jueves, 18 de junio de 2026

Sin remisión.

Corazón grande, noble, apasionado y terco, como una mula. Así lo describió su chica antes de conocerlo.

Cuando supo de sus intenciones para con ella, se abalanzó a su cuello y no paró de besarlo con ternura. Era el chico más encantador y reunía los requisitos y valores que ella deseaba.

Metió sus delicados dedos en su melena larga y ondulada, haciendo que él sueltara un suspiro y sonriera.

La miró a los ojos y disfrutó de una cálida mirada de color verde que hizo que se perdiera en ellos, siendo atrapado por ella sin remisión; sería suyo de por vida.

M. D. Álvarez 

Cicatrices del pasado.

Lo habían localizado por un error que ella cometió sin darse cuenta. Le había tomado una muestra de cabello y no comprendía por qué era tan esquivo con su familia. Mandó analizar su ADN; necesitaba conocer sus orígenes. Lo amaba demasiado y quería conocer a su familia. No comprendía por qué no hablaba nunca de sus orígenes. 

En cuanto  él vio a aquel hombre recio y espigado, supo lo que había ocurrido. 

—Ya te puedes ir por donde has venido —le espetó. 

—Hijo, no seguirás dolido por aquello. 

Ella asintió ante el dolor que le produjo aquella visita; el rencor seguía enraizado en su corazón. 

—Lárgate antes de que pierda la poca cordura que me queda —dijo entre dientes. 

Su padre se dio la vuelta y desapareció. 

Ella le pidió perdón; solo quería conocer sus orígenes..

¿Sabes por qué no te he dicho nada de mi familia? —dijo, recuperando el control—. Cuando era tan solo un crío, me obligaron a enfrentarme con un aterrador monstruo —dijo, visiblemente alterado—. ¿Sabes por qué no me quito la camiseta en público? Ni tú has visto mi piel —dijo él, quitándose la camiseta—. Dejó a la vista aterradoras cicatrices que cubrían tanto su espalda como su pecho. Ella supo todo el dolor que debió sufrir de niño.

Se sintió apesadumbrada y triste. Él se dio cuenta de que ella se sentía culpable y, cogiendo sus manos entre las suyas y con todo el amor que pudo imprimir a su voz, le dijo: 

"Tú no has tenido la culpa, tan solo tenías curiosidad y yo he sido demasiado reservado en lo que atañe a mi familia."

M. D.  Álvarez 

miércoles, 17 de junio de 2026

Mazmorra.

Siguían tratando de someterlo, pero ni el dolor más atroz conseguiría quebrarlo. La sala de torturas era el rincón favorito del verdugo, que continuaba despellejándole, pero él no emitía ningún grito; no iba a darles el gustazo de asustar a los demás prisioneros. 

El verdugo era paciente, se tomaba su trabajo a conciencia, y cuando terminó de torturarlo, lo echó a la celda donde estaban los demás prisioneros. Él, con las pocas fuerzas que le quedaban, se arrastró a la zona más oscura; no quería que los allí presentes sufrieran por el horror de sus cicatrices. Solo hubo un prisionero que se apiadó de él; era una rehén a la que habían secuestrado para pedir un rescate. 

Cuando vio sus heridas, no pudo reprimir un ahogado grito. Se sentó a su lado y le preguntó: "¿Por qué dejas que te torture? Eres demasiado joven para sentir semejante dolor".

—Lo hago por todos los que están en esta celda. ¿Crees que alguno de ellos soportaría tal dolor sin irse de la lengua? —respondió él, esbozando una desdibujada sonrisa.

—¿Pero cuánto más crees que podrás mantenerte sin romperte?

—Hasta que lleguen los refuerzos —respondió él en un tono casi inaudible.

De allí a un rato, un gran estruendo resonó en las celdas para dar paso a un batallón liderado por una hermosa licántropa que supo de inmediato la gravedad de las heridas de su aguerrido compañero. Desgajó los barrotes de la celda y lo vio.

