jueves, 29 de octubre de 2026

Aquiles y Briseida.

Con suerte, un punto y seguido daría paso a un relato más largo que iría destilando estilo y donaire, según le iban dictando sus adoradas musas. 

La favorita de él era la musa de la historia, Clio, que llevaba la voz cantante y le susurraba al oído una hermosa historia de amor entre Aquiles y la noble sacerdotisa de Apolo, Briseida. 

Pero el final no fue tan trágico; en su historia, los dos sobreviven y se retiran a la región de Ftía, donde Aquiles la amó con delicadeza y pasión.

M. D. Álvarez 

En la inclusa

No porque no me quisieran; es más, creo que lo hicieron por eso. Se vieron abocados a abandonarme en aquella inclusa. Pensaron que aquellas adorables monjitas cuidarían de un adorable bebé de ojos azules, pero con un genio de mil demonios, y acertaron. 

Esas nobles siervas de Dios doblegaron mis berrinches con cánticos de alabanzas, y según fui creciendo, en gallardía e ingenio, mayor era el amor que ellas me daban. 

Sabían que estaba destinado a grandes hazañas y​ así, armado de fe, orgullo y amor, abandoné el convento dispuesto a conquistar un mundo que aún me esperaba.

M. D. Álvarez 

miércoles, 28 de octubre de 2026

El divino hijo de Homero.

Con suerte, un punto y seguido le daría la oportunidad de escabullirse entre líneas, ya que era un hábil escapista literario con dotes de redacción impecable y una lírica vertiginosa.

Aquel punto y seguido lo catapultaba a mundos olvidados donde los cuentacuentos eran dioses. Y él era heredero directo del mayor cuentacuentos de la historia. 

Así que, tras el punto y seguido, siguió destilando historias que fluían como ríos a través de su pluma inmortal, pues era hijo del divino Homero, escritor de historias épicas.

M. D. Álvarez 

Loco por ella.

Con suerte, un punto y seguido era lo que necesitaba: su historia y lograría conseguir su final feliz con ella, aunque le costara la vida. Su relación lo traía de cabeza; no sabía por dónde cogerla y sus continuas salidas de tono lo sacaban de quicio.

La última vez que la vio, estaba tonteando con su mejor amigo. Ella sabía que él estaba loco por ella y trataría de apartarlo de ella. 

Cuando vio su frustración en su mirada, calmó su dolor diciéndole: "Tú eres el único que hace latir mi corazón."

M. D.  Álvarez 

martes, 27 de octubre de 2026

El rugido de Angie.

—Marcus, que no me entere de que has estado jugando con tus amigos a ver quién las tiene más grandes.

La oyó rugir; aquello puso en polvorosa a los amigos, que pillaron su ropa y salieron escopeteados por donde pudieron. Muchos no se cruzaron con ella, pero los menos afortunados no tuvieron tanta suerte y salieron con los rostros marcados por la mano de Angie.

Ya en la calle, uno de ellos se volvió y pudo vislumbrar cómo se lanzaba, cual pantera, sobre el cuerpo de Marcus. Lo que no logró comprender es que la cazara al vuelo se la llevara a la cama.

—¿Tú crees que estará bien? —preguntó uno.

—Ese, ese no le teme ni a las panteras en celo —respondió otro, acabando de vestirse—. Seguro que la está calmando como solo él sabe, respondiendo con una sonora carcajada.

M. D. Álvarez

En el viaje a Venus.

—Y si tienes hambre, te esperas a que lleguemos a Venus —dijo el comandante de la nave espacial a la jovencita que lo miraba extasiada.

Su madre corrió a recogerla y dijo: —Mi vida, no molestes al comandante, estará muy ocupado. La chiquilla dijo: —Solo quería saber si me daría una galleta.

El comandante, enternecido, dejó los mandos y se bajó del puesto de pilotaje. —Claro que sí, preciosa. ¿Cómo te llamas? —dijo, sacando una barrita energética.

La chiquilla abrió los ojos como platos y respondió: —Angie, y ella es mi mamá, se llama Ester. Con su regordeta manita, tomó la barrita energética que él acababa de abrir. —Será mejor que vuelvan a sus asientos, respondió con cortesía y una adorable mirada azul.

Continuará...

M. D. Álvarez 

lunes, 26 de octubre de 2026

La cuchillada invisible.

Historias de una mente perturbada», decían sus amigos al verlo escribir como un poseso. Bebía todos los días tres botellas de buen bourbon.

​Uno de los pocos que comprendía su dolor logró sacarlo de aquel pozo sin fondo, aunque solo consiguiera sacar su melancolía a flote. 

Nadie pretendía causarle daño, pero intentar hacerle recordar los tiempos felices con ella terminó por salirles mal: los dejó con un palmo de narices.

​—Venga, no seas así —los oyó protestar desde la barra del bar.

​—No, venga, no. ¿No sabéis que la más leve mención de ella es como una cuchillada en su corazón? —fue lo último que escuchó antes de cerrar de un portazo.

​—Os lo dije, está muy sensible —rugió el amigo que lo había sacado de su encierro. Salió tras él, pero lo vio perderse camino del cementerio. Sabía a dónde iba; lo dejó tranquilo.

M. D. Álvarez