viernes, 31 de julio de 2026

El lobo adolescente.

Llegó tarde y sus compañeros habían devorado las grandes pizzas de Domino's. Él todavía estaba en la edad de crecer y necesitaba echarse algo al gaznate. Se moría de amores por todos los arrebatos y no encontraba nada. Ella se levantó al oír el jaleo que estaba armando en la cocina.

—¿Qué te pasa? ¿Tienes hambre? —preguntó ella en camisón.

Él se giró dando un salto. 

—Me muero de hambre, mi estómago está rugiendo —dijo, observándola con deleite. No la había visto tan sexy. Ella se dio cuenta de cómo la miraba y le dijo—: Siéntate, voy a prepararte un bocadillo. 

Él se sentó sin apartar la vista de sus curvas. Ella tardó menos de diez minutos en prepararle un enorme bocata que le sirvió en un plato.

—¿Qué te ocurre? —preguntó ella al ver que la seguía mirando. Era un lobo adolescente, pero comenzaba a sentir atracción por las chicas. Entonces se dio cuenta de que ella llevaba un camisón muy sugerente. 

—¿Te gusta lo que ves? —dijo ella, acercándose sensualmente hacia él, lo que lo llevó a recular y casi caerse de la silla. Apartó la mirada de sus curvas y la miró a los ojos. Y, con un hilo de voz casi imperceptible, dijo: 

—Me ha entrado otro tipo de hambre —dijo, devorando el bocata que ella le había preparado.

Continuará...

M. D. Álvarez 

El licántropo del erial azul.

En las vastas planicies de aquel abrasador erial de arena azul crecía salvaje un adorable y encantador licántropo. Era el único que lograba subsistir en aquel clima tórrido; bebía el rocío con delicados lametazos de las escasas plantas que le brindaban su frescor mañanero.

Durante el resto del día, se refugiaba bajo las ramas de un centenario árbol de Teneré, de hojas color lila, que lo cobijaba gustosamente.

Por la noche, era hora de cazar. Se adentraba a altas horas de la noche en las arenas para aprovechar el frescor, se agazapaba en las dunas a la espera de alguna manada descarriada. Cuando estaban lo suficientemente cerca, saltaba sobre el ejemplar más fuerte, respetando a las hembras, crías y ancianos.

Aquella noche, una manada de recios zekrus se aproximó; el macho más fuerte cayó bajo las zarpas del joven licántropo.

M. D. Álvarez 

jueves, 30 de julio de 2026

Ardiente pasión.

—Cuando encienda el volcán, vas a disfrutar —dijo él con una sonrisa enigmática. 

—Sé que tienes una pasión desaforada, pero de momento no me estás calentando nada —dijo ella, como si no fuera con ella la exhibición de aquel apuesto joven. . 

Aquello lo incentivó; su cuerpo humano pugnaba por controlar al ser de fuego y pasión que crecía en su interior. Con convulsiones y contorsiones, el licántropo surgió ardiente y apasionado. 

Aquello la cautivó y cayó en sus brazos, fundiéndose como la lava derrite al hielo. Ardieron en un frenesí de sensaciones y pasiones encontradas que creían perdidas en el transcurrir de los eones.

M. D. Álvarez 

Una dosis de humildad.

—Sinceramente, no os entiendo. Me deslomó todos los días para poder enfrentarme a adversarios cuatro veces más grandes y fuertes que yo, y ni os molestáis en preguntar qué tal me fue.

Ella lo miró con curiosidad, su joven compañero que efectivamente se preocupaba de ejercitar sus músculos mientras el resto del grupo se divertía, solazándose con juegos inherentes y sin sentido. 

—Tienes toda la razón; mientras tú te pegas semejantes palizas, nosotros nos dedicamos a pasarlo bien, pues sabemos de tu capacidad de sacrificio y que siempre logras vencer a todos los adversarios. Sin nuestra colaboración, nos vendría bien una dosis de humildad. ¿Por qué no nos dejas enfrentarnos a él? —preguntó ella, para pavor de sus compañeros.

—Hecho, ahí lo tenéis —dijo él con una sonrisa suspicaz. 

Ella se quedó sorprendida, pero se levantó del sofá tirando de otro de los araganés que tenía por compañeros, haciendo que se levantaran todos y apechugaran con ella para enfrentarse a semejante mole de músculos por doquier. Aquel mastodonte los despachó con un sópapo a cada uno, incluida la chica también.

Eso lo enfureció en sobremanera y se lanzó en tromba, arrollando a semejante mastodonte, que se vio sorprendido por la capacidad de lucha de aquel joven de cabello largo e intensos ojos azules.

M. D. Álvarez 

miércoles, 29 de julio de 2026

El guardián de los dioses.

Su edad era símbolo de madurez; siempre lo habían considerado una cabra loca, pero al cumplir 28 años, algo cambió en su interior. Dejó de comportarse como un picaflor y buscó sentar la cabeza. Siempre quise entrar en el exclusivo club 48, el restaurante más exclusivo del hemisferio norte. Allí, la flor y nata de los nuevos ricos se pavoneaban con sus adquisiciones, pero él no era un nuevo rico; era un apuesto heredero de la mayor fortuna. Aunque su forma de vida era displicente y derrochadora, al entrar en el gran salón se quedó sin aire. Una escultural y arrebatadora joven pelirroja y de ojos verdes se le acercó con un cigarrillo entre los dedos y preguntó:

—¿Tienes fuego? preguntó la joven. 

—Lo siento, no fumo —respondió, dudando.  

Ella lo observó y pareció aprobar su respuesta.

—Bueno, pues no importa; además, tengo que dejar este vicio o terminaré por matarme.

La orquesta comenzaba a interpretar "Nothing’s Gonna Change My Love for You" y le pidió salir a bailar.

Era un hábil bailarín desde pequeño; su familia lo había educado como un joven ilustre..

El ritmo de la música fluía a través del salón, envolviendo a los bailarines en una sinfonía de emociones. El protagonista, con cada paso, sentía como si estuviera desenterrando una parte de sí mismo que había estado enterrada bajo años de desenfreno y lujos. La joven pelirroja, con su gracia natural y su sonrisa tímida, parecía entender algo de esto, algo que él apenas podía verbalizar.

—¿Te gustaría ir a un lugar más tranquilo? —susurró ella, sus ojos verdes brillando bajo la luz tenue del restaurante.

—Sí, con mucho gusto —respondió él, sin dudarlo.

Salieron del club lleno de gente y se dirigieron a una terraza privada, donde la vista sobre la ciudad se abría como un lienzo estrellado. La atmósfera se había vuelto más íntima, más personal.

—¿Por qué decidiste dejar de fumar? —preguntó él, curioso.

—Es una larga historia —dijo ella, mirando hacia la distancia—. —Pero creo que es mejor para mí. Y para los que amo.—¿Y qué hay de ti? —ella lo miró, y por un momento, él sintió como si pudiera ver hasta el fondo de su alma—. —¿Qué te ha llevado a buscar algo más?

—He pasado mucho tiempo viviendo para la apariencia —admitió—. —Pero ahora, creo que estoy listo para vivir para mí mismo. Para lo que realmente quiero.

La joven pelirroja sonrió, y por un instante, el protagonista sintió como si todo lo que había buscado en años se había condensado en ese pequeño gesto.

—Quizás hay algo más en este mundo que el lujo y la fama —dijo ella, su voz llena de una esperanza que le devolvió la energía.

—Quizás sí —respondió él, sintiendo una nueva brisa de posibilidades en su vida—. Todavía no me has dicho tu nombre —dijo él..

—Soy Angie O'Brien —respondió ella con aquella arrebatadora sonrisa—, ¿y tú?

—Soy Marcus Warner —respondió, besando la mano que ella le ofrecía—. ¿Te puedo llamar para quedar?

—Si es para pedirme una cita —preguntó ella, visiblemente feliz.

—Si no te parece mal.

—Claro que no, Marcus. Eres un hombre apuesto y caballeroso; me harías muy feliz.

—Entonces mañana paso a recogerte —respondió con una suave sonrisa.

Angie no pudo pegar ojo; él parecía un hombre muy formal y educado.

La esperó delante de las oficinas donde ella trabajaba. En cuanto la vio aparecer por la puerta, se acercó con una hermosa Juliet Rose de un precioso color melocotón. "Una hermosa rosa para la rosa más hermosa", dijo galantemente. Ella se ruborizó.

—Te voy a enseñar un lugar que estoy seguro te va a encantar —dijo Marcus. La acompañó a su vehículo de alta gama y preguntó: —¿Confías en mí?

—Si, dijo dubitativa; al fin y al cabo, lo había conocido la noche anterior, pero sentía que era un hombre cabal.

