miércoles, 5 de agosto de 2026

Brillo empañado.

—Sabes que eres una auténtica perla, dijo Angie, mirándolo de reojo.

Él, con su sonrisa bobalicona, la mira y dice: —Por lo valioso que soy.

—Nooooo, ni mucho menos, no me has entendido. Una perla dañada e inservible.

Su sonrisa se esfumó y su mirada azul palideció. Se giró, encarándose con ella: —¿Soy una mierda? ¿Eso estás diciendo? ¿Y todos los años que llevamos juntos no han servido para nada?

¿A caso crees que no sé que tonteas con mis amigas? —dijo Angie. .

Ellas no significan nada para mí; tú lo eres todo —respondió él.

Pero ya era tarde...

M. D. Álvarez 

Noche de bocadillos de calamares.

Esa noche saldrían a cenar un bocadillo de calamares. Cuando llegaron a la bocatería, se encontraron con una cola de aquí te espero. Ella tenía frío, no había cogido nada más que un jersey. Él se quitó su plumas y se la cedió gentilmente. 

Cuando por fin llegaron al mostrador, la puerta se abrió de golpe y un encapuchado entró con una recortada, gritando: "¡Arriba las manos! Esto es un atraco".

Eso lo enojó de sobremanera y se lanzó a por el arma, sujetándola con su mano derecha. Noqueó con la izquierda al atracador. La noche acabó mal para el atracador, pero bien para ambos; los bocadillos salieron gratis.

M. D. Álvarez 

martes, 4 de agosto de 2026

Removiendo el infierno. 2da parte.

​El silencio del hangar privado, roto solo por el chasquido del metal de la avioneta enfriándose, contrastaba violentamente con el rugido de las llamas que acababan de dejar atrás. Marcus correspondió al beso con una mezcla de desesperación y alivio, sintiendo el aroma a humo que todavía impregnaba el cabello de Angie.

​—Estamos a salvo —susurró él contra su frente, rompiendo el contacto solo lo justo para asegurarse de que ella no se desmoronara—. Pero no podemos quedarnos aquí mucho tiempo. Si yo pude encontrarte, otros también podrán.

​Angie asintió, aunque sus piernas flaquearon. Marcus la sostuvo por la cintura, guiándola hacia una pequeña oficina acristalada al fondo del hangar, donde un viejo sofá de cuero y un botiquín de primeros auxilios la esperaban.

​Mientras Marcus limpiaba con delicadeza una quemadura superficial en el brazo de ella, la mirada de Angie recuperó parte de su brillo habitual, ese fuego interno que Marcus tanto admiraba.

​—¿Cómo supiste que el localizador mentía? —preguntó ella en voz baja—. El equipo de búsqueda oficial dio la zona por perdida hace horas.

​Marcus hizo una mueca, una sonrisa ladeada que no llegó a sus ojos.

—Porque te conozco, Angie. Sé que nunca te habrías quedado en el punto de extracción si el viento cambiaba. Los manuales dicen que hay que esperar; tu instinto siempre dice que hay que sobrevivir. Fui a donde yo habría ido si el mundo se estuviera quemando: hacia la loma de la cara norte.

​Ella lo observó en silencio, admirando esa integridad inquebrantable que mencionabas. No era solo que Marcus fuera un piloto extraordinario; era que su conexión iba más allá de lo racional. Él no seguía coordenadas, seguía el rastro de su alma

M. D. Álvarez 

Donde el oropel se la trago.

¿Cuánto tiempo lleva así? preguntó Abner.

Desde que ella desapareció, tragada por aquel espejismo de oropeles, respondió el joven Skipi, viendo cómo el cuerpo de su compañero se degradaba poco a poco. 

Era como si el tiempo quisiera engullirlo, y él no luchaba por resistirse; es más, deseaba reunirse con ella, allá donde estuviera. Su amor la alcanzaría.

El silbato distante de un tren de hierro rasgó la densa noche. Un vapor espectral avanzaba sobre vías de olvido. Él suspiró, escuchando el eco de las ruedas sobre el metal frío, dispuesto a abordar aquel expreso de sombras hacia lo eterno.

M. D. Álvarez 

lunes, 3 de agosto de 2026

Remover el incendio.

Sobrevolando aquel infierno, con la mirada fija en el terreno, iba a escudriñar cada roca, cada árbol. Había desconectado su localizador; no quería poner en peligro a nadie más del grupo. 

Ella había desaparecido y el último lugar donde su localizador la situaba era en aquel infierno de llanas. Algo llamó su atención: un cuerpo sobre una loma. Aterrizó en una pradera cercana. 

Descendió; llevaba un botellín y una manta ignífuga. Cuando llegó, percibió que respiraba, la incorporó y obligó a beber. Ella se resistió al principio, pero él la calmó y dijo: "Angie, tranquila, te he encontrado. Ahora bebe un poco". 

