martes, 7 de julio de 2026

La llegada del invierno.

Ya está aquí otra vez la corriente de aire; ya regresaba el azaroso invierno con sus rachas carabáticas, el mismo en el que él regresaría con los fríos polares. 

Oyó el trineo tirado por los 20 huskies siberianos que ladraban alegres bajo el mando de su dueño. 

Las noches siguientes en el iglú fueron ardientes y pasionales. A la semana de su regreso, él volvió a partir con la algarabía de sus huskies, que veloces lo trasladaron al gélido norte, dejándola a ella esperando con el corazón ardiente.

M. D. Álvarez 

lunes, 6 de julio de 2026

Cabalgando las corrientes.

Ya está aquí otra vez la corriente de aire. Si no te agarras fuerte, te arrastrará al subir, cogiendo fuerza por el acantilado, ascendiendo como una manada de caballos desbocados. 

Cuando la percibas en el rostro, entonces es cuando tienes que saltar y abrir tus alas; ellas te transportarán por las corrientes que surcan los cielos. 

El águila imperial alzó el vuelo al sentir la corriente. El polluelo lo siguió; le costó, pero logró dominar las corrientes tras su padre.

M. D. Álvarez

El cascabel del bosque viejo.

Fue la única que logró ponerle un cascabel a semejante licántropo de tres metros de envergadura. Lo encontró dormido en un claro del bosque viejo; dormido, no parecía tan fiero y brutal. Lo que no pudo controlar fue que colocara su peludo brazo sobre ella y la acercara hacia su pecho, donde ahora colgaba el cascabel. Ella se quedó inmóvil; no se atrevía a respirar. 

—Será mejor que respires o te ahogas —oyó como decía de forma gutural. Aquello la hizo dar un respingo.

Pero no la soltó; olfateó su sedoso pelo y le dio un cálido lametón, mientras ella no movía ni un músculo y permanecía sujeta con delicadeza. 

—¿Puedo preguntarte una cosa? —oyó su voz profunda reverberar en su pecho peludo.

—Sí —respondió ella con un hilo de voz.

—¿Para qué es el cascabel que me has puesto? —dijo, lamiéndola suavemente. 

—Date la vuelta —dijo, levantando su belludo brazo. Ella se giró y vio unos grandes e intensos ojos azules que la miraban con curiosidad. 

—¿Es posible que necesites saber si estoy cerca? —preguntó, jugueteando con su fuerte garra y haciendo sonar aquel cascabel.

Ella quedó cautivada con la intensidad de su mirada y solo acertó a decir: 

—¡Qué hermoso!

Él quedó hechizado con sus ojos verdes y dulcemente lamió con ternura su mejilla.

El cascabel resonó entre los árboles mientras él la apretaba con suavidad.  

—No lo necesitarás —murmuró—. Siempre sabré dónde estás.  

Ella sintió su aliento cálido y, por primera vez, no tuvo miedo.  

Entre sombras y destellos de luna, dos mundos se unieron en un ritmo compartido.  

M. D. Álvarez 

Al otro lado de la puerta.

Una vida distinta al otro lado de la puerta lo esperaba, pero él la quería y no cruzaría el umbral para seguir con su vida. Es más, destruyó el acceso a esa otra vida; prefería la que tenía con ella, a pesar de las dos diferencias y discusiones. No sabía vivir sin ella, y lo sabía. Cuando destruyó aquel acceso, su destino estaba echado: compartiría los dolores y alegrías con la mujer que amaba.

Ella era puro fuego, haciendo que su relación fuera apasionada, con momentos de discusión y momentos de pasión desenfrenada. Él había elegido aquella vida por amor, un amor abrasador pero tierno, con tintes de épica, pues ella, para él, era su diosa a la que adoraba y amaba con auténtica devoción.

Sin embargo, no todo ardor es luz, ni toda pasión es eternidad. Los días transcurrían entre caricias que sanaban y palabras que herían, entre miradas que incendiaban el alma y silencios que pesaban más que el tiempo. Pero él seguía eligiéndola, porque no conocía otro camino que el de su amor por ella.

Una noche, en medio de una discusión que parecía más feroz que las anteriores, ella tomó aire, miró sus manos temblorosas y con un susurro le preguntó: —¿Nunca has deseado cruzar aquella puerta?

Él la miró, sintiendo cómo el pasado que había sellado con su propia determinación intentaba abrirse paso entre ellos. Pero negó con la cabeza, con una certeza casi violenta.

—Jamás —dijo—. Porque al otro lado de la puerta no estás tú.

