domingo, 5 de julio de 2026

Las puertas de par en par.

Ya está aquí otra vez la corriente de aire, pero esta vez el aire provenía de una corriente no muy corriente. 

Era como si las puertas del palacio de Eolo se hubieran abierto de par en par, y tanto los vientos: el cálido Céfiro, el frío y violento Boreas, el tormentoso Notó y el no menos lluvioso Euro, así como los bélicos y destructivos Anemoi Thuellai, campaban a sus anchas, desbocados y libres por el mundo. 

Eran corrientes indómitas y, cuando se juntaban todas a una, ninguna deidad era capaz de doblegarlos; ni su propio padre lograría encerrarlos de nuevo. Ahora que estaban sueltos, moldearían la tierra impunemente.

M. D. Álvarez 

Templo de luz y oscuridad.

Aquel titán parecía hacer frente a todas las ondas de seres oscuros. En aquel templo tenebroso, donde la luz jamás fue reverenciada, fue erigido en honor a la diosa oscura.

Sin embargo, en el principio de los tiempos, el templo pertenecía a la diosa madre de la luz, madre de toda criatura, ya fueran hermosas, bondadosas, luminosas o de las criaturas oscuras e infames.

Todas ellas fueron concebidas junto a aquel titán que luchaba por el regreso de su diosa de la luz. Os preguntaréis qué ocurrió para que aquel primigenio templo de luz se sumiera en el caos más tenebroso.

El gigantesco titán rugía, sus puños colosales impactando contra las hordas de sombras y garras que intentaban asaltar el majestuoso templo. Con movimientos calculados y una fuerza primigenia, desmantelaba una a una las agresivas tropas oscuras, sus cuerpos vaporosos disipándose en la negrura. 

Cuando el eco de la última criatura se desvaneció, otorgándole un atisbo de paz, el titán se giró, su mirada fija en el altar central. Allí, bajo una mortaja de penumbra que apenas velaba su silueta, yacían los restos de su diosa, a la que amaba y echaba de menos con una agonía milenaria. 

Lentamente, con un temblor casi imperceptible de su poderosa mano, la posó sobre el frío yermo del pecho de su amada. Percibió, débil como el último suspiro de una estrella moribunda, un resquicio de luz.

Con la garganta ronca de emoción, recitó un antiguo encantamiento, un canto de la creación, apelando a la luz que, sabía, todavía latía, oculta en lo más profundo del cuerpo gélido de su diosa. Después de recitarlo, aquella chispa que se encontraba oculta en lo más profundo de su amada comenzó a refulgir como un crisol; tal fue su fulgor que el otrora templo oscuro comenzó a resquebrajarse, las oscuras piedras transformándolo en un acristalado, luminoso y cálido templo.

El titán sollozó y ella abrió los ojos al verlo sollozar; ella se sintió confundida.

—¿Qué ocurre, mi sol?—dijo con una aterciopelada voz.

Aquello hizo que su titán se aproximara a su dama y se arrodillara ante ella.

—Mi diosa, os he extrañado mucho —dijo, mirando a los ojos de ella. Con aquellos ojos celestes, era capaz de sondear su alma y saber si quedaba algo de oscuridad en su otrora tierno corazón.

—Mi bien, yo siempre he estado aquí —dijo ella, pues al parecer no recordaba los últimos mil años.

El joven y apuesto titán la tomó en sus brazos y se encaminó al exterior de su maravilloso templo. Allí se hallaban reunida toda su progenie, tanto la oscura como la luminosa. Al verlos salir, los oscuros se pusieron de rodillas y se postraron ante su madre.

M. D. Álvarez

sábado, 4 de julio de 2026

La manta de borreguito.

Ya está aquí otra vez la corriente de aire. Con lo friolero que es él, en cuanto la note, se apropiará de la manta de borreguito y me dejará tan solo con la sábana.

Por mucho que yo le diga que la cama es para los seres humanos, no para las mascotas, él me mirará con esos ojos azules tan dulces que no seré capaz de arrebatársela y me acurrucaré a su lado.

¿Quién lo diría? Los licántropos son frioleros.

M. D. Álvarez 

La flor de llama. 2da parte

El hombre se recostó junto a su amada, observándola con devoción mientras su mano descansaba sobre su vientre. La flor ardiente, vibrante y misteriosa, parecía palpitar en el cuenco, como si compartiera el latido del nuevo ser que estaba por llegar.

Esa noche, mientras el viento ululaba entre los riscos, el sueño les envolvió, y en su descanso, él tuvo una visión. La flor de fuego no era solo un hallazgo fortuito, sino una señal de los antiguos espíritus de la tierra, un presagio de la llegada de su hijo, un niño con un alma ardiente, capaz de equilibrar los elementos y traer prosperidad a su mundo olvidado.

Al amanecer, su amada despertó con una sonrisa tranquila, aunque sus ojos reflejaban la intensidad de un presentimiento.

—Pronto será el momento —susurró.

Él la abrazó con delicadeza, sintiendo en su pecho la determinación de protegerlos. Mientras tanto, la flor de fuego, bañada por los primeros rayos del sol, parecía arder con más fuerza, anunciando el cambio que estaba por venir.

Su expedición a la nebulosa del Boomerang se había reducido a ellos tras tres años estudiando los vientos. Él se convirtió en el domador de los hielos y el gélido viento; su grueso pelaje, en su fase licántropa, lo protegía de los aterradores fríos. 

