jueves, 19 de marzo de 2026

La mina de Llakaka.

Era la mayor mina subterránea de zafiros. La veta madre se encontraba a una profundidad de novecientos metros. Los túneles apenas se sostenían por las raquíticas vigas que sostenían los techos de las galerías. Él trabajaba en la galería número 68, tan solo con la fuerza de sus brazos y sirviéndose de su fiel pico, hollaba las frías paredes donde la veta madre soltaba grandes pedruscos de los más hermosos zafiros. 

Uno de aquellos pedruscos encerraba en su interior una preciosa piedra, pero lo extraordinario de aquella piedra fue lo que él halló en su interior: un hermoso zafiro con la forma de un corazón. Y lo más sorprendente de todo fue el tamaño del zafiro: medía de ancho 5.5cm, de largo 7cm y de profundidad 3.5cm. El zafiro ya tenía dueña: la diosa de su corazón.

Ella lo esperaba todas las noches, sentada en el porche. Al verlo venir con aquella cálida y dulce sonrisa, supo que había encontrado algo muy especial. Se arrodilló delante de ella, extendió los dos puños cerrados y le dijo: "Escoge". 

Ella tocó su puño derecho y él volteó el puño, mostrándole la hermosa piedra que había engarzado con un pequeño eslabón, donde enganchó una hermosa y fina cadena de la más pura plata.

Era un jefe ejemplar; bajaba a la mina con sus trabajadores, los tenía a todos asegurados con los mejores seguros médicos y unos sueldos astronómicos. Pero sus trabajadores eran los más cualificados y ninguno se dejaba sobornar por minas rivales. Él siempre los trató bien.

M. D. Álvarez 

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