Las noches de luna creciente eran las peores. Marcus inventaba viajes de trabajo, reuniones intempestivas. Angie oía sus pasos inquietos en el piso de arriba, el runrún de la televisión a las tres de la madrugada. A veces, al abrazarlo, sentía sus músculos tensos como cuerdas a punto de reventar.
—Solo son pesadillas —murmuraba él, besando su frente—. Cosas de la infancia.
Pero una noche, con la luna llena a dos jornadas, Marcus no pudo fingir. Se encerró en el sótano, como solía hacer antes de conocerla. Angie, desde el otro lado de la puerta, oyó un quejido profundo, un sonido que no era humano: un crujido de huesos, un gruñido ahogado. Golpeó la puerta.
—¡Marcus! ¡Ábreme!
La única respuesta fue un arañazo largo y lento contra la madera, desde abajo. Como si una bestia se estuviera erguiendo.
Angie corrió escaleras arriba, el corazón desbocado. No pensó. Abrió el cajón. La pistola pesaba menos ahora, o quizás era su mano la que pesaba más. Volvió al sótano, la respiración entrecortada. Los gruñidos eran más fuertes, la puerta temblaba en su marco.
«Si ves que cuando salga la luna llena mi cuerpo se convierte en una aterradora bestia, apunta aquí y dispara».
La puerta cedió.
No fue una explosión de madera, sino un quebranto lento. La figura que emergió a la penumbra del pasillo no era el Marcus alto y desgarbado que ella amaba. Era más grande, encorvado. Los ojos reflejaban la tenue luz del pasillo con un brillo amarillo y líquido. La respiración era un resuello ronco.
Angie alzó la pistola. Las manos le temblaban. El cañón dibujaba pequeños círculos en el aire, buscando el corazón de la sombra que avanzaba.
—Marcus —susurró, una última súplica.
La bestia emitió un sonido que podría haber sido un sollozo o un rugido. Dio un paso más. Su aliento, cálido y con olor a cobre, le llegó al rostro.
Angie cerró los ojos.
Pero no apretó el gatillo.
En lugar de eso, recordó. Recordó al "manso orderito" que le preparaba el desayuno los domingos, al hombre que lloraba con las películas tontas, a la persona que le había entregado su destrucción por miedo a hacerle daño. Recordó sus palabras: "Tu forma de ser es lo que me enamoró de ti".
Abrió los ojos. El monstruo estaba a un paso, su mano —¿era una mano?— alzada. Pero en esos ojos amarillos, detrás del velo de furia y dolor, Angie creyó ver un destello. Un destello de él.
Bajó el arma, lentamente, hasta dejarla a un lado en el suelo.
—No —dijo, su voz tan firme que a ella misma la sorprendió—. No te voy a matar, Marcus. Te voy a esperar.
La bestia se detuvo. Un temblor la recorrió, como si dos naturalezas lucharan dentro de aquel cuerpo deforme. Emitió un gemido de agonía, se llevó las garras a la cabeza y, de un salto sobrenatural, se lanzó por la ventana del pasillo, rompiendo cristales y madera, desapareciendo en la oscuridad del jardín.
Angie se quedó temblando, rodeada de silencio y vidrios rotos. Algo mojado y cálido le resbaló por la mejilla. No era una lágrima. Al pasar un dedo, vio que era sangre. Un fino corte del cristal, quizás. O quizás el roce de una garra que había estado a centímetros de su garganta y que, en el último instante, se había retraído.
Abajo, en el suelo, junto a la pistola descargada, una sola palabra, arañada con fuerza en la madera del suelo, como si hubiera sido escrita con una uña bestial o con la desesperación de un hombre:
VETE.
Continuará...
M. D. Álvarez
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