El trayecto fue de una hora y cuarenta y cinco minutos. Marcus condujo con pericia por senderos casi intransitables. Cuando finalmente se detuvo, estaban al pie de una gran loma de agrestes cascotes.

Él había traído un par de notas de monte y le ofreció una a ella, que rápidamente se calzó.

—Vamos, -dijo Marcus, emprendiendo la caminata.

Ella lo siguió hasta una oquedad que parecía haber sido tallada. Lo vio desaparecer y volver al percibir que ella se había quedado parada.

Ella lo siguió; al atravesar la grieta, sintió que el aire la golpeaba en el rostro. Estaba todo en penumbra, no distinguía casi nada, solo sombras. De pronto, una tenue luz que avanzaba hacia ella. Aquella luz se iba haciendo más intensa, mostrando objetos, muebles y utensilios que había en aquella habitación.

Marcus traía una linterna que le ofreció a Angie. Sus ojos azules estaban acostumbrados a la penumbra y se movía como pez en el agua dentro de aquella oscuridad.

Angie preguntó: —¿Y tú cómo descubriste este lugar?  

De pronto, Marcus accionó el interruptor y se iluminó una titánica caverna donde se hallaban objetos de todo tipo: lanzas, lámparas, cofres cuajados de joyas, utensilios varios, muebles de todo tipo, e incluso tronos. Hasta donde su vista alcanzaba, había objetos sin orden ni concierto, aunque lo que más la sorprendió fue el material del que estaban hechos. Todos y cada uno de aquellos objetos eran de oro macizo.

Marcus le condujo por aquel laberinto de elementos hasta un gigantesco trono sobre el que reposaba un magno cetro.

—¿A que no sabes a quién perteneció ese cetro? —preguntó con una sonrisa enigmática.

—Pues no tengo ni idea —respondió Angie, sorprendida.

—Es el cetro de Atenas. Se pierde la pista de este cetro cuando Teseo falleció a manos de Licómenes. Se supone que Licómenes lo robó, pero Hermes, el dios más astuto, se hizo con él y lo llevó al Olimpo, donde se lo entregó a su padre, Zeus —dijo Marcus.

Ella, sorprendida de sus conocimientos sobre historia antigua, se acercó al escabel que había frente al gran trono y se subió para poder sentarse en aquel descomunal trono.

—Marcus, la observaba con atención. ¿Qué se siente? —preguntó con cautela.

—Un hormigueo y una sensación de poder indescriptible —respondió Angie—, pero no me has dicho cómo has encontrado esta descomunal cueva.

—He de serte sincero: la descubrí cuando todavía era un niño. Era como si algo me llamara y tirara de mí hacia la colina rocosa que alberga esta cíclica gruta. Tendría 15 años cuando encontré la oquedad por la que accedimos. Seguí la voz que me llamaba hasta ese trono donde tú te has sentado. La voz era dulce y sensual. Le pregunté qué quería. La voz me dijo que necesitaba un guardián. Le dije que tan solo era un niño, pero me prometió volver cuando tuviera 18 años. Así lo hice y me mostró la sabiduría de antaño, los poderes olvidados por los hombres. Le pregunté su nombre y me respondió: —Soy la divina hija de Zeus y Metis. Atenea es mi nombre. Tú eres el heredero al trono de Teseo. Ahí tienes el cetro con el que te entronizarán, anunció la diosa ojigarza.. 

—Yo no deseo ser rey, tan solo anhelo vivir en paz y armonía, conocer a una hermosa mujer y ser padre, respondí. 

Entonces, se nuestro guardián, joven Marcus Warner, refirió a la diosa Atenea.

—Puedes mostrarte ante mí, noble diosa, pregunté.

Un fulgor abrasador comenzó a manifestarse: una diosa guerrera vestida con una túnica larga hasta los pies. Sobre su magna cabeza, un casco refulgente grabado con motivos florales, y su escudo grabado sobre la égida, la cabeza de la Gorgona Medusa y una lanza.

Marcus la observó con devoción. "Cuando cumpliera los dieciocho años, me convertiré en el guardián de esta gruta", dijo.

Angie lo miró entusiasmada; su nuevo amigo le había mostrado su lugar secreto y le dijo: —Marcus, muchas gracias por mostrarme este maravilloso enclave.

—No hay de qué, solo te voy a pedir algo: no puedes contárselo a nadie bajo pena de ser fulminada por la diosa de la guerra.

—Te doy mi palabra, no se lo diré a nadie, respondió Angie mientras bajaba del gran trono..

Marcus la guió por el camino hacia la salida del laberinto. Una vez en la entrada, la oscuridad volvió a cubrir la titánica cueva. Una vez fuera, volvieron al vehículo y regresaron a la ciudad. Marcus la invitó a cenar en el selecto restaurante del 48, donde disfrutaron de una deliciosa cena, rieron y charlaron de lo mundano y lo divino. Cuando terminaron de cenar, la acompañó a su casa; la dejó en la puerta, como buen caballero. La luna estaba esplendorosa. Marcus abría una nueva etapa en su vida. Angie era la elegida para compartir su vida. Se encaminó hacia su vehículo; la noche había refrescado, despejando los miedos de Marcus. Había elegido bien y Atenea la aprobaba. Montó en su vehículo y se perdió entre las callejuelas oscuras de la ciudad; los dioses estaban con él, su nuevo guardián de la gruta sagrada donde los antiguos héroes dejaron sus tesoros y dones otorgados por todos los dioses.

Fin

M. D. Álvarez 

La quinta ola.

Habíamos pasado tres olas de calor, a cada cual más asfixiante, pero lo peor estaba por llegar: una lengua de calor sahariana se dirigía a instalarse en la muy noble piel de toro.

​El aire, espeso y plomizo, se negaba a moverse. En las plazas, hasta las palomas habían renunciado a volar, sesteando bajo la sombra raquítica de los naranjos como figuras de yeso cansadas de existir. La radio no dejaba de repetir la misma advertencia con voz monótona: temperaturas de récord, avisos rojos derretidos sobre el mapa y el consejo inútil de evitar las horas centrales del día, como si alguien en su sano juicio tuviera el valor de poner un pie en el asfalto.
​Al atardecer, la luz adoptó un tono anaranjado y sucio, casi apocalíptico. 

No era el calor habitual del verano peninsular; era un hálito seco, cargado de un polvo fino que crujía entre los dientes y abrasaba los pulmones. La piel de toro no solo sudaba: parecía estar a punto de resquebrajarse. Y lo peor de todo es que la noche, lejos de traer el ansiado alivio, prometía convertirse en un horno a oscuras donde el sueño sería tan solo un espejismo más

M. D. Álvarez 

martes, 28 de julio de 2026

Azules

—Adoro tus ojos azules y creo que es un rasgo extraño en los de tu especie —dijo ella, observando cómo la miraba con curiosidad.

—Los de mi clase, dices. No somos tan distintos, al menos a simple vista, porque me mantienes enjaulado. ¿Acaso me temes? —dijo, arqueando la ceja.

—No puedo soltarte por tu carácter agresivo —respondió ella con calma.

—Solo soy agresivo cuando mi tótem se despierta y está a punto de hacerlo. Si crees que esta jaula te va a proteger, no me conoces.

Ella lo miró con una pizca de temor, pero estaba segura de que la jaula resistiría esa noche de luna llena.

M. D. Álvarez 

lunes, 27 de julio de 2026

Bajo las estrellas. El despertar del guerreroo.

Era el chico más duro y problemático del grupo, pero ella debió ver su potencial. En aquellos juegos de peleas, él siempre vencía a oponentes más grandes y fuertes que él. Pero en su interior tenía la fuerza del universo corriendo por sus venas; él no conocía su potencial e ignoraba que tal poder fluyera por su interior, aunque ella sí lo percibió. Sus ojos azules destelleaban en la oscuridad.

Ella se acercó a él entre la multitud, desafiante, con una sonrisa que ocultaba un secreto. 

—Sabes que no es solo suerte, ¿verdad?, susurró, mientras el chico bajaba la guardia por primera vez. Sus palabras resonaron en él como un eco perdido. 

Esa noche, bajo las estrellas parpadeantes del firmamento, algo cambió. Cada golpe que daba en la batalla ya no era solo furia ciega, sino algo más... como si sus manos obedecieran a una voz antigua 

—¿Quién eres?", preguntó él, pero ella solo se limitó a reír. 

—Alguien que ve lo que tú no.  Soy tu reflejo en el espejo del destino —respondió ella, mientras el aire vibraba con una electricidad estática que erizaba el vello de sus brazos.

De repente, el chico cerró los puños y sintió que el calor ya no era superficial; era un incendio controlado que nacía en su pecho. El suelo bajo sus pies pareció ceder levemente ante una gravedad nueva y aplastante. No era técnica, era esencia.

