Ella reía con agrado cada vez que él le prendía en su garganta sutiles besos de amor.
Aquella fresca mañana estaba especialmente radiante, risueña y, conocedora de la debilidad de él por su olor, ofreció su nívea garganta.
Ahí seguía su perfume fresco, dulce y suavemente afrutado; era el signo de su pureza y juventud.
M. D. Álvarez
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