Pero aquellos ojos rabiosos destilaban algo más que rabia; en ellos también había preocupación. Ella se dio cuenta de que aquellos ojos avanzaban hacia ella y retrocedió de forma instintiva. A medida que avanzaban, los rasgos de aquella criatura se fueron perfilando: era Ares, pero en su pecho llevaba clavado un dardo rojo.
—¿Ares, qué te ha pasado? —preguntó, tratando de no mostrar miedo.
Ares no respondió, sino que siguió avanzando hacia ella con su mano extendida, pero ahora no parecía su mano; parecía una garra salvaje que trataba de agarrarla.
Con su daga en la mano, se preparó para un enfrentamiento que nunca quiso tener. Esquivó un golpe brutal de la garra de Ares, sintiendo el silbido del aire cerca de su rostro. Sus movimientos eran los de una cazadora, rápidos y precisos, mientras que los de su compañero eran puramente instintivos y caóticos. Él no buscaba un combate, solo la destrucción, pero a la vez, en aquel brillo caótico, pudo vislumbrar un atisbo de cordura que trataba de imponerse al odio visceral.
—¡Ares, soy yo, Agnes! ¡Reacciona! —gritó, su voz se quebraba con desesperación. Pero sus palabras eran inútiles. Los ojos rojos de Ares la miraban con un odio que no le pertenecía. A pesar de que en su interior libraba un combate sin igual, parecía ir perdiendo la razón a cada golpe que lanzaba contra Agnes.
El dardo en su pecho brillaba con una luz enfermiza. Agnes notó que, a cada latido, la luz se intensificaba y las venas de Ares se volvían más oscuras, como si una plaga se estuviera extendiendo por su cuerpo. La única manera de salvarlo era romper el dardo. Pero, ¿cómo? Tenía que acercarse lo suficiente para sacárselo. Y en su estado, él no la dejaría acercarse.
Vio una oportunidad; de pronto, Ares, bajo sus defensas, percibió un cambio en su mirada: aquel brillo diabólico había desaparecido. Momentáneamente, se abalanzó con un movimiento rápido y arrancó el dardo rojo de su pecho. Ares cayó inconsciente. Agnes logró asirlo y depositarlo con mimo, recostándolo en el césped.
—Ares, mi vida, no dejaré que te ocurra nada malo —dijo Agnes, aplicando un apósito sobre la herida que no paraba de supurar aquel líquido viscoso. Sigue luchando, mi amor, tú eres más fuerte —dijo, besándolo con delicadeza.
M. D. Álvarez