Él miró sus manos, donde pequeñas grietas de luz azulada comenzaban a serpentear bajo su piel. Ya no era el busca-pleitos del callejón; era el despertar de algo colosal.

M. D. Álvarez 

domingo, 26 de julio de 2026

El chambergo..

¿Qué haces con el sombrero del abuelo? —preguntó, cohibida, al ver a su primo completamente desnudo y con el sombrero cubriendo su pundonor.

—No es lo que parece —trató de decir el joven—. Era lo único que tenía a mano para cubrirme.

—Estás deshonrando el honor de la familia —respondió con melancolía.

Aquel sombrero de ala ancha con plumas rojas había conocido grandes aventuras y ahora servía para tapar las vergüenzas de su alocado primo.

—Si el abuelo levantara la cabeza, te marcaría con su espada ropera para que no tocaras su chambergo de plumas rojas —dijo con aflicción.

M. D. Álvarez 

sábado, 25 de julio de 2026

El sombrero de copa.

—¿Qué haces con el sombrero del abuelo? —preguntó Vanesa, mirando cómo Marcus sacaba el sombrero de copa de una voluminosa sombrerera.

—Intento encontrar el conejo —respondió Marcus, que sostenía el maravilloso sombrero de su abuelo sobre su cabeza. Al ponérselo, no solo vio el conejo, sino que también vio a su abuelo, que le sonreía y saludaba. Marcus se quitó el sombrero y le dijo a Vanesa: —Es un sombrero mágico —y lo dejó con cuidado reverencial. 

En el interior había una etiqueta que ponía "Harry Houdini".

M. D. Álvarez 

viernes, 24 de julio de 2026

La gorra de cazador.

¿Qué haces con el sombrero del abuelo? —preguntó con melancolía Jessica.

Adler lo miró con visible excitación; era el sombrero más famoso de la historia y había pertenecido a su abuelo, un reputado detective que había desaparecido sin dejar huella, tan solo un precioso sombrero que le fue entregado unas semanas después de su desaparición.

—Yo te encontraré, abuelo —sentenció Adler, poniéndose la gorra.

Jessica sonrió con tristeza, pero no quiso privar a su primo de un sueño imposible. Pues, como todo el mundo sabe, el único detective reputado que llevaba con orgullo tan emblemático sombrero era Sherlock Holmes, y fue un creación de Conan Doyle.

M. D. Álvarez 

jueves, 23 de julio de 2026

Y tu le consientes.

—¿Qué haces con el sombrero del abuelo? —preguntó su madre, que lo observaba perpleja al ver cómo su mozalbete se servía del sombrero de cowboy de su abuelo para imitar a los cowboys de rodeo sobre su tierno corcel, que lanzaba miradas suplicantes a la ama.

—Y tú, encima, se lo consientes —bufó ella. 

El pequeño lobo no quería defraudar a su amigo y se agachó para que el pequeño vaquero se subiera a su lomo y salió al trote, seguido por la madre.


M. D. Álvarez 

miércoles, 22 de julio de 2026

La inocencia infantil.

—¿Qué haces con el sombrero del abuelo? —preguntó horrorizada su madre al ver cómo su pequeño se colocaba aquel capirote blanco que le cubría la cara.

—No entiendo qué ven en este sombrero tan raro y que huele a humo —dijo el chiquillo, quitándoselo y arrojándolo al suelo.

—Mamá, ¿por qué el abuelo es tan raro? No le gusta que juegue con mis amigos.

—No, cielo. No le gusta que juegues con ciertos amigos.

—Pero todos somos iguales, ¿verdad? —preguntó el angelito al ver la mirada de odio en su abuelo.

—Sí, mi amor, todos somos iguales —respondió con resignación su madre, que lo estrechó con dulzura.

M. D. Álvarez

martes, 21 de julio de 2026

En bucle.

¿Qué haces con el sombrero del abuelo? La oyó preguntar antes de desaparecer engullido por aquel enigmático sombrero que lo transportó a un mundo de oscuridad y peligros. Cuando quiso regresar, el sombrero había desaparecido y, en su lugar, solo había un pozo sin fondo, lleno de las tinieblas más aterradoras que un joven guerrero no debería conocer, hasta años después, tras haber peleado en cien mil batallas. 

El tiempo en aquel lugar transcurrió muy despacio. Por eso, cuando logró regresar, se vio a sí mismo antes de ser engullido por el sombrero. No pudo impedir volver a desaparecer, pero ¿recordaría haberse visto antes de ser tragado?

M. D. Álvarez 

lunes, 20 de julio de 2026

Campeones del mundo.

Marcus, como capitán de la selección de España, se sentía eufórico y exaltado. Acababan de ganar la Copa del Mundo y, sin pensárselo dos veces, agarró a Angie y la besó con pasión.

El estadio retumbaba con una marea roja y amarilla de vítores, confeti y luces parpadeantes, pero para Marcus y Angie, el resto del mundo pareció congelarse en ese instante.

​El beso, impulsado por el sudor, la adrenalina y la euforia puramente visceral de ser campeones del mundo, duró solo unos segundos que se sintieron eternos. Cuando Marcus finalmente se separó unos centímetros, con la respiración entrecortada y una sonrisa desbordante, buscó los ojos de Angie.

​Angie, con el micrófono aún sostenido a media altura y los auriculares torcidos por la inercia del abrazo, se quedó petrificada. Sus mejillas ardían casi al mismo ritmo que la iluminación del estadio. La cámara de la televisión nacional seguía fija en ellos, proyectando sus rostros en la pantalla gigante y en los hogares de millones de personas.

​—Marcus... estamos en directo —susurró ella, intentando mantener la compostura profesional mientras una sonrisa involuntaria se le escapaba por la comisura de los labios.

​Marcus dejó escapar una carcajada limpia, con el peso del trofeo aún latente en la memoria de sus manos.

​—Me da igual, Angie. Acabamos de tocar el cielo —respondió él, tomándole el rostro con suavidad antes de darle un rápido beso en la mejilla y girarse hacia la grada, alzando los brazos para unirse al rugido colectivo de sus compañeros.

​Angie parpadeó, se colocó bien el auricular con dedos temblorosos y miró a la cámara. Su voz sonó algo más aguda de lo habitual, pero completamente viva:

​—Bueno... volvemos al estudio. España es campeona del mundo.

M. D. Álvarez 

Vimana de Visnú.

Su familia descubrió una de aquellas carrozas celestes, la de Visnú. Aquel vehículo tenía la envergadura de un edificio de 50 plantas. Lo descubrieron en una mina abandonada, en una descomunal abertura.

Los mineros huyeron asustados; el vehículo era de un material cálido al tacto. No parecía tener ventanillas ni puertas. Marcus ojeó unos grabados en un lateral de aquel vimana; se parecía al sánscrito अहं विष्णुं सेवयामि*. Descifró el grabado y lo recitó. Hubo un leve zumbido y un panel se deslizó hacia arriba. Marcus, un chico carismático e inteligente, se había formado en el Instituto Indio de Ciencias de Bangalore

Entró en el gigantesco vimana; algo lo guiaba a seguir adelante, una fuerza lo empujaba a seguir avanzando hasta llegar al centro de mando. El vimana despedía una cálida luminiscencia que, al llegar a la sala de mando, se hizo más intensa. Marcus vio un gigantesco ser de color azul que parecía dormido a los mandos de su carroza. Se aproximó y pudo comprobar que tenía clavada una माला* en su corazón. Marcus no se lo pensó y extrajo la divina Vel del pecho de Visnú. En cuanto la retiró, la herida comenzó a cerrarse y el gigante abrió los ojos, mirando al joven guerrero que sostenía el arma del dios de la guerra, Murugan.

—Di tu nombre, oh joven de alma noble —resonó la voz del dios en su mente.

—Mi nombre es Marcus, serenísima divinidad —refirió Marcus, postrándose ante el gigante.

—Levántate, noble Marcus. Tú me has despertado y liberado de la maléfica Vel. Pídeme lo que quieras —respondió el gran dios.

—No quiero nada, tan solo haber servido fielmente —respondió Marcus, alzándose.

—Lo has hecho bien. Ve y difunde mi resurgimiento —dijo el gigante, mostrando su siempre amable rostro a su humilde adepto, Marcus.

M. D. Álvarez 

Traducción de términos en sánscrito. 
अहं विष्णुं* सेवयामि।*. Yo sirvo, a Visnú. 
भाला*: Jabalina..

El sombrero del abuelo.

¿Qué haces con el sombrero del abuelo? —preguntó su madre, que lo miraba con orgullo. Su pequeño ya apuntaba maneras para sustituir a su padre.

El abuelo vio en su nieto su vivo retrato. Cuando, siendo un joven retoño, sintió la llamada de aquella capucha tan enigmática, el trabajo siempre fue sucio pero necesario, y había encontrado un relevo para servir a la guadaña.

