miércoles, 1 de julio de 2026

Aliento del Seol.

Ya está aquí otra vez la corriente de aire, esa que te hiela hasta el tuétano y que te cala hasta los huesos. Ella, la única que nadie espera, esa y solo esa es la que no crees que te mate, pero con un solo soplido te priva de la vida y te arroja al gélido seol.

Solo los valientes la esperamos a pecho descubierto y le plantamos cara, aunque sepamos que, en cuanto nos toque su gélido aliento, moriremos; pero lo haremos con el valor y la entereza de los bravos del norte.

M. D. Álvarez 

La caverna.

Tendido sobre aquel césped de fresca hierba, se sentía en calma, pero de pronto sintió cómo si la tierra lo engullera, atrapándolo en su interior. Se sintió caer al fondo de una gran caverna oscura pero cálida. Creyó reconocer el lugar, pero no era posible, ya que aquel sitio se había perdido en el albor de los tiempos.

Algo o alguien lo había traído de vuelta a la gran caverna que lo vio nacer. Con todo el poder que guardaba en su interior, se le negó la salida al mundo por su imponente aspecto, su gran estatura y su melena negra de bucles que caían sobre sus anchos hombros. Sus intensos ojos azules le dotaban del poder de conocer los pensamientos de todo el mundo, porque ahora lo reclamaba la caverna.

Esta le habló de la siguiente manera:  
—Te he hecho traer a mi presencia porque estás a punto de experimentar un gran deseo y debes estar preparado.  

—¿Qué hecho puede ser tan poderoso que la magna y primigenia caverna, aquella que en tiempos pretéritos albergó a los primeros hombres, tenga la necesidad de reclamarme a mí, el último de los hijos de los dioses, para advertirle?", rugió furioso.  

—El amor está a punto de golpearte y tú no estás preparado para enfrentarte con él.  

—¿Amor? ¿Qué es el amor, tan poderoso crees que es que podrá conmigo?", se jactó él con bravuconería.

—Si tan superior te crees, te devolveré a la tierra que tanto amas —refirió cálidamente la caverna.

—Habla y te demostraré cuán poderoso soy —prefirió él.

—Sea, pues, retorna a la tierra —sentenció la caverna.

Lo devolvió al mismo sitio donde él descansaba tranquilo. Al cabo de un rato, se despertó; notaba un leve descenso de temperatura, abrió los ojos y vio a la criatura más hermosa que lo miraba con aquellos profundos ojos verdes. Por primera vez, se sintió desarmado.

Ella lo miró de tal forma que él no pudo resistirse a arrodillarse ante ella.

—Sois la dueña de mi corazón. Haced conmigo lo que deseéis —dijo, sintiendo el gran poder que de aquella diosa emanaba.

Ella rió de tal forma que lo subyugó, haciéndolo su ser más amado.

—Tú, para mí, eres mi fruta prohibida, —dijo con una mirada pícara.

M. D. Álvarez