lunes, 2 de noviembre de 2026

Teotihuacan.

Aquella losa era su piedra de toque; allí era donde los hombres se convertían en dioses. Una vez pisada, ya nada sería igual, pero debía convertirse en algo más; si no, no podría proteger todo lo que amaba, y él lo sabía. Aunque tuviera que morir un millón de veces, lo prefería a ver sufrir a su amada.

Cuando traspasó la losa para entrar en la majestuosa ciudad de Teotihuacan, sintió cómo un trillón de agujas atravesaban su cuerpo. La transformación había comenzado; ahora era cuestión de que su cuerpo aguantara su transformación en un dios protector. Nadie sabe cuánto tiempo le llevó fortalecer su cuerpo para trascender al plano divino..

Transcurrieron meses hasta que volvió a pisar la piedra de salida; su aspecto era imponente y majestuoso, con un tocado cubierto de plumas de quetzal. Recibió el nombre de Ixtololojuan iluikak.

La única que lo reconoció fue su amada, que al verlo llegar con semejante porte se postró ante él. Sorprendido, la alzó con ternura y dijo: —No tienes que postrarte frente a mí, soy yo quien te debe devoción. He traspasado los muros de la divina ciudad de Teotihuacan para poder protegerte de todo mal, mi apasionada y dulce compañera.

M. D. Álvarez 

Teotihuacan: Lugar donde los hombres se convierten en dioses

ixtololojuan iluikak: Ojos del cielo


Punto y seguido.

Con suerte, un punto y seguido; al menos no lo había echado de su vida; solo lo ponía a prueba. 

Un mes aislado por haberla ofendido era lo mínimo. Pese a su buena intención, el comentario la molestó, pero le dio la oportunidad de reflexionar. Ordenó a su guardia que lo encerrara en la celda de aislamiento.  

Él sabía perfectamente qué había hecho y aceptó el castigo. Al cabo del mes establecido, fue llevado de nuevo ante ella.

Reconoció que se había equivocado y que, si le perdonaba, sería suyo y de nadie más.  
Ella lo miró con profundo amor y, finalmente, decidió perdonarlo.

M. D. Álvarez 

domingo, 1 de noviembre de 2026

El ciempiés antidiluviano. V parte.

Pero algo en la oscuridad se movía veloz hacia ellos. Marcus, con la pieza de metal en la mano, empujó a Angie y a Samuel fuera de la trayectoria de un dantesco ciempiés que lo miró como si lo reconociera. 

Entonces, Marcus se dio cuenta de que no lo miraba a él, sino a la pieza de metal que tenía en la mano, y salió corriendo. Pero, en vez de ir hacia la salida, se internó en el túnel por el que había salido el gigantesco quilópodo. 

Mientras se internaba, gritó a Angie que saliera de la excavación y se alejara todo lo posible, que él estaría bien. Ella quiso seguirlo, pero Samuel la detuvo y dijo: "Él sabe lo que hace; es un hijo de Set".

¿Qué quiere decir con que Marcus es un hijo de Set? 

Set fue el tercer hijo de Adán y Eva, cuidador del jardín celestial donde moran todas las criaturas de Dios, salvo esa especie de quilópodo aterrador. Según antiguos escritos, esta criatura aberrante intentó por todos los medios acceder al paraíso, pero Set logró atraparla bajo una titánica losa y, en previsión de futuras intentonas de esta criatura, otorgó a su prole un código genético especial. Marcus tiene ese código genético y logrará sellar de nuevo a esa bestia del averno.

Marcus se detuvo al borde del abismo y alzó la reliquia, sintiendo cómo la sangre de su estirpe despertaba en sus venas con un fulgor dorado. 

El monstruo embistió ciego de furia, pero la pesada losa de piedra cayó estrepitosamente desde el techo, sepultándolo de nuevo en las profundidades de la tierra. 

En la superficie, el silencio volvió a reinar mientras Angie comprendía al fin que el sacrificio de Marcus había cerrado las puertas del infierno para siempre

M. D. Álvarez 

La isla de Agarlión.

Volvían cada 2 años; ella lo esperaba con pasión reprimida. Su isla surgía de otros tiempos y otros lares. Cada vez que aparecía, sabía que estaría con él seis meses. Su enamorado regía el deambular de su maravillosa isla. El nombre de tan enigmática y fantasmagórica isla era Agarlion, y el de su regente era Marcus el Indomable. Cuyo nombre significa consagrado de los dioses


Cada vez que las primeras luces del alba iluminaban la isla de Agarlion, ella se encontraba en la orilla, con el corazón latiendo al ritmo del oleaje. Los recuerdos de sus encuentros pasados llenaban su mente, cada risa compartida y cada susurro bajo las estrellas. Sabía que Marcus llegaría nuevamente, trayendo consigo historias de tierras lejanas y aventuras que solo él podía relatar.

El día en que finalmente apareció, su figura se recortaba contra el horizonte, envuelta en un aura de misterio. Su cabello ondeaba al viento como si los dioses mismos lo acariciasen. Ella sintió cómo la pasión reprimida se desbordaba en su pecho, pero también una sombra de preocupación. Las historias contadas por Marcus siempre llevaban consigo un peso; cada regreso traía consigo no solo alegría, sino también desafíos.

—He traído algo para ti —anunció Marcus, acercándose con un brillo en los ojos que prometía secretos ocultos.

Ella lo miró con curiosidad mientras él extendía su mano, revelando un pequeño medallón brillante. Era de un material desconocido, con inscripciones que parecían danzar bajo la luz del sol.