M. D. Álvarez 

domingo, 19 de julio de 2026

Defensora a ultranza. 2da parte.

La puerta del dormitorio se cerró con un suave clic tras ellos. Sus corazones acelerados parecían latir a un mismo compás.

Ella lo miró con una mezcla de ternura y deseo, sus ojos brillando a la luz tenue de la lámpara.

—"¿Sabes cuánto me preocupan esas misiones arriesgadas?" —preguntó ella, mientras se acercaba a él, dejando que su mano recorriera suavemente su brazo.

Él suspiró, sintiendo el peso de su preocupación. —"Lo sé, pero no tengo otra opción. Ellos no se atreven a hacer nada sin mí. Si no lo hago yo, ¿quién lo hará?" 

Ella negó con la cabeza, acercándose más hasta que sus frentes casi se tocaban. —"No quiero que te pongas en peligro por ellos. Eres más valioso para mí que cualquier misión."

Él sonrió, sintiendo cómo su corazón se derretía ante sus palabras. —"Tú eres mi razón para seguir adelante. Pero no puedo dejar que se salgan con la suya."

—"Entonces hagamos un trato," propuso ella, con un brillo travieso en los ojos. "Si ellos quieren que hagas el trabajo sucio, entonces deben aprender a respetarte. Y si no lo hacen... bueno, ya sabes lo que haré."

Él levantó una ceja, intrigado. —"¿Y qué harás exactamente?"

—"Voy a asegurarme de que entiendan que no pueden aprovecharse de ti." Su sonrisa se amplió, mostrando la determinación que siempre había admirado en ella.

Antes de que pudiera responder, ella lo atrajo hacia sí y sus labios se encontraron en un beso apasionado. El mundo exterior desapareció mientras él se perdía en su dulzura y firmeza. Por un momento, todo lo que existía eran ellos dos.

Cuando finalmente se separaron, ella lo miró fijamente a los ojos. —"Y ahora te voy a compensar por lo que te han hecho padecer", dijo con ternura, empujándolo suavemente hacia la cama. Comenzó a desvestirse con dulzura y suavidad, mientras él la miraba con deleite y fascinación. Su cuerpo delicado y delicioso se exhibía con deseo. La noche fue lujuriosa y llena de delicadeza; deslizó sus dedos por su suave piel, recorriendo cálidamente sus curvas y los dulces contornos.

M. D. Álvarez 

Líneas de pasión.

La huella de la palma de su mano era la única llave de su destino. Su línea de vida era interminable, pero no era tan larga como la de su destino. Una quiromántica le vaticinó un futuro dorado y lleno de aventuras.

Su suerte cambió al ver a aquella pelirroja de ojos verdes; su corazón estalló de pasión por ella. Sería su primera y única aventura. Después de que la quiromántica le leyera la mano, sus adorables e intensos ojos verdes lo subyugaban, haciendo que se convirtiera en su más férreo y sincero protector. Al parecer, ella quería algo más que un protector y se lo dejó claro cuando se tropezó con él.

—¿Tienes prisa, guapo? —dijo, colocando su mano sobre su pecho.

No sé a qué te refieres —respondió él en un hilo de voz apenas audible.

¿Te gustaría acompañarme? —susurró ella al oído.

Su corazón latía desbocado; ella era capaz de sumirlo en un deseo pasional inextinguible. La seguiría hasta el fin del mundo si se lo pedía.

—Ven conmigo, campeón —dijo ella, tomándolo de la mano. Lo guió hasta su dormitorio.

Una vez dentro, ella lo sentó en un sillón, comenzó a besarlo y tocarlo sin que él se pudiera resistir. Su piel morena y aterciopelada hacían de él un adorable y mimoso osito de peluche. Ella siguió acariciándole y, cuando llegó a su paquete, dijo:  

—Si hubiera sabido que estabas tan bien dotado, habría empezado por tu enorme paquete."  

Él se sintió verdaderamente azorado y excitado; las manos de ella eran un verdadero placer.

Mientras sus labios se encontraban en un vaivén ardiente, él sentía que el mundo exterior se desvanecía. La pelirroja lo envolvía en un torbellino de sensaciones que nunca había experimentado. Cada roce de su piel era como un rayo, electrificando cada fibra de su ser.

—Eres increíble —susurró él entre besos, sus palabras apenas audibles por la intensidad del momento.

Ella sonrió, con una chispa traviesa en sus ojos verdes. —Y aún no has visto nada. 

Con un movimiento ágil, ella se levantó y comenzó a desabrocharse la blusa, revelando una piel suave y bronceada que parecía brillar bajo la luz tenue del dormitorio. Él se quedó boquiabierto, incapaz de apartar la vista.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó ella con una sonrisa coqueta.

—Más de lo que puedo describir —respondió él, su voz temblorosa por la mezcla de asombro y deseo.

Ella se acercó, colocándose justo frente a él y dejando que sus manos exploraran su torso. Cada caricia era un fuego que lo consumía lentamente. Él se sintió atrapado en su hechizo, incapaz de resistirse a la tentación.

—Hoy es solo el principio —dijo ella, inclinándose hacia él. Sus labios rozaron los suyos nuevamente mientras sus manos seguían explorando. —Quiero que me muestres quién eres realmente.

Él sintió cómo su corazón latía con fuerza ante la invitación. Era como si ella pudiera ver más allá de su exterior; como si supiera que había más en él que solo un simple protector. 

Con determinación renovada, tomó su mano y la guió hacia él, atrayéndola más cerca mientras sus cuerpos se fundían en un abrazo ardiente. La conexión era palpable; no era solo deseo físico, sino una mezcla de anhelos profundos y secretos aún por descubrir.

—Eres más que solo una aventura para mí —murmuró él, sus ojos fijos en los de ella.

Ella sonrió con complicidad y respondió: —Entonces hagamos de esta noche algo inolvidable.

Con esas palabras resonando entre ellos, se sumergieron en un mundo donde el tiempo no existía y donde cada caricia prometía una nueva aventura por descubrir. Los dos sabían que estaban cruzando una frontera desconocida, pero esa incertidumbre solo alimentaba su pasión.

M. D. Álvarez 

sábado, 18 de julio de 2026

Cuarta ola.

Los ríos se iban secando a ojos vista; los lagos se secaban cada vez más rápido; los acuíferos se secaban al no recibir las aguas freáticas que no llegaban tras la más larga sequía.

La naturaleza se agostaba; los peces y criaturas fluviales luchaban por sobrevivir en pequeños reductos sombríos, donde las criaturas buscaban alivio al calor abrasador y las pequeñas charcas regadas por manantiales de cristalinas aguas. 

No se sabe cuánto más lograrán subsistir, aliviados por los pequeños manantiales. Solo espero que termine pronto esta aterradora ola de calor que no para de aumentar los grados.

Mientras tanto, la tierra aguarda en silencio, conteniendo el aliento, a la espera de ese primer susurro de lluvia que devuelva el latido a su cauce.

M. D. Álvarez 

Una nueva estrella emergente.

Su último grito de guerra se lo dedicó a su esposa e hijo; por ellos lucharía hasta el final y cumpliría con su destino de ser el héroe que todos esperaban de él.

Lo único que lamento es que en su último aliento de vida fue no haberla amado más  ni haber jugado con su pequeño las veces que el chiquillo lo reclamaba.

Lo vieron alejarse hacia el combate final por ella y su hijo, su familia; a pesar del dolor que sufría por dejarlos atrás, se debía a su destino de guerrero invencible. Una vez caído, renació entre las estrellas emergentes. 

M. D. Álvarez 

viernes, 17 de julio de 2026

Me quiere tal y como soy.

La observaron de arriba a abajo, la escudriñaron hasta la saciedad. Cuando lo tuvieron todo claro, salieron de la habitación y fueron a buscarlo. Lo encontraron entrenando; al verlo llegar, percibió un rictus de desaprobación en el rostro de sus amigos.

—Esa chica no te conviene —dijo Alister.

—Es demasiado explosiva y ardiente —refirió Edwin.

—No es tu tipo —sentenció Orweng.

Él conocía las envidias que ella despertaría en sus conocidos y dijo: —Me da igual lo que penséis de ella, yo la quiero y me hace feliz, atajó Marcus, secándose el sudor. —Además, ella me quiere tal como soy.

M. D. Álvarez 

El saludo del abismo.

En aquella buhardilla nunca nos faltaron la cerveza ni Bukowski  sus poemas melancólicos, oscuros y tristes que compartía con un grupo de amigos. Entre ellos, el editor John Martin que creyó en él; y Frances Smith, la madre de su hija, con quien no siempre se llevo bien 

​Se reunían al calor de una chimenea, entre manuscritos desordenados y el humo de los cigarrillos. 

