lunes, 5 de octubre de 2026

El ancla.

Su paciencia tenía un límite y estaba a punto de saltar por los aires. No habría supervivientes, y Angie se percató de la furia que estaba tronando en la cabeza de Marcus.

—Chicos, será mejor que salgáis —dijo ella, previendo el estallido de rabia.  
El grupo se dirigió a la salida; ella se quedó, era la única que podía tranquilizarlo.

Marcus alzó los ojos y la vio mirándolo como solo ella podía hacerlo. Ladeó la cabeza y dijo:  
—¿Por qué tú no me tienes miedo?  

—Porque te conozco y sé que nunca me harías daño.

Él la miró desconcertado, como si no comprendiera el poder que ella ejercía sobre él y su naturaleza indómita.

La confesión de Angie flotó en el aire cargado de ira, una verdad tan simple y a la vez tan profunda que pareció apaciguar por un instante la tormenta en los ojos de Marcus. La tensión no se esfumó, pero se transformó. Ya no era la presión antes de una explosión, sino el forcejeo silencioso entre dos voluntades.

Marcus dio un paso hacia ella, y el suelo de madera crujió bajo su peso. Su respiración, antes un bufido furioso, ahora era un ritmo grave y controlado.

—No deberías estar tan segura —su voz era áspera, como llena de astillas—. Hay partes de mí que ni yo mismo conozco. Partes que no deberías ver.

Angie no retrocedió. Permaneció firme, su mirada tan constante como la luna en la noche.

—Las conozco —susurró ella—. Y no me asustan. Porque son solo otra parte de ti, no la que manda.

Una extraña mueca, algo entre la frustración y la admiración, se dibujó en el rostro de Marcus. Cerró los puños y luego, con un esfuerzo visible, los abrió. Era un acto de voluntad, un dominio sobre ese instinto primal que minutos antes clamaba por destrucción.

—Eres un enigma, Angie. Eres la lógica en medio de mi caos —dijo, y esta vez su voz era más suave, casi vulnerable. Se acercó más, hasta que solo unos centímetros los separaban. El calor de su cuerpo era una barrera física, pero ella no flaqueó.

Alzó una mano, y por un momento tenso, Angie no supo si iba a tocarla o a apartarla de un golpe. Pero su movimiento fue lento, deliberado. Con los nudillos, acarició suavemente la línea de su mandíbula. Era un contacto electrizante, un contraste brutal entre la ferocidad que había en él y la ternura de ese único gesto.

—Eres la única cadena que no logro romper —murmuró, y en sus palabras no había resentimiento, sino una rendición asombrada—. La única a la que no quiero romper.

Angie exhaló un suspiro que no supo que estaba conteniendo. Levantó su propia mano y cubrió la de él, presionándola contra su mejilla.

—No soy tu cadena, Marcus. Soy tu ancla.

Él inclinó la frente contra la de ella, y por primera vez en la noche, el último resto de lucha lo abandonó. Allí, en el silencio que siguió a la tormenta, no había un monstruo indomable ni una víctima temeraria. Solo dos personas cuyo entendimiento mutuo era más fuerte que cualquier furia. Era una tregua, una paz frágil y poderosa, forjada en el lugar más improbable: el centro del huracán.

M. D. Álvarez 

Tres minutos y un despertar.

Tres minutos, tan solo se retrasó tres minutos, y cuando llegó, él ya estaba dormido como un tronco. 

"¿Será la medicación?", pensó para sí. 

Se desnudó y se metió en la cama con él. Lo abrazó con cuidado, pues todavía estaba convaleciente. Lo besó con delicadeza; no deseaba importunar su sueño. Llevaba varias semanas sin pegar ojo y, justamente ese día, se quedaba dormido.

Mientras se acomodaba a su lado, ella no pudo evitar sonreír al verlo tan tranquilo. Había pasado por momentos difíciles, y verlo descansar así le llenaba el corazón de calma. Su mano recorrió suavemente su brazo, sintiendo la calidez de su piel. 

"¿Qué te ha llevado a dormir tan profundo?", murmuró en voz baja, como si él pudiera escucharla en sus sueños.

Los recuerdos de las últimas semanas inundaron su mente: las noches de insomnio, las preocupaciones constantes por su salud y la angustia que había sentido al verlo luchar contra la enfermedad. Pero ahora, en ese instante, todo parecía desvanecerse. 

Se quedó allí, disfrutando del silencio y de la paz que ambos compartían. El suave respiro de él era como una melodía que la arrullaba. Sin embargo, la preocupación seguía latente en su corazón. Sabía que debía estar atenta; aunque él dormía plácidamente, no podía dejar de pensar en lo frágil que era la vida.

Pasaron unos minutos antes de que ella decidiera cerrar los ojos también. Justo cuando estaba a punto de ceder al sueño, sintió un movimiento a su lado. Él se giró lentamente, abriendo los ojos con dificultad.

—¿Dónde estás? —preguntó con voz adormilada pero llena de cariño.

—Aquí —respondió ella, acariciando su rostro—. Solo quería estar cerca de ti mientras dormías.

Él sonrió débilmente, intentando incorporarse un poco más. —Lo siento por hacerte esperar... No quería preocuparme tanto.

Ella rió suavemente, sacudiendo la cabeza. —No te preocupes por eso. Lo único que importa es que estés bien ahora.

Se miraron a los ojos por un momento que pareció eterno. Era un intercambio silencioso lleno de amor y complicidad. 

—Prometo que mañana será un nuevo día —dijo él con determinación..

Ella asintió, sintiendo cómo una ola de esperanza llenaba el aire entre ellos. No importaba cuánto tiempo hubiera pasado ni cuántas dificultades enfrentaran; mientras estuvieran juntos, sabían que podían superar cualquier obstáculo.

