viernes, 6 de febrero de 2026

La unión de dos especies. 2da parte

Los días se convirtieron en semanas, y Luno creció rodeado del amor de sus padres y la magia del bosque. Cada mañana, despertaba con la luz del sol filtrándose a través de las hojas, y su corazón palpitaba con emoción por las nuevas aventuras que le aguardaban. Su madre le enseñaba sobre las plantas y los animales, mientras su padre le mostraba cómo moverse silenciosamente entre los árboles, como un verdadero licántropo.

Un día, mientras exploraba un nuevo sendero, Luno escuchó un extraño murmullo que provenía de una cueva oculta entre las rocas. Intrigado, se acercó sigilosamente y asomó la cabeza por la entrada. Allí, encontró a un grupo de criaturas del bosque que parecían estar en apuros. Eran pequeños duendes con alas frágiles que intentaban liberar a uno de ellos atrapado bajo una piedra.

—¡Ayuda! —gritó el duende atrapado—. No puedo salir sin ayuda.

Luno sintió una oleada de valentía recorrer su cuerpo. Recordando las palabras de Seraphina sobre el poder del amor y la valentía, se acercó sin dudar.

—¡No te preocupes! —dijo Luno—. Voy a ayudarte.

Con todas sus fuerzas, empujó la piedra hasta que finalmente se movió lo suficiente para liberar al duende. Los demás duendes vitorearon y aplaudieron su valentía.

—Eres muy fuerte y valiente, pequeño lobito —dijo el duende liberado, agradecido—. Te debemos nuestra libertad.

Luno sonrió, sintiéndose orgulloso. 

—Solo hice lo que cualquier amigo haría —respondió modestamente.

Los duendes, agradecidos por la ayuda de Luno, le ofrecieron un regalo especial: unas pequeñas piedras brillantes que capturaban la luz del sol y el reflejo de la luna.

—Estas son piedras de luz —explicaron—. Te ayudarán a encontrar el camino en la oscuridad y a protegerte en tus aventuras. Recuerda siempre que el verdadero poder está en tu corazón.

Con las piedras en su poder, Luno regresó a casa lleno de alegría y emoción. Al llegar, encontró a sus padres esperándolo con preocupación.

—¡Estábamos tan preocupados! —exclamó su madre—. Te extrañamos mucho.

Luno les mostró las piedras brillantes y les relató su aventura con los duendes. Sus padres escucharon con asombro y orgullo al mismo tiempo.

—Eres un verdadero héroe —dijo su padre abrazándolo—. Y esto es solo el comienzo de tus aventuras.

Esa noche, mientras miraba las estrellas desde su ventana, Luno sintió que algo grande estaba por venir. Con cada nuevo día, se daba cuenta de que no solo era un lobito; era parte de algo mucho más grande: una historia llena de magia, amor y valentía que apenas comenzaba a escribirse.

M. D. Álvarez 

jueves, 5 de febrero de 2026

La unión de dos especies.

Frente a aquel caudaloso río nació el más dulce retoño, engendrado por un hermoso licántropo y la más dulce y noble doncella. Acompañada de su férreo amante, dio a luz a su hermoso bebé, un lindo lobito de ojos azules y férrea determinación. Ella lo cogió con dulzura y lo amamantó, mientras su amado jugueteaba con el tierno rizo de su benjamín. El chiquitín asió la garra de su padre con firmeza y no parecía querer soltarlo. Su padre, sorprendido por la fuerza de su recién nacido príncipe, colocó su gran garra sobre su tierna cabecita, augurándole un gran reinado.

A medida que los días pasaban, el pequeño lobito creció rodeado de amor y aventuras. Su madre, con su dulzura infinita, le enseñaba sobre las maravillas del mundo que lo rodeaba: el murmullo del río, el canto de los pájaros y la danza de las hojas al viento. Su padre, con su fuerza y sabiduría, le mostraba los secretos del bosque, donde cada sombra escondía un misterio y cada rayo de sol iluminaba la belleza de la naturaleza.

