—No los puedo dejar tirados, vociferoó Sin ellos, nada de lo ocurrido tendría sentido. No habría conocido a Angie; se la habían presentado sus amigos, que conocían su personalidad tímida. Sí, fue una encerrona, pero lo hicieron por su bien. Sabían de su necesidad de ser feliz. Tenía un corazón noble y tierno, y siempre terminaba roto y ninguneado, pero ahora ella lo llenaba de felicidad. Regresó junto a ellos y los abrazó con fuerza.
—Gracias por todo, amigos míos —dijo sonriendo.
Ellos comprendieron lo mucho que le había costado y lo abrazaron. Eran amigos desde niños y lo vieron sufrir; ya tocaba ser feliz.
M. D. Álvarez
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