lunes, 31 de agosto de 2026

La luz de mis ojos.

Como cada fin de semana, sus encuentros acababan en disputa. Aunque aquel día algo cambió: se reunieron en la .noria, el ambiente se fue caldeando, pero no podía escapar de su órbita. 

Era la luz de mis ojos; aquella vez quise, por una vez, no discutir por nimiedades y casi lo conseguí. Si no fuera por el desliz cometido, ella me miró como si no me conociera y se precipitó al vacío. Su dolor, desde entonces, me acompaña sin permitir que vuelva a ser feliz.

M. D. Álvarez

Historia de una familia dispar. V parte.

El pequeño Devastación era un pillastre de cuidado, siempre jugando al límite. De no haber sido por su padre, se habría hecho daño; aunque, bien pensado, no creo que el chiquitín hubiera derramado una sola lágrima de dolor.  

Su melliza se tomaba las cosas con más calma; siempre miraba primero a su padre y después a su madre. Si recibía la confirmación de ambos, entonces sabía que no había peligro.  

Devastación era impulsivo y bruto, pero también era paciente con su hermana y cuidaba de ella. Hubo un día en que la perdió de vista tan solo un instante.  

Su padre dijo: "Tranquilo, la encontraré." Olfateó el aire y, al momento, detectó el dulce aroma de su pequeña; no estaba lejos de allí. Cogió a Devastación y dijo: "Sabes cómo huele tu hermana, sé que puedes rastrearla." El chiquitín hizo motines, pero finalmente olfateó el aire y allí estaba el olor de su hermanita.  

"Ve y dile que no pasa nada, que tú siempre la encontrarás y no dejarás que nada ni nadie le haga daño", dijo su padre acariciando su denso pelo.

Devastación gateó hasta el lugar donde se encontraba su melliza, acurrucada, y con tan solo la mirada dijo que nunca más la perdería de vista. Ella lo abrazó con desesperación; en su mirada había visto terror, pero cuando vio aparecer a su madre y a su padre, saltó a los brazos cálidos de su querida madre, mientras Devastación hacía lo propio con su padre.

Él le había dado la oportunidad de hallar a su hermana, pero había un rictus de desaprobación en el lobuno rostro de su padre y recordó lo que le había dicho: "Ella nació primero, pero necesita de tu valor para alcanzar su potencial. No debes perderla de vista ni un momento."

Devastación agachó la cabeza; se sentía culpable, pero su padre lo alzó sobre su cabeza y dijo: "Sé que serás un gran hermano para Esperanza." 

Aquello lo llenó de orgullo y lanzó su primer aullido, que fue seguido por uno mucho más potente: el aullido de su padre, seguido por los de su madre y hermana.

Continuará...

M. D. Álvarez

 

domingo, 30 de agosto de 2026

La mirada que lo cambió todo.

Cuando lo conoció, era un joven desgarbado y fibroso, pero tenía un je ne sais quoi que la atraía. No sabía si era su dulce mirada o sus ojos azules, pero tenía algo que la cautivaba. Era cierto, y él se percató de que deseaba ser más fuerte y atlético para ella, pues se sentía halagado y feliz. A él también le gustaba ella.

Él, sintiendo esa nueva motivación, se había propuesto ir a correr todas las mañanas por el parque. Un día, mientras pasaba junto a un banco donde ella solía leer, levantó la vista. Sus ojos se encontraron, y por un instante, el mundo pareció detenerse. En esa mirada, ella vio reflejada la determinación que él sentía, esa chispa de querer ser mejor. 

Él, por su parte, se sintió inundado por la calidez de su sonrisa, una sonrisa que le dio el impulso para seguir adelante, sabiendo que su esfuerzo no pasaba desapercibido. 

Fue un cruce de miradas que dijo más que mil palabras, un pequeño detalle que selló el comienzo de algo especial.

M. D. Álvarez 

Historia de una familia dispar, IV parte.

¿Qué os apostáis a que es capaz de cambiarles los pañales a los gemelos en menos que canta un gallo? —dijo orgullosa Angie, viendo las destrezas malabaristas de su apasionado compañero.

En un pis pas, la paciente Esperanza fue cambiada, limpiada, espolvoreada de talco y embutida en un precioso pañal rosa.

Devastación fue un oso más complicado, pero las dotes de mando de su padre lo mantuvieron quieto y extremadamente risueño. La sorpresa estaba en el pañal; necesitaba una limpieza a fondo. Lo mantuvo entretenido mientras lo secaba, le ponía la consiguiente provisión de talco y un adorable pañal azul.

Así, con los dos preciosos bebés, uno en cada brazo, cumplió otra de las expectativas de Angie.

—Es una auténtica joya... —dijo una de sus amigas, mordiéndose el labio.

—¡Ni lo soñéis, es mío y solo mío! —dijo Angie, mostrando una preciosa alianza de oro.

Continuará....

M. D. Álvarez 

sábado, 29 de agosto de 2026

Parque maldito.

Aquel parque era conocido por un hecho macabro: una atracción cobró vida y devoró a los jóvenes que solo buscaban divertirse. Al arrancar, se alimentó de los niños, que horrorizados gritaban a sus madres. 

Estas, aterrorizadas, intentaban arrancarlos de sus garras. Al cesar los gritos, solo quedó el chirrido de engranajes. 

El parque cerró, pero las leyendas cuentan que algunas noches aún se escucha su risa mecánica, esperando nuevas víctimas.

M. D. Álvarez 

Historia de una familia dispar. III parte.

La noche se cernía sobre el bosque como un manto de sombras, pero dentro de la cabaña reinaba una paz inesperada. Marcus, aún con el pelaje erizado y los sentidos alerta, se permitió un instante de calma. El calor de su familia lo envolvía como un bálsamo, y por primera vez en semanas, no sentía el peso de la amenaza constante.

Angie acariciaba suavemente la cabeza de Esperanza, mientras Devastación jugueteaba con la cola de su padre, riendo con esa risa contagiosa que solo los niños pueden tener. Marcus los observaba con una mezcla de orgullo y temor. Sabía que su linaje traía consigo una carga, una historia de sangre y secretos que no podía ocultar por mucho tiempo.

—Tenemos que irnos —dijo de pronto, rompiendo el silencio.

Angie lo miró con preocupación.

—¿Por qué? Pensé que aquí estaríamos seguros.

Marcus se acercó a la ventana, sus ojos azules brillando en la penumbra.

—No por mucho tiempo. Los que vinieron hoy no eran simples ladrones. Olían a plata... y a traición.

Angie palideció. Sabía lo que eso significaba. La manada. O lo que quedaba de ella.

—¿Crees que nos han encontrado?

Marcus asintió lentamente.

—Y no vendrán solos la próxima vez.

Esperanza se aferró a la pierna de su padre, como si entendiera el peligro que se avecinaba. Devastación, con su mirada desafiante, parecía listo para enfrentarse al mundo.

Marcus se agachó y los abrazó a ambos.

—No dejaré que nadie os haga daño. Ni ahora, ni nunca.

Angie lo miró con lágrimas en los ojos, pero también con una determinación férrea.

—Entonces nos vamos. Juntos.

Marcus sonrió, mostrando apenas sus colmillos.

—Siempre juntos —respondió con un susurro grave.

Continuará...

M. D. Álvarez

viernes, 28 de agosto de 2026

Historia de una familia dispar. II parte

—Os habéis metido con el lobo equivocado. -Rugió Marcus, sacando hasta su última pizca de salvajismo que quedaba en su interior. Sus profundos ojos azules reflejaban una ferocidad indescriptible, pero ante la defensa de la chica y sus gemelos no había medias tintas. 