Discutían sobre la poesía y cómo la veían morir. Bukowski, dijo: —No veré tal cambio en la poesía. La muerte me persigue y temo que me alcance en breve.
—¿Por qué dices eso? —preguntó Frances.

​—Porque he visto el abismo. Y él me ha saludado.

M. D. Álvarez 

jueves, 16 de julio de 2026

intensidad.

Con aquella camiseta tan ajustada de los Chicago bulls y aquellos vaqueros viejos que le sentaban tan bien era el chico más atento cortés y educado  sería un buen partido para cualquier chica pero solo había una que lo seguía a todas  partes un día la sorprendió observándolo desde el otro lado de la calle mientras el tomaba un capuchino en la cafetería de enfrente al terminar salió por la puerta trasera tenía curiosidad por la chica que lo observaba desde el otro lado de la calle .

¿Algo interesante? Preguntó él sorprendiendola por la espalda.

Ella se sobresalto al oírlo dando un respingo se giró encontrándoselo a menos de dos centímetros. A ella casi le da un infarto aquellos deslumbrantes ojos azules que la miraban entre divertido y juguetón.

Ella tartamudeó un poco, tratando de encontrar las palabras adecuadas. 

—Eh, estaba... admirando tu estilo —dijo, sonrojándose. 

Él sonrió con confianza, acercándose un paso más. 

—Gracias. No sabía que tenía una fan —respondió, arqueando una ceja. 

Ella se rió nerviosamente, sintiendo cómo la tensión se desvanecía. 

—Soy más bien una observadora —confesó, sintiéndose audaz. 

Él se inclinó un poco, con un brillo travieso en sus ojos. 

—Entonces, ¿qué observas de mí? 

El corazón de ella latía con fuerza mientras se preguntaba si debía arriesgarse a ser sincera. En ese instante, todo parecía posible.

Ella tomó aire, dándose valor. 

—Que tienes un estilo único y que pareces divertido —respondió, sonriendo. 

Él la miró con interés, como si cada palabra fuera un pequeño tesoro. 

—¿Te gustaría descubrirlo en persona? —preguntó, señalando el coche estacionado cerca. 

Ella no podía creer lo que escuchaba. 

—¿Un paseo? 

Él asintió, su sonrisa se amplió. 

Sin pensarlo dos veces, ella aceptó. Se subieron al coche y él encendió el motor. Mientras recorrían las calles, la risa y la música llenaron el aire. En ese momento, ambos entendieron que esta era solo el inicio de una hermosa historia juntos.

M. D. Álvarez!

El. manso corderito. 3ra parte.

El VETE arañado en el suelo le quemaba los ojos. No era una sugerencia; era una orden desgarrada, el último acto de lucidez de una mente consumida por la bestia. Un hombre que, incluso en el borde del abismo, intentaba empujarla a la seguridad.

Angie no se movió.

Observó los vidrios rotos, el marco de la ventana destrozado, la oscuridad del jardín que se tragaba todo rastro. El aire frío de la noche entraba a ráfagas, secando las lágrimas que solo ahora notaba en su rostro. Tocó el pequeño corte en su mejilla. No era profundo. Un accidente, pensó. O una advertencia deliberadamente leve.

Su mirada cayó en la Glock, abandonada e inocua en el suelo de madera. La promesa resonó en su cabeza: "Si ves que cuando salga la luna llena mi cuerpo se convierte... apunta aquí y dispara."

No. Ella no había visto a una bestia. Había visto a Marcus luchando contra una bestia. Había visto el destello de él en aquellos ojos amarillos. Había sentido cómo se detenía. Lo que salió por la ventana no fue un monstruo hambriento de sangre, sino una criatura ahuyentada por su propio miedo a hacerle daño.

La decisión se concretó en su pecho, fría y clara como el cristal roto a sus pies. No podía irse. No después de eso.

Sin pensarlo dos veces, agarró una chaqueta gruesa de Marcus de la percha—olía a él, a café y a madera—y se la puso. Cambió sus pantuflas por unas botas resistentes. De la cocina, tomó una linterna potente y el cuchillo de carnicero más grande, cuyo peso le resultó grotesco y reconfortante al mismo tiempo. Dudó un instante frente al arma en el suelo. La recogió. La dejó en la mesita de la entrada. No la cargaría. No iba a cazarlo. Iba a encontrarlo.

El jardín era un reino de sombras danzantes. La luna, casi llena, lo bañaba todo en una luz plateada y engañosa. No hubo que buscar mucho: un rastro de ramas quebradas y tierra removida se adentraba en el bosque que lindaba con su propiedad. Marcus siempre había dicho que esos bosques eran antiguos, profundos. Un lugar donde perderse.

Angie adentró sus pasos en la negrura, la linterna cortando un camino tembloroso. Cada ruido—el crujido de una rama, el ulular lejano de un búho—la hacía saltar. Pero el miedo a lo que había allá fuera era menor que el terror que sentía por lo que podía estar sufriendo él. "Marcus!" llamó, primero en un susurro, luego con más fuerza. "¡Marcus, soy yo! ¡Angie!"

Solo el bosque respondió.

Siguió el rastro de destrucción: un tronco joven partido por la mitad, zarzas desgarradas como si un tractor las hubiera arrollado. Y luego, manchas oscuras en la hojarasca. Se agachó, tocó con los dedos. Húmedo. Oscuro. Sangre. No mucha, pero era suya. Se había herido al saltar por la ventana.

El corazón le dio un vuelco. "Marcus, por favor..." suplicó, avanzando más rápido.

El rastro la llevó a un claro. Y allí, bajo la luz directa de la luna, lo vio.

La criatura estaba acurrucada junto al tronco caído de un roble viejo. Era enorme, cubierta de un pelaje hirsuto y oscuro, con los hombros convulsivos por cada jadeo. Una de sus patas delanteras—sus brazos—sangraba por un corte profundo. Al escuchar su acercamiento, alzó la cabeza.

Los ojos amarillos la encontraron. Esta vez, no hubo furia ciega. Había dolor. Una fatiga infinita. Y un profundo, abismal horror.

Angie detuvo su marcha a diez metros de distancia. Dejó que la linterna iluminara el suelo entre ellos, no su rostro. Bajó el cuchillo, dejándolo a un lado.

—Ya está —dijo, con una calma que no sentía—. Ya pasó. Te encontré.

La bestia emitió un gruñido bajo, una vibración de advertencia que sonaba más a queja. Retrocedió, arrastrándose contra el árbol, como si quisiera fundirse con la madera para desaparecer.

—No me voy a ir, Marcus —continuó ella, dando un paso lento, deliberado—. Me pediste que prometiera dispararte. Prometí. Pero no prometí abandonarte. Y no lo haré.

Otro paso. La criatura tensó todos sus músculos. Angie podía ver ahora los detalles: las manos que ya no eran del todo garras, sino una grotesca fusión de dedos humanos y uñas negras; la boca contraída en un rictus que mostraba colmillos, pero también la línea de los labios que ella había besado miles de veces.

—Esa noche en la cocina —dijo, su voz ganando fuerza con el recuerdo—, el día que me propusiste matrimonio, estabas tan nervioso que quemaste las tostadas. La casa se llenó de humo y tú solo podías decir "lo siento, lo siento, lo arruiné todo". —Una lágrima cálida le resbaló por la mejilla, mezclándose con la sangre seca—. No lo arruinaste. Y esto no lo está arruinando.

Estaba a tan solo tres metros. Podía oler el sudor feral, la tierra, la sangre. Podía ver cómo los ojos de la bestia se entrecerraban, confundidos, como si lucharan por entender el lenguaje a través de una niebla de instinto.

—Te quiero —susurró Angie, deteniéndose finalmente. Extendió una mano, vacía, con la palma hacia arriba. Un gesto universal de paz. De entrega. —Te quiero a ti. A todo tú. Vuelve a casa.

Durante un instante eterno, nada se movió. Solo el viento en las hojas y el jadeo angustiado de la bestia. Luego, un temblor violento la recorrió de la cabeza a los pies. Emitió un sonido desgarrador, un aullido que comenzó como un rugido y terminó como un grito humano de agonía.

Angie vio cómo la masa de músculo y pelo parecía contraerse, cómo la columna vertebral se retorcía con un sonido nauseabundo de huesos recolocándose. El pelaje se iba retrayendo como una ilusión, la figura se hacía más pequeña, más delgada.

Y allí, desnudo, temblando de frío y de dolor, cubierto de moretones y del corte sangrante en el brazo, estaba Marcus. Arrodillado en la hojarasca, con la cabeza gacha, los hombros sacudidos por sollozos silenciosos.

