En las gradas, los aficionados estrenaban tecnologías “revolucionarias”: unas gafas que prometían estadísticas en tiempo real, pero que solo mostraban frases motivacionales como “¡Corre, que te pillan!”. Mientras tanto, la mascota oficial —un híbrido entre balón y mapache— se escapó y empezó a robar bocadillos a los periodistas.
La selección local intentó mantener la compostura, aunque su portero, famoso por su serenidad, pasó medio partido discutiendo con un dron que insistía en grabarle solo el perfil malo.
Aun así, todos coincidieron en que era el Mundial más divertido jamás visto.
Pero lo peor de todo fue que el partido inaugural, celebrado en el Estadio Azteca, en la ciudad de México se vio ensombrecido por el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE) estadounidense, que persiguió a todas las personas que tuvieran rasgos latinos y hablaran en español para deportarlas, sin darse cuenta de que estaba en un país con poco aguante ante la discriminación. Se ordenó que se detuviera a los agentes del ICE, ante el estupor del presidente americano, que, como un niño con rabieta, pataleó y voceó, al darse cuenta de que nadie hacía caso de sus baladronadas.
M. D. Álvarez
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