Los asaltantes se sorprendieron ante la defensa salvaje de aquel joven licántropo; no se habían percatado de que tras él permanecía su esposa con sus dos preciosos bebés. 

En un acto desesperado de defensa, se lanzó contra los dos asaltantes, que no percibieron el gran nivel de agresividad de Marcus. Los sacó de la habitación a empujones, cerrando tras de sí la puerta. Angie quiso seguirlo, pero él había atrancado la puerta. Angie escuchó a través de la puerta el crujir de huesos, el rechinar de dientes y, finalmente, un golpe seco.

Tras cinco minutos un imperceptible toque en la puerta ella preguntó — ¿Estás bien? 

—Si, ahora sí, -respondió dócilmente desatrancando la puerta. Apareció con su pelaje negro y sus grandes ojos azules, respiró tranquilo. 

Esperanza miró con aquellos ojillos verdes el aspecto de su padre y alargó su regordete brazito con una sonrisa de reconocimiento. Devastación, al igual que su hermana, se lanzó a los brazos de su padre, que lo cazó al vuelo. Alzándolo sobre su majestuosa cabeza, lo colocó sobre su hombro, acercando el hocico a la pequeña Esperanza, que acarició con ternura.

Angie permanecía sorprendida; los gemelos lo reconocían como su padre, tanto humano como licántropo.

Es curioso, dijo Angie.

—¿Qué te parece curioso? —preguntó Marcus, dejando al querubín Devastación en el suelo.

—Que te hayan reconocido como su padre tanto en tu forma humana como en la licántropo —susurró al oído del joven licántropo, que lamió suavemente el blanco rostro de Angie, que se fundió en un abrazo tierno bajo la feliz mirada de la preciosa Esperanza y el bravo Devastación.

Continuará..

M. D. Álvarez

Su parque de atracciones.

El parque floral era su lugar favorito. Se asemejaba a un recinto de atracciones donde podían cazar a abusones que, creyéndose seguros tras las adelfas y hortensias de gran tamaño, preparaban sus fechorías sin darse cuenta de que eran observados por dos criaturas de la noche que los cazarían cuando el crepúsculo cayera.

Él, con su melena negra al viento, comenzó a aullar mientras ella se dirigía sigilosa hacia la encrucijada del laberinto de flores; los malandrines no tendrían escapatoria.

M. D. Álvarez

jueves, 27 de agosto de 2026

Historia de una familia dispar.

Tu serás mi pequeña Esperanza y tu serás Debastacion dijo cogiendo a los dos preciosos bebés en brazos la chiquitina sonreia feliz con unos preciosos ojos verdes y chiquitín tenía una mirada fiera pero también sonreía sus ojo de un azul celeste reflejaban la pasión y determinación. 

Angie sonrió los gemelos eran su vivo retrato 
Ya ves cuando nos ponemos de acuerdo todo sale bien mi vida,  dijo Angie 

Siempre me sentiré así preguntó Marcus

Así como pregu to angie que ya tenia en brazos a la preciosa Esperanza.

Eufórico feliz satisfecho respondió Marcus con el pequeño Devastacion que jugueteando con un mechón suyo. 

Cielo esa sensación no nos desaparecerá en mucho tiempo 

Continuará...

M. D. Álvarez 

El hechizo del parque.

Un destello rojo parpadea en la niebla del parque. Angie avanza entre atracciones apagadas, sintiendo que cada sombra respira. Marcus, convertido en licántropo noble, la sigue con paso silencioso, temiendo que la música distorsionada que flota en el aire sea una advertencia. 

Un carrusel comienza a girar, lento,  revelando figuras que parecen observarlos. Angie toma la mano de Marcus: juntos atraviesan las dantescas atracciones, sabiendo que solo el amor puede romper el hechizo que envuelve el parque.

M. D. Álvarez 

miércoles, 26 de agosto de 2026

Madera de Ofir.

Fue el momento en que mataron al árbol, cuando lo talaron para construir un trono para el señor del sur. Su madera de sándalo rojo, traída de los bosques de Ofir, era especialmente fina y preciosa; sería tratada con mimo y cariño por los artesanos. La construcción del asiento de entronización fue laboriosa y meticulosa; debía ser el trono más hermoso para el príncipe, recién nacido en las tierras del agreste sur.

Aquel hermoso sándalo dejaría que lo tallaran de una sola pieza: cuando terminaron el trono más hermoso, cuajado de piedras preciosas, esperaría a ser el sitial del señor del sur.

M. D. Álvarez

Entre el algodón de azúcar y el tiro al pato.

La había perdido entre el algodón de azúcar y el tiro al pato. La buscó desesperado; era muy pequeña, pero con una determinación endiablada. 

Habían discutido por un osito de peluche. La llamó aterrorizado, pero el bullicio ahogó su voz. 

Se dirigió a la caseta de seguridad y tomó el micrófono. —Angie, mi sol, tengo tu osito. Ven, siento haberme enfadado, dijo compungido. 

Dos minutos después, la chiquilla corrió con lágrimas en los ojos a los brazos de su padre, quien la aupó con cariño.

M. D. Álvarez 

martes, 25 de agosto de 2026

El licántropo medroso.

Algo lo había asustado. A él, todo un aguerrido licántropo, ella percibió su temor al verlo temblar; algo que nunca había sucedido lo sumía en el terror más puro, haciéndole recular.

Esa noche, en la laguna donde solían sucumbir a la pasión, algo lo espantó. 

—¿Qué tiene, mi dulce lobito? Algo te atemoriza. Ven conmigo, yo te protegeré, susurró ella al oído del licántropo que temblaba de pánico.

En el linde del bosque, los matorrales crujieron y una adorable ardilla asomó.

—¿Ves, mi tierno lobito? Solo es una dulce ardillita dijo, jugueteando con el velludo pecho de su aguerrido amante, que, lejos de calmarse, se arrebujó al lado de su amada, disfrutando de los cálidos y dulces arrumacos de su adorada.

M. D. Álvarez 

Sorpresa en el dormitorio.

Ella se las ingenió para colarse en su habitación, se desnudó y se metió en su cama. Él volvió de sus entrenamientos y entró sin darse cuenta de que ella lo esperaba en su cama. Se dirigió a la ducha; tras ducharse, se preparó una frugal cena y, cuando se dirigía a su dormitorio, vio unas prendas de ropa tiradas en el suelo. Las recogió una a una y, al percatarse de que eran prendas femeninas, se sintió incómodo, pero se dirigió a su dormitorio, donde ella lo esperaba tendida de forma sensual, cubierta sutilmente con las sábanas.

—¡Qué susto me has dado, Angie! Creí que se me había colado alguna grupi —dijo con descaro.

—¡Grupi! Si encuentro a una grupi en tu cama, la despellejo —dijo ella, lanzándole una mirada asesina.

Él se percató de que la había molestado aquel comentario suyo y, acercándose con delicadeza, se sentó y la besó con ternura. 

—Lo siento, sé que no te gustan ese tipo de comentarios —dijo tras un largo y apasionado beso.

—¿Por qué eres tú? Si llega a decírmelo otro, lo capto. Te enteras, dijo ella, sujetando suavemente sus genitales.

M. D. Álvarez 

lunes, 24 de agosto de 2026

Cuando una rama cae en el bosque.

Fue el momento en que mataron al árbol cuando la rama donde estaban subidos cedió, tronchándose; no aguantó el peso de aquel aguerrido licántropo y su compañera, que se ocultaban bajo el follaje.

