Era como si las puertas del palacio de Eolo se hubieran abierto de par en par, y tanto los vientos: el cálido Céfiro, el frío y violento Boreas, el tormentoso Notó y el no menos lluvioso Euro, así como los bélicos y destructivos Anemoi Thuellai, campaban a sus anchas, desbocados y libres por el mundo.
Eran corrientes indómitas y, cuando se juntaban todas a una, ninguna deidad era capaz de doblegarlos; ni su propio padre lograría encerrarlos de nuevo. Ahora que estaban sueltos, moldearían la tierra impunemente.
M. D. Álvarez
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