Ella lo miró con una mezcla de ternura y deseo, sus ojos brillando a la luz tenue de la lámpara.
—"¿Sabes cuánto me preocupan esas misiones arriesgadas?" —preguntó ella, mientras se acercaba a él, dejando que su mano recorriera suavemente su brazo.
Él suspiró, sintiendo el peso de su preocupación. —"Lo sé, pero no tengo otra opción. Ellos no se atreven a hacer nada sin mí. Si no lo hago yo, ¿quién lo hará?"
Ella negó con la cabeza, acercándose más hasta que sus frentes casi se tocaban. —"No quiero que te pongas en peligro por ellos. Eres más valioso para mí que cualquier misión."
Él sonrió, sintiendo cómo su corazón se derretía ante sus palabras. —"Tú eres mi razón para seguir adelante. Pero no puedo dejar que se salgan con la suya."
—"Entonces hagamos un trato," propuso ella, con un brillo travieso en los ojos. "Si ellos quieren que hagas el trabajo sucio, entonces deben aprender a respetarte. Y si no lo hacen... bueno, ya sabes lo que haré."
Él levantó una ceja, intrigado. —"¿Y qué harás exactamente?"
—"Voy a asegurarme de que entiendan que no pueden aprovecharse de ti." Su sonrisa se amplió, mostrando la determinación que siempre había admirado en ella.
Antes de que pudiera responder, ella lo atrajo hacia sí y sus labios se encontraron en un beso apasionado. El mundo exterior desapareció mientras él se perdía en su dulzura y firmeza. Por un momento, todo lo que existía eran ellos dos.
Cuando finalmente se separaron, ella lo miró fijamente a los ojos. —"Y ahora te voy a compensar por lo que te han hecho padecer", dijo con ternura, empujándolo suavemente hacia la cama. Comenzó a desvestirse con dulzura y suavidad, mientras él la miraba con deleite y fascinación. Su cuerpo delicado y delicioso se exhibía con deseo. La noche fue lujuriosa y llena de delicadeza; deslizó sus dedos por su suave piel, recorriendo cálidamente sus curvas y los dulces contornos.
M. D. Álvarez
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