viernes, 5 de junio de 2026

Ronroneos.

Creyó perder la cordura con el leve roce de sus manos sobre su piel. La suma delicadeza con la que acariciaba su belluda piel hacía que se deshiciera de placer. Su animal acababa de surgir de forma espontánea, como llamado por las caricias que ella le propinaba. Con leves ronroneos, mostraba su estado de satisfacción; ella se fundió sobre su piel, abrazándolo y rozando con dulzura su hermosa piel dorada, llevándolo al éxtasis más apasionado. 

Al amanecer, él volvió a su ser; viéndola satisfecha, la besó cálidamente con tiempo y ternura. Ella le correspondió; había satisfecho al animal, ahora él la colmaría de caricias y besos. 

El sol se alzaba lentamente, tiñendo la habitación de un dorado suave que parecía abrazar sus cuerpos entrelazados. Ella sonrió mientras sus dedos jugaban con el cabello de él, sintiendo cómo cada hebra se deslizaba entre sus manos como si fueran hilos de luz. 

Él, aún embriagado por la experiencia de la noche anterior, se dejó llevar por el momento. La calidez de su piel contra la suya era un recordatorio palpable de lo que habían compartido. Con cada caricia, cada beso, la conexión entre ellos se hacía más fuerte, como si sus almas estuvieran entrelazadas en un eterno vals.

“¿Siempre será así?” preguntó ella en un susurro, mirando a los ojos de él con una mezcla de vulnerabilidad y deseo. 

Él sonrió y acarició su mejilla. “Siempre que estemos juntos, el animal siempre estará presente”, respondió, su voz profunda y tranquila. “Es parte de lo que soy.”

Ella se sintió reconfortada por sus palabras, pero también intrigada por lo que significaba esa dualidad en su relación. ¿Podrían mantener ese equilibrio entre lo salvaje y lo tierno? ¿Serían capaces de explorar las profundidades de su conexión sin perderse en el camino?

Decidieron levantarse y compartir el desayuno, una pequeña rutina que les traía felicidad. Mientras preparaban café y tostadas, las risas llenaron la cocina, creando un ambiente cálido y acogedor. Cada mirada cómplice y cada gesto cariñoso reafirmaban su vínculo.

A medida que el día avanzaba, ella sintió una chispa de emoción al pensar en las posibilidades que les esperaba. Quería explorar no solo el deseo físico, sino también los rincones más profundos de su ser compartido.

“¿Te gustaría salir a caminar después del desayuno?” sugirió ella con una sonrisa traviesa. “Quiero mostrarte un lugar especial.”

Él levantó una ceja, intrigado. “¿Un lugar especial? Ahora estoy aún más curioso.”

“Confía en mí”, dijo ella con una risa suave. “Te prometo que valdrá la pena.”

M. D. Álvarez 

jueves, 4 de junio de 2026

Un 4 de junio.

Mi nacimiento no fue esperado, pero aun así fui bien recibida. Os preguntaréis a qué viene esta reflexión; muy fácil: nací con un defecto físico: tenía un corazón enorme.

Los médicos dijeron que no lograría subsistir, pero aquí sigo, dando guerra. Pero a lo que íbamos, soy un ser con un poder muy especial.

Fui rescatada por mis amadas musas, que, tras perder a mis padres, se hicieron cargo de mí, arrullando mi sueño y cuidando de que mi existencia tuviera sentido. Y vaya si lo tiene: mi imaginación es desbordante y creativa, algo necesario en el mundo tan caótico que me ha tocado vivir.

Puede que en esta época, donde parece que estamos al borde de la destrucción total de nuestra existencia, sea necesario para algunos. Gracias a mis musas, he logrado acallar los gritos de dolor de un mundo agonizante y falto de imaginación.

M. D. Álvarez 

En manos de los hados.

