—Estás ideal, de verdad —insistió Angie, limpiándose una lágrima de risa mientras le ponía un collar de caléndulas que había recogido en el vestíbulo—. Míralo por el lado bueno: los encapuchados visten de negro riguroso. En el centro de Vrindavan, hoy eso es como llevar una diana fluorescente. Tú, en cambio, eres el camuflaje perfecto.
Marcus gruñó, un sonido que pretendía ser amenazante pero que, con las orejas teñidas de amarillo chillón y el lomo azul turquesa, sonó casi tierno.
Sin embargo, Angie tenía razón. La célula del mal —una escisión fanática que pretendía utilizar la energía mística del festival para un ritual oscuro— destacaba demasiado en la paleta de colores de la ciudad.
Minutos después, Marcus regresaba al epicentro de la fiesta. La marea humana bailaba al ritmo de los tambores dhol. El aire era una densa niebla de pigmentos flotantes.
Y entonces los vio.
El grupo de encapuchados se abría paso con brusquedad hacia el templo de Banke Bihari, ajenos a la alegría general. Llevaban un extraño artefacto de bronce oculto a medias bajo una túnica. Pretendían boicotear la celebración.
Marcus no lo dudó. Dejó salir sus garras, pero no adoptó su postura de ataque habitual; en su lugar, se mezcló con un grupo de jóvenes locales que saltaban frenéticamente. Avanzó bailando, integrándose en la locura cromática. Un turista despistado incluso le dio una palmada en el lomo, gritando "¡Holi Hai!", pensando que era un animador con un disfraz hiperrealista de lobo.
Cuando estuvo a escasos dos metros del líder de los encapuchados, el villano por fin se giró, alertado por un gruñido que no encajaba con la música de los tambores.
Lo que el fanático vio no fue a la temida bestia de las sombras. Vio a un monstruo de dos metros de altura, con ojos de un intenso azules , colmillos afilados como cuchillas... y un pelaje que parecía un arcoíris psicodélico que brillaba bajo el sol de la India.
El líder pestañeó, completamente descolocado.
—¿Qué demonios...? —alcanzó a balbucir.
—Feliz Holi —susurró Marcus con voz de ultratumba.
Antes de que la célula pudiera reaccionar o activar el artefacto, el licántropo arcoíris cayó sobre ellos como un torbellino.
M. D. Álvarez
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