El pequeño, al que llamaron Luno por el brillo especial en sus ojos azules, era curioso y valiente. Un día decidió aventurarse más allá de los límites seguros de su hogar. Con paso firme y corazón palpitante, se adentró en el bosque, sintiendo la emoción burbujear en su interior.

Mientras exploraba, Luno encontró un claro bañado por la luz del sol. En el centro, había un lago cristalino que reflejaba el cielo azul. Al acercarse al agua, vio su propio reflejo: un pequeño lobito con pelaje dorado que brillaba como el oro. Pero lo que más le llamó la atención fue una figura etérea que danzaba sobre las aguas. Era una criatura mágica, con alas iridiscentes que parecían hechas de luz.

—¡Hola, pequeño! —saludó la criatura con una voz melodiosa—. Soy Seraphina, guardiana de este bosque. He estado observándote y siento que tienes un gran destino por delante.

Luno se sintió intrigado y un poco asustado a la vez.

—¿Un gran destino? —preguntó él—. Solo soy un lobito.

Seraphina sonrió con ternura.

—Precisamente por eso. Tu corazón es puro y valiente. Tienes la capacidad de cambiar el curso de muchas vidas si te atreves a seguir tu camino. Pero recuerda siempre: el amor es tu mayor poder.

Inspirado por sus palabras, Luno decidió regresar a casa para contarles a sus padres sobre su encuentro mágico. No solo era un lobito; era parte de algo más grande, algo lleno de promesas y aventuras.

A partir de aquel día, Luno se comprometió a explorar no solo el mundo exterior sino también los misterios que habitaban dentro de él. Con cada paso que daba al lado de su madre y su padre, sabía que estaba uniendo sus fuerzas para forjar su propio destino.

Continuará...

M. D. Álvarez 


miércoles, 4 de febrero de 2026

Un imperio desconocido.

Aquel imperio cayó en el olvido cuando se descubrió una cripta subterránea en la que se escondían las atrocidades que aquel sátrapa había cometido con su pueblo. Los había matado de hambre y torturado en celdas repletas de cadáveres. 

Ella descubrió los desmanes de su emperador al encontrar a su prometido atado como a un perro y ofrecido en sacrificio al dios más aterrador, Khurthon, dios de los infiernos. 

Cada día eran inmolados cuatro aguerridos jóvenes, y aquel día su prometido era uno de aquellos jóvenes a los que ofrecerían en sacrificio. Ella suplicó por su vida y el soberano, viendo lo bella y deseosa que era, le propuso una reunión privada donde le ofrecería la vida de su prometido a cambio de algo... Ella sabía que el soberano era un salvaje, pero amaba con desesperación a su pareja y accedió a verse con el villano.

Aquel salvaje la forzó brutalmente, tras lo cual cumplió su promesa y le entregó a su compañero, a quien no pudo ocultar lo ocurrido. Él la amaba más que a su vida y se las ingenió para derrocar, destrozar y defenestrar al más brutal y salvaje de los reyes de aquel imperio del que no ha quedado constancia ni siquiera en los libros de historia.

M. D. Álvarez 

8

martes, 3 de febrero de 2026

De cordero a lobo.

De por sí, era de buen carácter; si se sabía cómo tratarlo, era tierno y dulce. Pero si veía algo que no estaba bien, entonces será mejor que corráis, pues también tiene su lado salvaje. Y creedme cuando os digo que es mejor quitarse de en medio si no queréis salir mal parados.

Aquel día, él era especialmente tierno con ella, lo que se dice un tierno corderito, pero algo le llamó la atención: su oído hiperdesarrollado captó una señal de auxilio; al parecer, unos vándalos trataban de abusar de una encantadora señorita.

"¿Me disculpas un momento?" le dijo suavemente. Y salió disparado hacia el lugar de los hechos. 

Su cuerpo había empezado a experimentar unos cambios morfológicos: sus manos se habían convertido en aterradoras garras, sus piernas eran auténticos resortes musculados, su torso espectacular y su rostro del más puro furor lobuno. 

