sábado, 31 de octubre de 2026

El ciempiés antidiluviano. IV parte

Marcus se acercó unos pasos, sin cruzar el umbral. En la entrada del corredor había grabado otro petroglifo, mucho más grande que el primero.

Marcus atravesó la entrada y, con su linterna, iluminó el nuevo petroglifo; era mucho más elaborado que el primero. En él se distinguía un ciempiés de proporciones colosales que abarcaba una gran montaña con ciudades y grupos de hombres, pero lo que inquietó a nuestro grupo de arqueólogos fue que este ciempiés de titánica envergadura tenía los ojos abiertos.

Y justo debajo de su cabeza, alguien había esculpido una figura humana sosteniendo una antorcha.

Marcus sintió un escalofrío.

—Angie...

—Lo estoy viendo.

—No. Mira la antorcha..

La arqueóloga dirigió la luz hacia la figura y contuvo el aliento.

La llama estaba representada con una serie de líneas curvas, muy distintas del resto del grabado. Y en su centro había un pequeño hueco circular.

Un hueco que parecía haber sido tallado para encajar una pieza.

Marcus recordó que, nada más llegar a la excavación, algo lo atrajo hacia una piedra que parecía estar en un lugar equivocado. Bajo esa piedra encontró un objeto metalizado que colocó en la bandeja de hallazgos. Salió corriendo y la tomó, regresando con aquella especie de palanca. Miró a Angie y a Samuel y la introdujo con cuidado. Hubo un clic mecánico y una fuerte corriente de aire.

—¡Alejaos! Todavía no os ha detectado —susurró Marcus, sacando la pieza metálica.

Continuará...

M. D. Álvarez 

El ciempiés antidiluviano. III parte.

No estaba escrita en ninguna lengua que reconociera. Eran caracteres angulosos, distribuidos en cuatro líneas, con un símbolo repetido al principio y al final de cada una.

—Angie, ven a ver esto.

La arqueóloga se acercó y examinó la inscripción durante unos segundos.

—Necesitamos fotografiarla y documentarla antes de tocar nada más.

—Estoy de acuerdo —respondió Marcus—. Pero tengo la sensación de que esto no es una advertencia.

—¿Y qué crees que es?

Marcus observó de nuevo el ciempiés gigantesco, las figuras humanas y aquella extraña criatura que parecía obedecer al personaje central.

—Una historia —contestó—. Una historia que alguien quiso conservar.

En ese instante, un ruido seco resonó bajo sus pies.

Todos se quedaron inmóviles.

El sonido había procedido del fondo de la excavación, más allá de la cuadrícula de Marcus, donde una pared de roca permanecía parcialmente oculta por la tierra.
Un segundo golpe sacudió el suelo.

Esta vez, varios fragmentos de piedra se desprendieron de la pared y cayeron al suelo.

—¡Atrás! —ordenó Angie.

Los investigadores retrocedieron mientras una fina lluvia de polvo descendía desde el techo de la excavación. Marcus ayudó a Samuel a ponerse en pie y buscó con la mirada el origen de aquel estruendo.

La losa sobre la que estaban grabados los petroglifos se había desplazado, dejando paso a un túnel angosto. Nadie se atrevía a dar el primer paso.

Continuará...

M. D. Álvarez 

El ciempiés antidiluviano. II parte

El beso de Angie arrancó una sonrisa a Marcus, que todavía sostenía la brocha entre los dedos. A su alrededor, varios miembros del equipo se habían acercado para contemplar el hallazgo, mientras otros intentaban fotografiarlo desde distintos ángulos.

—Majestad, ¿puedo sugerir que tu primera orden sea conseguirme un café? —bromeó Marcus.

—Con ese descubrimiento, quizá hasta te consiga dos —respondió Angie, soltando una carcajada.

Pero la sonrisa de la arqueóloga se desvaneció cuando uno de los investigadores, un hombre de mediana edad llamado Samuel, se inclinó sobre la roca.

—Un momento... Hay algo más.

Su tono bastó para silenciar las conversaciones.

Samuel señaló el extremo inferior del petroglifo, donde las líneas se volvían más finas y difíciles de distinguir. Marcus se arrodilló junto a él y dirigió la luz de su linterna hacia aquella zona.

