miércoles, 24 de junio de 2026

La octava maravilla.

Porque siete y no diez. Muy sencillo: las otras tres todavía no han aparecido. Si hubieran aparecido antes de que la humanidad estuviera preparada, como ocurrió en realidad, por la avaricia de unos pocos que ambicionaban los hielos eternos, descubrieron antes de tiempo lo que se ocultaba bajo ellos.

Una megaestructura de dos kilómetros de alto, por otros dos de largo y dos de ancho: un cubo perfecto con glifos grabados en una lengua muerta. ¿A que no sabéis qué hicieron los muy desaprensivos? Trataron de dinamitarlo sin conseguirlo; no le hizo ningún rasguño. En vez de eso, despertó algo en su interior, algo que lanzó un aterrador rugido que les heló la sangre. El cubo comenzó a vibrar primeramente con suavidad y, después, se fue acelerando y despidiendo una luz cegadora. Cuando cesó, apareció ante ellos un titánico licántropo encadenado..

 Parecía dormido, ni mucho menos; estaba pensando si devoraría el mundo o dejaría que continuara. Aunque aquellos desalmados trataron de darle muerte, lo que lo enfureció soberanamente, abrió los ojos y su furia se desató contra aquellos que habían importunado su sueño.

Las cadenas que lo sujetaban cayeron, haciendo que los desaprensivos huyeran aterrorizados. Mientras el gigantesco licántropo se estiraba y desperezaba, salió tras ellos y los devoró uno tras otro; así aprenderían a no tocar lo que no es suyo. Tras tan drástico correctivo, el licántropo regresó a su estado de letargo, pues todavía no era tiempo de finalizar la obra. Los hielos volvieron a cubrir tan misterioso cubo hasta que la humanidad aprendiera que no era el ombligo de la creación.

M. D. Álvarez

Dormir. a pierna suelta.

Llevaba cuatro años sin dormir dos horas seguidas desde que aquel desgraciado no cesaba de despertarlo mientras estaba convaleciente, después de una operación a vida o muerte. Su nivel de estrés llegó a límites peligrosos; su ira fue creciendo cada vez que aquel hijo de su madre abría la boca. Su paciencia iba disminuyendo hasta que, una buena noche, su furia lo convirtió en una mala bestia que amordazó al paciente de la cama de al lado con su cabestrillo

A la mañana siguiente, la enfermera preguntó: —¿Qué tal ha dormido?.

—Como un bebé, respondió él.

Mientras, en la cama de al lado, el paciente permanecía silenciado por el cabestrillo.

M. D. Álvarez 

martes, 23 de junio de 2026

Bomba de relojería.

—Es una bomba de relojería" dijo su compañero, apoyándose en la barra.

Marcus ni siquiera alzó la vista del vaso que secaba. —¿A qué te refieres?

—Angie. La mención de su nombre hizo que Marcus, por fin, lo mirara. Su compañero sonrió. —Es esa joven que no sabe cómo llamar tu atención. Tiene un carácter fuerte y adora a los hombres recios, pero contigo se derrite. Y tú, como un idiota, finges no ver que está perdidamente enamorada de ti. Ella desea que seas tú quien ocupe sus pensamientos... y su cama.

—Pero yo no creí que le gustara de esa manera.., , carraspeó Marcus, incómodo.

—Pues, como no te des prisa, se te adelantará el primero que la mire como ella necesita ser mirada. Alguien que no dudará en quitártela., remató su compañero.

La idea le taladró la mente. No era un hombre de palabras, sino de actos. Por eso, esa misma noche, fue a buscarla cuando salía del bar contiguo que regentaba.

—Marcus, ¿qué haces aquí?, preguntó Angie, sorprendida al verlo plantado junto a su coche. Lo notó tenso, con la mandíbula apretada.

Él se acercó, su voz era un ronco susurro. —Angie... No sé cómo actuar contigo. Cada vez es más difícil.

Ella frunció el ceño, confundida pero expectante. —¿Qué ocurre? Dime.

—¿Por qué no me dijiste que te asaltaron la semana pasada en el parking?, soltó de golpe, cambiando de rumbo. Era la única excusa que había encontrado para justificar su presencia.

La pregunta la pilló por sorpresa. ¿Cómo lo sabía? Ella se lo había contado solo a una amiga.

—No sabía cómo decírtelo —confesó, bajando la mirada—. No quería que te preocuparas o que pensaras que no puedo cuidarme sola.

—¿Quién fue? —preguntó él con una voz que ahora era pura piedra.

Ella lo miró con una ternura que solo él le sacaba. —Llevaba la cara cubierta. No pude reconocerlo. —Era la verdad.

Marcus exhaló un suspiro profundo, toda la tensión de su cuerpo transformándose en otra cosa. —Sabes que te quiero, ¿verdad? Pase lo que pase. Eres importante para mí. Lo dijo en voz baja, como un secreto.

—Sí, lo sé —respondió ella, y dio un paso hacia él, cerrándola la distancia—. Por eso a veces desearía que lo nuestro... fuera más. Que no siempre tuvieras que proteger desde lejos.

—Y yo —admitió él, con un desasosiego que le nublaba la mirada—. Pero mi cargo, esta responsabilidad... no me deja dedicarte el tiempo que mereces.

