domingo, 8 de marzo de 2026

Una mujer de bandera.

Era una mujer de bandera, autosuficiente e inteligente. Él no comprendía qué había visto en ella para pedirle una cita.

Él, todo un apuesto guerrero, se sentía cohibido por ella. Su mera presencia le hacía parecer un grano de arena en una playa cualquiera, pero ella lo enardecía y hacía que se creciera hasta cotas inimaginables.

Una noche, bajo el palio de un cielo cobrizo, él por fin entendió el misterio. No se trataba de una conquista, sino de un reconocimiento. Mientras ella hablaba con una elocuencia que silenciaba el ruido del mundo, él dejó de luchar contra su propia sombra.

Ella era todo para él, y él lo era todo para ella; la mujer lo veía como a un igual. Ella no buscaba a alguien que la protegiera, sino a un igual que no temiera su luz. En el reflejo de sus ojos, él ya no era arena; era la marea misma, rugiendo con una fuerza nueva, listo para conquistar horizontes que antes solo se atrevía a soñar.

M. D. Álvarez

Feliz 8 de marzo, chicas.

No son ángeles.

Bajo la luna de mármol, las estatuas de las olvidadas cobran vida. No son ángeles, sino espectros de seda y hollín que emergen de las grietas de la historia. 

Sus dedos, largos como agujas de coser, tejen un sudario de gritos silenciados que ahora estallan en el viento gélido.

En el jardín de los sauces llorones, las rosas no huelen a perfume, sino a hierro y libertad. 

Cada pétalo caído es un contrato roto con el silencio. Hoy, las damas de sombra no esperan rescate; han incendiado sus torres de marfil y caminan sobre las cenizas, soberanas de su propio abismo en busca de justicia para sus asesinos, aunque solo fuera justicia divina. Pero merecían un resarcimiento. 

M. D. Álvarez 

sábado, 7 de marzo de 2026

Bucle de pasiones.

Nos encontramos a nosotros mismos en aquel mar de dudas y desastres en el que habíamos estado viviendo y sucumbiendo en el mismo error, el único en el cual volvíamos a desafiar a los hados, dando rienda suelta a nuestra pasión más abrasadora. 

Esta vez, nos dimos cuenta de que estábamos habitando un bucle muy fácil. La intensidad de nuestro amor y la pasión con la que nos amábamos se convirtieron en una trampa que nos atenazaba hasta casi asfixiarnos. 

Nos llevó un tiempo darnos cuenta, pero por fin deseamos descansar y salir de aquel bucle interminable de pasiones mal contenidas. Nos dimos un tiempo y, si al finalizar seguíamos deseando lo mismo, nos dejaríamos atrapar por aquel ciclo sin fin de pasiones.

M. D. Álvarez 

viernes, 6 de marzo de 2026

La cabeza de cemento armado.

No los puedo dejar tirados, pensó, mientras su mirada se fundía a negro. Ella corrió a recogerlo antes de que su cuerpo cayera al suelo; había sufrido un impacto brusco en la cabeza e intentaba seguir consciente sin conseguirlo. 

Cuando despertó, se encontraba en una cama cálida. Junto a él estaban sus dos mejores amigos, que al verlo despertar, iluminaron sus rostros. Sabían que tenía la cabeza dura, pero aquel impacto con un bate de béisbol fue brutal. Ella lo miraba con una mezcla de amor y alivio. 

—Sigues teniendo la cabeza tan dura como el cemento armado —dijo ella, acariciando su melena.

M. D. Álvarez 

jueves, 5 de marzo de 2026

Sin ellos, nada tendría sentido.

—No los puedo dejar tirados, vociferoó  Sin ellos, nada de lo ocurrido tendría sentido. No habría conocido a Angie; se la habían presentado sus amigos, que conocían su personalidad tímida. Sí, fue una encerrona, pero lo hicieron por su bien. Sabían de su necesidad de ser feliz. Tenía un corazón noble y tierno, y siempre terminaba roto y ninguneado, pero ahora ella lo llenaba de felicidad. Regresó junto a ellos y los abrazó con fuerza.

—Gracias por todo, amigos míos —dijo sonriendo.

Ellos comprendieron lo mucho que le había costado y lo abrazaron. Eran amigos desde niños y lo vieron sufrir; ya tocaba ser feliz.

M. D. Álvarez 

miércoles, 4 de marzo de 2026

Luna llena de sangre.

—No los puedo dejar tirados, jalando de orgullo, y a pesar de sus heridas, logró levantarse y, renqueante, volvió al campo de batalla, donde sus amigos se defendían como podían. 

El grupo atacante no lo vio llegar, cosa que aprovechó; había anochecido y la luna llena estaba en lo alto. Aquello lo transformó en un aterrador licántropo que dio buena cuenta de los atacantes. Sus amigos lo creían muerto, por eso parecían asustados.  

—Tranquilos, soy yo. No podía dejaros así —dijo, esbozando una aterradora sonrisa. 

Ella se acercó con cautela y acarició su denso pelaje, consiguiendo traer de nuevo al joven que amaba con dulzura.

M. D. Álvarez 

martes, 3 de marzo de 2026

3 del 3 del 2026

Aquel eclipse total de luna hizo que su bestia interior saliera antes y prolongara su mutación por más tiempo. Era lo que más temía: cuanto más tiempo estuviera suelto el licántropo, más posibilidades habría de que la encontrara y la asesinara, sumiéndolo en un dolor eterno que jamás terminaría.

El bosque, sumido en una penumbra antinatural, parecía susurrar su nombre. Cada segundo de esta noche eterna reducía la distancia entre el monstruo y su presa. Si el alba no llegaba pronto, el último rastro de su alma moriría con ella.

El licántropo sentía cómo algo se debatía por salir; su alma humana luchaba por dominar su furia. Cuanto más se acercaba a ella, con más furia se debatía su alma humana. Sabía que, sin su alma gemela, la bestia destruiría todo lo que se cruzara en su camino.

Su naturaleza humana seguía luchando contra su naturaleza animal; debía mantenerla alejada de su amor hasta que el primer rayo de sol despuntara, devolviéndole a su estado humano. 

El calendario marcaba el 3 de marzo de 2026. Nadie en la ciudad sospechaba que, mientras los relojes avanzaban hacia la madrugada, un hombre se desgarraba por dentro para proteger lo que más amaba. El eclipse no era solo un fenómeno visual; era el cronómetro de una ejecución o de un milagro. El frío de esa noche de marzo calaba hasta los huesos, pero el calor de la sangre que latía en el bosque era lo único que mantenía al monstruo —y al hombre— en pie.

M. D. Álvarez