Su escondite fue descubierto, pero el bosque, en su sabiduría, conspiró para que no los vieran, ya que se encontraban en uno de los muchos claros de tan magnífico bosque.

—Tendré que construir un nuevo refugio para nuestros encuentros —dijo el licántropo, dejando a su amada en el suelo.

M. D. Álvarez 

La llave. II parte.

El licántropo bajó las escaleras de la cabaña con agilidad felina, los músculos de sus piernas desnudas y cubiertas de un vello oscuro tensándose con cada movimiento. En la cocina, el agua ya hervía en la tetera —como si ella lo hubiera preparado todo antes de acercarse a la ventana— y el aroma a bergamota del té Earl Grey llenaba el aire cálido. Sin embargo, mientras colocaba la taza en una bandeja de plata, un leve temblor le recorrió la espalda. No era miedo, sino algo más profundo: el eco de un antiguo instinto, enterrado bajo capas de devoción, que ahora arañaba desde adentro.

Arriba, ella permanecía junto al ventanal, pero ya no miraba el bosque. Sus ojos, de un verde esmeralda que parecía brillar con luz propia, estaban fijos en el suelo húmedo junto al porche. Allí, apenas visible entre la maleza, había una marca: la huella de una pisada humana, pero demasiado perfecta, como si alguien la hubiera dibujado con cuidado. Un símbolo. Un mensaje.

Lo sabía. Ellos habían vuelto.

No era la primera vez que su pasado la alcanzaba. Pero antes, siempre había logrado mantenerlo alejado, borrando rastros, moviéndose en la oscuridad. Esta vez, sin embargo, el olor a azufre persistía, flotando entre los pinos como una advertencia. No podía permitir que él lo supiera. Su licántropo, tan feroz y tan tierno, tan entregado... no estaba preparado para esa parte de ella. Para lo que ella había sido antes de encontrarlo.

Oyendo sus pasos acercarse por las escaleras, apretó los puños. La sonrisa maliciosa se desvaneció, reemplazada por una expresión de dulce expectativa. Él entró en la habitación con la bandeja, orgulloso como un cachorro que trae su primer premio de caza, y ella se volvió hacia él, las manos extendidas para recibir la taza.

—Gracias, mi amor —susurró, llevando el borde de porcelana a sus labios. Él se sentó a sus pies, apoyando la cabeza en sus rodillas, y ella, con la mano libre, acarició su pelo áspero y cálido. Él emitió un gruñido de satisfacción, cerrando los ojos.

Pero sus pensamientos ya no estaban con él. Volaban hacia la cueva oculta, a tres kilómetros al este, donde había dejado las ofrendas. El fuego de anoche no era para calentarse, sino para sellar un pacto. Y el olor a azufre no era casual: era la firma de quienes habían venido a cobrarlo.

Esa tarde, mientras él dormitaba al sol del porche, ella se deslizó fuera de la cabaña. Caminó rápido y en silencio, su figura esbelta desapareciendo entre los árboles. Llegó a la cueva justo cuando el sol comenzaba a teñir el cielo de naranja. Allí, en la entrada, encontró lo que temía: tres figuras encapuchadas, inmóviles como estatuas. El aire olía a tierra mojada y a metal quemado.

—Pensamos que habías olvidado la cita, hermana —dijo el del centro, con una voz áspera, como piedras rozándose.

—No he olvidado nada —respondió ella, con una frialdad que nunca mostraba en casa—. Pero el trato ha cambiado. No les daré lo que piden.

El de la izquierda dio un paso adelante. —El pacto fue sellado con sangre. Con su sangre, la de tu linaje. No puedes romperlo.

Ella sonrió, pero esta vez no había rastro de la ternura que mostraba a su licántropo. Era una sonrisa afilada, letal. —Observen —dijo simplemente, y alzó una mano.

Desde las sombras de la cueva, algo se movió. Unos ojos brillaron en la oscuridad, seguidos de otro par, y otro más. Eran lobos, pero sus siluetas parecían fundirse con la penumbra, y sus miradas eran demasiado inteligentes para ser animales. Los hombres encapuchados retrocedieron, sorprendidos.

—No vine sola —añadió ella, y en su voz resonó un eco de poder ancestral—. Y él, aunque no lo sepa, también es parte de esto ahora. Si insisten, tendrán que enfrentarse a más de lo que esperan.

Mientras hablaba, a lo lejos, en la cabaña, el licántropo despertó sobresaltado. El viento había cambiado, y ahora traía hasta él, nítido e inconfundible, el olor de su amada mezclado con el de peligro, de magia antigua y de enemigos. Sus ojos ámbar destellaron. Por primera vez, el amor y el instinto no luchaban dentro de él, sino que se alineaban en un mismo propósito: protegerla.

Con un salto, salió del porche y se lanzó hacia el bosque, siguiendo su rastro sin vacilar. Esta vez, no corría para complacerla. Corría para encontrarla, para enfrentar lo que fuera que amenazaba el mundo que habían construido juntos. Y en su pecho, un nuevo fuego ardía: el de un protector que, por fin, estaba despertando.

M. D. Álvarez 

domingo, 23 de agosto de 2026

La sangre de Medusa.

Fue el momento en que mataron al árbol, justo cuando la flecha se clavó en su recia corteza. La punta, impregnada de la sangre de la Gorgona Medusa, hizo que el majestuoso árbol muriera al instante.

La divina Diana lloró amargamente, pues aquel frondoso y exuberante árbol estaba dedicado a ella. No era un árbol cualquiera; era su árbol. Su padre lo plantó cuando ella nació, y ahora yacía seco, totalmente muerto por una flecha lanzada por la bella Atalanta, una joven de su séquito.

M. D. Álvarez 

La llave.

El único apoyo que tenía era el de su pareja, un aguerrido y atento licántropo que bebía los vientos por ella. Era un auténtico amor; nunca se dejaba ni un detalle con ella, la mimaba, y a ella le gustaba cómo se desvivía por ella y le dejaba hacer. Era un encanto; adoraba verlo salir corriendo cuando ella le pedía algo. Por las noches, adoraba sus caricias y lametones. Era un licántropo inexperto, pero suplía sus carencias con suaves gruñidos que ella parecía adorar.

Una mañana, el licántropo se despertó sobresaltado por un olor que conocía bien, aunque hacía mucho que no lo percibía: la humedad de la tierra recién removida y algo parecido al azufre. Giró su cabeza, que aún conservaba la forma alargada y peluda de la noche, y vio a su pareja de pie junto al ventanal, observando el bosque con una intensidad inusual.
—¿Qué pasa, cielo?", preguntó él con un gruñido bajo, sus ojos ámbar fijos en ella.

​Ella tardó un instante en responder, como si estuviera sopesando la verdad. —Nada importante, amor. Solo... me pareció ver un rastro, quizás el de un ciervo, moviéndose demasiado cerca de aquí. No te preocupes por ello; solo vuelve a dormir, mi guerrero. Hoy tienes que estar fuerte", dijo con una sonrisa que no llegó a sus ojos.

​Él no se conformó, pero la adoración que sentía siempre ganaba la batalla a su instinto. No obstante, al acercarse a besar su mano, sus orejas captaron un detalle que lo hizo dudar: la suavidad del terciopelo de su bata olía levemente a sangre y a una flor silvestre que solo crecía en lo profundo de las cuevas. Ella notó su intranquilidad y rápidamente le dio una orden, suave, pero firme.
—Corre, cariño. Tráeme el té de la cocina, y no demores. Necesito mis energías para enfrentarme al día.

