Su deseo por conocerlo y saber cosas de su vida la motivaba a acecharlo tras los árboles. El hermoso efebo sentía su presencia, pero se mantenía distante; nunca había amado a una mortal y no sabía cómo actuar. Siendo él todo un dios del amor, del deseo y de la fertilidad, no sabía cómo abordar a la dulce Psique, que se moría de deseo por él.
Una mañana, mientras el adorable joven dormía bajo un recio roble, ella se encaró a una de las ramas que había sobre él. Se sorprendió al abrir los ojos y verla allí arriba, encaramada.
—Hermosa doncella, ¿qué haces ahí arriba cuando podrías estar a mi lado, reconfortante con mi calor? —preguntó, exhibiendo una sonrisa traviesa.
—Dulce joven, no me mires así, que tus ojos me sonrojan —respondió ella con una voz cantarina mientras descendía del robusto roble.
El joven la recogió, pues en el último tramo ella perdió el pie y cayó en los brazos de él, que mansamente la depositó en el suelo.
Psique, aún temblorosa por el encuentro, sintió que su corazón latía con fuerza. Nunca había estado tan cerca de un dios, y la calidez de su abrazo la envolvía en un hechizo mágico. Eros, curioso y cautivado, se acercó un poco más.
—¿Quién eres, dulce mortal? —preguntó con voz suave, dejando escapar un susurro que parecía acariciar el aire.
—Soy Psique, una simple mortal que ha sido tocada por tu belleza —respondió ella, atreviéndose a mirarlo a los ojos.
Eros sonrió, sintiendo que algo en su interior cambiaba. Supo que el amor no solo se trataba de desear, sino también de arriesgarse a sentir. Así comenzó su historia, tejida entre sueños y anhelos, un amor destinado a desafiar los límites de lo divino y lo humano.
M. D. Álvarez
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