Angie no corrió. Caminó hasta él, se arrodilló y envolvió su cuerpo tembloroso con la chaqueta grande que olía a él. Él se estremeció al contacto, pero no se apartó. Al contrario, se hundió en su abrazo como un náufrago.

—Lo siento —logró articular entre dientes castañeantes—. Lo siento, Angie, te dije que te fueras...

—Shhh —acalló ella, acariciándole el cabello empapado de sudor—. Ya está. Estoy aquí. Te traje a casa.

Y así, bajo la luna que había desatado al lobo, fue el amor, no la bala, lo que encontró su camino hasta el corazón de la bestia.

M. D. Álvarez 

miércoles, 15 de julio de 2026

El manso corderito. 2da parte.

La Glock 43X, fría y angular, descansó en el cajón de la mesilla de noche, como un secreto a medias entre ellos. Angie la tocaba a veces, solo para sentir el peso de la promesa que había hecho. Marcus, por su parte, se volvió más vigilante. Contaba los días en un calendario lunar que solo él entendía.

Las noches de luna creciente eran las peores. Marcus inventaba viajes de trabajo, reuniones intempestivas. Angie oía sus pasos inquietos en el piso de arriba, el runrún de la televisión a las tres de la madrugada. A veces, al abrazarlo, sentía sus músculos tensos como cuerdas a punto de reventar.

—Solo son pesadillas —murmuraba él, besando su frente—. Cosas de la infancia.

Pero una noche, con la luna llena a dos jornadas, Marcus no pudo fingir. Se encerró en el sótano, como solía hacer antes de conocerla. Angie, desde el otro lado de la puerta, oyó un quejido profundo, un sonido que no era humano: un crujido de huesos, un gruñido ahogado. Golpeó la puerta.

—¡Marcus! ¡Ábreme!

La única respuesta fue un arañazo largo y lento contra la madera, desde abajo. Como si una bestia se estuviera erguiendo.

Angie corrió escaleras arriba, el corazón desbocado. No pensó. Abrió el cajón. La pistola pesaba menos ahora, o quizás era su mano la que pesaba más. Volvió al sótano, la respiración entrecortada. Los gruñidos eran más fuertes, la puerta temblaba en su marco.

«Si ves que cuando salga la luna llena mi cuerpo se convierte en una aterradora bestia, apunta aquí y dispara».

La puerta cedió.

No fue una explosión de madera, sino un quebranto lento. La figura que emergió a la penumbra del pasillo no era el Marcus alto y desgarbado que ella amaba. Era más grande, encorvado. Los ojos reflejaban la tenue luz del pasillo con un brillo amarillo y líquido. La respiración era un resuello ronco.

Angie alzó la pistola. Las manos le temblaban. El cañón dibujaba pequeños círculos en el aire, buscando el corazón de la sombra que avanzaba.

—Marcus —susurró, una última súplica.

La bestia emitió un sonido que podría haber sido un sollozo o un rugido. Dio un paso más. Su aliento, cálido y con olor a cobre, le llegó al rostro.

Angie cerró los ojos.

Pero no apretó el gatillo.

En lugar de eso, recordó. Recordó al "manso orderito" que le preparaba el desayuno los domingos, al hombre que lloraba con las películas tontas, a la persona que le había entregado su destrucción por miedo a hacerle daño. Recordó sus palabras: "Tu forma de ser es lo que me enamoró de ti".

Abrió los ojos. El monstruo estaba a un paso, su mano —¿era una mano?— alzada. Pero en esos ojos amarillos, detrás del velo de furia y dolor, Angie creyó ver un destello. Un destello de él.

Bajó el arma, lentamente, hasta dejarla a un lado en el suelo.

—No —dijo, su voz tan firme que a ella misma la sorprendió—. No te voy a matar, Marcus. Te voy a esperar.

La bestia se detuvo. Un temblor la recorrió, como si dos naturalezas lucharan dentro de aquel cuerpo deforme. Emitió un gemido de agonía, se llevó las garras a la cabeza y, de un salto sobrenatural, se lanzó por la ventana del pasillo, rompiendo cristales y madera, desapareciendo en la oscuridad del jardín.

Angie se quedó temblando, rodeada de silencio y vidrios rotos. Algo mojado y cálido le resbaló por la mejilla. No era una lágrima. Al pasar un dedo, vio que era sangre. Un fino corte del cristal, quizás. O quizás el roce de una garra que había estado a centímetros de su garganta y que, en el último instante, se había retraído.

Abajo, en el suelo, junto a la pistola descargada, una sola palabra, arañada con fuerza en la madera del suelo, como si hubiera sido escrita con una uña bestial o con la desesperación de un hombre:

VETE.

Continuará...

M. D. Álvarez 

El manso corderito.

En previsión de futuros peligros, él se hizo con una Glock 43X, con un cargador de 10 balas y una en la recámara, y se la entregó a ella. Él la miró y preguntó: "¿Para qué es esto?"

—Por si algún día se desata el lobo que habita en mí y quiere herirte —respondió él, evitando mirarla a los ojos, como si temiera que percibiera que le estaba ocultando la verdad.

Las anteriores transformaciones las había sufrido solo en el sótano, pero ahora la tenía a ella, su preciosa Angie.

Pero ella no supo o no quiso pillar la indirecta y dijo: "Lobo, tú, pero si eres un manso orderito", susurró al oído.

—Angie, sabes que te quiero más que a la vida misma. Cógela y si ves que cuando salga la luna llena mi cuerpo se convierte en una aterradora bestia, apunta aquí —dijo, señalando su corazón— y dispara, porque si te hiciera daño, la vida no tendría sentido para mí.

—Pero Marcus, tu corazón es grande y noble, y no creo en supercherías de esas —susurró, cabizbajo.

—Angie, te lo estoy diciendo en serio. Prométeme que lo harás —suplicó Marcus.

—Está bien, si ese animal que llevas dentro osa salir, lo haré, pero no creo que seas un monstruo; todo lo contrario, tu forma de ser es lo que me enamoró de ti —dijo Angie en voz baja. Creía conocer a Marcus, todos sus vacíos y bondades; nunca lo habría tachado de monstruo, pero lo amaba y aceptaría aquel arma que él le ofrecía.

Continuará...

M. D. Álvarez 

martes, 14 de julio de 2026

¿Por qué no me lo dijiste?.

Número de caso 001
Número archivo: 1
Número de registro: 0


Víctor, cuando perdió a su esposa a manos de uno de los peores asesinos en serie, se encerró en su despacho, sumido en un dolor inenarrable. Su furia se desató cuando, accidentalmente, rompió el jarrón favorito de su difunta esposa, Raquel. Golpeó la pared de su despacho, abriendo un boquete. Lo que descubrió fue que tras la pared había una puerta con una cerradura alfanumérica con un código de treinta y cinco caracteres perteneciente a su esposa, quien nunca le comentó nada sobre habitaciones secretas. ¿Por qué lo había ocultado? Era todo un misterio y necesitaba descubrir qué había tras la pared y, sobre todo, el porqué se lo había ocultado Raquel.

Víctor se quedó parado ante el teclado, que despedía una luz de un azul cerúleo que parpadeaba insistentemente. Treinta y cinco espacios vacíos lo llamaban, pero él no tenía las respuestas todavía. Sin embargo, le debía a Raquel el beneficio de la duda; hasta no atravesar esa puerta, no sabría por qué se lo había ocultado. Hizo memoria: Raquel, siempre que quería encontrar inspiración, cogía la vieja Biblia y buscaba consuelo en sus páginas. La última semana, su angustia iba en aumento y las horas se perdían entre las antiguas escrituras. Pero el día antes de ser asesinada, Raquel le sorprendió con una cita del Nuevo Testamento que Víctor no lograba recordar. 

¿Sería aquella cita la clave de acceso? Ella siempre lograba amasar su instinto primario y visceral, así que se sentó en el sillón favorito de Raquel e intentó recordar aquella cita que tanto le sorprendió. Fue antes de que él saliera a indagar algo que ocurrió en el parque; era como si ella hubiera presentido su muerte y lo preparara para el hallazgo tras la desesperación y la furia inicial. Ella lo amaba con tal devoción que sabía que, sin ella, él se sentiría perdido y sin rumbo. Por eso, le ofreció un nuevo reto para calmar su furia inicial, encaminándolo hacia un destino todavía por desvelar.

"¿Qué me dijiste antes de salir?" preguntó al aire, como si ella siguiera ahí. Víctor recordó que dos días antes Raquel puso su taza de café sobre una página específica, dejando una leve marca sobre un versículo específico. Así que recogió la Biblia de la estantería donde ella la colocó y abrió el grueso ejemplar, hojeando, buscando. Era como buscar una aguja en un pajar, pero a concienzudo no le ganaba nadie. Por fin, allí estaba la leve marca de café. Leyó..
 Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.