—Este medallón —continuó él— es un vínculo entre nosotros y la esencia misma de Agarlion. Tiene el poder de reforzar nuestra conexión, lo forjé con una de las estrellas que iluminan Agarlion la más bella gema para la gema de mi corazón refirió él colocándolo con delicadeza, alrededor de su grácil.cuello. 


Ella lo abrazó con dulzura y lo besó ardientemente tras días de amor loco y paseos matutinos. Él le hizo una proposición:

—Me gustaría mostrarte mi isla, ¿te gustaría verla conmigo? —preguntó tímidamente.

—Sí, claro que me gustaría conocer tu isla —dijo ella con visible entusiasmo.

Al cabo de diez días, él la llevó en brazos, caminando sobre las aguas hasta su amada isla. Los pobladores recibieron con algarabía y vítores a su regente, que traía una posible reina consigo.

Pasearon y disfrutaron de su amor durante todos los días. Él le mostró los lugares más maravillosos y hermosos de su vida. Ella disfrutó de todos los lugares que él le mostró y de todos los momentos que disfrutaron el uno del otro.

Cuando estaban a punto de despedirse, él le dijo:  

—Me gustaría que fueras mi reina y te quedaras conmigo aquí. Te trataría como a una diosa; mi pueblo te adora y venera —dijo Marcus con timidez.

—Mi vida, claro que me quedaré contigo. Te profeso un amor intenso y no podría dejarte ahora que te conozco. Sé que tu corazón es noble, igual que tu pueblo; nada me ata a mi tierra.

M. D. Álvarez 

Un golpe de suerte.

Con suerte, un punto y seguido en su relación, que en un principio parecía abocada al fracaso. 

Se conocieron muy jóvenes y de diferentes familias: él, un niño apocado pero con un gran corazón; ella, altruista y desinteresada ante las fachadas de los maromos que la atosigaban. 

Un día, lo vio encararse con uno de aquellos matones por haberle faltado al respeto. El matón, sin argumentos, le saltó un colmillo de un guantazo. 

Aquello la enfureció y se interpuso entre los dos. El gamberro, muy ufano, se rió, pero ella le asestó una patada en la entrepierna y salió corriendo, agarrando al joven de la mano. Lo arrastró lejos de allí.

M. D. Álvarez 

sábado, 31 de octubre de 2026

El ciempiés antidiluviano. IV parte

Marcus se acercó unos pasos, sin cruzar el umbral. En la entrada del corredor había grabado otro petroglifo, mucho más grande que el primero.

Marcus atravesó la entrada y, con su linterna, iluminó el nuevo petroglifo; era mucho más elaborado que el primero. En él se distinguía un ciempiés de proporciones colosales que abarcaba una gran montaña con ciudades y grupos de hombres, pero lo que inquietó a nuestro grupo de arqueólogos fue que este ciempiés de titánica envergadura tenía los ojos abiertos.

Y justo debajo de su cabeza, alguien había esculpido una figura humana sosteniendo una antorcha.

Marcus sintió un escalofrío.

—Angie...

—Lo estoy viendo.

—No. Mira la antorcha..

La arqueóloga dirigió la luz hacia la figura y contuvo el aliento.

La llama estaba representada con una serie de líneas curvas, muy distintas del resto del grabado. Y en su centro había un pequeño hueco circular.

Un hueco que parecía haber sido tallado para encajar una pieza.

Marcus recordó que, nada más llegar a la excavación, algo lo atrajo hacia una piedra que parecía estar en un lugar equivocado. Bajo esa piedra encontró un objeto metalizado que colocó en la bandeja de hallazgos. Salió corriendo y la tomó, regresando con aquella especie de palanca. Miró a Angie y a Samuel y la introdujo con cuidado. Hubo un clic mecánico y una fuerte corriente de aire.

—¡Alejaos! Todavía no os ha detectado —susurró Marcus, sacando la pieza metálica.

Continuará...

M. D. Álvarez 

El ciempiés antidiluviano. III parte.

No estaba escrita en ninguna lengua que reconociera. Eran caracteres angulosos, distribuidos en cuatro líneas, con un símbolo repetido al principio y al final de cada una.

—Angie, ven a ver esto.

La arqueóloga se acercó y examinó la inscripción durante unos segundos.

—Necesitamos fotografiarla y documentarla antes de tocar nada más.

—Estoy de acuerdo —respondió Marcus—. Pero tengo la sensación de que esto no es una advertencia.

—¿Y qué crees que es?

Marcus observó de nuevo el ciempiés gigantesco, las figuras humanas y aquella extraña criatura que parecía obedecer al personaje central.

—Una historia —contestó—. Una historia que alguien quiso conservar.

En ese instante, un ruido seco resonó bajo sus pies.

Todos se quedaron inmóviles.

El sonido había procedido del fondo de la excavación, más allá de la cuadrícula de Marcus, donde una pared de roca permanecía parcialmente oculta por la tierra.
Un segundo golpe sacudió el suelo.

Esta vez, varios fragmentos de piedra se desprendieron de la pared y cayeron al suelo.

—¡Atrás! —ordenó Angie.

Los investigadores retrocedieron mientras una fina lluvia de polvo descendía desde el techo de la excavación. Marcus ayudó a Samuel a ponerse en pie y buscó con la mirada el origen de aquel estruendo.

La losa sobre la que estaban grabados los petroglifos se había desplazado, dejando paso a un túnel angosto. Nadie se atrevía a dar el primer paso.

Continuará...

M. D. Álvarez