—Sinceramente, no os entiendo. Me deslomó todos los días para poder enfrentarme a adversarios cuatro veces más grandes y fuertes que yo, y ni os molestáis en preguntar qué tal me fue.
Ella lo miró con curiosidad, su joven compañero que efectivamente se preocupaba de ejercitar sus músculos mientras el resto del grupo se divertía, solazándose con juegos inherentes y sin sentido.
—Tienes toda la razón; mientras tú te pegas semejantes palizas, nosotros nos dedicamos a pasarlo bien, pues sabemos de tu capacidad de sacrificio y que siempre logras vencer a todos los adversarios. Sin nuestra colaboración, nos vendría bien una dosis de humildad. ¿Por qué no nos dejas enfrentarnos a él? —preguntó ella, para pavor de sus compañeros.
—Hecho, ahí lo tenéis —dijo él con una sonrisa suspicaz.
Ella se quedó sorprendida, pero se levantó del sofá tirando de otro de los araganés que tenía por compañeros, haciendo que se levantaran todos y apechugaran con ella para enfrentarse a semejante mole de músculos por doquier. Aquel mastodonte los despachó con un sópapo a cada uno, incluida la chica también.
Eso lo enfureció en sobremanera y se lanzó en tromba, arrollando a semejante mastodonte, que se vio sorprendido por la capacidad de lucha de aquel joven de cabello largo e intensos ojos azules.
M. D. Álvarez
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