Ella era puro fuego, haciendo que su relación fuera apasionada, con momentos de discusión y momentos de pasión desenfrenada. Él había elegido aquella vida por amor, un amor abrasador pero tierno, con tintes de épica, pues ella, para él, era su diosa a la que adoraba y amaba con auténtica devoción.
Sin embargo, no todo ardor es luz, ni toda pasión es eternidad. Los días transcurrían entre caricias que sanaban y palabras que herían, entre miradas que incendiaban el alma y silencios que pesaban más que el tiempo. Pero él seguía eligiéndola, porque no conocía otro camino que el de su amor por ella.
Una noche, en medio de una discusión que parecía más feroz que las anteriores, ella tomó aire, miró sus manos temblorosas y con un susurro le preguntó: —¿Nunca has deseado cruzar aquella puerta?
Él la miró, sintiendo cómo el pasado que había sellado con su propia determinación intentaba abrirse paso entre ellos. Pero negó con la cabeza, con una certeza casi violenta.
—Jamás —dijo—. Porque al otro lado de la puerta no estás tú.
Ella lo miró, y en sus ojos brillaba una tormenta contenida, una mezcla de amor y miedo. Porque aunque él había destruido el acceso, el eco de lo que pudo haber sido aún flotaba entre ellos.
Pero él la tomó de la mano, acercándola a su pecho, donde su corazón latía con la única verdad que siempre defendería.
—Te elegí, y volvería a hacerlo mil veces más.
Ella cerró los ojos, y en ese instante, entre el caos y el deseo, entre las dudas y las certezas, supo que también lo elegiría a él.
Siempre.
M. D. Álvarez
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