Su aspecto de ser atávico y salvaje de los fríos hielos del gran norte le confería el poder ancestral de dominar los bravos y aterradores vientos tempestuosos que asomaban en sus agrestes tierras, con las que mantenía un vínculo de protección. En sus largas rondas por su territorio, un día descubrió un leve tono de color que, como una llama, prevalecía ante los blancos copos y helados frost.
Él se acercó y observó atentamente aquella pequeña mota de color que había surgido en su gélido reino. Retiró con su poderosa zarpa la fina capa de nieve que cubría su iridiscente llama. Cuando hubo retirado la nieve, pudo ver una preciosa flor de tonos llameantes que, a pesar del frío de su territorio, crecía con fuerza.
Aquello lo desconcertó: ¿cómo era posible que aquella flor de fuego creciera en su reino frío de la nebulosa del Boomerang?
La extrajo con un poco de tierra y la guardó en su bolsa de cuero; se la llevaría a su amada, a quien le encantaban ese tipo de cosas. Se dirigió al refugio donde su amada lo esperaba. Al entrar, lo primero que hizo fue quitarse el abrigo de pieles y se dirigió al dormitorio donde ella dormía plácidamente. Se sentó a su lado con delicadeza, sacó la preciosa planta que depositó en un cuenco que puso sobre la mesilla. Ella se movió en la cama.
—¿Qué me has traído? —preguntó sonolienta.
—Lo he encontrado en el valle sombrío —dijo antes de mostrar aquella hermosa flor de fuego.
—Es una preciosidad —dijo ella, sentándose trabajosamente; el pequeño que llevaba en su vientre estaba a punto de nacer.
—Me recordó a ti, mi sol —dijo, besándola con ternura—. ¿Cómo te encuentras hoy? —preguntó con docilidad.
—Ahora que has vuelto, mejor —dijo, besándolo con cariño.
Continuará...
M. D. Álvarez
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