Pobres incautos no sabían lo que se les venía encima: una fiera de más de 200 kilos de puro músculo y casi dos metros de altura que no atendía a razones, sino a hechos. 

Lo que aquellos salvajes estaban a punto de hacer no estaba bien; no se lo consentiría. Alejó a la jovencita y se encaró con aquellos vellacos que, por lo visto, no sabían que tenían que salir corriendo en cuanto lo vieron aparecer. 

Me ahorraré las escenas gore y os diré que no dejó ni uno con vida. Una vez resuelto el conflicto, volvió junto a su amada, quien había tejido una guirnalda de flores que colocó alrededor de la adorada cabeza de su manso corderito.

M. D. Álvarez 

lunes, 2 de febrero de 2026

El hambre de la luna.

Él era el primero en levantarse, pero últimamente llegaba tarde a todas partes y nadie lograba sonsacarle el motivo.

El cambio no fue drástico, sino una erosión lenta. Marcus, el hombre cuyo despertador biológico parecía ajustado al primer rayo de sol, empezó a perderle el pulso al reloj. Primero fueron diez minutos, luego una hora, hasta que las disculpas en el trabajo se convirtieron en silencios hoscos.

​Cuando sus amigos le preguntaban qué pasaba, él simplemente se rascaba el cuello —donde la piel empezaba a verse extrañamente grisácea— y desviaba la mirada.

​Una noche, su hermano decidió que ya era suficiente y usó su copia de la llave para entrar en el apartamento. El aire pesaba; olía a humedad estancada y a algo dulzón, como fruta podrida en el fondo de un cajón.
​Lo encontró en el dormitorio, pero Marcus no estaba durmiendo. Estaba de pie frente al espejo, completamente rígido.

​—Marcus... ¿qué es esto? —susurró su hermano, estirando la mano.

​Marcus giró la cabeza. El movimiento fue demasiado amplio, un giro de 180° que hizo crujir sus vértebras como ramas secas. Sus ojos eran ahora dos pozos de aceite negro.

​—No llego tarde —dijo con una voz que parecía vibrar en los huesos de quien la escuchaba—. Es que el tiempo aquí afuera corre demasiado rápido... y a ella le gusta saborear cada segundo antes de dejarme salir.

Steven retrocedió hasta chocar con el marco de la puerta. El crujido del cuello de su hermano no había sido accidental; era el sonido de una anatomía reescribiéndose.
​—¿A ella? —logró articular Steve, con el pulso martilleando en sus sienes—. ¿De quién hablas, Marcus?

​Marcus no respondió con palabras. En su lugar, empezó a desabotonarse la camisa con una lentitud exasperante. Bajo la tela, la piel grisácea no era solo color: era una textura rugosa, similar al cuero viejo, que ondulaba como si algo hirviera debajo.
​—La Luna no es una luz, Steven... es un hambre —susurró Marcus.

​De repente, los músculos de su espalda se tensaron y estallaron. No hubo el aullido cinematográfico que Steven esperaba, sino un siseo húmedo. Los huesos de Marcus comenzaron a alargarse, rompiéndose y soldándose en ángulos imposibles en cuestión de segundos, aunque para Marcus parecía estar pasando una eternidad de agonía deliciosa.

Marcus cayó a cuatro patas. Su rostro se proyectó hacia adelante, el maxilar se desencajó y se extendió en un hocico negro y brillante. Los ojos de aceite negro se clavaron en Steven. Ya no había rastro de su hermano, solo una masa de músculo plateado y garras que arañaban el parqué, dejando surcos profundos.

​—Por eso... llego... tarde —gruñó la bestia, cuya voz ahora era un coro de mil lobos—. Porque un minuto de tu vida... son mil años de mi banquete.

​La bestia saltó. Pero no fue un ataque rápido. Steven vio, con horror absoluto, cómo el aire alrededor de la criatura se volvía denso, como si el espacio-tiempo se curvara para darle paso. Marcus flotaba en el aire, acercándose con una parsimonia depredadora, saboreando el terror en el rostro de su hermano, estirando ese segundo de miedo hasta convertirlo en una eternidad de pesadilla.

