El aire, espeso y plomizo, se negaba a moverse. En las plazas, hasta las palomas habían renunciado a volar, sesteando bajo la sombra raquítica de los naranjos como figuras de yeso cansadas de existir. La radio no dejaba de repetir la misma advertencia con voz monótona: temperaturas de récord, avisos rojos derretidos sobre el mapa y el consejo inútil de evitar las horas centrales del día, como si alguien en su sano juicio tuviera el valor de poner un pie en el asfalto.
Al atardecer, la luz adoptó un tono anaranjado y sucio, casi apocalíptico.
No era el calor habitual del verano peninsular; era un hálito seco, cargado de un polvo fino que crujía entre los dientes y abrasaba los pulmones. La piel de toro no solo sudaba: parecía estar a punto de resquebrajarse. Y lo peor de todo es que la noche, lejos de traer el ansiado alivio, prometía convertirse en un horno a oscuras donde el sueño sería tan solo un espejismo más
M. D. Álvarez
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