Sus ojos de dos colores, uno azul y otro verde, le conferían un don: era capaz de ver con su ojo azul mundos etéreos y con su ojo verde veía la vida en la que se encontraba su preciosa pareja. Su heterocromía la atraía como si no pudiera apartar sus ojos de los de él. Su talento le confería una visión amplia de ambos mundos y, en ambos espectros, ella era su pareja.
Cada vez que la veía, sentía la irrefrenable necesidad de besarla con una pasión inusitada. Sus compañeros conocían su don y obedecían sus órdenes, pues era capaz de vislumbrar los ataques antes de que ocurrieran.
Respetaban su unión; es más, la alentaban. Sabían lo mucho que él había sufrido por su heterocromía; lo habían menospreciado hasta que ella lo encontró. No había logrado controlar su don, pero con ella su poder se centró y consiguió dominarlo.
Mientras él disfrutaba de la belleza de su mundo verde junto a ella, una sombra oscura comenzó a extenderse desde el mundo etéreo. Era un lugar que él había visto en visiones: un reino donde las criaturas se alimentaban del miedo y la desesperación, amenazando con cruzar hacia la vida real.
Una noche, mientras contemplaba las estrellas junto a ella, sus ojos brillaron intensamente; la visión se hizo más clara. Vio cómo esa sombra buscaba infiltrarse en su mundo, arrastrando consigo el caos. La imagen era aterradora: seres alados y oscuros emergían, dispuestos a devorar todo lo que encontraran a su paso.
Con el corazón acelerado, se volvió hacia ella:
—Debo protegerte —le dijo con urgencia—. Necesito saber cómo detenerlos.
Ella lo miró fijamente, sus ojos reflejando una mezcla de preocupación y determinación.
—No puedes hacerlo solo —respondió—. Juntos hemos superado tanto; enfrentemos esto juntos.
Él usaría su don para anticipar los movimientos de los seres oscuros, mientras ella, junto a su grupo de amigos, luchaba bajo sus órdenes. En cada encuentro con esas sombras, su vínculo se reforzaba; cada victoria era un recordatorio de que juntos eran invencibles.
A medida que luchaban contra la oscuridad, descubrieron secretos ocultos sobre sí mismos y sobre el poder del amor verdadero: no solo podían luchar por su mundo, sino también por aquellos que no podían defenderse.
M. D. Álvarez