Lo que el magnate no divulgó fue que, bajo el subsuelo de Marte, se encontraron con una civilización arraigada en ancestrales costumbres de cuidar del mundo. No se le ocurrió otra cosa que tratar de destruir su cultura detonando una geobomba sísmica para aplastar a los pobladores de Marte.
No contaban con que un joven observador de estrellas, gracias al observatorio astronómico del Teide, fuera testigo de la detonación de tal artefacto en Marte.
Elevó una protesta al Congreso de la ONU, que ordenó desmantelar las instalaciones en Marte y concedió a los marcianos el privilegio de cuidar de su mundo, aceptando la ayuda de los científicos para reconstruir sus maltrechas edificaciones.
El regente aceptó con una condición: deseaba conocer al joven que salvó su civilización.
Al cabo de diez meses, el regente pudo recibir al joven héroe que había antepuesto su civilización a la codicia del magnate. El rey le otorgó su bien más preciado: un gran guijarro de rodio, y le explicó que con aquel material ellos podían contactar con los sembradores de estrellas.
Continuará...
M. D. Álvarez
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