—¿Qué haces con el sombrero del abuelo? —preguntó horrorizada su madre al ver cómo su pequeño se colocaba aquel capirote blanco que le cubría la cara.
—No entiendo qué ven en este sombrero tan raro y que huele a humo —dijo el chiquillo, quitándoselo y arrojándolo al suelo.
—Mamá, ¿por qué el abuelo es tan raro? No le gusta que juegue con mis amigos.
—No, cielo. No le gusta que juegues con ciertos amigos.
—Pero todos somos iguales, ¿verdad? —preguntó el angelito al ver la mirada de odio en su abuelo.
—Sí, mi amor, todos somos iguales —respondió con resignación su madre, que lo estrechó con dulzura.
M. D. Álvarez
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