jueves, 13 de agosto de 2026

Su grácil cuello.

Adoraba cómo olía su piel; era irresistible para él oler su cuello. El aroma a mandarinas lo impelía a besar con deleite su grácil cuello con dulce determinación. 

Ella reía con agrado cada vez que él le prendía en su garganta sutiles besos de amor.

Aquella fresca mañana estaba especialmente radiante, risueña y, conocedora de la debilidad de él por su olor, ofreció su nívea garganta. 

Ahí seguía su perfume fresco, dulce y suavemente afrutado; era el signo de su pureza y juventud.

M. D. Álvarez 

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