—¡Serás desgraciado! Voy a matar a ese verdugo —bramó furiosa mientras lo recogía con delicadeza y lo sacaba de allí, mientras el resto del batallón liberaba a los prisioneros. La joven rehén trató de seguir a la licántropa, pero en cuanto esta se dio cuenta de que la seguían, se giró y le dijo: —No te inquietes, es mi marido. Voy a cuidar de él. Lo sacó de aquella mazmorra y lo subió a la gran nave donde disponían de cámaras de regeneración en las que podrían recuperarlo.

Ella volvió a la mazmorra a buscar al salvaje verdugo que había torturado tan cruelmente a su amado. Lo encontró escondido y muerto de miedo, pero no tuvo compasión de él; lo evisceró y desmembró como advertencia de que si alguien volvía a ponerle las manos encima a su marido, sería cruelmente castigado.

M. D. Álvarez 

La mejor pizza.

Añoro ese sabor tan delicioso a perejil y a ajo bien picado, espolvoreado sobre la masa fina de la mejor pizza que probé en aquella pequeña pero coqueta trattoria, regentada por una linda joven.

Hoy he vuelto a entrar y pedí una margarita. Tras disfrutarla, me acerqué al mostrador y pregunté: —¿cuál es tu secreto? Es la mejor pizza que he probado.

Ella, con una adorable sonrisa, dijo: —Mucho amor y el ingrediente secreto".  

—¿Y cuál es el ingrediente secreto? —pregunté con una sonrisa de agradecimiento.

—​—Eso, señor mío, es un secreto familiar —dijo ella—; ha pasado de madres a hijas.desde mi tatarabuela.

—Señorita... ha conseguido trasladarme a la niñez. Gracias de corazón —dije sonriendo.

M. D. Álvarez 

martes, 16 de junio de 2026

El secreto estaba en sus manos.

Añoro ese sabor tan delicioso a perejil y a ajo bien picado. Era el alma de la cocina de mi abuela, un perfume verde y punzante que anunciaba el banquete mucho antes de que los platos llegaran a la mesa. 

Recuerdo verla picar las hierbas con un ritmo hipnótico sobre la tabla de madera gastada. Aquel aliño sencillo transformaba el pan humilde en un manjar de reyes. 

Hoy, aunque sigo su receta al pie de la letra, el aire no vibra igual. Quizás el ingrediente secreto no era la proporción, sino sus manos cansadas y llenas de amor

M. D. Álvarez 

lunes, 15 de junio de 2026

A la sombra de ella.

Añoro ese sabor tan delicioso a perejil y a ajo bien picado que elaboraba mi madre para sus guisos. Platos que intenté repetir cuando nos dejó, pero sin conseguirlo.

Logro elaborarlos, pero no tienen su esencia. Creo que me falta su amor por la familia y buena mano para la preparación de platos culinarios de renombre.

Es posible que me ocultara algún secreto o, más bien, que yo no tenga su mano para la cocina.

​Tan solo soy una sombra de ella y quizás no le llegue a la suela de sus zapatos; pero sigo intentando mejorar sus recetas, ya de por sí inmejorables. Sigo, simplemente, por ella

M. D. Álvarez 

domingo, 14 de junio de 2026

Los consejos de la abuela..

Añoro ese sabor tan delicioso a perejil y ajo bien picado. No sabía que aquello me salvaría la vida.

Al ver cómo se acercaba aquella criatura que me miraba con desdén y supremacía animal, con el único propósito de morderme el cuello, sentía una parálisis opresiva.

Y cuando noté que me mordía, percibí un cambio en aquel ser; su cara de asco y perturbación me dio fuerzas para clavarle la estaca en el corazón.

Menos mal que seguí los consejos de mi abuela, por muy estrafalarios que fueran. Si quieres dejar descolocado a un vampiro, no tienes más que rociarte con el dulce aroma del ajo y el perejil.

M. D. Álvarez