—Ay, perdón… —balbuceó él, frotándose la frente.
—No pasa nada —respondió ella, aunque también se frotaba el hombro—. Pero… ¿siempre saludas así?
Él abrió la boca para contestar, pero no encontró palabras. No porque estuviera avergonzado —eso le duraba poco—, sino porque había algo en ella que lo dejó sin su habitual desparpajo. Una calma. Una luz. Una forma de mirarlo como si lo viera entero, incluso las partes que él mismo no entendía.
—No… —dijo al fin—. Solo cuando la persona lo merece.
Ella sonrió. Y él sintió, por primera vez en su vida, que quizá había encontrado a alguien capaz de detenerlo sin necesidad de topetazo.
M. D. Álvarez
No hay comentarios:
Publicar un comentario