¿Qué me diríais si os digo que el porte, la altura y la frondosidad del ciprés se deben al amor de Apolo hacia una hermosa humana llamada Kyparíssis?
Un buen día, Apolo transitaba por los cielos y vislumbró a la joven doncella disfrutando de un baño de sol. Se enamoró a primera vista, descendió de los cielos en su magnífico carro celestial y yació con ella, tras de lo cual la abandonó.
Ella, al verse ultrajada y mancillada, lloró desconsolada la pérdida de su amado. El joven Apolo, arrepentido, la convirtió en un hermoso ciprés. Las hojas se tiñeron de un verde oscuro, perenne y sombrío, reflejo eterno del luto que inundó su alma herida.
M. D. Álvarez
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