Aquel perfume evocaba su juventud; le recordaba el olor de su madre cuando pelaba las mandarinas, que luego embotaba en almíbar. El olor a mandarinas lo inundaba todo cuando abría los frascos. Y cuando mi chico comenzó a oler a mandarinas, no pude reprimir mis ganas de comérmelo a besos.
Las tardes pasaban lentas, pero entre aquellas paredes, la dulzura de la fruta traía de vuelta los días luminosos. Miré sus ojos brillar mientras reía. Entonces entendí que el verdadero hogar no es un lugar físico, sino la memoria guardada en la piel de quienes amamos.
M. D. Álvarez
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