en busca de un punto débil, hizo un gesto con los brazos; quería que Marcus lo cogiera en brazos, pero Angie le susurró: —Todavía no, mi tesoro, todavía tiene que recuperarse, -dijo, viendo el hueco donde antes estaba su brazo izquierdo y el hueco donde antes estaba su pierna derecha.

Transcurridos un par de meses en recuperarse de las heridas, Angie, mientras tanto, trabajaba en un prototipo de brazo y pierna biónicos.

Llegó el día en que Marcus debía someterse a una operación reconstructiva, donde le fue implantado el brazo y la pierna.

Continuará...

M. D. Álvarez 

lunes, 7 de septiembre de 2026

Protocolo Alecto. III parte.

La mirada de Marcus era un interrogatorio en sí misma. Angie sintió el peso de su propia culpa, pero también el miedo a perderlo. ¿Cómo explicar que todo, incluso la mentira, había sido por él?

—El Protocolo Alecto —susurró, evitando sus ojos y fijándose en la sangre que le teñía la camiseta— no era solo un plan de defensa. Era un dique. Y yo era la ingeniera. —Alzó la vista, desafiante—. Guardaba los parámetros para contener una fuerza superior, sí. Pero no era una fuerza externa, Marcus. Era la que llevas dentro.

El protocolo Alecto guardaba unos parámetros de defensa ante fuerzas muy superiores. Había tomado el nombre de la Erinias Alecto, la más sanguinaria y vengativa de las tres. Marcus encerraba en su interior la sangre inmortal de la erinia, más despiadada, implacable e incesante en impartir los castigos más brutales. Pero había que doblegar su ira de alguna forma que no pareciera forzada; por eso, Angie lo seguía a cualquier lugar, por si acaso se daba lugar a un encuentro fortuito. Un buen día, en medio del bosque, Marcus escuchó un chasquido y se giró a tal velocidad que la vio.

—¿Por qué me sigues, joven doncella? —preguntó con una mirada glacial.

—Tan solo disfrutaba de tu porte. ¿No te han dicho que pareces un dios?

—No digas tonterías —respondió incómodo, ya que nadie le había piropeado antes.

—Me gustaría acompañarte, si no te importa —dijo ella, cogiéndose de su brazo. Él no tuvo más remedio que concederle aquel capricho, y ahí fue donde comenzó el proyecto Alecto.

Angie comenzó siendo la domadora, pero terminó enamorándose de Marcus. Comprendía por qué él estaba molesto con ella, pero estaba segura de que aún la quería.

M. D. Álvarez 

Historia de una familia dispar. XII parte.

Eres capaz de parar una manada de sauropodos rabiosos con tan solo un gesto —dijo Angie al cuerpo casi irreconocible de Marcus—. No te puedes rendir ahora, te necesito más que nunca, tus hijos te necesitan —susurró entre sollozos.

Él no la oía; se debatía entre la vida y la muerte y parecía ir perdiendo.

Esperanza se encaramó a la cama y, con su dulce manita, tocó el brazo casi destrozado de su padre. Hubo una leve reacción; 

Angie lo percibió y observó cómo la pequeña Esperanza se mantenía como en trance. Se acercó al oído de su padre y gorjeó de forma misteriosa. Angie vio cómo Marcus abría los ojos; el dolor tuvo que ser atroz, pero no emitió ni un quejido.

Esperanza se volvió a mirar a su madre y señaló con su pequeña manita a su padre.

—Mi sol, lo has traído de huerta —dijo Angie, abrazando a su pequeña, que soltó una deliciosa sonrisa.

Continuará...

M. D. Álvarez

domingo, 6 de septiembre de 2026

Protocolo Alecto. II parte.

Marcus emitió un gruñido que terminó en un acceso de tos seca. Se llevó la mano al costado, donde el dolor era una brasa al rojo vivo. Sus dedos palparon con precisión de cirujano el punto de fractura bajo la piel hinchada.

—El plan era sencillo —dijo, con una voz áspera por la deshidratación y los golpes—. Esperar a que se acercara solo uno. Romperle el cuello con la cadena de las esposas. Usar su arma para los otros dos.

Angie lo observaba, su sonrisa desvaneciéndose lentamente. Marcus no la miraba a ella, sino a un punto en la pared manchada de la celda, como si estuviera revisando una ecuación que hubiera salido mal.

—Llevaba tres ciclos contando sus patrones. Entraban cada diecisiete minutos. El grandullón siempre se quedaba atrás, cerca de la puerta. El que habla mucho se acercaba a provocar. El tercero, el metódico, era el que se aseguraba de que no perdiera el conocimiento... hasta hoy. —Hizo una pausa, respirando con cuidado—. Su ritmo cambió. Se aceleraron. Algo les ha puesto nerviosos. Iba a ser en el próximo turno.