Y así, se acurrucaron el uno contra el otro, dejando que el calor del amor los envolviera mientras el mundo exterior se desvanecía en una suave oscuridad.

M. D. Álvarez 

domingo, 4 de octubre de 2026

Eres valiente.

Aquel gigante estaba castigando su hígado con un puño americano. Sus amigos no sabían cuánto aguantaría hasta perder el conocimiento o la vida. Estaba colgado de las muñecas; en uno de aquellos guantazos brutales, una costilla estuvo a punto de perforar el pulmón, pero lo que no soportaba aquel gorila era que no emitiera ningún quejido. Así que siguió golpeándole con saña hasta que se dio cuenta de que no respiraba. Entonces, lo descolgó y lo arrastró hasta la fosa común.

Sus amigos observaron horrorizados cómo aquel bruto orinaba sobre el cadáver de su líder. Ella se levantó y agarró una barra de acero templado, y le golpeó con todas sus fuerzas. El mastodonte se giró y la observó.

—Eres valiente, pero no te servirá de nada. Tu líder tuvo arrestos para soportar el dolor, pero tú... —dijo, relamiéndose.

Ella trató de golpearlo de nuevo, pero aquel salvaje agarró la barra y la tomó del cuello, susurrándole: —Tú y yo lo vamos a pasar muy bien.

Habían pasado quince minutos cuando él inspiró de repente. Llenó sus pulmones de aire, aunque el aire era enrarecido y olía a rancio. Cuando acostumbró su vista, se percató de que lo habían arrojado a la fosa común.

Salió arrastrándose; apenas se tenía en pie, pero hizo un esfuerzo sobrehumano para llegar al lugar donde estaba su equipo. Cuando llegó, vio tres cuerpos; faltaba ella.

Oyó susurros y brutales jadeos; casi no podía pensar. Se dirigió hacia la sala contigua, donde presenció el hecho más abominable: aquel animal la había atado con cadenas y la penetraba salvajemente mientras oprimía con brutalidad sus delicados pechos. No pudo soportarlo; sacó todas sus fuerzas y se lanzó, cargado de la furia más atronadora. El gorila se vio sorprendido y, ante la furia de aquel al que creía haber dado muerte, salió huyendo. Hizo ademán de perseguirlo, pero no podía dejarla así. Rompió las cadenas, la cubrió con una manta y, con delicadeza, la cogió en brazos, dirigiéndose a la sala, donde sus tres amigos permanecían atados e inconscientes.

La depositó con cuidado en el suelo; tenía que sacarla de allí lo antes posible. Ella se movió levemente. Él se agachó para calmarla; ella se encogió temerosa, pero él la tranquilizó: —No tengas miedo, soy yo... siento no haber podido llegar antes.

—Te vi mo... ‐trató de decir con dudas.

—Tengo siete vidas, dijo con suavidad. —Te juro que lo cazaré y le haré pagar todo lo que te ha hecho.

Continuará...

M. D. Álvarez

Pegatinas.

Esta mañana me volví a encontrar la tapa del water levantada. Y estoy segura de que lo hace para molestarme. 

Se lo he dicho cientos de veces y continúa haciéndolo para cabrearme. 

Todos tenemos un límite y yo acababa de alcanzar el mío. Será la última vez que se le olvide. Cada vez que vaya al water se lo encontrará lleno de pegatinas.

M. D. Alvarez 

sábado, 3 de octubre de 2026

Donante.

Rústicamente intercambiaron sus pulseras identificativas, pero siempre con un único fin: el de conseguir un donante sano que les sirviera para intercambiar los órganos necesarios para su subsistencia. No podían esperar su turno. 

Su padre se moría de una insuficiencia renal. Le habían dado seis meses de vida; si no aparecía pronto un donante, no habría nada que hacer.

M. D. Alvarez

La hermana gemela.

A mí me empezaban a entrar las dudas de si verdaderamente murió en aquel accidente.

No se encontró su cuerpo. Nos dijeron que se había incinerado debido a las altas temperaturas que se habían producido en el incendio. Pero yo no podía creérmelo, porque yo la sentía como cuando éramos pequeñas y se cayó a un pozo. Todos creían que había muerto, pero yo insistí en que estaba viva hasta que la encontraron sana y salva donde yo les dije que estaba.

La conexión entre nosotras dos sigue tan fuerte como en aquel momento. Por eso tengo mis dudas y sigo buscando entre los restos calcinados de aquella caravana. Y lo que no podía creer se convirtió en realidad: hallé el colgante que le regalé y del que nunca se separaba. Pero ¿cómo era posible? Yo la sentía a mi lado. Puede que nuestra conexión perdure en el tiempo...

M. D. Alvarez

viernes, 2 de octubre de 2026

Otros gustos.

—Debemos probar otros gustos culinarios —dijo el jovencito licántropo, mirando el plato que le acababan de servir—. No tenía ni idea de qué era aquello, pero tenía una pinta deliciosa.

 —Perdona, ¿me puedes decir qué es esto? —preguntó al camarero, que lo miró sorprendido, nunca habían servido a un jovencísimo licántropo.

 Este le respondió —Causa a la limeña, un pastel frío hecho con capas de puré de papa amarilla sazonada con limón y ají amarillo, relleno de aguacate y atún. ¡Buen provecho, señor!

El licántropo cogió con delicadeza el tenedor y tomó una pequeña porción que se llevó a la boca. En cuanto lo probó, una explosión de sabores inundó sus papilas, que de puro placer sucumbieron al sabor y textura del plato. 

El resto del grupo lo miraba pensativo, preguntándose cuándo le dirían que lleva picante.

—Déjalo, está disfrutando y con muy buenos modales —respondió una de sus amigas, que no lo había visto disfrutar tanto.

M. D. Álvarez