Era el último de su especie y guardaba con celo su hogar. Ella lo descubrió cuando se disponía a internarse en la jungla impenetrable para hallar el centro del cráter y tratar de encontrar los restos del asteroide.
Un buen día, descubrió unos grandes ojos azules que la observaban curiosos tras unas grandes hojas de un gran taro gigante. Ella se acercó disimuladamente, pillando por sorpresa a tan brioso espécimen, que al verse descubierto salió como una centella en dirección al centro del cráter.
—Espera, no huyas... —gritó ella, pero ya era tarde; a la velocidad en que desapareció, no lo alcanzaría.
Al día siguiente, ella seguía inspeccionando el borde del cráter y sintió como si alguien o algo la observara, pero prefirió ignorarlo. Sabía que el primer contacto debía ser primero con los oriundos del lugar.
Continuará...
M. D. Álvarez