—No te preocupes —susurró ella, alzando una mano para acariciar su rostro con una delicadeza que contrastaba con la rudeza de sus facciones—. Yo seguiré esperándote el tiempo que haga falta.

Y en ese momento, bajo la tenue luz de la farola, Marcus supo que su compañero tenía razón. No podía esperar para siempre.

M. D. Álvarez

Siempre vendré por ti.

Tras aquel vidrio blindado se encontraba la persona que más quería. Estaba encerrada tras aquel cristal de 3.5 pulgadas; era un cubo de 3 x 3 metros que se estaba llenando rápidamente de agua helada. 

Comenzó a golpear el cristal con sus puños con tal furia que empezó a mellarlo. A cada golpe, sus puños se destrozaban, pero no cesó hasta abrir un resquicio y entonces dejó salir al licántropo, que a dentelladas comenzó a abrir un hueco, liberándola. 

Cuando estuvo fuera, el licántropo se mostró protector con ella; era la pareja de su huésped. 

Gracias a él, seguía vivo en su interior, pero vivo. Al amanecer, regresó al interior de su huésped, que, con los puños destrozados, se acercó a ella, que estaba cubierta por una gruesa manta de oso. 

Dormía tranquila. Se tendió a su lado hasta que ella comenzó a moverse y girarse hacia él.

—Sabía que vendrías, dijo, besándolo con dulzura.

—Sabes que no hay nada que me detenga cuando se trata de ti —refirió, mirándola a los ojos. Ella buscó sus manos y, cuando vio que estaban destrozadas, preguntó:— ¿Qué te has hecho, mi vida? —dijo ella, sujetando sus manos con delicadeza.

—Hice lo que tenía que hacer para salvarte —respondió él, besando su frente con ternura. Ella sonrió, aliviada y agradecida, sabiendo que su amor lo superaba todo.

M. D. Álvarez 

lunes, 22 de junio de 2026

No es un buen día. II parte.

—Pero no estas muerto —susurró ella, acariciando su frente—. Y no lo estarás, mientras yo pueda sostenerte aquí.

Marcus abrió los ojos en el mundo real, jadeando. El dolor en su pecho era real, pero también lo era el calor de su mano. Ella seguía allí, en la penumbra de la habitación, con esa mirada que lo anclaba a la vida.

—¿El mastodonte? —preguntó con voz rota.

—Derrotado. Como siempre. Como todo lo que intenta separarte de mí.

Él sonrió débilmente. Sabía que ella no era solo un sueño. Era lo único real en medio de aquel laberinto de pesadillas que su mente enferma construía cada noche.

Y entonces, en la oscuridad, algo rugió de nuevo.

—No ha terminado —dijo Marcus, incorporándose con esfuerzo—. Esta vez… esta vez no huiré.

Ella apretó su mano y lo miró a los ojos.

—Entonces yo tampoco.

Y juntos, esperaron la siguiente oleada.

M. D.  Álvarez 

Liberación.

Desolación, destrucción y devastación era todo lo que alcanzaba a ver. No había ni rastro de sus amigos, pero su corazón le decía que estaban vivos. Sus orejas buscaron cualquier sonido; a tres kilómetros, percibió un leve crujido y se dispuso a reconocer el lugar. 

Vio una roca de unas 7 toneladas; el crujido salía de debajo de la roca. Intentó levantar tamaña roca, pero no lo logró. Se puso a escapar, estaba seguro de que el crujido venía de debajo de la piedra. Logró abrir una zanja; bajo la piedra se abría un acceso a un subterráneo. Se coló por la abertura y avanzó a oscuras. Hasta que su vista se acostumbró, al fondo del pasadizo vio tres sombras que se volvieron al escuchar palos. Una de las sombras avanzó a tientas hacia él; cuando llegó a su altura, utilizó su mano para reconocer su rostro.. 

—Eres tú, la oyó decir, —pero no estabas en coma.

—Nada me impediría acudir a rescataros —dijo él con determinación—. —Vamos, tenemos que salir de aquí —dijo mientras los guiaba a través del pasadizo. Ayudó a salir a cada uno de sus amigos, tras lo cual utilizó el teléfono vía satélite para pedir la evacuación.

M. D. Álvarez 

domingo, 21 de junio de 2026

Derribando muros.

Ella era capaz de doblar sus expectativas con su chico; lo domaba como a un potro salvaje, pero había visto algo en su mirada: su determinación y su amor por ella lo volvían impulsivo e indómito. Solo ella era capaz de doblegar su impulsividad. 

Lo descubrió en un enclave aislado donde los de su clase podían correr libres, pelearse entre ellos y gozar de las mieles de la victoria. 

En cuanto él la vio, desplegó todo tipo de saltos y enfrentamientos con los suyos. Ella había tocado su noble e indómito corazón; luchó con bravura y dedicación. Sus combates duraron semanas, pero estaba dispuesto a morir por ella.

Cuando por fin todos los pretendientes fueron vencidos, se aproximó a ella, recogió una hermosa flor que crecía en aquel enclave. Sus hermosos colores rosáceos, lilas y anaranjados la sorprendieron. Aquella flor era su forma de declararle su amor. Eran dos seres de distinta clase social, pero el amor que él le profesaba derribaría los muros sociales.

M. D. Álvarez