Ella lo miró, y en sus ojos brillaba una tormenta contenida, una mezcla de amor y miedo. Porque aunque él había destruido el acceso, el eco de lo que pudo haber sido aún flotaba entre ellos.

Pero él la tomó de la mano, acercándola a su pecho, donde su corazón latía con la única verdad que siempre defendería.

—Te elegí, y volvería a hacerlo mil veces más.

Ella cerró los ojos, y en ese instante, entre el caos y el deseo, entre las dudas y las certezas, supo que también lo elegiría a él.

Siempre.

M. D. Álvarez

domingo, 5 de julio de 2026

Las puertas de par en par.

Ya está aquí otra vez la corriente de aire, pero esta vez el aire provenía de una corriente no muy corriente. 

Era como si las puertas del palacio de Eolo se hubieran abierto de par en par, y tanto los vientos: el cálido Céfiro, el frío y violento Boreas, el tormentoso Notó y el no menos lluvioso Euro, así como los bélicos y destructivos Anemoi Thuellai, campaban a sus anchas, desbocados y libres por el mundo. 

Eran corrientes indómitas y, cuando se juntaban todas a una, ninguna deidad era capaz de doblegarlos; ni su propio padre lograría encerrarlos de nuevo. Ahora que estaban sueltos, moldearían la tierra impunemente.

M. D. Álvarez 

Templo de luz y oscuridad.

Aquel titán parecía hacer frente a todas las ondas de seres oscuros. En aquel templo tenebroso, donde la luz jamás fue reverenciada, fue erigido en honor a la diosa oscura.

Sin embargo, en el principio de los tiempos, el templo pertenecía a la diosa madre de la luz, madre de toda criatura, ya fueran hermosas, bondadosas, luminosas o de las criaturas oscuras e infames.

Todas ellas fueron concebidas junto a aquel titán que luchaba por el regreso de su diosa de la luz. Os preguntaréis qué ocurrió para que aquel primigenio templo de luz se sumiera en el caos más tenebroso.

El gigantesco titán rugía, sus puños colosales impactando contra las hordas de sombras y garras que intentaban asaltar el majestuoso templo. Con movimientos calculados y una fuerza primigenia, desmantelaba una a una las agresivas tropas oscuras, sus cuerpos vaporosos disipándose en la negrura. 

Cuando el eco de la última criatura se desvaneció, otorgándole un atisbo de paz, el titán se giró, su mirada fija en el altar central. Allí, bajo una mortaja de penumbra que apenas velaba su silueta, yacían los restos de su diosa, a la que amaba y echaba de menos con una agonía milenaria. 

Lentamente, con un temblor casi imperceptible de su poderosa mano, la posó sobre el frío yermo del pecho de su amada. Percibió, débil como el último suspiro de una estrella moribunda, un resquicio de luz.

Con la garganta ronca de emoción, recitó un antiguo encantamiento, un canto de la creación, apelando a la luz que, sabía, todavía latía, oculta en lo más profundo del cuerpo gélido de su diosa. Después de recitarlo, aquella chispa que se encontraba oculta en lo más profundo de su amada comenzó a refulgir como un crisol; tal fue su fulgor que el otrora templo oscuro comenzó a resquebrajarse, las oscuras piedras transformándolo en un acristalado, luminoso y cálido templo.

El titán sollozó y ella abrió los ojos al verlo sollozar; ella se sintió confundida.

—¿Qué ocurre, mi sol?—dijo con una aterciopelada voz.

Aquello hizo que su titán se aproximara a su dama y se arrodillara ante ella.

—Mi diosa, os he extrañado mucho —dijo, mirando a los ojos de ella. Con aquellos ojos celestes, era capaz de sondear su alma y saber si quedaba algo de oscuridad en su otrora tierno corazón.

—Mi bien, yo siempre he estado aquí —dijo ella, pues al parecer no recordaba los últimos mil años.

El joven y apuesto titán la tomó en sus brazos y se encaminó al exterior de su maravilloso templo. Allí se hallaban reunida toda su progenie, tanto la oscura como la luminosa. Al verlos salir, los oscuros se pusieron de rodillas y se postraron ante su madre.

M. D. Álvarez

sábado, 4 de julio de 2026

La manta de borreguito.

Ya está aquí otra vez la corriente de aire. Con lo friolero que es él, en cuanto la note, se apropiará de la manta de borreguito y me dejará tan solo con la sábana.

Por mucho que yo le diga que la cama es para los seres humanos, no para las mascotas, él me mirará con esos ojos azules tan dulces que no seré capaz de arrebatársela y me acurrucaré a su lado.

¿Quién lo diría? Los licántropos son frioleros.

M. D. Álvarez