Ella obedeció y bebió un trago. Él la levantó; las llamas los habían rodeado. Marcus dijo: "Te voy a sacar de aquí", y se echó encima la manta ignífuga, cubriendo a Angie con ella, y salió a la carrera hacia su avioneta. La subió y depositó en el asiento del copiloto, y arrancó. Era un piloto impresionante; podía aterrizar y despegar en la cabeza de un alfiler.

Llegó a su hangar privado y la ayudó a bajar. Angie, todavía asustada y tiritando, lo abrazó.

—Ey, sabes que te buscaría hasta en el mismo infierno, removería el cielo y el infierno por ti, y lo sabes.

Ella lo había elegido por su integridad, constancia y temperamento.

Ella lo miró a los ojos, aquellos ojos azules que la habían encandilado, y dijo: "Sabía que me encontrarías", y lo besó con ternura.

Continuará...

M. D. Álvarez 

No jueges con la comida.

—Deja ya de jugar con la comida —ordenó su madre mientras el joven jugaba con un gazapo.  

—Pero mamá, es mi amigo, no es comida —protestó el pequeño, que cogió el gazapo y lo devolvió a la conejera.  

Su madre lo miró con tristeza; sabía que su pequeño no conocía nada del mundo al que un día debería adentrarse y removió su despeinada cabellera. Sus ojos azules la miraron con alegría.  

—Verás, mi amor, hoy para comer tienes una sorpresa —dijo ella.  

El pequeño la miró, intentando descubrir qué había para comer.  

—Anda, vamos y lo verás —dijo ella. 

Él no se había dado cuenta de que faltaba uno.

M. D. Álvarez 

domingo, 2 de agosto de 2026

Contenedor amarillo, contenedor azul.

Él siempre se preguntó en qué contenedor depositar las bolsas de papel con una tira de plástico para poder ver qué clase de pan hay en el interior. Siempre dudaba, hasta que un buen día, una hermosa joven lo vio pensativo ante el contenedor del papel. Llevaba una tonelada de bolsas de papel.

—¿Qué te ocurre? —preguntó ella al ver su rostro dubitativo.

—No sé dónde depositar todas estas bolsas de papel —respondió él pensativo.

—Quítales el plástico y luego las echas al contenedor del papel, y el plástico al contenedor del plástico —refirió ella con una gran sonrisa.

Él la miró con curiosidad y respondió con una agradable sonrisa: —Tienes razón, ¿cómo no lo había pensado antes? Tras un par de horas de retirar el plástico, depositó aquella gran cantidad de bolsas de papel en el contenedor azul y los restos de plástico en el amarillo.

M. D. Álvarez 

Mientras no se doblegara.

—¿Cómo te atreves a resistir? —rugió rabioso el verdugo.

—No me queda otra; ellas cuentan conmigo para seguir viviendo. Si yo cediera, ¿cuánto tiempo crees que tardarías en encontrarlos y asesinarlos? —dijo el joven guerrero de ojos azules y melena ondulada mientras luchaba y se debatía contra el dolor que aquel matarife le estaba infligiendo.

—Pues te voy a dar una sorpresa —rió sádicamente—. Los he atrapado y ahora estoy viendo cómo te desollo vivo.

Aquello hizo que se tambalearan sus cimientos; no podía dejar que su equipo lo viera desfallecer.

​El guerrero alzó la vista. Entre la bruma del dolor, distinguió las siluetas encadenadas en la sombra. Sus miradas no reflejaban derrota, sino terror por él.

​—Entonces mira bien —escupió el joven, con una sonrisa sangrienta que desencajó al verdugo—. Mira cómo muere un hombre que no se doblega.

​Un grito mudo recorrió la sala cuando el metal volvió a morder su carne, pero el guerrero no emitió sonido. Su silencio se volvió un escudo para los suyos; mientras él no se quebrara, ellos seguirían teniendo un líder. 

El verdugo, ahora tembloroso, comprendió que había perdido: no se puede desollar el espíritu

M. D. Álvarez 

sábado, 1 de agosto de 2026

El lobo adolescente. 2da parte

Mientras él se atiborraba del bocadillo, ella no pudo evitar reírse ante su entusiasmo. Cada bocado que él daba parecía un intento de ocultar la incomodidad que sentía, y eso le resultaba encantador.

—¿Te gusta? —preguntó ella, cruzándose de brazos con una sonrisa traviesa.

—¡Está buenísimo! —respondió él con la boca llena, sintiendo cómo el sabor del jamón y el queso se mezclaba con su creciente nerviosismo. 

