—¿Te gustaría dar una vuelta algún día? —preguntó él, con una sonrisa esperanzada.
—Solo si prometes enseñarme a manejar —respondió ella, riendo suavemente.
Él estaba gratamente sorprendido al encontrar una chica que sabía diferenciar entre una llave inglesa, una de carraca y que no le importara ensuciarse con grasa.
La risa se convirtió en complicidad y, en ese instante, supieron que esta era solo la primera de muchas aventuras juntos.
M. D. Álvarez
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