lunes, 6 de julio de 2026

El cascabel del bosque viejo.

Fue la única que logró ponerle un cascabel a semejante licántropo de tres metros de envergadura. Lo encontró dormido en un claro del bosque viejo; dormido, no parecía tan fiero y brutal. Lo que no pudo controlar fue que colocara su peludo brazo sobre ella y la acercara hacia su pecho, donde ahora colgaba el cascabel. Ella se quedó inmóvil; no se atrevía a respirar. 

—Será mejor que respires o te ahogas —oyó como decía de forma gutural. Aquello la hizo dar un respingo.

Pero no la soltó; olfateó su sedoso pelo y le dio un cálido lametón, mientras ella no movía ni un músculo y permanecía sujeta con delicadeza. 

—¿Puedo preguntarte una cosa? —oyó su voz profunda reverberar en su pecho peludo.

—Sí —respondió ella con un hilo de voz.

—¿Para qué es el cascabel que me has puesto? —dijo, lamiéndola suavemente. 

—Date la vuelta —dijo, levantando su belludo brazo. Ella se giró y vio unos grandes e intensos ojos azules que la miraban con curiosidad. 

—¿Es posible que necesites saber si estoy cerca? —preguntó, jugueteando con su fuerte garra y haciendo sonar aquel cascabel.

Ella quedó cautivada con la intensidad de su mirada y solo acertó a decir: 

—¡Qué hermoso!

Él quedó hechizado con sus ojos verdes y dulcemente lamió con ternura su mejilla.

El cascabel resonó entre los árboles mientras él la apretaba con suavidad.  

—No lo necesitarás —murmuró—. Siempre sabré dónde estás.  

Ella sintió su aliento cálido y, por primera vez, no tuvo miedo.  

Entre sombras y destellos de luna, dos mundos se unieron en un ritmo compartido.  

M. D. Álvarez 

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