jueves, 2 de julio de 2026

La batalla del jabato.

En aquel campo de batalla donde cualquier objeto servía como arma, lo soltaron a él y a un grupo de malencarados que, en cuanto lo vieron, quisieron matarlo. Él vio un arcón repleto de botellas de cristal y se situó ante él; con hábil puntería, fue arrojándoselas a cada uno de aquellos desalmados que, al impactar con sus cuerpos, se hacían añicos, hiriéndoles con los cristales.

Estos, sorprendidos por la habilidad, destreza y puntería de aquel joven, no tuvieron más remedio que retroceder y retirarse al bosque, huyendo de los certeros botellazos lanzados por aquel joven jabato.

El joven, aún con el pulso acelerado por la adrenalina, se permitió un breve momento de satisfacción al ver cómo sus oponentes se retiraban al bosque. Sin embargo, sabía que no podía relajarse; el campo de batalla estaba lleno de peligros ocultos y la lucha no había terminado. 

Con un rápido vistazo a su alrededor, notó que el arcón de botellas era solo una pequeña parte de lo que lo rodeaba. A su izquierda, había un viejo carro de madera volcado, y a su derecha, una serie de troncos caídos que podrían servirle como refugio. Decidió moverse hacia el carro, pensando que podría encontrar algo útil en su interior.

Al acercarse, escuchó un crujido detrás de él. Se giró rápidamente y vio a uno de los malencarados que había logrado escapar. Era más grande que los demás, con una cicatriz que le atravesaba la cara y una mirada llena de furia. Sin pensarlo dos veces, el joven tomó otra botella del arcón y se preparó para lanzarla.

Pero esta vez, el enemigo no retrocedió. En cambio, avanzó con determinación, desenvainando un cuchillo brillante que reflejaba la luz del sol. El joven sintió un escalofrío recorrerle la espalda; sabía que la habilidad y la precisión no siempre podían vencer a la fuerza bruta.

Justo cuando el malencarado estaba a punto de lanzarse sobre él, el joven recordó las palabras de su abuelo: "La inteligencia es tu mejor arma." En lugar de esperar a ser atacado, arrojó la botella hacia el lado opuesto del campo de batalla. El sonido del vidrio rompiéndose distrajo al agresor, quien giró la cabeza momentáneamente.

Aprovechando esa fracción de segundo, el joven se lanzó hacia adelante y le propinó una patada en la rodilla. El malencarado cayó al suelo con un grito ahogado. Sin vacilar, el joven tomó su cuchillo y se alejó rápidamente del carro.

Sabía que no podía quedarse ahí; tenía que encontrar a su equipo antes de que los demás regresaran en busca de venganza. Con cada paso firme y decidido, se adentró en el bosque, sabiendo que la batalla apenas comenzaba.

M. D. Álvarez 

Partido inaugural.

El Mundial 2026 empezó con un caos tan perfectamente organizado que parecía planificado por un comité de genios despistados. En el partido inaugural, el árbitro perdió el silbato antes del minuto tres, así que decidió arbitrar a base de palmadas teatrales. Los jugadores, confundidos, siguieron el ritmo como si fuera una coreografía.

En las gradas, los aficionados estrenaban tecnologías “revolucionarias”: unas gafas que prometían estadísticas en tiempo real, pero que solo mostraban frases motivacionales como “¡Corre, que te pillan!”. Mientras tanto, la mascota oficial —un híbrido entre balón y mapache— se escapó y empezó a robar bocadillos a los periodistas.

La selección local intentó mantener la compostura, aunque su portero, famoso por su serenidad, pasó medio partido discutiendo con un dron que insistía en grabarle solo el perfil malo.

Aun así, todos coincidieron en que era el Mundial más divertido jamás visto.

Pero lo peor de todo fue que el partido inaugural, celebrado en el Estadio Azteca, en la ciudad de México se vio ensombrecido por el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE) estadounidense, que persiguió a todas las personas que tuvieran rasgos latinos y hablaran en español para deportarlas, sin darse cuenta de que estaba en un país con poco aguante ante la discriminación. Se ordenó que se detuviera a los agentes del ICE, ante el estupor del presidente americano, que, como un niño con rabieta, pataleó y voceó, al darse cuenta de que nadie hacía caso de sus baladronadas.

M. D. Álvarez 

miércoles, 1 de julio de 2026

Aliento del Seol.

Ya está aquí otra vez la corriente de aire, esa que te hiela hasta el tuétano y que te cala hasta los huesos. Ella, la única que nadie espera, esa y solo esa es la que no crees que te mate, pero con un solo soplido te priva de la vida y te arroja al gélido seol.

Solo los valientes la esperamos a pecho descubierto y le plantamos cara, aunque sepamos que, en cuanto nos toque su gélido aliento, moriremos; pero lo haremos con el valor y la entereza de los bravos del norte.