​El corazón del joven licántropo dio un vuelco de emoción. Correr por ella era su mayor deleite. Salió disparado de la habitación, la inquietud olvidada por el placer de complacer a su amada. Ella suspiró aliviada, y al ver que ya no estaba, sus labios dibujaron una sonrisa mucho más genuina, una que mezclaba la satisfacción y una pizca de malicia. No era un rastro de ciervo lo que la había atraído a la ventana, sino el recuerdo del pequeño fuego que había extinguido antes del amanecer, un fuego que no era para ella, sino para los otros

Continuará...

M. D. Álvarez 

sábado, 22 de agosto de 2026

La cabaña en el árbol.

Fue el momento en que mataron al árbol cuando la cabaña en el árbol explotó con una carga de demolición.

 Necesitaban despejar el camino, ya que por ahí debía pasar una de las fuerzas telúricas y necesitaban tener acceso directo a ella si querían que él alcanzara todo su potencial.

La onda expansiva no solo astilló la madera; fracturó el silencio de la montaña. Al caer el coloso, la tierra rugió, liberando un torrente de energía esmeralda que ascendió por las grietas. Él aguardaba en el epicentro, sintiendo cómo el pulso del mundo, ahora sin obstáculos, inundaba finalmente sus venas.

M. D. Álvarez 

Ella es el sol.

Hasta que se apague el sol, susurró con ternura al oído de ella, que permanecía sumida en un sueño profundo. Se recostó a su lado sin intención de abandonarla en la profundidad de sus sueños.

Él era quien la rescataba de las batallas oníricas, donde las sombras la asaltaban por su luz. Su amor lo convertía en el guardián de sus sueños, donde su vida transcurría entre batalla y batalla, hasta que el sol se extinga; entonces él la sacará y el sol volverá a brillar.

M. D. Álvarez 

viernes, 21 de agosto de 2026

El grabado de amor

Fue el momento en que mataron al árbol, cuando tuvieron que talarlo para leña. 

Aquel árbol fue donde Marcus grabó el nombre de Angie y el suyo dentro de un corazón. 

Ante el dilema de morir congelados, el árbol, que tenía la misma edad que ellos y fue plantado cuando los dos nacieron como símbolo de un amor imperecedero, debía sucumbir al hacha. 

Marcus recortó el trozo de corazón y lo guardó como un tesoro; se lo entregó a Angie, que lo miró entristecida. Aquel árbol era el símbolo de su amor.

—Tuve que hacerlo, solo quedaba nuestro árbol —dijo Marcus—. No dejaré que te congeles.

M. D. Álvarez 

El origen de la franguesa.

¿De dónde surgió la franguesa?  
Este es un mito que atañe a la diosa egipcia Hathor y a su adorado Sobek.

Según cuentan las tradiciones, Sobek amaba profundamente a Hathor, pero no se creía digno de ella, pues la pretendían tanto Horus como Ra. Sin embargo, ella había visto algo en el dios del Nilo, una determinación tal que puso a prueba a los tres, diciendo:  
"Seré de aquel que me traiga el presente más dulce y sabroso."

Horus viajó por el mundo en busca de un presente para ella, pero todo lo que probaba le parecía insípido o desagradable al gusto.

Ra hizo lo propio, pero lo buscó en el Amenti, donde todo lo que probaba le sabía amargo.

Sobek, en cambio, no buscó tal fruto ni en la tierra ni en el inframundo; lo creó como una planta de tallos largos y hojas verdosas por el haz, blanquecinas y pubescentes por el envés, y divididas normalmente en tres o cinco hojitas dentadas. Con flores pequeñas, de color blanco o rosado, que aparecen agrupadas en pequeños racimos, el fruto presenta una piel aterciopelada y un tono rojo escarlata clásico.

Sobek tomó el fruto de tan digna planta. Al probarlo, sintió en la lengua un dulzor meloso que evocaba el abrazo del lodo del Nilo a las raíces; supo de inmediato que aquel sabor le daría la mano de Hathor.

M. D. Álvarez 

jueves, 20 de agosto de 2026

El árbol del ahorcado.

Fue el momento en que mataron al árbol, cuando la última rama viva se secó, tras servir de patíbulo para ajusticiar al joven licántropo, juzgado por un delito que no había cometido. 

Él era instruido y educado, y lo estaban culpando de haber aniquilado a tres rebaños de obejas. No era aterrador ni sanguinario; era todo lo contrario: dulce, encantador y estaba enamorado de una hermosa doncella que lloró e imploró, diciendo que él no pudo ser el culpable porque se encontraba con ella.

El joven dijo: "Mi sol, cierra los ojos, no quiero que me recuerdes así".

Un crujido seco y todo acabó. Ella maldijo al árbol.

M. D. Álvarez 

El olor de la juventud.

Aquel perfume evocaba su juventud; le recordaba el olor de su madre cuando pelaba las mandarinas, que luego embotaba en almíbar. El olor a mandarinas lo inundaba todo cuando abría los frascos. Y cuando mi chico comenzó a oler a mandarinas, no pude reprimir mis ganas de comérmelo a besos.

Las tardes pasaban lentas, pero entre aquellas paredes, la dulzura de la fruta traía de vuelta los días luminosos. Miré sus ojos brillar mientras reía. Entonces entendí que el verdadero hogar no es un lugar físico, sino la memoria guardada en la piel de quienes amamos.

M. D. Álvarez 

miércoles, 19 de agosto de 2026

El árbol de Júpiter.

Fue el momento en que mataron al árbol. Pese a los nobles intentos de salvarlo, no hubo manera de recuperarlo; aquel rayo lo había fulminado en un acto de furia.

 Su pecado fue simple: haber cobijado bajo sus ramas el amor de su bella hija por un joven lugareño, imberbe y de ojos azules, que todas las noches acudía al encuentro amoroso bajo las ramas de tan hermoso árbol.

Y, para mayor irritación de su padre, fue que el árbol llevaba su nombre: el árbol de Júpiter.

M. D. Álvarez 

La extinción.

¿Qué crees que sucedería si el sol se apagara de repente? La humanidad desaparecería de la faz de la Tierra y otras criaturas tomarían nuestra tierra, otrora un vergel, que ahora se convertirá en un planeta congelado.

No os inquietéis, por el momento todavía sigue reinando el astro rey, y quién sabe, puede que un día nuestra estrella se extinga. Esperemos que para entonces hayamos colonizado las estrellas.

M. D. Álvarez 

martes, 18 de agosto de 2026

El sol perdido.

El sol se extinguió en sus verdes ojos, sumiéndolo en el terror más oscuro. Verla quedarse sin luz, esa misma que refulgía sobre los pastos de su tierra, se le hacía insoportable

Su luz se apagó, al igual que se ahogan las estrellas, dejándolo solo con su dolor, y no estaba dispuesto a renunciar a su amor. 

La seguiría tras el sol muerto, donde se escondían los sueños de libertad, donde nadie le robara su delicado rostro ni su acaramelada sonrisa.

M. D. Álvarez 

La armadura de Marcus. II parte

El silencio se instaló entre ellos como una manta gastada pero cálida. Solo se escuchaba el roce de la mano de Angie deslizándose una y otra vez por el cabello de Marcus y, a lo lejos, el aullido lastimero de un coyote.

—Tenía ocho años —susurró Marcus contra el hombro de ella, sin levantar la cabeza—. Ocho años cuando entendí que no podía llorar. Mi madre nos miraba desde la cama, tan frágil que parecía que el viento iba a llevársela, y mis hermanos pequeños no paraban de preguntar cuándo volvería papá. Alguien tenía que ser fuerte. Alguien tenía que responder.