Entre las figuras de los diminutos cazadores y las numerosas patas del ciempiés había algo que no habían advertido al principio: una serie de símbolos dispuestos en círculo. En el centro aparecía una figura humana con los brazos extendidos, rodeada por varias criaturas idénticas a la que ocupaba el resto del grabado.

Continuará...

M. D. Álvarez 

El ciempiés antidiluviano.

Marcus utilizó un cepillo de cerdas duras para limpiar los restos exquisitos de la excavación y, para quitar el polvo, utilizó una brocha de cerdas suaves. Lo que descubrió tras limpiar aquella rara roca fue que tenía un grabado con un petroglifo de un ciempiés gigante, porque, gigante, pues estaba representado junto a diminutos seres humanos que trataban de cazarlo.

—¡Lo encontré! —gritó Marcus.

El revuelo no tardó en extenderse por el yacimiento y la arqueóloga jefe descendió por la escalinata, dirigiéndose a la cuadrícula de Marcus.

​—Es hermoso... ¡y miren el nivel de detalle! —exclamó Angie, fijando la mirada en el grabado antes de volverse hacia él con una sonrisa—. Definitivamente tendré que coronarte como el rey de las excavaciones —añadió, rodeándolo con un abrazo y un beso

Continuará...

M. D. Álvarez

Pre-halloween.

El viento de octubre aullaba entre los robles desnudos mientras Angie caminaba hacia la vieja casona abandonada. Faltaban pocos días para Halloween, pero la penumbra del crepúsculo ya respiraba un aire helado y siniestro.

​Al cruzar el umbral, el suelo crujió. En el centro del salón, una calabaza apagada comenzó a emitir un destello anaranjado sin llama alguna. Angie dio un paso atrás, pero la puerta pesada se cerró de golpe tras ella.
​Un susurro frío le rozó el cuello, acompañado por el chasquido seco de la cerradura. 

—Te estábamos esperando —susurró Marcus al oído de Angie, quien dio un respingo y se giró, descubriéndolo ataviado con un hermoso frac con capa. Él tomó su delicada mano y depositó un cálido beso sobre ella.

—Marcus, serás bobo, me has dado un susto de muerte —respondió, todavía asustada.

—Sea bienvenida, mi lady, a mi humilde mansión, respondió Marcus, que al punto dio dos palmadas. La casa cambió de apariencia; ya no era lúgubre ni oscura, era como si hubieran viajado en el tiempo a una época donde la casona lucía sus mejores galas.

El salón estaba lleno de invitados con sus respectivas parejas, y todos la miraban.

—Es hora de abrir el baile. ¿Me harías el honor de concederme el primero? —preguntó Marcus galantemente.

—Por supuesto, mi Lord —respondió Angie, ofreciendo su mano.

Marcus la condujo al centro de la pista mientras las notas de un vals invisible comenzaban a resonar en el aire. Con una inclinación perfecta, la envolvió entre sus brazos, haciendo que el terror inicial de Angie se disipara por completo bajo el hechizo de aquella noche inolvidable

M. D. Álvarez

La hora de Gaueko..

La niebla en Irun nunca es solo vapor de agua; en las noches de finales de octubre, parece descender de las cumbres con una intención propia, pesada y húmeda, tragándose el brillo de las farolas en el barrio de Behobia. 

Aquella noche de Halloween, el reloj de la cocina marcaba las 00:00 exactas cuando Marcus decidió que ya no podía soportar más el silencio.

​Vivía en una vieja casa de piedra cerca de la muga, con contraventanas de madera que crujían con el viento del Bidasoa. Llevaba semanas escuchando aquel sonido nocturno: un rasguño rítmico, como el de uñas largas de arcilla intentando abrirse paso por el revoque de la pared exterior, justo al otro lado del dormitorio.

​—Es solo la humedad, o algún gato callejero —se repitió en voz baja, encendiendo una pequeña linterna de mano.

​Decidió salir al jardín trasero. El aire estaba impregnado a hojas mojadas y tierra fría. La oscuridad era tan densa que su propia sombra parecía separarse de él, proyectándose hacia un rincón donde los rosales se habían marchitado hacía tiempo.
​
​Al enfocar la linterna hacia la medianera de piedra que separaba su terreno del monte, el haz de luz tembló.

