miércoles, 14 de octubre de 2026

Como una burbuja.

—Cuando encienda el volcán, será mejor que os alejéis. Todavía no he medido la intensidad de la explosión ni la velocidad de la nube piroplástica —dijo el muchacho que había colocado los sensores en el cono, que visiblemente se había elevado unos 40 metros desde la última comprobación.

Cuando estuvieran a una distancia prudencial, el joven se elevó en un globo aerostático y, cuando estuvo a suficiente altura, agarró una férrea lanza de unos 7 metros y, con su poderoso brazo, la lanzó a la boca del volcán, que parecía una burbuja hinchada. Lo que sucedió a continuación fue que la burbuja estalló. Controlada.

M. D. Álvarez

El escamas doradas.

Escamas doradas, grandes alas, majestuosas patas, brazos poderosos y una magnífica cabeza; era el dragón más deseado entre la clase de gran alcurnia de Voldring, el reino lunar de Arentil. Su nombre era sinónimo de terror; sus fauces habían devorado a todos los cazadores que los drusok habían mandado a por él, cuyo nombre era conocido por la dueña de su corazón.

"Argontil, ¿dónde te has metido?" la oyó llamarlo. Su gran cuerpo era difícil de disimular, pero él conseguía ocultarse a sus ojos. Cuando jugaban a esconderse, él lograba mimetizarse con el paisaje. Por eso, cuando ella pasó ante un gran pedrusco, no lo vio. Él, feliz, la cogió con delicadeza.

"Estás aquí, mi adorable dragón" dijo ella, acariciando la magna cabeza de Argontil, mientras él, sujetándola por la cintura, lamió con suavidad el alegre rostro de su amada.

M. D. Álvarez 

martes, 13 de octubre de 2026

Peñas de Aya.

—Cuando encienda el volcán, ni os daréis cuenta; habréis sido barridos por la nube piroplástica, y los que no hayáis perecido lo haréis en el transcurso de los días, pues mis ríos de lava serán aterradores.

Una pregunta: ¿alguien se ha dado cuenta de que este no es un volcán vulgar y corriente? Es un mega volcán con ínfulas de dios de la destrucción.

Dicho volcán duerme y se llama Peñas de Aya. Si ya sé que no hay ningún volcán, pero como ya he dicho, está dormido y sueña con explotar, borrando del mapa una pequeña región de los Pirineos y mi ciudad.

M. D. Álvarez 

El mundo turmalina.

Su mundo era un planeta de piedras, ingrávidas y colores rosados, añiles y turmalinas. Él era una adorable criatura de ojos azul celeste; su porte altivo y su noble apariencia lo catalogarían como una de las criaturas más dulces y encantadoras de aquel maravilloso mundo.

Era, a su vez, un guardián impecable y decidido. Cuidaba de su maravilloso mundo con mimo y determinación. Solía lidiar con disputas infantiles hasta la llegada de unos seres oscuros y aterradores que querían hacerse con el poder y la riqueza de aquel maravilloso mundo. A raíz de aquella llegada, nuestro héroe se vio obligado a someter de forma salvaje a aquellos seres aberrantes.

M. D. Álvarez 

lunes, 12 de octubre de 2026

Entre la imaginación y la realidad.

Su locura como dibujante es no poder crear todo lo que su imaginación le muestra, pero esta historia nos presenta a un dibujante con un talento desmesurado: su nombre es Ángel. 

Sus dibujos no eran trazados con grafito, sino con un extraño polvillo de estrella molida que relucía en la penumbra. Una noche, tras plasmar con pulso febril un dragón envuelto en llamaradas violetas, el dibujo cobró vida: la criatura desplegó sus alas de tinta, exhaló un suspiro de escarcha y emergió del papel con un rugido silencioso. 

A partir de entonces, cada boceto se volvió una ventana a reinos ignotos. El estudio se transformó en un santuario donde criaturas mitológicas y ciudades flotantes convivían entre lienzos, recordándole que su don no era una condena, sino el puente definitivo entre la imaginación y la realidad.

M. D. Álvarez

Relato dedicado a mi hermano Ángel, un dibujante excepcional, en el día de su cumpleaños.

Trabajos manuales

—Cuando encienda el volcán, veréis cómo la lava baja por la ladera y va engullendo todo lo que se encuentra a su paso —dijo el jovencito, orgulloso de su trabajo manual.

El bruto de la clase trató de sabotear aquel gran Krakatoa. Cuando iba a arruinar aquella manualidad, hizo que el Krakatoa estallara, partiendo la isla en tres. 

—Y así es como la isla de Krakatoa, en el archipiélago de Sumatra, se formaron tres islas persistentes: Sertung, Panjang y Rakata —dijo.el chiquillo visiblemente risueño.

