Sus dedos, largos como agujas de coser, tejen un sudario de gritos silenciados que ahora estallan en el viento gélido.
En el jardín de los sauces llorones, las rosas no huelen a perfume, sino a hierro y libertad.
Cada pétalo caído es un contrato roto con el silencio. Hoy, las damas de sombra no esperan rescate; han incendiado sus torres de marfil y caminan sobre las cenizas, soberanas de su propio abismo en busca de justicia para sus asesinos, aunque solo fuera justicia divina. Pero merecían un resarcimiento.
M. D. Álvarez
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