Aquello no sonaba a nada de lo que Raquel le había dicho, y fue ahí donde se dio cuenta de que Raquel era muy dada a reinterpretar las escrituras, dándoles su toque personal. "Raquel, tú eres y serás mi guía en esta y en la otra vida", pensó Víctor. Se dirigió al teclado y tecleó: "Solo los mansos pasarán" Mateo 5:5. El último símbolo no podía ser menos que la inicial de su esposa: R.

Escuchó un "clack" firme, seco, contundente y metálico. La puerta se abrió, la oscuridad lo envolvió, buscó el interruptor y dio la luz. Ante él había un gran portal trasdimensional que lo lanzaría como un dardo demoledor.


Cruzó el umbral y el portal rugió. No era un refugio, sino un arsenal de tecnología imposible. En el centro, una pantalla   el rostro de Raquel lo obsevaba 

—Víctor, el asesino no es humano. Comprendió que su duelo terminaba y que su cacería interdimensional, impulsada por un amor eterno, apenas comenzaba.

M. D. Álvarez 

Llave de carraca. 2da parte.

A medida que el sol comenzaba a ponerse, llenando el taller de tonos dorados, ella se dio cuenta de que había encontrado algo más que un pasatiempo en aquel Camaro. Mientras limpiaban las últimas partes del motor, sus manos se rozaron y ambos se detuvieron, mirándose a los ojos.

—¿Te gustaría dar una vuelta algún día? —preguntó él, con una sonrisa esperanzada.

—Solo si prometes enseñarme a manejar —respondió ella, riendo suavemente.

Él estaba gratamente sorprendido al encontrar una chica que sabía diferenciar entre una llave inglesa, una de carraca y que no le importara ensuciarse con grasa.

La risa se convirtió en complicidad y, en ese instante, supieron que esta era solo la primera de muchas aventuras juntos.

M. D. Álvarez 

lunes, 13 de julio de 2026

A topetazos.

Él era un cabraloca, siempre dándose de topetazos con sus amigos, hasta que un día se cruzó en su camino una preciosa mujer. No fue un encuentro elegante: él venía lanzado, ella venía distraída, y el choque fue tan sonoro que hasta un perro cercano levantó la cabeza, ofendido por el estruendo.

—Ay, perdón… —balbuceó él, frotándose la frente.  

—No pasa nada —respondió ella, aunque también se frotaba el hombro—. Pero… ¿siempre saludas así?

Él abrió la boca para contestar, pero no encontró palabras. No porque estuviera avergonzado —eso le duraba poco—, sino porque había algo en ella que lo dejó sin su habitual desparpajo. Una calma. Una luz. Una forma de mirarlo como si lo viera entero, incluso las partes que él mismo no entendía.

—No… —dijo al fin—. Solo cuando la persona lo merece.

Ella sonrió. Y él sintió, por primera vez en su vida, que quizá había encontrado a alguien capaz de detenerlo sin necesidad de topetazo.

M. D. Álvarez 

La tercera ola de calor

Marcus disfrutaba de un baño de hielo tras entrenar al máximo. A una temperatura de 50 grados, necesitaba desentumecerse, y aquellas temperaturas no eran normales. Además, íbamos en aumento; cada año subían más las temperaturas. ¿Cómo continuaremos sin hacer algo? La tierra se convertiría en un yermo desierto.

Marcus sumergió la cabeza un par de segundos, buscando en el fondo de la bañera un eco de silencio que borrara el zumbido constante de los aires acondicionados de la ciudad. Al salir a la superficie, el contraste entre el agua helada y el aire denso del baño casi le hizo perder el aliento.

Su compañera Angie se encontraba en la cinta de correr, sudando. Al verlo salir, detuvo la cinta, se puso una toalla al cuello y se dirigió a su lado. ¿Qué tal el baño? ¿Estás mejor?

—Desde luego, más relajado. Lo único que me voy a dejar es el sueldo en hielo.

—Solo a ti se te ocurre entrenar fuera y a pleno sol —susurró al oído de Marcus.

​Él esbozó una sonrisa cansada, aunque la verdad detrás de la broma de Angie era sombría. Entrenar en el exterior a mediodía se había convertido en una ruleta rusa, un desafío directo a un clima que ya no perdonaba errores.

​—Alguien tiene que mantener el hábito —respondió Marcus, pasándose una mano por el pelo empapado—. Si nos encerramos para siempre entre muros de hormigón y aire acondicionado, la Tierra habrá ganado la partida antes de tiempo. Además, el cuerpo se debilita si solo conoce los 21 grados artificiales.
Angie se apoyó en el marco de la puerta, observando cómo los últimos bloques de hielo flotaban desganados en el agua, perdiendo la batalla contra el vaho pesado del baño. Su expresión se volvió seria, despojándose de la ironía de hace un momento.

​—Ya no es cuestión de debilidad, Marcus, es física pura. Cincuenta grados destrozan las proteínas de tus músculos, colapsan tus órganos. Hoy has tenido suerte, pero la semana que viene la previsión dice que entraremos en la fase crítica de la tercera ola. No habrá hielo en los supermercados, ni siquiera para los que puedan pagarlo.

​Marcus salió de la bañera, sintiendo cómo el aire caliente de la casa empezaba a evaporar instantáneamente el agua de su piel. Miró a Angie a los ojos; el sudor de la cinta de correr aún brillaba en su frente, reflejando la cruda realidad que ambos compartían. No eran solo dos atletas resistiendo al verano; eran dos supervivientes viendo cómo el mundo se secaba a su alrededor.

​—Entonces —dijo Marcus, bajando la voz mientras se envolvía en una toalla—, tenemos que acelerar el plan. Si la ciudad va a colapsar en la fase crítica, no podemos quedarnos a esperar el apagón.

​Angie asintió lentamente, y con un gesto sutil, señaló hacia la ventana del salón, donde las luces de los edificios gubernamentales parpadeaban en el horizonte de la tarde.

Continuará...

M. D. Álvarez 

domingo, 12 de julio de 2026

Brutote y amoroso.

En aquella tapetía entre empanadilla y empanadilla, su afecto fue creciendo; cada bocado que ella le ofrecía era una satisfacción para aquel fiero lobo de compañía. Ella lo adoptó a pesar de que le advirtieron de que tenía muy mal carácter. 

"Mal carácter, tú, brabucón", decía mientras rascaba su barriga. No sabía cómo lo conseguía, pero en cuanto comenzaba a rascarle, él se tumbaba dócilmente patas arriba para que ella lo acariciara. "Si es que eres un amor", decía con ternura. 

Él dormía a los pies de su cama como un fiero guardián; no permitía que ningún desaprensivo se colara en su dormitorio si ella no daba el visto bueno. Si no lo hacía, ya podían salir corriendo o se llevarían un buen mordisco en las posaderas. 

"Si es que eres un brutote, pero te quiero", terciaba cada vez que venía con un girón de tela en la boca.

M. D.  Álvarez 

Jungla de amor.

En aquella jungla plagada de bichos y con una humedad sofocante, que empapaba como si lloviera a mares, se guardaba un aterrador secreto. La criatura amada por la bella Selene vagaba aullando de pasión por su húmedo vergel, hasta que su amada se dignó a aparecer en el cielo para bañar su dorada piel con sus rayos de luz plateada, haciendo que sugiriera a su amado licántropo.

El hermoso hombre lobo aullaba de placer al ver descender a la bella Selene, que con níveos brazos lo abrazaba mientras besaba con dulzura su peludo y musculado torso.

La luz de Selene no solo iluminaba la oscuridad de la jungla, sino que también transformaba al licántropo, suavizando la ferocidad de sus ojos dorados y revelando la profunda ternura que guardaba para su amada. Sus aullidos, antes de anhelo y melancolía, se volvieron ahora susurros roncos de devoción.

Mientras los efluvios de la selva se hacían más intensos con la noche, ellos se entregaban a su ritual. Selene, etérea y luminosa, se fundía con la forma lobuna de su amante, sus cuerpos entrelazándose bajo el dosel espeso de las hojas. 

La piel plateada de ella contrastaba con el pelaje oscuro y espeso de él, una unión de lo celestial y lo salvaje. En ese abrazo, el secreto aterrador de la jungla parecía desvanecerse, reemplazado por la magia de su amor, un amor tan antiguo como la luna misma y tan primario como el latido del corazón de la bestia.

M. D. Álvarez 

sábado, 11 de julio de 2026

Rangwali Holi II parte

A pesar de las risas de Angie, el orgullo de Marcus estaba herido. Un licántropo alfa, heredero de la noche y el terror, no podía ir por ahí oliendo a lavanda y luciendo como un algodón de azúcar de feria. Intentó sacudirse en el baño del Radisson, pero el polvo Gulal se había adherido a su denso pelaje vantablack con una lealtad exasperante. Solo consiguió crear una tormenta de purpurina rosa sobre las toallas blancas del hotel.