M. D. Álvarez 

La caverna.

Tendido sobre aquel césped de fresca hierba, se sentía en calma, pero de pronto sintió cómo si la tierra lo engullera, atrapándolo en su interior. Se sintió caer al fondo de una gran caverna oscura pero cálida. Creyó reconocer el lugar, pero no era posible, ya que aquel sitio se había perdido en el albor de los tiempos.

Algo o alguien lo había traído de vuelta a la gran caverna que lo vio nacer. Con todo el poder que guardaba en su interior, se le negó la salida al mundo por su imponente aspecto, su gran estatura y su melena negra de bucles que caían sobre sus anchos hombros. Sus intensos ojos azules le dotaban del poder de conocer los pensamientos de todo el mundo, porque ahora lo reclamaba la caverna.

Esta le habló de la siguiente manera:  
—Te he hecho traer a mi presencia porque estás a punto de experimentar un gran deseo y debes estar preparado.  

—¿Qué hecho puede ser tan poderoso que la magna y primigenia caverna, aquella que en tiempos pretéritos albergó a los primeros hombres, tenga la necesidad de reclamarme a mí, el último de los hijos de los dioses, para advertirle?", rugió furioso.  

—El amor está a punto de golpearte y tú no estás preparado para enfrentarte con él.  

—¿Amor? ¿Qué es el amor, tan poderoso crees que es que podrá conmigo?", se jactó él con bravuconería.

—Si tan superior te crees, te devolveré a la tierra que tanto amas —refirió cálidamente la caverna.

—Habla y te demostraré cuán poderoso soy —prefirió él.

—Sea, pues, retorna a la tierra —sentenció la caverna.

Lo devolvió al mismo sitio donde él descansaba tranquilo. Al cabo de un rato, se despertó; notaba un leve descenso de temperatura, abrió los ojos y vio a la criatura más hermosa que lo miraba con aquellos profundos ojos verdes. Por primera vez, se sintió desarmado.

Ella lo miró de tal forma que él no pudo resistirse a arrodillarse ante ella.

—Sois la dueña de mi corazón. Haced conmigo lo que deseéis —dijo, sintiendo el gran poder que de aquella diosa emanaba.

Ella rió de tal forma que lo subyugó, haciéndolo su ser más amado.

—Tú, para mí, eres mi fruta prohibida, —dijo con una mirada pícara.

M. D. Álvarez 

martes, 30 de junio de 2026

La gracia de los besitos porteños.

Aquella diminuta plantita de pequeñas, delicadas y hermosas flores, con apariencia de diminutas bocas de dragón de un delicado color lila, trataba de sobrevivir en un entorno casi hostil. 

Fue observada por el señor de los campos, quien, viendo lo mucho que se esforzaba por sobresalir, la colocó en un hermoso muro, en un huequito a la sombra y con la suficiente humedad para que creciera con toda libertad. 

La hermosa plantita, en agradecimiento, ofrece hermosas y diminutas florecillas desde finales de invierno hasta otoño, dando alegría al señor de los campos por haberla colocado en un lugar prominente.


Oh, perdón si no os he dicho de qué plantita se trata. Es la cymbalaria muralis, también conocida por el nombre de besitos porteños, palomilla de muro, etc.

M. D. Álvarez

 

El álito.

Ya está aquí otra vez la corriente de aire, y detrás de ella avanzaba un coloso de roca y fuego que iba derribando montañas a su paso, allanando el camino para la llegada del titán más asombroso, el único que hizo frente a los dioses por amor. 

La corriente era parte de su esencia vivificadora, pues tras la devastación del mundo, el álito regenerativo insuflaría nueva vida al planeta destrozado por la batalla entre los dioses, que venía repitiéndose de eones en eones. 

Pero gracias a aquella corriente de aire, se renovaba tras la destrucción.

M. D. Álvarez 

lunes, 29 de junio de 2026

El oro de las anillas.

—¡Supéralo si puedes! Reto Marcus tras realizar la mejor rutina de ejercicios en anillas colgantes de la historia de las Olimpiadas. 

Su técnica impecable comenzó con la cruz en escuadra, seguido de una cruz de Malta, continuando con una plancha victoriana y, en la salida, efectuó un doble tirabuzón que clavó a la perfección.

Marcus aterrizó con una precisión que hizo
temblar a los jueces, como si la gravedad hubiera decidido cooperar con él. El silencio del pabellón se rompió en un rugido cuando levantó la vista y aceptó el desafío. 

Marcus  repetió su grito —“¡Supéralo si puedes!”— sabiendo que nadie en esa arena podría hacerlo. Y aun así, Marcus sonrió, como quien invita al mundo entero a intentarlo otra vez

M. D. Álvarez