En una de esas fases, cazó un ser de pelaje mullido y sedoso. Con su piel, elaboró un abrigo de pieles para él y otro para ella; así podía mostrarle la belleza de aquel nuevo mundo. Lo acompañó hasta que se dio cuenta de que estaba embarazada. Entonces, él se encargó de cuidar de ella e intentar modificar el clima de frío aterrador; había logrado subir la temperatura veinte grados, aunque no lo suficiente como para descongelar la nieve.

Con el tiempo, lograría subir la temperatura lo suficiente como para hacer este planeta habitable. Por lo menos, con lo que había conseguido, logró que una hermosa flor naciera bajo los hielos.

M. D. Álvarez 

viernes, 3 de julio de 2026

La caída.

Ya está aquí otra vez la corriente de aire empujándome hasta dar con mis huesos en el suelo. 

Sin saber que una leve brisa era capaz de desestabilizarme y arrojarme desde las alturas, estrellándome contra el suelo. 

Lo que la corriente no sabía era que mi cabeza es de cemento armado y no me hizo mella; eso sí, me dejó dolorida, pero sin ninguna rotura.

M. D. Álvarez 

La flor de llama.

Su aspecto de ser atávico y salvaje de los fríos hielos del gran norte le confería el poder ancestral de dominar los bravos y aterradores vientos tempestuosos que asomaban en sus agrestes tierras, con las que mantenía un vínculo de protección. En sus largas rondas por su territorio, un día descubrió un leve tono de color que, como una llama, prevalecía ante los blancos copos y helados frost. 

Él se acercó y observó atentamente aquella pequeña mota de color que había surgido en su gélido reino. Retiró con su poderosa zarpa la fina capa de nieve que cubría su iridiscente llama. Cuando hubo retirado la nieve, pudo ver una preciosa flor de tonos llameantes que, a pesar del frío de su territorio, crecía con fuerza. 

Aquello lo desconcertó: ¿cómo era posible que aquella flor de fuego creciera en su reino frío de la nebulosa del Boomerang?

La extrajo con un poco de tierra y la guardó en su bolsa de cuero; se la llevaría a su amada, a quien le encantaban ese tipo de cosas. Se dirigió al refugio donde su amada lo esperaba. Al entrar, lo primero que hizo fue quitarse el abrigo de pieles y se dirigió al dormitorio donde ella dormía plácidamente. Se sentó a su lado con delicadeza, sacó la preciosa planta que depositó en un cuenco que puso sobre la mesilla. Ella se movió en la cama.

—¿Qué me has traído? —preguntó sonolienta.

—Lo he encontrado en el valle sombrío —dijo antes de mostrar aquella hermosa flor de fuego.

—Es una preciosidad —dijo ella, sentándose trabajosamente; el pequeño que llevaba en su vientre estaba a punto de nacer.

—Me recordó a ti, mi sol —dijo, besándola con ternura—. ¿Cómo te encuentras hoy? —preguntó con docilidad.

—Ahora que has vuelto, mejor —dijo, besándolo con cariño.

Continuará...

M. D. Álvarez 

jueves, 2 de julio de 2026

La batalla del jabato.

En aquel campo de batalla donde cualquier objeto servía como arma, lo soltaron a él y a un grupo de malencarados que, en cuanto lo vieron, quisieron matarlo. Él vio un arcón repleto de botellas de cristal y se situó ante él; con hábil puntería, fue arrojándoselas a cada uno de aquellos desalmados que, al impactar con sus cuerpos, se hacían añicos, hiriéndoles con los cristales.

Estos, sorprendidos por la habilidad, destreza y puntería de aquel joven, no tuvieron más remedio que retroceder y retirarse al bosque, huyendo de los certeros botellazos lanzados por aquel joven jabato.

El joven, aún con el pulso acelerado por la adrenalina, se permitió un breve momento de satisfacción al ver cómo sus oponentes se retiraban al bosque. Sin embargo, sabía que no podía relajarse; el campo de batalla estaba lleno de peligros ocultos y la lucha no había terminado. 

Con un rápido vistazo a su alrededor, notó que el arcón de botellas era solo una pequeña parte de lo que lo rodeaba. A su izquierda, había un viejo carro de madera volcado, y a su derecha, una serie de troncos caídos que podrían servirle como refugio. Decidió moverse hacia el carro, pensando que podría encontrar algo útil en su interior.

Al acercarse, escuchó un crujido detrás de él. Se giró rápidamente y vio a uno de los malencarados que había logrado escapar. Era más grande que los demás, con una cicatriz que le atravesaba la cara y una mirada llena de furia. Sin pensarlo dos veces, el joven tomó otra botella del arcón y se preparó para lanzarla.

Pero esta vez, el enemigo no retrocedió. En cambio, avanzó con determinación, desenvainando un cuchillo brillante que reflejaba la luz del sol. El joven sintió un escalofrío recorrerle la espalda; sabía que la habilidad y la precisión no siempre podían vencer a la fuerza bruta.

Justo cuando el malencarado estaba a punto de lanzarse sobre él, el joven recordó las palabras de su abuelo: "La inteligencia es tu mejor arma." En lugar de esperar a ser atacado, arrojó la botella hacia el lado opuesto del campo de batalla. El sonido del vidrio rompiéndose distrajo al agresor, quien giró la cabeza momentáneamente.

Aprovechando esa fracción de segundo, el joven se lanzó hacia adelante y le propinó una patada en la rodilla. El malencarado cayó al suelo con un grito ahogado. Sin vacilar, el joven tomó su cuchillo y se alejó rápidamente del carro.

Sabía que no podía quedarse ahí; tenía que encontrar a su equipo antes de que los demás regresaran en busca de venganza. Con cada paso firme y decidido, se adentró en el bosque, sabiendo que la batalla apenas comenzaba.

M. D. Álvarez