Mi destino es escribir y escribir todo lo que puebla mi corazón. Soy heredera de los hados que me nutren con sus musas. No hay tinta suficiente para vaciar el torrente de mundos que claman por nacer bajo mis dedos, ni noche lo bastante larga para transcribir los susurros de quienes habitaron el ayer. Solo hay reinos de color y oscuridad, poblados por seres de luz y tinieblas que habitan en armonía, mientras que, como antaño, luchan por ganarse mi favor y lograr alcanzar su meta, naciendo de mi pluma.

A veces, cuando el silencio de la madrugada se vuelve denso, siento la presencia de la historia misma inclinándose sobre mi hombro. Es una melodía antigua y poderosa, un coro de voces ancestrales que me exige no olvidar. Ellos colocan el peso de su memoria en mis manos y yo, como una humilde guardiana del tiempo, transformo su aliento en papel. Cada palabra es un tributo; cada relato, un puente entre el mito y la carne. Mientras me quede un hálito de vida, sus verdades jamás se perderán en el olvido.

M. D. Álvarez 

El día de mi cumpleaños.

Una nueva vuelta al sol está comenzando hoy, y el aire de la mañana parece traer consigo una promesa silenciosa, pues era mi cumpleaños. No se trata solo de un cambio en el calendario, sino de esa extraña sensación de lienzo en blanco que nos regala el tiempo. 

Me detuve frente a la ventana, observando cómo los primeros rayos de luz teñían de ámbar las copas de los árboles, ignorantes de nuestras prisas y ambiciones.

​Atrás quedaron las tormentas del año anterior; ahora, el horizonte se extiende limpio, esperando a ser caminado. Sentí el impulso de dejar de lado los mapas viejos y las rutas conocidas. 

A veces, para avanzar, hace falta soltar el lastre de lo que "debió ser" y abrazar lo que está naciendo. Con un café entre las manos y el pulso tranquilo, di el primer paso hacia lo desconocido, dispuesto a dejar que este nuevo ciclo me sorprenda.

M. D. Álvarez 

miércoles, 3 de junio de 2026

Nadie le pone la mano encima a mi chica.

—¿ Qué ocurre, Angie? preguntó Marcus al ver el rostro asustado de ella.

—¿Has visto el tamaño de ese energúmeno? Te triplica en envergadura.

—Cuando me ha asustado el tamaño de los contendientes, ya sabes que nunca me amilano.

Angie, respirando con dificultad y mirando hacia atrás con nerviosismo, respondió:

Es más que eso, Marcus… Era enorme, sí, pero… había algo en sus ojos. Vacíos, oscuros, como pozos sin fondo. Y no hacía ruido al moverse. Ni siquiera sus pisadas sonaban en el suelo de madera.

Cuando pasó junto a mí, noté un frío… un frío que cala los huesos, como si el tiempo se hubiera detenido a su alrededor.

Marcus palideció levemente. —¿Estás diciendo que… no era humano?

—Lo dudo, susurró Angie, acercándose.  —Y ahora… ¿escuchas? Unas pisadas… lentas… arrastradas… por el pasillo.

Se hizo un silencio tenso. En la distancia, efectivamente, algo se movía con una lentitud antinatural. 

Marcus se interpuso entre Angie y la aterradora criatura nadie le pondría la mano encima a Angie 

Continuará...

M. D. Álvarez 

martes, 2 de junio de 2026

El poeta de la luna llena.

El poema que él nunca terminó lo torturaba; no tenía sosiego. Su alma estaba plasmada en aquellos versos, pero nadie debía saber para quién iban dedicados, aunque poco importaba si no lograba terminarlo. 

Ella lo embelesaba y hechizaba; cada noche de luna llena lograba sacar a relucir su naturaleza mundana, y era en esas noches cuando su genio fluía en forma de versos para su amada. 

Esa noche concluirá su prosa y lo recetará a tu amor, que desde lo alto del firmamento anhelaba sus dulces palabras.

M. D. Álvarez 

lunes, 1 de junio de 2026

Viaje de iniciación.