Angie no dijo nada. Sabía que no debía interrumpir. Conocía la historia a retazos, como se conoce un mapa que alguien ha ido dibujando con mano temblorosa a lo largo de los años.

—Desde entonces, cada vez que sentía que me ahogaba, apretaba los puños. Aprendí a tragarme las lágrimas, a convertirlas en algo duro aquí dentro —se tocó el pecho—. Y funciona. Durante años funcionó. Pero esta noche... esta noche los puños no fueron suficientes.

Angie deslizó su mano hasta entrelazar los dedos con los de él.

—¿Qué fue diferente?

Marcus levantó la cabeza. Tenía los ojos secos, pero en el fondo de ellos bailaba algo parecido al miedo.

—Que no me importaba. Por un momento, mientras les pegaba, no sentía absolutamente nada. Ni rabia, ni miedo, ni culpa. Solo... vacío. Como si yo no estuviera allí. Como si mi cuerpo funcionara solo.

Angie sintió un escalofrío. Conocía ese vacío. Lo había visto en los ojos de veteranos de guerra, en supervivientes de incendios, en su propio padre las noches que despertaba gritando. Pero verlo en Marcus, en su Marcus que siempre parecía tan entero, le heló la sangre.

—¿Y qué te trajo de vuelta?

Él miró sus manos, ahora envueltas entre las de ella.

—La sangre. El calor de la sangre en los nudillos. Y entonces pensé... —tragó saliva—. Pensé: si Angie me viera ahora.

Ella apretó los dedos.

—Pues ya ves. Estoy aquí. Te estoy viendo. Y no veo a un monstruo.

—Deberías.

—No me digas lo que debería ver, Marcus . Llevo queriéndote desde que tenía quince años y te vi plantarle cara a tu padre borracho para que no le pegara a tu madre. Tenías doce. Doce años y ya sabías poner ese puto muro. Pero yo te vi temblar después, cuando creías que nadie miraba. Yo siempre te he visto.

Por primera vez en toda la noche, algo se movió en los ojos de Marcus. No era una sonrisa, no exactamente. Era algo más frágil y más hondo.

—¿Y qué ves ahora?

Angie se inclinó y apoyó la frente contra la de él.

—Veo a un hombre que lleva veinte años cargando con un peso que no le corresponde. Veo a alguien que hoy ha tocado fondo y, en lugar de hundirse, ha salido a contármelo. Veo a mi persona favorita en el mundo, jodido y roto y perfecto.

Marcus cerró los ojos. Una lágrima solitaria escapó de sus párpados y rodó por su mejilla hasta perderse en la comisura de sus labios. Hacía tanto que no lloraba que casi había olvidado el sabor de la sal.

—No sé cómo hacer esto, Angie. No sé cómo ser frágil. Me enseñaron tan bien a no serlo...

—No tienes que hacerlo bien. Solo tienes que intentarlo. Conmigo.

Y allí, en el porche de esa casa que olía a jazmín y a noche, Marcus permitió que el niño que tuvo que crecer deprisa se sentara en su regazo por primera vez. No dijo nada más. No hizo falta.

Dentro de la casa, un reloj dio las tres de la madrugada. La ciudad siguió latiendo al fondo, indiferente. Pero en ese porche, dos personas sostenían el mundo sin saberlo, simplemente estando la una para la otra.

La armadura seguiría ahí, esperando. Siempre espera. Pero esa noche, al menos esa noche, Marcus supo que podía quitársela.

Que había alguien dispuesta a quererlo sin su fachada de tío duro.

M. D. Álvarez 


lunes, 17 de agosto de 2026

Sobre su atalaya.

Sobre aquel risco, donde los vientos azotaban gélidos, permanecía el gran lobo blanco de ojos azules, oteando el horizonte a la espera de los rebaños de caribúes. 

Tras el lobo apareció su hembra, que se situó a su lado, apoyando costado con costado. El lobo olfateó las ráfagas que traían el aroma de la caza. 

En el valle habían aparecido los centinelas que ramoneaban los primeros brotes. Detrás de ellos llegó la gran manada; la caza estaba preparada. Descendieron de los riscos helados para cazar y sobrevivir.

M. D. Álvarez 

La armadura de Marcus.

Su imponente apostura e integridad le daban un aspecto fuerte y recio, pero bajo toda esa fachada se escondía un tierno loboto que tuvo que crecer deprisa. Solo había alguien que conocía su ternura y acudía a ella cuando la presión lo sobrepasaba, y esa noche estuvo a punto de explotar. 

Ella lo encontró sentado en su porche, cabizbajo. 

Se sentó junto a él y le preguntó: 

—¿Qué te ocurre, Marcus? ¿Qué te trae tan sombrío? 

—Angie, creo que he estado al borde de la locura. He estado a punto de matar a un grupo de gamberros; solo me he detenido al ver mis puños ensangrentados. 

Ella cogió sus temblorosas manos con delicadeza y besó sus maltrechos puños. 

—Mi dulce amor, tú eres capaz de controlarte en los peores momentos y, cuando te veas perdido, tan solo piensa en mí —dijo Angie.

Marcus dejó escapar un suspiro tembloroso y apoyó la frente en el hombro de ella, permitiéndose, por primera vez en años, ser el niño que tuvo que crecer deprisa. La armadura de Marcus cayó al suelo de madera, invisible pero pesada, mientras Angie le acariciaba el cabello.

Continuará 

M. D. Álvarez 

domingo, 16 de agosto de 2026

La coraza de hielo.

Allá en el gran norte, todo es oscuridad y hielo. Ahí estaba enterrado su corazón, al cual renunció tras perder al amor de su vida.

Cada vez que algo o alguien quiere destruir su coraza, debe adentrarse en las frías planicies donde él abdicó a su dolor, sumergido bajo varias capas de permafrost: un corazón inerte.

Solo ella podría fundir su dolor, pero ya no está; se fue y condenó a su amado a una ventisca glacial y eterna.

M. D. Álvarez

De concierto a Melbourne.

No la oyó llegar; estaba escuchando el último disco de Dua Lipa, "Radical Optimism". Ella adoraba a la estrella emergente y él había conseguido dos entradas para el último concierto que llevaría a cabo en la ciudad de Melbourne, Australia. Ahora solo tenía que ingeniárselas para llevarla a Melbourne sin que sospechara nada.

Por el rabillo del ojo, la vio acercarse y le dio tiempo de esconder las entradas y cambiar al siguiente disco: era "Adventures in Hannover" de Mike Oldfield.

—¿Qué estás escuchando? —preguntó ella, cogiendo uno de los auriculares.

—Mike Oldfield, el último álbum recopilatorio. Me encantan todos los álbumes de Mike Oldfield —respondió él con una arrolladora sonrisa.

Ella sonrió, disfrutando de la música mientras se acomodaba en el sofá. Sin embargo, él sabía que el tiempo se estaba acabando. Necesitaba encontrar la manera de revelarle la sorpresa sin arruinar el momento. 

—¿Te gustaría ir a un lugar especial este fin de semana? —preguntó, intentando sonar casual.

—Claro, suena emocionante. ¿A dónde? —respondió ella, con curiosidad en los ojos.

Él tomó aire y, con una sonrisa cómplice, dijo: —A Melbourne. ¡Vamos a ver a Dua Lipa en vivo!

Sus ojos se iluminaron de felicidad y, sin pensarlo, ella le dio un beso apasionado. La aventura estaba por comenzar.

M. D. Álvarez 

sábado, 15 de agosto de 2026

Juego de lucha y supervivencia.

