miércoles, 29 de julio de 2026

La quinta ola.

Habíamos pasado tres olas de calor, a cada cual más asfixiante, pero lo peor estaba por llegar: una lengua de calor sahariana se dirigía a instalarse en la muy noble piel de toro.

​El aire, espeso y plomizo, se negaba a moverse. En las plazas, hasta las palomas habían renunciado a volar, sesteando bajo la sombra raquítica de los naranjos como figuras de yeso cansadas de existir. La radio no dejaba de repetir la misma advertencia con voz monótona: temperaturas de récord, avisos rojos derretidos sobre el mapa y el consejo inútil de evitar las horas centrales del día, como si alguien en su sano juicio tuviera el valor de poner un pie en el asfalto.
​Al atardecer, la luz adoptó un tono anaranjado y sucio, casi apocalíptico. 

No era el calor habitual del verano peninsular; era un hálito seco, cargado de un polvo fino que crujía entre los dientes y abrasaba los pulmones. La piel de toro no solo sudaba: parecía estar a punto de resquebrajarse. Y lo peor de todo es que la noche, lejos de traer el ansiado alivio, prometía convertirse en un horno a oscuras donde el sueño sería tan solo un espejismo más

M. D. Álvarez 

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