Su pelo caía en bucles suaves sobre sus anchos hombros. Su mirada, de un azul intenso, reflejaba la férrea determinación de salvar a sus compañeros de las garras de aquel descomunal puma de las montañas. 

Se interpuso entre ellos y aquella bestia salvaje, recibió una dentellada en su hombro derecho, pero pudo desembarazarse de la bestia, le desencajó las mandíbulas y le rompió el cuello con sus férreas manos. Su equipo, al ver sus heridas, corrió a socorrerle; la hemorragia era grave. Ella hizo fuego y puso a calentar un gran machete; cuando lo tuvo al rojo, lo aplicó sobre la herida, cauterizándola. 

El resto del viaje de iniciación lo realizaron a regañadientes; ellos querían volver, pero él insistió: el viaje era importante para el grupo, tenían que aprender a valerse por sí solos en la naturaleza. 

Él era el líder y venía de una familia de rastreadores; su naturaleza salvaje lo dotaba para moverse como un lobo por el bosque. Sin embargo, su equipo era urbanita y se perdía en un jardín.

A medida que el sol comenzaba a descender en el horizonte, el grupo encontró un claro donde establecer un campamento. El líder se sentó junto a una fogata; su herida habia dejado de molestarle despues de que ella le aplicara una pomada antibiotica se ausrnto durante tres horas en las que el equipo se mantuvo zanganeando en el claro solo ella había sido previsora y había preparado un lecho con hojas de helechos. Cuando el volvió traía un gamo y frutas silvestres que dejó cuidadosamente sobre la bandeja luego se puso a despellejar el gamo eviscerarlo y limpiarlo haciendo trozos más manejables que puso a la brasas

—"Los que han hecho algo durante el tiempo que he estado fuera comerán al resto yo les daré su razón, dijo sabiendo quien había colaborado.

Cogió el trozo más grande y otro un poco menor; el de mayor tamaño se lo quedó él y el otro se lo puso en el plato a ella. Al resto les dio 1/4 de libra a cada uno. Ellos lo miraron con hambre.  

—"Si hubierais prestado atención a mis sugerencias, os habría tocado un trozo como el de ella", rugió enojado. —"Eso será todo lo que comeréis hasta mañana."

Después de cenar, ella había preparado otro lecho cerca de ella, cubriendo las hojas de helechos con una gruesa manta de oso negro. Él le había enseñado a calentar un lecho con piedras calientes, y ella había puesto en práctica todas las lecciones que él le había enseñado. .

La primera guardia la realizó él; al terminar, se tendió sobre el suave, mullido y cálido lecho que ella había preparado para él. Al día siguiente, el grupo se puso las pilas y atendió a las explicaciones que él les daba. Les mostró cómo identificar huellas de animales y les enseñó a construir trampas simples con ramas y una cuerda. 

Su equipo se dedicó a plantar trampas, aunque tenían comida suficiente para tres semanas con el gamo que él cazó. Transcurridas dos semanas, el líder decidió levantar el campamento y dirigirse hacia el norte, a las montañas. Su hombro estaba curado gracias a los cuidados de ella. Ahora comenzaría lo duro; sabía que su equipo lo seguiría hasta el fin del mundo.

Hoy escalaremos sin cuerdas. "Atended y seguidme", dijo, dejando su pesada mochila cargada en la rama más alta y separada de un gran roble. Ella hizo lo mismo, y, por ende, el resto hizo lo propio. "Haced lo que yo haga y llegaréis arriba".

Tras cuatro horas de escalada sin cuerda, llegaron a la cima. Él había subido días atrás con arneses, cuerdas y clavos fisureros. Dejando a su grupo con caras anonadadas, la fortaleza y pericia de su líder eran extraordinarias.

—"Y ahora toca bajar", dijo, colocándose el arnés, ató la cuerda a un gran y recio árbol, comenzando el descenso. Ella lo imitó y siguió; el resto se quedó exhausto, tomando aire, y se puso en marcha, descendiendo tras ellos.

M. D. Álvarez