​Allí estaba. No era un animal.

​Una figura alta y encorvada, vestida con harapos que parecían hechos de sacos de arpillera empapados en barro negro, estaba de pie frente al muro. Lo más perturbador no era su silueta, sino su rostro: una máscara tallada directamente en madera podrida, con cuencas vacías que parecían absorber la escasa luz de la linterna en lugar de reflejarla. En su mano nudosa sostenía un viejo farol de hojalata que no emitía llama, sino un humo denso y ceniciento.

​Marcus sintió que el corazón se le congelaba en el pecho. Quiso gritar, pero su voz quedó atrapada en un hilo de aire seco.

​La criatura giró lentamente la cabeza con un crujir seco de ramas secas. Y entonces, de las profundidades de la máscara, emergió una voz que no sonaba como la de un ser vivo, sino como el eco del viento colándose entre las piedras de un sepulcro:
​
—En la noche de los difuntos, quien cruza el umbral sin invitación… deja su alma en posesión.

​El terror le devolvió el impulso a las piernas. Marcus dio media vuelta y corrió hacia la puerta trasera, tropezando con las raíces húmedas del jardín. Escuchó tras de sí un sonido acompasado, pesado y arrastrado, como si la tierra misma se moviera con cada paso de la entidad.

​Se precipitó al interior de la casa, cerró el cerrojo de hierro de golpe y echó la tranca de madera. Su respiración era agitada, dolorosa en los pulmones. Se recostó contra la puerta, temblando de pies a cabeza, mirando hacia el pasillo oscuro que conducía al salón.
​
—Ya pasó... solo ha sido una pesadilla... —balbuceo, secándose el sudor frío de la frente.

​El ambiente de la casa estaba helado, como si las ventanas hubieran estado abiertas de par en par durante horas. Y sobre la mesa de la entrada, justo al lado de las llaves que acababa de dejar, reposaba un pequeño objeto que antes no estaba allí:
​
Una piedra lisa de río, húmeda y fría, tallada con la misma forma de cuenca vacía que la máscara del jardín. Y al fondo del pasillo, desde la oscuridad de su propia habitación, comenzó a escucharse de nuevo el rasguño lento, metódico y cercano.

​Ras... ras... ras... 

A la mañana siguiente, cuando Angie cruzó el umbral, encontró a Marcus sin vida; su rostro reflejaba el más puro terror. Su alma había sido arrebatada por Gaueko, que, como dios de la noche y las tinieblas, campaba a sus anchas en la noche de difuntos.

M. D. Álvarez 

viernes, 30 de octubre de 2026

Tenochtitlan.

El origen mitológico de los aztecas, según las leyendas, surgió en un lugar mítico llamado el lugar de las garzas, o Aztlán. Fueron creados por Quetzalcóatl, quien viajó al inframundo, Mictlán, para rescatar los huesos de las eras anteriores. Los pulverizó, los mezcló con maíz molido y vertió su sangre, moldeando una pareja. A ella la llamó Oxomoco y a él lo llamó Cipactónal.

Crecieron y se multiplicaron de tal forma que ya no cabían en Aztlán. Entonces, Huitzilopochtli los sacó de Aztlán, y los llevó en peregrinación a Chicomostoc, las siete cuevas, donde vivieron hasta que Huitzilopochtli les ordenó partir en busca de nuevas tierras. 

Guiados por él, caminaron por nuevas tierras hasta dar con una que encontraron en un gran lago con varias islas, y en una de ellas un águila estaba devorando una serpiente sobre un nopal. —Ahí —dijo Huitzilopochtli a Tenoch, el primer rey sacerdote de los aztecas—, ahí edificaréis la gran ciudad de Tenochtitlan; crecería y conquistaríais un vasto imperio.

M. D. Álvarez

Glosario de términos en náhuatl.

Aztlán: Lugar de las garzas.
Quetzalcóatl: Serpiente emplumada.
Mictlán: Lugar de los muertos
Oxomoco: Resina de dos pinos.
Cipactónal:  Espíritu del lagarto.
Chicomostoc: Lugar de las siete cuevas. 
Huitzilopochtli: Colibrí del sur.
Tenoch: Tunal sobre piedra.
Tenochtitlan:  Lugar de tunas sobre piedra.