​—Estás ideal, de verdad —insistió Angie, limpiándose una lágrima de risa mientras le ponía un collar de caléndulas que había recogido en el vestíbulo—. Míralo por el lado bueno: los encapuchados visten de negro riguroso. En el centro de Vrindavan, hoy eso es como llevar una diana fluorescente. Tú, en cambio, eres el camuflaje perfecto.

​Marcus gruñó, un sonido que pretendía ser amenazante pero que, con las orejas teñidas de amarillo chillón y el lomo azul turquesa, sonó casi tierno. 

Sin embargo, Angie tenía razón. La célula del mal —una escisión fanática que pretendía utilizar la energía mística del festival para un ritual oscuro— destacaba demasiado en la paleta de colores de la ciudad.

​Minutos después, Marcus regresaba al epicentro de la fiesta. La marea humana bailaba al ritmo de los tambores dhol. El aire era una densa niebla de pigmentos flotantes.

​Y entonces los vio.

​El grupo de encapuchados se abría paso con brusquedad hacia el templo de Banke Bihari, ajenos a la alegría general. Llevaban un extraño artefacto de bronce oculto a medias bajo una túnica. Pretendían boicotear la celebración.

​Marcus no lo dudó. Dejó salir sus garras, pero no adoptó su postura de ataque habitual; en su lugar, se mezcló con un grupo de jóvenes locales que saltaban frenéticamente. Avanzó bailando, integrándose en la locura cromática. Un turista despistado incluso le dio una palmada en el lomo, gritando "¡Holi Hai!", pensando que era un animador con un disfraz hiperrealista de lobo.

​Cuando estuvo a escasos dos metros del líder de los encapuchados, el villano por fin se giró, alertado por un gruñido que no encajaba con la música de los tambores.

​Lo que el fanático vio no fue a la temida bestia de las sombras. Vio a un monstruo de dos metros de altura, con ojos de un intenso azules , colmillos afilados como cuchillas... y un pelaje que parecía un arcoíris psicodélico que brillaba bajo el sol de la India.

​El líder pestañeó, completamente descolocado.

​—¿Qué demonios...? —alcanzó a balbucir.

​—Feliz Holi —susurró Marcus con voz de ultratumba.

​Antes de que la célula pudiera reaccionar o activar el artefacto, el licántropo arcoíris cayó sobre ellos como un torbellino.

M. D. Álvarez 


Rangwali Holi.

En la ciudad de Vrindavan, donde Marcus había localizado una célula del mal, estaban de celebración. Celebraban la famosa batalla de los colores, también conocida como Rangwali Holi. Debía encontrar a Angie antes de que la población en masa saliera de sus casas, cargada de polvos de colores y agua. Marcus sabía que, si lo pillaban en medio de la aglomeración, no podría desarticular el corpúsculo malvado que se había instalado en la sagrada ciudad de Vrindavan.

Había dejado a Angie en el Hotel Radisson, descansando tras una larga noche de festejos. Se dirigía al centro neurálgico de la ciudad; faltaban apenas cinco minutos para dar comienzo a la mayor fiesta del calendario hindú. 

Si no se daba prisa, lo atraparía entre la multitud. Vislumbró un grupo de encapuchados vestidos de negro y se fue hacia ellos. En aquel momento, fue bombardeado con polvos de colores; había dado comienzo la fiesta de Holí, pero no podía dejarlos escapar y dejó salir al licántropo que llevaba dentro. Los que lo rodeaban ni se inmutaron y siguieron lanzando polvos de colores. 

El pobre Marcus se tuvo que retirar y, al llegar al hotel, descubrió que Angie lo encontraba adorable. Su pelaje negro, como el vantablack, estaba teñido de vivos colores que le daban un tierno aspecto de lobito arcoíris.

Continuará...

M. D. Álvarez 


viernes, 10 de julio de 2026

Psíthyros.

Ya está aquí otra vez la corriente de aire. La juventud de ella la convertía en una ráfaga cálida, no como sus hermanos, que se habían convertido en tempestuosos huracanes y fieros tifones.

Ella era más dulce y delicada que ellos; así la originó su padre, el rey de los vientos, Eolo, quien había puesto especial cuidado en aquella sensible y susurrante corriente, que recibiría el sugerente nombre de Psíthyros. 

Fue concebida con la ninfa Egle del Anteparaíso, quien quiso conocer al padre de los vientos que asomaban a su reino. Al verlo tan encantador, quedó prendada de él; y tras una noche de pasión, nació la pequeña Psíthyros.

M. D. Álvarez.

El origen la la zarzamora.

Yarilo era el dios eslavo de la fertilidad que deambulaba por las tierras de la gran madre Escitia, una región cuajada de pueblos guerreros y bellas doncellas de ardiente sangre. Esta es la historia de una de ellas; su nombre era Zlatica, quien, tras pasar el día cazando, se relajó en una hermosa laguna bañada por el cálido sol. Yarilo acertó a pasar por aquel lugar justo cuando la bella Zlatica se bañaba desnuda.

La observó desde el linde de un bosquecillo de abedules. Ella se percató del apuesto mancebo sin saber que aquel gallardo ser era el dios de la primavera.

Sin ningún pudor, salió de la laguna dirigiéndose hacia donde se encontraba Yarilo, que ardía en deseos de poseerla. El encuentro, breve pero tan intenso como el estío, dejó en la joven una huella imborrable; sin embargo, al ver al dios partir hacia el sur, la joven Zlatica quedó apesadumbrada.

Yarilo, conmovido por la profunda tristeza de la joven, la transformó en una hermosa zarzamora para que su amor perdurara en la tierra, otorgando a sus frutos el color morado como símbolo sagrado.

M. D. Álvarez 

jueves, 9 de julio de 2026

La brisa invernal.

Ya está aquí otra vez la corriente de aire y, con el frío invernal, no me extrañaría que pillara una buena pulmonía. Bueno era yo, para pillar los catarros, neumonías y pulmonías ajenas; para eso soy un tiarrón del norte, para que todos los males recaigan sobre mí y dejen en paz a mis amores. No iba a dejar que aquella nimia brisa, aunque invernal, se colara aviesa en dirección a ellas.

M. D. Álvarez 

Kyparíssis, el hermoso ciprés.

¿Qué me diríais si os digo que el porte, la altura y la frondosidad del ciprés se deben al amor de Apolo hacia una hermosa humana llamada Kyparíssis? 

Un buen día, Apolo transitaba por los cielos y vislumbró a la joven doncella disfrutando de un baño de sol. Se enamoró a primera vista, descendió de los cielos en su magnífico carro celestial y yació con ella, tras de lo cual la abandonó. 

Ella, al verse ultrajada y mancillada, lloró desconsolada la pérdida de su amado. El joven Apolo, arrepentido, la convirtió en un hermoso ciprés.​ Las hojas se tiñeron de un verde oscuro, perenne y sombrío, reflejo eterno del luto que inundó su alma herida.

M. D. Álvarez 

miércoles, 8 de julio de 2026

Las faldas al viento.

Ya está aquí otra vez la corriente de aire. Rugió feliz uno de los mozos. Aquella corriente era un espectáculo, como soplaba, alzando las faldas de las jovencitas que, con recato, trataban de cubrir sus braguitas. 

Los jóvenes imberbes disfrutaban del espectáculo, haciendo jarana y jolgorio ante el estupor de los mayores, que, con torva mirada, les increpaban que dejaran de festejar tales divertimentos o serían castigados por el guardián de las corrientes de aire.

M. D. Álvarez 

martes, 7 de julio de 2026

La llegada del invierno.

Ya está aquí otra vez la corriente de aire; ya regresaba el azaroso invierno con sus rachas carabáticas, el mismo en el que él regresaría con los fríos polares. 

Oyó el trineo tirado por los 20 huskies siberianos que ladraban alegres bajo el mando de su dueño. 

Las noches siguientes en el iglú fueron ardientes y pasionales. A la semana de su regreso, él volvió a partir con la algarabía de sus huskies, que veloces lo trasladaron al gélido norte, dejándola a ella esperando con el corazón ardiente.

M. D. Álvarez 

lunes, 6 de julio de 2026

Cabalgando las corrientes.

Ya está aquí otra vez la corriente de aire. Si no te agarras fuerte, te arrastrará al subir, cogiendo fuerza por el acantilado, ascendiendo como una manada de caballos desbocados. 

Cuando la percibas en el rostro, entonces es cuando tienes que saltar y abrir tus alas; ellas te transportarán por las corrientes que surcan los cielos. 

El águila imperial alzó el vuelo al sentir la corriente. El polluelo lo siguió; le costó, pero logró dominar las corrientes tras su padre.

M. D. Álvarez