El bosque, sumido en una penumbra antinatural, parecía susurrar su nombre. Cada segundo de esta noche eterna reducía la distancia entre el monstruo y su presa. Si el alba no llegaba pronto, el último rastro de su alma moriría con ella.
El licántropo sentía cómo algo se debatía por salir; su alma humana luchaba por dominar su furia. Cuanto más se acercaba a ella, con más furia se debatía su alma humana. Sabía que, sin su alma gemela, la bestia destruiría todo lo que se cruzara en su camino.
Su naturaleza humana seguía luchando contra su naturaleza animal; debía mantenerla alejada de su amor hasta que el primer rayo de sol despuntara, devolviéndole a su estado humano.
El calendario marcaba el 3 de marzo de 2026. Nadie en la ciudad sospechaba que, mientras los relojes avanzaban hacia la madrugada, un hombre se desgarraba por dentro para proteger lo que más amaba. El eclipse no era solo un fenómeno visual; era el cronómetro de una ejecución o de un milagro. El frío de esa noche de marzo calaba hasta los huesos, pero el calor de la sangre que latía en el bosque era lo único que mantenía al monstruo —y al hombre— en pie.
M. D. Álvarez
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