Un fuego ardía en sus entrañas, el mismo que alimentaba el ancestral que vivificaba la pasión que ardía por la hermosa y dulce dámisela que lo observaba hechizada en la distancia, arrebatada por la pasión que sentía por el gallardo soldado y por su valor en la batalla.
Sabiéndose observado por su amor, blandía con destreza tan poderosa arma, arrasando filas y filas de gentiles guerreros que caían a diestro y siniestro bajo el empuje de tan belicoso mozo que lucharía por el amor de la doncella.
M. D. Álvarez