El gamberro, con la cara chamuscada, fue llevado ante el director y el pequeño científico fue galardonado con matrícula..

M. D. Álvarez 

La lengua de los abuelos.

La pantalla holográfica del interceptor titiló en rojo antes de apagarse por completo. A trescientos kilómetros sobre la superficie mineralizada de Nueva Toledo, el silencio del espacio profundo era la única constante.
​Marcus se desabrochó el arnés de contención y respiró el aire reciclado con sabor a hierro del habitáculo. 

En las pantallas de estado, las alertas parpadeaban en un idioma sin vocales ni matices: el Sintáxico-01, el dialecto binario y frío codificado por las corporaciones de la Red Central para optimizar el tiempo de transferencia de datos en la galaxia. 

En esa lengua de precisión quirúrgica no había espacio para la duda, pero tampoco para la poesía o la compasión. Se decía lo justo para producir; nada más.

​—Status: Critical. Oxygen: 14%. Vector: Unstable —susurró el altavoz de la nave con la voz plana del sintetizador.

​Marcus cerró los ojos. Sus dedos, entumecidos por el frío que empezaba a filtrarse desde el casco, buscaron la pequeña consola analógica oculta bajo el salpicadero, un transmisor de onda corta prohibido por las directivas de comunicación del Sector Exterior.

​Enganchó el micrófono de cobre a su garganta y ajustó la frecuencia manual.
​—Aquí Marcus, desde la deriva del cuadrante siete —dijo. Las palabras salieron densas, rasposas, cargadas del peso de siglos de polvo, sol y mar—. ¿Hay alguien en la penumbra?

​Sintonizar el viejo idioma en los confines del espacio era un acto de insurgencia. La Red Central había clasificado las antiguas lenguas humanas como "redundantes y propensas a la ambigüedad emocional". 

Para el sistema, un idioma que distinguía entre ser y estar, que permitía la existencia de la nostalgia o el perdón, era un fallo de diseño.

​A través del estallido de estática, una voz rasgada respondió, emergiendo de la negrura como una chispa en la noche:

​—Te oigo, muchacho. Te recibo desde las minas de sombra. Hablas la lengua de los abuelos...

​A Marcus se le aceleró el pulso. El sonido de esa erre arrastrada y la calidez del acento rompieron la frialdad metálica de la cabina.

​—Se me apaga la nave —murmuró Marcus, apoyando la frente contra el cristal blindado, observando las sombras cónicas de los asteroides—. El código del interceptor se ha bloqueado y los motores no responden a la orden binaria. No sé cómo pedirle a este pedazo de hierro que no se rinda.

​—El hierro no entiende de razones, pero la memoria sí —contestó la voz desde la estación minera abandonada—. La Red les enseñó a mandar, pero no a sentir. No busques la clave en el registro de órdenes. Háblale a los sensores térmicos en la frecuencia del sonido. La vieja palabra para despertar las cosas no era una cifra... era un aliento.

​Marcus recordó las historias que su abuela le contaba en las barriadas subterráneas de la Tierra antes de la Gran Dispersión. Recordó cómo las palabras no solo transmitían información, sino que moldeaban la realidad, cargadas de voluntad, de rabia y de esperanza.

​Acercó el micrófono al modulador acústico del núcleo del motor. Dejó de lado los comandos estructurados y la lógica del Sintáxico-01. Respiró hondo y pronunció una sola palabra, cargada con la modulación tonal que los algoritmos de la Red jamás pudieron descifrar:

​—Resiste.

​La palabra resonó en la cavidad del núcleo. El modulador acústico convirtió la frecuencia del idioma humano en una vibración de onda análoga. Las frecuencias armónicas de la vocalización, complejas y desordenadas para la IA central, generaron un pico de resonancia no previsto en los circuitos de energía.

​Un chasquido eléctrico recorrió el fuselaje. Los paneles auxiliares parpadearon. Una luz ámbar, cálida y viva, sustituyó al rojo de la alerta. Los inyectores de plasma se encendieron con un rugido sordo.

​—Ha arrancado... —susurró Marcus, con una sonrisa amarga dibujándose en sus labios.

​—Claro que ha arrancado —resonó la voz en la radio, perdiéndose gradualmente entre las interferencias de la tormenta electromagnética—. Mantenla viva, viajero. Mientras haya alguien en la oscuridad capaz de nombrar el dolor y la belleza en nuestra lengua, las máquinas nunca habrán ganado del todo.

​El canal se apagó. Marcus ajustó el rumbo hacia el horizonte de sombras, internándose en el vacío, protegido por el eco invisible de una lengua indestructible, la española.

M. D. Álvarez