martes, 4 de agosto de 2026

Removiendo el infierno. 2da parte.

​El silencio del hangar privado, roto solo por el chasquido del metal de la avioneta enfriándose, contrastaba violentamente con el rugido de las llamas que acababan de dejar atrás. Marcus correspondió al beso con una mezcla de desesperación y alivio, sintiendo el aroma a humo que todavía impregnaba el cabello de Angie.

​—Estamos a salvo —susurró él contra su frente, rompiendo el contacto solo lo justo para asegurarse de que ella no se desmoronara—. Pero no podemos quedarnos aquí mucho tiempo. Si yo pude encontrarte, otros también podrán.

​Angie asintió, aunque sus piernas flaquearon. Marcus la sostuvo por la cintura, guiándola hacia una pequeña oficina acristalada al fondo del hangar, donde un viejo sofá de cuero y un botiquín de primeros auxilios la esperaban.

​Mientras Marcus limpiaba con delicadeza una quemadura superficial en el brazo de ella, la mirada de Angie recuperó parte de su brillo habitual, ese fuego interno que Marcus tanto admiraba.

​—¿Cómo supiste que el localizador mentía? —preguntó ella en voz baja—. El equipo de búsqueda oficial dio la zona por perdida hace horas.

​Marcus hizo una mueca, una sonrisa ladeada que no llegó a sus ojos.

—Porque te conozco, Angie. Sé que nunca te habrías quedado en el punto de extracción si el viento cambiaba. Los manuales dicen que hay que esperar; tu instinto siempre dice que hay que sobrevivir. Fui a donde yo habría ido si el mundo se estuviera quemando: hacia la loma de la cara norte.

​Ella lo observó en silencio, admirando esa integridad inquebrantable que mencionabas. No era solo que Marcus fuera un piloto extraordinario; era que su conexión iba más allá de lo racional. Él no seguía coordenadas, seguía el rastro de su alma

M. D. Álvarez 

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