—No los puedo dejar tirados, protestó mientras lo sacaban a la fuerza. Su grupo de amigos miraba con desesperación cómo aquellos matones lo sacaban del cuarto.

Él era su pieza clave; sin él, el juego no valía la pena. Sus amigos terminarían derrotados y humillados. Se las ingenió para transmitir las instrucciones por el diminuto micrófono implantado en su muñeca al auricular de su lugarteniente, que pudo ocultar su sonrisa. Bajo su mando, ganarían aquel juego.

Todo dependería de que siguieran sus instrucciones al pie de la letra. Si así lo hacían, nadie lograría ganar a sus amigos en aquel juego de lucha y supervivencia.

M. D. Álvarez 

viernes, 14 de agosto de 2026

Devoción por él.

Alis fue todos los días al hospital mientras estuvo ingresado tras recibir una paliza de un grupo de neonazis que le rompieron cinco costillas, el radio del brazo derecho y le causaron una fractura de cráneo. Los médicos le hablaban, inducido un coma; ella le llevaba a diario un ramo de flores frescas y le contaba su día en la cafetería, de lo mucho que lo echaba de menos. 

Creyó percibir un leve movimiento en sus dedos y llamó al doctor. Él le dijo: —Puede ser un acto reflejo, sin más. Sus lesiones son muy graves y no creo que se pueda recuperar.

Alis quedó devastada, no daba crédito a lo que el doctor le decía y le respondió: —Usted no sabe de lo que es capaz. Y si le digo que saldrá de esta, es que lo logrará. Quiero hablar con otro especialista. 

—Haya, usted, dijo despectivamente el médico.

Alis fue a hablar con uno de los mejores neurocirujanos y amigo personal de ella. Le contó cuán importante era su amigo para ella y de su capacidad de sufrimiento, ya que lo conocía desde que eran críos y sabía que, si se lo proponía, lograría superar el coma.

El neurocirujano la escuchó con atención y le prometió hacerse cargo de su compañero. Alis regresó al día siguiente y notó una gran mejoría en el estado de su amigo, pero todavía seguía inconsciente. 

—Todo se andará, tiene una gran fortaleza y capacidad de recuperación, ‐dijo el neurocirujano.

Alis regresó día tras día hasta que una mañana él abrió los ojos y la vio sentada a su lado.

—Alis, ¿cuánto he estado durmiendo? —preguntó él. 

Al escuchar, aunque fuera con un hilo de voz, ella lo miró con dulzura y le dijo:— Bienvenido al mundo de los vivos.

Alis no pudo reprimir sus lágrimas después de haberse mantenido fuerte para él. Ahora sentía cómo sus lágrimas se desbordaban y no podía parar, pero no eran de tristeza; todo lo contrario, eran de alegría. Siempre supo que él lograría regresar junto a ella.

M. D. Álvarez 

Hasta que la tierra se congele.

—Hasta que se extinga el sol fue la promesa que Marcus le hizo a Angie de que no la abandonaría jamás.

Ella lo abrazó y besó con ternura; conocía el corazón de su chico y, cuando prometía algo, lo cumplía hasta las últimas consecuencias.

En aquella noche en la que el sol ya no saldría, él la tomaría en sus brazos y la colmaría de atenciones y mimos hasta que la tierra se congelara en su corazón.

La llevaría hasta el borde mismo de la eternidad, siempre juntos en la adversidad.

M. D. Álvarez 

jueves, 13 de agosto de 2026

Su grácil cuello.

Adoraba cómo olía su piel; era irresistible para él oler su cuello. El aroma a mandarinas lo impelía a besar con deleite su grácil cuello con dulce determinación. 

Ella reía con agrado cada vez que él le prendía en su garganta sutiles besos de amor.

Aquella fresca mañana estaba especialmente radiante, risueña y, conocedora de la debilidad de él por su olor, ofreció su nívea garganta. 

Ahí seguía su perfume fresco, dulce y suavemente afrutado; era el signo de su pureza y juventud.

M. D. Álvarez 

El planeta de los híbridos.

Habían pasado más de diez años desde su desaparición en las agrestes y húmedas selvas de aquel planeta perdido de la mano de Dios. Era un mundo salvaje e inhóspito. Lo enviaron por sus capacidades alteradas que le permitían adaptarse a cualquier mundo. 

El mundo en cuestión albergaba una especie de híbrido que, cuando su sol surgía, lo hacía parecer un bípedo atlético. Tanto los machos como las hembras eran guapos, atléticos y de gran estatura. Por las noches, cuando el sol se ponía, algo en su interior se despertaba y, entre convulsiones, nacía su parte animal.

Cuando lo enviaron a aquel mundo, él ya controlaba su parte animal, pero en cuanto llegó a aquel mundo, por la noche, su lobo se abrió paso desgarrando su piel, sumiéndolo en un profundo sueño.

Los pobladores, todavía recelosos, lo acechaban y espiaban cuando se dedicaba a inspeccionar aquel agreste mundo.

Cuando hubo escaneado la superficie de aquel mundo, se dispuso a volver. Echaba de menos a su chica; sabía que lo esperaba al pie de la escalerilla. Había tardado en volver diez años, pero todavía lo amaba a pesar de su indomable aspecto.

M. D. Álvarez 

miércoles, 12 de agosto de 2026

La sexta, pero no la última.

Lo que llevamos de verano nos han sofocado cinco olas de calor, pero el verano no ha terminado. Pasado mañana llega la sexta. Si ya lo pasamos mal con las otras cinco, no veáis lo mal que lo pasaremos con la sexta, cuyas temperaturas sobrepasan los 45 grados.

Solo estamos a medio verano pero ya lo dijeron lis científicos el cambio climático es un hecho y ete aquí que nos golpea con más fuerza cada vez.

Mientras cierro las persianas para atrincherarme contra el aire que ya empieza a abrasar, el crujido de las paredes parece recordar la fragilidad de nuestro refugio. Mañana el sol no volverá a salir para iluminarnos el día, sino para poner a prueba los límites de nuestra resistencia

Lo terriblemente veraz es que coincidirá con el eclipse total de sol: un alivio momentáneo. ¿Quién sabe si tras este eclipse no habrá algún mensaje del universo? 

M. D. Álvarez 

Raptada.

Su amada novia había sido secuestrada por sus hermosos ojos verdes y su cabello pelirrojo, pero lo peor fue que no solicitaron ningún rescate; la raptaron para venderla como esclava sexual a la camorra de la Sacra Corona Unita. 

Él no se daría por vencido; la buscaría hasta en el mismo infierno. Le daría una paliza al mismísimo diablo para recuperarla. Cuando descubrió que la habían raptado como esclava sexual, se volvió loco y se dirigió rabioso a la casa del capo, que no tenía conocimiento de ningún rapto. 

Pero nuestro noble caballero se lo hizo pagar con creces y le sacó un nombre y la dirección: Gabriele Brambilla, un soldado con ínfulas de mafioso.

Lo vigilo y, cuando descubrió su rutina, lo esperó en un callejón y lo sorprendió agarrándose del cuello. Y rugió: —¿dónde está Angie? Sé que la raptaste tú.

—Ya no está en mi poder —dijo, tomando el poco aire que su férrea mano dejaba pasar.

—¿Y dónde está ahora? —siseó entre dientes.

—La he vendido al capo di tutti capi —dijo casi sin voz Giuseppe Angelucci, cuando se dio cuenta de que aquel aguerrido joven no iba a dejarlo vivir.

En cuanto le sacó el nombre, lo noqueó, dejándolo esposado a un contenedor de basura.