—¿Y por qué no lo hiciste antes, jefe? —preguntó Bran, con una mezcla de admiración y incredulidad—. ¡Llevaban dos días dándote palizas!

Finalmente, Marcus giró la cabeza y su mirada, de un azul glacial, se posó en Angie. No había reproche, sino una certeza fría.

—Porque necesitaba saber por qué me interrogaron sobre el Protocolo Alecto —dijo, dirigiendo sus palabras directamente a ella—. Y solo hablaban cuando creían que estaba inconsciente. Lo mencionaste una vez, Angie. En confianza. ¿Cómo lo saben ellos?

El silencio que cayó en la pequeña sala de torturas fue más espeso que el olor a sangre y desinfectante. La sonrisa de Angie había desaparecido por completo. Adler y Bran intercambiaron una mirada cargada de desconcierto.

Angie abrió la boca para hablar, pero Marcus, con un esfuerzo sobrehumano, se puso de pie, apoyándose en la pared. El Flumazenil le devolvía la claridad a sus sentidos, y con ella, una sospecha que era más dolorosa que cualquier costilla rota.

—No me rescaten —masculló, escupiendo un coágulo de sangre al suelo—. Sáquenme de aquí. Y luego, Angie, me vas a contar qué más hay en esa cabecita tuya que yo he estado protegiendo sin saberlo.

Continuará...

M. D. Álvarez 

Historia de una familia dispar. XI parte.

—Te oí; me diste las fuerzas suficientes para zafarme de esa bestia despiadada, pero me ha marcado y esta noche volverá a la caza.

—No sabe con quién se está metiendo. Tú eres el licántropo regius por antonomasia; nada puede contigo. -Susurró al oído de Marcus, y luego lo besó con delicadeza. Después, limpió el zarpazo del pecho de Marcus y lo cubrió con un apósito. —Además, recuerda que yo siempre te apoyaré y te daré aliento cuando te encuentres perdido.

Marcus la miró con aquellos ojos azules que la desarmaban y dijo: —Debo ser más fuerte por ti y por los pequeños. No puedo dejar que me doblegue una criatura, por muy aterradora que parezca.

En aquel preciso instante, asomaron las cabecitas de Esperanza y Devastación al borde de la cama; los dos miraban con preocupación a su padre. Marcus se incorporó y los cogió con mimo, primero a Esperanza, diciéndole: —Tranquila, mi preciosa Esperanza, estoy bien. Solo ha sido un mal sueño. Después, cogió a Devastación y dijo: —Tú tienes que ser más fuerte que yo. Sé que tus sueños son aterradores, pero cuando te observo dormir, no hay ni una pizca de miedo en tu rostro. 

Esperanza y Devastación se miraron y sonrieron; sabían que su sonrisa daría fuerzas a su padre.

Continuará...

M. D  Álvarez 

  

sábado, 5 de septiembre de 2026

Protocolo Alecto

Fuerte como un oso, pero de apariencia grácil, ágil y valiente, se crece ante las adversidades. En aquel momento, estaba recibiendo un correctivo bestial hasta que uno de los que lo vigilaban se dio cuenta y dijo:  
—Deja ya de castigarle, ¿no ves que está inconsciente?  
El que lo golpeaba no se había percatado; le había roto varias costillas, pero no pareció preocuparse y siguió castigando su hígado.  
—Te he dicho que lo dejes, al menos hasta que se despierte.  

Todo ello era observado por su comando, que asistía horrorizado ante semejante salvajismo. Solo uno de sus soldados mantenía la calma. En cuanto aquellas bestias dejaron la sala de torturas, salieron del canal de refrigeración.  

Angie O'Brien ordenó a Adler y Bran que lo descolgaran con cuidado. Una vez en el suelo, le suministró una ampolla de Flumazenil, que hizo efecto casi de inmediato. Antes de despertarse, Bran preguntó a Angie:

—Angie, ¿sabes por qué no se defendió?

—Creo que, por mi culpa, he domesticado su furia y lo he hecho más sumiso —dijo ella, derramando una lágrima perdida que fue a caer en el rostro de Marcus.

Al sentir aquella lágrima, Marcus abrió los ojos perplejo y se sentó, a pesar de las costillas rotas. Dijo: "¿Qué ha sucedido? ¿Qué hacen aquí?"

—¡Serás un energúmeno! Mira que no darnos las gracias por haberlo rescatado —bufó Adler.

—Adler no está en su naturaleza el ser rescatado; todo lo contrario, él se sentiría mucho mejor si fuera él quien nos rescatara, respondió Angie secándose las lágrimas. —Marcus siempre ha sido un pilar de protección; nunca dejará de luchar por nosotros a pesar de la paliza que estaba recibiendo. Estoy segura de que tenía un plan para deshacerse de sus guardianes —refirió ella con aquella encantadora sonrisa.

Continuará...

M. D. Álvarez