​Steven comprendió entonces por qué Marcus se rascaba el cuello: no era irritación, era el deseo de la bestia por romper la crisálida de carne humana.

M. D. Álvarez 

domingo, 1 de febrero de 2026

Sus lágrimas.

No podía verla llorar, y menos por aquellos desalmados. Lo había empotrado con un tanque de ochocientos kilos, pero al oírla llorar, algo en su interior se activó. Apartó el tanque, sacando su bestia interior a pasear. Se desembarazó de aquel vehículo pesado de un plumazo y se encaró con aquellos brutos, que, al ver el tamaño de aquella bestia, salieron corriendo.

Ella adoraba cuando él se ponía brutote y se acercó dulcemente mientras se secaba las lágrimas y rascaba suavemente su barbilla, mientras él la cogía por la cintura y lamía suavemente sus mejillas. Tal era la devoción que sentía por ella.

Ella sonrió entre lágrimas, sintiendo cómo la calidez de su abrazo la envolvía. La fuerza que él había desplegado para protegerla la hacía sentir segura, como si el mundo exterior pudiera desmoronarse, pero mientras estuvieran juntos, todo estaría bien.

—¿Quiénes eran? —preguntó ella, apartándose un poco para mirarlo a los ojos. Su expresión era una mezcla de preocupación y admiración.

—No lo sé, pero no volverán a acercarse —respondió él, su voz grave resonando con determinación. La furia que había sentido aún ardía en su interior, pero ahora estaba más centrado en ella. —¿Estás bien?

Ella asintió lentamente, sintiendo la adrenalina disminuir. Sabía que él haría lo que fuera necesario para mantenerla a salvo. Sin embargo, también había algo más que pesaba en su corazón.

—No quiero que te lastimen por mi culpa. No vale la pena arriesgarte —dijo ella, con un tono de súplica en su voz.

Él frunció el ceño, sintiendo cómo la preocupación se transformaba en una necesidad imperiosa de protegerla aún más. 

—Eres lo único que realmente importa para mí. Si no te cuido a ti, no tengo nada —declaró, acercándose más y colocando su frente contra la suya.

—Debemos pensar en un plan —dijo ella, rompiendo el silencio tenso entre ellos. —Si están dispuestos a atacarte así, podrían volver.

Él asintió, comprendiendo que no podían dejarse llevar solo por el amor y la devoción; necesitaban ser astutos también. 

—Juntos podemos hacerlo —respondió ella con firmeza, sintiendo cómo la esperanza comenzaba a florecer nuevamente en su pecho.

M. D.Álvarez 

sábado, 31 de enero de 2026

Resolviendo los desacuerdos en el cuarto oscuro.

Encerrados en aquel cuarto oscuro, jugueteaba con la jugosa boca de su novia. Sus deseos eran cada vez más ardientes; los habían encerrado para que limaran asperezas. Mientras la pasión ganaba intensidad, recordaron por qué habían sido encerrados en aquel cuarto: debían hablar de lo que les molestaba del uno y del otro.

"Sabes lo que me molesta de ti", dijo ella, rompiendo el hielo. "Que no te defiendas cuando se meten contigo", añadió con delicadeza..

"Y lo que me molesta a mí es que no soporto que los demás devoren con la mirada tus voluptuosas formas", refirió él con cierto resquemor.

Ella lamentaba que su novio se muriera de celos por las miradas lascivas de los amigotes.

Él le explicó por qué no se defendía contra los abusones. Le dijo que en cierta ocasión vio cómo se metían con un niño pequeño y se interpuso entre aquel niño y los gamberros. Creyeron que podían amedrentarlo, pero, debido a la paliza que les dio, los mandó al hospital. Desde aquel día, no volvió a utilizar la violencia. 

Ella escuchó con atención la explicación y comprendió cuán tierno era con ella, y se propuso matar de celos a los que se hacían llamar amigos de él. 

Dulcemente se aproximó con suavidad hacia él y, con su jugosa boca, se lo comió a besos mientras él se dejaba querer.

M. D. Álvarez