Se montó en su Triumph, se puso el casco integral y se fue a la villa del capo di tutti capi Giuseppe Angelucci.

La villa era una fortaleza casi inexpugnable, pero no conocían su determinación. Con tesón, logró colarse en el terreno, reduciendo a cuantos vigilantes se le acercaban. Cuando estuvo seguro de que no había más vigilancia ni guardaespaldas, derribó la puerta de roble. Giuseppe la había cogido por el cuello; ella estaba semidesnuda.

—¿Estás bien? —preguntó él en cuanto.la vio.

Ella trató de responderle, pero Guiseppe la mantenía inmovilizada, agarrándola del cuello.

—Será mejor que la sueltes —bufó el joven con una mirada asesina.

—No me das miedo; además, ya he catado la mercancía y es fogoso —dijo Guiseppe, burlón.

Ella supo que debía zafarse de aquel bruto, así que le golpeó con el codo lo suficientemente fuerte como para hacerle aflojar la presión. Aquello lo aprovechó su compañero, que, con la velocidad de un rayo, golpeó al mafioso en la entrepierna, haciendo que se doblara de dolor. Seguidamente, le propinó sendos ganchos al hígado que terminaron de derribarlo al suelo.

Se separó del cuerpo del mafioso, recogió una bata de seda y se la ofreció a ella, que la tomó con delicadeza.

—Sabía que me encontrarías, dijo en un susurro.

M. D. Álvarez 

El eclipse del siglo.

Faltaba poco para el eclipse del siglo. No era un eclipse al uso; se interpondría entre su estrella y su mundo un gigantesco planetoide que nadie sabía de dónde salía, pero su aparición había sido programada ya en la antigüedad, pues este descomunal planeta ya nos había visitado en el pasado. 

Con la primera extinción, él fue el culpable de la casi aniquilación de especies, y ahora parecía querer extinguirnos a nosotros. Cuando cubriera la totalidad de nuestro sol, seremos erradicados de nuestro mundo, nuestro sistema solar,  nuestra galaxia y nuestro universo .. pero en el último suspiro de luz, cuando el disco negro devoraba el último rayo de sol, una niña levantó la mano y encendió una cerilla.

No era una cerilla cualquiera: era el último fragmento de un espejo estelar que los antiguos habían ocultado en el corazón de un volcán dormido. Su llama no calentaba, sino que recordaba. Recordaba la luz que había sido, la que aún no era, y la que nunca debía apagarse.

El planetoide, al sentir esa diminuta brasa, se detuvo. No por compasión, sino por asombro. Porque en ese destello vacilante reconoció su propio origen: no era un destructor, sino un guardián que había jurado regresar solo si la humanidad demostraba que merecía seguir existiendo. Y la cerilla, encendida por manos temblorosas pero decididas, era la prueba.

El eclipse se completó, sí. Pero en lugar de oscuridad total, el planetoide se volvió translúcido, y proyectó sobre la Tierra un mapa de estrellas jamás visto: la ruta hacia un nuevo hogar, más allá de ese universo que creíamos nuestro.

La niña apagó la cerilla con un soplo. Sonrió. Y el siglo siguiente no fue de extinción, sino de partida.

Fin.

M. D.  Álvarez 

martes, 11 de agosto de 2026

Adusta tierra.

Bajo un cielo plomizo, las promesas del viento se congelan en la garganta. Dicen que allí  solo aguarda una tierra adusta, donde el frío no es mero clima, sino una forma de mirar.

​El viajero ajusta el abrigo, desgastado por la desilusión. Sabe que más allá de las montañas el sol es una trampa de luz tibia que jamás llega a calentar los huesos. Allí arriba, las certezas se endurecen como el hielo y las palabras sobran.

​Acelera el paso hacia esa helada penumbra, consciente de que donde todo se congela, ya nada puede romperse.

M. D  Álvarez 

Cual King Kong.

Esa noche saldrían a cenar un bocadillo de calamares, o eso pensaban. Cuando llegaron a la bocatería, vieron cómo un calamar gigante se apoderaba del edificio de planta baja, extendiendo sus tentáculos como King Kong.

Él se quitó la chaqueta; necesitaba libertad de movimiento para poner en vereda a aquel coloso marino que, con su tinta negra como el carbón, lo pringó antes de verse reducido por aquel joven de ojos azules cuya novia lo esperaba con devoción. No permitiría dejarla sin cenar.

Con destreza y agilidad, el chico lanzó una red improvisada que atrapó al calamar, mientras él apenas podía contener la risa ante aquella absurda situación.

M. D. Álvarez 

lunes, 10 de agosto de 2026

Desafío a lo divino.

Su sinceridad era aplastante; con cada palabra que surgía de su boca, las aplastaba sobre la piedra del altar donde fueron arrojadas sin contemplaciones. 

Habían faltado al honor contra su líder, que yacía medio muerto al pie del altar. El ente superior azotaba, sin contemplaciones, a sus amigos. 

Su líder trató de levantarse sin conseguirlo; intentaba por todos los medios interponerse entre su equipo y aquel ente superior.

Cuando vio que intentaba flagelar a su chica, su furia se desató y, con un esfuerzo sobrehumano, se alzó y le gritó: —Si la tocas, te arrepentirás.

—Tú no deberías inmiscuirte, rugió el ser supremo, alzando el látigo, lo que lo volvió furioso. Dándole fuerzas renovadas, se lanzó contra aquella criatura celestial, que se vio sorprendida ante el salvaje ataque de aquel joven licántropo. 

El impacto resonó en la estancia. Con un rugido visceral, el joven hundió su puño en el núcleo radiante del ente, fracturando su armadura de luz. La criatura retrocedió, su esencia divina goteando como oro líquido sobre el frío suelo. 

Por primera vez, el miedo cruzó el rostro del ser superior. El líder, erguido frente a su equipo, no era ya un hombre herido, sino un muro infranqueable. La tiranía del altar había terminado.

M. D. Álvarez 

domingo, 9 de agosto de 2026

A la luz de las velas.

Angie disfrutaba viéndolo entrenar todas las mañanas en su gimnasio. Él sabía que ella observaba y se esforzaba al máximo. A Angie le gustaba que fuera fuerte, ágil e íntegro. Todas las noches, él la cogía en volandas y no permitía que sus lindos pies tocaran el frío suelo. Mientras él la llevaba en volandas, Angie se entretenía besándolo de forma dulce y sensual.

La llevaba de aquí para allá; tan solo la dejaba cuidadosamente sobre la cama e iba a preparar la comida o la cena, según las horas del día. En cuanto tenía preparada la comida, ponía dos platos bellamente decorados con deliciosas viandas, dos copas de vino y dos velas. Luego, se dirigía al dormitorio, donde Angie lo esperaba, dócil y arrebatadora. Colocaba la bandeja sobre la cama y la observaba con determinación y pasión.

Angie también lo observaba con cariño sabía que ella era todo para él jamás dejaría que nadie la dañará 

Angie cogió un tenedor y probó un pequeño tomatito cherry aderezado con albahaca, miel y limón, sazonado con pimienta negra y sal. Se lo llevó a la boca y degustó, saboreando dulcemente el delicioso tomatito, mientras él esperaba pacientemente su veredicto. 

—¿Y bien? —preguntó él, suavemente.

Ella lo miró con ternura y dijo: 

—Está delicioso, como tú, mi dulce y atrevido licántropo. Ven aquí que te como a besos dijo ella, estirando los brazos para que él acudiera a ella.

