Con su equipo de espeleología preparado, descendió por la oscura entrada de la cueva de Voronia. La humedad y el silencio lo rodeaban, creando una atmósfera casi mágica. A medida que avanzaba, las paredes se iluminaban con su linterna, revelando formaciones de estalactitas y extrañas criaturas que habitaban en la penumbra. Cada metro descendido era un desafío, pero su determinación lo impulsaba a seguir.
Después de horas de descenso, llegó a un amplio salón subterráneo. Allí, el eco de su respiración resonaba en la inmensidad. Sacó su escáner de mapeo y comenzó a trazar cada rincón, sintiendo que estaba descubriendo un mundo oculto.
Allí abajo perdía la noción del tiempo, así que se sorprendió al ver que alguien más bajaba. En cuanto la vio, supuso que había pasado más de una semana desde que bajó a las profundidades.
—¿Con que es aquí donde te escondes? —preguntó ella con una pícara sonrisa.
—No me escondo, te dejé una nota —respondió él—. Cuando tengo que pensar, vengo aquí y parece que mis pensamientos se aclaran.
M. D. Álvarez
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