En aquella tapetía entre empanadilla y empanadilla, su afecto fue creciendo; cada bocado que ella le ofrecía era una satisfacción para aquel fiero lobo de compañía. Ella lo adoptó a pesar de que le advirtieron de que tenía muy mal carácter.
"Mal carácter, tú, brabucón", decía mientras rascaba su barriga. No sabía cómo lo conseguía, pero en cuanto comenzaba a rascarle, él se tumbaba dócilmente patas arriba para que ella lo acariciara. "Si es que eres un amor", decía con ternura.
Él dormía a los pies de su cama como un fiero guardián; no permitía que ningún desaprensivo se colara en su dormitorio si ella no daba el visto bueno. Si no lo hacía, ya podían salir corriendo o se llevarían un buen mordisco en las posaderas.
"Si es que eres un brutote, pero te quiero", terciaba cada vez que venía con un girón de tela en la boca.
M. D. Álvarez
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