Marcus cruzó la habitación en dos zancadas y se arrodilló delante de ella, dejando que jugara con su densa melena y sus orejas de lobo.

M. D. Álvarez 

sábado, 8 de agosto de 2026

Un chico maravilla.

Lo vio inquieto, como preocupado, y le preguntó: "¿Qué te preocupa, Marcus? Te veo intranquilo. ¿Ha pasado algo?"

Él la miró fijamente, como si no la viera, y dijo: —Tengo un problema y no sé cómo arreglarlo.

—Tú, si tú eres un chico encantador, ¿qué problema vas a tener tú, el chico maravilla? —dijo ella para quitarle importancia, pero la mirada que le lanzó la hizo preocuparse. ¿Puedo ayudarte? preguntó con calma.

—No, es mi problema y debo resolverlo yo —dijo, levantándose y dirigiéndose hacia la salida.

—Marcus, sabes que puedes contar conmigo para lo que quieras, dijo ella.

—Lo sé, Angie. Siempre has sido un gran apoyo para mí, pero esto debo resolverlo solo.

Angie lo siguió; estaba preocupada por él. Llevaba días distraído y lo siguió hasta un tugurio de mala muerte, donde una banda de camorristas ejercía un férreo control sobre los proxenetas, yonkis y prostitutas.

Angie entró sin esperar lo que iba a ver. En aquel antro había un corro de gamberros jadeando a un gigantón que parecía estar dando una paliza a alguien. Hasta que, de pronto, el mastodonte cayó a tierra y sobre él estaba Marcus. Al verla, sus ojos reflejaron terror; si la descubrían, le harían daño. Y rugió: —¿Quién es el siguiente? 

Otro bravucon trató de golpearlo sin conseguirlo. Angie asistía entre aterrorizada y preocupada cuando una de las jovencitas le preguntó:   —¿Lo conoces?"

—Sí, es mi amigo, respondió Angie. —¿Y tú, lo conoces?"

—Es mi hermano. Hoy ha venido a pelear por mí. Será mejor que te vayas ahora que aún no te han descubierto. Tranquila, aún no he visto que nadie pueda con él.

La jovencita la acompañó a la puerta y le dijo: —He visto cómo te miraba y creo que siente algo por ti.

M. D. Álvarez 

viernes, 7 de agosto de 2026

Degustación.

Esa noche saldrían a cenar un bocadillo de calamares. Tras una tarde de duro trabajo, lo que más deseaban era ese manjar; él sabía dónde se hacían los mejores. "Ya voy de vuelta, espérame", le dijo.

Al entrar en casa, la encontró en la terraza, luciendo un vestido vaporoso que resaltaba su belleza. 

Su sonrisa brilló como el sol al verlo. Le entregó la bolsa de papel y sirvió vino en un vaso. Mordió el bocadillo con gusto mientras él no podía apartar la mirada; era la chica más maravillosa y su novia.

Terminaron de cenar y él sonrió: "¿Mejor que el del año pasado?"

M. D. Álvarez 

jueves, 6 de agosto de 2026

Domador de nubes.

Regía los cielos con férrea mano, arremolinaba nubes para generar un lecho cómodo donde poder descansar con su amada, que juguetonamente jugaba con los atributos de su amante, que excitado la besaba con lujuria, mientras estrujaba con suavidad sus dulces pechos, haciéndola gemir de placer.

Los labios de él se deslizaron por su cuello, marcando un camino de fuego hasta el hueco de su clavícula, mientras sus manos exploraban cada curva con devoción. Ella, entre jadeos, enredó los dedos en su cabello, atrayéndolo más hacia sí, como si temiera que el menor espacio entre ellos fuera demasiado.  

"¿Qué más quieres?" murmuró él contra su piel, la voz cargada de deseo.  

Ella respondió con una risa baja, sensual, guiando su mano hacia la cintura, donde la tela fina era apenas una barrera irritante. "Todo... pero despacio," susurró, antes de capturar sus labios en un beso que prometía noches enteras de entrega.  

Las nubes, obedientes a su voluntad, se cerraban alrededor como un dosel íntimo, aislándolos del mundo. El viento susurraba melodías antiguas, mezclándose con sus gemidos, mientras el cielo mismo parecía arder con la pasión de dos seres que se amaban sin límites.  .

M. D. Álvarez 

miércoles, 5 de agosto de 2026

Brillo empañado.

—Sabes que eres una auténtica perla, dijo Angie, mirándolo de reojo.

Él, con su sonrisa bobalicona, la mira y dice: —Por lo valioso que soy.

—Nooooo, ni mucho menos, no me has entendido. Una perla dañada e inservible.

Su sonrisa se esfumó y su mirada azul palideció. Se giró, encarándose con ella: —¿Soy una mierda? ¿Eso estás diciendo? ¿Y todos los años que llevamos juntos no han servido para nada?

¿A caso crees que no sé que tonteas con mis amigas? —dijo Angie. .

Ellas no significan nada para mí; tú lo eres todo —respondió él.

Pero ya era tarde...

M. D. Álvarez 

Noche de bocadillos de calamares.

Esa noche saldrían a cenar un bocadillo de calamares. Cuando llegaron a la bocatería, se encontraron con una cola de aquí te espero. Ella tenía frío, no había cogido nada más que un jersey. Él se quitó su plumas y se la cedió gentilmente. 

Cuando por fin llegaron al mostrador, la puerta se abrió de golpe y un encapuchado entró con una recortada, gritando: "¡Arriba las manos! Esto es un atraco".

Eso lo enojó de sobremanera y se lanzó a por el arma, sujetándola con su mano derecha. Noqueó con la izquierda al atracador. La noche acabó mal para el atracador, pero bien para ambos; los bocadillos salieron gratis.

M. D. Álvarez 

martes, 4 de agosto de 2026

Removiendo el infierno. 2da parte.

​El silencio del hangar privado, roto solo por el chasquido del metal de la avioneta enfriándose, contrastaba violentamente con el rugido de las llamas que acababan de dejar atrás. Marcus correspondió al beso con una mezcla de desesperación y alivio, sintiendo el aroma a humo que todavía impregnaba el cabello de Angie.

​—Estamos a salvo —susurró él contra su frente, rompiendo el contacto solo lo justo para asegurarse de que ella no se desmoronara—. Pero no podemos quedarnos aquí mucho tiempo. Si yo pude encontrarte, otros también podrán.

​Angie asintió, aunque sus piernas flaquearon. Marcus la sostuvo por la cintura, guiándola hacia una pequeña oficina acristalada al fondo del hangar, donde un viejo sofá de cuero y un botiquín de primeros auxilios la esperaban.

​Mientras Marcus limpiaba con delicadeza una quemadura superficial en el brazo de ella, la mirada de Angie recuperó parte de su brillo habitual, ese fuego interno que Marcus tanto admiraba.

​—¿Cómo supiste que el localizador mentía? —preguntó ella en voz baja—. El equipo de búsqueda oficial dio la zona por perdida hace horas.

​Marcus hizo una mueca, una sonrisa ladeada que no llegó a sus ojos.

—Porque te conozco, Angie. Sé que nunca te habrías quedado en el punto de extracción si el viento cambiaba. Los manuales dicen que hay que esperar; tu instinto siempre dice que hay que sobrevivir. Fui a donde yo habría ido si el mundo se estuviera quemando: hacia la loma de la cara norte.

​Ella lo observó en silencio, admirando esa integridad inquebrantable que mencionabas. No era solo que Marcus fuera un piloto extraordinario; era que su conexión iba más allá de lo racional. Él no seguía coordenadas, seguía el rastro de su alma

M. D. Álvarez