Ella se acercó un poco más, disfrutando del momento. Algo en la forma en que él devoraba el bocadillo la hacía sentir poderosa. Era un juego sutil, pero emocionante. 

—Sabes, hay otras cosas que también se pueden devorar —dijo ella, levantando una ceja y dejando caer una insinuación en el aire.

Él tragó de golpe,  mientras sus ojos se abrían como platos. La situación había cambiado drásticamente; ya no solo era un bocata en juego.

—Ehh... ¿A qué te refieres? —preguntó él, intentando sonar despreocupado pero sintiendo que su corazón latía más rápido.

—A veces, un buen bocadillo no es suficiente… —respondió ella, acercándose aún más hasta que el espacio entre ellos se volvió electrizante.

Él sintió cómo su mente se nublaba entre la confusión y la emoción. En ese instante, todo lo que sabía sobre chicas y citas parecía irrelevante. Estaba atrapado entre el deseo de decir algo ingenioso y la pura adrenalina de estar tan cerca de ella.

—¿Entonces… deberíamos hacer una cena juntos alguna vez? —logró articular al fin, deseando que no sonara demasiado torpe.

Ella sonrió, satisfecha por su respuesta. 

—Eso sería genial. Pero primero tendrás que invitarme a comer algo más que un bocata —dijo mientras le guiñaba un ojo.

Él ajoven lobo sintió,  que estaba dando sus primeros pasos en un mundo nuevo lleno de posibilidades. 

—Trato hecho —respondió, ahora más confiado—. Y prometo que será algo mucho mejor.

Mientras terminaba su bocadillo con una sonrisa tonta en el rostro, ambos sabían que esa noche había marcado el comienzo de algo especial entre ellos: no solo compartían comida, sino también un nuevo tipo de conexión que prometía ser deliciosa.

M. D. Álvarez 

Mesógeios Thálassa.

Esta es la historia de un joven oriundo del poblado pesquero de Las Amoladeras al que llamaremos Ailoskibeti que significa Ailos del clan de los Kibetes",

Su clan era nómada deambulaba de aquí para allá hasta que un buen día nuestro joven Ailoskibeti hijo del jefe descubrió que aquella gran extensión de agua era rica en vida convenció a su padre para quedarse en aquel enclave comenzaron a construir un poblado con viviendas circulares 

El joven Ailoskibeti había convencido a su padre, el jefe, de que se establecieran en la orilla de aquella gran masa de agua. Los nómadas del clan Kibetes, acostumbrados a la constante mudanza, se enfrentaron a un desafío monumental: la construcción de un hogar permanente. Ailoskibeti, con una astucia y visión que superaba a su corta edad, guió a su gente.

​Utilizando los materiales que la naturaleza les ofrecía en abundancia —barro de la orilla, ramas flexibles de los árboles cercanos y grandes hojas de palma— levantaron las primeras viviendas. Estas casas circulares, con techos cónicos, no solo ofrecían refugio, sino que también representaban la unidad y el ciclo eterno de la vida. El poblado fue bautizado como Las Amoladeras, en honor a las vastas extensiones de arena que rodeaban el lugar.

​Mientras los adultos se dedicaban a la edificación, Ailoskibeti se adentraba en el agua con una canoa improvisada. Su padre, preocupado por los peligros del mar, le advirtió del misterio y la inmensidad de las profundidades, pero la curiosidad de Ailoskibeti era más fuerte que el miedo. 

Fue en una de esas exploraciones que descubrió el secreto del sustento de su gente. No eran solo los peces lo que el agua les ofrecía, sino también una gran variedad de conchas marinas y moluscos que se adherían a las rocas.

​Con este nuevo conocimiento, la vida en Las Amoladeras prosperó. Las mujeres y los niños aprendieron a recolectar los moluscos, mientras que los hombres desarrollaban técnicas de pesca. 

Sin embargo, Ailoskibeti, ahora respetado por su pueblo, sabía que no podían depender únicamente del mar. El joven visionario comenzó a pensar en cómo utilizar la tierra para complementar sus recursos, consciente de que un futuro estable dependía de diversificar su alimentación.

M. D. Álvarez 

Que no escape.

—"Deja de jugar con la comida", rugió el alfa al joven e inexperto licántropo, al que se le había escapado la presa. Este fue tras ella a la velocidad del rayo y saltó sobre aquella gacela, que, horrorizada, intentaba zafarse del aterrador mordisco que él lanzó a su cuello.

—"No la sueltes", bufó el alfa, que había llegado para reclamar su parte. Cuando la hubo rematado, fue empujado por el líder, que se hizo con la presa. Deseaba a la madre del joven. Ella observó cómo el alfa apartaba a su vástago para arrebatarle la presa y, entonces, se encaró a él. El alfa tuvo que recular.

M. D. Álvarez